Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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Obra

Aunque no se conoce exactitud la fecha de composición de muchas de sus obras, su carrera literaria se suele dividir en cuatro periodos: 1) antes de 1594; 2) entre 1594 y 1600; 3) entre 1600 y 1608; y 4) desde 1608. Dada la dificultad para fechar con exactitud sus obras de crónicas de su tiempo, así corno de cuentos y narraciones ya existentes, tal y como era costumbre en aquellos años.
Primer periodo (antes de 1594):

Se caracterizó por la experimentación. Poseían un alto grado de formalidad y a menudo resultaban un tanto predecibles y amaneradas. Escribió: Enrique VI, Primera, Segunda y Tercera parte (hacia 1590-1592), y Ricardo III tratan de las funestas consecuencias que para el país tuvo la falta de liderazgo. Su estilo y estructura contienen referencias al teatro medieval y de los primeros dramaturgos isabelinos como Marlowe a través de quien conoció al dramaturgo clásico latino Séneca. Sus escenas son sangrientas y su lenguaje colorista y redundante. Escribió numerosas comedias (La comedia de las equivocaciones 1592), Los dos hidalgos de Verona (1594) Trabajaos de amor perdidos.
Segundo periodo (1594-1600):

Profundización en su individualidad como autor teatral, comedias alegres, historia inglesa y dos de sus mejores tragedias. Cabe destacar a Ricardo II (1595), Enrique IV, Primera y Segunda parte (1597)y Enrique. Están pobladas de escenas serias y cómicas. Introducción de elementos trágicos y cómicos. Sobresale en su época de comedias Sueño de una noche de verano (1595). El mercader de Venecia (1596) donde aparecen las cualidades renacentistas de la amistad viril y el amor platónico. Aparece la comedia Mucho ruido y pocas nueces (1599) insensible según los críticos con los personajes femeninos.

Se caracterizan por su lirismo, su ambigüedad y ser bellas, encantadoras e inteligentes sus heroínas las obras Comogustéis (1600) y Noche de Epifanía (1600). Otra de las comedias es Las alegres casadas de Windsor (1599), farsa sobre la vida de clase media. Marcan el final de este periodo dos grandes tragedias Romeo y Julieta (1595) y Julio César (1599).
Tercer periodo (1600-1608):

Escribió sus mejores tragedias las llamadas comedias oscuras o amargas. La poesía de la lengua se convierte en un instrumento dramático, registra las evoluciones del pensamiento humano y las dimensiones de una situación dramática. Hamlet (1601) su obra universal. Otelo, el moro de Venecia (1604). El rey Lear (1605), Antonio y Cleopatra quién glorificada por los versos más sensuales de toda su producción. Macbeth (1606). Otras obras revelan la amargura en las tragedias pues sus personajes no poseen categoría trágica ni grandeza alguna Troilo y Cressida (1602). Otra obra que se piensa fue escrita en colaboración con otro dramaturgo es Timón de Atenas (1608).

Otras comedias oscuras, llamadas "obras problemáticas" que no entran en ninguna categoría son A buen fin no hay mal principio (1602) y Medida por medida (1604), que cuestionan la moral oficial.
Cuarto periodo (Desde 1608):

Comprende tragicomedias románticas. Creó numerosas obras en las que interviene la magia, la piedad, el arte o la gracia. Sugiere con frecuencia la esperanza en la existencia de una redención para el género humano. Escritas con una gravedad que aleja de las comedias de los periodos anteriores, pero suelen tener finales felices. Su carácter es exótico y alejado en el tiempo de los escenarios en los que se desarrollan. Las tragicomedias representan, para muchos, un giro de tuerca.

La tragicomedia romántica Pericles, príncipe de Tiro (1608) y Cimbelino, como así también El cuento de invierno (1610), muestran sufrimiento aunque al final consiguen felicidad. En la cima de su lirismo encontramos La tempestad (1611). Dos obras finales son Enrique VIII (1613) y Los dos 'nobles caballeros (1613 y publicada en 1634).


Importancia literaria:
Hasta el siglo XVIII, Shakespeare fue considerado únicamente corno un genio difícil. Se han propuesto teorías según las cuales sus obras fueron escritas por alguien de una educación superior, tal vez por el estadista: filósofo sir Francis Bacon, o por el conde de Southarnpton, protector del autor, o incluso por el dramaturgo Christopher Marlowe, el cual, según la opinión de algunos estudiosos, no murió en una reyerta cíe taberna, sino que huyó al continente, donde siguió escribiendo. A pesar de la controvertida identidad de Shakespeare: obras fueron admiradas ya en su tiempo por Ben Jonson y otros autores, que vieron en él una brillantez destinada a perdurar en el tiempo; Jonson dijo que Shakespeare "no era de una época, sino de todas las épocas"'. Del siglo XIX en adelante, sus obras han recibido el reconocimiento que merecen en el mundo entero. Casi todas sus obras continúan hoy representándose y son fuente de inspiración para numerosos experimentos teatrales, pues comunican un profundo conocimiento cíe la naturaleza humana, ejemplificado en la perfecta caracterización después variadísimos personajes. Su habilidad en el uso del lenguaje poético y de los recursos dramáticos, capaz de crear una unidad estética a partir de una multiplicidad de expresiones y acciones, no tiene par dentro de la literatura universal. Autores teatrales ingleses posteriores, como John Webster, Philip Masinger y John Ford tornaron prestadas ideas de sus obras, y su influencia en los autoría restauración, en especial sobre John Dryden, William Congreve y Thomas Otway resulta más que evidente. Por otro lado, en numerosos escritores de nuestro siglo, como Pinter, Beckett y George Bernard Shaw se venlas huellas de Shakespeare.
William Shakespeare
DRAMATIS PERSONÆ
EL DUX DE VENECIA.
BRABANCIO, senador.
OTROS SENADORES.
GRACIANO, hermano de Brabancio.
LUDOVICO, pariente de Brabancio.
OTELO, noble moro, al servicio de lo República de Venecia.
CASSIO, teniente suyo.
IAGO, su alférez.
RODRIGO, hidalgo veneciano.
MONTANO, predecesor de Otelo en el gobierno de Chipre.
BUFÓN, criado de Otelo.
DESDÉMONA, hija de Brabancio y esposa de Otelo.
EMILIA, esposa de Iago.
BLANCA, querida de Cassio.
UN MARINERO, ALGUACILES, CABALLEROS, MENSAJEROS, MÚSICOS, HERALDOS y

ACOMPAÑAMIENTO.



ESCENA: En el primer acto, en Venecia; durante el resto de la obra. en un puerto de mar de la isla deChipre.

Acto Primero

Escena Primera

Venecia. -Una calle

Entran RODRIGO e IAGO

RODRIGO.- ¡Basta! ¡No me hables más! Me duele en el alma que tú, Iago, que has dispuesto de mi bolsa como si sus cordones te pertenecieran, supieses del asunto...

IAGO.- ¡Sangre de Dios! ¡No queréis oírme! ¡Si he imaginado nunca semejante cosa, aborrecedme!

RODRIGO.- Me dijiste que sentías por él odio.

IAGO.- ¡Execradme si no es cierto! Tres grandes personajes de la ciudad han venido personalmente a pedirle, gorra en mano, que me hiciera su teniente; y a fe de hombre, sé lo que valgo, y no merezco menor puesto. Pero él, cegado en su propio orgullo y terco en sus decisiones, esquiva su demanda con ambages ampulosos, horriblemente henchidos de epítetos de guerra; y, en conclusión, rechaza a mis intercesores; «porque ciertamente (les dice) he elegido ya mi oficial». ¿Y quién es este oficial? Un gran aritmético, a femía; un tal Miguel Cassio, un florentino, un mozo a pique de condenarse por una mujer bonita, que nunca ha hecho maniobrar un escuadrón sobre el terreno, ni sabe más de la disposición de una batalla que una hilandera, a no ser la teoría de los libros, que cualquiera de los cónsules togados podría explicar tan diestramente como él. Pura charlatanería y ninguna práctica es toda su ciencia militar! Pero él, señor, ha sido elegido, y yo (de quien sus ojos han visto la prueba en Rodas, Chipre y otros territorios cristianos y paganos)tengo que ir a sotavento y estar al pairo por quien no conoce sino el deber y el haber por ese tenedor de libros. Él, en cambio, ese calculador, será en buen hora su teniente; y yo (¡Dios bendiga el título!), alférez de su señoría moruna.

RODRIGO.- ¡Por el cielo, antes hubiera sido yo su verdugo!

IAGO.- Pardiez, ¡y qué remedio me queda! Es el inconveniente del servicio. El ascenso se obtiene por recomendación o afecto, no según el método antiguo en que el segundo heredaba la plaza del primero. Juzgad ahora vos mismo, señor, si en justicia estoy obligado a querer al moro.

RODRIGO.- En ese caso, no seguiría yo a sus órdenes.

IAGO.- ¡Oh! Estad tranquilo, señor. Le sirvo para tomar sobre él mi desquite. No todos podemos ser amos, ni todos los amos estar fielmente servidos. Encontraréis más de uno de esos bribones, obediente y de rodillas flexibles, que, prendado de su obsequiosa esclavitud, emplea su tiempo muy a la manera del burro de su amo, por el forraje no más, y cuando envejece, queda cesante. ¡Azotadme a esos honrados lacayos!

Hay otros que, observando escrupulosamente las formas y visajes de la obediencia y ataviando la fisonomía del respeto, guardan sus corazones a su servicio, no dan a sus señores sino la apariencia de su celo, los utilizan para sus negocios, y cuando han forrado sus vestidos, se rinden homenaje a sí propios. Estos camaradas tienen cierta inteligencia, y a semejante categoría confieso pertenecer. Porque, señor, tan verdad como sois Rodrigo, que a ser yo el moro, no quisiera ser Iago. Al servirlo, soy yo quien me sirvo. El cielo me es testigo; no tengo al moro ni respeto ni obediencia; pero se lo aparento así para llegar a mis fines particulares. Porque cuando mis actos exteriores dejen percibir las inclinaciones nativas y la verdadera figura de mi corazón bajo sus demostraciones de deferencia, poco tiempo transcurrirá sin que lleve mi corazón sobre mi manga para darlo a picotear a las cornejas. ¡No soy lo que parezco!

RODRIGO.- ¡Qué suerte sin igual tendrá el de los labios gordos si la consigue así!

IAGO.- Llamad a su padre. Despertadle. Encarnizaos con el moro, envenenad su dicha, pregonad su nombre por las calles, inflamad de ira a los parientes de ella, y aunque habite en un clima fértil, infectadlo demoscas. Por más que su alegría sea alegría, abrumadle, sin embargo, con tan diversas vejaciones, que pierdaparte de su color.

RODRIGO.- He aquí la casa de su padre. Voy a llamarle a gritos.

IAGO.- Hacedlo, y con el mismo acento pavoroso e igual prolongación lúgubre que cuando en medio dela noche y por descuido alguien descubre el incendio en una ciudad populosa.

RODRIGO.- ¡Eh! ¡Hola! ¡Brabancio! ¡Señor Brabancio! ¡Hola!

IAGO.- ¡Despertad! ¡Eh! ¡Hola! ¡Brabancio! ¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Mirad por vuestra casa, por vuestrahija y por vuestras talegas! ¡Ladrones! ¡Ladrones!

Entra BRABANCIO, arriba, asomándose a una ventana

BRABANCIO.- ¿Qué razón hay para que se me llame con esas vociferaciones terribles? ¿Qué sucede?

RODRIGO.- Signior, ¿está dentro toda vuestra familia?

IAGO.- ¿Están cerradas vuestras puertas?

BRABANCIO.- ¿Por qué? ¿Con qué objeto me lo preguntáis?

IAGO.- ¡Voto a Dios, señor! ¡Os han robado! Por pudor, poneos vuestro vestido. Vuestro corazón está roto. Habéis perdido la mitad del alma. En el momento en que hablo, en este instante, ahora mismo, un viejo morueco negro está topetando a vuestra oveja blanca. ¡Levantaos, levantaos! ¡Despertad al son de la campana a todos los ciudadanos que roncan; o si no, el diablo va a hacer de vos un abuelo! ¡Alzad, os digo!

BRABANCIO.- ¡Cómo! ¿Habéis perdido el seso?

RODRIGO.- Muy reverendo señor, ¿conocéis mi voz?

BRABANCIO.- No. ¿Quién sois?

RODRIGO.- Mi nombre es Rodrigo.

BRABANCIO.- Tanto peor llegado. Te he advertido que no rondes mis puertas. Me has oído decir con honrada franqueza que mi hija no es para ti; y ahora, en un acceso de locura, atiborrado de cena y de tragos que te han destemplado, vienes por maliciosa bellaquería a turbar mi reposo.

RODRIGO.- Señor, señor, señor...

BRABANCIO.- Pero puedes estar seguro de que mi carácter y condición tienen en sí poder para que te arrepientas de esto.

RODRIGO.- Calma, buen señor.

BRABANCIO.- ¿Qué vienes a contarme de robo? Estamos en Venecia. Mi casa no es una granja en pleno campo.

RODRIGO.-Respetabilísimo Brabancio, vengo hacia vos con alma sencilla y pura.

IAGO.- ¡Voto a Dios, señor! Sois uno de esos hombres que no servirían a Dios si el diablo se lo ordenara. Porque venimos a haceros un servicio y nos tomáis por rufianes, dejaréis que cubra a vuestra hija un caballero berberisco. Tendréis nietos que os relinchen, corceles por primos y jacas por deudos.

BRABANCIO.- ¿Quién eres tú, infame pagano?

IAGO.- Soy uno que viene a deciros que vuestra hija y el moro están haciendo ahora la bestia de dos espaldas.

BRABANCIO.- ¡Eres un villano!

IAGO.- Y vos sois... un senador.

BRABANCIO.- Tú me responderás de esto. Te conozco, Rodrigo.

RODRIGO.- Señor, responderé de todo lo que queráis. Pero, por favor, decidme si es con vuestro beneplácito y vuestro muy prudente consentimiento (como en parte lo juzgo) como vuestra bella hija, a las tantas de esta noche, en que las horas se deslizan inertes, sin escolta mejor ni peor que la de un pillo al servicio del público, de un gondolero, ha ido a entregarse a los abrazos groseros de un moro lascivo...; si conocéis el hecho y si lo autorizáis, entonces hemos cometido con vos un ultraje temerario e insolente; pero si no estáis informado de ello, mi educación me dice que nos habéis reprendido sin razón. No creáis que haya perdido yo el sentimiento de toda buena crianza hasta el punto de querer jugar y bromear con vuestra reverencia. Vuestra hija, os lo digo de nuevo (si no le habéis otorgado este permiso), se ha hecho culpable de una gran falta, sacrificando su deber, su belleza, su ingenio, su fortuna a un extranjero, vagabundo y nómada ,sin patria y sin hogar. Comprobadlo vos mismo inmediatamente. Si está en su habitación o en vuestra casa, entregadme a la justicia del Estado por haberos engañado de esta manera.

BRABANCIO.- ¡Golpead la yesca! ¡Hola! ¡Dadme una vela! ¡Despertad a todas mis gentes!... Este accidente no difiere mucho de mi sueño. El temor de que sea cierto me oprime ya. ¡Luz, digo! ¡Luz! (Desaparece de la ventana.)

IAGO.- Adiós, pues debo dejaros. No me parece conveniente, ni conforme con el puesto que ocupo, ser llamado en justicia (como sucederá, si me quedo) a deponer contra el moro. Porque, a la verdad, aunque esta aventura le cree algunos obstáculos, sé que el Estado no puede, sin riesgos, privarse de sus servicios. Son tan grandes las razones que han movido a la República a confiarle las guerras de Chipre (en curso a la hora presente), que no hallarían, ni aun al precio de sus almas, otro de su talla para dirigir sus asuntos. Por consiguiente, aunque le odio como a las penas del infierno, las necesidades de mi vida actual me obligan, no obstante, a izar el pabellón, y la insignia del afecto, simple insignia, verdaderamente. Si queréis hallarle con seguridad, conducid hacia el Sagitario a los que se levanten para ir en su busca, que allí estaré con él. Y contestó, adiós. (Sale.)

Entran, arriba, BRABANCIO y CRIADOS con antorchas

BRABANCIO.- ¡Es una desgracia demasiado cierta! Ha partido, y lo que me queda por vivir de mi odiada vejez no será ya sino amargura.- ¡Hola, Rodrigo! ¿Dónde la viste? ¡Oh, hija miserable!- ¿Con el moro, dices?- ¿Quién quisiera ser padre?- ¿Cómo supiste que era ella?- ¡Ah, me engaña por encima de toda imaginación!- ¿Qué os dijo?- ¡Traed más luces! ¡Despertad a todos mis parientes!- ¿Creéis que se han casado?

RODRIGO.- Verdaderamente, lo creo.

BRABANCIO.- ¡Oh!, cielo!- ¿Cómo pudo salir?- ¡Oh, traición de la sangre!- Padres, no os fiéis desde hoy de las almas de vuestras hijas por lo que las veis obrar. ¿No existen encantos que permiten abusar de la juventud y de la inocencia? ¿No habéis leído de estas cosas, Rodrigo?

RODRIGO.- Sí, en verdad, señor.

BRABANCIO.- ¡Que se llame a mi hermano!- ¡Oh, que no la hubiereis tenido vos! ¡Vayan los unos en una dirección, y los otros en otra!- ¿Sabéis dónde podríamos cogerles a ella y al moro?

RODRIGO.- Creo que a él podré descubrirle, si os place proveeros de una buena guardia y venir conmigo.

BRABANCIO.- Por favor, guiadnos. Llamaré en todas las casas. Puedo mandar en la mayor parte.-¡Traed armas, eh! Y levantad a algunos oficiales del servicio de noche.- Marchemos, buen Rodrigo. Yo recompensaré vuestras molestias. (Salen.)
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