Indice Cap. 1: La perspectiva universal del budismo del Mahayana 2






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títuloIndice Cap. 1: La perspectiva universal del budismo del Mahayana 2
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Cap. 8: El Arquetipo del Sanador Divino



En este estudio de las parábolas, los mitos y los símbolos del Sutra del Loto Blanco he omitido a propósito dar definiciones de los términos parábola, mito y símbolo. Debido a lo que son, es conveniente dejar emerger su naturaleza con ejemplos concretos, en vez de definiciones formales. No hemos estado intentando comprender de un modo intelectual, con nuestras mentes conscientes, lo que son, sino que hemos tratado de experimentarlos y dejar que hablasen a nuestras profundidades escondidas o secretas.
Ahora tenemos ante nosotros algo similar, pero no igual: un arquetipo, el arquetipo del Sanador Divino. Tampoco voy a tratar de definir el término 'arquetipo'. Durante recientes décadas, este término se ha hecho popular en las obras de Jung y sus seguidores; no obstante, se nota en sus ensayos sobre arquetipos que él mismo tenía cautela en dar una definición palpable y formal de lo que es un arquetipo. A veces parece decir una cosa, y a veces otra. Siguiendo sus pasos, no voy a definir ni arquetipos en general ni el que nos concierne ahora - el arquetipo del Sanador Divino. En cambio, a través de diversos ejemplos, intentaremos evocar distintas manifestaciones de este arquetipo. Incluso intentaremos verlas ante nuestros propios ojos internos.
Para empezar, vamos a evocar un arquetipo del antiguo Egipto. Thot es una figura muy compleja, igual que todas las principales deidades de Egipto. Es una divinidad lunar, asociada con la luna en vez de con el sol, y está representada con cuerpo humano y cabeza de pájaro; la cabeza del pájaro sagrado de Egipto, el íbis, con un largo pico curvado. Sobre la cabeza de íbis de Thot a veces hay una luna creciente, e incluso un semicírculo con un disco lunar superpuesto - la luna llena y luna creciente juntas. En cierto sentido, Thot es el más sabio e inteligente de todos los dioses, y tal vez también el mejor. Es el inventor de todas las artes y ciencias, y desde luego es el creador de la cultura y de la civilización. Sobretodo es el inventor de la escritura jeroglífica, y también es el inventor de la medicina. Es el Sanador Divino del panteón egipcio.
En la mitología y las leyendas egipcias, Thot está especialmente asociado con la diosa Isis y los dioses Osiris y Horus, quienes constituyen una trinidad muy conocida. En algunas leyendas Thot aparece como el visir y calígrafo de Osiris. Incluso tras la muerte trágica de Osiris a manos de las fuerzas de la oscuridad, Thot permaneció fiel a su memoria, ayudando a Isis a purificar el cuerpo mutilado de Osiris. Cuando le picó un gran escorpión negro a Horus, hijo pequeño de Isis y Osiris, fue Thot, el Sanador Divino, quien le sacó el veneno de la picadura. Más tarde se dijo que Thot curó a Horus de un tumor y sanó una herida al dios Set.
Los antiguos griegos consideraban a Hermes, el mensajero de los dioses, como el homólogo de Thot en su propia mitología, pero Thot es más parecido a otra divinidad griega: a Apolo. Cierto es que Thot es una divinidad lunar mientras que Apolo es una divinidad solar, pero Apolo, igual que Thot, es el patrón de todas los artes y las ciencias, y de la música y la poesía en todas sus formas. Además a Apolo se le asocia con el arte divino de la sanación. En el caso de Apolo, aparentemente esto es una de las consecuencias del hecho de ser una divinidad solar, porque la luz solar es necesaria para la salud y la sanación.
Aunque Apolo tiene estos atributos de sanador, el verdadero dios griego de la cura es Asclepios, quien significativamente es el hijo de Apolo y de una doncella mortal, y por lo tanto es un semidiós. Asclepios a veces está representado en forma de serpiente, pero más frecuentemente se le ve como un hombre alto y fuerte, de mediana edad, y con una apariencia majestuosa y noble. Tiene una expresión compasiva de mucha sabiduría. Algunas de las imágenes de Asclepios están entre las más impresionantes de las que nos han llegado de la antigüedad clásica, desde un punto de vista espiritual. Sabemos que para las imágenes de Ghandara del Buda se tomó como modelo al Apolo griego-romano, que se solía representar en la forma de un joven hermoso en la flor de su vida, pero tal vez los artistas ghandaranes hubiesen logrado unos resultados incluso más impresionantes si hubiesen tomado como modelo la figura de Asclepios.
En la leyenda griega hay muchas historias de las curas milagrosas hechas por Asclepios. Incluso se dice que su don divino de cura fue tan grande que no sólo podía sanar a los enfermos, sino que incluso podía devolver la vida a los muertos. El Rey de la Muerte obviamente se enfadó porque cada vez menos gente llegaba a su reino, e incluso Asclepios le arrebataba algunos de los que llegaban. Así que se fue a ver a Zeus, el Rey de los Dioses, para quejarse de que le estaban privando de lo que le era debido; y Zeus, que aparentemente tenía sólo una forma de arreglar asuntos, lanzó un rayo y acabó con Asclepios. Apolo, el padre de Asclepios, se enfureció y mató a los cíclopes por que habían forjado el rayo con que Zeus había destruido a Asclepios. Después Zeus castigó a Apolo, y así continuaron las cosas --igual que sucede en la tierra entre los seres humanos.
En la antigua Grecia, a Asclepios se le veneraba mucho; el importante y poderoso culto de este Sanador Divino tuvo como resultado gran cantidad de estatuas suyas que han perdurado hasta el presente. Lo que es sumamente interesante sobre culto de Asclepios es que era una religión y además un sistema terapéutico. Los médicos de la Antigua Grecia eran sacerdotes de Asclepios, y prestaban asistencia en gran número de santuarios famosos, los cuales eran centros de veneración religiosa además de ser centros de sanación. Estos grandes santuarios se construyeron en las afueras de las ciudades, sobre lugares sanos donde la gente acudía para tratamientos y prácticas de veneración, pues ambas cosas eran lo mismo.
Al llegar al santuario cada paciente era recibido con una ceremonia de purificación para librarle del pecado, y luego se le daba una serie de baños. Se le requería abstenerse de todo alimento, y hacía una ofrenda de sacrificio ante Asclepios. Posteriormente, en una noche señalada por los médicos-sacerdotes, dormía en el templo, tal vez con la cabeza sobre los pies de la imagen de Asclepios. Tras todos estos preparativos, sin duda con gran fe y esperanza en su corazón, y con grandes esperanzas de una cura de alguna enfermedad, el paciente soñaba que el propio Asclepios se le aparecía para darle algún consejo, bien acerca de su dolencia o sobre algo más general. Por la mañana, contaba el sueño a los sacerdotes que le asistían, y ellos le daban tratamiento según su interpretación del sueño.
Hace unos años tuve la oportunidad de visitar el más famoso de estos santuarios, el santuario de Epidaurus. Las ruinas estaban llenas de tablas votivas ofrecidas por personas que habían recibido curas de sus enfermedades hace miles de años y me sorprendió lo muy destacable que era la atmósfera del lugar. Era un ambiente de calma, paz y positividad. Uno podía fácilmente imaginar que un gran santuario de cura había sido establecido en aquel lugar.
Por supuesto que el arquetipo del Sanador Divino también aparece en el Budismo. En las escrituras budistas, bien en pali o en sánscrito, el Buda tiene varios títulos. En las lenguas occidentales invariablemente le llamamos el Buda, pero en las fuentes originales hay muchas otras formas de referirnos a él: el Tathagata, el Jina, Bhagavan, Lokajyeshtha etc. Entre estos títulos tenemos 'Mahabhaisajya'. 'Maha' quiere decir 'gran' y 'bhaisajya' 'médico', así que 'Mahabhaisajya' es el Gran Médico. Esto es significativo, y sugiere que los seres humanos, durante la mayor parte del tiempo están espiritualmente y psicológicamente enfermos, y por tanto necesitados de una cura. El Buda es el sanador de la enfermedad de la humanidad, y su enseñanza, el Dharma, es la medicina que él da a la humanidad. A veces esa medicina tiene un sabor amargo, pero desde luego es eficaz.
En unas obras muy antiguas sobre medicina en la India, la enfermedad y la salud se analizan con el uso de una fórmula cuádruple: la enfermedad, el cese de la enfermedad, el estado de estar sano, y el régimen que conduce hacia el estado de buena salud. Algunos eruditos dicen que aquellas enseñanzas centrales del Budismo, Las Cuatro Verdades Nobles, se derivan de esta fórmula. La verdad del sufrimiento corresponde al estado de enfermedad; la verdad del origen del sufrimiento corresponde a la ideología de la enfermedad; la verdad del cese del sufrimiento, nirvana, corresponde al estado de estar curado por completo; y la verdad del camino que lleva a uno hacia el cese del sufrimiento corresponde al régimen que conduce hacia una curación.
El papel del Buda como sanador espiritual se enfatiza en varias de sus enseñanzas y parábolas. Tenemos la parábola del hombre herido por una flecha envenenada, en la cual el Buda aparece como el médico que desea quitar la flecha del sufrimiento de la herida envenenada de la humanidad. En otra ocasión el Buda dice de forma concisa, incluso de forma brusca, "Todos los seres mundanos están enajenados". (La palabra utilizada es 'puthujjana' que suele traducirse como 'mundanos', y se refiere a la gente corriente - es decir, a aquellos que todavía no han entrado en La Corriente). Aparentemente el Buda quiso decir que literalmente todas las personas que por lo menos no hayan entrado en la Corriente están completamente enajenadas - no sólo algo neuróticas, sino completamente locas. Esto implica que el Buda no es sólo médico, sino el mejor médico del mundo para la mente; y su enseñanza tal vez podría describirse como psicoterapia trascendental.
Como hemos visto al hablar de Avalokiteshvara, el estado de la Iluminación tiene muchos aspectos diferentes - tiene un aspecto de sabiduría, de compasión, de poder, de pureza, etc. Del mismo modo la Iluminación tiene su aspecto de sanación; es igual que un tremendo bálsamo que cae sobre las heridas de la humanidad. Este aspecto de curación está personificado en la figura de Bhaisajyaraja, o Bhaisajyaguru, el Rey de la Cura o el que enseña la sanación, el cual aparece a veces como Bodhisattva, y a veces como Buda. Como Buda se le conoce como Vaiduryaprabha, que significa 'resplandor azur’, o en traducción muy literal, el 'resplandor de la piedra semipreciosa lapislazuli'. En el arte del budismo tibetano este Buda de la Cura se representa como el Buda Sakyamuni, pero con una tez de un profundo azul brillante en lugar de una dorada. Lleva las túnicas monásticas igual que Sakyamuni, y en su mano lleva como emblema distintivo una fruta amlaki. Traductores de textos tibetanos y sánscritos denominan esta fruta como un emblemático mirobálano - aparentemente es su nombre botánico. Debo confesar que jamás he visto un mirobálano, bien sea emblemático o no, ni tampoco me he encontrado con una fruta amlaki, pero esta fruta se conoce bien en las leyendas de la India por sus propiedades medicinales, así que es apropiado que sea el emblema de este Buda o Bodhisattva.
En el budismo tibetano, Bhaisajyaraja tiene ocho formas, conocidas como los Ocho Budas de la Medicina, una agrupación muy popular que se encuentra en pinturas tibetanas hechas en rollos de papel, con una figura central principal y a su alrededor siete figuras subsidiarias. Igual que en la antigua Grecia, hay en el Tíbet, o por lo menos había hasta hace poco, una conexión entre la religión y la medicina, y muchos lamas eran médicos. Cerca de Lhasa había unos monasterios especializados en medicina donde los lamas médicos recibían su entrenamiento. En cierto sentido, la medicina Tibetana es una continuación del sistema de la medicina india que se llama 'ayurveda'. 'Ayur' significa 'vida', y 'veda' significa 'ciencia', así que en la India la medicina se llamaba tradicionalmente 'la ciencia de la vida' - no sólo la ciencia de curar una enfermedad, sino la ciencia de cómo vivir de un modo sano, cómo vivir físicamente de la mejor manera. Esto recuerda al sistema de tratamientos de la antigua China, en la que se pagaba al médico una vez curado, y se dejaba de pagarle cuando se enfermaba.
La medicina budista tibetana incluye elementos chinos como la acupuntura. También utiliza varias clases de pastillas consagradas, y mantras. No sólo en el Tíbet, sino en muchas partes del mundo budista también, hay monjes aficionados a la medicina, a veces con éxito, y por desgracia, a ves sin él. Bien sea en el Tíbet, Sri Lanka, la China o Birmania, el tratamiento suele ser una combinación de remedios con hierbas, a menudo muy eficaces, y una cura de fe o lo que podríamos llamar una cura espiritual. En este sentido la medicina budista tradicional del Oriente, sobretodo en el Tíbet, no es diferente de la de los sacerdotes de Asclepios en el antiguo mundo del Occidente.
En un texto canónico que lleva su nombre, Bhaisajyaraja, o Bhaisajyaguru, el Rey o Gurú de la Cura, aparece como Buda, es decir en forma de Buda. En ese sutra el Buda cuenta a Ananda cómo Bhaisajyaraja hizo doce grandes votos en un pasado muy remoto. Como resultado de esto estableció en el Oriente lo que se conoce como una Tierra Pura, donde todos los seres que llegasen a nacer allí vivirían libres de enfermedades. Bhaisajyaraja aparece en la forma de Bodhisattva en el Sutra del Loto Blanco, en los capítulos 10, 12, y 22 (o 23 en la versión china). En el capítulo 10 no asume un papel activo, pero simplemente es el Bodhisattva a través del cual el Buda Sakyamuni se dirige a los ochenta mil grandes líderes de la asamblea acerca de la importancia de preservar el Sutra del Loto Blanco. En el capítulo 12 Bhaisajyaraja es uno de los dos Bodhisattvas que aseguran al Buda que tras su 'Parinirvana' ellos difundirán el Sutra del Loto Blanco entre todos los seres en todas las direcciones del espacio.
Tras haber tenido un papel secundario en estos dos capítulos, Bhaisajyaraja tiene un papel muy importante en el capítulo 22. Este capítulo no es, rigurosamente hablando, una parte del drama de la Iluminación cósmica. Como el capítulo sobre Avalokiteshvara, probablemente representa una incorporación al Sutra de material independiente y posiblemente posterior. No obstante, tradicionalmente este capítulo sí que forma parte del sutra, y es de interés por varias razones. En él, un determinado Bodhisattva pregunta al Buda por Bhaisajyaraja, el Rey de la Cura, y el Buda cuenta su historia. La relata con muchos detalles, así que nos contentaremos con sólo unos cuantos:
En el pasado lejano, hace muchísimos años, Bhaisajyaraja era discípulo de un Buda, llamado Resplandor del Sol y de la Luna. Este antiguo Buda predicaba el Sutra del Loto Blanco, y Bhaisajyaraja estaba encantado con esto. Sumergido en esta sensación, quiso expresar su gratitud a Resplandor del Sol y de la Luna de una forma extraordinaria y sin precedentes. Pensó: "Todo el mundo hace ofrendas de incienso, flores, banderas, adornos y dinero. ¿Que puedo ofrecer yo que sea lo más precioso, lo más querido, a lo que tenga yo el mayor apego?" En ese momento, en un momento de inspiración decidió sacrificar su propio cuerpo.
No actuó de forma impulsiva, sino que se preparó bebiendo litros de aceite perfumado hasta que todo su cuerpo emitía fragancia. Mojó sus túnicas también en el aceite, después se prendió fuego por medio de la combustión espontánea, y en honor al Buda estuvo encendido como una vela durante doce mil años, hasta que finalmente murió. Cuando volvió a renacer y se hizo mayor, el Buda Resplandor del Sol y de la Luna, en cuyo honor se había quemado todavía vivía y todavía estaba predicando. Bhaisajyaraja se convirtió en su principal discípulo, y tras el Parinirvana de ese Buda supervisó su cremación, ocupándose de todos los ritos y levantó ochenta y cuatro mil estupas para sus reliquias. Tras erguir ochenta y cuatro mil stupas, la mayoría de la gente pensaría que eso bastaría, incluso para un Buda, pero este Bodhisattva en concreto aún quiso hacer más. Esta vez prendió fuego a sus dos brazos, que estuvieron encendidos durante setenta y dos mil años. Ese Bodhisattva era Bhaisajyaraja.
Según este capítulo, que no está aceptado universalmente como canónico, el Buda dice que venerar una estupa con el hecho de quemarse la mano, o dedo de la mano o pie, tiene mayor mérito que ofrecer todas las propias posesiones. Puede que esto parezca bastante chocante, y puede incluso sonar poco budista. Después de todo, se supone que el Buda dijo en su primer discurso, "Evitad los extremos. No os inflijáis sufrimiento. No practiquéis ni la indulgencia ni la propia mortificación. Seguid el camino medio." Si tomamos esto literalmente, parece que en este capítulo el mismo Buda se ha desviado , al menos en precepto, del camino medio.
Al mismo tiempo la idea de ofrecerse a si mismo como sacrificio puede que nos sea familiar. Nos recuerda a esos monjes de Vietnam que se prendieron fuego hace años. Yo estaba entonces en la India, y recuerdo haber visto fotos de esos monjes quemándose. Había una fotografía de un viejo monje sentado con las piernas cruzadas en plena calle que me impresionó. Todo su cuerpo estaba en llamas - aparentemente se había rociado con gasolina - pero se le veía sentado tranquilamente con las piernas cruzadas, con los rasgos muy calmados, como si estuviese meditando. El viejo dejó una carta diciendo él por qué de sus acciones, y parecía que lo había llevado todo a cabo de un modo consciente y tranquilo.
Puede que os preguntéis por qué razones llevaron a cabo estos actos seis monjes y una monja, y la razón es sencilla. Lo hicieron porque quisieron llamar la atención al hecho de que no había libertad religiosa para los budistas en Vietnam. En aquellos días había un régimen Católico en Vietnam, y el Budismo estaba prácticamente prohibido, a pesar de ser la religión de la mayoría de la gente. Llegué a saber bastante acerca de esta situación porque entonces estaba conviviendo con varios monjes budistas vietnamitas en Kalimpong. De hecho me enteré de la situación en Vietnam algún tiempo antes cuando uno de los monjes tradujo uno de mis libros al vietnamita, una biografía corta de Anagarika Dharmapala, el fundador de la sociedad Maha Bodhi, que además revivió el budismo en la India moderna. El monje vietnamita me contó que cuando regresase a Vietnam en unos meses haría que publicasen el libro. Cuando le volví a ver unos seis meses después le pregunté acerca del libro, y me dijo que no lo había podido publicar. Dijo, "Lamento que el obispo católico local lo ha prohibido. No somos libres ni en nuestro propio país. El budismo es la religión tradicional pero no somos libres."
Algún tiempo después, los budistas de Saigón quisieron celebrar el aniversario del nacimiento del Buda, pero las autoridades católicas se lo prohibieron. Ni siquiera se les dio permiso para que ondease la bandera budista, y eso les molestó mucho, ya que pocas semanas antes se había celebrado el cumpleaños del cardenal arzobispo y la bandera del Vaticano estaba colocada en todas partes. Todas las principales instituciones educativas eran católicas y para tener acceso a ellas uno se tenía que convertir al catolicismo. Estos monjes sentían que la única forma de protestar contra la persecución sistemática del régimen contra el budismo, era el hecho de sacrificarse a sí mismos. De esta forma llamarían la atención del mundo entero al hecho de que el budismo estaba siendo perseguido y suprimido en Vietnam por la minoría católica dominante.
El fondo ideológico, incluso el fondo espiritual, de sus acciones, se lo proporcionó este capítulo del Sutra Del Loto Blanco. El budismo vietnamita, aunque no se oye mucho sobre él, es una forma singular y característica de budismo. Combina dos formas principales de la tradición china: el Chan (que mejor conocemos como el Zen) y el Budismo de la Tierra Pura, que conocemos por el término japonés Shin. Y no sólo es el Sutra del Loto Blanco muy honrado en la China Budista y en culturas que ha influenciado - incluyendo a Corea, el Japón, y Vietnam - sino que en China y Vietnam los monjes incluso llegan a emular, simbólicamente, la auto-inmolación de Bhaisajyaraja. Se pueden ver una cantidad de cicatrices en las coronillas de las cabezas rapadas de los monjes chinos y vietnamitas . Estas cicatrices muestran donde se colocaron y encendieron bolas de cera perfumada durante su ordenación de Bodhisattva. Durante este procedimiento, se recitan mantras y oraciones, y los monjes se arrodillan con sus coronillas encendidas mientras cinco o seis bolas de cera se consumen sobre su cuero cabelludo. Decían algunos que era muy doloroso, pero que soportaban el dolor muy bien, intentando concentrarse en los mantras, otros decían que no sentían nada de dolor. Este rito, del cual todos los monjes chinos o vietnamitas llevan una cicatriz, se deriva de éste capítulo en concreto del Sutra del Loto Blanco.
Cuando vivía en la India, conocí a un monje chino que solía quemarse con mucha frecuencia. Vivía en Kusinagara, el lugar donde murió el Buda. Se pasaba la vida sobre un árbol, en el que vivía sobre una pequeña plataforma, y la gente le llevaba comida. Cada pocos días ponía una vela en alguna parte de su cuerpo, y la prendía dejando que se quemase su cuerpo. Estaba cubierto por completo de quemaduras. No estoy diciendo que esto fuese muy budista; de hecho los budistas locales no estaban nada contentos con su comportamiento - creían que tomaba medios extremos. Pero era bastante respetado por todos los hindúes de las aldeas de alrededor. Pensaban que era un hombre verdaderamente santo, y no tenían muy buena impresión de los otros monjes budistas que no se quemaban de esta forma.
La forma de protesta de esos monjes budistas de Vietnam no fue arbitraria, por poco budista que pueda aparecer, ya que puede ser comprendida con relación a la tradición budista china, que incluye el Sutra del Loto Blanco. Y podemos aprender algo de sus actos. Es un recuerdo de que debemos estar dispuestos a sacrificar incluso nuestras vidas por el Dharma, si fuese necesario. Es muy fácil olvidar esto, porque francamente, lo tenemos todo tan fácil. En algunos países hoy es muy difícil seguir una religión (utilizo el término religión simplemente por razones convenientes). La gente tiene que pasar a la clandestinidad, con temor a una llamada a su puerta. Nosotros podemos hacer lo que queramos - podemos practicar cualquier religión - y no siempre apreciamos nuestra suerte. Al no apreciar los derechos que tenemos, llegamos a ser perezosos, incluso indiferentes. No somos siempre conscientes de que bajo ciertas circunstancias podríamos vernos en una situación en la que tendríamos que elegir entre nuestra religión y la muerte. Tal vez éste es el significado verdadero del capítulo sobre Bhaisajyaraja del Sutra del Loto Blanco, sea o no una incorporación posterior. Realmente lo que nos pregunta es si estamos listos, si lo requieren las circunstancias, a dar incluso nuestras vidas por el bien de los principios espirituales en que creemos. No es una cuestión de desperdiciar nuestras vidas, ni de hacer algún gran gesto teatral, sino de estar dispuestos a sostener nuestros principios incluso a riesgo de nuestras vidas.
Alejándonos de las consideraciones generales acerca del simbolismo de la cura nos aproximamos a la parábola del buen médico en sí, que forma parte del capítulo 15 del sutra (el capítulo 16 de la versión china). Este capítulo constituye el clímax de todo el drama de la Iluminación cósmica. La escena se prepara con lo que sucede en el capítulo anterior, esto es la aparición, acompañada por unos tremendos temblores a través del universo, de una multitud de Bodhisattvas irreversibles que salen del espacio bajo tierra. Ellos saludan al Buda Sakyamuni como su maestro, y él les saluda como sus hijos y discípulos. Toda la asamblea está asombrada, y murmuran entre ellos 'El Buda logró la Iluminación hace sólo cuarenta años. ¿Cómo puede haber conseguido una cantidad tan grande de Bodhisattvas en tan poco tiempo? ¿Cómo puede ser que haya entrenado a tantos Bodhisattvas universales en tan poco tiempo? No sólo eso pero algunos de ellos pertenecen a tiempos pasados y a otros sistemas de mundos.' No pueden comprender cómo todos esos Bodhisattvas irrevocables que han aparecido tan de repente pueden ser discípulos de Sakyamuni.
En respuesta a estas dudas, el Buda dice que de hecho él no logró la Iluminación hacía sólo cuarenta años, sino hacía un número incalculable de millones de años. Esta es su gran revelación para sus discípulos, la asamblea y la humanidad, la revelación de su vida eterna, según la cual él verdaderamente trasciende el tiempo; y con esta revelación el sutra se eleva desde el plano del tiempo hasta el plano de la eternidad. Ahora no es Sakyamuni, el Buda histórico, quien está hablando, sino el 'principio Buda' . Dice que está eternamente Iluminado, y que enseña constantemente bajo muchas formas, en muchos sistemas de mundo diferentes, apareciendo como Dipankara, como Sakyamuni etc. El no ha nacido realmente , y realmente no logra la Iluminación - ya que La Iluminación no está limitada por el plano del tiempo.
También dice que realmente no muere, sólo aparenta hacerlo, sólo desaparece su cuerpo físico. El principio de Buda, la naturaleza de Buda, no desaparece, sino que está presente eternamente aunque sea invisible. El cuerpo físico desaparece tras un cierto tiempo no sólo porque el Buda haya envejecido, sino también por otra razón particular: para alentar mejor a las personas. Si permaneciese presente en lo físico todo el tiempo, explica el Buda, las personas no le apreciarían y por lo tanto no seguirían su enseñanza. Para poder ilustrar este punto él narra la historia del buen médico:
Erase una vez un buen médico que era muy hábil en el arte de sanar y curar enfermedades. Tenía muchos hijos - diez o veinte, o tal vez cien. Un día el buen médico se marchó a un país lejano, y mientras estaba fuera sus hijos entraron al dispensario y se bebieron algunas de las medicinas, prensando probablemente que les iban a mejorar. Dio la casualidad que esas medicinas estaban envenenadas; así que después de beberlas los hijos cayeron al suelo. Mientras rodaban por el suelo en su delirio, su padre regresó.
No todos los hijos habían sido afectados por igual. Algunos habían perdido el juicio por completo, pero otros aún eran capaces de reconocer a su padre para poderle contar lo sucedido. El médico se fue enseguida a las colinas en búsqueda de unas hierbas. Las mezcló y las pulverizó para preparar una medicina que les sacaría de su delirio. Los hijos que aún conservaban algo de juicio se tomaron el antídoto y gradualmente se recuperaron; pero aquellos que lo habían perdido se negaron a tomarlo. El veneno había entrado tanto en sus órganos que eran casi incoherentes, pero el médico logró sacar de sus divagaciones que se alegraban de verle y que deseaban curarse, pero se negaban por completo a tomar más medicina.
Al ver que la situación era desesperada, el médico decidió que lo mejor sería tenderles una trampa. Dijo," Escuchad, hijos míos. Soy muy viejo, y mi muerte está cerca. Me marcho a un lugar lejano, pero dejaré mi medicina con vosotros. Si la tomáis, seguramente os pondréis mejor, pero decidid vosotros si queréis tomarla." Y se marchó, dejando a sus hijos delirando. Algún tiempo después, un mensajero llegó ante los chicos con la noticia de la muerte de su padre. Los hijos creyeron el mensaje (que por supuesto había sido enviado por el médico, que aún seguía vivo) y estaban muy afligidos. "Ahora que nuestro padre se ha muerto no hay cura", se lamentaban. Tan grande era su pena que al final volvieron a recuperar el juicio. Dándose cuenta que la medicina que su padre les había dejado era buena, la bebieron y se curaron. Cuando su padre se enteró de su mejoría enseguida regresó para que viesen que todavía estaba vivo y sano.
Esta es la parábola del buen médico. El médico, por supuesto, es el mismo Buda, y sus diez, veinte o cien hijos son los seres en general, y sus discípulos en concreto. El buen médico se va a un país lejano, así que permanece separado de sus hijos. Esta separación, igual que la del hijo que se aleja de su padre en el mito del viaje de regreso, y como la del hombre borracho que está separado de su amigo en la parábola del borracho y la joya, representa el estado de enajenación de la verdadera naturaleza de uno mismo.
El estado de delirio de los hijos durante la ausencia del padre representa las emociones negativas y visiones distorsionadas de la Realidad que nos abruman. Los hijos llegan al delirio tras beber las medicinas venenosas de su padre. Esto sugiere que así como las medicinas curan al tomárselas adecuadamente, de la misma forma no existe mal alguno con las emociones, ni con el pensamiento ni con el cuerpo físico - lo que causa dificultades es su utilización errónea. Ocurre lo mismo Incluso con el Dharma. El Buda nos deja con el Dharma, por así decirlo; nos lo predicó y el Dharma debe ayudarnos, pero si lo empleamos mal nos puede hacer daño.
Recuerdo que en un retiro que dirigí conocí a una mujer que estaba muy contenta con una de las enseñanzas budistas en particular - la doctrina 'anatman'. Eso era lo que la había convertido al Budismo. Decía: "No hay ser propio, ni alma. No hay un Yo. Yo no soy..."-- y no paraba de decirlo. No obstante, después de estar en el retiro unos días, se me acercó y dijo, "He descubierto algo en mi meditación y he llegado a comprender por qué me gusta la doctrina de la carencia del ser propio. Es porque me odio. Me gusta sentir que no estoy allí. Me gusta anularme. Es sólo una expresión de mi auto-desprecio." Había descubierto que estaba usando esa enseñanza equivocadamente.
A veces debemos preguntarnos que es lo que nos atrae del budismo. ¿Son todos los ritos, las flores sobre el altar, la meditación, con sus estados maravillosos donde podemos flotar hacia un agradable estado parecido a un sueño? ¿O son todos los libros que podemos leer con todas esas cosas intelectuales sobre los cinco 'skandhas' y los ochenta y cuatro estados de conciencia - es ese el tipo de cosa que nos gusta? ¿Es eso lo que para nosotros representa el budismo? ¿O es el arte budista, con todos esos hermosos thangkas que todavía están pintando los lamas en la India cerca de las Himalayas? Tenemos que preguntarnos todo esto - y tenemos que examinar nuestros motivos.
La medicina de hierbas que prepara el médico para sus hijos cuando descubre su condición es el Dharma, por supuesto. La parábola dice que aquellos hijos que no sufren el delirio por completo son persuadidos a tomar la medicina. No obstante aquellos quienes han perdido el juicio, aunque dicen que desean curarse, se niegan una y otra vez a tomarla. Es una situación bastante común. Cuando vivía en la India, solía relacionarme con muchos hindúes. Cuando venía alguno a verme, en vez de comenzar conversar educadamente acerca del tiempo que hacía, lo más probable era que me dijera: "Swamiji, por favor, dime cómo me puedo Iluminar en esta misma vida", - y parecía que me lo dijese con toda sinceridad. Por supuesto es poco probable que tal ruego fuera serio; hacer ese tipo de pregunta es meramente buen comportamiento religioso. El solicitante se sorprendería mucho si en verdad le dieses una respuesta y esperases que la llevase a cabo, siguiendo tus consejos. Las personas piden una enseñanza, o una cura, pero a menudo es la última cosa que desean.
Esto me recuerda una historia japonesa sobre una mujer devota seguidora de la Escuela de la Tierra Pura. Al morir, no quería renacer en este sucio y malvado mundo. Quería renacer en una hermosa flor de loto dorado y púrpura en la Tierra Pura del Buda de la Luz Infinita, para sentarse durante eras y eras escuchando hablar al Buda. Quería morir deprisa y renacer en este paraíso, así que sus oraciones y meditaciones parecían tener cierta urgencia. Cada mañana solía ir hasta el templo y se postraba delante de una enorme figura del Buda de la Luz Infinita, diciendo, "Oh Señor Buda, llévame rápidamente. Por favor, sácame de este mundo malvado. Estoy totalmente harta y sólo quiero morir y renacer en tu Tierra Pura."
Había un monje en el templo que se daba cuenta del comportamiento de la mujer -- era muy difícil no darse cuenta porque solía rezar en voz alta -- y él decidió poner su devoción fervorosa a prueba. Un día se colocó detrás de la imagen y esperó a que la mujer llegase. Como siempre ella entró , se inclinó y se postró , diciendo, "Oh, Buda de la Luz Infinita, llévame por favor. Por favor llévame a tu Tierra Pura." Y entonces resonó una voz de detrás de la imagen: "¡ Te llevaré ahora mismo!" Cuando escuchó la voz del Buda, porque pensaba que era él, la mujer soltó un grito y se largó, gritando: "¿No entiende el Buda mi bromita?"
Así pues, igual que los hijos en la parábola, tal vez las personas deseen sanarse, pero no están siempre dispuestas a aceptar el remedio que se les ofrece. El dolor hizo reaccionar a los hijos cuando pensaron en la supuesta muerte de su padre, a menudo ocurre lo mismo con nosotros. Frecuentemente hace falta una situación dolorosa para movernos hacia la consciencia. Esto sugiere que no es posible evolucionar a través del gozo y felicidad constantes. No hace falta tener dolor y estrés todo el tiempo, pero no puede haber un desarrollo serio ni Evolución Superior para la vasta mayoría de personas sin estar estimulados por algo de sufrimiento. Desgraciadamente esto no quiere decir que no exista el sufrimiento sin el crecimiento.
El punto principal de la parábola del buen médico es bastante sencillo. Es que los momentos de mayor desarrollo ocurren cuando estamos solos. No hay ningún Dios para salvarnos, ni siquiera un Buda para ayudarnos. Somos meramente individuos en potencia, y como tal podemos evolucionar únicamente por nuestros propios esfuerzos. La Evolución Superior es por naturaleza un asunto individual, y por eso implica un esfuerzo individual. No es que no debamos tener contacto con otros que están esforzándose también -- ese contacto es estimulante, y satisfactorio -- pero no es un sustituto del esfuerzo personal.
El mayor cumplido que un padre puede hacer a sus hijos -- un cumplido que desafortunadamente algunos padres se niegan a hacer -- es dejarles hacer sus propios errores y almacenar su propia experiencia. Del mismo modo, el mejor cumplido que el Buda hace para la humanidad es el de desaparecer. Si deseamos encontrarle, tendremos que elevarnos a un nivel superior, al nivel de la Eternidad, donde siempre está predicando el mismo Sutra del Loto Blanco. ¿Cómo hemos de subir a ese nivel superior? Si nos abrimos auténticamente a la influencia de las parábolas, mitos y símbolos del Sutra del Loto Blanco, y si nos dejamos llevar por ellos, seguramente nos hallaremos en otro mundo -- el mundo de la verdad más allá del tiempo, un mundo de Budas y Bodhisattvas. Seremos testigos de un gran drama, el Drama de la Iluminación Cósmica -- el drama que está sucediendo todo el tiempo. No sólo eso: nosotros mismos somos parte del drama. De hecho, todos los seres vivos son parte del drama. Un día, por muy lejano que parezca ahora mismo, también una voz divina nos pronosticará la Iluminación.
Normalmente pensamos que es hora de escuchar cuando habla alguien, pero el momento verdadero de escuchar es cuando cesa de hablar. El momento verdadero de escuchar es cuando hay un silencio absoluto. Si escuchamos el silencio durante suficiente tiempo no será un sonido ordinario lo que estaremos oyendo. Oiremos la voz del Buda, la voz del Buda eterno, y entonces experimentaremos las parábolas, mitos y símbolos del Sutra del Loto Blanco por nosotros mismos.

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© Sangharákshita

Título original “Transformation of Self and World in the Sutra of Golden Light”

Traducción Shakyavamsa
Distribution digital: www.librosbudistas.com

Aviso: esta traducción es provisional ya que no ha pasado por las revisiones necesarias para publicación impresa. No distribuir sin permiso.



Pág. - Sutra del Loto Blanco (descargado de www.librosbudistas.com)
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