Informes portal mayores número 66






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INFORMES PORTAL MAYORES
Número 66
Lecciones de Gerontología

Coordinadores: Ignacio Montorio Cerrato, Gema Pérez Rojo

X. Las relaciones intergeneracionales







Autor: Buz Delgado, José; Bueno Martínez, Belén


Filiación: Universidad de Salamanca, Facultad de Psicología

Contacto: buz@usal.es; bbueno@usal.es

Fecha de creación: 27-09-2006



Para citar este documento:


BUZ DELGADO, José; BUENO MARTÍNEZ, Belén, (2006). “Las relaciones intergeneracionales”. Madrid, Portal Mayores, Informes Portal Mayores, nº 66. Lecciones de Gerontología, X [Fecha de publicación: 16/10/2006]. <http://www.imsersomayores.csic.es/documentos/documentos/buz-relaciones-01.pdf

Una iniciativa del IMSERSO y del CSIC © 2003


ISSN:  1885-6780





Portal Mayores | http://www.imsersomayores.csic.es







Las relaciones intergeneracionales




ÍNDICE










Pag.







Presentación del capítulo

3







Objetivos del capítulo

3










1

Relaciones intergeneracionales: ¿entre qué generaciones?

4




1.1

Generaciones en España.........................

4













2

Los momentos históricos y vitales en las relaciones con los miembros de otras generaciones

6










3

Las generaciones más mayores como agentes de socialización

8










4

Los abuelos cuidadores de los más pequeños

9










5

Las relaciones intergeneracionales y la imagen social de las personas mayores

11










6

La intervención social a través de los Programas Intergeneracionales

11










Conclusiones

17










Lecturas recomendadas

18










Referencias bibliográficas

18


Presentación del capítulo

Este capítulo se centra en definir el concepto y el impacto de las relaciones intergeneracionales sobre las personas mayores desde el punto de vista psicológico y social. Las relaciones interpersonales que las personas mayores mantienen con miembros de otras generaciones son importantes para su salud y su bienestar. En la vejez, más que en otras etapas de la vida, las relaciones intergeneracionales adquieren una importancia notable por el impacto sobre el individuo. Por ello, a lo largo de esta lección iremos desgranando algunas de las características más importantes de las relaciones recíprocas que se establecen entre las personas mayores y su contexto social y familiar, así como la imagen social que distintas generaciones tienen de las personas mayores y la posibilidad de intervenir mediante los Programas Intergeneracionales.

Objetivos

Las relaciones intergeneracionales son una forma de analizar y comprender las relaciones entre personas de distintas generaciones. El objetivo de este capítulo es mostrar la importancia de estas relaciones en la etapa de la vejez describiendo el papel de las personas mayores como agentes de socialización, como cuidadores de sus nietos y como grupo sobre el que otras generaciones han elaborado diversos estereotipos.



  1. Relaciones intergeneracionales: ¿entre qué generaciones?



Lejos de lo que pudiera parecer, el término generación resulta controvertido, suscitando numerosos debates en el ámbito científico. Ya que no es este el lugar para profundizar en este debate, exponemos a continuación la definición que consideramos más consensuada y adecuada para desarrollar el tema que nos ocupa. Entendemos por generación al “grupo de personas que ha compartido experiencias parecidas, que tiene edades similares, y que sigue determinadas tendencias”. Sin embargo, no olvidemos que las generaciones también pueden definirse por otros criterios:
-El linaje familiar, dando lugar a las generaciones de los que son sobrinos, nietos, padres en una familia.

-La pertenencia a un grupo, caracterizada por señales de identidad inequívocas (p. ej., yuppies, hippies, etc.).

-La fecha de nacimiento, criterio profusamente utilizado en la investigación social y que agrupa a todos los que han nacido el mismo año (p. ej., los del 86).

-La etapa del curso vital, que permite reconocer a una generación en términos amplios de edad y acontecimientos vitales asociados (p. ej., la adolescencia, la madurez o edad adulta).

1.1. Generaciones en España

En España, aun a riesgo de simplificar en exceso, se pueden distinguir tres generaciones con características propias:
1) La “Generación de la Guerra Civil Española”, constituida por aquellos que durante la guerra tenían entre 27 y 34 años. Actualmente son la generación de nuestros mayores. Eran niños y jóvenes en la época de guerras y en una sociedad agraria donde las oportunidades culturales y educativas eran escasas. A sí mismos se consideran una generación comprensiva, ilusionada, vitalista y con buenos modales (Vega, 1992). Sin embargo, en ellos es más frecuente que en otros grupos de población la institucionalización y diversos problemas de salud física y mental. Desde el punto de vista de la intervención social son un grupo muy interesante debido a la frecuencia con que experimentan la problemática de la soledad y el aislamiento. Su aportación a las restantes generaciones se suele canalizar a través de la transmisión de valores, de destrezas de trabajos que están desapareciendo y, en algunos casos, la transmisión de su sabiduría (Nauck, 2001).
2) La “Generación del 68” está formada por aquellos que en esa fecha tenían entre 19 y 26 años. Se han educado en el sistema franquista. Hoy día son las personas que han traspasado, o no, la llamada “crisis de la mitad de la vida” (Bueno, Vega y Buz, 1999). Como grupo soportan y toman las decisiones sociales y económicas más importantes de nuestra sociedad. En tanto que generación muestra una gran heterogeneidad interindividual.
3) Por último, la llamada “Generación X” pertenece a los que nacieron entre 1975 y 1980, y que ahora tienen de 20 a 25 años. Han sido llamados en ocasiones los “hijos de la democracia” y se han educado en un contexto político y económico muy diferente al de las generaciones anteriores. Han crecido en un nuevo sistema educativo, sanitario y social. Debido al sistema de valores desarrollado en este contexto, es una generación que plantea numerosos conflictos con las generaciones actuales de adultos y de mayores. Paradójicamente, su presencia en asociaciones y otros movimientos sociales planteados desde la solidaridad es mucho mayor que la de cualquier otro grupo de edad. Esta generación se considera a sí misma como educada, vitalista y culta.


  1. Los momentos históricos y vitales en las relaciones con los miembros de otras generaciones



A lo largo de la vida, las personas vamos progresando por diferentes etapas; dejamos de ser niños para convertirnos en adolescentes, luego en jóvenes, más tarde en adultos y, por fin, en personas mayores. Desde la psicología se llaman “transiciones vitales” a esta serie de cambios según los cuales las personas sufren cambios cualitativos y cuantitativos en diversos aspectos de su vida (físicos, económicos, morales, psicológicos, etc) y en derechos y obligaciones asociados al rol que se vive en cada momento. De modo similar al individuo, la sociedad sufre procesos de transición y, por extensión, las familias que pertenecen a esas sociedades se ven abocadas a sufrir transiciones fruto de los cambios sociales y de la evolución de los propios integrantes de las familias. Pensemos en el modo en que afectaría a una familia, que tiene a su cargo a un abuelo, el hecho de que el Estado español se hiciera cargo íntegramente de todos los cuidados que esta persona mayor necesita y necesitará en el lugar que ella elija. Este ejemplo, que roza la ciencia ficción, nos tiene que hacer reflexionar sobre cómo los cambios contextuales y los que se producen en los propios individuos a medida que maduran, afectan a la dinámica de relaciones entre los miembros de la familia.
La investigación en el campo del envejecimiento ha comprobado que tratar de “sincronizar” las transiciones individuales con las familiares suele producir conflictos intergeneracionales. Cuestiones propias de los hijos más mayores, tales como el hecho de casarse o dejar el hogar para independizarse, a veces entran en conflicto con las necesidades de los padres u otros miembros de la familia (Hareven, 2001). Tomando como ejemplo algunas investigaciones recientes, se ha comprobado que los padres más mayores esperaban que al menos algún hijo/a, normalmente el/la más joven, retrasase su vida en pareja para cuidar de ellos (Hareven y Adams, 1996). En relación con este tema de los cuidados, es importante indicar que el apoyo que se proporcionan unas generaciones a otras está marcado por circunstancias históricas y experiencias personales que acontecen a lo largo de la vida. Mientras las generaciones más mayores esperan que sean los hijos u otros familiares los que se ocupen de su cuidado, las generaciones más jóvenes pueden esperar que sean las instituciones públicas o privadas las que se hagan cargo de dichos cuidados.
En este escenario no cabe duda de que cuando hablamos de las relaciones intergeneracionales, el asunto de los cuidados en la vejez, del apoyo que reciben las personas mayores de las generaciones más jóvenes, resulta crucial. Se trata de un asunto sobre el que se han formado diversas creencias erróneas. Las investigaciones en el ámbito de la gerontología han puesto de manifiesto que uno de los mayores mitos sobre los cuidados durante la vejez es el hecho de pensar que existió una edad dorada durante la cual las personas mayores vivían y eran cuidadas por sus hijos y familiares. En primer lugar, parece que la forma más frecuente de vida de los mayores no ha sido vivir con los hijos adultos, sino cerca de ellos y manteniendo un contacto frecuente. En segundo lugar, la edad dorada parece que nunca existió ni en la América colonial ni en la Europa preindustrial: con relativa frecuencia se tuvieron que redactar leyes y recurrir a estrategias legales para que los padres mayores pudieran asegurarse el cuidado por parte de los hijos. Sirva esto sólo como ejemplo para ayudar a reflexionar sobre que, quizás, ni las cosas eran tan buenas antes, ni son tan malas en la actualidad.



  1. Las generaciones más mayores como agentes de socialización



Los miembros de las generaciones más jóvenes aprenden conocimientos específicos, desarrollan sus potencialidades y las habilidades necesarias para adaptarse a las normas establecidas socialmente a través de la relación con otras personas. A este proceso, mediante el cual las personas se convierten en miembros activos de su sociedad, se le denomina socialización. En los niños pequeños la socialización se caracteriza por una fuerte carga afectiva. La conducta del niño está modulada por la interrelación con los otros y su conocimiento sobre sí mismo lo va a adquirir mediante la imagen que recibe de los demás. Los principales agentes de socialización son la familia, la escuela y, actualmente, los medios de comunicación de masas, como la televisión.
Las relaciones intergeneracionales son importantes en el proceso de socialización ya que las personas de mayor edad sirven como modelos de comportamiento transmitiendo normas, actitudes y valores morales a los miembros de otras generaciones (Kopera y Wiscott, 2000). Por lo general, y como es lógico, las primeras relaciones sociales se suelen dar dentro del entorno familiar y a menudo son los abuelos las personas de mayor edad con las que el niño se relaciona. Esta interacción es de tipo bidireccional ya que ambas partes se implican en la relación y se benefician de los efectos positivos de la misma: los abuelos dan cariño, comprensión, cuidados, etc. y, al mismo tiempo, reciben compañía, amor y entretenimiento por parte de sus nietos (Johnson, 2000).
Por lo general, las relaciones entre abuelos y nietos suelen ser muy positivas, con sentimientos de cariño y respeto por ambas partes. Los abuelos expresan una gran satisfacción en la relación con sus nietos ya que normalmente no tienen sobre ellos la autoridad y los deberes de los padres y perciben esta relación como más libre, menos rígida y menos cargada de responsabilidad.



  1. Abuelos cuidadores de los más pequeños



Los datos de la Encuesta sobre Condiciones de Vida de los Mayores (Imserso, 2004) para conocer a cuántas personas en España conciernen, directa o indirectamente, los problemas y ventajas de intercambio intergeneracional entre los más mayores y los más pequeños, nos indican que el 47,4% de las personas mayores españolas de 65 años tiene nietos adultos, y que el 66,1% tiene nietos menores de 20 años. De todo ello, resulta especialmente importante el hecho de que el 71,1% de las personas mayores que tienen nietos ha participado en su cuidado, el 26,6% realiza esta tarea en la actualidad y el 48,5% la ha realizado anteriormente.
Tradicionalmente, los abuelos han sido cuidadores secundarios de sus nietos. Por ejemplo, en el medio rural los abuelos cuidaban a los nietos pequeños cuando los dos padres tenían que trabajar en momentos puntuales del año (cosechas, siembras, matanzas, etc). En la actualidad, este rol no sólo se mantiene, sino que al haber cambiado las circunstancias, muchos abuelos deben ejercer de un modo más “activo” su papel de cuidadores. Esta función es especialmente importante en familias uniparentales, en casos de madres adolescentes o cuando ambos padres trabajan durante la mayor parte del día y de forma continuada. Es decir, en ocasiones, los abuelos tienen que asumir el rol de cuidadores principales como consecuencia de distintos problemas familiares, como divorcio, abuso de drogas, alcoholismo, embarazo de adolescentes, violencia doméstica, maltrato y negligencia o, simplemente, falta de tiempo por parte de los padres. Sin embargo, la reacción de los abuelos ante las crisis familiares puede ser muy diferente dependiendo de las características de la persona y de la situación. No todos los abuelos se vuelcan en el cuidado de los nietos ni lo hacen en la misma medida.
Algunos de los problemas asociados al rol de los abuelos como cuidadores principales vienen derivados del hecho de que asumir este rol es un acontecimiento vital no normativo que muchas veces resulta inesperado y no deseado. Los abuelos de nuevo deben asumir la responsabilidad total del cuidado de sus nietos y volver a ejercer un “rol de padre” que es incompatible con el disfrute y la permisividad que a menudo caracteriza el rol de abuelo (Sánchez, Buz, Bueno y Navarro, en prensa).
No obstante, los abuelos que actúan como cuidadores principales también manifiestan emociones positivas por el disfrute de la presencia y de la relación con sus nietos y un aumento de la autoestima por el sentimiento de utilidad y apoyo familiar. Las tensiones a menudo se ven compensadas por un incremento del sentido vital que muchos abuelos experimentan al hacerse cargo de sus nietos pequeños.
En casos de crisis familiares, típicamente de los padres, el acogimiento por parte de otros miembros de la familia tiene mejores consecuencias para los niños que la estancia en una institución. La estancia en el entorno familiar es siempre la primera opción que se tiene en cuenta en caso de conflictos graves en la familia nuclear, especialmente cuando los niños son menores de seis años. El acogimiento por parte de los abuelos permite que los niños vivan con personas que ya conocen y en las que confían, apoya su identidad cultural y les ayuda a mantener un sentido de estabilidad y seguridad dentro de la familia (Pinazo y Ferrero, 2003).
En el caso de familias multigeneracionales, cuando los niños conviven con padres y abuelos en el mismo hogar, se puede producir una confusión de roles. Se crea una estructura familiar difusa que puede confundir a los niños, sobre todo si los padres no son consistentes y constantes en su presencia en el hogar. Algunos padres desaparecen durante largos períodos de tiempo y, como consecuencia de ello, los niños pueden reaccionar culpando a los abuelos o a sí mismos de una pérdida que mentalmente no pueden entender (Glass y Huneycutt, 2002). En algunos casos, es la convivencia diaria con los abuelos el factor que puede ocasionar problemas en la relación.



  1. Las relaciones intergeneracionales y la imagen social de las personas mayores



La forma en que las familias y el entorno se relacionan con las personas mayores influye en el tipo de imagen o percepción que tenemos de ellas (y viceversa, como veremos a continuación).
Algunas familias y sociedades fomentan más que otras determinados tipos de interacción, como proporcionar cuidados, mantener el respeto y el reconocimiento como figuras de autoridad o fomentar su participación activa en decisiones vitales (p. ej., dónde residir y cómo). Estas formas de relación posibilitan un acercamiento a la persona mayor que permite, en mayor o menor medida, conocerla en profundidad. Del mismo modo, las personas tenemos percepciones sobre las personas mayores que nos hemos formado a lo largo de la vida (fruto o no de esa interacción con ellos), que también influyen en cómo nos relacionamos con ellos. Una imagen negativa de ellos, generalmente estereotipada, tiene como consecuencia la aparición de algunos comportamientos como los de evitación o, lo que es peor, de discriminación por la edad. Por estas razones, resulta esencial conocer, en el marco de las relaciones intergeneracionales, qué imagen tienen de los mayores los miembros de otras generaciones. Mostramos a continuación de forma muy resumida los resultados de un ambicioso estudio realizado por el Imserso en 2002 en el que se analiza la imagen que distintas generaciones de españoles tienen de sus mayores.
Los niños/as más pequeños destacan de los abuelos que son personas divertidas, pacientes y buenas y permisivas. Estas características se acentúan en los entornos rurales, donde las relaciones entre las generaciones son más intensas. Destacan de sus abuelos los gustos por el pasado (refranes, historias, gustos y preferencias en la música, la ropa, etc) complementariamente a sus dificultades para adaptarse a los cambios tecnológicos y a otros avances sociales. En cuanto a su salud, los niños y niñas consideran que la mayoría están sanos aunque, eso sí, el papel que adoptan por cuidar de su salud es muy pasivo ya que apenas hacen ejercicio físico u otras actividades. En este sentido, hay que hacer la salvedad de que perciben que las mujeres mayores realizan actividades domésticas (limpieza, compras, arreglos, etc) con más frecuencia e intensidad que los hombres, que parecen disponer de más tiempo de ocio.
En el otro extremo de esta visión se sitúa la percepción negativa que los/as preadolescentes tienen de las personas mayores. De hecho, ser mayor se convierte en un sufrimiento añadido a los inconvenientes sociales y culturales de hacerse viejo. Por ejemplo, ven la vejez como una etapa de la vida en la que se producen pérdidas de capacidades, donde los intereses y las formas de vida son “anticuadas” y no son capaces de adaptarse a las costumbres actuales. Esta falta de adaptación se considera el resultado de una actitud activa de “no querer adaptarse” y de cierta intolerancia general hacia cualquier cambio. En línea con ello, opinan que son personas sedentarias y que ocupan su tiempo de ocio en actividades pasivas ya que no tienen obligaciones. La imagen que tienen de la salud de los mayores se caracteriza por la asunción de que durante el envejecimiento es normal padecer numerosas enfermedades, por no hablar de la falta de memoria, razonamientos erróneos, depresión y comportamientos infantilizados. Aunque comparten con los niños/as la idea de que son personas generosas con el dinero, bromean con la falta de control y los criterios con los que les dan el dinero.
Para los adolescentes, la imagen negativa de los mayores sobre los aspectos anteriores no sólo se mantiene sino que se agrava aún más y llegan a manifestar que se trata de una etapa de la vida sobre la que sienten miedo y desagrado. A pesar de todo, disciernen entre lo que son características generales del envejecimiento y las que son propias de los individuos particulares. Por tanto, a pesar de lo negativo en cada uno de los aspectos de su vida, se muestran capaces de valorar que el proceso de envejecimiento es distinto para cada persona en función de cómo haya vivido su vida. Una de las características que atribuyen a las personas mayores, y que consideramos especialmente preocupante, es su percepción de que el envejecimiento produce una “inutilidad social” de las personas ya que no desarrollan ningún tipo de trabajo productivo, se encuentran libres de obligaciones, y se ven inmersos en situaciones de soledad que les llevan a estados más o menos permanentes de tristeza. En este sentido, la visión de las mujeres es ligeramente más positiva que la de los hombres mayores por el hecho de que las primeras se mantienen más activas en su vida cotidiana.
La visión que los jóvenes tienen de las personas mayores sigue en la misma línea que la que acabamos de describir con los adolescentes, salvo en lo que se refiere a la generalización de estas características como algo propio de los mayores como colectivo. Lo que más marca la diferencia entre los jóvenes y los adolescentes es precisamente que los jóvenes tienen más en cuenta las diferencias entre las personas que envejecen, lo que les lleva a tener dificultades para hablar de la imagen de los mayores como “grupo”, y que, por otra parte, muestran una relativa distancia afectiva en las valoraciones que hacen de ellos. Entre las ideas que tienen los jóvenes, destaca el hecho de que creen que llegar a ser mayor incapacita para apreciar como bueno lo propio de la juventud. Esta creencia estaría en la base de los problemas de “conexión” entre las generaciones de las personas más mayores y las de los jóvenes.
Por último, respecto a los adultos, la imagen que tienen de las personas mayores es bastante positiva, especialmente en el caso de los varones adultos, que llegan a definir a este grupo de población como un nuevo sector emergente en la historia. Quizás, dada la “cercanía” de la edad adulta a la vejez, se percibe en los adultos una imagen de las personas mayores caracterizada por la idea de que ellos mismos, a medio plazo, van a ser esas personas mayores. Esta proyección les lleva a considerar de forma positiva algunas peculiaridades, no tanto de los mayores mismos, sino de ellos proyectados en esos mayores. A pesar de esta visión, como decíamos, positiva de la vejez, no se puede ocultar una de las preocupaciones que para ellos representa llegar a ser viejo: la transición de la autonomía a la dependencia, e intrínsecamente relacionado con ello, el delicado asunto de los cuidados. Este tipo de cuestiones está especialmente presente porque el grupo de población que ejerce de cuidadores de sus mayores son, obviamente, los adultos, y más concretamente la mujeres adultas. De este modo, tenemos un sistema de relaciones “intergeneracionales” basado no sólo en el intercambio de cariño, afecto, diversión, confidencias, como suele ocurrir con otras generaciones más jóvenes (piénsese en el caso de los/as nietos/as), sino, muchas veces, en la provisión de apoyo, es decir, de ayuda en términos económicos y de tiempo.
6. La intervención social a través de los Programas Intergeneracionales

Un Programa Intergeneracional puede definirse como “aquel que une a más de una generación mediante la realización de alguna actividad planificada con el fin de alcanzar unos determinados objetivos” (Vega y Bueno, 1994). Típicamente, las personas que participan en ellos suelen pertenecer a generaciones relativamente distantes. El caso más representativo suele ser el que conecta a generaciones de niños o jóvenes con personas de 65 años y más.
El adecuado diseño de programas en la comunidad para estas u otras generaciones implica la reproducción del modelo de intercambio familiar. En este sentido, trasladan las acciones solidarias de la familia a un entorno más amplio de personas (Strom y Strom, 2000). La solidaridad existente entre las generaciones que conviven en una familia es el marco de valores que se ha de promover en la comunidad. Este intercambio solidario es capaz de crear lazos sociales y emocionales de mucha fortaleza. Estos lazos intergeneracionales compensan algunos de los valores perdidos en las pasadas décadas, recreando en la comunidad sistemas tradicionales de valores y de apoyos familiares mutuos (Johnson, 2000; Pinquart, Wenzel y Soerensen, 2000). Se puede decir que producen satisfacciones equiparables a las del contexto familiar, convirtiendo a la comunidad en una familia extendida.
Básicamente, el interés por desarrollar este tipo de programas se centra en la aparición de una situación social nueva y un marco de análisis adecuado. Desde el punto de vista demográfico, la presión del envejecimiento de la población favorecido por el descenso de la natalidad y el incremento de la esperanza de vida está provocando cambios en la interacción social. Los mayores están poniendo de relieve sus valores y sus conocimientos, adquiridos con la experiencia, en el desempeño de sus roles. Las nuevas estructuras de la familia, con la progresiva incorporación de la mujer al trabajo, están difuminando los roles de los miembros de la familia. También son cada vez más frecuentes las familias monoparentales con hijos, donde los mayores suelen jugar un importante papel de padres sustitutivos. El rol del mayor como cuidador a la fuerza de los nietos está permitiendo que emerjan estrategias de cuidados y de interacción muy valiosas (Rivas, 1999). Paralelamente, se está produciendo un efecto de marginación por la edad que lleva a un mayor abandono de los mayores en instituciones de cuidados. Estos mayores son una fuente de recursos con necesidades no cubiertas plenamente con el sistema asistencial actual. Las necesidades psicológicas de dar, ser útil y observar los resultados de las propias acciones, suelen quedar relegadas a un discreto segundo plano. Por otra parte, los Servicios Sociales actuales se encuentran con una problemática global de falta de recursos materiales y humanos, así como de nuevos métodos de acción social.
Complementariamente a otras metodologías, con un enfoque más asistencial de las necesidades primarias, los programas intergeneracionales constituyen una nueva metodología de acción social. Esta metodología define un campo más para la actuación de los Servicios Sociales. Actualmente en España se están abordando las siguientes problemáticas desde una perspectiva intergeneracional: atención a emigrantes, recuperación del patrimonio, prevención de los accidentes de tráfico, los cuidados mutuos, la falta de conocimiento mutuo, la transmisión de la historia y la tradición, el aislamiento de los mayores y la necesidad de alojamiento de los jóvenes, el aprendizaje de nuevas tecnologías. Por otra parte, los programas intergeneracionales también están coordinando programas pre-existentes como los de la Infancia y Juventud, Mujer, Minorías étnicas, Discapacitados, Drogodependientes o otros colectivos marginados.

Conclusiones

Hemos visto a lo largo del capítulo cómo el tema de las relaciones intergeneracionales no es algo puramente conceptual, sino que forma parte de nuestra vida cotidiana.
Por una parte, todos y cada uno de nosotros formamos parte de una o más generaciones según el criterio que elijamos: podemos ser de la generación de los que son “padres” y, a su vez, de los de la “quinta” del 52, sentirnos algo yuppies, y más cerca del grupo de los adultos que del grupo de los mayores.
Por otra parte, las relaciones que mantenemos con los miembros de otras generaciones están modeladas por el momento de la vida en que nos encontremos y por el momento en que la sociedad misma se encuentre. Las reglas de relación del pasado de unas generaciones con otras no tienen por qué ser válidas ahora.
Dentro de toda esta situación, digamos “social”, nos encontramos con los aspectos más personales de las relaciones intergeneracionales de la mano del proceso del socialización y de los cuidados. Lo primero demuestra la importancia de lo que muchas veces se ha llamado el “capital cultural y humano”. Los conocimientos y experiencias de aquellos que se encuentran en momentos evolutivos más avanzados pueden ser un valioso legado para los más jóvenes. El progreso de la sociedad y el proceso de integración y educación de sus individuos depende de cómo se gestione todo el abanico de relaciones y lo que ello implica de normas, valores, señas de identidad, etc. Lo segundo representa el sistema de cuidados y apoyo mutuos en diversos momentos de la vida, en ocasiones circunscrito a ese nuevo rol de muchos abuelos del siglo XXI: el de cuidadores a la fuerza.
Finalmente, y como resultado o ingrediente, según como se quiera ver, hemos expuesto cómo las relaciones intergeneracionales están íntimamente relacionadas con la imagen que unas generaciones tenemos de otras. El conocimiento de los posibles estereotipos y sus consecuencias para los individuos son la base para la intervención social en este campo.

Lecturas recomendadas
Mayores y adolescentes: relaciones intergeneracionales (1994). Barcelona: Fundación "La Caixa".
McAdams, D.P. y St. Aubin, E. (Eds.) (1998). Generativity and adult development: how and why we care for the next generation. Washington (DC): American Psychological Association.
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