El chico de la última fila




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El chico de la última fila




de Juan Mayorga

Personajes
Germán, de unos 55 años.

Juana, de unos 55.

Claudio, de 17.

Rafa, de 17.

Rafa Padre, de unos 45.

Ester, de unos 40.

(Germán lee un folio manuscrito en el que hace anotaciones con rotulador rojo. Lo que lee, primero le da risa y luego le indigna. Pone un cero en el folio, lo deja en el montón de la derecha y coge otro del montón de la izquierda. Lee una frase, pone en el folio un gran cero y lo deja en el montón de la derecha. Coge otro folio. Está volviendo a enfadarse cuando llega Juana.)

Germán- ¿Qué? ¿Cómo ha ido?

Juana- Podías haberme acompañado.

Germán- No voy a misa desde los catorce años.

Juana- No era una misa. Era un funeral.

Germán- No pensé que fuera tan importante para ti. No era un pariente, ni un amigo. No irás a decirme que Bruno era un amigo.

Juana- Por no estar sola. Por poder hablar con alguien.

(Silencio.)

Juana- Conocí a las mellizas. Son tal como Bruno las describía. ¿Me cambio y nos vamos al cine, a una divertida?

Germán- No te cambies, estás muy guapa. Pero deja que acabe esto. Echa un vistazo, esto sí que es divertido.

(Vuelve a su lectura. Juana hojea el montón de la derecha.)

Juana- Cero. Tres. Cero. Hombre, ¡un cinco! Dos. Cero… ¿Tan malos son?

Germán- (Sin dejar de leer.) Peores. El peor curso de mi vida.

Juana- Eso ya lo dijiste el curso pasado. Y el anterior.

(Germán pone un uno en el folio, se lo da a Juana y coge otro.)

Germán- (Lee.) “El sábado estuve viendo la tele. El domingo estaba cansado y no hice nada”. Punto final. Les di media hora. Dos frases. Cuarenta y ocho horas en la vida de un tío de diecisiete años. El sábado, tele; el domingo, nada. (Pone un cero en el folio y se lo da a Juana; coge otro.) No les he pedido que compongan una oda en endecasílabos. Les he pedido que me cuenten su fin de semana. Para ver si saben juntar dos frases. Y no, no saben. (Lee.) “Los domingos no me gustan. Los sabados si que me gustan pero este sabado mi padre no me dejo salir y me quito el movil”. (Pone en el folio un gran cero y lo deja en el montón de la derecha.) Intenté explicarles la noción de “punto de vista”. Pero hablar a éstos de punto de vista es como hablar a un chimpancé de mecánica cuántica. Les leo el comienzo de “Moby Dick”, se supone que todos saben de qué hablo, que han visto la película. Les explico que la historia la cuenta un marinero. Pregunto: “¿Y si la hubiera contado otro personaje, por ejemplo el capitán Achab?”. Me miran asustados, como si les hubiera planteado el enigma de la esfinge. “Bueno, me vais a hacer una redacción contándome lo que habéis hecho este fin de semana. Tenéis media hora”. Y me entregan esto. ¿Qué fatalidad me condujo a este trabajo? ¿Hay algo más triste que enseñar literatura en bachillerato? Elegí esta profesión pensando que viviría en contacto con los grandes libros. Sólo estoy en contacto con el horror. Y lo peor no es enfrentarse, día a día, con la ignorancia más atroz. Lo peor es imaginar el día de mañana. Esos chicos son el futuro. ¿Quién puede conocerlos y no hundirse en la desesperación? Los catastrofistas pronostican la invasión de los bárbaros y yo digo: ya están aquí; los bárbaros ya están aquí, en nuestras aulas.

(Coge otro folio.)

Juana- No sabía si darles el pésame. Estaba por irme cuando se me acercó una de ellas, no sé cuál, no las distingo. Me dijo que mañana irán a la galería a hablar del futuro. “A hablar del futuro”. ¿Me escuchas?

(Germán está absorto en lo que lee.)

Juana- ¿Pasa algo?

(Silencio.)

Germán- (Lee.) “El pasado fin de semana, por Claudio García. El sábado fui a estudiar a casa de Rafael Artola. La idea partió de mí, porque hace tiempo que deseaba entrar en esa casa. Este verano, todas las tardes me iba a mirar la casa desde el parque, y una noche el padre de Rafa casi me coge mirando desde la acera de enfrente. El viernes, aprovechando que Rafa acababa de fracasar en la clase de Matemáticas, le propuse un intercambio: “Tú me ayudas a mí con la Filosofía y yo a ti con las Matemáticas”. No era más que un pretexto, claro. Yo sabía que, si aceptaba, sería en su casa, porque la mía está en una calle que Rafa no pisará jamás. A las once toqué el timbre y la puerta se abrió ante mí. Seguí a Rafa hasta su cuarto, que es como yo me imaginaba. Me las arreglé para dejarlo ocupado con un problema de trigonometría mientras yo, con la excusa de buscar una Coca-Cola, echaba un vistazo a la casa. Esa casa en la que por fin me encontraba, después de haberme imaginado tantas veces allí dentro. Es más grande de lo que suponía; mi casa cabe cuatro veces en ella. Todo está muy limpito y ordenado. “Bueno, basta por hoy”, me dije, y estaba a punto de volver con Rafa cuando un olor me llamó la atención: el inconfundible olor de la mujer de clase media. Me dejé guiar por ese olor, que me llevó hasta el salón. Allí, sentada en el sofá, hojeando una revista de decoración, encontré a la señora de la casa. La miré hasta que levantó sus ojos azules. “Hola. Tú debes ser Carlos”. Su voz era tal y como había previsto; ¿dónde enseñarán a hablar a estas mujeres? “Claudio”, contesté, sosteniéndole la mirada. “¿Buscas el baño?”. “La cocina”. Ella me condujo hasta allí. “¿Quieres hielo?”. Me fijé en sus manos mientras sacaba los cubitos: alianza en la derecha y sortija en la izquierda. Se sirvió un Martini. “Coge lo que quieras”, dijo. “Estás en tu casa”. Ella volvió al sofá y yo a la habitación de Rafa. Le resolví el problema de trigonometría. Va a necesitar mucha ayuda para sacar las Matemáticas este curso. Continuará”.

(Silencio.)

Juana- ¿Dice “Continuará”?

Germán- Entre paréntesis.

(Pone un siete en la redacción y coge otra.)

Juana- ¿Un siete?

Germán- No tiene faltas, y de vocabulario no está mal. No es Cervantes, pero comparado con los otros… ¿Qué nota le pondrías tú?

Juana- Yo llevaría esa redacción al director.

Germán- ¿Por qué? ¿Porque la madre de su compañero Rafa tiene los ojos azules?

Juana- ¿Quién es este chico?

Germán- Me parece que es uno que se sienta en la última fila, pero no estoy seguro. Todavía no los conozco. Estamos en la segunda semana de curso.

Juana- ¿Le pones un siete y te quedas tan ancho? “Continuará”.

Germán- ¿Si le pongo un seis te quedarás tranquila? Menos de un seis no puedo ponerle.

Juana- Se ríe de ti y le pones un siete.

Germán- ¿Se ríe de mí? No me había dado cuenta.

Juana- Se ríe de todo. De ti, de su compañero Rafa, de la madre de Rafa… (Lee.) “”Claudio”, contesté, sosteniéndole la mirada”. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué no le pides que lo lea en clase, en voz alta, a ver si ese otro, ese Rafa, le da un buen sopapo. A no ser que el tal Rafa… (Lee.) “Rafael Artola”. ¿Existe? Lo mismo todo es una fantasmada.

(Germán hojea en el montón de la izquierda. Encuentra el folio que busca.)

Germán- (Lee.) “El sábado por la mañana estudié Matemáticas con mi amigo Claudio. Por la tarde fui con mi padre a jugar al baloncesto. Fue un partido muy disputado, pero ganamos y nos fuimos todo el equipo a celebrarlo. El domingo…”.

(Sigue leyendo en silencio. Le pone un cinco y lo coloca en el montón de la derecha.)

Juana- ¿Un cinco? Parece un buen chico. Al otro le pones un siete y a éste un cinco.

Germán- No es clase de Ética, ni de Religión. Es Lengua y Literatura.

(Coge otro folio.)

Juana- ¿De verdad no te preocupa? Yo al menos hablaría con él. ¿No vas a hablar con él?

Claudio- ¿Quería verme?

Germán- Siéntate, hombre.

(Claudio toma asiento.)

Germán- Se trata de esa redacción sobre el fin de semana. Me preocupa.

Claudio- ¿La puntuación? Me hago un lío con el punto y coma.

Germán- La puntuación está bastante bien.

Claudio- Se me dan mejor las ciencias, pero este año me he propuesto mejorar en Lengua.

Germán- Se trata del contenido. Hablas de otro chico de clase, y de su familia. A alguien le podría parecer mal.

Claudio- ¿Se lo parece a usted? ¿O se refiere a otra persona? ¿Lo ha leído alguien más?

Germán- Todavía no. Pero estoy pensando dárselo al director, a ver qué opina.

Claudio- No lo escribí para el director. Lo escribí para usted.

(Silencio.)

Germán- ¿Cómo crees que se sentiría tu compañero Rafa si leyese…? (Lee.) “… aprovechando que Rafa acababa de fracasar en la clase de Matemáticas… un olor me llamó la atención: el inconfundible olor de la mujer de clase media…”. Y no es sólo lo que dices. Lo peor es lo que está entre líneas. El tono. ¿Qué tal si te lo hago leer en clase? ¿Cómo se sentiría Rafa si oyese esto?

Claudio- No sé cómo se sentiría. Tampoco lo escribí para él. Usted nos pidió que escribiésemos sobre el fin de semana. La idea fue suya.

(Silencio.)

Germán- Vamos a dejarlo estar. No sé qué buscabas con esto, pero sea lo que sea, vamos a pasar página.

(Claudio va a irse.)

Claudio- El ejercicio de los adjetivos, ¿puedo dárselo?

Germán- Dije para el lunes.

Claudio- Lo hice anoche, de un tirón. Si es que lo entendí bien. Se trataba de hacer una redacción con los adjetivos de la lista. ¿Era eso?

(Saca el ejercicio.)

Germán- Es sólo un juego para haceros escribir.

Claudio- No sabía si los adjetivos tenían que salir en el orden de la lista o si se podía cambiar. Yo lo hice en el orden de la lista.

Germán- El orden da igual. Lo dije.

Claudio- Tampoco sabía si se podía usar otros adjetivos, aparte de los de la lista. Y tuve que repetir uno. Repetí “oscuro”.

Germán- No tienes que entregármelo hasta el lunes. ¿No quieres quedártelo y revisarlo?

Claudio- Prefiero dárselo ya. Este fin de semana voy a centrarme en las Matemáticas.

(Deja el ejercicio y se va. Silencio. Germán coge el ejercicio y lee. Juana está desmontando una instalación y embalando las piezas. Germán llega, deja su cartera y le echa una mano.)

Juana- ¿Te parece arte para enfermos?

Germán- ¿Arte para enfermos?

Juana- A eso se reduce todo esto, según esas dos. Claro, que eso lo dijeron después de ver los libros de cuentas. Primero me pidieron las cuentas y luego emitieron su crítica. Si se vendiese, no lo considerarían arte para enfermos. Ya suponía que serían unas retrógradas, por cosas que Bruno contaba. Dos provincianas que igual les da heredar una galería de arte que una tienda de embutidos. ¿Cómo pueden decir que esto es arte para enfermos?

Germán- Bueno, ya sabes lo que pienso sobre este tipo de instalaciones. Yo necesito ver rostros. Gente. Siento una soledad infinita en medio de…

Juana- No es el momento, Germán, estoy a punto de perder mi trabajo. No es el momento de soltarme tus teorías contra el arte contemporáneo. Necesito que me digas que esas dos son unas palurdas hijas de puta.

Germán- ¿La cierran? ¿Van a cerrar la galería?

Juana- Me dan un mes. Un mes para demostrarles que es un negocio viable. Para encontrar algo que se venda, pero que sea el tipo de cosa que se vende en una galería de arte y no en, por ejemplo, una tienda de embutidos. ¿Que no lo encuentro? Pues traspasan el local y santas pascuas. (En silencio, continúa su quehacer.) Tocaron las piezas. Tenías que ver qué caras ponían. “Arte para enfermos”… ¿Y tú? ¿Qué tal el día?

Germán- Nada de particular. Ah, hablé con ese chico.

Juana- ¿Y?

Germán- Charlamos y luego él me entregó el ejercicio sobre los adjetivos, ése que pongo todos los años.

Juana- El de “Utiliza los siguientes adjetivos”.

Germán- Ése.

Juana- ¿Y?

Germán- Ha vuelto a hacerlo. Digamos que me ha dado el segundo capítulo. Lo anunció, ¿recuerdas? “Continuará”.

(Silencio.)

Juana- ¿Lo tienes ahí?

Germán- Sí.

(Silencio.)

Juana- No quieres que lo lea.

Germán- No sé si me parece bien.

Juana- Llevo treinta años leyendo las cosas de tus alumnos.

Germán- Pero esto es distinto, ¿no?

(Juana reanuda su quehacer. Germán abre su cartera, saca el ejercicio y se lo da a Juana, que lo lee.)

Claudio- Escribe una redacción en que aparezcan los siguientes adjetivos: contento, mismo, nuestro, opuesto, oscuro, igual, concentrado, pequeño, mayor, fantástico. (Silencio.) El lunes me acerqué a Rafael Artola y le propuse volver a estudiar juntos. El de Mates le acababa de felicitar por los ejercicios de trigonometría y él estaba contento como si le hubiesen dado el Nóbel, así que quiso empezar esa misma tarde. De camino, hablamos sobre lo que se supone que tienen que hablar los chicos de nuestra edad: de chicas; de lo que vamos a estudiar; de ese tipo de temas fuimos hablando hasta su casa.

¿Por qué Rafa?, ¿por qué lo elegí a él? Porque él es normal. Él está en el extremo opuesto. Hay otros de clase que están en el extremo opuesto, pero hubo algo que, el curso pasado, me hizo fijarme en Rafa: a menudo, al salir de clase, vi a sus padres esperándolo, cogidos de la mano. A otros chicos les avergüenza que sus padres vayan por allí, porque les avergüenza la situación o porque se avergüenzan de sus padres. Rafa no. Rafa parecía conforme con aquello. Y yo me preguntaba: ¿Cómo será su casa?; ¿cómo será la casa de una familia normal?

Nos abrió la puerta una mujer oscura, que igual podía tener quince años que cincuenta y cinco. La señora estaba en el salón, con la revista “Casa y jardín” en una mano y un metro en la otra. Tardó en darse cuenta de nuestra presencia, tan concentrada estaba midiendo una pared.

- Rafa –dijo, dándole un beso-. Y tu amigo… ¿Carlos?

- Claudio.

Sobre la tele, junto a un dragoncito chino, foto de la sagrada familia en la playa, de cuando Rafa era pequeño: papá, mamá, el nene y una nena un poco mayor que Rafa. El dragón los miraba como si fuese a devorarlos a todos.

- Me han puesto un emebé en Matemáticas –anunció Rafa.

- ¡Un emebé! ¡Fantástico! ¿Qué os apetece de merienda?

Nos la preparó la mujer oscura. La señora se quedó en el salón, con la revista en una mano y el metro en la otra, flotando como un fantasma. Continuará.

Juana- Repugnante.

Germán- ¿Qué te parece repugnante?

Juana- ¿No te parece repugnante?

Germán- ¿Desde cuándo te has vuelto una moralista? Tú, que has expuesto aquí cosas que hacían daño a los ojos, aquella exposición de muñecas hinchables, ¿tú te escandalizas de que un chico de diecisiete años piense lo que le dé la gana?

Juana- No que lo piense. Que lo escriba. “La exposición de muñecas hinchables”. Cualquiera que te oiga… Ni que hubiera convertido la galería en un sex-shop. Eran muñecas manipuladas. Una llevaba la cara de Stalin, otra la de Franco… Tenía un sentido. Para quien quisiese vérselo. Deberías hablar con el director.

Germán- Hablo con el director. Al chico lo castigan con una semana sin clase. O lo expulsan. O lo encarcelan. O lo fusilan. ¿Y qué?

Juana- O con tus compañeros, con los otros profesores del curso. Y con los padres, eso por descontado, deberías hablar con los padres.

Germán- ¿Para que no lo dejen entrar en esa casa?

Juana- Con los padres de Claudio, el escritor. Ese chico necesita un psiquiatra. Puede ser peligroso. Es capaz de hacerles algo. Deberías cortar esto antes de que pase algo realmente malo.

Germán- Es un chico cabreado, sólo eso. Un chico enfadado con el mundo. Y no es para menos. Mejor que saque su rabia así y no quemando coches. A mí me dan más miedo los otros. Esos sí que son peligrosos. Esos no respetan nada: ni la ortografía, ni la sintaxis, ni el sentido común. Aparte de Claudio, las que menos faltas tienen son dos chinitas que llevan seis meses en España. La última vez que los llevé al teatro me humillaron durante toda la representación. Y no se te ocurra criticarles, que se te echará encima la brigada de pedagogos.

Juana- Hablas de ellos como si fuesen una masa homogénea. Deberías acercarte a ellos, sin prejuicios, sin condenarlos a priori.

Germán- ¿A los pedagogos?

Juana- A tus alumnos.
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