Pararrayos de Dios, crónicas de poetas




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PARARRAYOS DE DIOS

Rodolfo Hinostroza

Crónica Tribal 1

Pararrayos de Dios, crónicas de poetas.

PRIMERA EDICIÓN, julio de 2012

© 2012, Rodolfo Hinostroza

© De esta PRIMERA EDICIÓN:

2012, Perú Tambo Editores, E. I. R. L. Av. San Felipe 637, Interior 402

Jesús María, Lima, Perú.

Teléfono: (51) 997 505 694 / 958 683 545 librosdeltambo@peru.com www.perutamboeditores.com

ISBN: 9786124624407

Depósito Legal en la BNP N° 201208279 Proyecto editorial N° 31501131200509

Diseño de cubierta: Ornar Suri

Impreso en Metrocolor S. A.

Los Gorriones 350360, La Campiña, Chorrillos, Lima 9 Perú.

Tiraje: 2000 ejemplares

Reservados todos los derechos. No se permite reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información ni transmitir alguna parte de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, etc., sin el permiso previo de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Hecho e impreso en el Perú Perú llaqtapi qillqasqa Lurata Peru markana In Peruvia typis excusum Réalisé et imprimé au Pérou Made and printed in Perú
INTRODUCCIÓN

Estas crónicas fueron escritas y en su mayor parte publicadas en la revista Caretas durante los años 20092010. Nacieron por la confusa necesidad de darle un rostro, una corporeidad, una presencia, a los poetas que yo había conocido y frecuentado desde mi infancia, porque mi padre y mi madre fueron poetas y yo pasé toda mi vida rodeado de gentes de este extraño oficio, que me sigue pareciendo fascinante. Sin ellos el mundo no me hubiera parecido todo lo bello, excitante, misterioso que es, y mi vida se hubiera singularmente empobrecido. A ellos les debo el no haber perdido el alma en un abismo, la esperanza en un incendio, porque ellos son la sal de la tierra, el fuego del verbo, y encarnan la extraordinaria aventura de vivir guiados por su propio talento, que es a la vez un instinto felino, una feroz introspección, una brillante epifanía, una salvadora ráfaga de eternidad.

El crítico Julio Ortega me decía que en estas crónicas aprovecho para contar mi propia vida, y no le falta razón, porque en ellas siempre aparezco como narradorparticipante, lo que es propio de este género que se sitúa entre la literatura y el periodismo. También cuenta mi propia historia de iniciación poética que se desarrolla en la Lima de los años 60 y de traslape en traslape relato la historia de 2 o 3 generaciones de poetas peruanos, y la manera como han interactuado para preservar la poderosa continuidad, originalidad y riqueza de la expresión poética del Perú, un país parco en crónicas que lo reflejen, en memorias que perpetúen el instante vivido, un país que haría bien en mirarse de tiempo en tiempo en un espejo de papel, para aprender a mejor estimarse.

Finalmente quiero agradecer a la Asociación AncashAntamina, que me brindó una ayuda inapreciable para terminar este libro, a la revista Caretas cuya generosidad nos ha permitido ilustrarlo con fotos de su archivo; y al Instituto Bibliográfico del Perú, en la persona de su Director Fundador, Richard Cacchione Amendola, por su invalorable bibliografía de los poetas aquí considerados.

RH, febrero de 2012.
POETAS! PARARRAYOS DE DIOS!

RUBÉN DARÍO

OCTAVIO HINOSTROZA, “GABRIEL DELANDE”

Una tarde de lluvia en Huaraz, cuando yo tenía 14 años, descubrí un viejo cofre de cuero que había pertenecido a mi bisabuelo Manuel Hinostroza, pues llevaba sus iniciales MH claveteadas con chinches de bronce. Lo abrí, y recordé al instante que era en ese cofre que mi padre guardaba sus libros y revistas, cuando yo era niño. Allí estaban, en efecto, Crimen y castigo de Dostoievski, La piel de zapa de Balzac, Veinte años después de Dumas, y El Quijote, entre otros, en viejas ediciones de TOR y de Sopena. Seguí hurgando entre los libros, y encontré una colección de la revista Folklore, donde se habían publicado muchos poemas de mi padre en varios números, que leí ávidamente. Era poesía indigenista de la década de los 30 y 40, pues esta revista era el órgano de difusión del indigenismo, y mi padre colaboraba en ella con Hildebrando Castro Pozo. Yo no sabía gran cosa de poesía en ese entonces, sólo lo que me habían enseñado de niño: Rubén Daría, Juana de Ibarborou, Amado Nervo; pero la poesía de mi padre tenía una sonoridad semejante a la de Daría, y me encantó. Leí «El cohetero», «Los arrieros», «Nocturno lluvioso», que eran estampas de la sierra y sus personajes; pero el que más me impactó fue su «Elegía a la muerte de la Engracia», que hasta ahora me estremece al leerlo:

Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto En la alborada de su carne bronce.

Era en los trigos que a dorarse empiezan, Roja amapola de cimbreante tallo,

Y en fuente y cántaro de inicial frescura y ya en sus senos floreció temblores

Y ya en sus labios anidó torcazas

Y en sus zarcillos rutiló promesas

Y en sus pupilas apresó distancias

Y los rediles de sus brazos dieron

Calor al huacho del vellón primero...

Seguí registrando el cofre y en el fondo encontré un montón de páginas del diario El Departamento, donde había poemas de mi padre, pero también informaciones sobre él, muy elogiosas. Dobles páginas centrales celebraban el estreno de sus piezas La flor en la roca, y Los caballeros del poncho de vicuña, que él mismo había dirigido, y asimismo rendían cuenta de los banquetes con que lo agasajaban, con fotos y discursos incluidos, pues, mi padre era, visiblemente, una celebridad en la provincia. Había sido guionista de una de las primeras películas peruanas: El Guapo del pueblo, en 1938, y conservaba amistad con Yma Sumac y Moisés Vivanco, Jesús Vásquez y Alicia Lizárraga, que habían pertenecido al elenco del film.

Esto se sumaba al hecho de que en aquél año, 1956, Radio Nacional transmitía una radio novela escrita por mi padre, La Conquista, de corte y de dimensiones épicas, con las grandes figuras de aquella gesta guerrera como protagonistas: Atahuallpa, Pizarra, Callcuchima, Almagro, Manco Inca, etc. Durante todo ese año se transmitieron sus 52 capítulos y, a no dudarlo, esa fue la obra de mayor envergadura que mi padre jamás escribió, aunque fueron muy pocos capítulos los que pude escuchar en la vieja radio de la casa, que no siempre funcionaba.

Ese hallazgo me cambió la vida. Después de la traumática separación de mis padres, cuando yo tenía 9 años, la figura de mi padre había sido tremendamente vapuleada, ridiculizada, vejada por la feroz familia de mi madre, unos bajopontinos callejoneros, ignorantes y misios. "El viejo vago de tu padre", "El viejo inútil de tu padre", "El viejo de porquería de tu padre", es así como me lo designaban mi abuela y mi tía con quienes, por desgracia, fuimos a vivir. No perdían ocasión de denigrarlo a sus espaldas, de rebajarlo ante nuestros ojos, de ponerlo como ejemplo de lo que no se debía hacer, de modo que esa avalancha de basura que esas arpías eran expertas en regar, terminó por mellar mi estima por él, a quien ya no veía como un ejemplo a seguir, y más bien me avergonzaba cuando venía a visitarme con su terno raído, sus zapatos polvorientos. Por ello, de grande quería Ser Ingeniero, o químico, pero nunca poeta como mi infeliz padre, no faltaba más. Entonces cursaba el tercero de media en el colegio La Libertad donde mi padre también había estudiado en su juventud, y algunos de los profesores eran sus amigos y aún se acordaban de él. Es más, yo me había traído a Huaraz mi laboratorio de química, a la que era precozmente aficionado y asombraba a mis amigos con mis experimentos. Pero el encuentro con ese baúl fue mi Camino de Damasco, que habría de cambiar la orientación de mi vida para siempre.

En el colectivo que me llevó de regreso a Lima, cumplido mi tercer año de media, se me ocurrió la idea de un cuento. A poco de haber llegado lo escribí, y le puse por nombre «La Montaña», y luego siguieron otro, y otro, y otro... Un amigo de la casa, el poeta Demetrio QuirozMalca, un día los leyó, con asombro, y me hizo publicar «El Noveno Tranvía» en el suplemento cultural de La Crónica del domingo 29 de junio de 1958, día de San Pedro y San Pablo.

Por aquellos años mi padre aún trabajaba en Radio Nacional, pero ya no como libretista sino como glosador de un programa dominical de música criolla. Se cachueleaba también escribiendo memorias y discursos para terceros, como una especie de escritor fantasma, y soñaba con publicar sus obras algún día. Seguía escribiendo incansablemente, teatro y poesía, que a nadie le importaban en la inhóspita Lima. Siempre, nos leía sus poemas, a mí y a sus sobrinos, los que habitaban una vieja casona en Barranco, donde yo solía pasar algunos fines de semana. Un día me preguntó: "¿Cuál de mis poemas te gusta más?" y yo respondí sin vacilar "Elegía a la muerte de la Engracia". Se me quedó mirando, dubitativo, y al fin se animó a hablar y me preguntó: "¿Sabes cómo escribí ese poema?" y me contó que una mañana soleada, sentado en el corredor de la casa de Huaraz, él estaba resolviendo un crucigrama cuando lo llamaron del otro lado del patio para pedirle algo. Se incorporó pues y, cuando estaba en el centro del patio, la inspiración poética lo fulminó como un rayo y allí mismo se puso a escribir el poema, felizmente llevaba lápiz y papel. Es un poema relativamente largo, pero los versos le venían como dictados, redondos y perfectos, el aliento dramático se desplegaba solo y el poema volaba... Cuando hubo terminado guardó el lápiz, cerró el cuaderno y terminó de cruzar el patio, para responder al llamado... y el poema quedó, mágicamente perfecto: corrigió dos palabras, cambió una línea, y eso fue todo.

Voces que llegan de ancestrales llantos,

Llantos que fluyen de palabras últimas,

Quejas que cobran diapasones fúnebres,

Toda una gama de plañidos, llora,

Canta y se queja con palabras llenas

De lo instintivo que al amor se aferra

De lo instintivo que se aferra a tierra,

Cobra los ecos que los campos surcan,

Muge en vacadas y en ovejas bala,

Se acorta en ayes y se alarga en sílabas...
No supe si creerlo. No es que dudase de su palabra, pero me parecía imposible que se pudiera escribir así, de un solo tirón, y con tal perfección; pero es que mi padre me estaba hablando de los misterios de la inspiración que sólo los verdaderos poetas conocen. Muchos años más tarde me ocurrió exactamente lo mismo, y escribí uno de mis poemas más largos, «Imitación de Propercio», en dos sentadas, arrebatado por la inspiración, entre París y Normandía. Le cambié solamente dos versos, y allí quedó, tal cual está.

La muerte de mi padre me sorprendió en París. Yo estaba saliendo a mi trabajo, temprano por la mañana, cuando me llegó la fatídica carta, que leí en la escalera. Esa misma noche, cuando yo estaba tomándome un trago con mi primera mujer, Nadine, en el café Le Select de Montparnasse, del que era habitué, de pronto me asaltó una enorme crisis de llanto ante los ojos espantados de Nadine y de la concurrencia. No podía parar, y comencé a hablarle a ella de mi padre sin cesar de llorar, sin ocuparme de la gente, y así estuve durante interminables minutos, tal vez una media hora, como no he vuelto a llorar por nadie.

Pincullo y tinya de elegiacos sanes

Concierten aires, y en rituales danzas,

Penas remotas y presentes llantos

Ritmen los ponchos y las sayas giren.
Dancen distancias, que la Engracia ha muerto.

Silben los ichus, que la Engracia ha muerto.

Giman las tórtolas, que la Engracia ha muerto.
Ya la amapola de los trigos de oro

Yace truncada, con la frente pálida.

Llegue el aroma de las mentas, y unja

El joven cuerpo que reposa en tierra.
Suenan plañidos, que la Engracia ha muerto

En la alborada de su carne bronce.
Años más tarde, yo, a mi vez, escribí una elegía a la muerte del poeta. Se llama «Los huesos de mi padre», y es el único poema que me sabe hacer llorar.
LOS ARRIEROS

Pasan los arrieros: ¡Pisa, mula, pisa!"

indios que han cruzado 1000 leguas a pie, montados a bestia se dejan llevar...

La coca que mascan reverdece en grandes hojas que les cubren la testa del sol,

se han hecho de un jirón de cielo del ande, se han hecho, tan a la medida su chaleco azul.

Látigo y silbido suenan musicales,

música de sendas llenas de color;

y el látigo estalla en vuelo de pájaros, despunta el silbido vigía su son,

pero la campana de la campanera dinamiza en ritmo, páramo y verdor.

Pasan los arrieros; "¡pisa, mula, pisa! " los gritos caminan delante y detrás,

van marcando el rumbo... van arreando... arreando y los ojos llevan carga de paisajes

que en cada recodo suelen renovar…

pasan los arrieros; ¡mula... mulaaa… ahhh! ...

con ellos visita la sierra a la costa

son indios en tránsito del Ande hacia el mar.
NOCTURNO LLUVIOSO

A la luz de la bujía

que intenta cruzar la lluvia

por una esquina del patio,

están danzando temores

sombras en los corredores.
Por cuatro veces el viento,

como un fantasma en acecho,

de un soplo ha muerto la llama

que intenta cubrir en vano

la pantalla de una mano.
Cuatro veces la bujía

ha vuelto a ser encendida

y anda el niño que la lleva

surcando como alma en pena

la sombra que el miedo llena.
Hay un son que nadie toca,

voces que nadie profiere

resuenan confusamente

y entablan conversaciones

con ecos en los rincones.
Llora la lluvia en el patio

tristezas y soledades,

condensa arcanos la noche

y en los tejados el viento

aúlla un presentimiento.
Algo acecha y algo oprime

con la tiniebla... quien sabe,

con su mortaja de lluvia,

cruzando los corredores

el frío siembra temores.
EL ESTERERO

Cara amarilla de estera, tumor de coca en la cara, las espaldas circulares,

las piernas tensas de nervios, lejano como la puna, silencioso como el ande

por los caminos del alba

ha llegado el esterero.

Y sus esteras perfuman

de campo, el patio de casa, y su aguja de madera

cose a puntadas enormes

la dimensión de los cuartos donde la paja que silba

el monocorde silbido

que hacen monótono el canto de los pájaros, silencia

los pasos que la recorren.

Por los caminos del alba,

cara amarilla de estera,

tumor de coca en al cara,

ha llegado el esterero.
EL JUEGO DEL TRAJE NUEVO

Un hombre está luciendo su traje nuevo.

Venid a vedo todos, hombres del mundo.

Rodeadlo con los ojos admirativos.

Que vuestras manos quieran palpar la tela

con avideces trémulas, mas no la toquen.

El hombre está creciendo tal como un niño.

Quiere alcanzar el cielo cuando se pone

en un domingo claro su traje nuevo.

Ved en su gesto plácido su rostro antiguo.

Se ha puesto, con su infancia, su traje nuevo.
EL JUEGO DE LA FIESTA

El juego de la fiesta arde en las luces

y en las pupilas llenas de luz y vida.

En los acordes vibra de las guitarras

Y efervece en los zumos de las vendimias.

Retornan en el baile

las embriagueces

de las antiguas rondas bajo la luna.

El hombre está jugando gozosamente

a todos los olvidos de Vida y Muerte.
GLORIA CLAUSEN

UNA MADRE DEMASIADO BELLA…
Mi madre era una mujer casi demasiado bella para ser poeta, oficio donde son raras las grandes beldades, y este fue un don que determinó su vida para siempre, para bien y para mal; y la mía de paso, si uno lo piensa retrospectivamente. Era relativamente alta para ser peruana, digamos 1,65m., de tez muy blanca, rasgos delineados, frente amplia, hermoso perfil y un cabello claro que, con el tiempo y las canas, un día se volvió rubio platinado. Parecía una belleza nórdica; y, en realidad, de cierto modo lo era, porque su padre había sido un ingeniero danés establecido en Lima y tenía todo el tipo. Cuando yo era niño me pasaba horas mirándola, como hipnotizado, maquillarse lenta, metódica, meticulosamente frente al espejo de 3 cuerpos de su tocador, porque era muy consciente de su propia belleza y dedicaba mucho tiempo a cultivada. Cuándo terminaba su largo ritual, le lanzaba una última mirada altanera al pobre espejo atormentado y se despedía de mí con un beso apenas sugerido, no se le fuera a correr el maquillaje.

Era como una actriz de cine americano extraviada en el cholerío bajopontino, ¿manyas, primo? Igual que sus hermanos, alga y Rodolfo, que destacaban también por las mismas razones en ese barrio tradicional que ahora llaman El Rímac. Eran hijos de un valiente danés, chiquito y colorado, con una criolla rímense pero de callejón bravo... Los tres vástagos del gringo habían pues salido de una apostura rara, que llamaba la atención; y como consecuencia lógica de ello, un día mi madre fascinó a mi padre, el poeta huarasino Octavio Hinostroza; y se casó con él, inopinadamente, cuando tenía apenas 19 años, no había terminado la secundaria y él le llevaba unos buenos 24 años de edad. Tengo para mí que uno de los factores que influyeron para que se realice este desigual matrimonio fue precisamente el hecho de que mi padre era poeta, pues ella también escribía poesía y adoraba la poca literatura que le habían enseñado en el colegio.

Esto era algo inusual para la época, porque pocas mujeres se atrevían a entrar a este terreno tradicionalmente dominado por los hombres y, en los años 40, no había feminismo; sin embargo no hay que olvidar que ya habían florecido importantes voces femeninas en toda América Latina, agitada por movimientos de reforma social: Delmira Agustini y Alfonsina Storni en Argentina, Juana de Ibarborou.

Uruguay y, sobre todo, Gabriela Mistral en Chile quien había ganado el Premio Nobel en 1945. Y en el Perú estaba la poeta aprista Magda Portal, amiga y camarada de luchas de mi padre. Estas fueron los modelos con los que ella se identificaba y con los cuales aprendió a escribir bajo el magisterio de mi padre, una poesía marcada por el modernismo, cuyo pontífice reconocido por todos era el nicaragüense Rubén Daría, que era el poeta venerado en la casa, el "padre y maestro mágico" que hasta los chicos conocíamos de memoria. Apenas había yo cumplido un año de edad y mi hermana dos, mi padre se llevó a toda la familia a su tierra, Huaraz, donde fuimos felices y comimos perdices durante toda nuestra primera infancia. Cuando mi hermana y yo nacimos, mi madre nos dedicó sendos poemas. El de mi hermana comenzaba así:

Capullito de canela,

Dorado botón de luz

De infinito dulce estela

Aguinaldo de Jesús!

Y el mío:

Manzanita juguetona

Travieso melocotón

Azucena reventona

Hombrecito! Corazón!
Estos tiernos poemas estaban muy a tono con lo que se esperaba de ella, en esa casa huaracina profundamente cristiana y conservadora en que mi padre escandalizaba a su poderosa familia de poderosos ancashinos, declarándose ateo por la gracia de Dios", como lo había hecho antes su propio papá, que era un reputado comecuras, y se declaraba además aprista que en aquella época era del partido revolucionario e inspiraba más miedo que el lejano comunismo ruso. Mamá por su parte había traído a esa casa la juventud, la belleza y la alegría, además de dos hijos que eran casi tan bonitos como ella, y pronto se hizo querer por aquella familia tierna y generosa, en especial por tía Luchita RuizHuidobro, la tía abuela de mi padre.

Cuando se divorció de mi papá, con quien estuvo casada 11 años, fue por razones nunca bien dilucidadas, pero que según parece tenían un común denominador: los desmesurados, injustos, otélicos celos de mi padre. Claro, era estupendo tener una espléndida joven esposa, pero todo el mundo se la envidiaba secretamente, propios y extraños se ponían nerviosos ante ella, le echaban unas miradas incendiarias... Y el viejo poeta, claro, era devorado por llamaradas de celos que apenas podía controlar y que a veces terminaban en tremendas escenas. Mi madre tenía sus gloriosos 30 años y estaba en el esplendor de su belleza, mientras que él declinaba físicamente, pues en aquellas épocas uno ya era viejo a los 50 años, y esto lo tenía a mal traer; al final deliraba imaginando que mi mamá se escapaba por el techo, con una escalera de bomberos traída por su amante diplomático venezolano; pero a pesar de que este grotesco delirio sonaba a broma, él se lo tomaba bien en serio.

Después de la separación de mi padre, ella quedó en una situación tremendamente frágil porque ahora era una señora "separada" que vivía sola con un par de hijos chibolos, que trabajaba como secretaria todo el día en la vieja Lima y no contaba con un hombre oficial y presente que la defienda en este mundo de machos. Tenía la autoestima baja, como tantísimas limeñas educadas a golpes ya gritos. Y nos fuimos a vivir con la abuela y tía Olga, en la Unidad Vecinal número 3, cerca de la avenida Colonial, para hacer mancha autodefensiva, cosa que nos salió cara a los chicos a causa de la brutalidad manifiesta de la familia de mi madre.

Fue por ese entonces que en concurso público mi mamá ganó el puesto de secretaria privada de la conocida millonaria Anita Fernandini de Naranjo, y decían que se lo consiguió un amante, sin querer reconocer sus méritos propios, sea porque era la gringuita que mejor presentaba, y estaba mejor dotada para ese puesto, sea porque era una taquimecanógrafa rapidísima y eficaz. Pero siempre había incidentes respecto a su belleza. Por ejemplo, cuando le llevó sus poemas inéditos a un destacado crítico y profesor de San Marcos, este casi la viola en un salón vacío, y tuvo que defenderse arrojándole carpetas y sillas, porque mi madre era hueso duro de roer, digna representante del combativo signo de Aries, y dejó al erudito mal parado. Todo el tiempo le pasaban estas cosas, ella quería hablar de poesía, y ellos solo pensaban en tirársela.

La Fundación ProBasílica animada por doña Anita Fernandini, quedaba en pleno centro de Lima de los años 50, cuya frecuentación estaba en toda moda, y "jironear" o sea pasearse por todo el Jirón de la U1!ión era lo máximo, viendo y dejándose ver, entrando y saliendo de establecimientos conocidos, como lo eran el Embassy, Las 13 Monedas, el Rincón Toni, las Galerías Boza, aunque ya no existía el Palais Concert dónde Abraham Valdelomar acuñó el célebre silogismo: "El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert, soy yo ... ". Y fue jironeando que mi madre entró en una cafetería de moda, cerca de su trabajo, donde varias veces regresaba, y surgió un romance entre la bella secretaria y el esforzado dueño del lugar, Alberto, que era un cincuentón selfmade man huancaíno, que se había hecho en los Estados Unidos donde había ingresado como desertor de un barco peruano y ahora ponía una cafetería en pleno Jirón de la Unión, adelantándose medio siglo a su época. Con él, mi madre tuvo un romance muy dramático porque éste estaba casado con una gringa y tenía hijos, y la mujer había puesto e capital para la famosa cafetería, cuya especialidad eran las donuts, las pastosas, grasientas y pesadas donuts que desde entonces aprendí a odiar meticulosamente. Además, ella dejó de escribir porque, que yo sepa, durante los 6 años que duró su relación no escribió un poema más; en su lugar puso un colegio bilingüe españolinglés, el Hispano Americano en plena Av. Petit Thouars, con el apoyo de Alberto. Será por eso que tampoco aprendí a hablar correctamente inglés.

A su separación del emprendedor Alberto, mi madre vivió un largo romance con el poeta Demetrio QuirozMalca, porque Gloria no había desistido de su primigenia vocación, o sea que insistía en ser poeta. Lo triste fue que cuando se aventuró en la poesía moderna bajo el padrinazgo de Demetrio, no pudo dar la talla y su primer libro editado, Moneda de luz, fue duramente vapuleado por la crítica para resuello de las poetisas limeñas de su generación que temían que los poemas de mi madre estuvieran a la altura de su belleza física en cuyo caso sería el acabose. Pero mi madre quedó tan desilusionada que nunca más volvió a escribir poesía.

III

Cuando al filo de la angustia

Alguien acaba de decirnos:

"no quiero", "no tengo" o "yo no puedo";

Cuando en torno vemos, bajo cruces,

La sangre de que nosotros florecimos;

Cuando en todo el rostro no hay sino pupilas

Para llorar el golpe

Que un más grande nos ha dado;

Cuando estamos de pie sobre las ruinas

De todos nuestros ídolos caídos;

Cuando la pena nos crece desde adentro

Como un helecho selvático y monstruoso,

Y parece salirnos por los ojos, las orejas,

Los labios y las muelas;

Cuando el ruego y la blasfemia regresan del espacio

Como piedras vencidas;

Entonces,

Con qué fuerza nos pegamos a la pared de rocas

Para dejar que pase la avalancha inaudita

Sin arrastrarnos.
Más siempre se nos lleva

Un trozo de la carne, del vestido,

Y quedamos al borde, sangrantes y desnudos.
Si mi madre hubiera insistido en esta vía, es posible que hubiera llegado a ser reconocida por la crítica como poeta, al cabo de algunos años y publicaciones. Pero tenía la autoestima débil en una profesión que a veces requiere tener pellejo de elefante. Dejó pues de escribir poesía, y en eso la dejé cuando me fui a Europa en mayo del 68. Pero es que ella estaba mucho más dotada para la prosa que para el verso, y demoró mucho en reconocerlo. Se pasaba las noches escribiendo una novela: El árbol, que sacó una mención honrosa en el Premio Nacional de Novela del año 57/58, y publicó un cuento, «Los caracoles» en el suplemento literario de La Crónica.

Cuando regresé de París, para establecerme en Lima, en 1984, mi madre acababa de jubilarse en un banco en el que había trabajado cosa de 30 años. Tenía una pensión decente, vivía acompañada de servidores domésticos en un apartamento de Miraflores, adoraba a sus nietos, y se peleaba regularmente con mi cuñado, que era un jodido. Pero en lugar de aprovechar su bien ganada jubilación para realizar la pasión de su vida que es escribir, aunque nada más fuera por placer de teclear, había dedicado su vida al alcohol y se tomaba dos botellas diarias de ron con Coca Cola, en ocasiones 3 mirando TV . Estaba ya separa de Demetrio sin pasiones e Ilusiones en la vida, pero siempre aguerrida y con un gran sentido del humor. Orgullosa y contenta de mis éxitos literarios me confesó que ella no se orientaba en la poesía moderna que yo y mis amigos practicábamos, sino mejor en la prosa, el cuento específicamente, género en el que acababa de ganar una mención Honrosa en el "Cuento de las mil palabras" convocado cada año por la revista Caretas con un cuento llamado «Un navío llamado Libertad». Lo leí y este sí me encantó, aunque me desconcertó su ambientación, su único personaje desorientado, la inusual situación de naufragio. Le pregunté abiertamente cuál era finalmente el tema de ese cuento tan bien ambientado como desconcertantemente abstracto, y ella me dijo: "Tu padre. El tema es tu padre". Y siguió: "Traté de comprender a dónde quería ir, a dónde se dirigía". "¿Es un retrato de mi padre, el poeta? ¿Así lo veías? “. “Si repuso mi mama con un suspiro, siempre con los pies fuera de la tierra”.

Ese mismo año, en agosto de 1984 mi madre murió de un infarto masivo al miocardio, a los 65 años de edad. Tan fulminante fue el ataque, que antes que el vaso en que bebía su último Cuba Libre toque tierra, ella ya había pasado al otro reino, mucho mejor que este, donde habitan las almas de los poetas y se olvidan todas las penas.

ARRIBO A LAS GALAXIAS:

Un beso luminoso de obscuras mariposas,

Las miradas.
(Llenandome de las manos de cosas y los vientos,

De azul presentimiento)
Bajo el beso invisible de las constelaciones

¡qué trémula la noche, que plena y conmovida!
Colmáronse los aires de magnolias heridas

Como albas palomas perfumadas.
Y las galaxias fueron estación de los sueños.
EL AMOR DE LA LLUVIA

Fresco amor de tacto justo

en las formas que acaricias.

Cantora sangres caída

desde lagunas de lumbre;

luz cuajada en vidrios dóciles

bajo la piel de esta fruta

que pende del infinito.

Luz que con luz se encuentra

en íntimos nidos verdes

¡Si me vistiera tu beso de flores y racimos!

¡Si tu caricia colmara

mis venas de estrellas niñas!

¡Oh, amado, sólo entonces, limpios de todos los ojos, naceríamos!
EL AMOR INEXORABLE

He de amarte en la noche

A la sombra pagana de los pámpanos

Y bajo tu beso,

Burbuja de fuego que incendie mi carne,

ha de morir la Muerte:

el arco rojo de tus labios impulsará mi sangre como a una fina flecha,

a surcar las edades hasta el último hombre.

Bajo tu beso, puro e instintivo, seré casta como Eva antes del pecado

y en cada vena mía, hecha por ti futuro, ha de agitarse, universal,

el germen de una posible humanidad.

En la noche sagrada de tu amor y del mío, habrá de presentirse tras el rudo boscaje,

la blancura serena de mármoles dormidos.

Ya través de pámpanos serán las estrellas, trémulos racimos azules

de las eternas vides siderales.
LA PLAYA INEVITABLE

Un día entre los días

No ha de brotarme sangre de ninguna herida.

La luz, en olas albas,

Morirá en la bahía violeta de mis párpados. Mis rojos arroyuelos detenidos

Serán los garabatos de una plana inaprendida.

Tendré en la piel entera tus mil besos dormidos Como exacta mortaja de diamantes pretéritos.

Ya nada ha de dolerme ni ante el dolor ajeno Podré abrir el corazón como una rosa. El viento de los siglos esparcirá mi brizna indestructible, igual como tu boca

que ha de extender los trigos humildes de mi sangre

en los surcos tenaces de todas las auroras.

Un día, quieta y blanca, seré como una ola, por siempre coagulada

al tocar en la playa arcana, indeseada, en que Dios soledad pura

pasea lentamente su agobio de infinito.

Un día he de quedarme en esa playa, sobre la arena cálida que forman los luceros. Y el agua de lo eterno

cantará entre guijarros de azules universos.
DEMETRIO QUIROZMALCA "VIVA LA POESÍA!"

Cuando regresé de Huaraz a Lima con mi diploma de tercero de media, descubrí que mi mamá, aprovechando de mi larga ausencia, se había casado. Al fin se había divorciado de mi padre, del que se hallaba muchos años legalmente separada, pero no le había durado mucho la soltería, y se encontraba, otra vez, casada.

Me presentó a su marido como el poeta Demetrio QuirozMalca, Premio Nacional de Poesía de 1955, autor de los poemarios Mármoles y vuelos, Tierra partida, etc., que ahora se lanzaba por los senderos de La Palabra Sencilla, que usaba un lenguaje transparente y sencillo para llegar a todo el mundo y trascender el académico. Era un hombre pequeñito, sencillo y afable, que me cayó bien desde el principio. En su blanco semblante de cholo cajamarquino destacaban dos rasgos que le eran distintivos, casi constitutivos de su personalidad: uno eran los grandes mostachos lacios, negros, largos, que colgaban de la comisura de los labios, otro su peinado con la raya al medio que dejaba dos mechones negros, ligeramente ondulados, a los costados. Era el sueño de cualquier caricaturista, que con esos dos rasgos y el taco aperillado de los chatos, lo sacaba, igualito.

Su nuevo marido era pues poeta como mi padre, pequeño como mi padre, provinciano como mi padre, misio como mi padre, pero además alcohólico, como no tardé en darme cuenta, cosa que iba a complicado todo. Pero esto desbarataba mi teoría sobre la separación de mis padres, que yo la suponía provocada por la naturaleza soñadora de mi padre, poética en fin, nada práctica ni realista, que nos había conducido a una situación insostenible por su falta de trabajo desde que salimos de Huaraz. Después mi madre había tenido una relación algo tormentosa con un empresario que tenía una cafetería en el Jirón de la Unión, quien le puso un colegio bilingüe, españolinglés, en Santa Beatriz: el "Hispano Americano". Pero el hombre era casado así que al cabo de algunos años las cosas terminaron mal. Y ahora regresaba inexplicablemente, del hombre práctico y realista, al poeta soñador, en otra vuelta de tuerca que me desubicaba, seguramente porque yo estaba en plena adolescencia.

Oficialmente se habían casado en lca, y me mostraron fotos de la ceremonia, pero algo me olía mal, porque Demetrio no habitaba con mi madre y yo mi hermana ya se había casado en calidad de hombre de la casa, sino que vivía con sus hijos por el rumbo de Balconcillo, y ni siquiera pasaba los fines de semana con nosotros. Sospecho pues que fue un matrimonio medio bamba, hecho para conservar las apariencias, y que Demetrio nunca se divorció legalmente de su primera mujer, aunque "mejor es no meneallo" como recomienda El Quijote. Enseñaba literatura en un colegio nacional, el Alfonso Ugarte, y siempre andaba con un gran maletín de cuero viejo lleno de papeles, y vestía sacos a cuadros, con corbatas rojas como símbolo de rebeldía. Su grito de guerra era: "Viva la Poesía!", que solía lanzar en cualquier parte, cuando tenía unos tragos encima, cosa que no era nada infrecuente a la salida de un bar, o de una fiesta.

"Viva la Poesía!" resonaba la voz aguarden tosa del poeta en plena Plaza San Martín, en la madrugada cuando cerraba el bar Zela, "Viva la Poesía!" en Surquillo, en el Bar de los Valientes, así llamado por las broncas que lo habían hecho famoso, "Viva la Poesía!" en los barcitos de mala muerte de la Plaza México, cerca de su casa, en Balconcillo.

No era para nada una pose, sino un grito del alma, que resumía su credo, su pasión, la forma de su vida. Y su profundo conocimiento de la poesía del siglo de oro español, en que era especialista, a tal punto que imitaba a los poetas del S. XVI en un famoso soneto que recitaba con un par de tragos:

Amor, si ansíferiste, ansina amando

Amando en tal ferida me envolviste

Feriste al que el dolor mantuvo triste

Soñando en que llegaras, coronando.

Amor, y aunque viniste en sueño blando y en blando leño amor me convertiste Ir”.

Trujiste tu rubor do me encendiste

Silicios que me están atormentando.
Amor, si ansiferisteansina amando

Nasciendo si nasciera nueva flor

Dolor preferiría amor jurando

Amor, sin ansíferisteansina amando

Salvando aquesta vida mía amor

Mil muertes moriría, amor, cantando.
Demetrio fue crucial para mi ávida adolescencia, dispuesta a leérselo todo, porque me fue dando lecturas, soltando nombres, despertando curiosidades. Se dio con la sorpresa de que yo ya estaba escribiendo unos cuentos, que le mostré, agrupados bajo un título un tanto siniestro, Fosa Común, tomado de Eca de Queiroz. Se quedó muy impresionado con «El noveno tranvía», el segundo que yo había escrito en mi corta vida, y para sorpresa mía se lo llevó y lo hizo publicar pocas semanas más tarde en el Suplemento Dominical de La Crónica, que por entonces dirigía un amigo suyo, el periodista Manuel Jesús Orbegoso. Pero como Demetrio me había anunciado su inminente publicación, cada domingo por la mañana yo saltaba de la cama tempranito por la mañana para comprar La Crónica, y nada… Ya habían pasado dos, tres domingos, y todavía nada… Andaba medio descorazonado, cuando mis primos de Chorrillos me invitaron el sábado a la fiesta de San Pedro y San Pablo, patronos de los pescadores, pues había una kermesse tradicional con picarones, chela y juegos en el malecón. Fuimos pues en mancha unos 8 muchachos del barrio, y por causa de un Juego ama o matagatos todos terminamos encanados en la comisaría de Chorrillos a causa de un maldito travesaño que había roto uno de los patas. El muchacho estaba pasado de tragos y se había insolentado con un tombo alegando que su viejo era comandante, otro había salido en su defensa, la cosa había degenerado casi en bronca, y todos habíamos pasado la noche en cana, sentados en un banco, sin dormir. El papá comandante, puteando a media voz nos sacó a las 6:00 de la mañana de la comisaría, y lo primero que hice fue ir corriendo al quiosco de periódicos más cercano para comprar La Crónica antes de irme a dormir.

Y allí estaba, en la primera página del suplemento, «El noveno tranvía», cuento, por Octavio Hinostroza Clausen, con el texto desplegado en dos páginas y una inquietante ilustración de un hombre con las solapas del saco levantadas. Me compré 3 ejemplares y me los llevé a mi casa, todavía incrédulo de que ese fuera mi cuento, si apenas tenía 17 años y todavía estudiaba en la nocturna del colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Fue el 29 de junio de 1958, y ese fue el comienzo oficial de mi "carrera literaria" que mis amigos del barrio saludaron, no sin asombro.

A los pocos días me fui a Huaraz a pasar las vacaciones de medio año y allí me encontré, en plena calle, con el que había sido mi profesor de Literatura, el poeta Marcos Yauri Montera, quien se me acercó muy solícito y me pidió que felicitara a mi padre, de quien era gran admirador, por su cuento aparecido en La Crónica, que le parecía de un corte muy moderno. Me quedé desconcertado, y le aclaré que el Cuento era mío, no de mi padre. Yauri me quedó mirando con incredulidad y me dijo que no podía ser porque estaba firmado por mi padre, pero luego lo pensó mejor y se acordó que los dos nos llamábamos igual. "Pero mi segundo apellido es Clausen no Figueroa” repuse, y se disipó el equívoco quedándose Yauri con la boca abierta. Pero ese incidente me hizo reflexionar sobre este asunto, y entonces decidí que aquí en adelante yo firmaría con mi segundo nombre para no confundirme con mi padre, y así fue como pasé a llamarme Rodolfo Hinostroza, hasta la fecha.

Demetrio me dio a leer La metamorfosis de Kafka, Bartebly de Hernán Melville, De qué vive el hombre de León Tolstoi, la muerte del pequeño burgués de Franz Werfel, El extranjero de Albert Camus, La guerra contra las salamandras de Karel Kapek, libros que me abrieron la mente a la literatura moderna. Pero también me enseñó a amar a Góngora y a Quevedo, a San Juan de la Cruz y Gonzalo de Berceo, a Boscán y a Garcilaso de la Vega, que m~ acompañaron durante toda la vida. Y así como Demetrio imitaba a los clásicos españoles, yo también me puse a imitados, y sacaba sonetos quevedianos, cuartetas gongorinas, endechas garcilasianas. Este fue sin duda el origen de mi interés por las técnicas poéticas que la crítica posteriormente ha señalado.

Por entonces yo estudiaba en la nocturna del Guadalupe, porque quería trabajar durante el día, pero me era difícil conseguir chamba a causa de mi edad, o sea que me pasaba el día hueveando con mis vecinos los Tong, escuchando zarzuelas y óperas en su tocadiscos, y recién a las 7:00 de la noche entraba al colegio. Cuando regresaba a casa, pasadas las 11:00 de la noche, solía encontrar a mi madre tomándose un trago con Demetrio en la mesa del comedor. Lo malo es que mi mamá, que nunca había tomado un trago en su vida, se embriagaba muy rápido, y las "tertulias literarias" que entonces improvisábamos solían terminar a los capazos. El libreto era invariablemente el mismo: se discutía de algún tema, por ejemplo de una novela que todos habíamos leído, y mi mamá discrepaba de nosotros, creo que por principio. Entonces proyectaba sus paltas feministas, volteaba la figura, y nos acusaba de aliarnos contra ella solamente porque era mujer, pues los hombres siempre hacíamos causa común contra ellas y a poco el motivo de la discrepancia se olvidaba y se pasaba a la ironía injuriosa, a la ofensa personal, al ataque directo. Mi mamá era una aguerrida Aries, no le gustaba perder y cuando se veía acorralada nos botaba de la casa, y terminábamos Demetrio y yo en algún bar de mala muerte chupando con cualquier parroquiano, a las 4:00 de la mañana.

Pero era un régimen agobiante, y terminé por irme de verdad después de una de esas escenas alcohólicas y violetas, suscitada porque yo había abandonado mis estudios de medicina para dedicarme a la literatura, y mi madre, curiosamente, tampoco estaba de acuerdo con esa decisión. Fue la noche de Navidad de 1961, Y me fui sólo, llorando a gritos, a las 2:00 de la mañana. Ya en la calle me di cuenta que no tenía un solo centavo para movilizarme, pero igual me fui, desde Lince hasta Barranco, a pie, guiándome por la línea del tranvía que refulgía a la luz de la luna, que me acompaño todo el trayecto hasta la casa de mis primos.

Nunca regresé a vivir con mi madre, salvo por muy cortos períodos de tiempo, y para acompañada en su vejez. Gracias a Gonzalo Rose me conseguí mi primera chamba, vendiendo libros de César Vallejo de puerta en puerta, luego entré a "Publicidad Causa", y mi vida cambió.

A Demetrio lo vi muy poco desde entonces. Estuve fuera del Perú durante muchos años, y regresé definitivamente en 1984 cuando murió mi madre. Luego, en 1991 murió Demetrio, en olor de poesía; y de ello nos enteramos por una nota necrológica en el periódico. Nunca olvidé sus enseñanzas. Un año antes había publicado su último libro, Del mundo en que vivimos, su testamento poético sin lugar a dudas, un hermoso canto que es síntesis de la experiencia del poeta en el mundo. Dice:

Sintiendo ya cercano el final Del azaroso juego

(que los dioses han elegido Para mí,

En la ilusión, la zozobra Y el descubrimiento)

Quiero referirme con sincera Humildad

Al frondoso río que nace en las alturas y lo llevo Conmigo

A plenitud:

Lebrel y espuma, Rosal de enigmas, Soplo...

Sí, el amado río que construye Montaraz al son de las circunstancias y de tumbo en tumbo

Sus castillos, sus banderas,

Sus propios pasos que constituyen, En verdad, los pasos míos

Como los tuyos.

Yes que anhelo dejar en claro

Que a pesar de su incesante fluencia y abigarrada como auscultadora Pupila,

He vivido y vivo aún a conciencia Las deslumbrantes como abstrusas Premisas

Del diario existir...

Que se echó a andar muy temprano Para mí:

Ora sorbiendo las auroras

y ventiscas de los sensuales labios Del placer y la quimera,

En la juventud;

Ora soportando, sumiso, los dardos Del olvido, en la madurez;

Ora, en fin, vivan do a la vida

Que se ilumina por sí misma

y también por mí,

Que soy el ángel bienhechor que alimenta El fuego

De su íntima y perdurable Alegría:

"Dejo el mundo

Paso a paso”.
Viva la poesía!
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