I. introduccióN






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UNA ENCÍCLICA PROFÉTICA:

LA «HUMANAE VITAE» Reflexiones doctrinales y pastorales

(20 noviembre 1992)

I. INTRODUCCIÓN



Recepción de la Encíclica «Humanae Vitae»
1. Cuando se van a cumplir veinticinco años de la promulgación de la Encíclica «Humanae Vitae» (= HV) debemos reconocer que, entre nosotros, este documento de Pablo VI, al que se ha calificado de «profético», no ha sido todavía plena y cordialmente asumido. Surgen aquí y allá dudas sobre su exacta interpretación y aplicación y también temores de que la Iglesia, al urgir esa enseñanza, pierda plausibilidad ante la conciencia crítica del hombre de hoy e incluso ante los creyentes.
2. La realidad es que, entretanto, la formación de nuestros fieles en todo el campo de la moral sexual y, en particular, de la moral conyugal es muy deficiente. Es significativo que, en el sacramento de la Penitencia, se silencie, de una manera muy generalizada, cuanto se refiere a la moral sexual y a la vida matrimonial. Hay que unir a esto la ignorancia que muestran los fieles en materias morales fundamentales: relaciones de conciencia y norma, valoración correcta de las normas éticas, conexión entre profesión de fe y vida cristiana, etc. Todo ello contribuye a una deformación amplia y profunda de la conciencia moral cristiana.
Contexto socioeconómico y cultural en que se inscribe la «Humanae Vitae»
3. La insuficiente atención prestada a las enseñanzas de la HV enlaza con un conjunto de factores que han ido erosionando y deformando las conciencias. No todos esos factores, muchos de diversa índole, pueden ser señalados aquí. Digamos que provienen unos del contexto socioeconómico que ha presionado y forzado a abordar los temas de la fecundidad y de los nuevos nacimientos preferentemente con categorías y cálculos económicos. La decisión de disminuir el número de hijos ha dependido, en buena medida, de la velocidad del progreso económico y de los cambios de las condiciones de vida que ese progreso ha traído consigo: disminución de la mortalidad infantil debida a los avances de la medicina moderna; mejora de la educación de los hijos con vistas a su inserción laboral en la sociedades desarrolladas, etc. Proceden otros factores del contexto sociocultural: de una excesiva confianza en la tecnología, aplicada a la manipulación del mismo hombre, o de una exaltación desmesurada de la subjetividad autónoma del hombre y de su libertad. Especial acentuación requieren los fuertes fermentos de indiferencia religiosa y de increencia que, desde hace años, pero de modo más agudo en la última década, se han esparcido en nuestra sociedad.
4. Es en este ambiente donde han surgido y se han afianzado un difuso permisivismo sexual y una mentalidad antinatalista. Estos fenómenos han generado el deterioro de la experiencia de la sexualidad y de los comportamientos subsiguientes; o, dicho de otro modo, han desembocado en la degeneración lúdica de la sexualidad que ha tomado cuerpo en un marco social hedonista.
5. El placer sexual, en efecto, se ha desconectado del amor, de la responsabilidad, del señorío de los valores sobre los impulsos, de la competencia de las instancias sociales y eclesiales en relación con aspectos de la vida humana que tienen grave repercusión individual y social. Esta desconexión ha modificado criterios, actitudes y comportamientos que han arrastrado a una banalización deplorable de la sexualidad.
6. La actual crisis de la sexualidad, además, no es algo aislado respecto a otros campos de la vida humana. En realidad, muchos de los factores negativos que se dan en el ámbito sexual aparecen como factores perturbadores en otros terrenos de la realización del hombre de nuestros días; así, en la explotación económica, en la acción violenta frente a la naturaleza, en la manipulación de los medios de comunicación, etc. En muchos casos, estos distintos factores se refuerzan mutuamente, como ocurre en la industria del sexo; piénsese en la pornografía, que trae consigo pingües rendimientos económicos.
7. En último término, en la raíz de todos estos fenómenos está latente una concepción del hombre que considera a éste dueño sin condiciones de su propio cuerpo y de la realidad que le rodea. Por lo que atañe a la trivial instrumentalización del sexo, aquella concepción del hombre quiere hacer creer «que se puede usar del cuerpo como instrumento de goce exclusivo, cual si se tratase de una prótesis añadida al Yo. Desprendido del núcleo de la persona, y a efectos del juego erótico, el cuerpo es declarado zona de libre cambio sexual, exenta de toda normativa ética; nada de lo que ahí sucede es regulable moralmente ni afecta a la conciencia del Yo, más de lo que pudiera afectarle la elección de este o de aquel pasatiempo inofensivo»1. Es patente que esta concepción antropológica es radicalmente diferente a la que presenta la fe cristiana, para la que las relaciones del hombre respecto a sí mismo y a la creación están regidas por la sumisión de toda su persona y actividades al Creador, a su mandato y a sus designios.
8. Todo el tema de la contracepción, que ocupa un lugar central en la HV, debe ser abordado y tratado tanto en el marco de los cambios socioeconómicos, culturales y religiosos como en el contexto de la señalada degradación sexual, de la que los comportamientos anticonceptivos son un síntoma.


II. LA ENCÍCLICA «HUMANAE VITAE»
Actitudes críticas frente a la «Humanae Vitae» y sus consecuencias
9. La mentalidad y comportamientos descritos explican, en gran medida, las reticencias, reacciones críticas y hasta abierta oposición que ha desencadenado HV y también las consecuencias que de ellas se han seguido en el interior de la misma Iglesia.
10. La publicación de HV coincide con la explosión de la revolución sexual. A través de ella, el individuo reivindica no sólo el derecho al placer, sino también el derecho a situarse a sí mismo como último criterio de juicio, haciendo frente a todas las reglas objetivas ordenadoras de la convivencia social. Es claro que estas reivindicaciones no podían conducir más que al debilitamiento y, a la larga, a la abolición de la personalidad consciente: liberados sus instintos, el hombre de la revolución sexual acabada por ser totalmente manipulable. Pues bien, HV no fue sólo la respuesta concreta a una cuestión particular de ética sexual, sino que significó en su momento, y sigue significando, una negativa de la Iglesia, clara y explícita, a plegarse a las propuestas y reclamaciones de la revolución sexual, que, como más adelante se comprobaría, pone en juego muchos y vitales aspectos de la moral cristiana y de la ética humana. La encíclica HV mostró una gran libertad y previsión de futuro al señalar las consecuencias que iban a seguirse de la extensión masiva de los métodos para la contracepción: «Los hombres rectos podrán convencerse todavía más de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto, tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y fisiológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada» (HV, 17).
Una vez declarado legítimo escindir el uso de la sexualidad de la procreación, resulta problemático justificar la afirmación de que el uso de la sexualidad sólo es lícito entre los cónyuges, abriéndose así el camino a la posibilidad de separar legítimamente el uso de la sexualidad del matrimonio; el paso ulterior será separarlo también del amor y, finalmente, de la exigencia, a estas alturas ya no sostenible, de la diferencia sexual de los dos componentes de la pareja. Resulta entonces legítimo y lógico afirmar que cualquier tipo de actividad sexual nada tiene que ver con la moral. Estos juicios se ven confirmados por la promiscuidad sexual extendida por todas partes y por las nuevas enfermedades de transmisión sexual.
11. Significó también HV un juicio moral severo de ciertas interpretaciones del Concilio Vaticano II en sus tomas de posición acerca de la apertura de la Iglesia al mundo. Grupos de teólogos y otros sectores importantes de la opinión pública, extrapolando el pensamiento conciliar, difundieron una visión exageradamente optimista del devenir de la historia humana haciendo del «progreso histórico» una categoría trascendente, de algún modo sintonizada y acorde con la historia de la salvación. Según esta «metafísica» del progreso inmanente de la historia, la Iglesia no debe repetir nunca más en el futuro una postura de oposición a la conciencia del tiempo. Dentro de estas coordenadas, incluso la nueva mentalidad hedonista podía ser «comprendida» y encontrar justificación. Fue también HV la que interpretó autorizadamente el sentido de la apertura conciliar al mundo. Esta apertura no significa, en modo alguno, que la Iglesia renuncie a ejercitar su función crítica respecto al dinamismo y desenvolvimiento de la historia humana.
12. Con la promulgación de HV, Pablo VI mostró su total libertad ante un giro histórico radical de mentalidad y cultura y, a través de sus palabras, la Iglesia no dudó en pronunciar un juicio moral tajante, reafirmando su misión de ser maestra de moralidad.
13. En los últimos años, HV ha estado en el centro del debate teológico que, más allá de la discusión teórica, ha tenido múltiples y diversas resonancias en la vida de la Iglesia. En el campo de la teología moral, la contestación a HV ha removido los principios básicos de la moral fundamental. Es sintomático que, después de HV, no han faltado teólogos partidarios de que no se dan acciones por sí mismas y en sí mismas malas y que, por lo tanto, tales acciones no pueden legitimarse como un medio para alcanzar un fin bueno. De donde concluyen que las acciones serán buenas o malas según sean buenas o malas sus consecuencias prácticas (consecuencialismo). Pero, además, el rechazo, en mayor o menor grado, de la doctrina papal sobre la contracepción ha contribuido a aflojar la comunión eclesial; ha introducido recelos y aun desprecio respecto al Magisterio de la Iglesia, sobre todo en materias morales, y ha generado desconfianza ante la jerarquía.
14. En este contexto, hay que destacar las dudas y la confusión que, intraeclesialmente, se han difundido entre sacerdotes y laicos. Desconcertados por la inestabilidad y divergencia de las opiniones teológicas, los sacerdotes se cohíben ante el deber de transmitir con integridad las enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal y se encuentran perplejos e indecisos al tener que formar rectamente la conciencia de los casados. Todo esto influye, sin duda, en el silenciamiento que, acerca de estas cuestiones, se ha extendido ampliamente en nuestras comunidades cristianas.
15. Estas reflexiones doctrinales y pastorales, al tiempo que recuerdan los principales puntos morales de HV, pretenden, sobre todo, ofrecer a los sacerdotes unas orientaciones para enfocar estos asuntos en los ministerios de predicar y de orientar la conciencia moral de los creyentes. Al presentar estas reflexiones, hay que ser muy conscientes de que, en el fondo, no sólo se trata de abordar un punto parcial y aislado de la esfera de la sexualidad, sino todo el problema antropológico de la sexualidad, problema que exigiría abordar, además, el marco del orden socioeconómico con el fin de que este orden estuviese al servicio de unas relaciones humanas no instrumentalizadas y más acorde con los imperativos morales.
16. Se trata, en fin, de educar en la sexualidad «contra corriente» con una competencia más afinada que en viejos tiempos pasados y con mayor insistencia y rigor sistemático, tal vez subestimados en épocas más recientes. En todo caso, la moral cristiana sobre la sexualidad habrá de ser expresada con claridad y con pedagogía y apertura dialogales. El logro de estos objetivos depende, en gran manera, de que todos los pastores compartamos unos criterios morales y pastorales uniformes y, sin vacilaciones, hablemos un lenguaje claro y común (Cfr. HV, 28; FC, 34).
Valor teológico de la doctrina de la «Humanae Vitae»
17. No han faltado quienes hayan negado al Magisterio de la Iglesia la competencia para pronunciarse sobre los aspectos morales de la contracepción, fundándose en que el sujeto es autónomo para emitir un juicio sobre esta cuestión moral y otras cuestiones afines. Sin embargo, la tradición y praxis eclesiales testimonian que «lo concerniente a lo moral puede ser objeto del Magisterio auténtico»2. Compete ciertamente a los Obispos y al Sucesor de Pedro, maestros autorizados, es decir, depositarios de la autoridad de Cristo, aplicar las exigencias de la fe a las situaciones concretas y comunes de la vida real discerniendo «mediante juicios normativos para la conciencia de los fieles» la moralidad o inmoralidad de determinadas acciones humanas3.
18. Aunque el Magisterio, al enseñar una doctrina, no tenga intención de declararla como enseñanza definitiva, sus afirmaciones exigen por parte de los creyentes «un asentimiento religioso de la voluntad y la inteligencia» (LG, 25), que ha de insertarse en la lógica de la obediencia de la fe. Es cierto que hay que prestar atención al carácter propio de cada intervención del Magisterio, pero también lo es que se ha de valorar positivamente «el hecho de que todas ellas derivan de la misma fuente; o sea, de Cristo que quiere que su Pueblo camine en la verdad plena»4. Por lo que se refiere al Magisterio auténtico del Papa, la intención y el alcance teológico de sus enseñanzas habrán de deducirse, entre otras cosas, de la «insistencia con que repite una misma doctrina y también de las fórmulas empleadas» (LG, 25).
19. Este último criterio ha de sopesarse debidamente al enjuiciar el magisterio papal sobre la moral conyugal y, en particular, sobre la norma moral de HV. Son, en efecto, casi innumerables los pronunciamientos del actual papa Juan Pablo II donde se reitera y reafirma la doctrina propuesta en su encíclica por Pablo VI. Este hecho confiere un peculiar grado de certeza a esa enseñanza moral. El tenor de algunos pronunciamientos de Juan Pablo II, en términos no puramente teológicos o pastorales, sino propiamente magisteriales, han aclarado más todavía la intención de la HV. Basta analizar, por ejemplo, el pensamiento del Papa al expresar que cuanto enseña la Iglesia acerca de la contracepción no puede ser materia de libre discusión pública entre los teólogos: enseñar lo contrario equivale a inducir a error a la conciencia moral de los esposos5.
20. Conviene, además, discernir con cuidado la naturaleza típica de la enseñanza oficial de la Iglesia. Sería anticientífico e imprudente juzgarla con los mismos módulos con que se juzgan los hallazgos y logros de las ciencias humanas o tratarla según meros criterios socioculturales, como la mayor o menor plausibilidad y adhesión que pueda suscitar en sus destinatarios. El magisterio de la Iglesia sólo puede encontrar adecuada comprensión y plena aceptación a la luz de la fe, ya que el Magisterio es un don del Espíritu de Jesucristo a su Iglesia para el servicio de la fe6. El lugar propio y presupuesto imprescindible para aceptar y llevar a la práctica las enseñanzas morales del Magisterio es la comunión cordial con la Iglesia. Esto exige la conversión de la mente y del corazón al Evangelio de Jesucristo.
21. Hay que hacer notar, no obstante, que las enseñanzas morales del Magisterio desbordan el ámbito intraeclesial, ya que pretenden iluminar también aspectos de la ética natural. Pero sería un error sostener que, en estos casos, el Magisterio exige una adhesión ciega a unas proposiciones de las que no da razón suficiente. El Magisterio, a este respecto, ofrece una doctrina cuyo carácter razonable podría ser accesible a cualquier hombre si, de hecho, no estuviera distorsionada su mirada por muchos factores de diverso tipo; entre ellos, principalmente, la no aceptación de Dios como fuente y origen de todo sentido y orden en la realidad de la creación y la falsa convicción de la autonomía personal respecto al propio cuerpo y a su sexualidad. El Magisterio de la Iglesia, pues, es un «suplemento» que a quienes se incorporan a su dinámica les hace ver justificaciones de su doctrina que, en un primer momento, pudieron ser no descubiertas. En última instancia, la doctrina de la HV se funda en exigencias inscritas en la naturaleza personal del hombre.
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