Las claves de una institución




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De la Masonería de oficio

a la Masonería Simbólica
Como hemos visto, los constructores medievales, a los que nos hemos estado refiriendo, amalgamaban y daban forma, en sus cofradías a aspiraciones profesionales, sociales y culturales, como había ocurrido desde la Antigüedad en los collegia romanos, en los que tenían sus antecedentes históricos.

Conviene subrayar que, como los masones, los practicantes de otros oficios se organizaban prescribiendo reglas de conductas laborales y personales, a fin de merecer el respeto social y evitar el intrusismo profesional, pero también para estimular en sus oficiales el espíritu de superación a través de la emulación y de la autovaloración. El conocimiento de la tradición del oficio no sólo ennoblecía a quienes lo practicaban por vincularlos con gloriosos, e incluso legendarios o divinos antecesores-maestros, sino que les facilitaba la comprensión de los “secretos profesionales”, algunos de los cuales contenían las claves del bien-hacer que podían garantizar el éxito laboral. Tal era el fin de la iniciación.

Los aspirantes a ingresar en las cofradías solían ser también sometidos a pruebas que atestiguaran la firmeza de voluntad del candidato y la posesión de cualidades específicas. Retengamos que, en todos los casos, el esquema era muy semejante: ejercer un oficio correctamente exigía una especial concienciación que había de generar determinados principios éticos y prácticas morales concretas que encauzaban también la vida civil y familiar de quienes las observaban, de forma que resultaba prestigiada la profesión misma. Igualmente, se buscaba la solidaridad y la ayuda mutua entre los practicantes cualificados de los oficios. Los cofrades identificaban todas estas aspiraciones con los símbolos éticos imperantes en el medio social en el que operaban y solían adoptar un patrono que, en definitiva, representaba el nexo con lo divino, con lo trascendente. Podía ser Jano, Marte, etc., entre los romanos, o bien, más tarde, cualquier santo del santoral cristiano a quien se pudiera atribuir, de alguna manera, una relación con la actividad desarrollada.

Por otra parte, la arquitectura y el oficio de la construcción, fundidos en uno hasta momentos históricos relativamente recientes, revestían una especial importancia en la vida de la sociedad, y quienes ostentaban el poder en ella necesitaban su concurso, tanto para conservarlo, como para desarrollarlo o expandirlo. Los reyes y los grandes señores feudales y religiosos precisaban de constructores experimentados y fiables para fines que trascendían las meras necesidades primarias. La construcción de templos, puentes, fortalezas y edificios suntuarios precisaba de especialistas avezados y no sólo de sencillos “albañiles”. Por ello, los masones, diseñadores de edificios y talladores de la piedra, así como de los carpinteros y los forjadores de metales, habían gozado siempre de la especial consideración de los poderosos. La Edad Media europea no había de ser excepción.

También hemos visto que en la tradición de los constructores se habían conservado conocimientos que no eran comunes en la sociedad medieval. Algunos espíritus inquietos, a menudo del entorno de quienes patrocinaban las obras realizadas por los masones medievales, se habían aproximado a las logias3 de éstos, interesados por su quehacer y su forma de interpretar la geometría, participando en sus reuniones de trazado e interviniendo en las discusiones como invitados, ya que no eran del oficio. Fueron los predecesores medievales de los que, sobre todo a partir del siglo XVII, serían recibidos en las logias operativas escocesas como “masones aceptados”.

El paso de la Masonería gremial, o de oficio, a la Francmasonería especulativa o simbólica se fue estando ya abiertamente desde el siglo XVI hasta principios del XVIII, a partir de algunas logias escocesas. Como pone de relieve David Stevenson4, es ilusorio seguir manteniendo que la Masonería especulativa nació en Inglaterra, repentinamente, con el acuerdo de las cuatro logias londinenses que se unieron para formar, en 1717, la Gran Logia de Londres. Lo que parece evidente para este importante masonólogo es que en logias “operativas” escocesas del siglo XVII hallaron acogida caballeros estudiosos, así como profesionales de otros oficios, interesados en el método ritual de los constructores y que, ya desde esa época, se puede hablar de Masonería especulativa o simbólica, puesto que aquellos no masones de oficio debatían temas no limitados a la reglamentación y práctica de la construcción física, sino a los principios geométricos y de orden estético y moral en que ésta se basa, simbolizados en la utilización de los utensilios de trabajo.

Por otra parte, las logias masónicas escocesas del siglo XVII se preocupaban tanto de la reglamentación del oficio como de las prácticas rituales de iniciación, aunque sólo se consignara en las actas de las reuniones lo concerniente al primer aspecto y que no se hayan encontrado, hasta después de 1630, más que alusiones esporádicas a los “secretos” ritualizados, como era el de la Palabra del Masón, como medio de identificación, según señala también Stevenson.

Gran parte de las logias operativas escocesas de constructores continuaron vinculadas a la construcción de edificios hasta principios del siglo XVIII y contaron con masones aceptados desde principios del siglo anterior, lo que no ocurrió en las logias netamente inglesas. Los antecedentes inmediatos de las logias especulativas o simbólicas inglesas hay que buscarlos en las logias “a la escocesa” que fueron surgiendo en territorio inglés durante el siglo XVII, algunas de las cuales incluso parecían no tener una ubicación permanente, sino que se reunían, periódicamente, donde sus miembros acordaban. Tal pudo ser el caso de la famosa Logia pionera de Warrington, a la que perteneció Elías Ashmole, primer “caballero” conocido que fuera recibido masón en una Logia inglesa, junto con el coronel Mainwaring, explicándose e hecho de que se carezca de datos sobre la logia de aquel famoso alquimista y miembro de la Royal Society británica desde 1646 hasta 1682, esta vez asistiendo Ashmole a la iniciación de varios caballeros, en Londres, según menciona en su diario íntimo.

Sin embargo, La Masonería institucionalizada moderna, basada en el simbolismo de los antiguos masones, arranca de la Gran logia de Londres. Como ya se ha indicado, cuatro Logias londinenses5 decidieron unirse, el 24 de junio de 1717, festividad de San Juan Bautista, para formar una macroestructura administrativa con fines específicos: Habría de ser la primera formación que, conservando las formas externas y los símbolos de las logias de los masones constructores tradicionales, no tendría como meta la construcción de edificios, sino la de reunir a los hombres de cualesquiera ideologías, razas, religiones o nacionalidades para cimentar y lograr una sociedad humana armónicamente edificada, a fin de que la paz y la tolerancia sustituyeran, algún día, a la disensión y a la guerra.

Fue creada con la independencia de la profesión u oficio de sus miembros6 y, como indica el artículo primero de la Constitución de 1723, con el propósito de servir de centro de unión a quienes, de otra forma, no se habrían conocido, ya que en ella figuraban profesionales, como los maestros carpinteros Lamball u Coordwell, junto a teólogos y presbíteros como Anderson y Désaguliers o militares como el capitán Elliot. Eligieron como Gran Maestre al caballero Anthony Sawyer, en espera de poder ofrecer el cargo, más adelante, a algún personaje ilustre que favoreciera el desarrollo de la institución. Esto ocurrió en 1721, en que fue elegido Gran Maestre el duque de Montagu. En 1722 lo fue el duque de Wharton . En 1730 el número de logias inscritas ascendía ya a 30 y en 1738 la Obediencia pasó a titularse Gran Logia de Inglaterra.

No todos los masones ingleses apoyaron la iniciativa especulativa de Londres. La decaída Logia de York, que, según una vieja tradición, databa del siglo X, sí como otras logias operativas, permanecieron independientes. Una de ellas, en Londres, era la Logia de San Pablo 7 (que había sido creada por los masones constructores de la nueva catedral), y es interesante anotar que, ya en 1702, esta Logia, presidida por el arquitecto sir Christopher Wrenn, edictaba que:

Los privilegios de la Masonería no serán ya reservados, en lo sucesivo, tan solo a los obreros constructores, como se hace ahora, sino que se extenderán a personas de toda condición que deseen participar.

La Logia de York reaccionó agrupando a varias de aquellas logias. Editando sus propias Constituciones en 1722 (las de Roberts) y adoptando el nombre de “Gran Logia de toda Inglaterra” en 1725. Continuó ejerciendo sus funciones (hasta 1779), sin actitud especialmente hostil hacia la Gran logia de Londres, aunque manifestando siempre su discrepancia.

Desde 1739 a 1753, miembros de algunas logias conservadoras, influidos por las formas rituales practicados entre los masones irlandeses, protagonizaron un movimiento que culminó en la formación de una nueva Obediencia, integrada por nueve logias de reciente creación: la “Gran Logia de los Masones Libres y Aceptados, según las Antiguas Instituciones”. Esta nueva formación pasó a ser conocida, pronto, como la “Gran Logia de los Antiguos” y había de tener una importancia decisiva en la evolución de la Masonería anglosajona. Sin embargo, y en contra de lo que pudiera pensarse, la Gran Logia de York (autotitulada “de toda Inglaterra”, como hemos visto) poco o nada tuvo que ver con el origen de este nuevo movimiento.

El artículo primero de las Obligaciones contenidas n las “Constituciones” fundacionales de 1723, redactadas por James Anderson y sus colaboradores, señalaba expresamente que:
Un masón está obligado, por el compromiso contraído, a obedecer la Ley Moral. Y, si entiende correctamente el Arte, jamás será un ateo estúpido ni un libertino irreligioso. Pero, si bien antiguamente los masones venían obligados, en todos los países, a seguir la religión del respectivo país o nación,, fuese cual fuese, se considera hoy más expedito que se obliguen solo respecto a la religión sobre la que todos los hombres están de acuerdo, dejando para cada uno sus (propias) opiniones personles. Esa religión consiste en ser hombres de bien y leales, hombres de honor y probidad, cualesquiera sean las denominaciones o confsiones que puedan distinguirlos. Con ello, la Masonería se convertirá en el Centro de unión y medio conciliador que permita anudar una sincera amistad entre quienes de otro modo habrían permanecido separados perpetuamente.
Del texto se desprende que los masones han de practicar una moral acendrada, pero no necesariamente determinada por una dogmática religiosa, sino la propia de los hombres de bien, leales y probos, de acuerdo con el criterio general de la sociedad en la que se hallen, sin que sus posibles creencias confesionales desempeñen ningún papel en su relación con los demás miembros de la Institución.

Esta interpretación de la primera de las Obligaciones marcadas por los fundadores de la Francmasonería del pensamiento o Masonería Simbólica es congruente con el móvil que los condujo a crear la Orden: tratar de poner fin a las endémicas discordias que venían asolando la sociedad a causa de las virulentas discrepancias religiosas y de los enfrentamientos políticos a que las mismas daban lugar (y aún, lamentablemente, siguen dando en muchos lugares del mundo). Era natural que el mejor parámetro moral utilizable fuera el dominante en aquella sociedad de cultura tradicionalmente cristiana, sobre el que los ingleses de todas las “denominaciones” o “confesiones”, podían estar de acuerdo: la bondad, la lealtad y el honor o dignidad humanas eran y son cualidades naturales de las personas de bien, en tods partes. De ahí la alusión a los “libertinos irreligiosos” y a los “ateos estúpidos”, con objeto de contraponer el modelo de conducta que la nueva Masonería pretendía fomentar y el que solían observar quienes alardeaban de ser “libres” por comportarse “libertinamente”, es decir, sin respetar principios éticos constructivos que, en aquella época, la conciencia cultural colectiva identificaba con las mejores proposiciones morales cristianas.

La Masonería se proponía crear un modelo social abierto y no dogmático, basado en cualidades humanas reconocidas como positivas, alcanzadas a través de la religión personal o de otro tipo de convicciones, ya que sólo de esa forma podría ser “centro de la unión” humana y humanista. La Tradición metodológica simbolista que transmite la Orden es invariable, pero su aplicación a lo largo de la historia debe considerar los símbolos arraigados en cada sociedad concreta, fin de poder desarrollarlos filosóficamente e incluso reconvertirlos e integrarlos, enriqueciendo con ello su acervo simbólico.

En 1725 y 1736 fueron creadas las Grandes Logias de Irlanda y de Escocia, respectivamente. Ambas siguieron el ejemplo agrupador de la Gran Logia de Londres, pero con matices propios de sus respectivas tradiciones locales.

Los fundadores de la Gran Logia “de los Antiguos”, en 1753, mayoritariamente irlandeses procedentes de la Gran Logia de Irlanda, según expone el historiador Henry Sadler8, propugnaron una Masonería teísta y confesional, basándose en que los antiguos masones gremiales habían sido cristianos practicantes (lo que ya había tenido en cuenta Anderson en el texto anteriormente comentado) y que la Masonería moderna había descristianizado los rituales. Por ello, redactaron sus propias normas (contenidas en el “Ahiman Rezon9, de Lawrence Dermott) y establecieron, para sus masones, la obligación de practicar una religión positiva, basada en la tradición “revelada” a través de un libro sagrado, que, como cristianos, habría de ser la Biblia.

Las dos Grandes Logias inglesas entraron en franca competencia, tratando de captar adeptos entre las personas ilustres e influyentes, hasta que el advenimiento de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas impulsaron a ambas instituciones a solidarizarse con la política de la Corona británica, entablando un diálogo que culminó con la unión de los modernos y los antiguos, en 1813, formando la Gran Logia Unida de Inglaterra.

Para muchos, la disolución de la Primera Gran Logia de Inglaterra en el seno de la Gran Logia Unida representó una mutación de la Masonería simbólica original, mediante la imposición del dogmatismo derivado de las religiones, en cuanto a la definición de un Dios personal, de un conocimiento humano fundado en la revelación y de una ética cristiana determinante ya que en la síntesis perduró la postura confesionalista de los antiguos, que aún caracteriza a la Masonería anglosajona, recogida en su nueva Constitución de 1815, en contra del espíritu que inspiró la creación de la auténtica primera Gran Logia Madre, de 1717. Veremos, más adelante, las consecuencias que esto tuvo.

La expansión europea en el siglo XVIII
Hemos visto cómo la Masonería de oficio, la de los talladores de piedra y constructores de catedrales, subsistió en Escocia con más vigor que en el continente europeo, a pesar de hacer sido en éste donde surgió y donde dejó sus más bellas realizaciones arquitectónicas: entre otras muchas obras, las catedrales de Estrasburgo, Chartres, París, Reims, Colonia, Ratisbona, Burgos, Santiago, etc. Hemos visto asimismo cómo en Escocia se reorganizó el oficio con los Estatutos de Schaw, al finalizar el siglo XVI, y cómo comenzaron a aparecer algunas logias “a la escocesa” en territorio inglés, dando entrada en ellas a hombres de extracción diferente, no pertenecientes al oficio, considerados “masones aceptados” o asimilados. Por último, hemos comentado cómo fue en Londres donde los “aceptados” vertebraron varias logias, dando vida a la primera institución neomasónica, con la finalidad de aglutinar a hombres de bien, de diversas posiciones y tendencias políticas y religiosas, que pudieran constituir un fermento positivo para estimular el entendimiento y la paz social, basándose en la potenciación y puesta en práctica de valores universales comunes a toda la especie humana, con independencia de razas, religiones o nacionalidades. Valores que se hallaban contenidos en la geometría espiritualizada de constructores y simbólicamente representados por los diversos utensilios de trabajo y las leyendas tradicionales del oficio, a cuyo conocimiento gradual accedían los antiguos masones mediante una iniciación selectiva personal y la comunicación sucesiva de los “secretos” profesionales.

Tan noble aspiración no constituía, en sí misma, una novedad. Había tenido anteriormente ilustres valedores, en todas las culturas y en todos los tiempos, sin que sea nuestro propósito detallar aquí esta referencia. Es importante subrayar que el Renacimiento europeo aceleró, en la cultura de los siglos XV y XVI, un verdadero proceso revolucionario en el que tiene sus raíces socioculturales evidentes la neomasonería o Masonería simbólica.

Los descubrimientos geográficos y científicos, el resurgimiento del pensamiento de los clásicos de la Antigüedad griega y romana, mediante la difusión, que la utilización de la imprenta permitió, de textos que habían permanecido desconocidos o ignorados, muchos de ellos recuperados en Europa occidental gracias a las aportaciones procedentes de las bibliotecas del derrumbado Imperio Bizantino, facilitaron el desarrollo de un nuevo sentido crítico, unido a un también nuevo talante investigador. Los estudios medievales del Trivium y del Quadrivium vieron desplegarse cada una de sus respectivas disciplinas para abarcar las nuevas propuestas culturales. Se potenciaron los estudios de Astronomía, de Matemáticas y de Física. Los nuevos filósofos encontraron también nuevas vías para la Lógica y en casi todas las lenguas del continente surgieron y se consolidaron las gramáticas de las lenguas vernáculas, destronando definitivamente al latín como lengua exclusiva de la cultura.

Es necesario tener en cuenta aquel desarrollo renacentista, revelador de antiguas tradiciones y expresions culturales que el medievo tan solo había encubierto o deformado, para comprender el nuevo sentido que la espiritualidad fue tomando. Lo espiritual no iba a ser ya exclusivamente cuanto proponían las religiones, sino todo aquello capaz de suscitar en el hombre sentimientos de elevación hacia los valores arquetípicos de belleza, Justicia, Amor, Sabiduría, etc. Pero no es menos cierto que, paralelamente, el renacimiento facilitó una cierta deformación del sentido critico, potenciando el avance del pragmatismo científico, a partir de una valoración excesiva del conocimiento experimental. Tal vez pueda considerarse a Galileo Galilei como pionero más representativo de esa tendencia, que culminó en el racionalismo del siglo XVIII y, sobre todo, en el positivismo del XIX.

Durante la segunda parte del siglo XVII, como consecuencia de las luchas religiosas que ensangrentaron Inglaterra y Escocia, en función de intereses políticos y dinásticos, fueron llegando a Francia refugiados políticos bien acogidos durante la monarquía de Luis XIV. La revolución inglesa del siglo XVII, que llevó a la decapitación del rey Carlos I y a la instauración de la república de Cronwell, con el fortalecimiento de la burguesía británica y la instauración de un parlamentarismo preliberal, fue precedente anunciador de lo que durante el siglo siguiente iba a ocurrir en Francia.

A finales del siglo XVII, recibió asilo en Francia el destronado Jacobo II Estuardo, rey católico de una Inglaterra y de una Escocia que hacía tiempo que venían tratando de descartar allí a perpetuidad la tradicional vinculación de las monarquías europeas con el poder central de la Iglesia católica, ostentado por los papas romanos. Ya anteriormente habían buscado y obtenido asilo otros personajes británicos, huidos tras la muerte de Carlos I. Pero con Jacobo II las cosas iban a tener otra trascendencia, puesto que junto a él llegaron al continente numerosos caballeros masones-aceptados escoceses, irlandeses e ingleses, militares y civiles, que en gran parte permanecerían en Francia. Fueron aquellos quienes formaron las primeras logias “a la escocesa” en territorio continental europeo.

Cuando luego, James Anderson, Jean Théophile Désaguliers y sus compañeros crearon la Gran Logia de Londres, los emigrados jacobitas británicos, a quienes habían empezado a unirse franceses, habían creado ya algunas logias, sobre todo de militares “aceptados”. Las diferencias políticas y religiosas no deberían obstaculizar las relaciones humanas entre éstos y los masones de la nueva Gran Logia inglesa: No obstante, es preciso subrayar el alto grado de politización que entrañaba una situación de enfrentamiento civil tan candente.

El proceso de creación de las primeras logias franco-escocesas constituye un interesante tema histórico que merece tratamiento separado. Baste señalar aquí que existieron logias desde 1726 (la primera fue la de Santo Tomás, en París). Algunos investigadores masones consideran que la primera Gran Logia de Francia fue creada en 1728, presidida por el duque de Wharton que había sido también Gran Maestre de la Gran Logia de Inglaterra en 1722 y que dejó Francia para trasladarse a España unos años después. Otros señalan 1732 como fecha de creación. Tras un período sobre el que existe poca información precisa, la Gran Logia Francia eligió como Gran Maestre y sucesor de Wharton, en 1737, al escocés James Hector Mac Lean, barón de Duart, sucedido en 1736 por Charles Radcliffe (lord Derwentwater), sobrino de Jacobo II, a quien acompañó al exilio siendo un niño.

En 1738, la Gran Logia de Francia eligió su primer Gran Maestre francés, en la persona del Duque de Antin. Aquella gran Logia aglutinó logias que habían sido creadas por los inmigrados escoceses y logias que habían recibido su patente de la Gran Logia de Inglaterra. A ella se refería ya la segunda edición del Libro de las Constituciones inglesas como Obediencia independiente, reconocida como tal por la Gran Logia de Inglaterra.

Pero fue durante el largo maestrazgo (1743-1771) de Luis de Borbón-Condé, conde de Clermont, elegido Gran Maestre de la Gran Logia de Francia a la muerte del duque de Antin, cuando la Francmasonería gala se expandió y consolidó por todo el territorio nacional y también por las Antillas francesas. Los principales núcleos masónicos se ubicaron entonces en París, Burdeos, Lyon, Marsella y Toulouse. A partir de mediados de aquel siglo se configuran allí los rituales o sistemas de trabajo ampliatorios de los tradicionalmente practicados en los tres grados esenciales de la Masonería simbólica, conocidos desde entonces como “altos grados” o “grados superiores”, basados en el desarrollo de las enseñanzas implícitas en el grado escocés de Maestro o tercer grado simbólico. Éste y otros factores relativos a la administración de las logias, que había opuesto a los talleres parisinos y a los de las provincias del Estado, produjeron importantes trastornos en la Masonería gala durante los últimos años de gran maestrazgo del conde de Clermont, hasta llegar a una casi total paralización entre 1767 y 1771.

En 1771 fue elegido Gran Maestre el duque de Chartres, que aceptó el cargo en 1772 y convocó una asamblea general, que, reunida en diciembre de aquel año, acordó la disolución de la Gran Logia de Francia, a fin de reorganizarla estatutariamente. El Soberano Consejo10, que administraba los grados superiores, se unió a la comisión de estudio creada con tal fin.

Los nuevos estatutos fueron aprobados, adoptándose para la Obediencia el nombre de “Soberana y Muy Respetable Gran Logia Nacional de Francia”, en marco de 1773.

El 22 de octubre del mismo año, una Asamblea General de aquella Gran Logia, a la que se habían unido, tras muchas vacilaciones, los reticentes delegados de las logias de París, aprobó también que los venerables maestros o presidentes de las logias habrían de ser elegidos mediante votación, contra la costumbre, practicada en París, de considerar vitalicio el cargo11. Con el voto mayoritario de los delegados de provincias, la Asamblea adoptó el nuevo nombre de “Gran Oriente de Francia” para la Obediencia, confirmando e instalando como Gran Maestre al duque de Chartres. Los maestros parisinos conservaron el nombre de “Gran Logia de Francia” (o “Gran Logia de Francia, de Clermont”, subrayando con ello su deseo de mantener la línea obediencial existente durante el gran maestrazgo del conde de Clermont), aun acatando la presidencia del duque de Chartres. Ambas formaciones terminaron reunificándose en 1799, tras el oscuro período de semiinactividad sufrido durante los años de la Revolución.

En todo caso, la Revolusión Francesa de 1789 señaló el final de lo que Daniel Ligou llama la Masonería del Antiguo Régimen. Y ello no se debió a que la institución fuera perseguida por las autoridades revolucionarias, en ningún momento, sino a al dispersión producida por la emigración, el encarcelamiento o la muerte en la guillotina de numerosos masones destacados, ya fuera a causa de sus adscripciones políticas personales o de su condición social, en los casos en que eran, además, aristócratas. A ello habría que añadir que los masones para los que la dimensión iniciática de la Orden tiene valor secundario, primando en sus sentimientos el aspecto convivial o de club fraternal que a menudo se le ha dado, suelen encontrar, y sin duda también fue así en aquellos borrascosos momentos, otros temas o actividades más atractivas.

Será Napoleón Bonaparte12 quien verá en la Masonería francesa, restaurada y reunificada a partir de 1799, un importante posible medio de consolidación y difusión de los principales postulados político-sociales revolucionarios, asumidos e interpretados por él mismo como Primer Cónsul de la República y, luego, como Emperador.

Por ello, procuró que su hermano José, iniciado en Marsella en 1793 fuese elegido Gran Maestre del Gran Oriente de Francia en 1804. José Bonaparte fue también, en períodos diferentes de su vida, Gran Maestre del Gran Oriente de Nápoles y del primer Gran Oriente de España (1809). De igual forma, animó a sus otros hermanos y a sus principales generales y mariscales a ingresar en la Orden, que gozó siempre de su personal protección.


  • * *


Por lo que respecta a los territorios que hoy componen Alemania, los antiguos Steinmetzer, cuya actividad y organización tanta importancia tuvieron en el contexto de la Masonería de los constructores medievales, habían desaparecido completamente. La Masonería simbólica fue introducida allí por los ingleses. Recordemos que era alemana la nueva dinastía instalada en el trono británico, tras la muerte de la reina Ana Estuardo, y que ello facilitaría una relación fluida entre miembros de las cortes de Londres y Hannover durante todo el Siglo de las Luces. En 1737 se fundó, con patente emitida por la Gran Logia de Inglaterra, la primera Logia simbólica alemana: la “Muy Venerable Sociedad de los Masones Libres y Aceptados de la Ciudad de Hamburgo”.

En 1738, fue iniciado en Brunswick, y a escondidas de su real padre, el que poco después habría de ser Federico el Grande, rey de Prusia, masón ferviente, protector de la Masonería, músico y militar ilustre. Su primer trabajo masónico (o “plancha”) lo presentó en la Logia que él mismo presidía, en Charlottenburg. En 1740 fundó, en Berlín, la “Logia de los Tres Globos”, que había de ser generadora de otras logias, pasando a titularse “Gran Logia Madre Real de los Tres Globos” y eligiendo como primer Gran Maestre al mismo rey Federico, que nombró como adjunto, y administrador de hecho, al duque de Holstein-Beck. Federico el Grande dejó una importante huella en la Orden, como tendremos ocasión de ver.

En 1768 se creó la “Gran Logia Real de York”, patrocinada por los Hannover reinantes en Inglaterra. La “Gran Logia Nacional de los Francmasones de Alemania” fue fundada en Berlín (1770) por Zinnendorf, que había sido Gran Maestre de la Gran Logia de los Tres Globos. Esta tercera Gran Logia adoptó el sistema o método ritualizado de trabajo sueco, compuesto por Eckleff, y fue reconocida también por la Gran Logia de Inglaterra. Durante todo el siglo XIX pertenecerán a esta Obediencia los numerosos miembros masones de la dinastía prusiana de Hohenzollern.

Además de estas tres Grandes Logias, fueron creadas, con patente inglesa, otras dos con carácter de grandes logias provinciales, dependientes de Londres: la Provincial de Hamburgo y la Provincial de Frankfurt-Main. En el seno de la primera creó Friedrich Ludwig Schroeder su sistema ritual, limitado a los tres grados tradicionales, y en el de la de Frankfurt surgió el llamado Rito Ecléctico, en 1783.

A este cuadro obediencial tan variopinto hay que añadir el de la pluralidad de ritos surgidos en lo que hoy es Alemania a lo largo del siglo XVIII, aunque conservando casi unánimemente los tres grados básicos de la Masonería simbólica escocesa. De entre todos ellos, el sistema o método ritual de la “Estricta Observancia Templaria” contó con general aceptación en las logias alemanas. Creado por el barón Von Hund, puede ser considerado el sistema más importante de origen alemán que ha existido, siendo practicado a mediados de aquel siglo por la mayor parte de las logias de los territorios germanos y dando origen, más tarde, al actual Rito Escocés rectificado. A la misma época corresponden el ya mencionado sistema de Schroder y otros métodos de trabajo masónico, algunos en franco contraste con los perfiles de los practicados por la Masonería inglesa clásica.

Todo ello pone de relieve, por una parte, el minifundismo que caracterizó la aparición de la Masonería simbólica alemana y, por otra, la apertura masónica de l Gran Logia de Inglaterra a lo largo del siglo XVIII, manteniendo relaciones oficiales múltiples y admitiendo una libertad metodológica plurirritualista con talante y criterios que no van a ser totalmente compartidos por la Gran Logia Unida de Inglaterra que surgirá en 1813.
* * *
En el heterogéneo Imperio austriaco de los Habsburgo, integrado por numerosos territorios de diversas nacionalidades, como patrimonio dinástico, fue a iniciativa del muy masón arzobispo de Breslau como se formó la primera Logia de Viena, encargando de ello al conde Horditsch: la “Logia de los Tres Cañones” inició sus trabajos en diciembre de 1742.

La bula excomunión de los masones, dictada por el papa Clemente XII en 1738, no fue sancionada por la emperatriz María Teresa, a pesar de su acendrado catolicismo. Su marido, el duque Francisco de Lorena, era masón. Pero, sobre todo, la emperatriz desconfiaba más del tradicional intervencionismo papal en los asuntos de Estado que del supuesto peligro que pudiera constituir la Masonería y deseaba mostrar con ello su independencia. A pesar de la inexistencia de libertad de reunión en el Imperio, los masones no encontraron graves inconvenientes durante su reinado, ni durante el de su hijo, el emperador José II. Por el contrario, colaboraron asiduamente en la realización del programa de reformas que estos monarcas emprendieron para revitalizar las instituciones estatales.

En 1784 se creó la Gran logia de Austria, con las 61 logias existentes en el Imperio austriaco. Sin embargo, los sucesores de José II, emperadores Leopoldo II y Francisco I, temieron que a través de la Masonería pudieran llegar a Austria las inquietudes revolucionarias francesas y la Orden cayó en desgracia, siendo las logias sometidas estricta vigilancia desde 1797. La persecución abierta llegó en 1801, prohibiéndose a los funcionarios imperiales la pertenencia a logias masónicas.

Los países latinos de la Europa meridional se hallaban, en el Siglo de las Luces, bajo un aún fortísimo dominio de la Iglesia. Si las bulas de excomunión dirigidas contra los nuevos masones simbólicos por los papas Clemente XII y Benedicto XIV (In Eminenti y Providas Romanorum, respectivamente) no tuvieron efecto alguno, ni en Europa central ni en Francia, fue porque en ésta y en el imperio austriaco las bulas papales, en general, se hallaban sometidas a la sanción real previa para poder tener efectividad en sus territorios. La tradicional disputa de poderes entre la Iglesia y el llamado poder temporal, causante de tantos enfrentamientos bélicos y filosóficos a lo largo de la Edad Media, había encontrado cierto equilibrio a partir del renacimiento, en buena parte debido a la aparición del protestantismo, motivador de una nueva clasificación de los estados europeos.

En los países en los que triunfó la Reforma, perdieron los papas su tradicional poder y en los demás se vio éste más condicionado, al depender la defensa armada de la fe católica, en cada uno de ellos, de la autoridad civil respectiva. Ni en la católica Francia, ni en el católico imperio austriaco, del que dependían entonces territorios que hoy forman parte de Alemania, Holanda, Chequia, Polonia o Hungría, sancionaron sus monarcas aquellas primeras bulas papales, mostrando con ello su independencia del poder eclesiástico. El desarrollo de la Masonería no encontró allí ese importante obstáculo, como no lo había encontrado en la protestante Gran Bretaña. Ni siquiera los sacerdotes católicos desdeñaron formar parte de la nueva Fraternidad, como hemos visto ya respecto a Austria.

Italia y España representaban, en el siglo XVIII, firmes bastiones del catolicismo tradicional. Importantes circunstancias sociopolíticas y culturales hicieron que el movimiento masónico en Italia fuese, ya desde la primera mitad del siglo XVIII, incomparablemente más fuerte y trascendente que en los otros dos países meridionales.

Italia se hallaba dividida en diversos estados independientes, regidos monárquicamente. Los estados pontificios, gobernados por los papas, ocupaban toda Italia central. El sentimiento de unificación italiana, que se fortalecería decisivamente con la Revolución Francesa y triunfaría definitivamente en el siglo XIX, era ya un fermento activo entre los intelectuales italianos del XVIII, siempre interesados por cuanto ocurriera fuera de sus estrechas fronteras. No es de extrañar que el contenido de la propuesta masónica, adogmática, propugnadora de la iniciación personal como vía hacia la verdadera libertad espiritual y estimuladora de la fraternidad como forma ideal de la convivencia social, fuera atractiva y encajase de manera específica en el mosaico italiano de aquel tiempo.

Desde 1730 empezó a desarrollarse la masonería italiana, en Florencia, y bajo la mirada benévola de sus gobernantes, pero también estrechamente vigilada por la policía y por los representantes papales. Parece ser que la primera Logia, creada por masones ingleses, surgió allí en 1733, seguida de otras en Pisa y Livorno. El duque Francisco I de Lorena, marido de la emperatriz María Teresa de Austria, que había sido iniciado como masón en La Haya, ocupó el trono de Toscaza en 1739. Un año antes había sido publicada la bula papal In Eminente, a la que ya nos hemos referido, por lo que la posición política del duque era delicada cuando la Inquisición, por orden papal, encarceló y torturó al poeta e intelectual Tomaso Crudeli, que murió pocos años después, como consecuencia de los daños físicos causados por la tortura, siendo el primer mártir de la Masonería italiana y precursor de los que caerían en las fuertes persecuciones de 1816.

En el reino de Nápoles, regido por el que luego sería Carlos III13 de España, se crearon logias a partir de 1751. Las logias de Catania, Mesina y Gaeta formaron, en 1764, una Gran Logia Nacional que contó con la protección de la reina Carolina, esposa del nuevo rey, Fernando IV, hermano de Carlos III. En 1774 se fundó la Gran Logia de Nápoles, que adoptó el método ritual escocés. Desde 1738 se atestigua la existencia de numerosas logias en Cerdeña, Saboya y Piamonte, y en 1745 se fundó el Gran Consejo de Lombardía, con sede en Turín. Incluso parece haber existido una Logia en Roma.

La difusión de la Masonería en Italia dependió de las circunstancias políticas en sus diversos pequeños estados, bajo el común denominador de la vigilancia papal, ejercida tenazmente por los jesuitas.

La primera Logia española fue creada en Madrid, en 1728, por un grupo de ingleses residentes en la corte española, bajo el patrocinio del duque de Wharton14, quien, como hemos comentado ya, había sido el sexto Gran Maestre de la Gran Logia de Inglaterra y fue elegido, en aquel mismo año 1728, Gran Maestre de la Gran Logia de Francia.

España era, entonces, un país trágicamente marcado por su larga historia inquisitorial. Aunque la Inquisición había reducido la actividad ardiente que la caracterizó en los siglos anteriores, su presencia y sus métodos habían conformado la sociedad española, diferenciándola notablemente del resto de Europa e impermeabilizándola, mediante la drástica censura de cualquier clase de escritos, respecto a inquietudes intelectuales y políticas que ya habían aflorado en otros países. Las bulas papales de excomunión sí tenían efecto en España y, aunque la de 1738 pasara prácticamente inadvertida, la promulgada por Benedicto XIV, en 1751, fue acatada sin demora por Fernando VI y seguida de la acción inquisitorial correspondiente. El fraile José Torrubia hizo un verdadero alarde de fervor inquisitorial (y de imaginación) al denunciar, en 1752, la existencia de en torno a noventa logias en España. También se afirma que, desde Gibraltar, se organizó en Andalucía una Gran Logia Provincial dependiente de Londres. El problema era que los inquisidores no sabían bien qué era aquello de la Masonería y cómo detectar sin error a los implicados, a través de sus habituales interrogatorios. Ello hizo que sus detenciones fueran escasas y anecdóticas, entre los también muy escasos masones existentes por entonces en el país. Aunque la primera “Logia de los Tres Lises” (asimismo llamada “La Matritense”) siguiera figurando en el registro de la Gran Logia de Londres hasta 1767, seguramente se disolvió, de hecho, muchos años antes.

Señalaba Nicolás Díaz y Pérez, en su Ensayo histórico-crítico de la Orden de los Francmasones en España (1894), la existencia de Logias, integradas mayoritariamente por residentes extranjeros, en Cádiz (“Hércules”, 1739 y “Gades”, 1748), y también en Barcelona (“Naturaleza”, 1749). Sin embargo, a medida que avanzó el siglo, los ilustrados españoles entraron en conocimiento del movimiento masónico, tan de moda en el resto de Europa, y durante el último tercio del XVIII se crearon, seguramente entre otras, las logias “Nueva Hispalense” (Sevilla, 1771), “Vigilante” (Granada, 1772), “Discreción” (Granada, 1772), “Libertad” (Madrid, 1794), “España” (Madrid, 1795), “Extremadura” (Badajoz, 1796) e “Hijos del Tormes” (Salamanca, 1797). La ausencia de documentación hace más que difícil adentrarse con precisión en aquel período.

A aquellas logias pertenecieron, probablemente, los masones españoles más conocidos de entonces: en primer lugar, el conde de Aranda, ministro de Carlos III y embajador de España en París. Aunque determinados estudiosos indiquen carencia de documentación “fehaciente” en este sentido, respecto al conde de Aranda, han dado “fe” de ello numerosos masones españoles durante el siglo siguiente, y no solo por los motivos propagandísticos que se les atribuyen, puesto que se trataba de personas documentadas y cercanas en el tiempo a los hechos. Los años de permanencia en París de don Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, fueron para él ricos en contactos y en actividades no suficientemente documentadas o documentables. Lo que sí parece muy improbable es que Aranda creara o presidiera de facto un “Gran Oriente de España”, en sus circunstancias y en 1780.

Igualmente fueron masones el conde de Peñaflorida, el marqués de Naxos, los de Villa-Alegre y de Valdelirios, el de Villafranca, el conde de Montijo, el duque de Alba y el de Medinasidonia… A ellos hay que añadir los nombres de ilustrados como el fabulista Iriarte, el general San Miguel, Jovellanos, Ventura Rodríguez, Olavide, Mendizábal, Martínez de Robledo, Martínez Marina, Rafel del Riego y otros muchos que identificaron los ideales de la Ilustración con los de la Masonería.

La incipiente Masonería española del siglo XVIII se verá consolidada y expandida en el XIX. En 1809 se creó la primera Gran Logia Nacional (o Gran Oriente Nacional), bajo auspicios franceses y con las características politizantes de las sociedades secretas y “de pensamiento” que dominaron el asociacionismo ideológico de ese siglo en los países latinos, en los que el significado espiritual profundo de la Iniciación masónica pasó a un segundo plano, cuando no a una oscura sima.

La Masonería portuguesa del XVIII siguió pautas semejantes a la española, dada la similitud de circunstancias sociopolíticas dominantes en ambos estados, si bien la vinculación secular Portugal con Inglaterra favorecería allí los intercambios. En 1738 existían dos logias en Portugal: una formada por súbditos británicos protestantes y otra integrada por católicos irlandeses. Con ésta terminó pronto la Inquisición y con la otra lo hizo en 1743, torturando duramente al Venerable Maestro Juan Coustos y condenándole a cuatro años de galeras, de los que no se hubiera librado sin la afortunada intervención del embajador británico.

Fue durante el ministerio del marqués de Pombal cuando la Masonería portuguesa del siglo XVIII comenzó a florecer: Don Sebastián de Mello, marqués de Pombal, había sido embajador de su país en Londres y fue iniciado en 1744, en una logia londinense, según el historiador Lennhoff. Tras su desaparición, y bajo el reinado de la reina María, se desencadenó una intensa persecución contra los masones, endurecida aún más a raíz de los acontecimientos revolucionarios franceses. En torno a 1800 existían cinco logias en Lisboa, mayoritariamente integradas por súbditos ingleses y franceses. Será en 1804 cuando se cree la primera Gran Logia de Portugal.
* * *
En el norte de Europa, la primera Logia sueca fue fundada en 1735 por el general Axel Ericson Drede Sparre, gobernador de Estocolmo, que había sido iniciado en París en 1731. Pero fue Kart Friedrich von Scheffer quien, en 1737, recibió del Gran Maestre de la Gran Logia de Francia (Derwentwater) autorización para crear una Obediencia masónica en Suecia, tan pronto hubiera número suficiente de logias para ellos. Sin embargo, en 1738, e inesperadamente, el rey Federico I prohibió la Masonería en su país, paralizándose el proyecto.

En 1752 creó Knud Carlsson Posse la Logia de San Juan Auxiliar, autorizado ahora por otro Gran Maestre de la Gran Logia de Francia: el conde de Clermont. Posse, Sparre y Scheffer aunaron sus esfuerzos, procediendo a la creación de cierto número de nuevas logias y fundando el Orfelinato Nacional sueco, aún existente.

En la Masonería sueca iba a ejercer una influencia determinante el médico Kart Friedrich Eckleff, que creó un Capítulo de grados superiores en 1759 y configuró el sistema o Rito Sueco, cuya peculiaridad dentro del contexto de la Masonería universal comentaremos más adelante. En 1760 se unieron en torno a Eckleff todas las logias suecas, eligiéndole Gran Maestre. Pero en 1762, el rey Adolfo Federico tomó bajo su protección personal a la Masonería nacional, adoptando el título de “Gran Maestro de la Masonería Sueca”, situación que persiste hasta nuestros días, ostentando los monarcas de ese país el título de “Vicario de Salomón”, creado luego por el muy especializado rey Carlos XIII, con la aquiescencia de la Iglesia luterana sueca.

Los ingleses trataron de crear en Suecia logias dependientes de la Gran Logia de Inglaterra, surgiendo una tirantez que resolvieron con el reconocimiento de la Gran Logia de Suecia, cuya estructura y concepto eran bien diferentes de los postulantes por Londres. Asimismo, durante algún tiempo, trató el futuro rey Carlos XIII, cuando aún era príncipe heredero, de unificar la Masonería sueca y la alemana de la Orden de la Estricta Observancia Templaria, sin que sus gestiones llevaran a término el empeño. En este sentido, el único rastro perdurable de los esfuerzos de aquel príncipe fue la creación por él, una vez ascendido al trono sueco, en 1790, de la Orden de la Cruz Roja, basada en el grado de Caballero de la Cruz Roja, (procedente de la Estricta Observancia), que ostentan los reyes suecos desde su nacimiento. En Dinamarca fue mayor la influencia de la Estricta Observancia, no adoptándose allí el Rito Sueco hasta 1855.

La modalidad masónica sueca se extendió a toda Escandinavia, dadas las estrechas relaciones políticas que siempre ha existido entre aquellos países, incluyendo la unificación de sus coronas en diversos momentos históricos.
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