Las claves de una institución




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El paradigma masónico
Hay otros mundos, pero están en éste. Se había expresado así mi admirado Éluard. Y antes que él, muchos otros. La Masonería está centrada en la vida terrestre, en el hombre que nace, vive y muere aquí, en el planeta tierra. Y no porque los masones hayan de ser ateos o agnósticos, o porque no consideren ninguna forma de supervivencia del hombre tras su muerte, etc., sino porque el método de trabajo masónico se corresponde con la estructura física y mental del hombre, tal como le conocemos, y con el desarrollo de las condiciones de convivencia con otros hombres, tal como psicología, la historia y la sociología nos van mostrando. La iniciación persigue mejorar al hombre por dentro para que también mejore su actuación en la sociedad humana y esta pueda evolucionar hacia su destino armónicamente, soslayando factores negativos que se oponen a ello.

La Masonería pretende tan solo activar en los hombres aquellos resortes personales que les abren el mundo espiritual. A partir de ahí, el masón se construye a sí mismo. Nadie le impone teología ni dogmática alguna, quedando en plena libertad para decidirse en ese sentido o para renunciar a ello. En el paradigma masónico del universo, es la Obra en sí lo que interesa; es decir, el universo que contiene la Ley de la que derivan las leyes que parecen regirlo en sus diversos niveles. El hombre se halla en uno de esos niveles, siendo consecuencia y reflejo de la Obra. La Causa, el Principio Generador, se manifiesta o revela en la Obra, y es el referente último, inaccesible e indefinible, de cuanto existe. La Masonería, respetuosa con las diversas interpretaciones dadas a todo esto a través de la Historia, utiliza símbolos y mitos que evocan (o provocan), en cada uno de nosotros, un despertar interior que se puede intentar definir personalmente utilizando palabras representativas diversas (símbolos, en definitiva). Por ello, el referente constante de la Masonería simbólica tradicional ha sido el Gran Arquitecto del Universo, como símbolo común a todos, de ese Principio que unos masones identifican con el Dios bíblico, otros con el Demiurgo platónico, con el Verbo gnóstico-crístico, con Brahma, etc. O bien se abstienen, simplemente, de entrar en el debate definitorio.

La espiritualidad masónica es la actitud de búsqueda de lo que “trasciende” las apariencias, tratando de ir más allá de ellas, recorriendo el laberinto de nuestro mundo interior (microcosmos), conscientes de que el macrocosmos al que pertenecemos y que “está arriba”, es como “lo que está abajo”. A través de esa conciencia de la vinculación universal de todas las cosas, el masón busca su camino hacia lo esencial.

La Antropología incluye todos esos aspectos de la problemática del ser humano inserto en un universo interactivo al que corresponde su estructura (genética, psíquica y espiritual), que se despliega en acciones y pensamientos.

De igual forma que el Hombre, tal como lo conocemos en nuestro tiempo, es el resultado de una trayectoria evolutiva que partió de la animalidad, también cada hombre se ve enfrentado, desde su nacimiento hasta su muerte con la realización personal de ese camino evolutivo hacia una mayor humanización. Por ello, la filosofía masónica es una filosofía antropológica, que tiene siempre en cuenta la relación entre el microcosmos humano y el macrocosmos universal, y no simplemente una filosofía académica, como ya indicaba en otro lugar.

Decía Enrique Tort-Nougues que “lo sagrado aparece como una categoría del pensamiento humano. Tanto cuando siente temor como cuando siente respeto por algo, el sentimiento de lo sagrado condiciona la vida del hombre. De la misma forma que la naturaleza para obedecer un Orden, una Ley, la vida social y privada de los hombres obedece ciertas reglas, ciertos valores de carácter universal. Ese sentimiento de lo sagrado se expresa socialmente mediante ritos y en los ritos. Los ritos son la traducción de lo sagrado en la vida del hombre. El rito es un acto mágico en el sentido de intentar orientar una fuerza oculta o desconocida hacia la consecución de un fin, mediante gestos, palabras y actitudes adaptadas a cada circunstancia. El rito se manifiesta colectivamente mediante cánticos, danzas o ceremonias complejas que constituyen una liturgia y tiene como fin hacernos penetrar más allá del mundo empírico. O, como decía Maurice Cazeneuve: “conduce al hombre a insertarse en un orden distinto, al mismo tiempo que a vincularse con la misma fuente capaz de producir otros vínculos y otro orden”. Por eso no existe ninguna sociedad humana sin ritos. Quienes quieren hacer tabla rasa del pasado creen que hay que eliminar los ritos de la sociedad en la que viven. Pero lo curioso es que ellos mismos crean otros ritos” (Lecture des Tableaux de Loge. Edit. Trédaniel).

Nuestra humanidad es el resultado de un proceso de decantación que tiene como meta la auto-concienciación individualizada de los miembros de la especie. Durante los distintos períodos de la macrohistoria humana, nuestra especie ha ido configurándose, como si tratara de acercarse más a un arquetipo remoto, viniendo a ser una ingente cadena de individualizaciones que tiene como meta la aparición del Hombre pleno (la realización del Adán Kadmón iniciático). Cada hombre tiene a su cargo la parte de esa tarea que le corresponde como ser humano y, no concienciándose de ello, permanece atado a la animalidad de una etapa anterior. El empleo de nuestra inteligencia al servicio de los instintos primitivos animales y no al de la búsqueda de lo trascendente, nos encadena a una animalidad en muchos aspectos inferior a la de nuestros hermanos los animales. Por ello, la Iniciación comienza por un aprendizaje (1er. Grado de todos los sistemas simbólicos masónicos) que tiene como fin el “dominio de nuestras pasiones”, como premisa del acceso al conocimiento y realización del Deber de perfeccionamiento.

Lo que el Hombre “debe” hacer se encuadra dentro de lo que consideramos el orden “moral”, cuyo estudio no puede ser abordado fuera del contexto de la Antropología general. Mientras las religiones positivas vienen afirmando ser ostentadoras del secreto de lo que al Hombre le cabe “esperar”, tal vez convenga recordar, una vez más, que lo que el Hombre “puede” llegar a ser corresponde al campo especulativo metafísico.

Con frecuencia, en Masonería, usamos el término “moral” para referirnos al mundo espiritual. Decimos que nuestra meta es el perfeccionamiento moral del hombre para la construcción del Gran Templo humano. Identificar el orden moral con el espiritual es consecuencia de entender lo moral como corolario y actualización personal de una ética directamente vinculada con los grandes arquetipos universales, despojados de determinadas connotaciones culturales que, a menudo, los empañan y adulteran. Ello representa un primer paso indispensable en el acceso humano al mundo de la espiritulidad.

Por otra parte, si lo que “debo hacer” constituye el objeto de la Moral, bien podemos afirmar que el deber se erige en el centro de la espiritualidad masónica. Nuestro perfeccionamiento como hombres implica el desarrollo de lo que llamamos virtudes humanas, que no son sino utensilios indispensables para construir nuestra propia personalidad, representados por otros tantos instrumentos de trabajo en el simbolismo masónico (mazo, cincel, escuadra, plomada, etc.), recogiendo así la herencia instrumental de los masones constructores de templos, pero para construirnos a nosotros mismos.

Mas esas virtudes, reminiscencias de los grandes arquetipos universales que se amalgaman más o menos desordenadamente en la sutil trama del alma humana, no llegan a estabilizarse en cada uno de nosotros como tales sino cuando logramos vencer nuestras bajas pasiones. Las pasiones personales representan otros tantos desequilibrios entorpecedores de nuestro avance hacia el Conocimiento espiritual.

Por ello, los dos primeros grados masónicos nos enseñan a utilizar mazo, cincel, regla, plomada y escuadra aplicados al trabajo sobre nosotros mismos en fraternidad, antes de acceder al uso del compás, es decir, a la conciencia personal de que nuestro movimiento individual se efectúa dentro de un universo interactivo en el que Eros, el Amor, en sus diversas manifestaciones, es la sutil sustancia aglutinante o argamasa de la construcción universal, desde el mundo subatómico a las galaxias. De esa forma, el conocimiento de la complejidad de los procesos genéticos y psicológicos humanos nos lleva, a partir del análisis de nosotros mismos, a reconocer y aceptar la existencia de una pluralidad de “personificaciones” humanas, tan reales como la nuestra e igualmente merecedoras de libre desarrollo. La ética masónica, así resumida, vivida y traducida libremente en sus actos puntuales por cada uno de nosotros, convierte tales actos en acciones morales. Esa ética y esa Moral constituyen la clave específica de acceso a la dimensión espiritual o trascendente del universo que propone la Francmasonería.

En nuestra marcha iniciática, los masones buscamos el conocimiento del Deber como algo deseable por sí mismo, tal como fue conocido por los antiguos iniciados; es decir, como un imperativo categórico o un “lo que debe ser”. Se ha dicho que “imponiéndose un imperativo categórico, un masón estaría renunciando a su libertad de pensamiento y a esa fluidez que caracteriza a la Orden”. Sin embargo, por “categórico” ha de entenderse filosóficamente lo no sometido a la causalidad aparente, percibida a través de los sentidos. Un acto no vinculado a se tipo de causa, sino a la experiencia íntima que está en la base de nuestro ser, será un acto libre. El Deber masónico no consiste en la necesidad de hallar la Verdad, sino el de buscarla, y en el camino o forma de avanzar en su búsqueda, ya que la Verdad misma es inaccesible al espíritu humano, que tan solo puede aproximarse a ella.

Por otra parte, se entrelazan en Masonería los conceptos fundamentales de Deber, Justicia y Libertad, imbricados en el concepto superior de la Ley Universal, emanada del Gran Arquitecto o Principio Generador del universo.



  • La marcha hacia el deber implica una catarsis que puede liberar al iniciado de las pasiones que oscurecen el Conocimiento, si, durante esa marcha, el hombre aprende a hacer uso de su libertad poniéndola al servicio de la Justicia.


Se subraya así la estrecha conexión existente entre el deber y la libertad personales en el proceso iniciático. No basta con que el Iniciando sea hombre libre y de buenas costumbres: Tiene que poder opinar por sí mismo y decidir sus propios actos sin confundir las palabras con las ideas, esforzándose por descubrir lo que realmente representa cada símbolo verbal, sin aceptar lo que no comprenda y juzgue verdadero, aunque respete todas las opiniones. Igualmente habrá de aprender que no debe limitarse a admirar el Universo en su inmensidad como simple espectador sobrecogido, sino buscar la Ley universal que rige el conjunto de cuanto existe y también la interrelación de cada una de sus partes. Tal vez se refería a ello Jean Rostand cuando afirmaba que “la ciencia podrá explicarlo todo, pro con ello no nos aclarará mucho, sino que sólo hará de nosotros dioses asombrados”.

La obligación moral del iniciado será la de amar la Justicia y servirla sin desmayo y sin aspirar a aquello de lo que no sea digno o esté por encima de sus posibilidades, aceptando deberes que no puede cumplir, puesto que el ideal de la Masonería es el cumplimiento del deber por el deber, no esperando recompensa y llegando en ello hasta el sacrificio.

Con ello se resume el código ético propuesto al iniciando para que sus actos están impregnados de una moralidad específica, que no es precisamente la que en cada lugar y en cada tiempo pueda imperar. El deber circunscrito a contingencias temporales y sociales sólo expresa una dimensión inmanente, dependiente de la experiencia sensible ambiental, en tanto que el auténtico deber moral será el que se ancle en valores éticos comprendidos y asumidos personalmente. Es cierto que los deberes inmanentes, en una cultura laica, como la del moderno estado de derecho, suelen tener como fondo valores naturales, asumidos como principios morales por la sociedad. En tales casos, la ley positiva, expresión social del Derecho, puede incluso llegar a aparecer como el referente único del deber individual. Pero los masones intentamos ir más allá, asumiendo la obligación de someternos a la Ley cósmica del Gran Arquitecto, aceptando como nuestro gran Deber la busca del orden universal, que encierra la clave de la verdadera Sabiduría. La Ley Universal, a la que también llamamos la palabra Perdida, contiene lo que los tomistas llamaron la ley divina, la ley natural y la ley moral, así como todas las leyes que rigen la realidad universal.

Para estudiar esa ley, que enlaza las pautas de estructuración del mundo manifiesto, los masones hemos creado deliberadamente una simbología de la construcción, vitalizando figuras y hechos símbolos que contienen una pluralidad de significados paradigmáticos. Al tratar de comprender los aspectos trascendentes de la estructura arquitectónica del Gran Templo de Salomón, que es símbolo del templo universal, hemos de poder usar no sólo la Escuadra, la Regla, la Plomada y el Compás simple, sino también otros utensilios simbólicos recibidos en distintos momentos del proceso iniciático, representando las cuatro actitudes que deben ser activadas simultáneamente en lo que llamamos el “corazón” del hombre, al ser utilizados para su fin específico en el estudio de la Ley: rectitud, sinceridad, trabajo y emulación.
* Y es en ese orden universal, que sólo podemos ir descubriendo gradualmente y cuya síntesis se encerraría en lo que los masones llamamos la Palabra Perdida, donde se halla el auténtico parámetro del concepto de Justicia que propone la Francmasonería. Si Justicia, en sentido horizontal o inmanente, es dar a cada uno “lo que le es debido” con arreglo a las leyes positivas, en su sentido vertical o trascendente, es la virtud que coordina todas las demás virtudes hacia el bien común de los hombres. Ello pone de relieve que la Justicia se realiza como resultante de la estabilización en nosotros mismos de los arquetipos éticos que inspiran nuestros actos en busca del bien común. La equidad y la rectitud son, en ese proceso, las cualidades o virtudes más directamente vinculadas con este concepto trascendente de Justicia, puesto que la primera exige la observancia de la ley natural y la segunda consiste en la aplicación personal y consciente de esa equidad en nuestros actos.

Recordaré aquí el consejo que la reina Gandhari diera a su Hijo, el príncipe Duryohana, antes de que éste se enfrentara en batalla al pretendiente Arjona, tal como nos las transmite el Bhagavad-Gita hindú: “Habrá victoria donde estén la justicia y el drama”. Pero hablar de drama era más que pedir justicia. Era una demanda de respeto a la verdad expresada en una conducta adecuada y digna, en armonía con la luz natural y moral. En aquel contexto equivalía a actuar de acuerdo con la “voluntad” divina.

El sentimiento-conocimiento de lo “justo” y de lo “equitativo” interiorizados y sedimentados en nuestro ánimo como virtud, ha de llevar. Gradualmente, a su manifestación espontánea en nuestras reflexiones y acciones con los demás hombres., esa espontaneidad será el resorte que activará permanentemente el sentimiento de solidaridad humana sin espera de recompensa alguna. De ahí la importancia que tiene para la Masonería la dimensión fraternal de la iniciación, puesto que es en fraternidad con los demás hombres, como pueden actualizarse y desarrollarse nuestras capacidades virtuales. La solidaridad dará paso al amor fraternal como concreción del Amor universal, que es la meta del Conocimiento iniciático.

  • La libertad se ha definido como la capacidad de autodeterminación de los hombres, dentro de los límites impuestos por la misma condición humana. La dimensión espiritual del Hombre le hace capaz de ir más allá de sí mismo, partiendo de las determinaciones de orden biológico, psíquico y social, que son las coordenadas dentro de las que se desarrolla su existencia. Partir de tales coordenadas requiere un conocimiento de ellas y el alcance de una perspectiva en la que el sujeto llegue a verse a “sí mismo” distanciado de tales factores determinantes.

  • También la libertad persona habrá de ser considerada en dos aspectos: uno de ellos inmanente, que sería la capacidad de “elegir una opción conocida”, y otro trascendente, que sería la capacidad del sujeto de “autoelegirse”, ordenando la propia voluntad de acuerdo con sus características personales y con su vocación o “llamada” interior, que ha de poner en marcha ejercitando la voluntad entendida como fuerza de automotivación inteligente. La libertad, en este sentido trascendente, se manifiesta como una opción moral del Hombre resultante del conocimiento de sí mismo. Por ello, la
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