I. introduccióN






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Principio del conflicto de deberes
66. Otra de las soluciones que se han querido encontrar a los problemas que la nonna moral de HV plantea a muchos matrimonios es el principio del conflicto de deberes y, consiguientemente, la elección del mal menor o del bien mayor. Quienes apelan a este principio afirman que, ante una alternativa de deberes tal que cualquiera que sea la decisión tomada, un mal no puede ser evitado, el camino es buscar ante Dios, para actuar en consecuencia, cuál es en el caso concreto, el deber prevalente. Los moralistas que proponen este principio, al hablar de conflicto, no piensan en las situaciones subjetivas de los esposos cuya conciencia se encuentra perpleja, sino en un conflicto objetivo; es decir, sitúan el problema en el campo objetivo de una verdadera y propia norma moral que resuelve el caso de la conflictividad entre las exigencias del amor unitivo y las exigencias de la paternidad, responsable, mediante la tolerancia o la opción positiva de la contracepción en relación al bien mayor del amor conyugal. Este planteamiento, en general, considera que el mal menor que ha de ceder es el deber de procrear.
67. La principal dificultad que les sale al paso a quienes sostienen esta posición es el desorden intrínseco de la contracepción. Para obviar esta dificultad se siguen diversas vías que coinciden en relativizar o en cuestionar el desorden moral de la contracepción. Para algunos, lo «intrínseco malo» se da sólo en las relaciones entre Dios y los hombres y no en las relaciones entre personas humanas. Otros califican la contracepción como mal físico, óntico o premoral; o bien la justifican moralmente por tratarse de un mal físico querido sólo indirectamente y teniendo como fin un bien que se busca por una razón proporcionada al bien buscado. Otros aceptan la existencia de verdaderos conflictos objetivos entre las normas morales por la imposibilidad radical del hombre para resolverlos, debida a la fragilidad causada en ellos por el pecado tanto personal como social; según esto, la actuación justa en los conflictos humanos es una mezcla de bien moral y de mal personal y social.
68. Todas estas diversas posturas deben juzgarse desde la cuestión teológica acerca de si un conflicto objetivo de deberes es posible o no. La tradición moral católica ha mantenido de modo constante esta afirmación: un conflicto de deberes no existe ni puede existir en el plano objetivo. Si el orden moral se fundamenta en Dios, habría que adjudicar a Dios mismo la existencia de esos conflictos; y si el conflicto objetivo de deberes significa que el hombre peca, actúe como actúe, habría que hacer a Dios mismo último responsable del inevitable pecado del hombre. La contradicción subsistiría en Dios mismo, que querría el bien haciendo que suceda el mal. No se podrá dar, pues, un conflicto objetivo de deberes si no se concede que se dé un pecado inevitable, lo cual es un concepto contradictorio ya que el pecado es acto humano y libre. Esta última razón explica que, para resolver la cuestión, se haya tenido que admitir, en algún caso, una necesaria mezcla de bien y de mal en los actos humanos que recuerda la concepción del cristiano como «simul iustus et peccator».
69. En conclusión puede decirse que, desde un punto de vista objetivo, no existe el verdadero conflicto de deberes, sobre todo cuando la alternativa es un acto intrínsecamente malo. Dicho de otra manera, no se dan ni se podrán dar nunca situaciones conyugales en las que la contracepción se imponga a los esposos como un deber moral.
70. Sí es posible, sin embargo, el conflicto de deberes como hecho subjetivo; o sea, como conciencia perpleja: la de una persona o un matrimonio, que cree erróneamente encontrarse entre deberes opuestos y, por tanto, en la necesidad de tomar una opción. En esta precisa situación subjetiva, la persona o matrimonio testimonia y vive su ordenación al bien eligiendo el mal moral o su juicio menor. En este campo, es necesario descifrar las varias causas que conducen a esos conflictos de conciencia y atender al problema de encontrar, con paciencia y comprensión, el mejor camino para superarlos.
Contracepción y continencia periódica
71. Se ha puesto también como objeción a HV que haya legitimado los métodos naturales para la regulación de la fecundidad cuando, de hecho, esos métodos son utilizados como recursos para evitar los nacimientos. Hay que reconocer que, con bastante frecuencia, las parejas usan de los métodos naturales con una finalidad casi exclusivamente antinatalista e incluso egoísta. Es cierto que si los métodos naturales se desvinculan de las dimensiones éticas del acto conyugal, del amor fiel de los esposos y de su deseo de hacer lo que Dios quiere, es difícil diferenciar, en el orden moral, esos métodos del empleo de medios anticonceptivos artificiales y, de hecho, se consideran como una forma más de contracepción. En efecto, la reducción de los métodos naturales al mero uso de la regularidad biológica deforma el pensamiento de HV y de la tradición moral de la Iglesia. El recurso recto a esos métodos presupone la regularidad biológica de la mujer, pero la incluye dentro del proyecto creador de Dios18. Usar, pues, los períodos infecundos sin discernir su finalidad y significado ético va contra el sentido auténtico de las relaciones íntimas del varón y la mujer y, por tanto, se aparta también de los planes de Dios.
72. Pero, como se ha dicho ya, un recto recurso a los métodos naturales se diferencia radicalmente de las prácticas contraceptivas. No se trata simplemente de una disminución en el plano de la técnica o de los métodos; se trata de una diferencia ética de comportamiento: «Los métodos naturales son medios de diagnóstico para determinar los períodos fértiles de la mujer, que ofrecen la posibilidad de abstenerse de las relaciones sexuales cuando por motivos justificados de responsabilidad se quiere evitar la concepción. En este caso, los cónyuges modifican su comportamiento sexual mediante la continencia y la dinámica del don de sí mismo y de la acogida del otro, propia del acto conyugal, no sufre ninguna falsificación. Por el contrario, la elección de la anticoncepción no cambia prácticamente el comportamiento sexual pero falsifica el significado intrínseco del don de sí mismo y de la acogida, propios del acto sexual conyugal, cerrándolo arbitrariamente a la dinámica de la transmisión de una nueva vida»19.


VI. LAS ENSEÑANZAS SOBRE LA MORAL CONYUGAL EN LA TAREA PASTORAL DE LA IGLESIA
73. Los pastores de la Iglesia, en el ejercicio de su ministerio, no pueden dejar de orientar a los fieles respecto a la vida matrimonial. La pedagogía pastoral de la Iglesia en esta materia, como en otras cuestiones morales, implica dos aspectos principales. Es, por una parte, un deber ineludible proclamar sin cansancio ni desánimo la normativa ética cristiana en toda su verdad sin escamotear la radicalidad de sus compromisos: «No menoscabar en nada la doctrina salvadora de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas» (HV 29). Pero es igualmente un deber irrenunciable acompañar con cordialidad y paciencia a los casados que se ven enredados en dificultades no sólo para cumplir las obligaciones de su estado, sino incluso para comprender sin inquietarse los valores de las normas morales conyugales. Sin disociar la vigencia de los imperativos éticos de una comprensión leal y profunda para con los conflictos peculiares de cada persona, los sacerdotes han de tratar a los hombres como los trató el Señor: «Venido no para juzgar sino para salvar, Él fue, ciertamente, intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas» (HV, 29).
En los párrafos que siguen, queremos ofrecer algunas pautas y acciones pastorales que sean, para los sacerdotes, motivo de reflexión y ayuda en el cumplimiento de su ministerio. Nos referimos, en primer lugar, al puesto que debe ocupar la moral conyugal en los ministerios de enseñanza y catequesis para, luego, dar paso a las cuestiones que se presentan en la tarea de orientar la conciencia moral de los fieles proporcionándoles consejo y seguimiento en su personal trayectoria cristiana.
A) Ministerios de catequesis y enseñanza
74. Hemos de reconocer, por de pronto, que, entre nosotros, es muy rara la presentación en público de la doctrina de HV acerca de la apertura de todo acto conyugal a la transmisión de la vida, así como todo lo referente a la contracepción, «métodos naturales» para la regulación de los nacimientos, etc. No son éstos, ciertamente, temas que, en detalle, hayan de ser llevados normalmente a la predicación homilética. Sin embargo, a los cristianos les asiste el derecho de conocer la enseñanza íntegra de la Iglesia sobre un asunto que les toca muy de cerca. Se precisa, pues, encontrar ocasiones más propicias para que los creyentes reciban la debida información y formación sobre la ética matrimonial. Como hemos dicho más arriba, se trata de educar en la sexualidad «contra corriente» con competencia, insistencia y rigor sistemático.
75. Debe darse, por supuesto, que, en los seminarios, casas de formación para los religiosos y facultades teológicas, los profesores de teología moral imparten a los alumnos sin ambigüedades la doctrina del magisterio auténtico de la Iglesia, de manera que los candidatos al sacerdocio puedan alcanzar un conocimiento clarificado de estas cuestiones. También hay que presuponer que quienes dirigen la formación permanente del clero incluyen en sus temarios puntos relativos a la moral matrimonial para que los sacerdotes, en su momento oportuno, puedan periódicamente repasarlas y profundizarlas.
76. Interesa ahora recordar, ante todo, que las materias que nos ocupan se han de exponer sin falta en la catequesis de adultos. También es necesario tratarlas, sin inhibiciones y con nitidez, en las catequesis de adolescentes y jóvenes, donde, en un ambiente de confianza y seriedad, no sólo se transmita información sino se enseñe a los destinatarios a apreciar los valores de la sexualidad y del matrimonio integrados en el marco de la vocación humana y cristiana20. Esta educación, especialmente en el caso de los jóvenes, debe ser una educación para la castidad, «como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona» (FC, 37).
77. Quienes ejercen el magisterio en las clases de religión de Institutos y Escuelas de Enseñanza Secundaria tienen a mano muchas ocasiones para exponer a los alumnos el Magisterio moral de la Iglesia con competencia y responsabilidad profesional21.
78. Es cada día más urgente estructurar mejor los cursillos de catequesis prematrimonial. En ellos, junto al tratamiento de las facetas biológicas, médicas y psicológicas de la sexualidad, no debe faltar una instrucción, suficientemente completa, acerca de la ética sexual cristiana y, en especial, de la licitud de las prácticas anticonceptivas y acerca del lícito recurso a «los métodos naturales» para vivir honradamente la paternidad responsable22.
79. Para lograr la eficacia deseada en la catequesis de adultos, novios y jóvenes, es conveniente cerciorarse de la seguridad doctrinal de los materiales didácticos al uso. No se puede ignorar que algunos de ellos adolecen de falta de claridad y de firmeza en aspectos morales importantes.
80. Son también ocasiones para difundir la doctrina de la Iglesia los ejercicios espirituales y las convivencias; en particular, los que se destinan a la formación cristiana de los matrimonios. Los distintos movimientos apostólicos, dedicados especialmente a la pastoral matrimonial y familiar, deben difundir esta doctrina y ayudar a los matrimonios a que la asuman honrada y libremente.
81. La enseñanza que se transmite a través de las acciones señaladas y de otras más, ha de mostrar, ante todo, los aspectos positivos de la moral cristiana: «El fin de las normas objetivas morales no es la represión de la sexualidad, sino proteger y favorecer que el dinamismo profundo de la sexualidad llegue a su plenitud y sentido»23. Esta enseñanza, como ya dijimos, debe llevar consigo una educación para la castidad: «Según la visión cristiana, la castidad no significa absolutamente rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena» (FC, 33; cfr. HV, 21).
B) Diálogo pastoral
82. Es sabido de todos que en el diálogo pastoral se debe mostrar una sincera y honda comprensión con los fieles que se encuentran con obstáculos, a veces muy angustiantes, para cumplir las normas de la moral cristiana que afectan a una recta vida matrimonial. Los sacerdotes conocemos bien la situación difícil y ardua que viven esos cristianos a causa del peso de circunstancias personales y también sociales y económicas, aumentadas por el ambiente poco propicio para mantener con lealtad las exigencias de una conducta genuinamente cristiana. No es, de ningún modo, señal de laxismo moral acoger cordialmente a los esposos agobiados por dificultades, con toda la comprensión, afecto y paciencia. Hay que seguir practicando y aun mejorando esas actitudes sacerdotales (Cfr. HV, 29; FC, 33).
83. Parece ser, sin embargo, que, con demasiada frecuencia, los sacerdotes no se manifiestan con claridad en el discernimiento moral que han de hacer cuando los fieles dan a conocer sus actos y actitudes relacionados con lo sexual.
84. Los sacerdotes tienen el serio deber de formar y emitir normalmente un juicio prudente sobre la situación moral de quienes les abren la intimidad de su conciencia. Tienen ellos la obligación de clarificar y formar rectamente la conciencia moral de los fieles conduciéndolos a discernir, según la verdad, lo bueno y lo malo de sus acciones; esto es, tratando de conformar sus conciencias no a sus apreciaciones subjetivas o a opiniones de teólogos particulares sino a las normas éticas valederas por sí mismas, en docilidad al magisterio de la Iglesia que, a la luz del Evangelio, interpreta autorizadamente esas normas (Cfr. GS, 50).
85. Si los fieles preguntan expresamente a los sacerdotes cuál es la doctrina de la Iglesia sobre la moral sexual conyugal, éstos, en conciencia, deben exponerles con toda claridad e integridad las enseñanzas del Magisterio auténtico. En el caso de que el sacerdote tuviese que hacer algunas preguntas, éstas, lógicamente, habrán de formularse con moderación, discreción, amabilidad, brevedad y claridad, sin atosigar ni angustiar con nimiedades curiosas e insanas o con escrúpulos a la persona a la que van dirigidas. La experiencia enseña que, cuando se proponen con tacto y buen sentido, esas preguntas ayudan a una conversión más sincera que los fieles acaban agradeciendo.
86. Al clarificar estos casos de conciencia, deben tener en cuenta los sacerdotes que muchas veces el mal uso del matrimonio está condicionado por la falta de fórmación de una conciencia cristiana, a la que se añaden con mucha frecuencia circunstancias, incluso graves, de salud física o psicológica y condicionamientos socioeconómicos y ambientales. Dejando siempre a salvo la validez de la norma moral en sí misma, los sacerdotes han de hacerse cargo de esas circunstancias que están presionando a los fieles en el uso de su libertad. Por ello, deberán tener en cuenta el influjo de las circunstancias en la culpabilidad moral de la persona y procurarán obrar con cautela en sus juicios y consejos, dando siempre ánimos a los interesados para que continúen participando con confianza en la vida de la Iglesia, buscando en ella el apoyo necesario para vivir fielmente sus deberes matrimoniales. No es raro que el supuesto que se acaba de plantear se dé, con cierta frecuencia, en matrimonios que, a pesar de su comportamiento sexual no correcto y del agobio que les causa su conducta, en sí misma incoherente, desean llevar una vida cristiana más sincera y auténtica. No han de olvidar los sacerdotes que, por razones humanas y cristianas, habrán de ser más exigentes con los cónyuges que, por su posición social y económica, encuentran menos obstáculos objetivos para limitar la generación de nuevas vidas.
87. Los sacerdotes han de proceder con tacto exquisito al dar su juicio moral en el caso de personas cuyo comportamiento sexual es equivocado, pero que, sin embargo, actúan de buena fe y con buena voluntad. Habrá que usar entonces de una extremada discreción, sobre todo si se tiene la convicción de que la propuesta íntegra de las normas morales va a perturbar la conciencia de esos cristianos y si se sospecha, además, que, dada su frágil formación cristiana, difícilmente esas personas van a poder cambiar de repente su manera de conducirse. Procurarán los sacerdotes, en esos casos, que los creyentes, lejos de abandonarla, sigan frecuentando la vida sacramental y entren en una proceso progresivo de búsqueda y realización de su madurez humana y cristiana24. En un momento de ese proceso habrá que exponer, con claridad y en un diálogo paciente, las exigencias íntegras de la moral cristiana.
88. En la formación de las conciencias, se deberá cimentar y mantener el conjunto de condiciones psicológicas, morales y espirituales que es indispensable para que el hombre alcance el equilibrio interior preciso a fin de captar y vivir el sentido profundo de la normativa ética. Entre esas condiciones deben incluirse la aceptación humilde de los propios límites, la fortaleza de ánimo y la constancia, la educación del dominio de sí y de la castidad para observar, en su caso, la continencia periódica, la estima del sacrificio y de la autodisciplina y, de modo especial, el serio propósito de formarse una conciencia recta así como el recurso a los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación (Cfr. FC, 33).
89. Sin dejar de dar la debida importancia a los comportamientos conyugales desordenados, los sacerdotes han de ayudar a las personas casadas a detectar las causas más profundas de sus desviaciones morales, como son, muchas veces, el abandono de la práctica religiosa, el egoísmo y, más frecuentemente de lo que parece, unas concepciones de la vida impregnadas del materialismo ambiente. A partir de ahí, los sacerdotes intentarán que los fieles inicien un itinerario, paulatino y decidido, de mayor conversión y cultivo de la vida interior; y les alentarán positivamente a ir viviendo los valores cristianos en las áreas más significativas de la oración, la educación esmerada de sus hijos, la convivencia familiar pacifica y estimulante, el trabajo realizado con honradez y visión cristiana, el servicio generoso al prójimo, el cumplimiento de las obligaciones de justicia social, cívicas, etc. De esta manera, proponiendo a los fieles cristianos la posibilidad de practicar, con la gracia de Dios, un serio y comprometido combate espiritual, los sacerdotes les ayudarán a superar situaciones de «bloqueo interior», pues les hacen ver que la existencia cristiana no se reduce exclusivamente a cumplir las obligaciones morales referentes a la sexualidad.
90. La experiencia comprueba que, cuando se despoja de extraños «dramatismos» el terreno de los desórdenes sexuales y se abren horizontes atrayentes a la vida del espíritu, los creyentes se sienten aliviados y confortados y, si perseveran en ese proceso, mejoran al tiempo en la práctica de la castidad. Estos procesos de crecimiento moral, es bien sabido, pertenecen a la pedagogía y praxis ascética tradicionales en la Iglesia, recordadas recientemente en los documentos de su magisterio (Cfr. HV, 21; 25; FC, 33 y passim.)25.
91. Los sacerdotes han de esforzarse para que los esposos cristianos no se desanimen ante la realidad de sus fracasos. La Iglesia, cuya tarea es la de proclamar el bien total y perfecto, no ignora que existen leyes de crecimiento en el bien, y que a veces se procede con grados todavía imperfectos pero siempre con el fin de superarlos lealmente en una tensión constante. No se puede olvidar, en efecto, «la temporalidad y lo lento y fatigoso del aprendizaje de lo humano»26. El papa Juan Pablo II ha hablado de una «ley de gradualidad» en el itinerario continuo de los casados y en su «deseo sincero y activo por conocer cada vez mejor los valores que la ley divina tutela y promueve, y por su voluntad recta y generosa de encarnarlos en sus opciones concretas» (FC, 34). Los sacerdotes han de entender correctamente esta «ley de gradualidad», no en el sentido de que la ley objetiva moral es sólo como «un ideal», siempre vigente y nunca alcanzable. No hay ciertamente varios grados o una «graduación de la ley» en la normativa moral (Cfr. FC, ibídem).
92. Lo que se debe pretender es que los fieles avancen progresivamente en sus costumbres éticas a través de una constante integración de las exigencias y valores humanos y cristianos. Partiendo de una comprensión verdadera y humana hacia la persona concreta, hay que impedir que los imperativos morales aparezcan impuestos desde fuera como leyes «jurídicas» erráticas, desvinculadas del contexto de fe en el que radican su sentido y significado propio. De acuerdo con esta pedagogía moral, los fieles podrán descubrir que la ley divina, interpretada por la Iglesia, interioriza, protege y fomenta los valores más hondos y enriquecedores del hombre.
93. El quehacer de formar las conciencias demanda por parte de los sacerdotes una afianzada confianza en la acción de la gracia de Dios. La gracia específica del sacramento del matrimonio y, en general, los dones del Espíritu Santo crean en el corazón de los creyentes, por su misma dinámica, un respeto sagrado y una singular sensibilidad hacia todo aquello que está marcado por «el signo del misterio de la creación y de la Redención»27. Por gracia de Dios y por el hecho de su pertenencia a la Iglesia, la conciencia moral de los cristianos va poseyendo progresivamente una peculiar estructura y configuración que les empuja también a prestar atención a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia; es decir, la gracia del Espíritu Santo suscita y forja en los fieles cristianos una interior connaturalidad con lo que Dios quiere y la Iglesia proclama, haciendo posible aquello que no le es posible al hombre abandonado a sus solas fuerzas.


VII. CONCLUSIÓN
94. Es sobradamente conocido que la doctrina de la Iglesia sobre la moral sexual, para ser convenientemente valorada y practicada, pide un clima adecuado en el que se respeten y alienten los valores trascendentes y religiosos, ligados radicalmente a una existencia humana digna y honrada. Todo lo concerniente a la sexualidad no es nunca una cuestión baladí o marginal al contexto total de la vida del hombre. «La sexualidad, en efecto, como la muerte, pertenece al ámbito de esas realidades basilares en las que el hombre se percibe a sí mismo como rico y menesteroso a la vez... La aparente libertad y desinhibición ante la sexualidad, esconde fácilmente una cierta frustración y conduce a no pocas obsesiones: indicio de que no se puede trivializar algo tan profundamente vinculado al misterio del hombre»28.
95. A fin de sanear los desórdenes sexuales que hoy degradan a nuestra sociedad, además de poner todos los medios para extirpar esas conductas desordenadas, es necesario y urgente curar de raíz el enrarecimiento religioso de nuestro pueblo. Todos los esfuerzos que se hagan para reevangelizar nuestras comunidades católicas y formarlas a través de una catequesis exigente y vibrante serán esfuerzos que valen la pena. En el interior de esas acciones pastorales, el anuncio de la moral de la Iglesia relativa a la transmisión de la vida humana, ejercerá un indudable influjo positivo: la apuesta decidida de la Iglesia por la vida, es de una trascendencia incalculable para el futuro del hombre y de la sociedad. Al finalizar estos materiales, repetimos algo de lo que se dijo en su comienzo: «Singular importancia tiene en este campo la unidad de juicios morales y pastorales de los sacerdotes: tal unidad debe ser buscada y asegurada cuidadosamente para que los fieles no tengan que sufrir ansiedades de conciencia» (FC, 34; cfr. HV, 28).
Madrid, 20 de noviembre de 1992
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