Segunda Revolución Industrial (siglo XIX)






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Apéndice I. Consideraciones generales sobre los inventos.


... vamos a realizar algunas observaciones sobre los inventos y sobre el proceso por el que se eligen y convierten en productos económicos y culturales.

En primer lugar, los usos potenciales, así como los inmediatos, de una invención no son en modo alguno evidentes de por sí. A menudo resulta difícil determinar con precisión qué hay que hacer con un nue­vo aparato. Este fue el problema que afronté Thomas Edison después de haber inventado el fonógrafo (1877). Al año siguiente publicó un artículo en el que especificaba diez maneras en las que la invención podía resultar útil para el público. Sugería su empleo para tomar dic­tado sin uso de un estenógrafo; para disponer de «libros parlantes» para ciegos; enseñar a hablar en público; reproducir música; conser­var dichos y recuerdos importantes de la familia, así como las últimas palabras del moribundo; crear sonidos nuevos para cajas y juguetes musicales; producir relojes capaces de anunciar la hora y un mensaje; disponer de la pronunciación exacta de lenguas extranjeras; enseñar a escribir y memorizar; y registrar llamadas telefónicas. Esta lista es importante porque representa el orden de prioridades del propio Edi­son en relación a los usos potenciales de la máquina parlante. La re­producción musical se clasifica en cuarto lugar porque Edison pensa­ba que era un uso trivial de su invento. Una década después, cuando el inventor entró en el negocio del fonógrafo, aún se resistía a los es­fuerzos por comercializar el fonógrafo como instrumento musical y se dedicó a ofrecerlo a la venta como máquina de dictado. Otros in­ventores, que advirtieron las posibilidades de entretenimiento del in­vento de Edison, modificaron los fonógrafos para reproducir automá­ticamente selecciones musicales populares tras depositar una moneda. Las máquinas que funcionaban con moneda, ubicadas en lugares pú­blicos, pronto alcanzaron popularidad. En 1891, Edison aún era rea­cio a aceptar estas máquinas tragaperras, porque creía que desviaban el legítimo uso del fonógrafo en los despachos.

La exitosa comercialización y amplia utilización del fonógrafo sólo tuvo lugar después de que se presentara públicamente como instru­mento para la reproducción musical. A mediados de la década de 1890 incluso, Edison pensaba que el uso primordial de su máquina parlan­te estaba en el ámbito de la diversión. Esto dio lugar a la creación de lucrativas empresas de grabación fonográfica que surtían de música grabada y equipos reproductores a audiencias masivas de todo el mundo.

Puede suponerse que el ejemplo del fonógrafo sirvió de fácil guía para la comercialización de la grabadora cuando se ofreció por vez primera al público, poco después del final de la segunda guerra mun­dial; sin embargo, no fue así. La grabadora, desarrollada en Alema­nia durante la guerra, llamó por primera vez la atención de los inge­nieros japoneses a finales de la década de los cuarenta. En 1950, Tokyo Telecommunications, la compañía posteriormente conocida como Sony, estaba preparada para comercializar su propia versión de la máquina, un modelo pesado, voluminoso y caro. El principal problema era en­contrarle un uso que la hiciese atractiva a los consumidores japone­ses. Al principio se vendieron algunas unidades al Ministerio de Justi­cia para la grabación de las vistas orales y también a científicos, que las utilizaron para grabar datos, pero las ventas fueron muy reducidas hasta que Sony persuadió a escuelas, facultades y universidades japo­nesas a que comprasen máquinas para la enseñanza de idiomas. Con todo, el mercado era relativamente modesto. No fue hasta los años se­senta cuando finalmente se anunció y vendió la grabadora como apa­rato para grabación y reproducción de música, momento en el que las ventas empezaron a dispararse.

No hemos evocado la historia temprana del fonógrafo y de la gra­badora para mostrar, con la ventaja de la perspectiva, lo ciegos que fueron Edison y la dirección de Sony hacia el «verdadero» potencial de sus máquinas. Pueden destacarse aspectos más legítimos y relevantes. Obviamente ni el fonógrafo ni la grabadora se desarrollaron para satisfacer una necesidad o deseo identificable, profundo o apremian­te. Cuando estas máquinas aparecieron en escena, ni los tecnólogos ni el público sabían qué hacer con ellas. Por supuesto, ambas repro­ducían sonidos, pero haber llegado a este punto en su comprensión no es gran cosa. ¿Qué sonidos había que registrar? ¿En qué contextos sociales y culturales? Una nueva máquina, incluso una tan simple como una grabadora, tiene muchos usos posibles. De hecho, cuando los di­rectivos de Sony luchaban por vender sus primeros modelos, consi­guieron y tradujeron un folleto norteamericano titulado «999 usos de la grabadora». Este anuncio de la versatilidad de la máquina era un signo de debilidad, y no de fuerza, que reflejaba la incertidumbre de los fabricantes norteamericanos acerca del lugar del producto en el mercado.

Cuando se selecciona una invención por desarrollar, no podemos suponer que la elección inicial sea la única y obvia, dictada por la na­turaleza del artefacto. Cada invento ofrece un espectro de oportuni­dades, sólo algunas de las cuales se desarrollarán alguna vez durante su evolución. Los primeros usos no son siempre aquellos por los que eventualmente el invento llegó a ser más conocido. Las primeras má­quinas de vapor bombeaban agua de las minas, el primer uso comer­cial de la radio era para enviar mensajes inalámbricos codificados en­tre barcos en alta mar y desde los barcos hasta la costa, y el primer ordenador digital fue diseñado para calcular las tablas de disparo de los cañones de la armada de los Estados Unidos.

La segunda observación a realizar con respecto a las invenciones es que incluso cuando hay un acuerdo general sobre cómo han de uti­lizarse, no podemos suponer que funcionen como se promete. Al prin­cipio, los inventos suelen ser modelos muy toscos que materializan ideas nuevas necesitadas de ulterior refinamiento. Aquello en lo que los auto­res suelen basar una selección no es una locomotora de vapor o un transistor plenamente desarrollado, sino los primeros prototipos que funcionan.

La máquina parlante de 1877 de Edison, con su superficie graba­dora de papel de estaño y su manubrio, apenas era capaz de reprodu­cir la nana que el inventor cantó en su boquilla receptora (fig. 5.3). Ni las oficinas ni los centros de ocio podrían haber utilizado una má­quina que ni siquiera era capaz de grabar dos minutos aprovechables. A comienzos de 1880, Edison dijo a su ayudante Samuel Insull que el fonógrafo no tenía «valor comercial alguno».’ Mientras, Alexander Graham Bell, Charles S. Taintner y otros trabajaban para mejorar el fonógrafo. Se introdujeron cilindros de grabación de cera, así como un mejor brazo de la aguja reproductora y un motor eléctrico de velo­cidad constante. Finalmente, en la década de 1890 se puso a disposi­ción del público general una máquina parlante fiable.

La historia del estado inacabado del fonógrafo de Edison podría repetirse en relación a muchas innovaciones tecnológicas famosas: las cámaras de la década de 1840 exigían tiempos de exposición de diez a noventa segundos; las molestas y lentas máquinas de escribir de me­diados del siglo XIX apenas constituían un adelanto respecto a la es­critura con pluma; el primer motor comercial de combustión interna, el motor vertical de Otto y Langen de 1866, tenía una altura de más de 2 metros y un rendimiento de tres caballos; el primer aeroplano propulsado de los hermanos Wright sólo permanecía en el aire cincuenta y siete segundos; los aparatos de televisión de los años veinte mostra­ban imágenes pequeñas (de 3,7 por 5 cm), borrosas y parpadeantes; y el primer ordenador electrónico ocupaba casi 167 mde espacio y pesaba 30 toneladas. A primera vista, ninguno de estos inventos tenía claras perspectivas como base de una nueva industria, pero todos ellos la crearon.

La selección de novedades supone riesgo e incertidumbre. Se basa en un acto de fe y en la apreciación de que un invento resultará útil para algún segmento del público y de que puede convertirse en un apa­rato fiable. Algo sabemos de las épocas en que los inventores aposta­ron en este sentido, las épocas en que Edison o Ford despejaron las dudas y críticas para ofrecernos la lámpara eléctrica y el modelo T. Sin embargo, hay algunas ocasiones en las que el público rechazó un producto nuevo o en que no pudieron superarse los obstáculos tecno­lógicos al desarrollo de un producto. Limitando la muestra a los últi­mos años y al transporte de automóviles, encontramos el avión/auto­móvil combinado (finales de los años treinta); el coche, camión y autobús propulsados por turbina de gas (años cincuenta); el motor de combustión rotativa interna (Wankel) (años setenta); y las plantas de energía automotriz alternativas —de vapor y eléctricas con modifi­caciones—, propuestas como solución a la crisis energética (años se­tenta). Todas estas novedades recibieron una seria consideración al menos por uno de los principales fabricantes; ninguna de ellas ha en­contrado un lugar en el automóvil actual.

Dejando a un lado las cuestiones de la falta de desarrollo y de uti­lidad, quedan aún muchos obstáculos por superar antes de que un in­vento pase a formar parte de la vida económica y cultural de un pue­blo. En las sociedades modernas, hay que reunir capital, trabajo y recursos naturales, convertir el modelo inventado en un producto acep­table para el consumidor, y fabricarlo de forma que pueda venderse con beneficio. Cualquiera de estos obstáculos puede suponer proble­mas formidables.

1 Extraído de: Ciencia, Tecnología y Sociedad. José Félix Tezanos Torjada y Antonio López Peláez (Editores). Editorial Sistema. 1997

2 En términos generales, ninguna explicación unifactorial de este proceso social de transtormacián es suficiente, sea cual sea el factor elegido como independiente (demográfico, tecnológico, tasa de inversión, organización del trabajo). Cualquier modelo explicativo que pretenda una minima relevancia explicativa debe ser sensible a una compleja red de interacciones causales en las que muchos factores, y entre otros el tecnológico, son tanto causas como consecuencias de los procesos. Así parece desprenderse de las perspectivas de autores tan diversos como Landen, Mumford o Pacey, exponentes de un tipo de análisis que desafia las visiones unidireccionales y deterministas más tradicionales. Sobre la tendencia del estadio social de la ciencia véase Woodgar, S. Ciencia abriendo la caja negra, Anthropos, Barcelona, 1991.

3 Extraído del libro “La Evolución de la Tecnología” de George Basalla. Editorial Crítica. 1991.

4 Extraído de “La palanca de la riqueza”. Mokyr.

5 Se podría decir que el tipo móvil fue u primera aplicación de las piezas inter­cambiables. Christopher Polhem, un precursor mgeniero sueco, utilizaba piezas in­tercambiables ya en 1720. En 1785, Thomas Jefferson, por entonces embajados’ en Francia, informó que un armero francés, llamado Honoré Blanc, fabricaba cerrojos para mosquete en los que todas las piezas eran intercambiables. Como muchos otros avances tecnológicos franceses, el de Blanc fue enterrado por los competidores envi­diosos; la presión del gremio obligó a cerrar su arsenal en 1797. Por otro lado, la afirmación de que Europa iba a la zaga de Estados Unidos en la adopción de piezas intercambiables es en gran parte un mito. La planta de fabricación de bloques situada en Portsmouth, que producía poleas perfectamente idénticas para barcos, contaba, antes de 1301, con muchos de los elementos del sistema de piezas de intercambio. En 1832, el mecánico londinense Bryan Donkín construyó una bobina de papel contínuo que sorprendió a los visitantes norteamericano por la facilidad con que se podía separar una pieza averiada sustituyéndola por una nueva de los estantes. El ingeniero Joseph Whitworth fue un incansable defensor del sistema de piezas de intercambio desde la década de 1840 (Musson, 1975a). Otros ingenieros británicos que experimentaron con piezas estandarizadas fueron John Bodmer, James Nasmyth y Daniel Gooch, un fabricante de locomotoras (Musson, 1981).

6 Extraído de Nuevas formas de organización del trabajo: una realidad variada y selectiva". Antonio de Pablo. UCM. 1998. http://www.ucm.es/BUCM/cee/doc/03010062.htm

7 Ideas extraídas del libro “El poder de la ciencia” de Jose Manuel Sánchez Ron. Alianza Editorial. 1992.

8 Extraído del libro “La Evolución de la Tecnología” de George Basalla. Editorial Crítica. 1991

Extraído del libro “La Evolución de la Tecnología” de George Basalla. Editorial Crítica. 1991

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