Segunda Revolución Industrial (siglo XIX)






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Aparición de la Ciencia y la Técnica en las Universidades. Institucionalización de la Ciencia7.


A comienzos del siglo XIX la posición social de la ciencia distaba mucho de ser la que tiene hoy. Con la posible excepción de algunas Academias y de unas pocas instituciones, mantenidas por el Estado, la ciencia y los científicos se encontraban a merced de sus propios medios, más aún si tenían la intención de intentar hacer avanzar su disciplina (esto es, cuando pretendían ser investigadores y no meros profesores). Ni siquiera el que disciplinas científicas formasen parte de los programas de estudios de algunas Facultades universitarias, llevaba a los poderes públicos a preocuparse demasiado por las necesidades de aquellos “filósofos de la naturaleza”, para los que en el curso del siglo, se terminó acuñando un nuevo término: «científicos».
        1. Francia da el relevo a Alemania.


Cuando comenzaba el siglo XIX, la ciencia francesa se encontraba en una posición de privilegio iría perdiendo según avanzaba el siglo, especialmente en relación con Alemania. Este cambio se puede apreciar en la física al igual que en la química. En esta última disciplina, por ejemplo, en enero de 1823 Justus Liebig escribía desde París a donde se había trasladado procedente de Erlangen para estudiar junto a Joseph Gay-Lusac «no existe territorio en el que las ciencias naturales florezcan más de lo que lo hacen aquí, y en donde se involucren más en la vida práctica». Todavía en 1845, esta vez en el campo de la física, el joven Willian Thomson (futuro Lord Kelvin), recién graduado en Cambridge, no encontró mejor sitio en donde ampliar sus estudios que en el París de Liouville, Cauchy, Regnault, Arago, Fizeau, Biot y Foucault.

¿Por qué se vio Francia superada, científica e industrialmente por otras naciones: por Alemania (en la segunda mitad del siglo XIX) sobre todo, y, más tarde, también claramente por Estados Unidos?

En bastantes aspectos, Francia fue una adelantada en lo que a institucionalización de la ciencia se refiere. Debido a que el Gobierno estaba interesado en una buena administración y preocupado por la defensa, a lo largo del siglo XVIII se crearon una serie de centros educativos, de alto nivel científico y técnico: La École des Ponts et Chaussés (1715), la École Royale du Génie (1748), la École des Mines (1783) y la École Polytechnique (1794). Gracias a estas escuelas, que adquirieron un gran prestigio, y al apoyo que recibían del Estado, Francia disfrutó de una preeminencia científica mundial entre, aproximadamente, 1750 y 1840 (tampoco hay que olvidar a la Académie des Sciences, mucho más activa que las academias de otras naciones).

Algunas ideas de la pérdida de posición son:

  • Estas instituciones en 1850 eran ya mucho más anacrónicas.

  • El intenso centralismo administrativo francés. París era el centro incontestable de la nación, ciencia incluida.

  • Escaso papel de la investigación en las universidades.


        1. La institucionalización de la ciencia alemana


No hace falta ser un experto en la historia de la ciencia contemporánea para saber que la ciencia alemana de finales del siglo XIX y primer tercio del XX ocupó una situación de liderazgo mundial. Teniendo en cuenta esa situación de privilegio, se podría pensar que la ciencia ya estaba sólida­mente introducida —como mínimo— en las estructuras académicas ale­manas durante, digamos, la primera mitad del siglo XIX. Pero no fue éste el caso. Al iniciarse el siglo, cada una de las 18 universidades alemanas existentes poseía todavía la tradicional estructura medieval, con Faculta­des de Teología, Derecho, Medicina y Filosofía. La finalidad de la educa­ción académica era la formación de teólogos y fieles servidores del Esta­do. Por regla general los conocimientos científicos sólo se proporcionaban en la Facultad de Filosofía, siendo las enseñanzas experimentales físico-químicas muy poco frecuentes (una de las excepciones era, por ejemplo, la Universidad de Gotinga, en la que a veces se dictaban lecciones de físi­ca completadas con demostraciones). La investigación científica propia­mente dicha era tarea de las academias, entre ellas la de Berlín, que seguía el patrón francés. Habida cuenta de este hecho, es sorprendente no tanto que la investigación científica prosperase enormemente en Alemania, sino que terminase haciéndolo sobre todo en las universidades; no en laborato­rios privados, como el de James Joule en Manchester, o en instituciones independientes de la universidad, como, por ejemplo, los laboratorios de la Royal Institution inglesa en donde trabajaron Davy y Faraday.

Veamos, muy esquemáticamente, cómo fue cambiando la situación en lo que a la institucionalización de las ciencias físico-químicas se refiere. Comenzaré considerando el caso de la química, ya que fue en esta ciencia en donde primero se produjeron los cambios más significativos en esa ins­titucionalización de la ciencia en Alemania.

La escuela de investigación química de Liebig y su papel en la institucio­nalización de la química

La institucionalización de la ciencia depende de varios factores. En este momento me interesa recalcar dos, que pueden parecer triviales, pero que resultan ser esenciales. El primero es la existencia de científicos; sin ellos, naturalmente, es imposible pensar siquiera en dotar de medios ade­cuados para hacer y transmitir ciencia... y también, en ocasiones, para aplicarla (industria). Ahora bien, no basta con que en un momento deter­minado existan científicos; incluso aunque sean buenos, es necesario que al menos algunos sean capaces de educar nuevos profesionales creativos; que existan escuelas en las que se combine enseñanza e investigación. Sin esas escuelas, que aportan estabilidad y nuevos profesionales, sería difícil hablar de institucionalización. Ahora bien, en la historia de la cien­cia del siglo XIX, la primera escuela verdaderamente significativa, desde el punto de vista de la institucionalización de la ciencia, fue la Justus Lie­big (von Liebig a partir de 1845).

En 1825 Liebig sucedía en la cátedra de Química de la Universidad de Giessen a Wilhelm Ludwig Zimmermann. Prácticamente al mismo tiem­po que obtenía la cátedra, Liebig estableció, en compañía de dos colegas, el profesor de mineralogía Franz Wernekingk y el de matemáticas Ump­fenbach, un «Instituto químico-farmacéutico», para el que ya existían precedentes. La idea de que en aquel momento sólo hubiese dos institu­ciones de ese tipo en Alemania, y que el número de estudiantes que soli­citaban matricularse en ellas —atraídos por las posibilidades laborales que abrían— fuese tan elevado que muchos quedaban fuera, sirvió de estimulo a los profesores, que, es de suponer, buscaban un suplemento a sus salarios, además de contribuir a la formación de profesionales relacio­nados con la química. Liebig y sus asociados pidieron a las autoridades universitarias que su instituto pasase a formar parte de la Universidad, pero su solicitud fue rechazada, señalándoseles que la función de una uni­versidad era educar futuros funcionarios, no farmacéuticos, cerveceros o fabricantes de jabón. Una respuesta muy acorde con el espíritu de la épo­ca, y que decía por sí sola mucho acerca de la situación social, institucio­nal, en que se encontraban las ciencias físico-matemáticas y químicas. A pesar de todo, se permitió a los tres profesores que estableciesen el insti­tuto como una actividad privada.

Un anuncio acerca del nuevo instituto apareció en 1826 en el Jahr­buch der Chemie und Physik. En él se señalaba que el rápido crecimiento de las ciencias naturales, y especialmente de la química, hacían imposible que los farmacéuticos y técnicos relacionados con la química se pudiesen contentar con los conocimientos obtenidos a través de los medios tradicio­nales de enseñanza, cuando no simplemente en la botica. Algunos institu­tos farmacéuticos se habían creado para remediar tal carencia, pero no existía ninguno en el sur de Alemania, y por ello ofrecían un curso de un año, cuyo primer semestre incluía botánica, mineralogía, reactivos y aná­lisis químico. Liebig enseñaba química experimental (sobre todo, prepara­ción y comprobación de productos farmacéuticos). El segundo semestre consistía de matemática aplicada, física experimental y, de nuevo, análisis químico.

Hasta 1835 el instituto tuvo, por lo que se sabe, un éxito moderado, recibiendo una media de 15 estudiantes al año, de los cuales entre el 70 y el 90 por ciento estaban interesados en la farmacia, el resto en la química. El punto crucial en la historia del Instituto, al igual que en la carrera de Liebig, tuvo lugar cuando, en 1831, éste desarrolló un aparato para anali­zar compuestos orgánicos, que era lo suficientemente sencillo como para poder ser utilizado de manera sistemática por sus estudiantes para resolver nuevos problemas; esto es, para investigar. Él mismo elucidó inmediata­mente la composición de 14 alcaloides y de otros compuestos. Cuando Liebig llegó a Giessen la mayor parte de los químicos alemanes todavía se ocupaban únicamente de cuestiones relativas a la química inorgánica, aun­que la orgánica ya había comenzado a atraer interés, pero un problema serio era las discrepancias entre los diferentes resultados de los análisis de compuestos orgánicos. Con el aparato de Liebig se superaba esta dificul­tad, lo que reforzó el interés y posibilidades de la química orgánica. En 1835, Berzelius, el gran maestro de los antiguos métodos, escribía a Wóh­ler: «Todos los días utilizamos el aparato de Liebig. Es espléndido. Con pequeñas modificaciones hemos llegado tan lejos que parece imposible que los resultados que se obtienen no sean correctos».

En Giessen, Liebig explotó sus nuevos métodos, pero no sólo él, tam­bién sus estudiantes. El procedimiento que siguió, una novedad entonces, fue adjudicar problemas de investigación a sus alumnos, una vez que éstos habían adquirido una formación básica. Esta fue su gran innovación (posibilitada por sus medios y métodos), el combinar enseñanza e investi­gación; no el hecho de que enseñase química en el laboratorio, algo que aunque no demasiado frecuente ya se hacía en otros lugares: en la École Polytechnique de París, por ejemplo, desde 1795; incluso en alguna uni­versidad germana, en Gotinga (desde 1810), Landshut (1820) y Jena (1820)21. El éxito de Liebig trajo, finalmente, la ayuda de la Universidad, que en 1834 aprobó una mejora de las precarias instalaciones de que dis­ponía; el año siguiente incluía en sus presupuestos un ayudante para el maestro ya reconocido internacionalmente, ayudante que de hecho Liebig había estado pagando de su propio bolsillo durante años. El número de estudiantes también aumentó: en 1836 alcanzó los 20 por primera vez; en 1838 llegaban 21, con lo que el número de los presentes en el laboratorio ascendió a 33, una cifra enorme para las dimensiones del centro. Y los alumnos no sólo eran alemanes, también había extranjeros.

A través de sus estudiantes, la influencia de Liebig se extendió tam­bién al mundo académico e industrial. En el primero, muchos de sus mejores alumnos (entre los que se cuentan Kekulé, Gerhardt y Wurtz) obtuvieron puestos académicos, con frecuencia apoyados por el propio Liebig. Estos nuevos profesores extendieron los métodos de enseñanza de su maestro; ya nos apareció, por ejemplo, A. W. Hofmann, que fue reque­rido desde Londres y que enseñó a Perkín. La agricultura también se vio influida por las enseñanzas de Liebig, especialmente a través del libro que publicó en 1840: Chemie in ihre Anwendung aufAgricultur und Physiolo­gie (Química orgánica y sus aplicaciones a la agricultura y a la fisiología), en el que, entre otros temas, se analizaba el papel del carbono en la nutrición de las plantas. Fruto de esa influencia fue el estableci­miento de «Estaciones experimentales de agricultura» en las que la quími­ca agrícola desempeñaba un papel importante. En 1877 existían 74 de estas estaciones en Alemania, 16 en Austria, 10 en Italia, 7 en Suecia, 3 en Rusia, el mismo número que en Bélgica y Suiza, 2 en Holanda y en Francia y 1 en Dinamarca, Estados Unidos, Escocia y España.

En cuanto a la industria, ya en 1827, uno de sus alumnos, Heinrich E. Merck, fundó en Darmstadt, animado por Liebig, la Chemische Fabrik E. Merck para la producción en gran escala de productos farmacéuticos; en 1856, otro de sus antiguos estudiantes, Ludwig Baist, estableció la Che­mische Fabrik Griesheim para la producción de fertilizantes artificiales (recordemos que la química agrícola fue un campo particularmente esti­mulado por Liebig). Otro pupilo de Liebig que se convirtió en un indus­trial importante fue Karl Clemm, que fundó junto con su hermano Gustav una industria dedicada inicialmente a la producción de fertilizantes artificiales; más tarde, sin embargo, ampliaron su campo de intereses a la sosa y el ácido sulfúrico, así como a los tintes; en 1865 esa compañía tomó el nombre de Badische Anilin-und Soda-Fabrik (BASF), una de las grandes de la industria química mundial.

Aunque me haya centrado en él, Liebig (que se trasladaría a Munich en 1852) no fue el único químico alemán importante en producir, a través de su magisterio, elevadas cantidades de estudiantes hacia mediados de siglo. Friedrich Wóhler, profesor de Química y Farmacia en la Facultad de Medicina de Gotinga desde 1836, y Robert Wilhelm Bunsen, que ocupo una cátedra en Marburg entre 1838 y 1851, antes de pasar a Breslau por un año, para acabar finalmente en Heidelberg, son también dignos de mención. Al laboratorio de Wóhler acudían entre 40 y 50 estudiantes por semestre durante el periodo 1843-1850 y entre 60 y 70 de 1851 a 1855, mientras que Bunsen atraía en Marburg a unos 30, entre 1845 y 1850, y alrededor de 50 en Heidelberg. Asimismo, es representativo que en 1867, y a iniciativa precisamente de Hofmann, que ya había presidido la British Chemical Society, se fundase una Deutsche Chemische Gesellschaft (Sociedad Alemana de Química), a la que siguió en 1877 la Verein Analy­tischer Chemiker (Asociación de Químicos Analíticos), que en 1896 se convertiría en la Verein Deutscher Chemíker (Asociación de Químicos Alemanes).

Liebig, Wóhler, Bunsen y sus respectivos estudiantes, al igual que otros químicos no tan conocidos, elevaron rápidamente la calidad y cate­goría de la química orgánica alemana que, como hemos visto a propósito de Liebig, se encontraba hacia 1820 mediatizada y limitada por profesio­nes más tradicionales, como la farmacéutica. Es desde esta perspectiva que debemos entender el ascenso de la química orgánica, señalado cuando me ocupaba de Francia; un ascenso o desarrollo que se hace evidente sin más que considerar el que en 1888 se conocían las fórmulas estructurales de 20.000 compuestos orgánicos, por 74.000 en 1899 y cerca de 140.000 en 1910 26, Al comenzar el último cuarto del siglo, Alemania contaba con suficientes químicos orgánicos como para sacar muy buen partido de una nueva química con grandes posibilidades prácticas: la química de los tintes.
        1. Laboratorios de Investigación industrial8


La búsqueda de patentes va asociada a los laboratorios de investi­gación industrial, el primero de los cuales se creó a finales del siglo XIX. Anteriormente, los científicos habían trabajado en la industria como consultores o eran científicos-empresarios que creaban sus pro­pias empresas. La aparición de laboratorios de investigación determi­nó el empleo de científicos como investigadores asalariados y la in­dustrialización de la invención. Una de las principales razones del apoyo de la investigación científica por la industria fue la constatación de que la ciencia podía aplicarse a la creación de innovaciones patenta­bles que desembocasen en productos nuevos y mejores.

Los primeros laboratorios de investigación industrial se organiza­ron en las décadas de 1870 y 1880 en Alemania por los fabricantes de tintes sintéticos. La industria del tinte, muy influida por los avances de la investigación en química orgánica, consiguió inicialmente (en la década de 1860) nuevos tintes mediante la adquisición de derechos de patente a los químicos independientes que los poseían. A finales de la década de 1870, los productores de tintes comprendieron la ventaja de crear laboratorios propios y de contratar a químicos a tiempo com­pleto para dirigirlos. Los químicos podían contribuir a la solución de los problemas rutinarios encontrados en el proceso de manufactura, pero aún serían más valiosos en la creación de nuevos tintes, de dife­rentes tonos e intensidades, adecuados para colorear una gran varie­dad de tejidos.

Estos desarrollos adquieren un significado adicional al conocer que la química del tinte sintético no nació en Alemania. El primer tinte sintético, la púrpura anilina, fue descubierto por el joven químico in­glés William H. Perkin en 1856. A las pocas décadas del descubrimiento de la púrpura anilina los alemanes no sólo habían desarrollado y mo­nopolizado la producción de tintes sintéticos, sino que habían revolu­cionado la relación entre ciencia y tecnología, utilizando científicos de investigación para proseguir objetivos industriales.

En los Estados Unidos, la industria eléctrica fue pionera en la in­vestigación industrial. El laboratorio particular de Thomas A. Edison en Menlo Park, New Jersey, creado en 1876, constituyó un primer ejem­plo de lo que podía conseguirse cuando se aplicaba la investigación organizada a la solución de problemas técnicos. El inventor exageró cuando presumió de poder producir «un invento menor cada diez días y una cosa grande cada seis meses o así»;sin embargo, su desarro­llo de una bombilla eléctrica de filamento incandescente potenció la idea de que un equipo de investigadores, cada uno con diferentes ta­lentos y especialidades, podía concentrar esfuerzos en un mismo pro­blema, permaneciendo aislados de las distracciones del trabajo pro­ductivo ordinario.

La General Electric Company (GE) creó el primer centro de inves­tigación empresarial en los Estados Unidos. La compañía surgió de los intereses técnicos y económicos de Edison, pero en 1889 el funda­dor ya desempeñaba un papel menor y menguante en los asuntos de la compañía, y la GE estaba en camino de convertirse en un produc­tor mayor de productos eléctricos que iban desde bombillas a dina­mos. Una década más tarde, la GE ocupaba ya un lugar más inestable en la creciente industria eléctrica. Habían caducado patentes ‘decisi­vas que habían sostenido su anterior crecimiento, y los inventores in­dependientes antes vinculados a GE habían fallecido o se habían ido a otro lugar. Resuelta a mantener su posición de líder en iluminación eléctrica tanto en los Estados Unidos como en el extranjero, en 1901 la compañía decidió crear su propio laboratorio de investigación. Un ejecutivo de la GE justificaba de este modo esta decisión:

“Aunque nuestros ingenieros han dispuesto siempre libremente de to­das las facilidades para el desarrollo de diseños nuevos y originales y la mejora de los estándares existentes, durante el pasado año se ha con­siderado conveniente crear un laboratorio exclusivamente dedicado a la investigación original. Con ello se espera puedan descubrirse muchos campos beneficiosos.”

Poco después de que la GE inaugurase su laboratorio industrial, otras conocidas empresas norteamericanas siguieron el ejemplo. En 1902, la compañía Du Pont y la compañía farmacéutica Parke-Davis crearon laboratorios de investigación; en 1911 la Bell System creó su rama de investigación; y en 1913, Eastman Kodak creó un laboratorio de investigación fotográfica. Las primeras empresas en organizar una división de investigación fueron aquellas cuyas tecnologías estaban es­trechamente relacionadas con dos áreas de la ciencia que florecieron a finales del siglo XIX, la química y la electricidad.

El número de laboratorios norteamericanos que empleaban a cien­tíficos e ingenieros en investigación industrial ha crecido rápidamen­te. A los veinte años de la creación del laboratorio de la GE, 526 em­presas norteamericanas habían creado centros de investigación. En 1983 esta cifra había aumentado hasta 11.000.

Exactamente, ¿cómo utiliza una empresa su laboratorio de investi­gación? ¿Qué espera conseguir la industria a cambio de su inversión en investigación original? Estas preguntas se responden con menos am­bigüedad en el caso de los primeros laboratorios industriales. Al prin­cipio, la investigación tenía por objeto afrontar un problema técnico apremiante. La empresa alemana de tintes Bayer abrió su laboratorio de investigación con vistas a explotar los nuevos tintes que prometían dominar la tecnología del futuro. La General Electric, cuyas bombi­llas de filamento incandescente de carbono de alta resistencia se vie­ron desafiadas por las «más resplandecientes» lámparas de W. Nernst y las lámparas de vapor de mercurio de Cooper-Hewitt, decidió pro­tegerse patrocinando formalmente la investigación en iluminación eléc­trica. El laboratorio de Bell System surgió de la necesidad de desarro­llar la telefonía efectiva a larga distancia y de responder al desafío planteado por los experimentos con la (radio) comunicación ina­lámbrica.

El motivo oficialmente reconocido por el que las empresas finan­cian la investigación es que los nuevos conocimientos conducen con casi absoluta seguridad a productos nuevos, mejores y más baratos. En cierto sentido, el dinero invertido en investigación puede considerarse una inversión en el potencial de beneficio de la empresa a largo plazo. Este razonamiento, que representa la estrategia empresarial agre­siva u ofensiva, asociada a la investigación industrial, está avalado por los ejemplos modernos de valiosos productos comerciales surgidos de proyectos de investigación empresariales: el nylon y otras fibras sinté­ticas, los detergentes, la gasolina antidetonante, mejores motores de automóvil, los plásticos modernos, muchos fármacos actuales, televi­sores y transistores.

La estrategia defensiva para la investigación industrial es igualmente importante que la ofensiva, pero no tan bien conocida. Un laborato­rio de investigación empresarial es un generador de patentes, no todas las cuales se transformarán en productos comerciales o mejoras inte­riores de la manufactura. Las patentes pueden resultar más provecho­sas cuando se utilizan como defensa en la lucha entre empresas rivales.

Un caso de este tipo fue la relación entre patentes e investigación en el laboratorio Bell durante sus primeras décadas de vida. La idea de la investigación como productora de conocimiento nuevo y útil se modificó tan pronto como los administradores de investigación y los ejecutivos de Bell constataron que la compañía podría beneficiarse de patentar toda posible variación menor de un aparato, a fin de evitar una usurpación futura por parte de la competencia. La investigación de nuevas fronteras de conocimientos tecnológicos podía ser mucho menos productiva que, en palabras de un presidente de Bell, la ocupa­ción de un campo técnico con «mil y una pequeñas patentes e inven­ciones».

La evitación de la competencia fue sólo uno de los nuevos usos que Bell y otros encontraron para las patentes. Las patentes podían adquirirse también para frustrar el intento de un competidor por ase­gurar una posición de patente fuerte mediante sus propios esfuerzos de investigación. Al conseguir estas patentes críticas, la primera em­presa no tiene a menudo la intención de competir en el mercado. La única finalidad es poner impedimentos en el dominio de un campo técnico por la empresa rival que es esencial para el propio éxito eco­nómico. Por último, las patentes se utilizan a menudo para proporcio­nar un fuerte elemento de regateo que, en el momento adecuado, pue­de negociarse con un rival a cambio de otras patentes o concesiones.

Las patentes conseguidas para fines defensivos no suelen desarro­llarse después. Existen para proporcionar una protección tras la cual la empresa puede retirarse y protegerse de la potencial amenaza de los competidores innovadores. Esta estrategia defensiva hace un uso muy conservador de la investigación industrial. En vez de servir de fuente de innovación, la investigación se convierte en parte de una maniobra de negocio que tiene por objeto conservar el statu quo, o al menos asegurar la aparición de novedades a un ritmo más lento.

En suma, hay una discrepancia entre el ideal de investigación in­dustrial —la ciencia estimuladora del cambio tecnológico— y sus usos reales en el mundo comercial. Puede mantenerse un laboratorio de in­vestigación para alcanzar una nueva meta científica y prestigiar a una empresa, para inyectar conocimientos científicos nuevos en la estruc­tura de la empresa o para levantar un baluarte contra el cambio. La producción de novedades tecnológicas no es más que una de las fun­ciones del laboratorio empresarial de investigación, pero en modo al­guno constituye la única razón de su existencia.

Dados los muchos usos improductivos que tiene la patente en la industria moderna (improductivos en el sentido de no fomentar aprecia­blemente el conocimiento), se plantea la cuestión de la efectividad del laboratorio industrial de investigación en la estimulación de innova­ciones. La investigación organizada, presa entre las conflictivas metas de la ciencia y el comercio, no es tan fundamental en la creación de nuevos productos y procesos como a menudo nos quiere hacer creer la autopropaganda empresarial.

El tamaño de una empresa y la naturaleza de su base tecnológica influyen en su papel innovador. Sólo las grandes empresas pueden per­mitirse la financiación de grandes proyectos de investigación internos. Al mismo tiempo, estas empresas son más reacias a lanzarse por nue­vos derroteros que las empresas más pequeñas y aventureras. Aparte de su tamaño, las empresas forzadas a explorar nuevas áreas tecnoló­gicas —por ejemplo, fármacos o semiconductores— suelen estar más interesadas en los últimos resultados de la investigación científica que las asociadas a tecnologías más antiguas, como las empresas de auto­móviles, electrodomésticos o ferrocarriles.

La existencia de un laboratorio grande y bien dotado no significa necesariamente que una empresa sea autosuficiente en sus necesida­des de investigación. La compañía Du Pont, una empresa reconocida líder en investigación industrial, mantiene grandes laboratorios que han sido siempre objeto de alta estima por sus máximos directivos. En 1950, el presidente de Du Pont, Crawford H. Greenwalt, anunció: «Puedo afirmar categóricamente que nuestro tamaño y éxito actual han sido el fruto de los nuevos productos y procesos desarrollados en nuestros propios laboratorios». El economista W. E. Mueller, que estudió las fuentes de las innovaciones de Du Pont durante el período de treinta años que va de 1920 a 1950, llegó a la conclusión opuesta. Mueller halló que de los veinticinco nuevos productos y procesos introducidos por la compañía en este período, sólo diez se basaban en invenciones del personal investigador de Du Pont. Éstos incluían cinco de los die­ciocho nuevos productos, y cinco de los siete procesos nuevos. Los de­rechos de quince innovaciones producidas fuera de la compañía se ob­tuvieron de diversas empresas y de inventores independientes.

Las cifras de la compañía Du Pont son indicadoras de un hecho importante. El inventor independiente no fue desplazado por los equi­pos de investigación organizados que florecieron en las industrias a principios de siglo. Un estudio de setenta de los inventos más impor­tantes encontrados halló que más de la mitad de éstos salían de la labor de inventores independientes. La lista de sus contribuciones es impresionante e incluye la transmisión automática, la baquelita, el bo­lígrafo, el celofán, el ciclotrón, la brújula giratoria, la insulina, el motor a reacción, la afeitadora de seguridad, la película kodachrome, la gra­bación magnética, la dirección asistida, la xerografía, el motor Wan­kel de pistón rotativo y la cremallera.

Los laboratorios industriales de investigación no son en modo al­guno las «fábricas de investigación» que sus promotores dicen que son. No obstante, han ofrecido una carrera alternativa a los científicos e ingenieros orientados a la investigación, y han adelantado el conoci­miento científico y tecnológico en campos afines a los objetivos em­presariales de sus patrocinadores financieros. Cualesquiera que sean sus usos y fines, los laboratorios industriales de investigación siguen gozando del apoyo de la empresa moderna. Como el sistema de pa­tente al que están fuertemente vinculados, los laboratorios industria­les de investigación son prueba de la disposición de las sociedades in­dustriales modernas a invertir grandes sumas de tiempo, esfuerzo, dinero y materiales a fin de institucionalizar y facilitar la producción de novedades.
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