Directrices internacionales






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La normalización reivindicada como derecho civil: la «Independent Living»

El movimiento por la rehabilitación en comunidad se originó en el estado norteamericano de California y también allí surgió otra corriente que trabajaba en la misma dirección, aunque era más crítica en el enfoque y más combativa en el tono: se trataba del «Independent Living», término que ha sido traducido en nuestro país como «movimiento por la vida independiente» o también con mayor propiedad «movimiento por la autonomía personal» 24. El movimiento de «Independent Living» buscaba potenciar al máximo la libertad de movimientos individual de cada persona discapacitada y evitar la dependencia de ésta, exigiendo la aplicación de una rehabilitación liberadora como paso necesario para la integración en la comunidad. Llamaba a la lucha activa y específica contras las barreras físicas y sociales, estas últimas como un derecho ciudadano inherente a la persona discapacitada 25. El libro titulado «Independent Living» se erigió en el manual básico de este movimiento 26, que se había fundamentado en las ideas de Irving Kenneth Zola 27.

Respecto a cómo había que enfocar el proceso de rehabilitación y la integración, el movimiento por la autonomía personal supone, según Österwitz, «una nueva forma de enfocar la discapacidad. La perspectiva de vida independiente parte del supuesto de que, básicamente, el problema de la discapacidad no está en la persona discapacitada, sino en las barreras psicológicas y físicas que levanta la sociedad, y en la habitual rigidez de las estructuras de ayuda con las que ésta responde. También se trata de una filosofía sobre las necesidades de las personas discapacitadas. En esto se aparta significativamente de la filosofía tradicional, que tiene una vocación terapéutica y se dedica fundamentalmente a instrumentar la adaptación de las personas discapacitadas a las estructuras de trabajo y de vida ya establecidas. Cada vez que esto se consigue, se conduce al individuo a un callejón sin salida en el circuito de la rehabilitación» 28, porque, como asegura Bernard, en contra de lo que argumentan sus promotores, «las instituciones especiales y las medidas especiales, sean las que sean, no constituyen el primer paso hacia la integración, sino todo lo contrario» 29. Según esta idea, lo único que vale es perseguir la integración completa y absoluta, para lo que no sería útil ni aplicar métodos especiales, ni tan siquiera mantener instituciones especiales. Esta afirmación puede resultarnos realmente discutible o incluso totalmente extraviada, pues supone pedirle a las personas discapacitadas que den la espalda a instituciones que, hoy en día, facilitan su integración. Pero, en nuestra opinión, no hay que entenderla como un consejo práctico de aplicación inmediata, sino como una perspectiva de trabajo que nos llevaría a desmontar todas las estructuras que han creado un entorno específico y «diferente» para la persona con discapacidad, porque el grado de normalización de ésta en la sociedad las haya hecho innecesarias. Sería un caso similar al de las organizaciones sufragistas a favor del voto femenino, tan activas a principios del siglo XX, que desaparecieron cuando vieron cumplida su reivindicación con la modificación de las leyes electorales.

Las ideas críticas y antiautoritarias de los años 60 permitieron estructurar en EE UU un amplio movimiento plural y heterogéneo de colectivos, asociaciones y grupos de acción reivindicativa que trabajaban activamente para conseguir mejoras particulares, cambios en las leyes y sensibilizar al resto de la ciudadanía sobre su problemática; como hemos visto, este movimiento fue aprovechado positivamente por las personas discapacitadas para articular sus reivindicaciones. Aunque la sociedad europea tuvo su Mayo del 68, la lucha contra el sistema se focalizó casi exclusivamente en el terreno político y sindical, sin vertebrar un tejido social reivindicativo persistente a medio plazo. Quizás por ese motivo, el movimiento rehabilitador —que, recordemos, se inició en los EE UU en los años 50— y los conceptos posteriores de rehabilitación en comunidad y de autonomía personal no llegaron a Europa hasta bien entrada la década de los 70 30.

Pero también es cierto que desde ese momento mostraron un rápido desarrollo y, sobre todo, encontraron una mayor receptividad institucional al coincidir con la publicación de normas y directrices de organismos internacionales 31, cuya aparición fue propiciada precisamente por la movilización inicial realizada en EE UU. Al igual que en el resto de Europa, estas ideas llegaron a España con mucho retraso pero fueron rápidamente asumidas, incluso por las instancias oficiales, ejerciendo una influencia muy positiva 32.

1.2.  La ceguera: una minusvalía cargada de connotaciones peculiares

Dentro del colectivo de personas discapacitadas, el subcolectivo de personas ciegas está sujeto a profundas aunque a veces no muy evidentes peculiaridades que provocan que el ciego no actúe como otras personas discapacitadas y que el ciudadano perciba la ceguera como una discapacidad diferente, cargada de connotaciones propias.

No resulta fácil explicar el origen de estas peculiaridades aunque todos somos conscientes de sus consecuencias. Quizás se deba a que la ceguera es la discapacidad que afecta al sentido más valorado, la vista, y a que esta minusvalía levanta una barrera más infranqueable que otras. Pajón opina que la barrera que separa los dos mundos de los videntes y los no videntes no encuentra comparación con la que existe con ningún otro colectivo de personas discapacitadas. Según él, la barrera está levantada por parte de los videntes, porque creen disponer de una superioridad que ejercen, ya sea de forma consciente o inconsciente 33. Y continúa Bornaechea, completando esta idea, «mientras la superioridad se ejerza, el colectivo de minusválidos desarrollará su propia escala de valores, establecerá sus propias relaciones y mantendrá instituciones aisladas que constituirán el límite máximo de la integración» 34.

1.2.1.  Los estereotipos de Kirtley. La «cima comparativa»

Podríamos afirmar que los ciudadanos no discapacitados sienten que comparten un mayor número de elementos comunes con el universo de, por ejemplo, un sordo que los que comparten con un ciego. En cualquier caso es cierto que, dentro del colectivo de personas discapacitadas, la sociedad ha mostrado durante largo tiempo hacia los invidentes —y, por supuesto, continúa haciéndolo— unas actitudes particulares y diferenciadas, cargadas de proyecciones psicológicas.

Garvía documenta que «después de haberse aplicado distintos métodos de investigación (que van desde el análisis de contenido de obras literarias o el estudio de biografías escritas por los ciegos hasta métodos cuantitativos sobre actitudes hacia los ciegos), se ha demostrado que, desde épocas precristianas, los ciegos despiertan entre el resto de la población cierto tipo de actitudes muy dispares que van desde el temor y el rechazo hasta la máxima admiración y compasión; actitudes que (...) hacen del ciego un ser que es al mismo tiempo más y menos que un hombre corriente» 35. Aunque podamos teorizar largo y tendido sobre el origen de estas actitudes, no cabe duda de que se prolongan hasta nuestros días y son vigentes en la actualidad, afectando de una manera profunda, soterrada y muy poco consciente a las actitudes que la sociedad muestra hacia el colectivo de personas invidentes.

Varios autores se refieren a esta dualidad de sentimientos contrapuestos que la sociedad proyecta hacia los ciegos. Según Marcial Puebla «la literatura —que puede entenderse como un modo especial de materialización de la producción simbólica de una sociedad, y por lo tanto, como reflejo de la construcción cognitiva de las cosas—, se ha servido frecuentemente del ciego como paradigma de dos tipologías concretas: el mendigo —caso de las corrientes realistas— y el transgresor, el que rompe los límites de lo humano llegando a ser testigo pasivo de o protagonista de realidades reservadas al ámbito de lo divino» 36. Himes, al hablar de actitudes hacia los ciegos, caracteriza al blind beggar (el ciego mendigo) y al blind genius (el ciego con talento) 37. Kirtley 38 concretó las actitudes populares en dos grandes estereotipos de caracteres casi opuestos que denominó el «estereotipo de Tiresias» 39 y el «estereotipo de Edipo» 40.

Según el primero de ellos, los ciegos, por estar sumidos en un estado permanente de reflexión e interiorización, tienen acceso a un mundo sobrenatural que podría permitirles realizar trabajos de adivinación o clarividencia, por lo que despiertan sentimientos de respeto y consideración. Ésta ya era una creencia extendida en varias tribus indígenas de nuestro mundo, algunas de ellas tan distantes en el espacio como los pieles rojas norteamericanos y los aborígenes malgaches 41. Se ha demostrado que el ciego, como cualquier otra persona discapacitada, desarrolla notables habilidades para suplir su limitación física, lo que podría haber servido como base para fundamentar este primer estereotipo. De hecho, la persona ciega desarrolla más la memoria, porque no puede tomar anotaciones ni realizar comprobaciones visuales; estructura los discursos, las ideas y el mundo exterior de una forma muy eficaz; suele estar dotado de una gran capacidad de síntesis, lo que le permite tomar decisiones con gran agilidad; y puede obtener un aprovechamiento de los otros sentidos que resulta sorprendente, excepcionalmente intuitivo y casi mágico para los no invidentes, como, por ejemplo, deducir el comportamiento de una persona o el grado de veracidad de sus afirmaciones juzgando solamente su voz 42.

Según el segundo estereotipo de Kirtley, el «estereotipo de Edipo», la ceguera es un castigo divino, fruto del pecado o de la transgresión de normas morales básicas y merecedor de lástima y compasión, pero también de la distancia y la prevención personal que supone este castigo tan ejemplar. A este respecto, recordemos el planteamiento de Aguado citado anteriormente, que relaciona las discapacidades con el pecado 43. También Milton y Lukoff documentan que, según la creencia popular, los ciegos merecen tal condición para expiar algún pecado 44. Según escribe Montoro, «se supone que esta actitud, necesariamente, habría de estar influida por lo que Karl Gustaf Jung llama urdenker o “memoria arcaica”, es decir “sentimiento ancestral de culpa”, ya que aquellas civilizaciones primitivas, irremisiblemente expuestas a toda clase de catástrofes meteorológicas y telúricas, habrían de buscar en la ira de los dioses la explicación de todos los acontecimientos desagradables; y no cabe duda de que en esta categoría de hechos, habrían de ser consideradas las deformaciones congénitas, las enfermedades hereditarias y, por consiguiente, la ceguera» 45.

De acuerdo con Lukoff 46 ambos estereotipos coexisten en la imagen social del ciego, lo que provocaría actitudes encontradas hacia ellos, porque los ciegos son considerados —simultáneamente, y expresado de una forma simple— listos y tontos, buenos y malos, atrayentes y despreciables.

Pero, además de las actitudes y predisposiciones que se desprenden del modelo de Kirtley, hay un elemento psicológico general, quizás intrínseco a la naturaleza humana, que opera muy activamente sobre la actitud del resto de los ciudadanos hacia los ciegos, una forma de envidia que se concreta en lo que podemos denominar la «cima comparativa» y que está relacionada con la forma que tenemos de autovalorarnos, evaluando el progreso que hemos alcanzado en nuestra vida por comparación con las demás personas. Si nos parece lógico sentir cierta envidia cuando nos encontramos con un antiguo compañero de estudios que entonces parecía muy torpe y constatamos que, con los años, ha logrado más éxito social que nosotros, también sentiremos una enorme prevención (envidia) ante un invidente que se integre socialmente, que normalice su vida y disfrute de ella tanto o más que nosotros. Desde una óptica egocéntrica y lineal, nosotros que, obviamente, disponemos de un mayor nivel de recursos físicos, habremos tenido que administrarlos peor cuando en la práctica hemos alcanzado un nivel similar de éxito, reconocimiento y satisfacción social.

Quizás por este motivo «resulta difícil aceptar el éxito del ciego por encima del nuestro y mantenemos una posición extremadamente crítica contra todo comportamiento que atribuya ambición, egoísmo, audacia o frialdad en dosis similares a la del resto de los ciudadanos» 47, como afirma Bornaechea recordando la famosa carta de Diderot 48 que, en su día, constituyó un agudo ejercicio de observación de la realidad cotidiana de los ciegos por parte de una sociedad que sólo se preocupaba de marginarlos.

1.3.  La imagen de las personas discapacitadas en los medios

dE comunicación

Pasemos ahora a realizar un análisis general de cómo son presentadas las personas con discapacidad en los medios de comunicación de masas, intentando profundizar en los aspectos más significativos.

La información documental sobre este tema es muy amplia y diversa, pero toda ella coincidente, lo que incrementa el valor de sus apreciaciones. Los Seminarios Iberoamericanos sobre Discapacidad y Comunicación Social 49 celebrados gracias a la iniciativa del Real Patronato de Prevención y Atención a Personas con Minusvalía, han ido creando un completo fondo documental sobre el tema al que pertenecen muchas de las obras citadas a continuación.

1.3.1.  La imagen precede a la realidad

Hoy en día, el principal problema para las personas discapacitadas no reside en el reconocimiento de sus derechos en el terreno civil, pues tras una prolongada reivindicación histórica se ha conseguido la plena equiparación formal. El problema reside en las actitudes sociales, es decir, en conseguir en el plano real y cotidiano que los demás ciudadanos traten a las personas discapacitadas con el nivel de igualdad que ya fijan las leyes y normativas en el plano teórico. Sabemos que la actitud que se ostenta hacia una persona depende de lo que se piense de ella. Y caso de no disponer de información previa al respecto, de lo que comunique su imagen. Por este motivo juegan un papel tan determinante todas las imágenes que se tengan del colectivo al que pertenece dicha persona. Esta representación que constituye «la imagen de un colectivo» —denominada técnicamente «imagen psicosocial»— está conformada en gran medida por las imágenes que los medios de comunicación de masas ofrecen del colectivo juzgado, en nuestro caso, de las personas con discapacidad 50.

En la moderna sociedad mediática las relaciones interpersonales profundas se limitan a un entorno cada vez más reducido, los ciudadanos no tienen experiencias directas de un gran número de elementos que deben manejar y aplicar para desenvolver su vida personal y profesional. Es entonces cuando los medios de comunicación se constituyen en el único referente de información que tienen los individuos sobre un importante número de temas. Y ello ocurre hasta el punto de que no sólo influencian poderosamente el conocimiento personal previo, a veces muy escaso, que los espectadores ya tienen de determinados asuntos, modelando poderosamente sus opiniones y actitudes, sino que también afecta a la importancia y a la trascendencia social que dichos espectadores asignan a cada tema en cuestión. Así es cómo opera la sociedad de intermediación informativa en la que vivimos, como enuncia algún autor: «En las sociedades tecnoindustriales del mundo actual, la vida cotidiana se configura a partir de una potente red de informaciones que “enseñan” la realidad social mediante signos. La realidad ya no ES, sino que SE HACE. Esto significa que el acceso al conocimiento del mundo ya no se hace de forma directa, participando vivamente en distintas experiencias, sino de forma indirecta, participando merced a signos escogidos para reconstruir la realidad. (...) Las formas de pensar, la imagen del mundo, de los problemas sociales, los valores, las relaciones interpersonales..., están profundamente influidas por la actividad de los media; hasta tal punto que hoy es imposible conocer el significado de los problemas sociales si desconocemos cómo están siendo construidos por los medios» 51.

1.3.2.  La acción marginadora de los medios: el efecto de «aniquilación semántica»

Pero los medios no sólo pueden configurar o influir en la visión que se tiene de un determinado asunto. Pueden incluso otorgarle el don de la existencia. Porque aquello que no tiene presencia en los medios tampoco tiene presencia en la mente de los espectadores ni, por consiguiente, en su concepción del mundo. Tres de los principales autores españoles en el tema de discapacidad y comunicación, Amelia Alvarez, Pablo del Río y Francisco García, coinciden en recordar y remitirse a la famosa propuesta de la «aniquilación semántica» de Noble 52 que establece que «lo que no está representado en la televisión —o, por extensión, en los medios de comunicación— no existe para el espectador».

En este punto encontramos la primera gran marginación generada por la forma en la que las personas discapacitadas son presentadas en los medios. Porque, en realidad, casi no son presentadas: su aparición en los medios es, a todas luces, pobre y escasa, no guardando relación con la amplitud real del colectivo de personas que padecen discapacidades —recordemos, un total del 10% de la población si incluimos las discapacidades leves— ni con la realidad de su presencia pública. Y, por el citado efecto de aniquilación semántica, esta escasa presencia en los medios induce a los espectadores a pensar: 1) que las personas con discapacidad constituyen un colectivo muy poco numeroso, 2) que desempeñan un papel social poco significativo, y 3) que sus reivindicaciones no son relevantes para el resto de la sociedad.

1.3.3.  El efecto de «agenda-setting»

De forma complementaria a la aniquilación semántica, otro efecto manifiesto de los medios que juega a favor de la discriminación de las personas discapacitadas es el denominado «Agenda-Setting Function» o «determinación de la agenda». Formulado por Donald Shaw y Maxwell McCombs a finales de los años 70, guarda relación a su vez con otros efectos como el de la «tematización», enunciados por diversos autores durante esos mismos años. Shaw y McCombs estudiaron durante las elecciones norteamericanas de 1968 y 1972 cómo influía en los votantes la presentación de las informaciones relacionadas con los partidos y los temas electorales, ofreciendo sus conclusiones en un trabajo publicado en 1977 53. De Fleur resume con bastante claridad dichas conclusiones: «Básicamente, lo que se encontró fue un nivel alto de correspondencia entre la cantidad de atención prestada a un tema específico en la prensa y el nivel de importancia asignado al mismo por la gente de la comunidad expuesta a la influencia de ese medio. Esto no significaba que la prensa hubiera tenido éxito a la hora de influir en el público para que éste adoptara algún punto de vista concreto; pero sí lo tuvo en cuanto a llevar a la gente a considerar que ciertos temas eran más importantes que otros. El orden del día (en inglés, agenda-setting) de la prensa acabó siendo el del público» 54.

Alejos ha aplicado las ideas de esta teoría al entorno de las comunicaciones relacionadas con la discapacidad, confirmando su efecto discriminador: «Las audiencias también toman conciencia de los temas en proporción directa al énfasis —“jerarquización”— dado por los medios a estos temas. Así pues, los medios tienen capacidad de seleccionar y destacar ciertos temas frente a otros, y con ello lograr que los temas elegidos sean percibidos como importantes por el público»55 . Al obtener las informaciones relacionadas con las personas discapacitadas un trato poco destacado en los medios, el peso social de este colectivo y sus problemas son minimizados por el público, insistiendo en los efectos negativos provocados por el efecto de aniquilación semántica.

1.3.4.  El efecto de «rutina profesional» en los periodistas

Otro efecto que podemos destacar de los medios de comunicación y que ejerce una función marginadora está relacionado con la mecánica interna de elaboración de noticias dentro de los medios de comunicación y el sistema de trabajo de los periodistas. Saperas le concede a estos procesos una gran importancia: «Quizás sería mejor referirnos no tanto a los media, sino a la labor “procesual” de los periodistas. En efecto, focalizamos nuestra atención en la comprensión de cómo se crea la realidad como resultado de una práctica continuada realizada por unos profesionales especializados en la supervisión del entorno y en la ejecución de unas rutinas sometidas a la lógica de las organizaciones emisoras. La referencia a una construcción de una realidad, que pasará a ser compartida intersubjetivamente, mediante la práctica informativa nos sitúa ante uno de los efectos cognitivos más relevantes de la acción de los medios de comunicación de masas» 56.

Aplicando estas ideas al tratamiento de la discapacidad en los medios de comunicación, Alejos afirma que «influyen de forma definitiva en la consideración de los problemas sociales» 57. Gómez también se ha ocupado de este tema al exponer que en el proceso mediador de la comunicación «el periodista deforma por sus “rutinas profesionales” —procesos de simplificación automática— la extensión de las noticias sobre minusválidos. También, por sus “rutinas psicológicas” trata los temas de forma parcial, insuficiente y discriminatoria. Estos modelos, propuestos por los medios, son digeridos y asumidos por los receptores, que a su vez los reproducen»58.

1.3.5.  Presentación escasa, representación negativa

Loles Díaz Aledo, periodista de Radio Nacional de España, ofrece una explicación desde el interior de los medios, exponiendo que la cuestión viene totalmente determinada por la lógica comercial de las empresas periodísticas como partes concurrentes en un mercado de audiencias muy disputado: «Hoy se hace periodismo (...) de triunfadores. Los perdedores tienen poco hueco. Los periodistas, especialmente los dueños o responsables de los medios, creen que los problemas de un colectivo no venden, por eso no se publican, salvo si ocurre algo espectacular» 59, respondiendo al concepto de «espectáculo» que parecen tener los medios en los últimos tiempos.

Y las pocas veces que las personas discapacitadas son presentados en los medios, salen realmente muy desfavorecidas. En 1986 Pablo del Río realizó un estudio 60 en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense que analizó los contenidos de comunicación de un extenso muestrario de todo tipo de espacios, en los medios y soportes más visionados en nuestro país, en los que aparecían representadas personas discapacitadas. El documento recoge un gran número de estadísticas claramente coincidentes, aunque sólo comentamos aquí las más generales.

Según dicho estudio, las personas discapacitadas aparecen en los medios de comunicación la mayoría de las veces con rasgos funcionales preferentemente negativos —el 53% contra un 20% de presentaciones positivas— apareciendo caracterizados como personas marginales, violentas, incapaces y con problemas de comunicación social. Además se les presenta preferentemente relacionadas con situaciones o aspectos negativos —66,9%— más que con los positivos —33%—, asumiendo en un gran número de ocasiones roles tan poco favorecedores como los de personas enfermas o incapaces de realizar actividades provechosas. Aparecen retratados más del doble de las veces como delincuentes y seres asociales que como profesionales intelectuales.

El citado estudio analizó tanto el contenido de series y programas de entretenimiento como de las noticias y contenido editorial. Respecto a estos dos últimos, Del Río profundiza en los posibles motivos de un tratamiento tan ingrato hacia las personas discapacitadas en un trabajo posterior, de corte más teórico: «Es de destacar, en el tratamiento informativo de la televisión, la abrumadora frecuencia con que son abordados estos temas por los reporteros frente a los casos en que se ocupa el editor o el presentador. Este hecho viene a subrayar el carácter descriptivo y el déficit de opinión con que se abordan estos problemas, por no hablar de la frecuencia con que el reportaje realmente supone un tratamiento de los hechos como sucesos» 61.

En obras posteriores, el propio Del Río 62 generalizó su idea afirmando que todos los problemas sociales aparecen pobremente reflejados en los medios de comunicación de masas. Seguramente debido al proceso de rutinarización expuesto en el epígrafe anterior, los periodistas realizan una tarea mecánica y sistemática de simplificación de contenidos y no se preocupan de enriquecer o matizar las informaciones transmitidas. Tampoco ofrecen datos complementarios para comprender la noticia en todo su contexto ni desde el punto de vista del sujeto que constituye el objeto de la noticia.

Ha habido muchos otros estudios sobre el mismo tema, aunque, que nosotros sepamos, no de la misma amplitud y profundidad que los trabajos de Del Río. Igartúa muestra datos significativos de la mala imagen que preside la presentación de las personas con discapacidad en los programas del prime-time u horarios de máxima audiencia, en la televisión y en la prensa 63. También Francisco García presenta estadísticas que demuestran, en primer lugar, la presencia escasa, débil e irregular de las personas con discapacidad en los medios de comunicación de masas, con una paupérrima tasa de apariciones en el medio televisión. En segundo lugar, demuestra que son presentados como personas no integradas en la vida real
—lo que incide aún más en su marginalidad— y que aparecen retratados con frecuencia en situaciones o actitudes negativas, saliendo muy poco favorecidos en las noticias y los informativos. En cambio, consiguen el tratamiento más positivo de todos los contenidos analizados en los programas informativos especiales realizados específicamente sobre la problemática de la discapacidad 64.

Como resulta fácil imaginar, esta situación no es privativa de nuestro país. Algo parecido ocurre en el resto del mundo, como reconocen las conclusiones del seminario de Viena que veremos en el próximo capítulo. Si dirigimos nuestra visión hacia los países anglosajones o hacia Iberoamérica, con la que nuestro país mantiene importantes colaboraciones sobre temas de discapacidad y medios de comunicación, comprobaremos que la situación presenta un panorama casi idéntico al español 65.

Así pues, concretamos en dos conclusiones el efecto de las imágenes marginadoras que los medios de comunicación proyectan hacia toda la sociedad acerca de las personas discapacitadas: 1) la nula o baja presencia —significante de una escasa influencia social o de poco peso específico—, y 2) un tratamiento claramente negativo, sesgado y tendencioso. Por ello, cualquier iniciativa que pretenda normalizar la imagen de las personas discapacitadas ofrecida en los medios de comunicación de masas deberá perseguir, en consecuencia, dos objetivos: en primer lugar, incrementar la presencia de aquéllas; y en segundo lugar, conseguir que sus apariciones ofrezcan perfiles positivos y constructivos.

1.3.6.  La trivialización y la desestructuración refuerzan el tópico

Pero quizás aún podemos profundizar más en la cuestión de por qué los medios tratan tan mal a las personas con discapacidad. Además de los motivos puramente comerciales antes explicados, de ofrecer a los espectadores contenidos simples que respondan a las visiones tópicas del público, sin una mínima reflexión sobre los efectos sociales causados; además del puro objetivo de conseguir mayores cotas de audiencia para obtener mayores cuotas de inversión publicitaria, ¿existe algún motivo superior e intencionado que incite a los medios a desprestigiar a las personas discapacitadas o a cualquier otra minoría social?

Pablo del Río y Amelia Alvarez afirman que este «maltrato cultural» no es ni planificado ni consciente, pero sí sistemático y constante, y que, por supuesto, produce imágenes polarizadas que contribuyen al deterioro de un determinado grupo social, por lo que no es extraño que, como comentan poco después, algunos teóricos muestren su preocupación por el hecho de que las representaciones sociales ofrecidas en los medios fomenten la marginación e incluso propaguen valores que debiliten la propia sociedad democrática. Y aunque no hay un maltrato planificado ni consciente, ello viene marcado por las propias características estructurales de los modernos medios y por cómo éstos articulan su discurso informativo. Buscando conectar con un mayor segmento de la audiencia, se simplifican los contenidos, se prima lo superficial, y se calientan las informaciones; en lugar de ofrecer noticias se presentan interpretaciones sensacionalistas —lo que técnicamente se denomina «interpretaciones cognitivas»—. Como consecuencia, la información se fragmenta, se trivializa, y también se dramatiza, consiguiendo su definitiva desestructuración 66.

En un trabajo muy anterior a estos estudios y desde una perspectiva pionera para su época, Sangro ya establecía en 1976 dos líneas de trabajo que se debían aplicar de forma simultánea para rehabilitar la imagen de las personas discapacitadas: modificar la «comunicación general» cambiando los contenidos de los medios y realizar «comunicación individualizada», acciones personales de mentalización dentro de las que se concede especial importancia a la formación del público infantil en lo que Sangro denominaba «mentalización preventiva» 67.

Incorporando las técnicas de análisis de la semiótica clásica podemos avanzar algún paso más para comprender por qué se produce esta desestructuración en los contenidos emitidos por los medios. Según una hipótesis de Moles ampliamente difundida y aceptada, en la cultura de masas no existen ideas fundamentales, sino simplemente muchas ideas importantes. Por ello, a nivel cultural, el mundo actual ha perdido la noción de jerarquía de principio. Ampliando este concepto, Moragas explica que «en la cultura tradicional existía una jerarquía de pensamiento, (...) era posible partir de un núcleo de conceptos clave de los que se desprendían los otros conceptos (...). La cultura de masas moderna está constituida por un mosaico de elementos dispersos. El hombre está sometido a un flujo de mensajes que no se organiza respecto a aquella jerarquía de principio propia de la cultura clásica» 68. Abundando en ello, Umberto Eco nos recuerda la posición de Marshall McLuhan en su obra «Understanding Media»: «desde el momento en que el receptor está cercado por una serie de comunicaciones que le llegan simultáneamente desde varios canales, de una manera determinada, la naturaleza de esa información tiene poquísima importancia. Lo que cuenta es el bombardeo gradual y uniforme de la información, en la que los diversos contenidos se nivelan, y pierden sus diferencias» 69. Por eso el pensamiento del ciudadano actual, convenientemente (des)estructurado por los medios, no es el resultado de una experiencia lógica, ordenada e interiorizada sino de un conjunto heterogéneo de conocimientos (imágenes) que el espectador recibe puntual pero permanentemente, de forma más bien anárquica, a través de esos medios.

1.3.7.  La cultural de la palabra contra la cultura de la imagen

Todavía podemos seguir profundizando, preguntarnos ¿y por qué ocurre esto?, ¿por qué la moderna cultura de masas desordena y desestructura la información, al contrario que la cultura tradicional de la que habíamos disfrutado hasta bien entrado el siglo XX? ¿Cómo puede un simple cambio formal en los medios —el paso de la cultura hablada y escrita a la cultura visual— producir una influencia tan directa y tan trascendental en el espectador, llegando a modelar casi por completo su percepción de la realidad, su sistema de valores, su forma de pensar? Y también cabe preguntarse ¿cómo este proceso ha podido ocurrir tan de prisa, prácticamente en la segunda mitad del último siglo?

La cultura escrita, máxima expresión del saber tradicional que antes fue oral, tiene unas pautas expresivas, unos códigos estructurales realmente cerrados. Obliga a exponer el pensamiento y las ideas de forma estrictamente secuencial, llevando de la mano al espectador (lector) a través del discurso lógico. Ello crea un modelo jerarquizado en el texto y en las ideas que expresa. Además, debe seguirse obligatoriamente un orden de lectura. Las palabras sólo pueden comprenderse adecuadamente siguiendo una secuencia perfectamente lineal, encadenadas una tras otra, con lo que resulta fácil establecer las relaciones de causa y efecto. Por ello, podemos afirmar que toda obra escrita no sólo transmite contenidos —ideas, pensamientos—, sino también un desarrollo lógico —un sistema de argumentación, un discurso, una estructura— a través del cual se expresa dicho contenido. Por último, podemos añadir que el grado de definición del pensamiento escrito es extraordinariamente preciso, con poco margen para la ambigüedad. Un espectador puede interpretar lo que lee, pero sabe exactamente lo que lee.

En cambio, la cultura icónica, el lenguaje visual —y podemos extender las afirmaciones que siguen también al lenguaje audiovisual— se transmite de manera radicalmente diferente. Cuando presenciamos una imagen, percibimos todo el conjunto a la vez. Por supuesto, unos elementos cobran mayor importancia que otros, pero no a través de un proceso secuencial. Tampoco suele haber entre los elementos complejas relaciones de jerarquía explícita. Es el espectador quien debe poner las estructuras ausentes, con sus medios y a su modo, por lo que se produce en su mente una inevitable simplificación de la visión de la realidad. Se pierden los matices y se refuerzan los arquetipos.

Además, la carencia de jerarquías explícitas y la acumulación de elementos polisémicos evita lecturas únicas y rotundas, y produce en el espectador un profundo sentimiento de ambigüedad. Como recuerda Eco, en la comunicación interpersonal —basada en la palabra— los mensajes tiene una lectura unívoca porque emisor y receptor comparten el mismo código; en otros casos, como en el arte, el mensaje puede ser pretendidamente ambiguo para estimular al espectador a inventar posibles códigos de comprensión: «Si en la comunicación cotidiana la ambigüedad está excluida y en la estética (artística) es por el contrario deseada, en la comunicación de masas la ambigüedad, aunque ignorada, está siempre presente» 70. Ante la ambigüedad de la moderna cultura audiovisual de masas cada espectador ve lo que prefiere ver. Por este motivo todas las expresiones de la cultura audiovisual, las fotografías, la música, los logotipos, son más universales que las palabras. Porque, además de comunicar aquello para lo que fueron creados, permiten una mayor proyección del espectador. Toda buena imagen, todo sonido sugerente nos atrae irremisiblemente, porque, al contrario que un texto, no nos explica abiertamente su significado, solamente nos expone los diferentes elementos. De esta manera, la cultura audiovisual se impone con tanta rotundidad: resulta cómoda, porque cada espectador profundiza hasta el punto que desea. Y también porque es más sensorial que la escritura, estimula más intensamente los sentidos.

Creemos que es a causa de estos tres motivos, primero por su ambigüedad —que significa universalidad, capacidad para gustar a todos—, segundo por su efecto de intriga y excitación sensorial, y tercero por su comodidad de esfuerzo, por lo que la cultura audiovisual se ha impuesto en pocas décadas como hegemónica y, como afirma McLuhan en la obra antes citada, este triunfo ha provocado la muerte del hombre gutembergiano que está siendo sustituido por un hombre nuevo y diferente, caracterizado, a nuestro entender, por una concepción de la realidad y un pensamiento multidimensional, lo que tiene aspectos positivos, pero también negativos.

1.3.8.  Un aprovechamiento positivo de los medios

Pero, a pesar de tan peculiares características y efectos, los medios de comunicación no constituyen una realidad absoluta e inmutable, aislada de los públicos sobre los que actúa: «Los medios de comunicación no son un artefacto acoplado ortopédicamente a la sociedad, son parte de la misma sociedad. Cualquier discusión sobre la intervención social y los medios de comunicación debe tener en cuenta que los medios forman parte del mismo entorno social del que hablan» 71, y por este motivo, de la misma forma que los medios conforman a sus públicos, los públicos también conforman a los medios. Según Alejos, «los medios representan siempre la realidad y la construyen, pero esas representaciones son susceptibles de ser modificadas» 72. Y, de hecho, resulta imprescindible una acción normalizadora en los medios para cambiar las actitudes hacia la discapacidad, porque, como afirman otros investigadores, las imágenes percibidas y asimiladas determinan la ideología. Y para cambiar la ideología es preciso cambiar las imágenes 73.

De hecho, conocemos un gran número de casos, algunos de los cuales comentamos a continuación, en el que los medios han cambiado sus pautas y sus funciones habituales para ofrecer contenidos positivos e integradores para las personas discapacitadas. Se refieren unas veces a contenidos de tipo informativo o recreativo o a campañas de publicidad pagadas por organizaciones a favor de la integración, comprando espacios a los medios como un anunciante más.

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, ante la elevada cantidad de lisiados como consecuencia de las heridas de batalla, la administración de los Estados Unidos promocionó y facilitó la realización de películas de cine sobre personas que regresaban del frente, para propiciar su reinserción social y laboral 74. Este método de acción ideológica ya había sido utilizado con excelentes resultados en filmes con temática bélica destinados a reclutar nuevos voluntarios y a mentalizar a todo el pueblo norteamericano a favor de la actuación militar. Donalson y Tuller también han documentado la eficacia del empleo del cine para modificar las actitudes contrarias a la discapacidad 75.

En su obra «Los medios de comunicación como motor de cambio en la percepción de la discapacidad por parte del público», Barbara Duncan 76 recuerda otras situaciones en las que los medios han transmitido o publicitado contenidos favorables a las personas discapacitadas, como a primeros de la década de los 70, en los que, a consecuencia de los cambios sociales producidos y comentados en el primer apartado del presente capítulo, se aprecia un nuevo estilo en el trato dispensado por los medios a las personas discapacitadas. Fue a primeros de esa década cuando se realizó la primera campaña internacional sobre accesibilidad física, publicada en 20 países, entre ellos España, que introdujo y popularizó el famoso logotipo del minusválido en silla de ruedas, que desde entonces se ha convertido en el símbolo internacional y el señalizador de la «discapacidad» —lo cual, cuando menos, tuvo la virtud de proclamar «existimos», «aquí estamos»— y que guarda una innegable relación gráfica con el logotipo del ciego con el bastón de la ONCE.

En el Reino Unido, a mediados de los años 70, comenzó su emisión «Link», el primer programa periódico en televisión dedicado a la problemática de las personas discapacitadas. A finales de esa misma década llegó la primera gran campaña gubernamental prolongada: el gobierno de Canadá financió durante cinco años una campaña de televisión, radio y carteles, para promover el cambio de actitudes sociales en general y también específicamente entre la clase empresarial con el objeto de favorecer la contratación de personas con discapacidad. Poco a poco, gracias a iniciativas de este tipo, las personas discapacitadas han ido introduciendo contenidos normalizadores en los medios, y estos huecos se han ido ampliando. La propia Duncan admite que durante los años 80 los medios ya estaban ofreciendo un tratamiento más serio y más maduro de las personas discapacitadas 77.

Estas fueron algunas experiencias pioneras en demostrar que los medios de comunicación podían utilizarse a la inversa de la tendencia general, esto es, para sacar a las personas discapacitados a la luz en una primera fase y posteriormente fomentar su normalización. Pero la mayoría de estas acciones tenía una orientación estrictamente informativa. Las campañas realizadas a favor de colectivos desfavorecidos han mostrado, hasta fechas muy recientes, una notable resistencia a utilizar planteamientos persuasivos, como si ello fuese a contaminar negativamente la honorabilidad del fin social perseguido. Con una visión realmente avanzada a su época, Pedro Sangro explicaba en 1976 que mentalizar no es informar y que, para estos colectivos, constituye un error frecuente confundir ambos términos. Informar es proporcionar datos, mentalizar es cambiar la actitud y el comportamiento; mentalizar implica el uso de la persuasión explícita y, para ello, utiliza «datos elaborados», expresamente preparados para crear un efecto. En cambio, la información pura no pretende —teóricamente— crear un efecto 78.

Como veremos más adelante, aplicando los recursos de la persuasión en el propio contexto de nuestro país, la labor de comunicación de la ONCE no haría más que continuar el camino iniciado por estas primeras experiencias integradoras, de acuerdo con su propio planteamiento social y comercial.
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