I. introduccióN






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Continuidad de la doctrina de «Humanae Vitae» con las enseñanzas del Vaticano II sobre la sexualidad y el matrimonio
22. Entre las críticas más graves dirigidas contra HV, destaca la acusación de haberse apartado de la doctrina del Concilio Vaticano II sobre el amor conyugal y la paternidad responsable. Se ha reprochado, sobre todo, a HV el haber asumido una visión biologista de la sexualidad, apartándose de la visión personalista adoptada por el Concilio.
23. Esta acusación va contra las explícitas afirmaciones de Pablo VI que, más de una vez y claramente, expresó su convencimiento de que, en HV, había propuesto y precisado la enseñanza conciliar. Así, por ejemplo, en las palabras siguientes:
«Estábamos obligados a hacer nuestra la enseñanza del Concilio, promulgado por Nos mismo... Hemos reflexionado sobre los elementos estables de la doctrina tradicional y vigente de la Iglesia y, en especial, sobre las enseñanzas del reciente Concilio»7.
24. Pero es en la misma encíclica donde se puede observar la continuidad entre la doctrina del Concilio y HV. El concepto de «naturaleza» de que hace uso HV para deducir de él la licitud o ilicitud de los actos conyugales no es biologista, sino que se inscribe en el orden de los significados originarios de esos actos. Natural es la intervención humana que respeta la estructura nativa del objeto y le ayuda a perfeccionarse. La distinción entre natural y antinatural no se coloca, por tanto, en un nivel biológico, sino en un nivel hermenéutico; no es lícito, pues, atribuir arbitrariamente a estos fenómenos biológicos significados que no les corresponden. En consecuencia, respetar la naturaleza significa hablar correctamente su lenguaje y comprenderlo. La norma natural a la que se refiere HV es, pues, una norma de la persona y, consiguientemente, una norma personalista. Las intervenciones de Juan Pablo II acerca de esta materia han puesto de relieve cada vez más los aspectos personalistas de HV.
25. Entre la doctrina del Concilio y HV, por otra parte, se da una patente correspondencia en lo que atañe al tema central de la paternidad responsable, a su conexión con el amor conyugal y a su concreta realización mediante la regulación natural de la fecundidad.
26. «Gaudium et Spes» y HV no sólo no se contradicen, sino que se aclaran recíprocamente. La encíclica, partiendo del concepto conciliar de «paternidad responsable», profundiza en su compresión y lo hace subrayando la apertura a la vida de los actos conyugales. Pero, a su vez, la constitución conciliar enriquece a la encíclica. Sin olvidar la orientación de los actos conyugales a la procreación, permite valorar un punto esencial sobre el cual HV no juzgó necesario volver de forma explícita, pero que tampoco suprime: el de la responsabilidad propia de los esposos en su visión de transmitir la vida.


III. PUNTOS FUNDAMENTALES DE LA DOCTRINA MORAL DE LA «HUMANAE VITAE»
Los significados unitivo y procreador del acto conyugal
27. El Catecismo de la Iglesia Católica, tratando sobre la fecundidad del matrimonio enseña: «La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que “está en favor de la vida” (FC, 30), enseña que todo "acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida" (HV 11)... Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (Cfr. Ef 3,14; Mt 23,9)»8. La encíclica HV sitúa su juicio moral sobre la contracepción en una amplia perspectiva antropológica y moral, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación divina (Cfr. HV, 7). Trata, en efecto, la sexualidad humana resaltando en un primer plano la vinculación entre el comportamiento sexual con los valores éticos del amor, la fidelidad y la fecundidad conyugales. La encíclica fundamenta, en última instancia, su doctrina «en la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV 12).
28. Con esta afirmación, HV se opone a una interpretación del comportamiento humano muy extendida hoy y a la que ya nos hemos referido. Según esa interpretación, el sujeto, a través de sus propias acciones, es el creador de su propio mundo y la valoración de sus actos dependerá del contexto de sus consecuencias. Aplicada esta mentalidad al campo de la sexualidad, se concluye que, en su conducta sexual, el hombre no debe limitarse a ser sujeto pasivo de las leyes del propio cuerpo. Ha de ser él mismo quien dé a su propia sexualidad un significado mediante un acto libre o intención de su propia persona; la sexualidad, en todas sus dimensiones, tendrá entonces el significado que ese acto libre le haya impreso.
29. Pablo VI llama la atención sobre el hecho de que, previamente al ejercicio de su libertad, grabados en la persona humana, preexisten unos significados cuya comprensión le es asequible al hombre. Se trata de significados que el sujeto no determina arbitrariamente, sino que le son dados como orientadores y reguladores de su comportamiento. Reconociendo esos significados e interpretándolos, el hombre realiza rectamente su existencia. Los actos humanos, consiguientemente, no tienen sólo consecuencias: tienen una estructura biológica y, al mismo tiempo, personal y, dependiendo de ésta, un significado. La lectura correcta del lenguaje de esos significados tiene una importancia capital en el terreno de la ética.
30. Los significados propios de la persona humana, como quiera que ésta tiene un cuerpo y es, al mismo tiempo, su propio cuerpo, se expresan a través de los actos corporales: el cuerpo es un lenguaje. En el lenguaje del cuerpo, el acto conyugal tiene su propio significado: en él se expresa el amor verdadero y la apertura a la generación. Ambos aspectos pertenecen, conjuntamente, a la verdad más profunda de ese acto. En el acto conyugal se da la participación plena de la sexualidad que, en otras manifestaciones del amor mutuo, tiene siempre un lugar no total. Los cónyuges, cuando quieren dar al amor su expresión más plena y lograr la total comunión en la unidad de las dos personas, encuentran su lenguaje propio en el mismo ser psicofísico del varón y de la mujer, implicando la propia sexualidad en su integridad.
31. El hecho de que ese acto sexual tenga el significado de una donación recíproca y total de un varón y una mujer es independiente del hecho de que los sujetos consideren o no consideren, simultáneamente, que tal acto es o puede ser fecundo. Su significado de apertura a la generación permanece siempre. Es decir, en el lenguaje del cuerpo, la expresión culminante y específica del amor humano coincide necesariamente con la expresión corporal, también culminante y específica, de la generación, al menos potencial, de una nueva vida. Por muy original que sea la comunión conyugal, ocurre siempre el hecho de que el punto máximo de su consumación es un acto que alcanza su lenguaje y su gozo mediante el gesto por excelencia de la función procreadora. En la práctica, este gesto no es necesariamente procreador; sin embargo, en el interior del amor conyugal que lo asume, ese gesto pertenece siempre a las estructuras biológicas y personales de la fecundidad. El bien que los cónyuges se deben entregar mutuamente no es otro que su mismo ser personal, lo que quiere decir que «nada de lo que constituye su ser persona puede ser excluido de esta donación»9. No reconocer esto es disociar el ser humano en uno de los actos en que se manifiesta su más profunda unidad.
32. Por mucho que se quiera dar de lado el aspecto biológico de la unión sexual, no puede negarse que entre el orden biológico y el orden de los significados existe una conexión. Si bien el significado unitivo del acto reelabora su valor biológico y lo eleva al nivel de la persona, el hecho de que el acto sexual sea, al menos potencialmente, fecundo dice algo también acerca de su dimensión unitiva si se tiene en cuenta que la generación y la consiguiente acogida, protección y seguimiento de un nuevo ser humano potencia y reafirma la unión amorosa del varón y la mujer.
33. La encíclica lleva a sus últimas consecuencias la conjunción de los significados unitivo y procreador del acto conyugal cuando afirma que «un acto conyugal impuesto al cónyuge... no es un verdadero acto de amor y niega, por tanto, una exigencia del recto orden moral en las relaciones de los esposos» (HV, 13). La moral clásica, insistiendo unilateralmente en la integridad física del acto conyugal, no facilitaba una toma de conciencia de la inmoralidad de este comportamiento. El caso del acto conyugal «impuesto al cónyuge», aun manteniendo su significado procreador, es juzgado inmoral por HV porque no es «un verdadero acto de amor». De esto se sigue el principio general de que todo acto conyugal que no es un verdadero acto de amor entra en conflicto con una de las exigencias fundamentales de la moral sexual conyugal. Es la primera vez que, en un documento del Magisterio, se formula de manera explícita este principio moral que ha pasado inadvertido para muchos. Estamos, pues, en presencia de una auténtica evolución de la moral, no por rechazo o cambio de los principios, sino por el desarrollo e integración de ellos en una prospectiva más amplia y concreta, derivada de la clarificación de aspectos antes ignorados o insuficientemente valorados.
34. En conclusión, puede decirse que el lenguaje del cuerpo es una mediación entre la verdad del orden biológico y la verdad antropológica de la sexualidad; mediación que hace perceptible a nivel emocional una serie compleja de significados inconscientes y de valores humanos que están en juego en el acto conyugal. Es en este marco donde se debe comprender la norma de HV que preserva el acto sexual de cualquier intervención que falsee alguna de sus dimensiones, perturbando así el lenguaje de significados y valores que confluyen en su estructura originada. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe «Donum Vitae» no ha hecho más que reafirmar y desarrollar esta enseñanza.
Valoración ética de la contracepción
35. La encíclica HV excluye como un desorden moral «toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, impedir la procreación» (HV, 14); esto es, hacer voluntaria y artificialmente infecundo un determinado acto conyugal (Cfr. HV, 14). La encíclica declara así la ilicitud de las prácticas contraceptivas cuya inmoralidad es calificada de «intrínseca» por «transgredir el orden moral que deriva de la propia naturaleza humana» (HV, 14).
36. Estas afirmaciones son consecuencias del principio establecido anteriormente por HV: «Nunca está permitido separar estos diversos aspectos (unitivo y procreador) hasta el punto de excluir positivamente, sea la intención procreativa, sea la relación conyugal» (HV, 12). La contracepción, en efecto, altera la íntima estructura propia del acto conyugal al suprimir la orientación a la procreación inherente a ese acto y mutila también, al mismo tiempo, el significado del acto conyugal en cuanto expresión de la plenitud de amor de los esposos.
37. La contracepción introduce en el interior de la verdad de las relaciones sexuales mutuas, personales y totalizadoras un elemento falsificador; esto es, las limita sustancialmente al negar al cónyuge la plenitud de las energías enriquecedoras de la propia sexualidad. O dicho de otro modo: «En el lenguaje que expresa naturalmente la donación recíproca y total de los esposos, la contracepción opone un lenguaje objetivamente contradictorio, según el cual ya no se trata de darse totalmente el uno al otro; de ello se deriva no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamada a ser un don de la persona entera» (FC, 32).
38. En la perspectiva de estos criterios éticos, formuló Pablo VI la norma moral que ocupa el lugar central de HV: «Cualquier acto matrimonial ("quilibet matrimonii usus") debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV, 11). Esta formulación, lógicamente, no supone que la unión matrimonial haya de ser siempre fecunda, lo cual es imposible, teniendo en cuenta los ritmos naturales de la fecundidad humana. Lo que afirma es que, cuando la unión puede normalmente ser fecunda, es cuando no puede impedirse que lo sea, mediante una intervención directa física o química. En este caso, la ruptura libremente buscada de las funciones amorosa y generativa haría del hombre no el administrador del plan establecido por el Creador, sino el dueño y árbitro supremo y último de las fuentes de la vida humana (Cfr. HV, 13).
39. Para el creyente tiene una especial fuerza, en la materia que tratamos, considerar el carácter sagrado de la vida humana y de su origen: «Del mismo modo que el hombre no tiene sobre su cuerpo en general un poder ilimitado, tampoco lo tiene, y con mayor razón, sobre sus facultades generativas en cuanto tales, a causa de su ordenación intrínseca a suscitar la vida de la que Dios es principio. La vida humana es sagrada, recordaba Juan XXIII; desde su origen, ella compromete directamente la acción creadora de Dios» (HV, 13).
Estas palabras de la encíclica introducen un tema que permite descubrir la inmoralidad de la contracepción desde un ángulo propiamente teológico y religioso. Se trata de la referencia a Dios, inscrita en la misma estructura del acto conyugal. Este implica una relación con las fuentes de la vida humana y, por tanto, con Dios, creador mismo de la vida. La unión sexual de los esposos, en los períodos fecundos de su vida matrimonial, no es más que el preludio de la parte más importante de la procreación: el acto creador de Dios mismo; o sea, la intervención trascendente y puntual de Dios que, conjuntamente con el encuentro íntimo de los cónyuges, llama a la vida a un nuevo ser. Por eso, si los esposos eligen libremente interceptar artificialmente la fecundidad de sus procesos biológicos, no sólo se niegan al dinamismo de esos procesos, sino que dan un no a Dios, fuente primera del amor y de la vida.
40. Esta dimensión de la contracepción, que muestra con claridad su carácter originariamente desordenado, fue expresada así por Juan Pablo II: «Las razones de la Iglesia en esta materia son, ante todo, de orden teológico. En el origen de toda persona humana hay un acto creador de Dios; nadie viene al mundo por azar; cada persona es siempre el término del amor creador de Dios. De esta verdad fundamental de la fe y de la razón se sigue que la capacidad de procrear, inscrita en la sexualidad humana, es, en su verdad más profunda, una cooperación con el poder creador de Dios»10. Se ve, pues, que hay una cierta incompatibilidad entre la fe en el Dios vivo y Creador y la pretensión de querer decidir e intervenir artificialmente en el origen y el destino del ser humano. No cabe duda de que la intervención manipuladora en lo que concierte al origen de la vida ha despojado a ésta de su carácter sagrado; es decir, de su referencia a lo divino. Posiblemente, en esta experiencia de la concepción secularizante del origen de la vida radica una de las fuentes de la indiferencia religiosa.
Métodos naturales para la regulación de la natalidad
41. El Concilio Vaticano II afirmó que «el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole exigen que el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste ordenadamente, progrese y vaya madurando» (GS, 50). La Iglesia, además, conoce bien que las circunstancias personales, socioeconómicas y también otros factores culturales, pesan sobre las parejas en sus deberes de paternidad y maternidad. Por ello, no se inhibe ante el problema de la regulación de la natalidad y busca y ofrece a los casados soluciones rectas y justas a sus conflictos. Pablo VI, en HV, manifestó su mente con claridad al escribir: «Nuestra palabra no sería expresión adecuada del pensamiento y de las solicitudes de la Iglesia, madre y maestra de todas las gentes, si, después de haber invitado a los hombres a observar y respetar la ley divina referente al matrimonio, no los confortase en el camino de una honesta regulación de la natalidad» (HV, 19).
42. En el proceso de transmisión de la vida humana hay grabados ritmos y leyes naturales de fertilidad que, por sí mismos, distancian las concepciones. La expresión íntima del amor conyugal y la fecundación efectiva de nuevas vidas, por la naturaleza de las cosas, no siempre coinciden. Si es cierto que el hombre no puede romper, por propia iniciativa, la conexión entre los dos significados de la relación sexual, lo es también que la fecundidad efectiva no está ininterrumpidamente ligada a la unión amorosa del varón y de la mujer.
43. En su deber de transmitir responsablemente el don de la vida, los cónyuges son intérpretes inteligentes del plan de Dios: su inteligencia, en efecto, debe descubrir y conocer, en la dinámica de las fuentes de la vida, las leyes biológicas integradas en la estructura de la persona humana (Cfr. HV, 10; GS, 50). Recurriendo a los días agenésicos de los ritmos de fecundidad, los esposos no se erigen en dueños y señores del don de la vida, sino que actúan como cooperadores de Dios. Ha de señalarse claramente que entre las prácticas anticonceptivas y la elección de los «métodos naturales» se da «una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí. La elección de los ritmos naturales comporta la aceptación del tiempo de la persona; es decir, de la mujer, y con esto, la aceptación también del diálogo, del respeto recíproco, de la responsabilidad común, del dominio de sí mismo. Aceptar el tiempo y el diálogo significa reconocer el carácter espiritual y a la vez corporal de la comunión conyugal» (FC, 32). Quienes han ejercido estos métodos de regulación natural de la fertilidad han visto fortalecidos su amor y unión conyugal.
44. Entre las condiciones necesarias para comprender y vivir responsablemente el valor de la norma moral de HV está, sin duda, el conocimiento de los ritmos de fertilidad de la sexualidad humana. Con excesiva frecuencia, se desestiman los «métodos naturales» por desconfiar de su eficacia e ignorar los constantes progresos científicos que se están alcanzando en este terreno. Hay incluso un cierto interés en desacreditarlos y ocultar su eficacia. Es tarea urgente deshacer este prejuicio. Por el contrario, «conviene hacer lo posible para que el conocimiento (de esos “métodos”) se haga accesible a todos los esposos y, ante todo, a las personas jóvenes, mediante una información y una educación clara, oportuna y seria, por parte de parejas, de médicos y de expertos» FC, 33).

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