Asignatura: ciencia, tecnologia y concepciones del mundo






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ANTROPOLOGIA SOCIAL Y CULTURAL
ASIGNATURA: CIENCIA, TECNOLOGIA Y CONCEPCIONES DEL MUNDO.

TEMA 1: Astronomía en las antiguas civilizaciones de Egipto y Mesopotamia: El lenguaje de los astros. Presagios y adivinación. Construcción de relojes y calendarios. Los horóscopos. El Zodíaco
Hacia el tercer milenio antes de nuestra era, los territorios de Egipto y Mesopotamia disfrutaban ya de una compleja organización cultural y administrativa, regida por un monarca omnímodo que detentaba los poderes civil y religioso.

Aquellas remotas civilizaciones dirigieron primero su mirada al cielo, percibiendo el diario giro de los astros, el errático movimiento de los planetas, las constantes apariciones y desapariciones del Sol y los ciclos y fases de la Luna. La bóveda celeste era el lugar donde habitaban sus dioses más poderosos y desde donde estos enviaban sus mensajes de advertencia o amenaza. Los hombres necesitaban descifrar el lenguaje de las estrellas para contentar a sus amos del cielo y aplacar su ira; pero sólo unos pocos fueron capaces de hacerlo, impulsados quizá por una mezcla de curiosidad y temor, o por la ambición de poseer la clave del futuro, y se pusieron enseguida al servicio de los reyes, señores todopoderosos en la Tierra, emisarios de los dioses e hijos predilectos de los mismos.

Para las poblaciones del Neolítico, cuyo alimento y prosperidad dependía casi exclusivamente de la agricultura, controlar los períodos estacionales podía ser un buen motivo para estudiar el firmamento. Pero también al monarca le urgía demostrar el dominio que ejercía sobre los astros y la alianza que mantenía con los dioses. Así, conocer en qué momento debían iniciarse las labores de siembra, calcular la llegada de las lluvias y de los vientos, predecir días más largos y noches más cortas, temporadas cálidas o frías, aumentaría su prestigio y lograría el estupor de sus súbditos y, en definitiva, la permanencia en el poder.

En los cielos se buscaba además información sobre la conveniencia de comenzar una batalla o desencadenar una guerra; si peligraba la situación del monarca o la de sus herederos; si vendrían épocas de escasez y hambruna o, por el contrario, se avecinaban tiempos de abundancia y bienestar. Pues habían comprobado que cada uno de estos sucesos coincidía con un eclipse de Luna o de Sol, o con cualquier fenómeno meteorológico relevante; y si no era así, escrutaban el cielo hasta averiguar qué posición exacta ocupaban los planetas en el momento de producirse determinado acontecimiento aquí, en la Tierra.

No se trataba de una relación causa efecto, sino de una señal, un presagio; los dioses avisaban a los humanos de la posible inminencia de ciertos hechos, aunque también permitían que éstos fueran neutralizados mediante ritos apotropaicos y hechizos. Los presagios se componían de dos partes: prótasis y apódosis; o lo que es lo mismo: “ Si observamos tal y tal fenómenos”, entonces “sucederá determinada cosa”.

Hemos encontrado series de presagios astronómicos en Mesopotamia, en la Gran Biblioteca de Nínive, construida bajo el mandato del rey asirio Asurbanipal, allá por el siglo VIII a. C. Son los llamados Enuma Anu Enlil o Cuando Anu y Enlil ..., ambos, dioses del cielo y del aire, respectivamente. Esta serie consta de 70 tablillas de arcilla, escritas en cuneiforme y en ellas se registran las observaciones realizadas al Sol, Luna, planetas, fenómenos meteorológicos y estrellas, y los eventos asociados a esas circunstancias; sin embargo, su origen se remonta al Período Antiguo de Babilonia (1900 – 1600 a. C.). También conservamos las Tablillas de Venus, redactadas durante el reinado de Ammisaduqa (1646-1626 a. C.), el catálogo de estrellas Mul.Apin (es la constelación del Triángulo), cuya copia más antigua está fechada el año 687 a. C., pero que provienen del año 1000 a. C., aproximadamente, y pequeñas tablillas de forma redondeada en las que están registrados los ortos heliacos1 de muchas estrellas.

Los mesopotamios compusieron calendarios lunares con los que medir el tiempo. El año comenzaba con la primera aparición en fase creciente de la Luna, al pasar junto a las Pléyades o Mul.Mul; fenómeno que coincidía con el equinoccio de primavera2. La Luna atravesaba 18 constelaciones o asterismos3 a lo largo del año, pero éste se dividía en doce meses sinódicos4 de 29,53 días; es decir, se computaban los ciclos en los que la Luna repetía su fase. En total, poco más de 354 días al año; había, por tanto, un desfase de 11 días respecto al año solar que debían completar intercalándolos hasta hacer coincidir el paso de la Luna por las Pléyades con el año nuevo. El día se dividía en 12 horas dobles.

Como veremos, las diversas culturas asentadas en Mesopotamia realizaron un minucioso estudio del cielo, aunque hasta los últimos siglos del primer milenio no fueron capaces de predecir fenómenos e introducir complicados cálculos matemáticos, características indispensables de la astronomía científica. Sólo mediante el descubrimiento de repeticiones o ciclos en las posiciones relativas de los planetas se pudo dar este paso, lo cual no significa que desde entonces la astronomía se hubiera liberado definitivamente de la astrología, pues ambas caminaron juntas durante siglos. Asimismo, hubo que esperar al siglo V a. de C. para encontrar zodíacos de 12 constelaciones: los que hoy en día conocemos. Los primeros horóscopos datan del período seleúcida y estaban dedicados a personas individualmente.

De la astronomía egipcia conservamos pocos documentos escritos (en los papiros Ebers y Carlsberg), pero bastantes sarcófagos y templos decorados. Sabemos que en el período protodinástico usaban un calendario lunar, aunque fijando el comienzo del mes a la última visión de la Luna en estado menguante, justo antes de desaparecer. Ajustaban los 11 días de desfase anual añadiendo un mes, Thot, cada dos o tres años.

Observaron que el desbordamiento del Nilo coincidía con la salida helíaca de Sirio5 y también, aproximadamente, con el momento en que el Sol marcaba el solsticio de verano6. Así, para los egipcios, el año nuevo empezaba cuando Sirio asomaba por el horizonte. Estos sucesos condicionaron la construcción de sus calendarios; los años se dividían en tres estaciones determinadas por los trabajos agrícolas: Inundación, Siembra y crecimiento, y Recogida y agua baja, con cuatro meses cada una de ellas.

Hacia mediados del tercer milenio se sustituyó el calendario lunar por otro estelar de uso corriente en la vida civil; éste se componía de 12 meses de 30 días agrupados en 3 décadas; se agregaban 5 días extra o epagómenos, dedicados a los cinco hijos del Sol y así, hacerlo corresponder al ciclo solar7, aunque en realidad había entre ambos una diferencia de un día cada cuatro años.

Los egipcios inventaron relojes estelares alrededor del año 2400 a. C., para identificar las horas, días, décadas y meses. Componían diagramas que dibujaron bajo las tapas de los ataúdes y en los techos de los mausoleos de algunos reyes pertenecientes a las dinastías IX a XII; en ellos se anotaban los decanos8 que acompañaban el transcurso de las décadas. Este tipo de relojes fue sustituido, hacia mediados del segundo milenio, por los ramésidos, maravillosos diagramas en los que se apuntaban las posiciones relativas de los astros. Igualmente, construyeron otro tipo de relojes que identificaban el paso de las horas, aunque estas al principio, solían tener una duración variable; había relojes de sol, con dos posiciones: una para la mañana y otra para la tarde; relojes de agua (posiblemente desde el reinado de Amenhotep I) y pequeños gnomones que marcaban las horas.

Los egipcios recibieron el zodíaco de manos de los mesopotamios, en la época alejandrina (s. III a. C.); existe una bellísima representación del mismo en el techo del Templo de Hathor, en Dendera; es el llamado Zodíaco Circular, depositado hoy en el Museo del Louvre.

Existen fantásticas teorías acerca de posibles orientaciones solsticiales de los mausoleos y templos faraónicos. Pero estas hipótesis son difíciles de probar debido a la precesión de los equinoccios, o desplazamiento de los mismos motivado por el lento balanceo del eje terrestre; el ciclo del movimiento de precesión abarca unos 26000 años. Esto provoca la variación de las posiciones relativas de las estrellas; por tanto, es complicado saber si las cámaras funerarias de la principales pirámides estaban orientadas o no a ciertas estrellas o grupos de estrellas; sin embargo, no parece muy extraño que el faraón, el hijo del dios Sol, deseara reunirse con su padre después de la muerte, dejando a su espíritu viajar hacia Orión, la constelación con la que se identificaba a Osiris, el amado hijo de Ra.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
BELMONTE, J. A.: Las leyes del cielo. Astronomía y civilizaciones antiguas. Ediciones Temas de hoy, Madrid 1999

NORTH, John: Historia Fontana de la Astronomía.
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA:
GOMIS, Alberto: Las civilizaciones fluviales: Egipto y Mesopotamia. Historia Akal de la ciencia y de la técnica, vol. 2

OPPENHEIM, A. L.: La Antigua Mesopotamia. Gredos, Madrid 2003

ROMÁN LÓPEZ, María Teresa: Sabidurías orientales de la Antigüedad. Alianza, Madrid, 2004

STIOPIN, V. S.: El saber teórico (cap. I). UNED, Madrid, 2004

TEMA 2: El universo geométrico: Primeras hipótesis cosmológicas. Pitagóricos y Alejandrinos. El paradigma de Ptolomeo. Los astrolabios
Como sabemos, la paciente y exhaustiva inspección del cielo abrió el camino a la astronomía científica, apoyada ésta en complicados cálculos matemáticos y en la predicción de algunos fenómenos: eclipses, posición de los planetas en relación a las estrellas que componen el zodíaco y otros sucesos estelares. Conociendo la rutina de los cuerpos celestes estos se vieron despojados de su carácter divino. A partir de ahí, surgiría la cuestión acerca del cómo y por qué de los movimientos planetarios; no se trataba sólo de constatar hechos sino de averiguar el mecanismo que los producía. Durante los últimos siglos anteriores a nuestra era el imperio de Alejandro se extendió hacia Oriente y posiblemente hubo un intercambio de conocimientos entre las civilizaciones asiria y helena; el peso específico de la cultura se desplazó a Alejandría, donde excelentes astrónomos y matemáticos ampliaron y perfeccionaron sus respectivas disciplinas. ¿Hubo una transformación en los planteamientos, o quizá fue la racionalidad griega la que influyó en los mismos? ¿Tomaron los helenos la información y experiencia acumulada durante decenios por los astrónomos asirios y caldeos para después elaborar sus teorías acerca del universo o, por el contrario, fue su mentalidad la que les impulsó a ello?

Los sabios griegos amaban la geometría; buscaban la perfección en el orden y la armonía de la formas, en la regularidad y la proporción. Se preguntaban acerca de la naturaleza de las cosas, de su origen y su final; de por qué y cómo se desplazan, y hacia dónde van. Miraron el firmamento y descubrieron los movimientos continuos de los astros, la belleza y esplendor de su aspecto; aunque también observaron cómo algunos vagaban por la región de las estrellas fijas, unas veces dirigiéndose a oriente, otras en cambio retrocediendo hacia occidente, describiendo curvas cerradas, como bucles o lazos; estos eran los planetas: dos interiores – Mercurio y Venus – tres exteriores – Marte, Júpiter y Saturno; interiores, entre la Tierra y el Sol; exteriores, más allá de este.

Llamaron estrellas fijas a las que se movían en círculo, todos los días, de este a oeste, como el Sol. Pero el Sol también se desplazaba lentamente hacia oriente, ascendiendo poco a poco por el firmamento, hasta un punto máximo a partir del cual iniciaba su descenso para volver a encontrarse, al cabo del tiempo, en el punto de partida. Los planetas, el Sol y la Luna, el astro más próximo a la Tierra y cuya trayectoria parecía muy difícil de explicar, avanzaban hacia oriente por el estrecho cinturón de lo que hoy denominamos zodíaco, constituido por diversas agrupaciones de estrellas y constelaciones.

Pronto comprendieron que la Tierra era esférica y que el eje en torno al cual giraban diariamente los astros estaba inclinado, de tal modo que algunos asterismos no desparecían nunca, mientras otros salían y se ocultaban periódicamente.

El observador que contemplaba todo esto creía hallarse sobre una Tierra inmóvil, situada en el centro del mundo: Parecía como si todo el universo se ordenara en capas concéntricas hasta un límite no muy lejano, salvaguardado por las estrellas fijas. Los pitagóricos advirtieron dos movimientos contrarios en el Sol; el primero sería el que le obliga a desplazarse diariamente alrededor de la Tierra, y el segundo consistiría en ese progresivo ascenso, hacia oriente. Filolao, uno de los miembros de esta escuela, imaginó el cosmos distribuido en tres esferas concéntricas; la primera, bordeada por un fuego inextinguible, sería el Olimpo o región de las estrellas fijas; después, vendría el Mundo, lugar donde se alojan los planetas, el Sol y la Luna; a continuación estaría el Cielo o zona sublunar, sometida al cambio y a la corrupción; aquí se ubicaría la Tierra, con su fantasmal gemela Antitierra. Todas las esferas rodarían en torno al fuego central, tan eterno e inmutable como el resto de los cuerpos celestes.

Que los astros y planetas son incorruptibles e imperecederos, eternos e inmutables, con tersas superficies cristalinas y que describen trayectorias perfectamente circulares, fue una idea admitida durante siglos, hasta que Galileo descubrió imperfecciones y manchas en la Luna y el Sol. Respecto al movimiento de la Tierra, Hicetas y Ecfanto de Siracusa – dentro del ámbito pitagórico – y Heráclides de Ponto y Aristarco de Samos, lo defendieron; mientras Eudoxo de Gnido (s. IV a. C.), célebre matemático coetáneo de Platón, lo negó. El universo de Eudoxo compone un gigantesco artilugio de 27 esferas homocéntricas engranadas unas en otras, con velocidades, movimientos y rotaciones distintos, para dar explicación así del complejo ir y venir de los planetas.

El modelo astronómico de Eudoxo fue recogido por Aristóteles, quien añadió, intercaladas, una nueva serie de esferas con giros contrarios a las primeras, pues rechazaba el vacío, creyendo evitar de esta manera posibles fricciones y chirridos, algo sorprendente si estamos hablando de superficies completamente pulimentadas. El filósofo de Estagira argumentó además de un modo concluyente que el universo es finito porque las estrellas tardan un sólo día en efectuar su revolución alrededor de la Tierra.

Uno de los discípulos de Aristóteles, Heráclides de Ponto, mejoró el esquema de su maestro: los planetas inferiores, Mercurio y Venus, giran en torno al Sol, el cual a su vez lo hace alrededor de la Tierra; ésta permanecería enclavada en el centro pero rotando en torno a su eje; las estrellas fijas, entonces, no se moverían. Como vemos, los atenienses modelaron interesantes hipótesis cosmológicas.

Aristarco de Samos, Eratóstenes de Cirene e Hiparco de Ponto fueron los más célebres astrónomos de la época alejandrina. Aristarco (nació hacia el 310 a. C.) fue el precursor de Copérnico: el Sol estaría en el centro del sistema, tan inmóvil como las estrellas; mientras la Tierra ostentaría ambos movimientos, de traslación y de rotación. Aristarco intentó calcular los tamaños y distancias de la Tierra, la Luna y el Sol, sirviéndose de triángulos pitagóricos; el procedimiento utilizado fue impecable, aunque los resultados obtenidos no fueron correctos.

Eratóstenes (275 – 194 a. C.) dedujo la circunferencia de la Tierra a partir de la longitud del arco comprendido entre las ciudades de Siene y Alejandría. Su argumento era perfecto, pero los datos de partida fueron erróneos. Intentó medir el ángulo de incidencia de los rayos solares en la ciudad de Alejandría, a mediodía, en el preciso instante en que, supuestamente, el Sol se hallaba situado verticalmente sobre el pozo de Siene. Sin embargo, obtuvo una excelente aproximación.

Eratóstenes es famoso también por haber diseñado el calendario que posteriormente adoptó Julio César en el año 46 a. C. Como sabemos, el año trópico solar, o período entre dos equinoccios vernales consecutivos, dura aproximadamente 365,2422 días solares; el calendario solar egipcio, vigente en aquella época, constaba de 365 días; el error computado sería de aproximadamente un día cada cuatro años. A Eratóstenes se le ocurrió entonces añadir un día extra a los años múltiplos de 4. Sin embargo, este arreglo no era suficiente, pues si hallamos la media anual de días en esos cuatro años obtenemos una cifra de 365,25 días, distinta a la del año trópico ; el desfase computado ahora es de, más o menos, un día cada 128 años. En 1582 el fallo acumulado era de casi 10 días, y la fiesta cristiana de Pascua no coincidía entonces con el primer domingo después del plenilunio de primavera, el 21 de marzo, tal como quiso y convino la Iglesia a partir del Concilio de Nicea del año 325; así, en ese mismo año de 1582, el equinoccio de primavera cayó el 11 de marzo. El papa Gregorio XIII encargó a Antonio Lilio la reforma del calendario juliano, la cual contendría los siguientes preceptos: 1º) El día siguiente al 4 de octubre de 1582 sería el 15 de octubre de ese mismo año. 2º) Serán bisiestos todos los años y comienzos de siglo múltiplos de 4. De esta manera, la discrepancia con el año trópico es de un día cada 3300 años.

Hiparco (floreció el 140 a. C.) observó el cielo con mucho detenimiento, llegando a catalogar hasta 1080 estrellas, calculando también sus posiciones relativas. Descubrió además un astro nuevo, en contra del postulado aristotélico acerca de la inmutabilidad del firmamento, y la precesión de los equinoccios: movimiento circular trazado por el eje de la Tierra, parecido al que describe una peonza cuando gira muy próxima al suelo, y debido al cual, aparentemente los grupos de estrellas cambian de lugar. La obra de Hiparco influyó mucho en los astrónomos que le sucedieron, pues advirtió que la Tierra no estaba situada en el centro de la órbita solar, sino un poco desplazada hacia afuera, como 1/24 del radio de la circunferencia trazada por el Sol; a este fenómeno se lo denomina excentricidad.

El modelo geométrico concebido por Claudio Ptolomeo (s. II d. C.) se apoyó conceptualmente en el análisis de las curvas desarrollado por Apolonio de Perga (s. II – I a. C.) en las famosas Cónicas. En su interior se hallaría la Tierra, inmóvil, pero apartada del centro geométrico de las restantes órbitas circulares, llamadas deferentes; cada uno de los 5 planetas conocidos describiría pequeños círculos o epiciclos, cuyo centro se deslizaría por su respectiva circunferencia deferente; la composición de ambos movimientos conseguiría efectos de aceleración o retraso en la velocidad aparente de los planetas, pues la suma de ambos giros en el mismo sentido, suma las velocidades, mientras que si estos se realizan en sentido contrario, las velocidades se restan. Así, el planeta dibujaría una línea espiral sobre el fondo estelar; una sucesión de curvas retorcidas y bucles. Mercurio y Venus rotarían de esta manera en torno al Sol, el cual, a su vez, lo haría alrededor de la Tierra. Los otros planetas se desplazarían por sus respectivos epiciclos. Sin embargo, Ptolomeo encontró muchas dificultades para explicar las irregularidades y sorpresas advertidas en las trayectorias de Marte y Mercurio y complicó cada vez más sus diseños, introduciendo ecuantes móviles; es decir, los centros de algunos de los círculos ya no permanecerían fijos (El Almagesto).

El sistema cosmológico ptolemaico, como el de Aristóteles, se ordenaba pues en gigantescos orbes cristalinos concéntricos, en constante movimiento circular y uniforme alrededor de la Tierra. Los planetas estarían formados de una sustancia divina y sutil: el éter. Nada de esto, excepto la franja sublunar, se vería sometido al cambio y la corrupción.
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