Tema el realismo: la innovación narrativa en la segunda mitad del siglo XIX. Benito pérez galdóS






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TEMA 2. EL REALISMO: LA INNOVACIÓN NARRATIVA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX. BENITO PÉREZ GALDÓS

1.Contexto histórico.

Al tratar del Realismo todos los autores coinciden en señalar su directa relación con las circunstancias históricas y la sociedad que lo propiciaron; en ese sentido, el Realismo en España es inseparable de la Revolución de 1868 y de la sociedad burguesa. El propio Clarín, al hablar del resurgimiento de la novela declara: “El glorioso renacimiento de la novela española data de fecha posterior a la revolución de 1868.

     Y es que para reflejar, como debe, la vida moderna, las ideas actuales, las aspiraciones del espíritu del presente, necesita este género más libertad en política, costumbres y ciencia de la que existía en los tiempos anteriores a 1868.

     Es la novela el vehículo que las letras escogen en nuestro tiempo para llevar al pensamiento general, a la cultura común el germen fecundo de la vida contemporánea, y fue lógicamente este género el que más y mejor prosperó después que respiramos el aire de la libertad del pensamiento.”

De hecho, muchos estudiosos de la Historia de la Literatura coinciden en aplicar al grupo de escritores que van a llevar a cabo su revolución literaria la etiqueta de “Generación del 68”.

Lo que provocó la Revolución de 1868, que supuso el derrocamiento de Isabel II, fue motivada porque la reina intentó bloquear el acceso de los progresistas al poder, que se sublevan en Cádiz, derrotan a las fuerzas de Isabel en Alcolea y suben al poder. A partir de ese momento, la burguesía intenta reorganizar el Estado con varios regímenes: la monarquía de Amadeo de Saboya, la I República, la dictadura del general Serrano y la Restauración con Alfonso XII. Este período comienza con una Constitución –la de 1869- de las más liberales que ha tenido España y se cierra con otra –la de 1876- menos progresista que acaba por instaurar el sistema de turnos y el caciquismo como sistema político y social.

Junto a este contexto político, comenzó en la década de 1860 la difusión del krausismo, una filosofía importada de Alemania por Julián Sanz del Río que proponía la armonía universal con un concepto de Humanidad mundial, federada aunque conservando cada pueblo sus características. Su mayor importancia radicará en su vertiente pedagógica a raíz de la fundación del Instituto Libre de Enseñanza en 1876 por parte de Francisco Giner de los Ríos, que tendrá una influencia decisiva en toda la vida intelectual española de fines del XIX y primer cuarto del XX. El krausismo también tuvo un papel destacado en la renovación científica y el estudio de la cultura nacional de forma culta y erudita.
2.La innovación narrativa en la segunda mitad del siglo XIX.

En este ambiente irrumpe un grupo de escritores que se nos muestran contagiados de optimismo y deseos de renovación social y literaria. Veremos a continuación los rasgos esenciales de este movimiento literario:
1. La nómina de estos escritores, conocidos por algunos como “Generación de 1868” está formada por destacados literatos que tuvieron estrechos lazos de amistad entre ellos: José María de Pereda, Pedro Antonio de Alarcón (ambos conservadores), Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín, Juan Valera y Emilia Pardo Bazán (liberales). Todos escribieron desde una perspectiva burguesa, aunque criticaron a esa clase social, en especial a la nueva aristocracia mercantil urbana, y tuvieron un gran sentido de la historia y un vivo deseo de intervenir en ella, de modo que sus obras se convirtieron en un registro documental, un ejercicio de análisis y un modo de transmitir sus opiniones morales sobre la realidad.
2. El término “realismo” tuvo en España, igual que en su país de origen, Francia, unas connotaciones de innovación, de vanguardia literaria. Más tarde, sucedería lo mismo con la denominación de “naturalismo”. Con este movimiento, nuestro país se integra en las corriente culturales europeas sin apenas desfase. Tratan de recrear mundos conocidos para sus lectores, con personajes verosímiles, en escenarios reales –a veces con nombre inventado- próximos en el tiempo y en el espacio, pero todo ello filtrado por la imaginación creativa y su perspectiva personal.

En todo caso, la realidad les sirve de punto de partida para la investigación y la crítica. En su visión recogen acontecimientos sociales, comportamientos individuales y manifestaciones psíquicas. En última instancia, desean aprehender y transmitir una visión totalizadora y significativa de la realidad.
3.Antecedentes. Por una parte, debemos mencionar el magisterio de los grandes nombres de la novela europea: Flaubert, Zola, Balzac, Stendhal, Dickens, Tolstoi, Dostoievski... Pero también se sintieron herederos de la literatura española, sobre todo de Cervantes y la novela picaresca; en cuanto a los antecedentes más próximos, debemos mencionar la novela histórica, de raíz romántica –Walter Scott, como figura sobresaliente-, el costumbrismo –literatura de ideología conservadora que trata de rescatar los vestigios del pasado al tiempo que satirizaban las amenazas de la modernización-, y el folletín o novela por entregas –que respondían a una fórmula previsible, comercial, léxico tópico, sin creatividad ni originalidad, intensificando lo melodramático-.
4.Estos autores buscan la impresión de objetividad, tanto en la presentación de los personajes o los lugares, como en la acción o el lenguaje. La novela toma así una sensación de existencia histórica, real, en la que las clases medias son las protagonistas. Pero el texto invita al lector a la reflexión y reflejan la conciencia social de sus creadores.
5.La técnica de la descripción es indispensable, pues la acumulación de datos ayudaba a la verosimilitud, al proceso de creación de un mundo y respondía a la idea de Balzac de que los objetos de los que se rodea un individuo son una extensión de su personalidad y ayudan a explicar su psicología.
6.Los escritores realistas tratan de crear personajes que sean individuos, no arquetipos. Para ello insisten en indagar los rasgos psicológicos. Además, conciben a estos individuos en interacción con la sociedad.
7.El método que utilizan para construir la novela, el género básico del Realismo, suele ser la crónica de vidas entrelazadas que confluyen en el universo narrativo. La riqueza de personajes, acontecimientos, lugares, motivos y puntos de vista dan lugar a visiones muy complejas de la realidad.
8.El estilo huye de la pomposidad del lenguaje romántico y de la declamación moralizadora de muchos de sus contemporáneos. El deseo de naturalidad y fidelidad en el lenguaje, tanto en personajes como en la voz del narrador les llevan a utilizar el lenguaje familiar o vulgar (Galdós). Buscan diálogos naturales, que no parezcan literarios. Construyen una prosa más moderna, con frases más cortas, más rica y desarrollada que la anterior. Introducen nuevos términos (vocablos científicos, estéticos). Utilizan de forma variada y rica la narración, el diálogo, el monólogo interior y el estilo indirecto libre.
9.El Naturalismo. En Francia, Emile Zola se convierte en el abanderado del Naturalismo, escuela derivada del Realismo que pretende ser un análisis científico y muy documentado de la realidad, no sólo su reflejo. En ese afán de seguir en la novela el método experimental de la ciencia se sirve de una filosofía determinista (la personalidad se debe a la herencia y a rasgos exclusivamente físicos) y de una metodología positivista (sin aceptar otros acercamientos a la realidad que los obtenidos mediante la experiencia) y selecciona y se centra en crudos estudios sobre taras como el alcoholismo, enfermedades y otras facetas abyectas de la sociedad (prostitución, adulterios, asesinatos...). En España, fueron los artículos de Emilia Pardo Bazán, recogidos en el tomo La cuestión palpitante, los que introdujeron la discusión sobre esta escuela, que no parece que fuera seguida abiertamente por nuestros escritores.
10.Todos los miembros de esta generación de escritores teorizaron sobre literatura y expusieron sus ideas sobre estética en artículos, prólogos, conferencias o cartas, con lo cual se nos muestran como escritores conscientes de su arte y preocupados por los problemas “teóricos” de su medio de expresión artística.
3.Autores.

1.José María de Pereda (1833-1906). Junto a Alarcón son los escritores más próximos a la estética anterior. Cultivó la novela regionalista, centrada en su Cantabria natal. Comenzó con textos de carácter costumbrista (Escenas montañesas, 1864). De ideología católica tradicional y conservadora, defendió estas ideas en novelas de tesis (El buey suelto). Luego se centró en la temática regionalista, retratando con descripciones muy precisas y una cierta complejidad en la estructura la Montaña o la zona costera. La que se considera su obra maestra es Peñas arriba (1895), su última novela, muy descriptiva, sin apenas argumento, que evoca el mito del regreso a la naturaleza.
2.Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Nació en la provincia de Granada. De ideología conservadora, se encuentra también a caballo entre el realismo y una escuela anterior, en este caso el romanticismo, con elementos costumbristas andaluces, poco innovador en el estilo y en la creación de personajes. Publicó libros de viajes y numerosos artículos y cuentos (algunos desarrollan la narración fantástica). Novelas como El escándalo o La pródiga, no superan la novela corta El sombrero de tres picos (1874), que recrea una historia tradicional de enredo amoroso, con ingenio y malicia, entre el Corregidor y la Molinera, situado en un siglo XVIII amable y lleno de armonía. Su variedad en cuanto a ritmo, espacios, movimientos e intriga la convierten en su obra cumbre.
3.Juan Valera (1824-1905). Hombre liberal, escéptico, culto y refinado, trabajó como diplomático. Prefiere un tipo de novela en la que predomine el deleite estético, sin función ideológica; rechaza el costumbrismo, el romanticismo y la novela de tesis. Empezó a cultivar el género novelístico cerca de los cincuenta años, con Pepita Jiménez. Su arte literario se centra en el análisis de la psicología femenina y los sentimientos, con un estilo muy cuidado y con una ironía amable en historias atractivas y serenas. Otras novelas son: Juanita la Larga o Morsamor, de carácter simbólico sobre la situación de España tras el desastre del 98.
4.Emilia Pardo Bazán (1852-1921). De familia noble, fue quizá la intelectual más destacada de su época. Escribió una obra numerosa en todos los géneros: crítica literaria, novelas, cuentos, ensayo, historia... Fue la primera mujer profesora universitaria. Mantuvo una polémica con Valera por razones estéticas: defendía una novela que fuese un “traslado de la vida”, no su embellecimiento. Introdujo el Naturalismo en España en diversos artículos recogidos en La cuestión palpitante. Para algunos críticos fue la mejor -y quizá única- representante del Naturalismo, aunque rechazó todo lo que fuese escabroso o de mal gusto y derivó pronto en un naturalismo espiritualista o simbólico. Su primera obra importante, La Tribuna (1883), es la única de los escritores realistas dedicada al mundo obrero. Las más importantes, Los Pazos de Ulloa (1886) y La madre Naturaleza (1887), recrean su Galicia natal, retratando la decadencia de la aristocracia rural; su naturalismo se basa en el determinismo social que impide toda solución libre y en la fuerza de la naturaleza que inspira de forma imparable un amor incestuoso.

En sus últimas obras trata de superar el naturalismo mediante elementos idealistas y simbólicos. Pardo Bazán representa, en definitiva, el agotamiento del realismo y el intento de buscar nuevas soluciones.
5.Leopoldo Alas, Clarín (1852-1901). De origen asturiano, se educó en Madrid en el krausismo, fue catedrático de Derecho romano en Oviedo, desde comenzó una colaboración diaria en los principales periódicos de España tratando temas diversos, aunque predomina lo literario, siendo un crítico riguroso (“crítica higiénica”) y profundo. Fue un excelente autor de cuentos (“¡Adiós, Cordera!”) que tocan una amplia gama de temas, entornos y estilos, con predominio de una postura crítica, el humor y lo sentimental, no al modo romántico, sino desde una melancolía existencial más moderna.

Como novelista, escribió la mejor novela realista y una de las mejores de toda nuestra literatura: La Regenta (1884-85). Recrea de forma implacable y pesimista la clase social dominante en la provinciana Vetusta (Oviedo). Posee una gran capacidad de penetración psicológica que le permite retratar en profundidad cuantos personajes asoman en su obra y su relación con la ciudad, que aparece retratada exhaustivamente. La novela está construida en dos partes: los 15 capítulos primeros retratan ese mundo durante un período de 3 años y los 15 últimos, durante 3 días. Utiliza diversos estilos: directo, indirecto, diálogos denunciadores, alusiones, rasgos humorñisticos, descripciones intencionadas... Su otra novela, Su único hijo (1890), aunque pretende ahondar psicológicamente en los personajes, no es una obra redonda, pues tanto el tiempo como el espacio aparecen diluidos.
4.Benito Pérez Galdós. (1843-1920)

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en 1843, décimo y último hijo de una familia acomodada. Fue a estudiar Derecho a Madrid, ciudad de la que habría de ser el más profundo observador. Lee con voracidad a los novelistas del Realismo europeo, aunque su mayor devoción va hacia Cervantes. Se inclinó por el periodismo y trató –sin lograrlo- de triunfar en el teatro. Venerado primero, discutido después. Sus últimos años fueron tristes: pierde la vista, conoce la penuria económica, sus enemigos impiden que se le otorgue el Premio Nobel, etc. Murió en Madrid, en 1920. Ideológicamente, se adscribe primero al liberalismo progresista; más tarde, adoptó posiciones más avanzadas y se proclamó republicano y vecino a los socialistas. Pero esta evolución fue acompañada de un espíritu cada vez más tolerante.

Fue autor de 77 novelas y más de 20 obras de teatro y, teniendo en cuenta esta enorme cantidad, su calidad es sorprendente, aunque no toda mantiene el mismo nivel. Tanto por sus cualidades literarias como por su abundante producción, se le puede considerar el mejor novelista después de Cervantes y la cumbre del realismo español.
En 1870 publicó sus dos primeras novelas. La Fontana de Oro tiene un carácter político, con intriga y ritmo del folletín. Trata sobre las conspiraciones contra Fernando VII y es un reflejo del ambiente revolucionario del 68, postulando una línea moderada. Lo mismo cabría decir de El audaz (1871), centrado en este caso en los años finales de Carlos IV. (La otra novela del año 70, La sombra, inicia una línea de imaginación con predominio del misterio y lo fantástico que retoma en una de sus últimas obras, El caballero encantado, de 1909).
A continuación escribe una serie de obras que giran en torno a la intransigencia religiosa y su choque con los intentos de modernización y liberalización del pensamiento y las costumbres: Doña Perfecta (76), Gloria (77) y La familia de León Roch (79). Como las anteriores, son “novelas de tesis”, con unos planeamientos quizá demasiado maniqueos y unas posiciones definidas de antemano. En su día causaron verdadero furor. La más popular y más acabada literariamente es Doña Perfecta, donde ya aparece lo mejor de Galdós: dominio de la estructura, la sutilidad en los retratos psicológicos, la ironía, los cambios de voz narrativa y la absoluta adecuación del tempo narrativo.
En 1881 comienza una larga serie de novelas que él mismo llamó “Novelas españolas contemporáneas” en las que, siguiendo a Balzac en su “Comédie humaine”, trata de reflejar el complejo mundo social de su España contemporánea, centrado en Madrid y en las clases medias. Al mismo tiempo, se observa un cierto naturalismo, marcado por un edulcorado determinismo fisiológico. La desheredada inicia este período. Los personajes ya no serán de una pieza y su mundo interior –sueños, contradicciones- ocuparán un amplio espacio. Aparecen temas muy queridos a Galdós: la debilidad sentimental femenina, el egoísmo masculino, la generosidad y abnegación que rozan la locura, la exploración de la inquietud interior de origen romántica, el análisis de la dureza del mundo mercantilista y pragmático, la percepción de la realidad y el mismo acto de narrar. Al mismo tiempo, intenta innovaciones, como la novela dialogada o la aparición de los mismos personajes en distintas novelas. El recurso narrativo de la ironía es fundamental dentro del planteamiento estético de Galdós. Gracias a él logra relatar con sentido del humor unas situaciones que podrían alcanzar un tono trágico similar al de las novelas de folletín, que tanto influyeron en su literatura. De esta forma, la narración adquiere una mayor profundidad y distancia en lo que se nos cuenta, con un tono más realista e inteligente. La ironía, por lo tanto, se convierte en el instrumento de Galdós para denunciar las contradicciones en las que hallan inmersos muchos de sus personajes. Obras de este período son: El amigo Manso (82), El doctor Centeno (83), Tormento (84), La de Bringas (84), Lo prohibido (85).

Fortunata y Jacinta (87) es la obra más larga de Galdós y su obra maestra. Su argumento es simple (los amores de Juanito Santa Cruz con las dos mujeres que dan título al libro), pero recrea Madrid de forma magistral con una amplia galería de personajes, combinando agudas observaciones de detalle con una mirada amplia donde cabe todo un universo de ficción. Galdós sabe adecuar el lenguaje de sus personajes a su estado y situación, indaga en las mentes y los sueños de sus personajes, utiliza acertadamente lo grotesco y una ironía de origen cervantino –incluyendo la voz variada del narrador: omnipresente, testigo, manipulador-. Como temas de fondo aparecen las complejas relaciones amorosas y de posesión y el abismo que se ha abierto entre las distintas clases sociales, la burguesía y el pueblo, en quien Galdós parece depositar sus esperanzas.

En la última década del siglo Galdós acentúa la dimensión espiritual en sus novelas, quizá por influencia de Pardo Bazán y de las novedades provinientes de Francia. Entre las novelas de este período destaca Misericordia (97), en la que la protagonista Benina alcanza un simbolismo –como en tantos casos a lo largo de la producción galdosiana- emparentado con un idealismo quijotesco. Ello, unido a la aparición de lo milagroso dentro de una compleja estructura metaficticia, hace que la novela se desligue del mundo real y, por tanto, del realismo.

La popularidad de Galdós en su época proviene de los Episodios Nacionales. Los inició en 1873 con Trafalgar hasta 1880; luego, volvió a retomarlos por motivos económicos en el período 1898-1912. En total, lo forman 46 títulos, en cinco series de 10, la última incoclusa. Cada serie tiene un héroe conductor (Gabriel Araceli, Salvador Monsalud...). Pretende recrear el pasado para comprender el presente.

De las pasiones individuales a la denuncia política, de los amoríos y enredos de folletín a la epopeya patriótica, no habrá nada que Galdós se deje en el tintero. Conocía todos los pueblos de España, los caminos, las ruinas de glorioso pasado, las ventas rurales y las tabernas urbanas, la vida de la aristocracia y la del pueblo, los duques y los chisperos, los frailes y los actores, y toda esa corriente caudalosa compone el trazado de los Episodios que conviene leer sin olvidar el conjunto. Hay unos dominados por la figura de un personaje, como Trafalgar o Juan Martín el Empecinado; otros en los que destaca la pintura coral de una epopeya colectiva, como Gerona o Zaragoza.

Mezcló hábilmente los sucesos históricos y la existencia cotidiana de los personajes de ficción, creando un nuevo modelo de novela histórica, alejado de la mixtificación romántica.

Antología

Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía la oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndose las líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillaba en el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedra y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Después de cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano con piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de cubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaron presto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que ardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un mediano monte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, de tiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de la chimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura, y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo para calentarse oyendo hervir el negro pote, que, pendiente de los llares, ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.

     A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un instante -con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego-, pues no bien advirtió que venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y murmurando en voz quejumbrosa y humilde: «Buenas nochiñas nos dé Dios», se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar por dónde. El marqués se encaró con la moza.

     -¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?

     Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de la chimenea:

     -No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.

     Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayor imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión, reprendiendo a la muchacha.

     -¿Qué estás parolando ahí...? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿A ver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.

     En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa. Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha el botín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de vino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar tarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la increpó airadamente el marqués.

     -¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?

     Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando el cansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y levantando el partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado el número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo canino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones de blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponían en cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor y más grueso del pote; y el marqués -que vigilaba la operación-, no dándose por satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue distribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos entrecortados, de interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomar posesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe el hocico en ella, oyéndose el batir de sus apresuradas mandíbulas y el chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patas de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del hambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándole a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián, que empezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y, bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.

     -¡Pobre! -murmuró cariñosamente-. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizo sangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reñirle a la perra nosotros. ¡Pícara, malvada!

     Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efecto en el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas se fruncieron, y arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó en sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o lastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó la risa.

     -¡Farsante! -gritó-. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los valientes?

(Emilia Pardo Bazán, Los Pazos de Ulloa)

Aquellos recuerdos de la niñez huyeron, pero la cólera que despertaron, a pesar de ser tan lejana, no se desvaneció con ellos.

-«¡Qué vida tan estúpida!»- pensó Ana, pasando a reflexiones de otro género.

Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto de hora de rebelión. Creía vivir sacrificada a deberes que se había impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como poética misión que explicaba el por qué de la vida. Entonces pensaba:

-«La monotonía, la insulsez de esta existencia es aparente; mis días están ocupados por grandes cosas;  este sacrificio, esta lucha es más grande que cualquier aventura del mundo».

En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasión sojuzgada; protestaba el egoísmo, la llamaba loca, romántica, necia y decía: -¡Qué vida tan estúpida!

Esta conciencia de la rebelión la desesperaba; quería aplacarla y se irritaba. Sentía cardos en el alma. En tales horas no quería a nadie, no compadecía a nadie. En aquel instante deseaba oír música; no podía haber voz más oportuna. Y sin saber cómo, sin querer se le apareció el Teatro Real de Madrid y vio a don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, ni más ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los balcones de Rosina:

Ecco ridente il ciel...

La respiración de la Regenta era fuerte, frecuente; su nariz palpitaba ensanchándose, sus ojos tenían fulgores de fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su cuerpo ceñido por la manta de colores.

Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la aspereza de espíritu que la mortificaba.

-¡Si yo tuviera un hijo!... ahora... aquí... besándole, cantándole...

Huyó la vaga imagen del rorro, y otra vez se presentó el esbelto don Álvaro, pero de gabán blanco entallado, saludándola como saludaba el rey Amadeo.

Mesía al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella imperiosos, imponentes.

Sintió flojedad en el espíritu. La sequedad y tirantez que la mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo...

  Ya no era mala, ya sentía como ella quería sentir; y la idea de su sacrificio se le apareció de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don Álvaro también fue desvaneciéndose, cual un cuadro disolvente; ya no se veía más que el gabán blanco y detrás, como una filtración de luz, iban destacándose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy espesas... y al fin sobre un fondo negro brilló entera la respetable y familiar figura de su don Víctor Quintanar con un nimbo de luz en torno. Aquel era el sujeto del sacrificio, como diría don Cayetano. Ana Ozores depositó un casto beso en la frente del caballero.

Y sintió vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al cuadro disolvente.

Mala hora, sin duda, era aquella.

Pero la casualidad vino a favorecer el anhelo de la casta esposa. Se tomó el pulso, se miró las manos; no veía bien los dedos, el pulso latía con violencia, en los párpados le estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, sí, sí, estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de la campanilla, llamó. Pasaron dos minutos. ¿No oían?... Nada. Volvió a empuñar el cordón... llamó. Oyó pasos precipitados. Al mismo tiempo que por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi desnuda, se abrió la colgadura granate y apareció el cuadro disolvente, el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la mano.

-¿Qué tienes, hija mía? -gritó don Víctor acercándose al lecho.

 Era el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato nervioso de costumbre; pero los síntomas los de siempre; no veía, le estallaban chispas de brasero en los párpados y en el cerebro, se le enfriaban las manos, y de pesadas no le parecían suyas...». Petra corrió a la cocina sin esperar órdenes; ya sabía lo que se necesitaba, tila y azahar

(Leopoldo Alas, Clarín, La Regenta)

TEMA-3. MODERNISMO Y 98
Ambos movimientos literarios son producto de una época de crisis y transformaciones en todos los órdenes, que afectó a todo Occidente. Modernismo y Generación del 98 son la reacción hispánica en el ámbito de la cultura y la literatura a esos cambios que vamos a repasar a continuación.
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