A historia de la filosofía de la ciencia hacia el final del siglo XIX planteó la búsqueda de un nuevo Newton para la biología, en vista del álgido problema de






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JULIO ENRIQUE BLANCO

Causalidad y Teleología

a historia de la filosofía de la ciencia hacia el final del siglo XIX planteó la búsqueda de un nuevo Newton para la biología, en vista del álgido problema de cómo aplicar el determinismo causal de la física clásica al campo biológico.

Tal búsqueda generaría resultados insospechados, al punto de gestarse rupturas con paradigmas consolidados, y darse a la vida concepciones renovadas que repercutirían en el evolucionar de ambas ciencias, como en general del pensamiento humano. Un proceso que si bien no fue paralelo en física y biología, venía acrecentándose desde finales del siglo XVIII, particularmente con Kant, y encontraría su punto más alto hacia finales del siglo XIX en Alemania. En esencia este período correspondió a un pródigo momento en la historia de las ciencias y la filosofía de las ciencias, permitiendo, incluso, la aparición de diversas escuelas posteriores, algunas de las cuales rivalizarían más tarde.

Tal marco, influyente no sólo en la intelectualidad europea sino en otros niveles sociales, encontraría receptividad en un remoto lugar del mundo, Barranquilla, y especialmente en un pequeño grupo de pensadores que pretendía laborar entonces bajo las premisas del intenso y a veces caótico movimiento internacional referenciado, logrando producir los primeros ensayos epistemológicos rigurosos de que se tenga noticia en Colombia.

A pesar de la semblanza introductoria anterior, el presente ensayo1 no es biográfico, histórico o de perfil periodístico; se dirige esencialmente hacia el estudio de lo que escribió uno de esos pensadores locales de principios de siglo, Julio Enrique Blanco, sobre la problemática que ocupara a tantos desde los comienzos de la filosofía: causalidad y teleología.

En tal virtud, se pretende comprender su exposición en el marco de la ciencia y la filosofía de la ciencia de la época, habida cuenta de las intenciones que respecto de ellas conllevaría su aporte. No se considerarán las opiniones de Blanco en artículos posteriores, en donde se autocritica. Nos ocuparemos de los artículos publicados entre 1917 y 1920 en la revista Voces; en su bien fundamentada reflexión filosófica con pretensiones críticas, sobre el estado la causalidad y la teleología en un momento histórico trascendente para la filosofía científica2.

Por razones metodológicas se tomará como base de este estudio el ensayo titulado: "De la causalidad biológica"3. Los restantes servirán como complemento de este tema central, cuya problemática, obviamente, consiste en desentrañar las posibilidades de la causalidad biológica (teleologista) frente a la de carácter físico (no teologista).
Justificación. Considerando la tradicional necesidad de darle coherencia al debate filosófico en la epistemología colombiana, es indispensable escrutar los muy escasos trabajos del área, e identificar los aportes que fuere posible encontrar en la evolución del pensamiento nacional.

Los ensayos de Julio Enrique Blanco constituyen un caso excepcional que permite tratar el tema de la causalidad en su período de mayor ebullición. En éstos, Blanco no sólo describió y explicó con gran tino el carácter de la problemática, sino que habría intentando resolverla. Un intento con el cual lograría insertarse en la corriente de filosofía de la ciencia que corresponde a lo que ha sido denominado el positivismo crítico alemán, de finales de siglo XIX y comienzos del XX.

Y puesto que, como se dijo, sobre ello ha habido muy poca producción a nivel nacional, constituye tal carencia temática una de las razones formales que justifican el presente ensayo.
Antecedentes investigativos. Muy a pesar de la mencionada orfandad, sería improcedente no aludir a ciertos investigadores y trabajos referidos a Blanco. En primera instancia, a Julio Núñez Madachi, quien desde 1985 ha estado produciendo sobre la vida y obra de este filósofo. Sus publicaciones iniciales, basadas en conversaciones directas con aquél4, aparecieron principalmente en la revista Huellas de la Universidad del Norte y en el diario El Heraldo de Barranquilla5.

Sin embargo, en nuestro concepto, la obra más valiosa de Núñez es la correspondencia de Julio Enrique Blanco con Luis López de Mesa6, en la cual se ponen al descubierto diversos aspectos temáticos hasta entonces desconocidos. Posteriormente, hacia 1998, su trabajo se concentraría en la divulgación de las entrevistas sostenidas con Blanco7.

Este aporte de Núñez ha irrigado a otros investigadores y escritores, aunque no necesariamente en terrenos filosóficos. Así por ejemplo, con el ánimo de justificar las dificultades tradicionales de escribir en Barranquilla, el narrador Ramón Bacca Linares8 ha recepcionado del anterior la parte de su interés; una de ellas, por ejemplo, que Blanco debía negar ser el autor de sus artículos filosóficos para no deteriorar sus negocios de familia. Mas hay otras referencias históricas de Bacca:

“Indudablemente, la presencia de Julio Enrique Blanco, un joven autodidacta, con grandes capacidades para el discurrir filosófico, es decisiva. Varios artículos, entre ellos los dos Sobre el origen y desarrollo de las ideas teleológicas en Kant, le valieron felicitaciones como las enviadas desde la Argentina por José Ingenieros”9. [Realmente, José Ingenieros lo felicitó por el artículo De la causalidad biológica, que además “reprodujo en su Revista Argentina de Filosofía, llamando la atención sobre el gran porvenir que espera al joven filósofo colombiano10].

“Salvo otro artículo sobre el poeta Bruno Frank, escrito por Vinyes, los otros artículos sobre autores alemanes son de Julio E. Blanco sobre la filosofía de Kant”11.

“En algún escrito inédito, el filósofo Julio Enrique Blanco trata de darnos una noticia de cómo había alguna inquietud por los temas filosóficos en esta ciudad. Es así como nos cuenta que en el camellón Abello, A. Z. López Penha exponía la tesis de Max Nordeau”12.

“Después de algunos años, Julio Enrique Blanco publicaría en forma de diálogos en la revista de la Universidad de Antioquia, las discusiones que sobre Haeckel sostuvo con Vinyes, Enrique Restrepo y Antonio Luis McCausland”13.

Igualmente hay autores extranjeros, como Jacques Gilard, que citando a Núñez Madachi y a Julio Enrique Blanco, toman a este último como eslabón en el proceso de reconstrucción intelectual y literaria de finales de siglo XIX y principios del XX en Colombia, más exactamente en la costa Caribe, y a propósito del éxito de GGM.

De otra parte, recientemente, la revista Alétheia, órgano de difusión del Instituto que lleva el nombre del filósofo objeto de este estudio, incorporó en sus páginas una carta de Julio Enrique Blanco a Luis Eduardo Nieto Arteta, en donde el primero refuta a Heidegger14. Con esta carta se ha anunciado en dicha revista el inicio de la divulgación de la correspondencia entre ambos filósofos barranquilleros, lo que indudablemente constituirá otro importante hito documental de carácter temático15.

No huelga advertir que el autor del presente ensayo, en compañía de Núñez Madachi, sostuvo conversaciones directas con el filósofo.
Objetivo general. Estudiar el tratamiento que Julio Enrique Blanco le otorgó al problema de la causalidad y la teleología hacia finales del segundo decenio del siglo XX en Barranquilla, articulando el pensamiento que sobre el tema se desarrollaba en el mundo desde finales del XIX, de cara a la estructuración de la filosofía de la biología.
Hipótesis. Cuando Julio Enrique Blanco escribió sobre la causalidad biológica en 1917, asumió una posición reduccionista ontológica, que apuntaba hacia el fisicalismo.

Según Michael Ruse16, reducción ontológica consiste en creer que todas las entidades en el mundo son de la misma clase lógica.

“En el pasado, esta creencia se consideraba equivalente o perteneciente a alguna clase de materialismo, pero en la era de los electrones no me atrevería a afirmar esto. De todas formas, por medio del reduccionismo ontológico estamos excluyendo las divinidades y nos concentramos únicamente en nuestro mundo físico”17.

Los restantes reduccionismos actualmente considerados son el metodológico y el teórico. El primero se refiere a explicar las cosas más grandes en términos de las más pequeñas. Y la reducción teórica, es la explicación de una teoría -generalmente previa- en términos de otra teoría -generalmente posterior.
ANTECEDENTES TEÓRICOS
La biología desde finales del siglo XIX18. Aun cuando el auge de la biología como ciencia autónoma se da entre 1950 y 197019, no pueden desconocerse sus antecedentes, pues en ellos están implícitos diversos aspectos que interesan a la filosofía de la ciencia y -obviamente- a la ciencia misma. En tal sentido, es pertinente que se considere a la biología en relación con la física, pues, por mucho tiempo, fue ésta la disciplina líder de las ciencias naturales y en general del conocimiento humano.

Este esquema de las ciencias naturales basadas en la física conduciría a un “punto muerto”, en el cual les era difícil, casi imposible, avanzar en la resolución de ciertas problemáticas de conocimiento; por ello se requeriría, entonces, de la efectiva participación biológica.

Históricamente el darwinismo constituyó la teoría más representativa del siglo anterior, pues marcó un hito en la biología. Desde su aparición se dispuso de una noción de causa para explicar la gran variedad de formas que comprende el mundo orgánico. La impactante teoría del origen y la evolución de las especies, de Darwin, fue complementada por Huxley, Gray, Gagenhaur, pero en especial por E. Haeckel, quien adquiere importancia para el presente trabajo por el conocimiento que de él tuvo Julio Enrique Blanco antes de adentrarse en Kant.

La versión castellana del libro de Haeckel, titulado "Enigmas del universo" ("Welträtsel", 1899), se difundió en más de veinte idiomas y su nivel de popularidad es comparado con libros que a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en Alemania, adquirieron notable fama; tales como: "Ciencia y Materia" de Luis Büchner, y "Así habló Zaratrustra" de F. Nietzsche.

Haeckel es reconocido como un naturalista especializado en zoología, y según algunos, desarrolló una concepción evolucionista más radical que la de Darwin o Lamarck. En sus libros "Morfología general de los organismos" (1866) e "Historia natural de la creación" (1868), postuló la teoría de la descendencia del hombre del mono.

Sus concepciones del mundo y la vida respaldan una evolución mecánica que abarca desde al átomo hasta los mamíferos superiores. Esto convierte a Haeckel en un defensor del monismo mecanicista, pues, apelando al materialismo de Spinoza, escribe lo siguiente en el primer capítulo de su libro "Enigmas del Universo":

"Nos reafirmamos en el monismo puro y unívoco de Spinoza; la materia, como substancia infinitamente extensa, y el espíritu (o la energía), como substancia sintiente y pensante, son los dos atributos o propiedades fundamentales del ser divino omnicomprensivo, de la substancia universal".

La dicotomía espíritu-materia en esta época (positivismo crítico alemán), no es admitida; no son dos opuestos, no son esencias distintas. "El monismo no conoce en el universo más que una única substancia, que es al mismo tiempo Dios y Naturaleza, Cuerpo y Espíritu, Materia y Energía; están indisolublemente unidos en ella.

Al fallecer Haeckel en 1916, la publicación alemana “Der spiegel” comparó la influencia de éste en la cultura germana, con la que ejerciera Voltaire en la cultura francesa.

Sin embargo, también las teorías evolucionistas generarían incorrecciones o problemáticas de carácter propiamente científico, que se harían evidentes luego del frenesí que las rodeó durante los últimos cuarenta años del siglo XIX.

Según Allen20, la metodología experimental que utilizaba la física sólo se había venido empleando en un campo de la biología, la fisiología. Antes de 1890 no existió una tradición experimental en citología, embriología, evolución o población. Si bien los denominados médicos materialistas (Müller, Brüke, Hering, Helmholtz) concibieron al organismo como una máquina compleja, como un mecanismo cuyo funcionamiento el hombre podría llegar a comprender con la física y la química, su enfoque fue reduccionista físico-químico.

Magendie, Bernard y Haldane consideraron que la manera correcta de abordar experimentalmente la fisiología no era aislar los órganos respecto a los procesos corporales totales, como procedían los materialistas, o estudiar los cambios o falta de ellos, sino investigar la constitución química de los fluidos del cuerpo. Y aunque se aludió a la embriología como “mecánica del desarrollo”, se hizo continua referencia a la física y la química en calidad de modelos del trabajo científico que los biólogos deberían emular.

En general, los biólogos de finales de siglo XIX y principios del XX, insistieron en que sólo mediante el reduccionismo físico-químico o la experimentación rigurosa, era posible realizar avances firmes. Tal tendencia es explicable en la indiscutible admiración que la mayoría de los biólogos de tal época experimentaron por la física, aunque lo cierto es que ésta se mantuvo a una considerable distancia.

La principal limitación consistía en que muchos biólogos no tenían preparación en física o química; lo que conocían de ellas, por lo común estaba desactualizado hasta en treinta años. Así por ejemplo, en el momento en que los biólogos comenzaron a utilizar los métodos de la física, ésta experimentó una profunda revolución interna on Einstein. Para algunos nada parecía ser realidad y se regresaba por ello al dilema cartesiano; la ciencia amenazaba ser considerada como un entramado que conceptualmente el hombre le imponía al universo. Es decir, el relativismo llevado a su máxima expresión.

Otros, empero, acogieron una visión más compleja e interactiva de los fenómenos naturales, desechando paulatinamente o de plano la visión causalista de la naturaleza, y en general las nociones de la mecánica clásica.

Fue posterior a la Primera Guerra Mundial cuando este nuevo punto de vista comenzó a penetrar en la biología, siempre a través de la fisiología. En 1903, por ejemplo, Iván Pavlov recibe el Premio Nobel en medicina por su trabajo con los reflejos condicionados, que en cierto sentido puede considerarse otra de las ramas directamente surgidas del positivismo crítico alemán de finales del siglo XIX.

Así pues, resumiendo y complementando, a través de la fisiología, el experimentalismo y los enfoques mecanicistas destacaron en biología entre 1890 y 1915, según el modelo de la física clásica. Esto venía ocurriendo desde 1850, pero bajo la perspectiva darwinista, ya sea influyendo decididamente o mediante reacciones aisladas. Es a partir del decenio de los veinte que se da inicio a una tendencia menos mecanicista, que rechaza la simplista reducción de los fenómenos biológicos a interacciones moleculares.

Más tarde, entre 1930 y 1950, investigadores acreditados en las ciencias físicas ingresarían en la biología, particularmente en la genética molecular, arrojando notables resultados.
LA FORMACIÓN DE JULIO ENRIQUE BLANCO

Partiendo de algunos de los aportes derivados tanto de la perspectiva de Julio Núñez Madachi, como de la interacción propia del autor de esta tesis con Blanco, y del análisis de otras fuentes temáticas y contextuales, la evolución intelectual del pensador barranquillero –aparejada con la de su vida personal- puede clasificarse al menos en cuatro períodos; una clasificación de suyo importante para la finalidad de este estudio, toda vez que con ella se enfatizará en la necesidad de destacar la parte que nos interesa de su producción filosófica.

El primer período de Blanco corresponde a su formación general como autodidacta, que puede ser ubicada entre 1907 y 1913; en ella se encuadran el aprendizaje del inglés, latín, griego y alemán (en ese orden); el viaje a Estados Unidos y los estudios que realiza en New York (1908); los primeros recorridos por el interior del país (1911-1913); y, en particular, las traducciones que realizara de Kant: Prolegomena zur Metaphysik y Kritik der praktischen Vernunft.

Sin embargo, a Kant llegaría luego de un intensivo proceso de lecturas, que en una primera aproximación formal21, podemos reseñar gráficamente de la siguiente manera (Ver cuadro).

Según el propio Blanco, “para estudiar yo a dichos autores, tenía que importarlos directamente. Era imposible encontrarlos en Colombia”22.

El segundo período tendría como punto de arranque la amistad que entablara con Ramón Vinyes, inmigrante catalán que llega a Barranquilla en 1914, luego de vivir en Ciénaga por espacio de un año y de trabajar en la industria bananera que en ese entonces tenía como epicentro dicha ciudad del departamento del Magdalena. Es importante tal amistad, y hay que reseñarla en la forma como lo hemos hecho, porque, sin ser Vinyes esencialmente un filósofo –antes por el contrario, presentaba algunas debilidades en tales materias-, “era capaz de leer en al menos siete idiomas”23; y además, poseía una vasta cultura, propia de su origen catalán.

Y puesto que la formación inicial de Blanco no fue exclusivamente filosófica -por el contrario, se hacía extensiva a áreas científicas, históricas, literarias, filológicas-, Vinyes sería uno de los primeros interlocutores válidos de Blanco en la ciudad, puesto que, por ejemplo, los tratos con Luis López de Mesa se iniciarían en 191724.

La figura de Vinyes, establecido entonces como librero en Barranquilla, va captando sin embargo nuevos adeptos, configurándose un conventículo en los que se debatían temáticas intelectuales de todo género, en especial, sobre las lecturas que importaban y traducían el catalán y Blanco25. El 10 de agosto de 1917 se cristaliza la idea de divulgar por conducto de una revista decenal tales discusiones, así como las lecturas que venían de la “nueva Europa”.

Es, pues, con la revista Voces, con la que Blanco se inicia oficialmente como escritor público26, destacándose los artículos que son considerados en el presente trabajo: “Causalidad biológica”, “Ideas teleológicas en Kant (I, II y III), “De Herbart a hoy”, “Camino de perfección” y “La contingencia de la vida, conduce al vitalismo psíquico de Bergson”.

Luego de Voces iniciaría un periplo por Europa que cubre su tercer período intelectual y de vida (1924-1936), que culmina con su traslado hacia Norteamérica por la guerra; de allí, dos años más tarde, de regreso a Barranquilla -cuarto período-, para ponerse al frente del Colegio Barranquilla, la Secretaría de Educación y la Universidad del Atlántico, de la cual sería su fundador y primer rector.

Para Julio Núñez no se habrían dado sino tres períodos, desde el punto de vista intelectual propiamente dicho; el primero coincide con el nuestro, en cuanto a que se refiere a su formación personal; el segundo, no tanto, ya que aquél incluye dentro de éste su producción en Voces. Es más, el propio Blanco, en sus registros o inventarios personales privados –la mayoría inéditos27-, se refiere al período 1907-1920 como si se tratara de uno solo.

Nuestra perspectiva indica sin embargo -considerando además las repercusiones de la revista Voces en el pensamiento literario y filosófico28-, que el período 1917-1920 debe considerarse de manera independiente, ya que constituye no sólo la primera expresión pública sólida de su pensamiento filosófico, sino el intento de explicar, bajo una concepción propia, un fenómeno de tanta inquietud en la filosofía de las ciencias de finales del siglo XIX en Europa: la causalidad biológica.

El tercer período -sin entrar por ahora a divagar sobre otros posteriores que estarían por descifrar-, temática o intelectualmente debería iniciarse con el conocimiento que Blanco tiene de la Teoría de la Relatividad y de su consecuente esfuerzo por adaptar sus criterios a esta nueva realidad científica. Sobre esto último, no nos ocuparemos en este trabajo.

Valga la pena advertir por lo pronto, y como un anticipo al estudio siguiente de los artículos ya reseñados, que Blanco ingresaría a ellos con nociones muy claras y precisas, sobre todo de Hume, Newton y Kant. Por cierto, la poca receptividad que en el medio tuvo este trabajo, y la animadversión o burla que se ganó de algunos por dedicarse a tratar temas abstrusos, le convertirían más tarde en un intelectual solitario. En tal sentido, la personalidad de Blanco, tímida e introvertida para afrontar embates sociales de tal tipo, no diferiría en esencia de la de Newton, cuando, en 1672, este último se vio envuelto en una amarga controversia a consecuencia de su teoría de la luz y los colores; al punto de optar por no publicar más. Sobre tal actitud diría Bertrand Russel: “Si Newton hubiese encontrado el tipo de oposición que mantuvo Galileo, es probable que nunca hubiera publicado una línea”29. La diferencia con Blanco estuvo, por supuesto, en que mientras Newton fue requerido y persuadido por Edmond Halley para que volviera a la vida pública –y entre otras cosas produjera nada menos que los Principios-, Blanco no tuvo la fortuna de tales requerimientos.
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