Segunda Revolución Industrial (siglo XIX)






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Segunda Revolución Industrial (siglo XIX)

    1. ¿Por qué una nueva Revolución Industrial?1. Relación Ciencia-Técnica.

Como en muchos otros contextos, también al hablar del desarrollo de la ciencia y la tecnología el término revolución resulta problemático. La clave de su dificultad estriba en las diferentes formas y significaciones que pueden conjugar los procesos de ruptura y continuidad en los que se inscriben las transformaciones tecnológicas y productivas. Pero, en cualquier cazo, lo que es innegable es que a lo largo de los dos últimos siglos tanto la industrialización como, sobre todo a partir de un cierto momento, el progreso de la investigación científica han transformado de forma radical y cada vez más acelerada todos los ámbitos de la vida social.

Muy frecuentemente, la expresión “Revolución Industrial” suele utilizarse para referirse al proceso de industrialización iniciado en la Inglaterra de mediados del siglo XIII. Este fue el sentido que dieron al término inicialmente los socialistas utópicos buscando una analogía con el cambio político que había supuesto la Revolución francesa. Una posible clasificación más amplia abarca tres fases u oleadas: una primera, que abarca desde ese momento inaugural hasta los últimos decenios del siglo XIX, caracterizada por la sustitución de la energía hidráulica y animal como motor de la producción y por el liderazgo económico de las industrias textil y siderometalúrgica; una segunda, que comprende hasta la Segunda Guerra Mundial, caracterizada por el empleo de la electricidad, el desarrollo del motor de combustión interna, la institucionalización de la investigación científica y, en general, la intensificación de los principales rasgos productivos sentados en la fase anterior; la tercera fase, correspondiente a lo que se ha dado en llamar “sociedad postindustrial” (Touraine, Bell), se caracteriza por la preeminencia económica de las actividades terciarias y la difusión de las nuevas tecnologías basadas en la información. Son importantes algunas observaciones.

  1. La tipología histórica propuesta sólo pretende tener validez a afectos analíticos y didácticos, pues el tra­tamiento en concreto de la evolución de dicho desarrollo en un determinado país o sector, obligaría casi necesariamente a relativizar los limites cronológicos utilizados.

  2. El hecho de que en la caracterización de cada una de las fases se haya primado la variable del desarrollo científico-técnico tiene su lógica en el contexto de esta asignatura, pero no significa en ningún caso la defensa de una monocausalidad2.

Los últimos decenios del siglo XIX asistieron al declive de Inglaterra como potencia industrial y los primeros del XX vieron en el ascenso de los Estados Unidos la confirmación de un nuevo tipo de liderazgo económico. Las claves del nuevo orden económico que reformuló el sistema fabril de la primera industrialización fueron la producción en masa y la administración científica del trabajo, innovaciones en sí mismas más organizativas que técnicas. Pero quizá la tendencia más representativa implicada en esta segunda fase de la Revolución industrial fue la expansión de los grandes monopolios y los movimientos de concentración que dieron lugar a grandes nombres de la época como Du Pont, General Motors o General Electric, figuras estelares de lo que se ha dado en llamar la época dorada del capitalismo monopolista. La gran empresa y la producción en masa albergaron la configuración de un nuevo paradigma tecnológico en el que la industrialización se convirtió en sinónimo de producción estandarizada. De esta forma, la nueva ortodoxia industrial se lanzó a un modelo productivo que sólo podía funcionar si existían mercados lo suficientemente grandes y estables como para absorber toda la cantidad de mercancías estandarizadas que permitiera rentabilizar las grandes inversiones en equipo especializado. El aseguramiento de la demanda de sus productos caracterizó la estrategia tanto de empresas que, como las eléctricas, suministraban una tecnología nueva con la que debían capturar un mercado que ya existía (la red de alumbrado de gas), como la de aquellas otras que, cual era el caso de la industria automovilística, con tecnologías no tan nuevas ofrecían productos nuevos y debían, por tanto, crear un mercado.

El automóvil y la electricidad pasaron a ocupar el lugar simbólico que ocuparon el ferrocarril y el vapor en la Primera Revolución, si bien su base técnica se desarrolló en gran medida dentro de ésta. Así por ejemplo, la base teórica sobre la que descansa el funcionamiento de las máquinas eléctricas se conocía ya desde el descubrimiento de las leyes del electromagnetismo y, concretamente, de la ley de la inducción, a mediados del siglo XIX. Gran parte de este campo de investigación se desarrollé en Francia (Gramme) y Alemania (Siemens), país éste último en que, con ocasión de la Exposición de Munich de 1882, Marcel Deprez efectuó la primera demostración de trans­porte de energía eléctrica en corriente continua. Estos tra­bajos fueron la base del desarrollo del transporte de ener­gía eléctrica característico de la primera mitad del siglo XX y del vertiginoso incremento de su producción que, de ser prácticamente nula en 1900, pasó a alcanzar los 400.000 millones de kilovatios-hora poco antes de la Segunda Guerra Mundial para doblarse posteriormente cada seis años. Por otro lado, y debido al monopolio ejercido por la maquinaria del vapor en la industria y el transporte ingleses, el motor de combustión interna fue también ini­cialmente diseñado en países como Francia y Alemania. Ya en 1862 De Rochas, un ingeniero francés, había expresado la idea de conseguir una eficiencia termodinámica haciendo explotar una mezcla de aire y vapor combustible, pero el desarrollo de los detalles necesarios para su aplicación a un motor (como las válvulas o los métodos de ignición) era algo que la hegemonía de los motores a vapor no permitía todavía. Lenoir y Diesel sí llegaron a construir motores eficientes que sólo muy lentamente se fueron introduciendo en ciertos círculos más atentos a la moda y el lujo que a la innovación industrial. Así pues, aunque ya técnicamente posible en el siglo XIX, el desarrollo del motor de combustión interna sólo se produjo cuando la industria del motor fue capaz de hacer efectiva la posibilidad de un gran mercado que hiciera rentable la gran inversión de capital necesaria para una producción en masa de tal calibre y cuando, como condición necesaria de esa expansión de mercados, se hizo igualmente necesario sustituir la rigidez de la comunicación del ferrocarril por la flexibilidad de las comunicaciones por automóvil. Según Bernal, fueron estos mismos objetivos los que llevaron al desarrollo de una industria eléctrica pesada que sustituyera a la estacionaria máquina de vapor por una fuente de energía generada centralizadamente. De ahí que tanto los motores de gasolina como las redes eléctricas fueran factores clave en el crecimiento exponencial de la productividad registrado a lo largo de este período. El mundo de hierro y el vapor iluminado por el gas se fue transformando progresivamente en un mundo de automóviles y carreteras en el que la luz eléctrica producida centralizadamente llegó a los hogares y en el que comenzó a proliferar un mercado adecuado para las industrias dedicadas al petróleo, el caucho, el acero laminado y el plástico.

Pero si bien el hecho de recurrir a la aplicación de dos nuevas fuentes de energía como la combustión interna y la electricidad sitúa a esta segunda revolución bajo el mismo principio que la primera (la ampliación de la energía mecánica disponible), debe tenerse muy presente que las grandes inversiones de capital desplegadas en su desarrollo fueron acompañadas de un fenómeno radicalmente nuevo: las grandes inversiones en ciencia. La investigación científica planificada sustituye cada vez más a la inventiva mecánica individual. A diferencia de las innovaciones de un Watt o un Crompton, la ampliación y utilización de la energía disponible se hicieron ahora inseparables de la ampliación y utilización de los conocimientos ligados a la investigación científica; y no sólo por el incremento cuantitativo del volumen de investigación realizada o por el peso específico de sus resultados, algo decisivo en industrias que, como la eléctrica o la química, eran prácticamente una creación científica; sino, sobre todo, por la magnitud de unos costes de mantenimiento de la investigación que habrían sido absolutamente impensables para un inventor liberal o aficionado como muchos de los que fueron artífices de la primera revolución. De ahí que ciencia y tecnología entraran en esta nueva fase de la Revolución industrial en una nueva relación. Según Bernal, todavía a mediados de siglo el 80 por ciento de la investigación característica de esta ciencia industrial era realizado en los departamentos de investigación de las empresas monopolistas. El desarrollo tecnológico se hizo dependiente de la investigación científica, y ésta, a su vez, pasó a estar decisivamente controlada y dirigida por las grandes empresas, lo cual no hizo, sino reforzar las tendencias a la concentración de capital exigidas por las nuevas macroinversiones. La concentración y el mayor tamaño de las plantas permitía la instalación de grandes laboratorios y departamentos de investigación vinculados frecuentemente a las universidades y a ciertas partidas de los presupuestos estatales, especialmente de los gastos de defensa.

Cuando Ford comprendió que las innovaciones tecnológicas exigidas por la producción del automóvil eran asu­mibles si se desarrollaba masivamente un producto estandarizado, se comprendió que los métodos habituales en la ingeniería clásica debían ser replanteados (para producir piezas idénticas con la mayor rapidez posible) y, con ello, los de la ingeniería del propio trabajo humano, un terreno en el que la Gran Guerra no hará sino contribuir a desarrollar las condiciones y las imágenes de modernidad de las nuevas formas de productividad encarnadas en la figura del fordismocomo modelo de planificación científica de la producción.
        1. Relación Ciencia-Técnica.


Un ejemplo que ilustra la interacción entre ciencia y tecnología es la comunicación por radio. Las comunicaciones por radio dependían en última instancia de la teoría electromagnética desarrollada por James Clerk Maxwell (1831-1879). Durante los veinticinco años com­prendidos entre 1854 y 1879, este físico escocés reformuló en términos matemáticos la mayor parte de lo que se sabía en su época sobre la electricidad y el magnetismo, incluidas las teorías de Michael Faraday (1839-1855) que planteaban la existencia de campos magnéticos y eléc­tricos. Cuando Maxwell desarrolló las leyes del electromagnetismo con base matemática, halló que sus ecuaciones necesitaban un nuevo tér­mino para mantener la consistencia. Este término, exigido por la ma­temática y no basado en la evidencia experimental, lo interpretó como una corriente u onda que fluía por el espacio. Originalmente llamada «corriente de desplazamiento», daba lugar a un campo magnético cam­biante que, a su vez, creaba un nuevo campo eléctrico. Por ello, había una secuencia de campos magnéticos y eléctricos cambiantes, en mu­tua sucesión e inducción. Como todo esto se sucedía en el espacio, los campos en movimiento podían considerarse ondas electromagné­ticas propagadas por el espacio a la velocidad de la luz.

Hasta este punto, Maxwell no había realizado experimentos, aun­que sus trabajos matemáticos se basaban y concordaban con fenóme­nos eléctricos y magnéticos conocidos. Tampoco se vio impulsado a esforzarse por verificar la existencia y determinar la velocidad de sus hipotéticas ondas. El rigor con el que había desarrollado su pensa­miento matemático y la estrecha relación entre sus ecuaciones y el cuer­po de conocimientos en torno a la electricidad y el magnetismo le con­vencieron de que no era preciso hacerlo.

Un hombre lo suficientemente inteligente como para predecir la existencia de una entidad radicalmente nueva, y que sin embargo no viese la necesidad de confirmar su realidad, era improbable que se in­teresase por sus posibilidades tecnológicas o comerciales. Maxwell, un teórico, tenía poco interés por la aplicación de los principios físicos. En 1878, cuando conoció el nuevo teléfono de Alexander Graham Bell, comentó desdeñosamente que «la decepción producida por su humil­de aspecto sólo se alivió parcialmente al comprobar que realmente ser­vía para hablar». Para él, el instrumento de Bell se componía de pie­zas comunes que podían «haber sido unidas por un aficionado».

La teoría de las ondas electromagnéticas de Maxwell puede haber sido un gran logro intelectual, pero no totalmente convincente por lo que respecta a algunos científicos Ingleses y continentales. En 1887, veintitrés años después de publicado el trabajo de Maxwell sobre el tema, el físico alemán Heinnch Hertz (1857-1894) verificó experimental­mente la existencia de ondas electromagnéticas. Para ello había idea­do un radiador (transmisor) de ondas y un detector (receptor), a fin de poder probar que las ondas viajaban según postulaba Maxwell, pero utilizó un equipo eléctrico simple que podía haberse encontrado en la mayoría de los laboratorios bien equipados de la época, incluido el de Maxwell. El transmisor de Hertz era un inductor de batería, o bobina de chispa, similar a la bobina de encendido de un coche mo­derno, con un campo de chispa ajustable y con dos placas metálicas planas unidas que servían de antena dipolo. Su detector era un circui­to de alambre roto en un punto, dejando un pequeño espacio. La car­ga oscilatoria en el campo del transmisor creaba ondas electromagné­ticas que se radiaban por el espacio. Al alcanzar el detector, hacían mover a los electrones estacionarios del alambre y aparecer una chispa en el punto de rotura del circuito.

La radiotelegrafía por chispa nació en el laboratorio de Hertz. Con ligeras modificaciones, su aparato pudo haberse adaptado para enviar mensajes cifrados. Pero Hertz no se interesaba por la tecnología de las comunicaciones; era un científico que verificaba una parte crucial de la obra teórica de Maxwell. Las presentaciones populares de la época de los experimentos de Hertz mencionaban sus posibles usos prácticos, pero Hertz no hizo ninguna alusión a este aspecto de la investigación.

En la época en que Hertz realizaba sus experimentos con ondas electromagnéticas, el físico inglés sir Oliver Lodge (1851-1940) estaba empeñado en una tarea similar. La ulterior investigación de Lodge con ondas hertzianas es importante porque representa los primeros pasos, si bien tentativos, en el desarrollo de la radiotelegrafía.

Tanto Hertz como Lodge construyeron aparatos transmisores y re­ceptores para demostrar ciertos principios científicos; sin embargo, Lod­ge estaba más intrigado por los problemas tecnológicos que su colega alemán, y estaba dispuesto a intentar solucionarlos. Su investigación de las ondas eléctricas, por ejemplo, derivó de la investigación orien­tada a mejorar los pararrayos, que ofrecían una insuficiente protec­ción durante las tormentas. Pero a pesar de su interés práctico y de su superior conocimiento de la radiación electromagnética, Lodge no se interesó al principio por la idea de la radiotelegrafía.

En 1892, otro físico inglés, sir William Crookes, escribió un artí­culo en una revista popular elogiando las cualidades de las ondas re­cientemente descubiertas por Hertz. En el futuro, profetizaba, pue­den permitirnos controlar el tiempo atmosférico, obtener mejores cosechas, e iluminar las casas sin utilizar cables de transmisión; en la actualidad podían utilizarse para crear un sistema telegráfico que no necesitase cables, postes, alambres o costosos aparatos. El historiador Hugh G. J. Aitken opina que 1892 marcó una línea divisoria en el de­sarrollo de la radiocomunicación. Anteriormente, la experimentación con ondas electromagnéticas se realizaba para validar la teoría de Max­well. Sin embargo, después de 1892, los experimentadores pasaron a estudiar los sistemas de señal, el refinamiento e invención de apara­tos, y los desarrollos comerciales que exigían aplicaciones patentadas y no artículos científicos.

En 1894, Lodge demostró sus aparatos transmisores en la reunión anual de la British Association for the Advancement of Science. En­vió señales a una distancia de 50 metros y comentó las posibilidades de la radiotelegrafía. Por entonces Lodge dominaba por completo los mejores conocimientos científicos y tecnológicos del momento sobre la transmisión sin cable. Además trabajaba en un aspecto de ésta que había de tener una enorme influencia en el futuro: la sintonía selecti­va. Esta innovación serviría para asignar a los emisores de comunica­ciones por radio frecuencias estrechas de operación que limitasen o eliminasen la interferencia de señales. En 1897, Lodge solicitó a rega­ñadientes patentes de su trabajo anterior, e incluso estableció un acuer­do con una empresa para la fabricación del equipo de radio que había diseñado. Sin embargo, después de todo esto, siguió siendo el físico que era realmente. Preocupado por la restricción de conocimiento por medio de patentes, e intrigado por las nuevas áreas de la física que se abrían a finales del siglo, Lodge no se convirtió nunca en promotor de una industria de las comunicaciones industrialmente viable. Tenía sobrada formación científica y tecnológica para ello, pero carecía de la ambición, el interés por el negocio y la presencia pública que exigía.

De ninguna de estas cualidades carecía Guglielmo Marconi (1874-1937). Marconi, hijo de rico padre italiano y madre irlandesa, tenía una instrucción formal limitada, pero había estudiado informal­mente con Augusto Righi, físico de la Universidad de Bolonia, que experimentaba con la radiación hertziana de corta longitud de onda. En 1894, Marconi, con veinte años de edad, montó, con ayuda de Righi, un aparato para transmisión de ondas electromagnéticas, y en 1895 había conseguido una distancia de señal de más de 2,5 kilómetros. Es­tas primeras pruebas son características de los ulteriores esfuerzos de Marconi. En primer lugar, su enfoque fue altamente empírico. Difí­cilmente podía haber sido de otro modo, porque sus conocimientos de física eran inferiores a los de Hertz, Lodge o Righi. En segundo lugar, estaba obsesionado por ampliar el ámbito físico de su aparato. Se aplicó a enviar su señal a distancias cada vez mayores, y estaba con­vencido de que era posible un sistema de radiocomunicaciones comer­cialmente viable.

En 1896, Marconi se instaló en Inglaterra, con intención de prose­guir la explotación comercial de las ondas hertzianas, lo que hizo de forma inmediata y dramática, solicitando y consiguiendo la patente de un «método de transmitir señales por medio de impulsos eléctri­cos». Esta patente, la primera obtenida para la radiotelegrafía en todo el mundo, abarcaba virtualmente toda aplicación tecnológica de la obra científica de Maxwell y Hertz. Marconi aportó poco nuevo u original a la patente, pero fue el primero en reivindicar los métodos, equipo y circuitos existentes como propiedad. En la legislación ingle­sa esa reclamación era todo lo necesario para justificar su derecho a una amplia patente que cubría la señalización electromagnética. Sólo después de que Marconi hubiese tomado la iniciativa, solicitó tardía­mente Lodge protección de patente a su investigación (en 1897).

El diseño de la antena era el único ámbito de la patente en el que Marconi podía reclamar con justicia haber hecho contribuciones ori­ginales. Su temprana aplicación a la señalización a distancia le llevó a experimentar diferentes antenas, especialmente las de tipo plano-tierra o verticales con toma de tierra. No inventó este tipo, aunque fue el primero en incorporarlo a un sistema transmisor. Sus experimentos con antenas fueron realizados por ensayo y error. En la actualidad, el di­seño de la antena es toda una especialidad, pero a comienzos de siglo tenía una mínima base científica, y Marconi, al perseguir la comercia­lización de la radiocomunicación, estaba saltándose la frontera de la ciencia del momento. No podía permitirse esperar la justificación teó­rica de una determinada configuración de antena.

Con ayuda de sus ricos familiares ingleses, Marconi fundó en 1897 la Wireless Telegraph and Signal Company, acción que una vez más le separó de los científicos que estaban investigando las ondas electromagnéticas. La compañía estaba bien financiada y dotada, pero como era una empresa pionera, había cierta confusión sobre los mercados a los que había de atender. Esta cuestión fue resuelta por el Marconi empresario, el hombre que se propuso definir, encontrar y crear nue­vos mercados. Inicialmente, la empresa de Marconi fabricó equipos de radio para vender a clientes que habían de montar, manejar y man­tener su propio sistema. Sus primeros clientes fueron el ejército y la armada ingleses, que estaban en condiciones de formar personal para este fin. Pero en 1900, como era evidente que la gran industria maríti­ma podía utilizar la radio para la comunicación barco-costa, la com­pañía creó una filial para atender a este nuevo mercado. Esta filial for­maba operadores de radio que trabajaban en las propias instalaciones de Marconi, tanto en alta mar como en estaciones costeras. A partir de aquí, la transmisión por radio, y no el equipo, se convirtió en el producto ofrecido por la Wireless Telegraph and Signal Company.

Las iniciativas comerciales plantearon nuevos desafíos tecnológi­cos a Marconi y al personal técnico que contrató para aumentar la gama y efectividad de las señales de radio. En 1900 se limitaba a 240 km la distancia de señalización, pero un año después Marconi intentaba enviar mensajes inalámbricos a través del océano Atlántico. Finalmente consiguió hacerlo utilizando una antena muy grande y un transmisor de alta potencia. Al enviar señales a distancias en las que la curvatura de la Tierra tenía una importancia decisiva, Marconi estaba trabajan­do de nuevo en la vanguardia de la ciencia. Al aumentar el tamaño de la red inalámbrica, y al utilizarse cada vez más transmisores y re­ceptores, surgió la necesidad de la sintonía selectiva, y Marconi se vio obligado finalmente a afrontar el problema que había considerado Lod­ge en la década de 1890.

La historia de la compañía Marconi es una historia en la que la tecnología iba por delante, y con frecuencia sin ayuda, de la ciencia. Marconi no estaba aplicando el conocimiento científico a la solución de problemas técnicos, estaba proporcionando soluciones tecnológi­cas a problemas aún no comprendidos por la comunidad científica. Resulta a la vez irónico y justo que Marconi recibiese en 1909 el Pre­mio Nobel de física. Lo compartió con el físico alemán Ferdinand Braun, quien había diseñado un circuito de antena inalámbrico que aumentaba considerablemente el campo de transmisión. Al explicar las razones del premio, el comité del Nobel reconocía la brillante la­bor teórica de Faraday, Maxwell y Hertz, pero concluía que sólo Marconi pudo demostrar la «capacidad de dar forma a todo ello en un sistema práctico y utilizable».

Los casos del motor atmosférico de vapor y de las comunicaciones por radio son en si insuficientes para formular un conjunto de reglas generales acerca de las relaciones entre ciencia y tecnología. Sin em­bargo, debería servir de advertencia contra la fácil aceptación de las presentaciones hipersimplificadas, que otorgan al científico toda la crea­tividad y dejan al tecnólogo la realización del conocimiento adquiri­do por una instancia superior. Los logros intelectuales de Newcomen y Marconi fueron tan impresionantes como los de Papin y Hertz.

Estos dos casos también revelan el importante papel que desempe­ñan los intermediarios en la transmisión de la información. Papin estaba más próximo a los científicos que realizaban investigación neu­mática, pero sus más amplios intereses incluían al menos una consi­deración de las aplicaciones tecnológicas de aquella investigación. Por ello, Papin era más accesible a Newcomen que Torricelli. Papel simi­lar en la radio fue el adoptado por Hertz, que convirtió la teoría de Maxwell en una demostración de laboratorio, y Lodge, que cogió la demostración de laboratorio y la llevó hasta la tecnología y negocio de la radiotelegrafía. Fue Marconi quien completó el proceso incor­porando todos los conocimientos anteriores en la ciencia y tecnología de la señal de radio. En cada etapa del intercambio, hubo un flujo bi­direccional de información entre las comunidades científica y tecno­lógica cada una de ellas tenía algo valioso que aprender de la otra. En consecuencia, tanto la tecnología como la ciencia resultaron mo­dificadas por el invento.

La máquina de vapor y las comunicaciones por radio son inventos posrenacentistas. Esto era previsible porque la ciencia moderna, que contribuyó a hacer posibles estas innovaciones, fue un producto de la cultura europea de los siglos XVI y XVII. Antes del Renacimiento, y durante varias décadas después, los progresos tecnológicos se conse­guían sin ayuda del conocimiento científico. La situación cambió a finales del siglo XIX con la fundación de las industrias química y eléc­trica basadas en la ciencia. Sin embargo, esto no significa que el creci­miento tecnológico e industrial del siglo XX dependan por completo de la investigación científica. Rasgos clave del mundo material mo­derno siguen estando configurados principalmente por la tecnología.
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