02,23 pl de refugiados españoles, pp de rostros de niñOS, de mujeres y niñOS, de muchas personas con algunos maletas y enseres, pl y pp de hombres, mujeres




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1983

Narrativa. Noticia sobre la presentación del libro de Pedro Laín titulado 'El exilio español en México (1939-1982)'. El libro recoge las importantes huellas que han dejado, durante más de cuarenta años, los entre 30.000 y 40.000 refugiados republicanos españoles en México, tanto en la vida cultural, científica y económica de las comunidades hispanas. Firma y Fecha: José F. Beaumont (21/02/1983)

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Prieto, a los 100 años INDALECIO PRIETO -el centenario de cuyo, nacimiento se cumplió el pasado mes de abril y que se celebra ahora con algún acto aislado, y sobre todo con la memoria de su fecundidad como ministro de Obras Públicas- fue un gran socialista, cuyos rasgos, los más circunspectos y los más elegantes, se encuentran en la forma de trabajo de sus herederos de partido. Incluso con los mismos riesgos. Si la II República fue un asombroso retablo de políticos vivos y humanos, sobresaliendo por encima de disciplinas de votos y obediencias de partido, revelados por una situación real de libertad y de sinceridad de pensamiento en todos los sectores, el primitivo partido socialista ofrecía una amplísima galería de personajes, todos ellos de una sorprendente riqueza de doctrinas, anécdotas, características... Del Largo Caballero, enjuto y puritano revolucionario, al instintivo, orondo y vital Indalecio Prieto, su rival eterno, se podía pasar por nombres tan brillantes intelectual y políticamente como los de Fernando de los Ríos, Araquistáin, Besteiro, Anguiano, Saborit... Era un socialismo generalista, presente en todas las situaciones españolas, nutrido de fuentes diversas que formaban como un panorama amplio de la izquierda española, desde el kirausismo y el marxismo hasta la mera actitud republicana y enciclopedista, con reminiscencias de Rousseau, de la naturaleza buena del hombre y del librepensamiento. Prieto, vendedor de alfileres y diarios en Bilbao, lector de libros y periódicos, político nato, taquígrafo y luego orador en el Congreso, mucho más fino y más sutil que lo que hacía suponer su lenguaje deliberadamente bronco, de hombre de la calle y de periodista polémico -lo fue, hasta su extinción, en Siempre, de México-, que a veces utilizaba hasta para espantar a sus más distinguidos y melindrosos compañeros de partido, como Fernando de los Ríos, fue principalmente un socialista de clase media, inquieto por unas alianzas obreras que, según él, el país no podría soportar. Algunos de sus compañeros y los partidos de la izquierda más extrema le culparon de pesimista, de depresivo y hasta de cobarde. Más o menos fueron los adjetivos que se emplearon con Azaña, con el que estuvo muy ligado (con los idearios de los dos se podría componer un pensamiento español de la otra tradición). Algunos críticos creen que si Prieto y Azaña hubieran tenido mayor decisión, la República se habría salvado: que fue su pesimismo el que creó la situación sin salida, y no la inversa. Mera cuestión de juicios de historiadores, pero siempre dignos de examen y análisis. En todo caso, y aunque las circunstancias históricas no se repiten nunca de la misma manera, la lección de Prieto podría estudiarse ahora por quienes son prietistas sin querer recordarlo demasiado. La noticia en otros webs Prieto tampoco fue marxista. O lo fue de oído. A veces confesaba que no había leído nunca a Marx, pero nunca se supo si fue una de sus frases. La que quedó escrita (en 1935) fue ésta: "El marxismo, aun descontadas las rectificaciones que la marcha del mundo ha impuesto a su parte profética, es, por la excelsa justicia que inspira su ideario, por la exposición científica de éste y por su profundo análisis de los fenómenos económicos, algo gigantesco; pero la vida, en sus aspectos infinitos, es mucho más vasta que el marxismo, el cual no puede abarcarla enteramente". El aprendizaje de vendedor callejero, periodista y taquígrafo antes que parlamentario le dio estas dimensiones, de las que el displicente y lejano Madariaga se burlaba con la ironía del sabihondo: "Es un diamante en bruto, pero muy en bruto", aunque le concedía "una honradez a carta cabal". Otra derecha más pragmática le vio otras posibilidades. Giménez Caballero llegó a suponer en él las condiciones de un Duce, de un Mussolini español -lo cual indignaba a Prieto-, y José Antonio Primo de Rivera le veía a veces muy próximo a su propio ideario. De todo ello vino la idea, extendida entre algunos historiadores, de que si Azaña hubiera entregado la presidencia del Gobierno a Prieto se habría evitado la guerra civil. Estas ideas posteriores son siempre improbables. En todo caso, la lectura de Prieto sigue siendo muy útil y muy esclarecedora. Sobre todo, los Discursos fundamentales y, dentro de ellos, el que ya en el exilio mexicano llamó Confusiones y rectificaciones. Un hombre que cumpliría ahora 100 años y que ofrece mucho para reflexionar sobre la España de hoy.

1983

Narrativa. El País dedica su editorial a Indalecio Prieto, en su centenario. El diario analiza la personalidad y la trayectoria política de este político socialista, cuyos rasgos, los más circunspectos y los más elegantes, se encuentran en la forma de trabajo de sus herederos de partido. Fecha de publicación: 28/12/1983

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Eulalio Ferrer Eulalio Ferrer, dirigente de las Juventudes Socialistas durante la guerra civil, corresponsal de guerra, responsable de la revista Mercurio en la capital mexicana dirige ahora, más de cuatro décadas después de abandonar España, la agencia de publicidad más importante de México. La suya es una historia apretada, llena de acontecimientos. A los 16 años se convirtió en el capitán de milicias más joven de España. En 1940, tras conocer los campos de concentración del Sur de Francia, inició un largo viaje de 41 días a bordo del Cuba que, tras diversos avatares, le conduciría a tierras mexicanas. Desde la terraza de la cafetería que se abre sobre la segunda playa de El Sardinero y que permite dominar los jardines de Piquio y a lo lejos el faro de cabo Mayor, Eulalio Ferrer contempla el paisaje santanderino y aviva la memoria histórica. "Mi vuelta a Santander en 1969 estuvo dominada por el recuerdo de la guerra. Cuando entro por el Escudo me voy deteniendo, reconociendo los lugares donde perdí aun amigo, donde se libró una dura batalla, donde escribí una crónica de guerra...". Confiesa Ferrer que esos recuerdos se sobreponen a la nueva realidad y la deforman al mismo tiempo.Recuerda Ferrer a aquellos que desde el otro lado del Atlántico vivieron con él los primeros años del exilio. A Matilde de la Torre, escritora, folklorista, diputada socialista, con la que le unió, después del encuentro casual en la Redacción del diario radical-socialista La Región, de Santander, no sólo la amistad, sino un cierto destino compartido. Matilde de la Torre aparece de nuevo en la vida de Ferrer en Burdeos, cuando cientos de republicanos españoles huyen de la ocupación alemana de Francia. En el Cuba, fletado para trasladar a los exiliados españoles a la República de Santo Domingo, donde el dictador Trujillo se niega a cumplir sus compromisos, viajaron, no sin dificultades, hasta México. "Matilde nunca pensó que no regresaría a España, estaba convencida de que volvería y se dedicaría a la vida docente, porque su verdadera vocación era la ciencia antropológica, a la que dedicó muchas horas de su vida". Si Matilde no regresó nunca, sí lo hizo Ferrer, entre la desconfianza de quienes le veían como el exiliado socialista que fue y aquellos que le consideraban un indiano. Su deseo de vincularse con Cantabria más allá de la relación personal o del viaje le llevó en 1975 a promover la creación, junto con el Ateneo de Santander, de un, premio de novela que inicialmente llevaría el nombre de su padre. De éste recibió Ferrer el ejemplo político, pero también el interés por el periodismo, profesión que viviría desde muy joven en los talleres del diario en el que su padre trabajaba de linotipista. Ferrer, tras participar en la batalla del Ebro, llegó a Barcelona cuando la suerte de la II República estaba echada. En el castillo de Figueras mandó la guardia cuando se produjo la última reunión de las Cortes Españolas. Después, la frontera francesa y el atardecer de Colliure, donde descubrió entre los refugiados a Antonio Machado y a su anciana madre. Ateridos de frío y desamparados, Ferrer les acompaña hasta la noche, despidiéndose con un hasta mañana qué no se cumpliría. Al entrar en el campo de refugiados de Argelés-sur-Mer observa cómo un grupo numeroso de hombres se disputa el pan que les arrojan los soldados senegaleses. Cuando la aglomeración se dispersa, un hombre de edad avanzada queda maltrecho en el suelo. Ferrer reconoce a su padre, dirigente de la UGT, con cuya ejecutiva ha abandonado también España. En el exilio, Ferrer se encargó de dirigir la revista Renovación, que las Juventudes Socialistas editan para América Latina; así establece una estrecha relación con Indalecio Prieto. "Como personaje político, fue el de más sustancia que produjo la República". En una pequeña habitación Prieto le fue abriendo su memoria ante el dictáfono. "Dictaba poco y aprovechaba la ocasión para satisfacer las gulas que en su casa le prohibían". Años después, escuchó la grabación Felipe González. "Es buen orador, pero no actual", dijo.

1984

Narrativa. Víctor Gijón entrevista a Eulalio Ferrer. Dirigente de las Juventudes Socialistas durante la guerra civil, ha sido corresponsal de guerra, responsable de la revista Mercurio en la capital mexicana, y director de la primera agencia de publicidad de México. Fecha publicación: 17/08/1984

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La singularidad de Julián Besteiro La historia -pese a lo que se ha dicho desde el comienzo de la civilización- no se repite nunca. O, más precisamente, "la historia es la ciencia de lo que sólo ocurre una vez" (como lo formuló, Charles Seignobos). Esta afirmación se aplica, patentemente, a las historias individuales, a las biografías personales: cada ser humano es absolutamente único, irrepetible antes y después de su existencia. De ahí que pudiera escribir Manuel Azaña: "La cinta brillante y fugitiva de la conciencia personal, donde tantos hilos se urden, es cada vez más delicada más sensible, más dificil de reducir a una forma escueta". Añadiendo Azaña que quien intente restaurar vidas pretéritas ha de esforzarse en ser fiel a la totalidad biográfica individual "Excluir de ella cualquier rasgo es una mutilación preñada de inexactitudes y de injusticias" Diríase que Azaña se adelantaba a sus biógrafos venideros para advertirles de los peligros de su tarea reconstructora. ¡Y con cuánta razón profética! Azaña dejó, sin embargo, muchos y muy variados textos que permiten al historiador aproximarse a su paradigma biográfico. Mas ¿cómo atreverse a esbozar siquiera la singularidad histórica de Julián Besteiro, una de las individualidades, políticas e intelectuales, españolas del siglo XX más difícilmente encasillables, aun siguiendo los principios biográficos aludidos? Porque, en verdad, desde que existe este país corno entidad histórica, como tantos y tantos españoles, Julián Besteiro se llevó su secreto al más allá. Es obligado, no obstante, tratar de situar su más que enigmática figura en la historia española, en éste, quizá, el más trágico de sus diez siglos.Por el año de su nacimiento (1870), pertenecía Julián Besteiro a la generación de 1898, pero, por su formación intelectual, debe vérsele como un integrante de la generación de 1914 (Azaña, Ortega, etcétera), ya que, como sus hombres más representativos, completó sus estudios en la Europa transpirenaica (sobre todo, Alemania). Aunque, en contraste con ellos, Besteiro no se sumó a la Liga de Educación Política, fundada o por Ortega y Azaña en 1913. Besteiro (que había pertenecido a dos partidos republicanos muy opuestos, la Unión Republicana de Salmerón y el Partido Radical de Lerroux) optó por unirse en 1912 al PSOE de Pablo Iglesias, y, por supuesto, a la UGT. Fue, así, Besteiro uno de los muy contados jóvenes intelectuales españoles que ingresaron entonces en el PSOE, llegando a ejercer altos cargos directivos tanto en la UGT como en el partido. Conoció una vez más la cárcel (una conferencia de 1911, en la Casa del Pueblo madrileña, antes de ingresar en el PSOE, motivó una breve estancia en la cárcel Modelo), tras la huelga general de 1917: experiencias carcelarias que no tuvieron apenas ninguno de los hombres de su generación intelectual. Podríamos, así, calificar a Julián Besteiro de socialista de hueso colorado (diciéndolo al modo mexicano) para acentuar la intensidad de su entera adhesión a las organizaciones obreras mencionadas. Parecería, pues, que a Besteiro podría encasillársele fácilmente en cuanto a ideología y filiación políticas. Mas cuando los republicanos españoles empezaron a conspirar, durante el Gobierno dictatorial del general Primo de Rivera, Besteiro se opuso tajantemente a toda participación socialista: por su marcada des confianza respecto a los llama dos radicales de Lerroux (con un historial de gestiones municipales bastante turbias) y por su arraigado marxismo, que le hacía ver en la Alianza Republicana un conglomerado esencialmente burgués, cuyos móviles y metas no podían favorecer a lo obreros y campesinos de la so juzgada España. Recordemos que, en esta actitud, Besteiro difería visiblemente de Indalecio Prieto y también de su antiguo compañero institucionista Fernando de los Ríos, que colaboraban, a título personal, con los conspiradores republicanos. Sin embargo, una vez proclamada la Segunda República, Julián Besteiro fue visto por miles de españoles como el jefe de Estado más idóneo para el nuevo régimen, lo que explica que fuera finalmente escogido para la presidencia de las Cortes Constituyentes. Cargo que desempeñó con una imparcialidad ejemplar, pese a la presencia en aquel Parlamento de numerosos indisciplinados de todo género (jabalíes los llamó Ortega).. Pero Besteiro, señero -¡y más si cabe!- como un speaker (presidente) de los Comunes británicos, ponía orden y silencio en muchas noches de desbordamientos verbales e ideológicos. Años más tarde, ya en el exilio, o en la sombría España de la inmediata posguerra, fueron muchos los españoles que soñaron retrospectivamente con una Segunda República presidida por la ecuanimidad de Besteiro: la España posible de Besteiro. Se ha hablado, desde 1931, de Azaña como la gran revelación de aquellas Cortes y del Gobierno de la Segunda República. Pero no se ha señalado que también descubrieron la mayoría de los españoles activos en la política republicana la capacidad de Besteiro para regir su país (aunque sólo fuera ceremonialmente) en las nuevas circunstancias históricas. Azaña decía (parafraseando antiguos pensamientos españoles) que lo más difícil para un hombre de gobierno es administrar bien una victoria. ¿Sería acaso excesivo mantener que tal papel cupo a Besteiro en las Cortes Constituyentes, sobre todo entre julio y diciembre de 1931? No me parecería tampoco arbitrario sostener que el Besteiro de 1931-1936 era ya otro hombre, otro socialista español. No sólo por su difícil experiencia parlamentaria, sino, sobre todo, por las crecientes fracturas del cuerpo socialista a partir de la derrota electoral del otoño de Pasa a la página siguiente La singularidad de Julián Besteiro Viene de la página anterior 1933. Los que podemos llamar socialistas extremosos, encabezados por Francisco Largo Caballero, empezaron a dominar tanto en la UGT como en el PSOE, confirmándose así en Besteiro sus temores de 1930: el pueblo español no estaba aún maduro para el cambio de régimen acaecido el 14 de abril de 1931. Tras la mal llamada revolución de octubre (1934), Besteiro se apartó prácticamente de la política, mientras su adversario en el PSOE, el turbio (éticamente) y maquiavélico Luis Araquistáin -que ha recibido honores póstumos españoles que está lejos de merecer- se hacía con la dirección ideológica de su partido. No fue de extrañar así que, al iniciar se la sangrienta contienda de 1936-1939, se situara Besteiro en el exiguo terreno de la llamada tercera España. Y cuando el doctor Negrín sustituyó a Largo Caballero a la cabeza del Gobierno republicano, Besteiro se empezó a ver a sí mismo como el posible instrumento de una rendición de la España republicana: recordemos de paso que Besteiro y Juan Negrín se habían conocido en Leipzig (1911) y, quizá desde entonces, había entre ellos una relación que podría verse como una permanente y mutua hostilidad temperamental. De todos modos, es manifiesto que, cuando Besteiro regresó de Londres (1937), dominaba en el pueblo español, que defendía sus libertades, el temple combativo de Juan Negrín. Besteiro no pudo compartir el ejemplar ánimo de sus compatriotas, mas no fue, ¡claro está!, un traidor, como le llamaron entonces muchos de ellos. Años más tarde, un anarquista español (cuyo rostro quijotesco no puedo olvidar: ¿vivirá todavía?) me dijo: "Todos los intelectuales de la Segunda República fueron unos despreciables traidores, menos uno, Besteiro". Añadiendo, para mayor asombro mío: "Los demás huyeron, mientras él se quedó a sufrir la tiranía, junto a su pueblo". Mas ¿no sería aquella imagen que deslumbró a un, muchachito español (interno entonces en un liceo de París) la conjunción de la conducta de Besteiro, en aquel sombrío Madrid de marzo de 1939, y su atroz muerte, hace ahora medio siglo? En verdad, la muerte de Besteiro fue una prueba más de la inconcebible crueldad de los vencedores de 1939. En contraste con lo expresado por el atribulado presidente Azaña -"No se triunfa nunca contra compatriotas"-, el régimen caudillista tuvo como meta primera el exterminio de miles de españoles. Así, Besteiro, sin quererlo verdaderamente él, se transformó en símbolo del dolor inmenso de su España. Como en el caso de Unamuno, la muerte devolvió a Julián Besteiro su propia y perenne singularidad histórica: la de una integridad humana excepcional entre los intelectuales españoles de la generación de 1914.
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