Las claves de una institución




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De los constructores sagrados

a los masones operativos
Los seres humanos somos gestados y “vivimos” la primera parte de nuestra existencia dentro de un recinto: el claustro materno. En él recibimos cuanto necesitamos para existir, y parece ser que, casi siempre, es traumatizante abandonarlo. Ante las inclemencias de la intemperie y las agresiones externas, los hombres buscamos normalmente un “claustro” en el que refugiarnos, ya sea aprovechando cavidades naturales o creando esas cavidades y recintos con elementos diversos, es decir, construyéndolos.

El de la construcción es, pues, un arte casi tan antiguo como nuestra especie. El sentimiento religioso, que es previo e independiente en su origen respecto a cualquier religión positiva, también lo es. La religiosidad humana es el sentimiento de vinculación con la naturaleza y con el universo que el Hombre lleva en sí mismo como ser consciente de su propia existencia. De ahí que la construcción haya estado siempre vinculada con lo que es “sagrado” para el hombre a lo largo de su historia. Lo sagrado (del latín sacrum = delicado, separado) es aquello que dedica a algo específico, lo consagrado a un fin determinado, como expresión tangible de la ligazón o relación entre el hombre y algo que éste considera que le trasciende.

La arqueología pone de relieve, en cualquier parte del planeta habitada desde épocas remotas, la existencia de edificaciones que no podemos sino considerar sagradas (en el sentido expuesto), ya se trate de menhires, dólmenes, zigurats o pirámides. La finalidad a que se dedicaban no era ni suntuaria ni exclusiva o claramente utilitaria, sino la de servir a la comunidad expresando aspiraciones sociales relacionadas con alguna dimensión humana que trascendía lo utilitario cotidiano. Tenemos testimonio de rituales de consagración de determinadas construcciones en todas las civilizaciones y se siguen consagrando en nuestros días, no sólo edificios dedicados a cultos religiosos, sino edificaciones civiles, siguiéndose para ello rituales más o menos estereotipados que tienen su origen en épocas muy remotas.

Un edificio es siempre una obra simbolizadota, al mismo tiempo que funcional, ya que se dedica o consagra siempre a un fin, teniendo en cuenta valores psicológicos y necesidades materiales de quienes van a habitarlo o utilizarlo. Por ello, los constructores de edificios sagrados ocuparon un puesto muy importante en las sociedades a las que pertenecían. La finalidad de toda edificación es acotar un espacio destinado a algo. La palabra latina templum significa eso precisamente: espacio acotado o delimitado. Especialmente sagrados, por la dedicación que se les daba, eran los templos religiosos.

La construcción de un templo presuponía y presupone una serie de conocimientos y convicciones que los constructores plasman de diversas maneras en lo que construyen. En la Antigüedad, los verdaderos templos no se construían nunca en cualquier parte, sino en lugares específicos en los que algún acontecimiento especialmente interesante ocurría o había ocurrido. Por ejemplo, una teofanía o manifestación de lo que los hombres de cada época han venido considerando “trascendente”, o bien una manifestación de carácter natural que, por su particularidad, se adoptaba como símbolo de esa trascendencia. En todo caso, quienes concebían y desarrollaban tales construcciones debían poseer convicciones y conocimientos. Las convicciones y las “creencias” inspiraban la imagen previa, el diseño espiritual de lo que s e deseaba construir, haciendo a menudo necesario el análisis del suelo, del subsuelo, de las condiciones climáticas, de fenómenos geográficos y meteorológicos, del movimiento de la Tierra en relación con el Sol, con la Luna, etc. Todo ello realizado mediante un “saber hacer” cualificado, que trasciende el mero aspecto técnico del oficio de la construcción.

En China, Mesopotamia, India, México, Perú, como en Egipto, en Fenicia, en Grecia o Roma, se desarrollaron civilizaciones en cuyo origen lo trascendente, lo que se calificaba como “divino”, ocupó un lugar preeminente. Todas ellas contaron con constructores de templos excepcionales. En el Mediterráneo, fue Egipto el más brillante exponente del nivel alcanzado por la arquitectura sagrada y de él partieron conocimientos que, aprovechados por los inteligentes maestros fenicios, dieron lugar a construcciones como el templo de Salomón. Los constructores desempeñaron, simbólicamente, la función de vinculadotes de lo terrestre con lo celeste.

En Roma, las cofradías profesionales alcanzaron cotas muy importantes de influencia social. Los llamados Collegia Fabrorum o Colegios de Oficios, ostentaron, en muchos momentos, una fuerza social comparable a la de los modernos sindicatos. Eran asociaciones profesionales de artesanos cuya existencia se remontaba al siglo VIII a. de C. Los Tignarii, carpinteros constructores militares en sus expediciones y asentamientos, contaban, como los restantes colegios, con deidades tutelares propias y con signos y toques mediante los que se reconocían entre sí, aludiendo con ello a sus secretos profesionales. Los rituales del culto que rendían a las divinidades tutelares específicas de cada oficio contenían elementos alusivos a las profesiones y acumulaban una vieja herencia o tradición que procedía de antecesores profesionales de otras latitudes (Grecia, Egipto, Mesopotamia, etc.). Por razones políticas, los emperadores romanos asumieron el título de Sumo Pontífice (o intérprete de la jurisprudencia sagrada de los Collegia) y se aseguraron con ello la presidencia de los gremios. A partir del siglo VI d. de C., tras la destrucción del Imperio Romano occidental, los obispos cristianos de la vieja ciudad imperial asumieron también ese título, subrayando su dimensión simbólica.

Los maestros constructores imperiales se habían extendido por diversas regiones del Imperio y sobrevivieron a las invasiones bárbaras en algunos puntos concretos. Los lombardos respetaron a los maestros constructores de la región italiana de Como,, al norte de Italia, que conservaban el acervo de conocimientos sobre geometría euclidiana, aritmética, geología (fuerzas telúricas), astronomía y demás ciencias conectadas con la arquitectura que de forma tradicional, no escrita, habían heredado y desarrollado a lo largo de siglos. Lo mismo sucedió en el sur de Francia y en España, regiones en las que se asentaron los visigodos, que respetaron también a los profesionales, favoreciendo así la conservación de las técnicas de construcción romanas.

Muchos de aquellos constructores se refugiaron en los lugares más respetados por los belicosos invasores: los conventos cristianos, que, en aquellos siglos (VI y VII), eran los de la Orden de San Benito. Allí conservaron los maestros lo que luego se llamó el estilo románico o viejo estilo godo que luego se diferenció del nuevo estilo godo, llamado gótico, y salido igualmente de los conventos benedictinos, según señala paul Naudon (La Francmaconnerie). Los maestros acompañaron a menudo a los frailes benedictinos que predicaban y se asentaban en los territorios que hoy son Austria, Alemania, Dinamarca, Bélgica, Inglaterra e Irlanda. Ello suponía la realización de largos viajes, superando innumerables obstáculos y, también, interesantes contactos con las tradiciones de los pueblos paganos de las regiones evangelizadas. Los constructores especializados en la edificación de los nuevos templos convivían con los benedictinos e intercambiaban con éstos sus conocimientos. Ellos fueron los que recibieron, en los pueblos germánicos, el nombre de metzen y machun que se transformaría en Francia, definitivamente, en macon o mason, como se ha indicado anteriormente.

La construcción de templos exigió siempre conocimientos que elevaban el oficio a un nivel científico (algunos de aquellos masones eran verdaderos arquitectos y geómetras de su época), teniendo en cuenta que la ciencia tenía como fin la búsqueda de la Verdad y que la Verdad se encuentra representada en la naturaleza, siendo ésta, a su vez, manifestación de un orden universal. De este modo, los constructores sagrados abrían su mente a lo trascendente, emprendiendo el camino hacia lo que se halla más allá de lo físicamente concreto, es decir, hacia lo metafísico.

Así, pues, durante aquellos primeros siglos posteriores a la caída del Imperio Romano, los masones dependieron, para mantener su profesión, de las autoridades eclesiásticas que los patrocinaban. A partir del siglo XI los masones –que llamamos constructores operativos para distinguirlos de los modernos masones simbólicos o filosóficos- comenzaron a organizarse en grupos o cofradías administrativa y económicamente independientes de los conventos. Aceptando los trabajos en condiciones pactadas y adaptando su actividad a normas reglamentarias. Las cofradías de constructores surgieron como nuevas formas organizativas laicas, pero conservando su tradición sagrada, al calor de la evolución social de la Alta Edad Media. Las libertades o franquicias logradas por los municipios, frente a los señores feudales, y el mayor desarrollo del comercio, favorecieron las migraciones de artesanos hacia las ciudades y fueron así los municipios (y luego, los reyes) los que señalaron a los oficios sus condiciones de trabajo de forma estatutaria. Guildas gremiales de constructores, y de otros oficios, fueron apareciendo de este modo también en los países de Europa central y nórdica, a lo largo de los siglos XI y XII. Es importante anotar que, aunque los oficios se organizaron a partir de entonces, para alcanzar metas profesionales y de ayuda mutua, subsistieron las cofradías originales, o se formaron otras nuevas, a fin de conservar el espíritu sagrado de los oficios tradicionales, siempre representado simbólicamente por un vestigio o símbolo de lo “divino”, en forma de santo patrono o santa patrona.

No es difícil comprender que los masones constructores de oficio fueran motivo de preocupación para los reyes y grandes señores medievales, ya desde los tiempos de Carlomagno, en los siglos VIII/IX y a lo largo de los siglos posteriores. La aparición de los gremios de constructores durante la Edad Media es un tema socio-histórico apasionante que no es posible abordar aquí, pero que estuvo muy relacionado con la importancia progresiva adquirida por la construcción de edificios civiles y de defensa de las ciudades como forma libre de trabajo, frente al trabajo servil de los campesinos sometidos a los señores feudales. Apuntaban al nacimiento de una burguesía que no cesaría de desarrollarse en adelante. De esa importancia de los “oficios” y de las inquietudes que la relativa liberalización que conllevaban producían a las autoridades antiguas, daba fe el Libro de los oficios, de Boileau, antes mencionado. En esta obra se describían también las formas ritualizadas de ingreso en las cofradías que agrupaban a los profesionales de diferentes oficios medievales.

A partir del siglo XII, y sobre todo durante el XIII, la nueva Orden del Templo, cada vez más pujante y poderosa, patrocinó importantes obras de construcción. Fortalezas, albergues e iglesias constituían el objeto de un específico sector laboral para el que los caballeros templarios necesitaron a los talleres o logias de masones que, tanto en el imperio alemán como en Francia, se hallaban ya organizados como nadie para llevar a cabo aquellos trabajos. El buen entendimiento entre los patrocinadores templarios y los realizadores francmasones (masones libres) fue cada vez mayor. Algunos maestros masones acompañaron a los templarios a Oriente durante aquel período y, tanto unos como otros, adquirieron en Palestina, Siria y Egipto interesantes conocimientos que se habían conservado en las regiones dominadas por el Islam, procedentes de las antiguas culturas orientales. Los templarios mantuvieron estrechas relaciones no sólo bélicas, con sus equivalentes musulmanes, también caballeros defensores de aquellos territorios. Y recibieron de ellos datos culturales desconocidos o perdidos para la cultura europea de aquel tiempo. Ello contribuyó más tarde, de manera importante, al desarrollo de la “leyenda templaria”.

La Orden del Templo había acumulado un enorme poder, constituyendo un auténtico estado dentro de los estados europeos y por encima de ellos, en muchos casos. Recaudaban más tributos que los mismos reyes y organizaban “provincias” templarias a las que dotaban de organismos semejantes o superiores en eficacia a los de las monarquías feudales de su tiempo. Los masones en Francia pagaban sus tributos a la Orden y no a la corona, dada la protección que recibían del Templo y su estrecha colaboración. Por ello, cuando a principios del siglo XIV, la muy decaída y rica Orden del Templo fue perseguida en Francia por el rey Felipe IV el Hermoso y fue disuelta por el papa Clemente V –tras la muerte en la hoguera de su último Gran Maestre, Jacques de Molai, y la dispersión por toda Europa de sus caballeros-, empezó a forjarse una leyenda, que se fue engrosando y decantando a través de los siglos posteriores y que culminó en el XVIII, que atribuiría a la Orden del Templo el origen de la Francmasonería especulativa o simbólica. Algo que es históricamente falso, aunque algunos grados superiores de la Masonería del Rito Escocés y del Rito de Cork recojan la gesta caballeresca templaria como motivo de meditación iniciática. Veremos, más adelante, en qué consisten esencialmente los grados masónicos y qué otras leyendas y mitos recogen con el mismo fin.

Hemos aludido antes a la práctica de ceremonias rituales, mediante las cuales se recibía en las cofradías gremiales a los nuevos miembros que entraban a formar parte de ellas como profesionales de alguno de los oficios. Se perseguía con ello seleccionar los reclutamientos mediante el control del número de profesionales existente en cada ciudad o villa y, al mismo tiempo, se intentaba asegurar la capacidad profesional normalizada de los candidatos para prestigiar el ejercicio de la profesión correspondiente.

En cada oficio existía una jerarquización de deberes y obligaciones, representada por distintos niveles profesionales: en todos los oficios había aprendices y oficiales o compañeros. Al frente de ellos, en cada taller concreto, había un “maestro”, que solía ser un oficial de mayor edad y experiencia que contaba, también, con mayor solvencia económica y comercial para hacerse cargo del patronazgo y de la dirección. Los obreros más cualificados de los talleres formaban cofradías o fraternidades laborales, de carácter local o regional, ya que, a diferencia de otros oficios, el de los constructores exigía frecuentes desplazamientos o viajes en busca de trabajo.

Cuando el candidato al ejercicio “normalizado” de un oficio deseaba ingresar en un taller, las normas establecían que tenía que prestar juramento de lealtad hacia sus cofrades o compañeros profesionales, y de honradez en el desempeño de su labor. Si ésta implicaba la aplicación de conocimientos técnicos especiales, que los miembros del taller en cuestión solieran practicar en sus trabajos, el candidato debía jurar que mantendría el “secreto” profesional correspondiente, a fin de no dañar los intereses de quienes le acogían. Con frecuencia, el candidato era sometido a alguna “prueba” que evidenciara su valor, su capacidad profesional u otras cualidades físicas y morales, según muy antiguas tradiciones nunca extinguidas, sino simplemente “revestidas” para respetar, al menos en lo formal, las creencias religiosas católicas socialmente imperantes. En esto consistía, a grandes rasgos, lo que suele llamarse la “iniciación” en los diversos oficios. Naturalmente, los aprendices debían, a continuación, pasar un tiempo (variable, según las épocas y circunstancias, entre siete años y más) aprendiendo de los oficiales la práctica del oficio en cuestión, antes de pasar a ser uno de ellos mediante nuevo juramento y previa aceptación de quienes iban a ser sus compañeros.

Las cofradías de constructores no eran excepción a este modus operando formal, puesto que, como hemos visto, sus raíces históricas llegaban muy lejos en el tiempo. En las cofradías de constructores o masones no ingresaban todos los obreros del oficio. El aspirante pasaba primeramente por un período de aprendizaje controlado, dependiendo durante esa etapa del “maestro” o jefe del taller para el que trabajaba. Transcurrido un tiempo, el aprendiz era propuesto a la cofradía y, en su caso, “registrado” como tal en las listas de la misma. A partir de aquel momento, el aprendiz pasaba otro período de aprendizaje antes de “entrar” o ser admitido como compañero de pleno derecho. Durante ese tiempo, era lo que los anglosajones llamaban un “entered apprentice”. Los historiadores masonólogos han venido analizando este tema de manera especial durante el último tercio del siglo XX, a partir de nuevas documentaciones, poniendo de relieve diferencias interesantes entre la organización del oficio en Escocia, Irlanda e Inglaterra, respectivamente. Los Estatutos llamados de Schaw (1598/99) señalan la existencia de maestros masones profesionales en Escocia, cuando en Inglaterra no existía esa categoría o grado laboral, que mucho después sirvió de base histórica para el desarrollo del grado iniciático de Maestro, en la Masonería simbólica o especulativa del siglo XVIII. Los ingleses contaban solamente con aprendices “ingresados” y compañeros (fellows) del oficio.

En Alemania y Francia, donde los masones constructores de catedrales dejaron las más monumentales huellas, el desarrollo de sus cofradías merecería un análisis específico. La historia del Compañerazgo en Francia, donde perdura aún, a través de una larga y accidentada trayectoria, ha constituido y sigue constituyendo objeto de numerosos estudios, como uno de los posibles antecedentes de la Francmasonería filosófica o simbólica2.

La construcción, mucho más que otros oficios, requería la participación en las obras de personas expertas en disciplinas cuyo conocimiento no era impartido de manera general y no estaba al alcance de todos, en sociedades en las que el desarrollo cultural se ceñía a pautas sociales y dogmáticas demasiado estrictas. Los masones conservaban su propia tradición cultural y la transmitían oralmente, mediante la iniciación y a lo largo del período de aprendizaje. Sin embargo, no todos los constructores pretendían ni alcanzaban una iniciación superior en el Arte de la construcción. La mayor parte de ellos eran solo lo que hoy llamaríamos obreros del oficio. El “arte” va más allá de la mera técnica rutinaria, destinada a conseguir un fin inmediato, y no todos los que realizaban esa labor poseían idéntica capacidad o circunstancias favorables para desarrollarlo. Por eso, sólo determinados miembros de las cofradías de masones abordaban el aprendizaje de conocimientos que, estando implícitos en la base del oficio, eran, a su vez, fuente del posible despliegue de posibilidades que éste encerraba.

Ha llegado hasta nosotros buen número de manuscritos estatutarios de los antiguos masones medievales, como los de Bolonia (Italia), del siglo XIII, y los de Ratisbona (Alemania), del siglo XV. Los deberes reglamentados de los cofrades masones medievales ingleses fueron recogidos en diversos manuscritos, de los que los más antiguos conservados se remontan a los siglos XIV y XV. Se trata de las Ordenanzas de Cork y los manuscritos llamados Regius y Cooke. A través de ellos y de otros posteriores, englobados bajo el nombre de “Old Charles” (Antiguos Deberes), sabemos que la Geometría era considerada por los masones como ciencia madre de todas las demás ciencias, puesto que todo, en el universo, tiene medidas que pueden traducirse en formas, y viceversa.

El conocimiento de la Geometría comportaba el de otras disciplinas, ya que éstas, en definitiva, no pueden abordarse sin considerar la medida o intensidad, en el espacio y en el tiempo, de vibraciones sonoras o luminosas. Los antiguos manuscritos mencionados definen la Francmasonería como el “conocimiento de la naturaleza y la comprensión de las fuerzas que hay en ella”. El arte masónico o “arte real”, término utilizado ya por el neoplatónico Máximo de Tiro, se identificaba con la geometría, una de las ciencias del quadrivium pitagórico. La constancia de la Geometría (y de la expresión de la medida, que el Número) en todos los niveles de la naturaleza, manifestaba, para los masones iniciados, la presencia constante del Gran Arquitecto del Universo en todo lo existente. El concepto de “Gran Arquitecto del Universo” plasmaba, en parte, la idea del “Dios-Constructor” o “Dios-creador” del medio social y cultural cristiano en el que se desarrollaban las cofradías medievales de constructores . La Unidad, primera manifestación del Ser, desdoblándose y expresándose a través de la pluralidad, la Trinidad, resumiendo el gran principio dual del universo en su conjugación ternaria, y otros tantos conceptos pitagóricos, se hallaban en la interpretación geométrica del mundo heredada por los masones medievales.

La rica y vieja tradición de los constructores sagrados había pervivido en culturas diferentes, manteniéndose al margen de las definiciones teológicas y teogónicas imperantes en cada una de ellas, pero facilitando siempre una ósmosis que permitía traducir sus valores como valores “geométricos”. Veremos que los fundadores de la neomasonería o Masonería simbólica, en el siglo XVIII, aludirán a ello indicando que los nuevos masones ya no tendrían que observar la religión de los lugares en que se hallasen sus talleres, como habían hecho hasta entonces, sino la religión natural que conduce al desarrollo de la Virtud personal, en armonía con lo universal.
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