La ciencia del bienestar personal




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Bibliografía útil


Herman, J. (2004). Trauma y recuperación: Cómo superar las consecuencias de la violencia. Madrid: Espasa-Calpe.

Sabouraud-Seguin, A. (2003). Cómo superar un trauma psicológico. Madrid: Síntesis.


Recursos útiles en Internet

http://www.cepvi.com/articulos/trauma.shtml
http://helpguide.org/mental/post_traumatic_stress_disorder_symptoms_treatment.htm (en inglés)

B. ABUSOS Y CARENCIAS AFECTIVAS EN LA INFANCIA

Descripción problema

Los abusos en la infancia consisten en cualquier daño físico o psicológico no accidental a un niño menor de 16 años ocasionado por sus padres o cuidadores, que ocurre como resultado de acciones físicas, sexuales o emocionales, por acción o por omisión, y que amenazan el desarrollo normal tanto físico como psicológico del niño, condicionando en muchas ocasiones su desarrollo posterior como persona (Gracia y Musitu, 1993). Entre los distintos tipos de abuso infantil, encontramos:


  1. Maltrato físico, que son las lesiones físicas de carácter intencional dirigidas al niño, mediante golpes, tirones de pelo, quemaduras o cualquier otro medio que infrinja dolor.



  2. Maltrato por negligencia o abuso emocional, como puede ser la hostilidad verbal crónica en forma de insulto, desprecio, crítica o amenaza de abandono, así como privar al niño de afecto, no atender su higiene ni alimentación y encerrarle o confinarle (Arruabarrena y De Pául, 1994).



  3. Abuso sexual, que son aquellas conductas sexuales mantenidas entre un adulto y un menor, donde la posibilidad de decidir en el niño está limitada y se presenta coacción, ya sea de forma explícita o implícita. Este abuso también puede producirse entre menores (Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000).



  4. Síndrome de Münchausen por poderes (Schreier y Libow, 1993), en el que la madre utiliza todo tipo de artificios para provocar enfermedades ficticias en el niño (por ejemplo, la administración de fármacos o la intoxicación intencionada, poniendo en grave peligro la vida del niño) con el objetivo de obtener atención médica.


La mayoría de estos abusos suele ser cometido por familiares (padres, hermanos mayores, etc.) o por personas relacionadas con la víctima de algún modo (profesores, monitores, vecinos, etc.), aunque también pueden producirse por desconocidos.
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Ejemplo de abusos en la infancia
Diego esconde un amargo secreto desde hace años: fue víctima de abusos sexuales y maltrato psicológico por parte de su abuelo, al que la familia acudía a ver en las vacaciones de verano. Recuerda que los abusos tuvieron lugar por primera vez a la edad de 6 años y que se produjeron repetidamente durante casi una década. Al principio no pasaba de ser una especie de “secreto” entre él y su abuelo, incluyendo algún toqueteo o mirar juntos material para adultos, como revistas o películas. Sin embargo, con el pasar del tiempo los abusos eran cada vez más intensos e incluían actos sexuales, algo que tenía aterrorizado a Diego. Cuando éste intentaba evitarlo, su abuelo se reía insultándole y considerándole un “marica” y “nenaza”, alguien sin futuro y de quien todos se reirían por su condición.
Cuando Diego cumplió 15 años su abuelo falleció repentinamente, pero no acabaron con él los recuerdos intensos y la sensación de desprecio hacia sí mismo. A sus 36 años, Diego sigue luchando para deshacerse de los fantasmas del pasado y poder tener una vida digna, algo que le resulta difícil: no confía en nadie y hace años que se ha alejado de su familia; por otra parte, le asustan las relaciones sentimentales y tiene constantes dudas sobre su orientación sexual, además de un profundo sentimiento de no encajar en ningún sitio.
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Las consecuencias que esto comporta en la vida adulta pueden ser numerosas. Por ejemplo, miedo a las relaciones personales, problemas en el ámbito sexual, depresión, baja autoestima, aislamiento social, fobias, control inadecuado de la ira o conductas autodestructivas como el abuso de sustancias o los intentos de suicidio, entre otros.
Los abusos y malos tratos en la infancia frecuentemente van unidos a carencias afectivas, pero éstas también pueden tener lugar sin los primeros, como sucede en los siguientes casos:
a) Muerte de un progenitor, que en ocasiones obliga al padre o madre sobreviviente a trabajar más horas fuera de casa para la economía familiar, restando horas de compañía y afecto al niño.
b) Orfandad: la pérdida de ambos progenitores supone que la persona huérfana pase a manos de otro tutor o institución responsable, que en la mayoría de ocasiones no pueden compensar el afecto de los padres.
c) Padre o madre ausentes: cuando los progenitores viven pero no permanecen el suficientemente tiempo en casa, están enfermos o descuidan los cuidados emocionales de sus hijos. Por ejemplo, cuando ambos padres deciden trabajar y dejar a los hijos a cargo de canguros o en actividades extraescolares que duran toda la jornada.
d) Procesos de separación o divorcio en los que el niño debe separarse de alguno de los padres o convivir con nuevas figuras maternas o paternas que no son de su agrado.
e) Favoritismos: cuando alguno de los hijos recibe más atenciones que otro, lo que da lugar a desigualdades afectivas.
Las consecuencias de estas carencias pueden suponer la pérdida de importantes herramientas de comunicación que se desarrollan en la infancia, como la empatía o la expresión abierta de emociones.
A largo plazo también pueden existir otros problemas, como baja autoestima, sensación de incapacidad o de no ser apto, miedo constante a un nuevo abandono, que se haya dañado nuestra capacidad de relacionarnos con otras personas, con problemas en las relaciones sociales o de pareja (ver Problemas de pareja), distanciamiento familiar y miedo a crecer y asumir responsabilidades. A su vez esto puede ocasionar conductas de riesgo, como los trastornos alimentarios o el abuso de sustancias, entre otros.
Podemos sentir dolor cuando suceda cualquier cosa que nos haga sentir rechazados, abandonados o no queridos, así como una sensación de soledad con cierta frecuencia. Es posible que tendamos a la avidez de afecto, a buscar la dependencia de los demás y a necesitar el aprecio y aprobación manifiestos de todas las personas, así como iniciar relaciones personales que incluyan una intensa dependencia emocional hacia la pareja, amigos y familiares (ver Adicción a las relaciones). O también puede suceder lo contrario, es decir, que rechacemos el afecto y nuestra necesidad real de afecto, teniendo poco interés por los demás. Es posible también que tengamos desconfianza hacia la gente (ver Desconfianza excesiva).

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Ejemplo de carencias afectivas en la infancia
Sergio es un joven muy maduro para su edad. Desde que cuenta con 11 años ha tenido que valerse por sí mismo para casi todo: sus padres nunca estaban en casa, demasiado ocupados con sus trabajos y con acudir a fiestas y eventos sociales de todo tipo. Por la mañana debía despertarse él mismo, prepararse el desayuno, ir solo al colegio y preocuparse por limpiar la casa al volver, que cada vez se veía más descuidada a consecuencia de las ausencias continuas de sus padres. Creció sin desarrollar ningún tipo de afecto hacia éstos, a los que siempre ha visto como dos extraños que conoce como “padre” y “madre”. Debido a la situación familiar, no dudó en salir de casa en cuanto tuvo la oportunidad. Desde entonces ha demostrado su carácter independiente, ya sea en el trabajo, con amistades e incluso en sus relaciones sentimentales, en las que se muestra distante y poco implicado. Por otra parte, hace tiempo que no ve a su familia y no le interesa realmente lo que suceda con ellos. Muchas veces siente que ha perdido la capacidad para preocuparse por los demás y prefiere concentrarse en sí mismo y en su supervivencia, algo que siempre le ha caracterizado.

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Los abusos y carencias afectivas en la infancia frecuentemente causan un trauma e incluso revivir con gran angustia las escenas del episodio durante meses e incluso años (ver Trauma y Estrés postraumático), pero no siempre, ya que algunos niños tienen suficiente resiliencia como para superarlos satisfactoriamente.


Causas


a) Entorno familiar disfuncional, es decir, que no es capaz de cubrir las necesidades psicológicas o físicas de los hijos. En ocasiones el ambiente familiar es desestructurado, con continuas ausencias, abuso de sustancias, pérdidas emocionales, conflictos maritales, frialdad o pobres condiciones sociales (Echeburúa y Guerricaechevarría, 1999).
b) Estilo educativo, según el cual los padres ven el castigo físico como algo necesario, no saben resolver los conflictos de forma pacífica ni distinguen entre comportamientos positivos o negativos del niño (Milner, 1993). A veces se prima el desarrollo individual de los miembros de la familia, especialmente de los padres, que no quieren o no saben renunciar a sus puestos de trabajo, reuniones sociales o cuidado personal, restando tiempo para el cuidado de los hijos.
c) Valores culturales, que en algunos casos no respetan los derechos de la infancia, como el caso de los matrimonios entre niños y adultos o los trabajos forzados.


Soluciones

Si gestionar un trauma es complejo, gestionar un trauma de infancia todavía lo es más, ya que de niños solemos contar con pocos recursos internos y con poca racionalidad para afrontar esas experiencias de forma razonable. Además, las reacciones que desarrollamos y que nos hacen sentir mal quedan más arraigadas cuando el trauma tiene lugar en la infancia o la adolescencia, pues nuestra personalidad no está formada del todo, sino que es como un cemento que todavía está blandito y en la que es fácil dejar huellas que luego quedarán grabadas. Al arraigarse a una temprana edad esas reacciones generalmente las repetimos durante mucho tiempo, con lo cual quedan más arraigadas, convirtiéndose en hábitos consolidados.

Además, desde niños para afrontar los abusos y carencias afectivas tendemos a recurrir a soluciones que no son las apropiadas para sentirnos bien. Es posible que haya intentado hasta la actualidad conseguir el amor que necesitaba en la infancia mediante comportamientos exagerados que de niño pensaba me atraerían el afecto, la aprobación y la valoración de mis padres, como intentar agradar excesivamente, no hacer nada que pueda molestar o ser el mejor en todo. O puede que el dolor en mi infancia fuese tan grande que tratase de matar dicho sufrimiento intentando matar la necesidad de ser amado y por ello he ido desarrollando reacciones exageradas para probar que no necesito amor, comportándome de forma agresiva, fría o dura o bien refugiándome en la soledad, en el alcohol, las drogas, la comida o lo que sea. Pero todas esas pautas son en vano. Por mucho que quiera negármelo, necesito ser amado y las necesidades afectivas que tenía de niño ya nadie podrá satisfacerlas de adulto por mucho que intente agradar. En vez de todos esos comportamientos y reacciones inefectivos que desarrollé en la infancia para sanar mi herida puedo seguir 6 pasos:
(1) Sentir, tomar conciencia y expresar
Puedo sentir ese dolor, por fuerte que sea. Puedo sentir la tristeza, la frustración, la rabia y las emociones que me ha provocado no haber recibido el amor, la aprobación, el respeto y la valoración que necesitaba. Describo y tomo conciencia de todo lo que ha sucedido. Tomo conciencia de las emociones, pautas de comportamiento y actitudes que los abusos o carencias afectivas me han provocado y de cómo están afectando a mi vida actual. Intento comprender las circunstancias familiares o de otro tipo que causaron las carencias afectivas y el lugar que ocuparon en las estrategias que desarrollé para buscar el afecto y protegerme del dolor. Tomo conciencia también de las situaciones actuales que activan esas pautas de conducta y emociones y su relación con las situaciones originales que dieron pie a su surgimiento, la manera en que esto afecta a mis relaciones con las otras personas y la expresión de mi afectividad. El simple hecho de tomar conciencia de todo esto me ayuda a resolver el problema. Si describo todo lo anterior por escrito ello dará más rigor y estructura a mi análisis. Si hacer este análisis me resulta demasiado complejo, puedo pedir la ayuda de algún terapeuta.
Me expreso y me desahogo por lo que sucedió. Confiar en una o varias personas que sean comprensivas puede resultar un gran alivio, en tanto que supone descargar parte del peso emocional arrastrado durante años de silencio. Contar el trauma supone en sí mismo parte del proceso de recuperación. También resulta de ayuda acudir a alguna asociación con personas que hayan pasado lo mismo. Si lo necesito, puedo expresar a mis padres o cuidadores lo que siento y el dolor que me han causado. Es muy conveniente también que me dé mucho apoyo a mí mismo.
(2) Racionalizar
Cuando hemos pasado por una infancia con carencias afectivas es posible que haya sobre-generalizado la actitud que vi en mis padres durante mi infancia y la haya extrapolado a toda la humanidad, desarrollando creencias irracionales, exageradas y absurdas como “nadie me quiere” o “todos me rechazan”, “me excluyen” o “no me quieren porque no soy suficientemente bueno”. Ello es irracional porque mis padres representan una ínfima parte de la humanidad, dentro de la cual la inmensa mayoría están diseñados genéticamente a desarrollar afecto hacia aquellas personas que tienen a su alrededor, por lo que es realista creer que como mínimo parte de las personas con las que trato sienten afecto por mí en mayor o menor medida.
Otra creencia irracional que suele desarrollarse cuando hemos sido víctimas de negligencia y abuso infantil es creer que ello nos ha sucedido porque nos lo merecemos. Ello nos hace reaccionar en la infancia con conductas para hacernos merecederos del amor y los buenos tratos, pero por mucho que hiciésemos o hagamos no sirve de nada, porque ello no dependía de nosotros, sino de nuestros cuidadores. Nos conviene tener claro que no tuvimos ninguna culpa por no ser suficientemente queridos o bien tratados.
También está la creencia de que valemos poco, que nos convendrá cuestionar.
(3) Solucionar
Podemos intentar solucionar aquello que esté en nuestras manos. Ya no podemos cambiar nuestro pasado, pero sí nuestro presente y nuestro futuro, trabajado poco a poco en crear amor real en nuestra vida actual y siendo consciente de él. Para ello, podemos hacer tres trabajos.
El primer trabajo es desarrollar nuestra autoestima y crearnos un padre interior cariñoso que dé mucho amor a mi niño interior, poniendo en práctica todo lo que ya he aprendido cuando hablamos de la autoestima9. Aplicarnos a nosotros mismos pomada de amor, ternura, mimo, apoyo, comprensión y compasión es una maravillosa cura. Si lo deseamos, podemos incluso imaginarnos la infancia que nos hubiese gustado con el tipo de padres y de relaciones que hubiésemos deseado. Con ello no cambiamos el pasado, pero sí introducimos información positiva en las áreas del cerebro donde quedaron grabadas las carencias.
El segundo trabajo consiste en desarrollar relaciones amorosas y afectuosas, que no nos podrán dar el tipo de amor que necesitábamos de niño pero sí el que necesitamos de adulto, poniendo en práctica lo explicado al hablar de desarrollar habilidades sociales y de los diferentes tipos de relaciones10. Para ello nos convendrá abrirnos a los demás. Puede que en nuestro interior se haya formado una especie de coraza hacia el exterior, pero es positivo intentar romper ésta y expresar nuestros pensamientos y sentimientos de forma abierta y sincera con las personas de confianza, ya que esto permitirá establecer unos lazos más fuertes y sentirnos más conectados emocionalmente con los demás.
Es probable que sintamos rencor y que por tanto nos convenga trabajar el perdón, así como cultivar el amor incondicional a nosotros mismos y a los demás. En el caso de presentar dificultades en la convivencia actual con la familia o tener sentimiento de desvinculación o incomprensión hacia la misma, también podemos consultar las soluciones para los problemas de familia (ver Problemas de relación con familiares).
El tercer trabajo es recomponer uno a uno los trozos rotos del jarrón. Si he experimentado una experiencia de negligencia o abuso infantil, probablemente ello haya dañado diferentes áreas de mi persona, como mis relaciones con los demás, mi autoestima o hábitos adictivos, que todavía continúan dañadas en la actualidad, por lo que necesitaré poco a poco ir saneando cada área dañada con las técnicas que se explican a lo largo de este libro. En este sentido, nos convendrá aprender a entrenar las conductas y las necesidades de una forma satisfactoria.
También nos convendrá trabajar en gestionar las emociones desagradables que genera la experiencia de malos tratos o carencias afectivas, como la frustración, la sensación de soledad y de no ser amado, el enfado, la ansiedad o la culpa. También convendrá superar la sensación de vacío, ya que puede que algo en nosotros esté incompleto desde hace años, pero podemos suplir estas carencias intentando completar otras esferas de nuestra vida, como desarrollar una carrera laboral satisfactoria, formar una familia, descubrir nuevos intereses y aficiones o ayudar a los demás mediante asociaciones de voluntariado.
Por otro lado, es posible que la falta de apoyo y protección en la infancia nos hayan dejado una sensación de miedo e indefensión que más tarde se traduzca en temor a asumir responsabilidades. En realidad, somos tan capaces como los demás para superar retos y obstáculos, madurar nuestro yo interior y enfrentarnos al mundo. Sólo necesitamos constancia y confianza en nosotros mismos.
También conviene realizar ejercicio físico, preferiblemente es intenso (por ejemplo, la natación, el ciclismo o las artes marciales), ya que permite liberar tensiones físicas y mentales, así como descargar las emociones conflictivas.
Como este tipo de experiencias pueden generar confusión, turbulencia interior y caos me puede venir bien crear orden interior un espacio interior de orden y armonía aplicando las técnicas que aprendimos al hablar de la necesidad de orden11.
En ocasiones conviene rodearse de un entorno saludable, lo que a veces puede suponer romper con el pasado e iniciar una nueva vida en otro lugar.
(4) Aceptar y tolerar
Para ser feliz nos conviene aceptar el abuso o carencia afectiva y las consecuencias que ha tenido. Por duro que haya sido esta experiencia, ya no podemos cambiar lo que sucedió, por lo que si queremos tener paz interior no nos queda más remedio que aceptarlo. La búsqueda del tipo de amor que necesitábamos en la infancia es una guerra perdida, porque ya nunca podremos conseguir el afecto que necesitábamos en aquella etapa de nuestra vida, sino sólo el que necesitamos como adulto. Nos conviene aceptar este hecho y dejar de aplicar estrategias inapropiadas que desarrollamos de niño y que ya no servirán de nada.
(5) Positivar
Podemos intentar ver todo lo que pueda haber de positivo en lo que ha sucedido y está sucediendo. Posiblemente lo más positivo y placentero de la situación es irla superando gradualmente, ir haciendo pequeños avances, irla controlando poco a poco, la sensación de capacidad que da irse autosuperando. A lo largo de todo este proceso nos podemos acompañar con técnicas de meditación y relajación que nos alivien la tensión que generan estas situaciones, así como con placeres y gustos que nos endulcen nuestra vida.
(6) Liberarse (o convivir)
Me libero de las emociones y pautas causadas por el abuso o carencia afectiva y recupero la calma y el equilibrio. Una vez estoy haciendo este trabajo, esas emociones y pautas que me hacen sentir mal. Puedo abrir la mano y soltar esas pautas obsoletas, tirarlas al río, al viento, a la basura, al retrete de mi casa o donde sea que me sienta liberado de ellas. Puedo repetir esto una y otra vez hasta que realmente me libere de ellas y pueda pensar en lo sucedido con serenidad, paz interior y armonía. Imagino que esa herida ya está sanada y no queda rastro de la misma.
Liberarse de las heridas emocionales muchas veces lleva tiempo y dedicación y es importante que use la técnica adecuada. Necesitaré repetir los 6 pasos una y otra vez, como si hiciese girar una rueda, hasta que consiga superarlo. Todo el tiempo y energías que dedique a curar estas viejas heridas son una inversión muy rentable, ya que la experiencia de irme liberando es fantástica.
Si a pesar de estas técnicas continuamos teniendo dificultades para resolver el malestar físico y psicológico, podemos acudir a un especialista, que puede aplicar una terapia del tipo cognitivo-conductual, basada en la reestructuración cognitiva, la asimilación del trauma y el desarrollo de estrategias de afrontamiento.
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