02,23 pl de refugiados españoles, pp de rostros de niñOS, de mujeres y niñOS, de muchas personas con algunos maletas y enseres, pl y pp de hombres, mujeres




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1990

Narrativa. Tribuna del historiador Juan Marichal sobre la figura de Julián Besteiro. En ella intenta trazar un perfil de una de las figuras más enigmáticas de la historia de España. Para ello analiza su trayectoria política y lo compara con otros políticos de la época con los que tuvo relación: Manuel Azaña, Juan Negrín, etc. Fecha de publicación: 30/09/1990

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La noche en que México homenajeó a lo grande a Eulalio Ferrer Eulalio Ferrer, el gran publicista español afincado en México, no pudo contener la emoción y, con los ojos humedecidos, se abrazó a la gran cantante Lola Beltrán mientras el mariachi Vargas, uno de los mejores grupos del género, hacía sonar el compás dulce de sus violines y trompetas. Era la medianoche del jueves 11, y Eulalio Ferrer, viejo hombre de paz, recibía en México, la ciudad que en 1940 le acogió para siempre, el mayor homenaje de su vida al cumplir 50 años de vida profesional.El publicista Ferrer, doctor honoris causa por la Complutense y mecenas cultural en su natal Cantabria, acababa en ese momento de agradecerle primero al editor Jesús de Polanco, representante de sus amigos de España, y después al escritor Carlos Fuentes, que ejercía el mismo mandato de los de México, ser los dos únicos oradores de un homenaje que reunió en el Centro Asturiano de la capital mexicana a un millar de personas, la mayor parte de ellas vinculadas al mundo de las letras, las artes y la comunicación. Allí estaban el embajador de España, Juan Pablo de la Iglesia; el presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Rafael de Tovar y de Teresa; el premio Nobel Gabriel García Márquez, el historiador José Luis Martínez, el pintor José Luis Cuevas, el antropólogo Santiago Genovés, los filósofos Alfredo Sánchez Vázquez y Ramón Xirau, los periodista José Carreño Carlón y Jacoho Zabludowsky, los escritores Fernando Benítez, Carlos Monsivais y Paco Ignacio Taibo, el gran maestro de la tauromaquia Silverio Pérez; los alcaldes Manuel Huerta, de Santander, José Gutiérrez Portilla, de Torrelavega, y Anastasio López, de Alcázar de San Juan; el rector mexicano José Sarulkán, el arquitecto Pedro Ranúrez Vázquez, los empresarios españoles afincados en Mexico Ángel Losada y Antonio Ariza, y tantos otros amigos, entre ellos cuatro viejos compañeros socialistas del campo de concentración francés en el que fue internado Ferrer, ex capitán del Ejército republicano, terminada la guerra española. Ferrer, el hombre que recientemente logró incluir en el Diccionario de la Real Academia Española el verbo cantinflear, no pudo compartir la felicidad de tan señalado día con uno de sus mejores amigos: el recientemente malogrado Mario Moreno, también su compadre. Parte de esas lágrimas que caían sobre los hombros de la genial Lola Beltrán lo eran en su recuerdo. Como lo fue también el recuerdo de tantos amigos que le acompañaron en México en estos 50 años, algunos al principio, como Indalecio Prieto, y otros después, como Pedro Vargas, Agustín Yáñez o Agustín Lara, también fallecidos. Jesús de Polanco, que abrió el homenaje, reveló que fue hace más de 30 años en América, con personalidades de la talla de su amigo Ferrer, cuando conoció a la otra España, "de la que aprendí asignaturas tan elementales como la libertad y la esperanza". En su opinión, "España no ha sido lo suficientemente agradecida con México y con el presidente Lázaro Cárdenas por la acogida que se le brindó al exilio republicano". El otro orador, Carlos Fuentes, tuvo también un agradecido recuerdo para aquellos intelectuales de la República que aportaron sabiduría y magisterio a tantas generaciones que se educaron con ellos de este país. Y señaló: "Eulalio Ferrer honra a México y a España hermanando a nuestros dos países. Fue recibido como hermano de sangre y lengua, y hoy es el constructor de ese puente indestructible que une el Cantábrico con el golfo de México".

1993

Conmemoración. Eulalio Ferrer recibe en México, la ciudad que en 1940 le acogió para siempre, el mayor homenaje de su vida al cumplir 50 años de vida profesional. El acto en honor del publicista Ferrer, doctor honoris causa por la Complutense y mecenas cultural en su natal Cantabria, reunió en el Centro Asturiano de la capital mexicana a un millar de personas, la mayor parte de ellas vinculadas al mundo de las letras, las artes y la comunicación. Firma y fecha de publicación: Fernando Orgambides (13/11/1993)

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Una gran dama Doña Dolores de Rivas Cherif, viuda de don Manuel Azaña, presidente de la República, fue una gran dama. Pocas veces esta expresión se aplicará con más propiedad, justicia y legitimidad a una persona. Compañera enamorada de Azaña, seguirá su destino -fortuna, guerra, exilio- con discreción máxima. Ya solitariamente, sin hijos, vivirá con su familia consanguínea en el destierro mexicano -el gran país acogedor y fraterno- más de 50 años.No fue fácil su vida, como no lo fue para nadie en los terribles años de incivil guerra y posguerra. Pero doña Lola supo en todo momento reconvertir la dificultad, asumiéndola en dignidad sobria y apacible: humor, ironía y comprensión llenaban sus relatos y recursos, lúcidos y detallados, todo envuelto en un candor amable y dulce. Mis tres residencias mexicanas -1939-1957, 1977-1979, 1982-1985-, de una u otra forma, remiten a esta gran figura de la sencillez. Mis memorias infantiles, niño exiliado en el México de los cuarenta y cincuenta, están, en efecto, llenas de estas imágenes, junto con las de otras personalidades republicanas. Doña Lola, en este contexto, representaba en la tragedia la serenidad, y en el extrañamiento, la grandeza moral y humana. Su modesta casa acogía a todos como símbolo de reconciliación y necesaria unidad. Mi segunda residencia, no ya como refugiado (los españoles, en México, los trasterrados por la guerra civil, luego empatriados -en afortunada expresión de Gaos-, no éramos exiliados, sino refugiados), fue corno consejero cultural de la Embajada, al restablecerse las relaciones diplomáticas en el Gobierno de -Adolfo Suárez: México, como es sabido, era el único país que mantenía el reconocimiento de la República española en el exilio. Mexicanos y españoles podríamos contar incidencias y problemas que culminaron en este reencuentro democrático, aunque algunos ya han desaparecido: Jesús Reyes Heroles, Santiago Roel y Rodolfo Echeverría; Adolfo Suárez y Marcelino Oreja; Enrique Tierno Galván, Amaro González de Mesa y Raúl Morodo. En este periodo, 1978, tuvo lugar el encuentro de doña Lola Azaña con los Reyes de España. La carga, simbólica era grande. Y la iniciativa fue de doña Lola. Me llamó -a través de su sobrina Susana, compañera del legendario Colegio Madrid- para decirme, después de meditarlo largamente, que quería saludar a los Reyes. Recuerdo más o menos sus palabras: "Lo he pensado mucho. Sé que algunos no lo comprenderán y otros lo creerán prematuro, pero me he dicho: ¿qué haría mi marido como ex presidente de la República si viviera? Estoy segura que habría ido a saludar al Rey democrático de todos los españoles. Él no puede hacerlo; yo lo haré en su lugar". En su razonamiento había algo ya generalizado: la reconciliación necesaria. Pero hay algo más: la actitud del rey Juan Carlos. Para algunas personas, esta entrevista era también prematura, pero desde otra perspectiva: aceptar el hecho histórico y simbólico de la República por parte de la monarquía. La cuestión quedó zanjada, sin plantearse polémicamente, cuando el Rey, al repasar el programa de la visita, de forma espontánea preguntó: ¿No es ya muy mayor doña Lola? ¿No debería ir yo a verla a su casa? Con estas dos sencillas preguntas la entrevista estaba asegurada. Y, en efecto, el encuentro -al que asistía yo como privilegiado introductorse produjo en uno de los salones recogidos de la Embajada. Y guardo aquella foto como uno de los recuerdos más preciados de nú carrera: un Rey juvenil y simpático, una Reina amable y acogedora y una Dolores Azaña emocionada hasta las lágrimas. Pasó el tiempo, y volví en mi tercera residencia mexicana como embajador, cerrando así el círculo del realismo mágico: de niño del exilio republicano a representante del Rey legítimo de una España tolerante y abierta; Ia mueca del odio apaciguada", que diría Enrique Díez Canedo. Doña Lola -la tía Lola- nos contaba mil y una anécdotas, maravillosamente relatadas con una minuciosidad Prodigiosa. Por esas coincidencias que bordean el milagro fui yo también quien, pasados cinco años, le presenté -después de capear una tormenta sobre México- al presidente del Gobierno, Felipe González. En otra ocasión memorable conseguí reunir en la residencia de la Embajada a Lola Azafia y a Concha Prieto, la fogosa e inquieta hija de don Inda. Había que oírlas rivalizar aportando precisiones y detalles a recuerdos comunes y quejarse a la vez de su mala memoria. Caían en la paradoja evocada por Luis Rius, uno de los malogrados poetas de la generación exiliada y biógrafo de León Felipe -el poeta barco-, que se lamentaba de la exacta persistencia de sus impresiones pasadas: "Siempre olvido olvidar por aquella horrible falta de memoria mía". Durante tres años, mi mujer, Regina, y yo intentamos convencer a doña Lola para que volviera a España y visitara de nuevo Madrid y Alcalá de Henares, La Granja y El Escorial. La respuesta era siempre la misma: "No puedo volver; no podría resistir ver los lugares por los que me paseaba con mi marido y verlos sin él; no lo resistiría". Y así ha sido. Se ha ido sin volver, arropada por sus memorias y su modestia, y por el cariño inmenso de todos los que la conocimos y quisimos.

1993

Narrativa. Tribuna de Emilio Casinello Aubán, ex embajador de España en México, sobre Dolores de Rivas Cherif, viuda de Manuel Azaña, a la que define como “una gran dama”, y que acaba de morir. Compañera enamorada de Azaña, seguirá su destino -fortuna, guerra, exilio- con discreción máxima. No fue fácil su vida, como no lo fue para nadie en los terribles años de incivil guerra y posguerra. Pero Dolores supo en todo momento reconvertir la dificultad, asumiéndola en dignidad sobria y apacible: humor, ironía y comprensión llenaban sus relatos y recursos, lúcidos y detallados, todo envuelto en un candor amable y dulce. Fecha de publicación: 10/05/1993

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Así murió Durruti El mítico dirigente anarquista Buenaventura Durruti murió al disparársele fortuitamente su propio fusil mientras discutía con uno de sus ayudantes.El testimonio de quien fuera su chófer, Clemente Cuyás, contradice la versión oficial mantenida durante años de su muerte en combate en la defensa de Madrid, a los pocos meses de comenzar la guerra civil. Cuyás, de 78 años, asegura ahora que él y los otros siete testigos del accidente se juramentaron entonces para mantener el secreto y no desmerecer el mito de uno de los líderes más carismáticos de la CNT.El día de su muerte, Durruti (León, 1896-Madrid, 1936) se encontraba en una vía de la Ciudad Universitaria de Madrid, a pocos metros de la línea de fuego, empenado en evitar que los milicianos arrancaran las traviesas de los ferrocarriles para hacer fuego. "El compañero Durruti estaba muy enojado con su centurión Bonilla por los destrozos en las vías, ya que creía que se cometía un sabotaje inútil a nuestros propios intereses", dice Cuyás. "Era media mañana del 19 de noviembre de 1936. En un momento de la discusión alzó el fusil y golpeó la culata contra el estribo de nuestro coche, sonó un tiro y cayó redondo al suelo, herido mortalmente". La bala le penetró por el pecho y le salió por la espalda. Durruti murió al poco tiempo en el hospital y la CNT trasladó su cuerpo en avión a Barcelona, donde se celebró un multitudinario funeral. Cuyás afirma que los testigos que presenciaron el accidente, en contacto con el cuartel de la columna, acataron la recomendación de ser discretos para siempre. "Durruti murió en acto de guerra", explicaron para mantener su aureola y no erosiortar la moral de las tropas republicanas. El chófer de Durruti, que después de la victoria de las tropas de Franco pasó ocho años entre campos de concentración, cárceles y destierro, visitó años después en León a los padres de Durruti. "Se encontraban en una situación deplorable", comenta, "en la más absoluta miseria. La CNT nunca contactó con e].los". En plena guerra, en muchas publicaciones históricas, el suceso quedó sumido en una tormenta de dudas y versiones contradictorias. Clemente Cuyás, el mecánico catalán que servía de chófer a Durruti, estaba a cuatro metros de él cuando cayó herido de muerte por una bala que salió del cañón de su arma. Cuyás llevaba más de dos meses al lado del líder cenetista, tras sumarse en Aragón a la columna anarquista. Durruti pretendía arrasar en la defensa de Madrid. Afincado en su casa de Palma de Mallorca, Clemente Cuyás cree que ahora, casi 60 años después, han desaparecido las causas del silencio y se pueden negar las versiones que atribuían la muerte a un tiro disparado por rivales de su propio bando. Cuyás, conocido entonces como Manitas, acompañó más adelante a otro gran personaje de la República, Indalecio Prieto. Fue un viaje corto, pero importante, el del camino del exilio final. Explica el ex conductor anarquista que Prieto se peleó con Juan Negrín en Barcelona y tomó un avión hacia el extranjero. En el aeropuerto, Prieto invitó a Cuyás a partir con él, y antes de marchar le dio todo el dinero que tenía. Cuyás no ha mitificado la figura de Durruti le traté más como amigo que como camarada"-, pero admira su autoridad moral sobre los cenetistas, su dureza de carácter -"una vez salvó de un fusilamiento a un cura ante unas hordas"- y, ante todo, su generosidad en las trincheras. "Se quitaba los zapatos para dárselos a los soldados si era preciso", agrega. Al volante de un automóvil Ford de ocho cilindros para recorrer el frente y un Packard para la ciudad, Clemente Cuyás compartió muchas horas de las gestas de Buenaventura Durruti. Se sentaba a mi lado y, como curiosidad, sólo recuerdo que, a veces, por una carretera abierta, disparaba su arma por las ventanillas de ambos lados apuntando a los troncos de los árboles y al regreso verificaba su puntería".

1993

Narrativa. Noticia sobre el mítico dirigente anarquista Buenaventura Durruti, que parece que murió al disparársele fortuitamente su propio fusil mientras discutía con uno de sus ayudantes. El testimonio de quien fuera su chófer, Clemente Cuyás, contradice la versión oficial mantenida durante años de su muerte en combate en la defensa de Madrid, a los pocos meses de comenzar la guerra civil. Firma y fecha de publicación: Andréu Manresa (11/07/1993)

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El vengador de Gernika El precio que pagó el Ejército alemán por cebarse aquel lunes de abril de 1937 contra Gernika fue el bombardeo, un mes después, de la joya de la Armada alemana: el, Deutschland, un potente y moderno acorazado. La versión que circuló * entonces decía que. el ministro de la Guerra, el socialista Indalecio Prieto -muy molesto porque los alemanes e italianos, supuestamente neutrales, ayudaban a Franco-, urdió la operación. En todo caso, la ejecutó el aviador Leocadio Mendiola Núñez (Badajoz, 1909) "el último aviador laureado vivo de la II República", según el historiador del Museo del Aire Juan Manuel Riesgo.El encargo le llegó al entonces brigada Mendiola porque fue uno de los primeros que estrenó un Katiuska -los bombarderos con los que la Unión Soviética abastecía a la República Española-, aparatos que, recuerda Mendiola, llegaban embalados en cajas de madera y cuyas piezas había que montar. "Tras el ataque a Gernika, me pidieron bombardear la escuadra de la Marina en Palma de Mallorca, que estaba en manos de los nacionales, y, si no estaba allí, buscarla. Al pasar por Ibiza, un barco alemán de los buenos empezó a tirarnos, y, por cierto, muy bien. Nos tiró un pepinazo, que nos rompió el parabrisas y nos rozó. Entonces decidimos contestar e inutilizamos el Deutschland", cuenta Mendiola. El ataque se saldó con 20 marinos alemanes muertos. "Con Gernika hicieron una monstruosidad. Atacaron impunemente porque en el País Vasco sólo había un frente semiactivo. Fue un ataque de efectos vengativos, una ofensa tremenda. Gernika era un santuario vasco y tiraron con saña para desmoralizar". Los alemanes de Hitler respondieron embistiendo a otro objetivo civil, Almería. "Canallescamente, porque no tenían defensa alguna". Mendiola tramó su particular respuesta. Tras varios meses de tira y afloja con el jefe de la Aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, consiguió permiso para bombardear la base militar de La Cenia, (Barcelona), donde los nacionales concentraban su artillería. El16 de diciembre de 1938, pese al mal tiempo, atacó. "Castigué mucho el campo y satisfice mis anhelos de venganza, no agresiva, sino con fundamento, porque tengo mi almita y he sufrido mucho".A Mendiola, que desfiló ante Alfonso XIII y a los 22 años ya era piloto, la guerra le sorprendió en Getafe (Madrid). "Yo seguí en mi puesto junto. al Gobierno legal constituido. Franco quería tomar la capital por sorpresa, pero resistimos, y por saber mantenemos en nuestro puesto tuvimos la culpa de alargar la guerra tres años; es curioso". Su historial se fabricó en todos los frentes, incluido el desastre de Guadalajara, "por donde los italianos querían entrar como Perico por su casa y acabaron huyendo pavorosamente", relata Mendiola. Acabada la contienda se exilió tres años en Argelia y 25 en México. Su chófer -de quien se enteró que era falangista después de la guerra- le salvó la vida. "Cuando todo terminó nos dijeron que había unos barcos en Valencia para partir al exilio. Yo estaba en Albacete y le pedí que, me llevara allí, pero antes de llegar se empeño en devolverme a Albacete. Er mentira, no había ningún barco; luego me avisó de que me habrían matado". No se han vuelto a ver nunca. "Es insólito", dice Riesgo, "que desde el principio Mendiola participara en todos las batallas y haya sobrevivido para contarlo". Se casé tres veces y tuvo seis hijos. A su primera esposa la perdió en Rusia. "A las mujeres de los que estábamos muy comprometidos les ofrecieron irse allí, pero murió a los tres años, sin que hubiera podido reunirme con ella". Su segunda mujer, mexicana, murió al año de regresar del exilio, y ahora lleva casado 24 con una vasca. Partidiario del matrimonio civil, "por ellas" pasó tres veces por la vicaría. El hoy coronel retirado Mendiola vive en Barcelona. No augura más guerras civiles en España porque "no hay otro Franco". "Nos escupiremos y nos pegaremos, pero no creo que haya más guerras. España quedó destrozada, tuvo una lección y la asimiló bien".
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