Las claves de una institución




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Carácter de la iniciación masónica
Lo expuesto hasta aquí es un rápido bosquejo histórico que permite concretar algunas conclusiones importantes, de las que habremos de partir para tratar de exponer la metodología simbolista que caracteriza a la iniciación masónica:


  • Los constructores de edificios, desde épocas remotas, se especializaron en un ¡arte!, práctica que exigía la observación de la naturaleza y de sus normas, a fin de poder llevar a buen término el trabajo emprendido. Arte y artesanía son actividades humanas de transformación; es decir, creadoras de nuevas formas, a partir de un primer estado de la materia que es su materia prima. La medida, el peso y el número son conceptos fundamentales que rigen la actividad constructora.

  • Los edificadores especializados, también desde épocas remotas, fueron conscientes del valor universal de esos principios en los que se apoyaba su trabajo. El quehacer personal había de subordinarse a leyes o normas imperativas de la naturaleza que constituían pautas cuyo conocimiento hacía posible la construcción. Construir era crear nuevas formas a partir de lo que la naturaleza mostraba, y el respeto de las leyes naturales era un deber. Los masones medievales, herederos de los antiguos constructores colegiados romanos, formaron cofradías para trabajar independientemente, abandonando los auspicios eclesiásticos a los que se habían acogido durante las invasiones bárbaras. Para ellos, lo sagrado era lo discernido como imperativo universal. Por analogía, el universo era una arquitectura en la que se hallaban contenidas todas las pautas posibles. La misteriosa Causa creadora de la gigantesca arquitectura universal había de ser también sagrada, y el nombre que le dieron los constructores sagrados medievales fue Gran Arquitecto del Universo. En el seno de la cultura cristiana imperante se identificaba esa Causa con el Dios bíblico.

  • La construcción era una labor colectiva de hombres dispuestos a cumplir con su deber como profesionales. El trabajo requería una convivencia y ésta condicionaba la actuación personal en el ejercicio de la profesión, exigiendo la práctica habitual de determinadas capacidades humanas de comportamiento que, en términos éticos, solemos llamar virtudes: aceptación de los demás operarios o “obradores” como colaboradores y participantes en una misma solemos llamar virtudes: aceptación de los demás operarios u “obradores” como colaboradores y participantes en una misma ”obra” (solidaridad), asunción como propios de determinados problemas del trabajo del “otro”, puesto que el trabajo de cada uno se vinculaba con el d e los demás (igualdad), prolongación de la amable relación de los compañeros en la sociedad profana, practicando la ayuda material mutua y observando comportamientos dignos (fraternidad), etc. Todo aquello requería un pacto o compromiso, por el que cada miembro del grupo aceptaba unas reglas de actuación. Los masones medievales juraban respetar los reglamentos que recogían sus deberes.

  • La recepción de un nuevo miembro en una cofradía de los talleres de constructores medievales (masones operativos) se realizaba solemnemente, poniendo en práctica, para ello, un ritual de ingreso en el que se sometía al candidato a pruebas personales que permitían juzgar su capacidad. Superadas éstas, se le comunicaban determinadas palabras, gestos y toques de reconocimiento profesional, habiendo de prestar juramento de silencio respecto a la divulgación de los secretos laborales, y de lealtad y fidelidad a los demás miembros del taller o “Logia” en que ingresaba. Cada palabra y cada gesto representaba una parcela de conocimiento específico de la profesión que el masón recibido en la fraternidad debía interiorizar y poder reconocer la profesión que el masón recibido en la fraternidad debía interiorizar y poder reconocer espontáneamente. Los llamados “Old Charles” o “Antiguos Deberes” de los masones operativos medievales se leían también ceremonialmente. Su misma estructura, que contiene una invocación, una oración, una narración legendaria y unos reglamentos, permite esta conclusión.

  • A una cofradía de estas características no pertenecían todos los obreros de la construcción encuadrados en la guilda, gremio o “compañía” del oficio, sino solamente aquellos que reunían cualidades profesionales y éticas adecuadas por vocación, talante y probada capacidad de trabajo. Ingresar en la cofradía significaba iniciar una nueva etapa profesional, durante la cual el iniciado iría descubriendo dimensiones de su trabajo con las que podría irse identificando gradualmente, en beneficio de su capacidad laboral, que, al mismo tiempo, repercutirían en su manera de vivir y de entender la vida. Las cofradías transmitían conocimientos profesionales de cierta complejidad (como podría ser, entre otros, el trazado o arte de trazar planos con arreglo a principios geométricos y matemáticos), recibidos a través de una tradición.


Estos antecedentes son fundamentales para comprender en qué se basa la Masonería simbólica, que fue institucionalizada en el siglo XVIII y que cuenta en nuestros días con miles de talleres de pensamiento o “logias”, repartidos por los cinco continentes.
* * *
¿Siguen siendo constructores los masones? ¿En qué consiste hoy la iniciación masónica?

La identidad simbólica Hombre-Templo-Universo constituye el soporte de reflexiones y extrapolaciones, a partir de las cuales el obrero se hace “trabajando la piedra” o fabricando algo.

La dualidad sujeto-objeto se resuelve en la unidad que los contiene a ambos, y de esta forma de pensamiento permite al que piensa su trabajo (o a quien piensa a través de su trabajo) desarrollar una fuerza psíquica considerable y conocer la paz profunda que constituye la serenidad del sabio. Los conocimientos técnicos vienen a ser, desde tal punto de vista, la refracción, en el plano de lo concreto, de conocimientos metafísicos. La habilidad técnica fundamenta y justifica la relación entre los derechos y los deberes, que son concreciones de valores morales universales. Así es la Iniciación artesana o Iniciación operativa.

En charlas de instrucción con los Aprendices, se suele recordar, por su sencillez, una pequeña ilustración introductoria respecto al carácter de la iniciación masónica simbólica:

El hecho de comer un trozo de pan puede tener dos lecturas. Racionalmente, de acuerdo con lo que es más evidente, realizamos una ingesta de hidratos de carbono para digerir la sustancia contenida en el pan y transformarla en energía. Una segunda lectura, para la que se tiene que activar otro bagaje de datos, consistiría en interpretar ese hecho elemental como una “comunión” con la Madre Tierra, cuya energía permite que germine la espiga de trigo, sumándose en ese proceso las energías del agua, del aire portador de elementos fertilizantes y del fuego o calor solar.

Esta “visión” del fenómeno físico de la simple ingesta de pan, mediante la cual “vivimos” nuestra vinculación con la Tierra en el plano mental, representa un salto que llamamos espiritual, porque, aunque sea también nuestro intelecto lo que nos permite establecer las relaciones de causa y efecto existentes en el proceso, es nuestra “imaginación” (capacidad de formar imágenes o representaciones simbólicas) la que, por haberse desarrollado y enriquecido primeramente a través del ejercicio en el establecimiento racional de analogías, prepara nuestra psique para el desarrollo de lo que llamamos la intuición, permitiéndonos sobrepasar el campo de lo estrictamente “racional” para la captación de realidades que pertenecen a otro plano.

El verdadero Iniciado será auel que aprenda a vivir “adecuadamente” en el plano sustantivo de lo racional, poseyendo la capacidad de situarse también adecuadamente en el plano espiritual. Es decir, quien llegue a desarrollar su capacidad moral, mediante la potenciación del conjunto de lo que llamamos convencionalmente “virtudes” humanas, de tal forma que permanezca constantemente consciente de la polivalencia e inestabilidad de las formas materiales que percibe. A ello puede conducir lo que llamamos simbolismo o “método simbólico de aprendizaje”.

El masón simbólico también se propone construir. Construir primeramente su propio templo interior, usando como materiales sus conceptos de las cosas, buscando aproximarse cuanto pueda a los verdadero, es decir, a aquello que, en cada caso, presente una correspondencia más evidente con valores humanos de aplicación universal. Existen “pequeñas verdades” y “grandes verdades”, puesto que existe una correspondencia entre lo pequeño (lo puntual) y lo grande (lo universal). El masón trata de calibrar el grado de posible analogía que se da entre las ideas, las palabras y las cosas, sin confundirlas, buscando la verdad a través de “sus” verdades esenciales.

Ese proceso ha de partir de una “limpieza” previa, de un análisis introspectivo individual que permita conocer cómo está estructurada nuestra propia intimidad, sometiendo a análisis crítico (y, eventualmente, desechando) los elementos adquiridos o adheridos a nuestra conciencia artificialmente (a través de la cultura ambiental, por ejemplo) que no hayan sido aceptados deliberadamente (es decir, expresa y libremente), como resultado de una reflexión personal comprobatoria de su correspondencia con valores universales superiores. En este sentido, la iniciación presupone siempre una “muerte” y una “resurrección”.

La Masonería simbólica se centra en un objetivo: el perfeccionamiento del hombre a través de un proceso de búsqueda de la verdad que él mismo contiene. Y lo hace proponiendo un método: la vía iniciática. Seguir la vía iniciática aporta al iniciado una elevación espiritual que resulta de una confrontación dialéctica entre lo virtual y lo real, lo ancestral y lo actual, lo perecedero y lo permanente.

El método iniciático masónico, como otras formas de iniciación, se basa en los principios de separación o distinción (entre lo profano y lo sagrado), de filiación o transmisión de conocimiento tradicional y de sustitución analógica:


  • Separar o distinguir el tiempo y el espacio profano del sagrado significa situar al hombre en relación con lo cósmico, con lo universal, tanto en el plano interno como en el externo, ya que todo hombre es un microcosmos dentro del macrocosmos.

  • La filiación, como señala Jean Jacques Guillet, es el enlace de la vía o método iniciático con un conocimiento permanente en la humanidad (que René Guénon llamó primordial), a través de las diversas civilizaciones, plasmado, primero oralmente y luego por escrito, en mitos, leyendas y símbolos que envuelven la realidad para su transmisión con fines didácticos. Esta preocupación por afirmar una línea directa de vinculación con los orígenes o fuente del conocimiento impartido es constante en todas las vías iniciáticas y, en todas, esa constante se llama Tradición (del latín tradere = traer).

  • La sustitución analógica consiste en “vivificar” el mito o el símbolo. El iniciando ha de ir descubriendo gradualmente, apoyándose primero en analogías, las resonancias internas o vivencias cognitivas que en él produce el símbolo.


La razón es el medio privilegiado de formación del conocimiento de lo fenomenológico. Pero un uso rígido y dogmático de la razón encierra al sujeto en el positivismo, cosificando al hombre. La razón debe conocer sus límites y la consecuencia última de su uso es el reconocimiento de que existe una infinidad de cosas que la sobrepasan, quedando fuera de su campo específico. Decía Pascal que lo poco que tenemos del “ser” nos esconde o limita la visión del infinito. La matemática nos indica la norma de la verdad, pero no nos permite remontarnos al principio absoluto de todas las cosas, que es l Fuente de la Verdad absoluta. La razón no queda excluida en el proceso iniciático, pero es superada por la intuición (en su dimensión suprarracional), que la trasciende. El iniciado tiende hacia un nivel metafísico, en el que Conocimiento y Verdad son una misma cosa: el Uno, el Absoluto. La busca de la Verdad se identifica en él con el avance por la vía del Conocimiento metafísico.

El conocimiento que llamamos racional establece relaciones de analogía deductiva e inductiva: si todo s hombre es mortal, Pedro también lo es. En cambio, el conocimiento vivencial es resultado de una experiencia primordial: conozco cómo siente un amante, porque amo. En el segundo ejemplo, el factor vivencial deja la deducción analógica en un segundo plano. El sujeto tiene acceso a un conocimiento directo, interiorizado. Esta interiorización del conocimiento es la que persigue la iniciación y, por eso, el método iniciático utiliza símbolos y mitos en lugar de simples razonamientos.. La metodología llamada científica no basta para la captación total de la realidad humana. Es posible razonar cuanto se quiera sobre el amor; pero estaremos razonando; es decir, tratando de exoterizar algo que en sí mismo es una vivencia universal del hombre, dando a su relación con los demás hombres una dimensión esotérica. Lo mismo cabe decir respecto a otras capacidades humanas, cuya práctica asidua y orientada desarrolla una sensibilización gradualmente creciente en el sujeto, haciendo del conocimiento una vivencia, y viceversa. Esas capacidades humanas, comunes por naturaleza a todos los hombres, contienen o reflejan valores universales.

Decía nuestro llorado Enrique Tort-Nougues que “sin duda, se pueden explicar los hechos físicos, químicos y biológicos, estableciendo entre ellos relaciones de sucesión y de similitud, pero los fenómenos humanos no se dejan reducir a eso tan fácilmente. La explicación debe dejar paso a la comprensión, que se define como la “captación inmediata”, la “intuición de un significado”, añadiendo que “junto al saber propiamente intelectual, habría, completándolo sin contradecirlo, un saber afectivo, irreductible a saber científico y, sin embargo, legítimo”15

La conciencia humana, el reconocimiento de nuestro yo individual no es ya una certidumbre científica, abordable y analizable usando las matemáticas, decía Voltaire, pero sí es una certidumbre íntima esencial.

Y Raymond Ruyer subraya que el paso decisivo hacia la humanización se da cuando la señal-estímulo se convierte en símbolo; es decir, cuando ya no se comprende como anuncio o aviso de la proximidad de un objeto o de un acontecimiento, sino que puede ser utilizada para concebir el objeto o el acontecimiento mismo, en su ausencia. Esa capacidad evocadora del símbolo, ese poder re-presentativo de lo que Platón llamaba “reminiscencias” o conocimientos profundos inscritos en el hombre, permite una sistematización:
La Masonería practica el método simbólico de

acceso al Conocimiento a través de una variedad

de sistemas o rituales.

Hemos dicho que el hombre tiene acceso a un conocimiento directo, que extrae de su propia naturaleza humana a través de su contacto con el mundo, y que el método simbolista masónico persigue la interiorización del conocimiento a fin de que éste se homologue e identifique, en cada individuo, con esa naturaleza humana. Si todo hombre es un microcosmos organizado con arreglo a pautas que se hallan igualmente en el macrocosmos, en el universo –y no podría ser de otra forma- el conocimiento de la propia estructura interior de cada uno de nosotros es fundamental para poder ir conociendo otras estructuraciones. Tal es el sentido del “conócete a ti mismo y conocerás el mundo y a los dioses” propuesto por nuestros antepasados délficos.

¿Pero qué entendemos en Masonería por conocimiento “de sí mismo”?

Para “conocer” es indispensable observar, medir y comparar. El hombre tiene un cuerpo organizado con arreglo a leyes físicas universales. La estructura física de cada hombre es la misma (desplegándose en hombre-mujer), con variantes circunstanciales que pueden condicionar su contacto con el mundo y su percepción del mismo. La conciencia personal de cada individuo humano es constante, por cuanto se refiere al autorreconocimiento como hombre y a los componentes fijos que la hacen ser conciencia humana en cada sujeto, pero puede estar fuertemente matizada, en cada uno, por factores genéticos, medioambientales y culturales. Es preciso aprender a diferenciar todo lo posible esos componentes.

Hemos dicho que la iniciación entraña una muerte y una resurrección. Lo que percibimos del mundo, sin educar la mirada con la que lo contemplamos, nos aboca a un relativismo intelectual. Para poder acceder al yo íntimo (la “Piedra Bruta” del masón), cada uno de nosotros ha de limpiarse de las adherencias que le envuelven y sumergirse en un nuevo paradigma cultural, acorde con lo esencial de nuestra naturaleza humana. Hemos de poder resucitar, así transformados, a una realidad que aprenderemos a ver de nuevo. La autotransformación que el masón desea alcanzar no le viene dada por una ceremonia ritual de iniciación. Lo que recibe en ella es la introducción a un método de busca. Si lo aplica, estará avanzando por tal camino, pero si solamente lo escucha, no llegará a ninguna parte, aunque se llame a sí mismo “iniciado”. El camino iniciático por el que se opta no es un fin, sino un medio.

Debemos, pues, abordar un nuevo tema: el del paradigma cultural masónico.
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