Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




descargar 9.15 Mb.
títuloAula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1
página17/47
fecha de publicación03.12.2015
tamaño9.15 Mb.
tipoAula
med.se-todo.com > Literatura > Aula
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   47

Escena Cuarta

Delante del castillo

Entran DESDÉMONA, EMILIA y el BUFÓN

DESDÉMONA.- ¿Sabéis, pícaro, dónde se aloja Cassio?

BUFÓN.- No me atrevo a decir que se aloja en ninguna parte.

DESDÉMONA.- ¿Por qué, amigo?

BUFÓN.- Es un soldado, y para mí decir que un soldado miente es darle de puñaladas.

DESDÉMONA.- ¡Quita allá! ¿Dónde se aloja?

BUFÓN.- Deciros dónde se aloja es deciros dónde miente.

DESDÉMONA.- ¿Puede sacarse algún sentido de esas palabras?

BUFÓN.- No sé dónde se aloja; inventarle un alojamiento y decir que se aloja aquí o allá sería mentir por mi propia garganta.

DESDÉMONA.- ¿Podéis inquirir de él e informaros religiosamente?

BUFÓN.-Catequizaré a todo el mundo para buscarle. Es decir, que haré preguntas y contestaré según las respuestas.

DESDÉMONA.- Buscadle y pedidle que venga acá. Decidle que he movido a mi esposo en favor suyo y que espero que todo irá bien.

BUFÓN.- Hacer esto entra en el círculo de las cosas que puede abarcar el ingenio de un hombre, y por consiguiente voy a intentar realizarlo. (Sale.)

DESDÉMONA.- ¿Dónde pude haber perdido ese pañuelo, Emilia?

EMILIA.- Lo ignoro, señora.

DESDÉMONA.- Créeme, hubiera preferido perder mi bolsa llena de cruzados, pues si mi noble moro no fuera un alma leal y exento de esa bajeza de que están hechos los seres celosos, sería esto bastante para despertar en él malos pensamientos.

EMILIA.- ¿No es celoso?

DESDÉMONA.- ¿Quién, él? Pienso que el sol bajo el cual ha nacido secó en él semejantes humores.

EMILIA.- Miradle dónde viene.

DESDÉMONA.- No quiero dejarle ahora, hasta que llame a Cassio.

Entra OTELO

¡Hola! ¿Cómo estáis, mi señor?

OTELO.- Bien, mi querida mujer... (Aparte.) ¡Oh, qué difícil es disimular! ¿Cómo os encontráis,

Desdémona?

DESDÉMONA.- Bien, esposo mío.

OTELO.- Dadme vuestra mano. Esta mano está húmeda, señora.

DESDÉMONA.- Aún no he sentido la edad, ni conocido los pesares.

OTELO.- Esto arguye liberalidad y corazón pródigo. ¡Cálida, cálida y húmeda! Esta mano requiere renunciación de la libertad, ayunos y plegarias, mucha mortificación y ejercicio de votos; pues hay en ella un diablo joven y sudoroso que habitualmente se insurrecciona. Es una mano tierna, una mano franca.

DESDÉMONA.- Podéis decirlo así, en verdad, pues esta mano fue la que os entregó mi corazón.

OTELO.- ¡Una mano generosa! Antes eran los corazones los que daban las manos. Pero nuestro nuevo blasón es... manos, no corazones.

DESDÉMONA.- No sé nada de eso. Vengamos ahora a vuestra promesa.

OTELO.- ¿Qué promesa, paloma?

DESDÉMONA.- He enviado a decir a Cassio que venga a hablar con vos.

OBELO.- Tengo un catarro tenaz y pícaro que me molesta. Préstame tu pañuelo.

DESDÉMONA.- Aquí está, mi señor.

OTELO.- El que yo os he dado.

DESDÉMONA.- No lo llevo encima.

OTELO.- ¿No?

DESDÉMONA.- No, por cierto, mi señor.

OTELO.- Es una lástima. Ese pañuelo se lo dio una egipcia a mi madre. Era una maga que casi podía leer los pensamientos de las gentes. Y le dijo que mientras lo conservara, la haría atractiva y sometería eternamente a mi padre a su amor; pero que si lo perdía o entregaba, los ojos de mi padre se apartarían de ella con disgusto, y su alma se lanzaría a la caza de nuevas inclinaciones amorosas. Al morir, me lo dio y recomendome que cuando el destino quisiera que me casara, se lo entregase a mi esposa. Así lo he hecho; tened cuidado, pues, acariciadlo como a las niñas de vuestros lindos ojos; extraviarlo o perderlo sería una desgracia que nada podrá igualar.

DESDÉMONA.- ¿Es posible?

OTELO.- Es la verdad. Hay magia en su tejido; una sibila que contó en el mundo doscientas evoluciones del Sol, realizó el bordado en su furor profético; los gusanos que produjeron la seda estaban encantados, y el tinte era de corazones de vírgenes momificadas, que su arte había sabido conservar.

DESDÉMONA.- ¡De veras! ¿Es cierto?

OTELO.- Certísimo; por consiguiente, cuidadlo bien.

DESDÉMONA.- Entonces, ¡pluguiera al cielo que no lo hubiese visto jamás!

OTELO.- ¡Ah! ¿Por qué?

DESDÉMONA.- ¿Por qué habláis con un tono tan brusco?

OTELO.- ¿Es que se ha extraviado? ¿Desapareció? Hablad. ¿Está fuera de su sitio?

DESDÉMONA.- ¡El cielo nos bendiga!

OTELO.- ¿Qué decís?

DESDÉMONA.- No está perdido; pero ¿y si lo estuviera?...

OTELO.- ¡Cómo!

DESDÉMONA.- Digo que no está perdido.

OTELO.- Id a buscarle, dejármele ver.

DESDÉMONA.- Bien, lo haré, señor; pero no ahora; es un ardid para esquivar mi demanda. Os lo suplico, que Cassio sea llamado nuevamente.

OTELO.- Id a buscarme el pañuelo. Mi espíritu recela.

DESDÉMONA.- Vamos, vamos, no hallaréis nunca un hombre más capaz.

OTELO.- ¡El pañuelo!

DESDÉMONA.- Por favor, habladme de Cassio.

OTELO.- ¡El pañuelo!

DESDÉMONA.- Un hombre que toda su vida ha fundado su fortuna en vuestra amistad, que compartió vuestros peligros...

OTELO.- ¡El pañuelo!

DESDÉMONA.- En verdad, sois censurable.

OTELO.- ¡Atrás! (Sale.)

EMILIA.- ¿No está ese hombre celoso?

DESDÉMONA.- Jamás había visto nada semejante. De seguro que hay algo extraordinario en ese pañuelo. Me siento muy desgraciada con haberlo perdido.

EMILIA.- Ni en un año ni en dos se nos muestra un hombre. No son todos más que estómagos, y nosotras tan sólo su alimento. Nos comen glotonamente, y cuando están saciados, nos vomitan. Mirad, aquí llega Cassio y mi marido.

Entran CASSIO e IAGO

IAGO.- No hay otro remedio. Ella es quien debe llevarlo a cabo. ¡Y mirad qué dicha! ¡Id e importunadla!

DESDÉMONA.- ¡Hola, buen Cassio! ¿Qué noticias tenéis que darme que os conciernan?

CASSIO.- Señora, torno a mis primeras solicitaciones. Os lo ruego, haced que por vuestra virtuosa intervención vuelva a existir y constituya una parte del afecto de aquel a quien honro enteramente y con todoel respeto de mi corazón. Desearía no soportar más dilaciones. Si mi ofensa es de una orden tan grave que nimis servicios pasados, ni mis pesares presentes, ni los méritos que me propongo en el porvenir pueden rescatarme de nuevo en su amistad, saber esto debe constituir al menos mi beneficio; entonces me resignaré a esta necesidad forzada y me confinaré en alguna otra carrera, abandonándome a la limosna de la fortuna.

DESDÉMONA.- ¡Ay, tres veces noble Cassio! ¡Mis súplicas desentonan en este momento! Mi esposo noes ya mi esposo, y si su semblante estuviera tan cambiado como su honor, no lo reconocería. Así me ayuden todas las almas santas, como he intercedido por vos, y con un entusiasmo y una libertad que me han hecho blanco de su disgusto. Menester es que os revistáis de paciencia por algún tiempo. Haré lo que pueda, y más por vos de lo que osara hacer por mí misma. Básteos esto.

IAGO.- ¿Está mi señor encolerizado?

EMILIA.- Acaba de salir de aquí hace un instante, y ciertamente en una extraña inquietud.

IAGO.- ¿Puede encolerizarse? Le he visto cuando el cañón hacía saltar en el aire sus regimientos, y semejante a un demonio arrancaba de sus brazos a su propio hermano... ¿Y puede encolerizarse? Entonces es una cosa de importancia. Voy en su busca. Algo grave acontece, en verdad, si está encolerizado.

DESDÉMONA.- Hazlo, por favor, Iago. (Sale Iago.) Sin duda, algún asunto de Estado, alguna noticia procedente de Venecia, o algún complot sordamente tramado, cuya revelación ha tenido aquí en Chipre, que habrá turbado la claridad de su inteligencia. Y en tales casos, aunque las cosas grandes sean el objeto verdadero de las almas humanas, precisan éstas, no obstante, luchar con las cosas inferiores. Así suele ocurrir. Nos duele un dedo, y este mal va a comunicar a los otros miembros que están sanos una sensación de sufrimiento. Ciertamente, no debemos pensar que los hombres son dioses, ni esperar de ellos siempre las mismas atenciones que el día de la boda. Censuradme fuerte, Emilia; soldado indisciplinado como soy, estaba en trance de acusar a su dureza ante el tribunal de mi alma; pero ahora noto que habrá sobornado al testigo y que él es falsamente acusado.

EMILIA.- Roguemos al cielo que sean negocios de Estado como pensáis y no alguna imaginación o quimera celosa que os ataña.

DESDÉMONA.- ¡Ay, día desgraciado! Nunca le di motivo.

EMILIA.- Pero las almas celosas no se pagan de tal respuesta. No son siempre celosas con motivo; son celosas porque son celosas. Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo.

DESDÉMONA.- ¡El cielo guarde de ese monstruo el alma de Otelo!

EMILIA.- Amén, señora.

DESDÉMONA.- Iré a buscarle. Cassio, daos un paseo por aquí; si le hallo en buenas disposiciones, defenderé vuestra causa y me esforzaré con todo mi poder en que se gane.

CASSIO.- Doy humildemente las gracias a vuestra señoría. (Salen Desdémona y Emilia.)

Entra BLANCA

BLANCA.- ¡Dios os guarde, amigo Cassio!

CASSIO.- ¿Qué hacéis fuera de casa? ¿Cómo os encontráis, mi muy bella Blanca? A la verdad, dulce amor, me dirigía a vuestro domicilio.

BLANCA.- Y yo iba a vuestro alojamiento, Cassio. ¡Cómo! ¡No venir en toda una semana! ¡Siete días y siete noches! ¡Ciento sesenta y ocho horas! ¡Y las horas de ausencia del ser amado son ciento sesenta y ocho veces más enojosas que las del cuadrante! ¡Oh, qué fatigosas de contar!

CASSIO.- Perdonadme, Blanca. He permanecido todo este tiempo abrumado por pensamientos de plomo; pero saldaré esta cuenta de ausencia por visitas más frecuentes. Amable Blanca, copiadme esta labor.

(Entregándole el pañuelo de Desdémona.)

BLANCA.- ¡Oh, Cassio! ¿De dónde viene esto? Algún presente de una nueva amiga. ¡Ahora comprendo la causa de vuestra ausencia cruel! ¿A esto hemos venido a parar? Bien, bien.

CASSIO.- ¡Quitad allá, mujer! Arrojad a los dientes del diablo, que os las ha dado, vuestras viles sospechas. Estáis ahora celosa porque suponéis que es un recuerdo de alguna querida. ¡No, por mi buena fe, Blanca!

BLANCA.- Pues ¿de quién procede?

CASSIO.- Lo sé menos que vos. Lo hallé en mi aposento. Me gustó mucho la labor, y antes que sea reclamado -como probablemente lo será- quisiera tener una copia. Tomadlo y hacedla, y dejadme por un momento.

BLANCA.- ¡Dejaros! ¿Por qué?

CASSIO.- Espero aquí al general, y no es recomendable para mí, ni mi deseo, que me vea en compañía de una mujer.

BLANCA.- ¿Por qué, os lo ruego?

CASSIO.- No porque no os ame.

BLANCA.- Es sólo porque no me amáis. Por favor, acompañadme un poco y decidme si os veré esta noche temprano.

CASSIO.- No puedo acompañaros sino un instante, pues necesito esperar aquí, pero os veré en seguida.

BLANCA.- Muy bien; me acomodaré a las circunstancias. (Salen.)

Acto Cuarto

Escena Primera

Delante del castillo

Entran OTELO e IAGO

IAGO.- ¿Podéis pensar así?

OTELO.- Pienso así, Iago.

IAGO.- ¡Qué! Darse un beso en la intimidad...

OTELO.- Un beso que nada autoriza.

IAGO.- O estarse desnuda en el lecho con su amigo una hora o más, no supone malicia alguna.

OTELO.- ¿Desnuda en el lecho, Iago, y sin malicia alguna? ¡Eso es usar de hipocresía con el diablo! ¡Los que tienen intenciones virtuosas, y no obstante, obran así, el diablo tienta su virtud y ellos tientan al cielo!

IAGO.- Si nada hacen, es un desliz venial; ahora, si doy a mi mujer un pañuelo...

OTELO.- Bien, ¿qué?

IAGO.- Pues que es de ella, señor; y, siendo suyo, pienso que puede darlo a quien le plazca.

OTELO.- También es guardiana de su honor. ¿Puede entregarlo?

IAGO.- ¡Su honor es una esencia que no se ve! A menudo ocurre que quienes lo poseen no lo tienen. Pero en cuanto al pañuelo...

OTELO.- ¡Por el cielo! De buena gana lo hubiera olvidado... Me dijiste -¡Oh, esto viene a mi memoria como el cuervo a una casa infectada, presagiando desdicha a todos!-, me dijiste que tenía él mi pañuelo.

IAGO.- Sí, ¿y qué hay con eso?

OTELO.- Nada bueno, pues.

IAGO.- Y ¿qué sería si os dijera que le había visto ultrajaros? ¿O que le oí decir -pues hay tres bribones que, cuando con sus solicitaciones importunas o sus comedias de pasión han persuadido o ablandado a alguna dama, no pueden por menos de divulgar lo que debían callarse-

OTELO.- ¿Ha dicho alguna cosa?

IAGO.- Sí, mi señor; pero no más que pueda desmentir; estad seguro de ello.

OTELO.- ¿Qué dijo?

IAGO.- Pues que había.... no sé qué había hecho.

OTELO.- ¿Qué? ¿Qué?

IAGO.- Que se había acostado...

OTELO.- ¿Con ella?

IAGO.- Con ella, o encima de ella, como queráis...

OTELO.- ¡Acostado con ella! ¡Acostado encima de ella!... ¡Dormido con ella!... ¡Eso es asqueroso!... ¡El pañuelo!... ¡Confesiones!... ¡El pañuelo! ¡Que confiese y sea ahorcado por su trabajo!... ¡Que sea ahorcado primero, y que confiese después!... ¡Tiemblo al pensarlo!. ¡La naturaleza no se dejaría invadir por la sola sombra de una pasión sin algún fundamento! ¡No son vanas palabras las que así me estremecen! ¡Puf!... ¡Sus narices, sus orejas, sus labios!... ¿Es posible?... ¡Confesión!... ¡El pañuelo!... ¡Oh, demonio!... (Cae enconvulsiones.)

IAGO.- ¡Opera, medicina mía, opera! ¡Así se atrapa a los tontos crédulos! ¡Y así pierden fama y honra muchas damas castas y dignas!- ¿Qué hay? ¡Eh! ¡Mi señor! ¡Mi señor, digo! ¡Otelo!

Entra CASSIO

IAGO.- ¡Hola, Cassio!

CASSIO.- ¿Qué sucede?

IAGO.- ¡Mi señor ha caído en un ataque de epilepsia! ¡Es su segundo acceso! Tuvo otro ayer.

CASSIO.- Frotadle las sienes.

IAGO.- No, dejadle. El letargo debe seguir su curso tranquilo. Si no, va a echar espuma por la boca y a estallar inmediatamente en un acceso de locura salvaje. Mirad, se mueve. Retiraos por algunos momentos. Volverá pronto en sí. Cuando haya partido, tengo necesidad de hablaros de un asunto de gran importancia.

(Sale Cassio.)- ¿Cómo va eso, general? ¿No os habéis herido en la cabeza?

OTELO.- ¿Te burlas de mí?

IAGO.- ¡Yo burlarme de vos! ¡No, por el cielo! ¡Quisiera que soportaseis vuestra suerte como un hombre!

OTELO.- ¡Un hombre cornudo es un monstruo y una bestia!

IAGO.- ¡Entonces hay muchas bestias en una ciudad populosa, y bastantes monstruos civilizados!

OTELO.- ¿Lo ha confesado ya?

IAGO.- Buen señor, sed un hombre; pensad que todo camarada barbudo, que está uncido como vos, puede tirar en la misma yunta. Hay en estas horas millones de hombres vivos que se acuestan de noche en lechos compartidos por todo el mundo, y se atreven a jurar que son suyos propios. Vuestro caso es mejor.

¡Oh, es un ultraje del infierno, una archimofa del diablo! ¡Besar una libertina en un lecho legítimo y suponerla casta! No. Vale más saberlo todo, y sabiendo lo que soy, sé lo que ella será.

OTELO- ¡Oh! Eres listo; es cierto.

IAGO.- Permaneced un instante tranquilo y limitaos a oírme con paciencia. Mientras estabais aquí, desvanecido en vuestro dolor (pasión sumamente indigna de un hombre semejante), vino Cassio. Me las ingenié para despedirle, dándole una excusa aceptable sobre vuestro desvanecimiento, y le encargué que volviera dentro de un rato para hablarle, lo que me prometió. Agazapaos tan sólo en algún escondite, y advertid las muecas, escarnios y notorios desdenes que residen en cada región de su semblante; pues le haré repetir su historia..., decir dónde, cómo, cuántas veces, desde cuánto tiempo, cuándo ha copulado y si se propone copular de nuevo con vuestra mujer. Os lo digo, notad, sólo sus gestos... Pero, pardiez, paciencia, o diré que sois el frenesí en todo y por todo y que no tenéis nada de hombre. OTELO.- ¿Me escuchas, Iago? Verás que soy de lo más prudente en mi paciencia; pero también -¿me oyes?- de lo más sanguinario.

IAGO.- Eso no es falta; sin embargo, todo a su debido tiempo. ¿Queréis retiraros? (Otelo se oculta.)

Ahora voy a preguntar a Cassio por Blanca; una ama de casa que vende sus favores para comprarse pan y vestidos. Esta infeliz está loca por Cassio. Es el castigo de la puta, engañar a mil y ser engañada por uno...

Cuando oye hablar de ella, no puede refrenar un acceso de risa. -Aquí viene. Cuando sonría, Otelo se pondrá furioso, y sus celos ignaros interpretarán al revés las sonrisas, los gestos y la conducta ligera del pobre Cassio.

Vuelve a entrar CASSIO

¿Cómo os va ahora, teniente?

CASSIO.- Tanto peor cuanto me dais un título cuya ausencia me mata.

IAGO.- Solicitad con ahínco a Desdémona, estad seguro de él. (Hablando bajo.) Ahora, si esta merced dependiera de la viudedad de Blanca, ¡qué pronto la hubieras conseguido!

CASSIO.- ¡Ay, pobre infeliz!

OTELO.- (Aparte.) ¡Ved cómo se ríe ya!

IAGO.- Nunca he visto a una mujer amar tanto a un hombre.

CASSIO.- ¡Ay, pobre picarona! Creo, en verdad, que me quiere.

OTELO.- (A parte.) Ahora lo niega débilmente, y esto le hace estallar de risa.

IAGO.- ¿Oís, Cassio?

OTELO.- (Aparte.) Ahora lo apremia a que lo cuente todo. ¡Bravo, bien dicho; bien dicho!

IAGO.- Asegura que os casaréis con ella. ¿Tenéis esa intención?

CASSIO.- ¡Ja, ja, ja!

OTELO.- (Aparte.) ¿Triunfáis, romano, triunfáis?

CASSIO.- ¡Casarme con ella!... ¿Cómo? ¡Una mujer corrida! Por favor, ten alguna caridad con mi talento. No lo creas tan desequilibrado. ¡Ja, ja, ja!

OTELO.- (A parte.) Eso es, eso es, eso es, eso es: los que ganan ríen.

IAGO.- A fe mía, corro el rumor de que vais a casaros con ella.

CASSIO.- Por favor, dime la verdad.

IAGO.- Si no es así, soy un perfecto canalla.

59

OTELO.- (A parte.) ¿Me habéis contado ya los días? Bien.

CASSIO.- Es una invención de esa misma mona. Está persuadida de que me casaré con ella por un capricho de su vanidad y de su amor propio, pero no por el hecho de una promesa de mi parte.

OTELO.- (A parte.) Iago me hace serias; ahora comienza la historia.

CASSIO.- Estaba aquí ahora mismo; me persigue por todas partes. El otro día me encontraba a la orilla del mar hablando con unos venecianos, cuando se presenta esa alocada y me coge así por el cuello..., exclamando: «¡Oh, mi querido Cassio!» Como si lo viera. Es lo que quiero decir su gesto. Y se cuelga, y se recuesta y llora sobre sí y me atrae y me rechaza. ¡Ja, ja, ja!

OTELO.- (A parte.) Ahora le cuenta cómo le ha introducido en mi alcoba. ¡Oh! ¡Veo vuestra nariz, perono el perro al que habré de arrojarla!

CASSIO.- Bien, es menester que deje su compañía.

IAGO.- ¡Dios me proteja! Mirad dónde viene.

CASSIO.- ¡Es otra tal fuina! ¡Pardiez, y qué perfumada!

Entra BLANCA

¿Qué os proponéis con esta persecución de mi persona?

BLANCA.- ¡Que el diablo y su mujer os persigan! ¿Qué intención os guía con este pañuelo que me habéis dado hace un instante? ¡Linda necia he sido con tomarlo! ¿Y he de copiar el dibujo? ¿Que verosímil que encontraseis esta pieza de labor en vuestro aposento, y no sepáis quién la dejó allí? Es el presente de alguna moza del partido. ¿Y he de copiar el dibujo? Tened... Dádselo a vuestro caballito de palo. Venga de donde viniere, no lo copiaré.

CASSIO.- ¿Qué os sucede, mi dulce Blanca? ¿Que os sucede? ¿Qué os sucede?

OTELO.- (Aparte.) ¡Por el cielo! ¡Ése debe ser mi pañuelo!

BLANCA..- Si queréis venir a cenar conmigo esta noche, podéis. Si no queréis, venid cuando os halléis preparado. (Sale.)

IAGO.- ¡Corred tras ella, corred tras ella!

CASSIO.- A fe mía, es preciso; de lo contrario, va a vociferar por las calles.

IAGO.- ¿Cenaréis en su casa?

CASSIO.- Sí; es mi intención.

IAGO.- Bien; quizá vaya a veros, pues tengo absoluta necesidad de hablar con vos.

CASSIO.- Venid, os ruego. ¿Vendréis?

IAGO.- Iré; no tenéis que decir más. (Sale Cassio.)

OTELO.- (Adelantándose.) ¿Cómo le mataré, Iago?

IAGO.- ¿Advertisteis cómo se reía de su delito?

OTELO.- ¡Oh, Iago!

IAGO.- ¿Y visteis el pañuelo?

OTELO.- ¿Era el mío?

IAGO.- ¡El vuestro, por esta mano! ¡Y ved cómo aprecia a esa insensata mujer, vuestra esposa! ¡Se lo da, y él se lo regala a su meretriz!

OTELO.- ¡Quisiera estar nueve años matándole!- ¡Tan linda mujer! ¡Tan bella mujer! ¡Tan amable mujer!

IAGO.- Vaya, es menester olvidar eso.

OTELO.- ¡Sí, que se pudra! ¡Qué perezca y baje al infierno esta noche! ¡Porque no vivirá! ¡No; mi corazón se ha vuelto de piedra! ¡Lo golpeo, y me hiere la mano!... ¡Oh! ¡El mundo no contiene más adorable criatura! ¡Podría yacer al lado de un emperador y dictarle órdenes!

IAGO.- Pardiez, os apartáis del asunto.

OTELO.- ¡Que la ahorquen!... Sólo digo lo que es... ¡Tan delicada con la aguja!... ¡Tan admirable en la música! ¡Oh! ¡Cuando canta, haría desaparecer la ferocidad de un oso!... ¡De un ingenio tan agudo y fértil!

¡Y tan ocurrente!

IAGO.- Tanto peor por todas esas cualidades.

OTELO.- ¡Oh, mil veces, mil veces peor! Y luego, ¡de un carácter tan blando!

IAGO.- Sí, demasiado blando.

OTELO.- En efecto, es verdad..., no obstante, ¡qué lástima, Iago! ¡Qué lástima, Iago!. ¡Oh, Iago!

IAGO.- Si tan prendado estáis de su perfidia, dadle patente para pecar; pues si a vos no os molesta, a nadie le importa nada.

OTELO.- ¡La haré trizas!... ¡Ponerme los cuernos!

IAGO.- ¡Oh! Es vergonzoso en ella.

OTELO.- ¡Y con mi teniente!

IAGO.- ¡Más vergonzoso aún!

OTELO.- ¡Procúrame un veneno, Iago! Esta noche... No quiero tener explicaciones con ella, de miedo que su cuerpo y su hermosura no desarmen aún mi alma... Esta noche, Iago.

IAGO.- No os sirváis del veneno. ¡Estranguladla en su lecho, en ese mismo lecho que ella ha mancillado!

OTELO.- ¡Bien, bien! ¡Es una justicia que me place! ¡Muy bien!

IAGO.- Y en cuanto a Cassio, dejad que corra de mi cuenta. Sabréis más a medianoche.

OTELO.- ¡Excelentemente bien! (Óyese dentro una trompeta.) ¿Qué trompeta es ésa?

IAGO.- Algún mensaje de Venecia, de seguro.- Es Ludovico, que viene de parte del dux. Y mirad, vuestra esposa llega con él.

Entran LUDOVICO, DESDÉMONA y acompañamiento

LUDOVICO.- ¡Dios os guarde, digno general!

OTELO.- A vos, de todo corazón, señor.

LUDOVICO.- El dux y los senadores de Venecia os cumplimentan. (Le entrega un despacho.)

OTELO.- Beso el instrumento de sus órdenes. (Abre el despacho y lee.)

DESDÉMONA.- ¿Y qué noticias traéis, querido primo Ludovico?

IAGO.- Me alegro mucho de veros, signior. Sed bien venido a Chipre.

LUDOVICO.- Os doy las gracias. ¿Cómo está el teniente Cassio?

IAGO.- Vive, señor.

DESDÉMONA.- Primo, ha surgido una desavenencia lamentable entre él y mi esposo; pero vos pondréis todo bien.

OTELO.- ¿Estáis segura de ello?

DESDÉMONA.- Mi señor...

OTELO.- (Leyendo.) No dejéis de hacerlo, como veréis...

LUDOVICO.- No llamaba. Está ocupado en leer el escrito. ¿Es que hay división entre mi señor y Cassio?

DESDÉMONA.- Una división desgraciada. Me alegraría mucho reconciliarlos, por el afecto que tengo a Cassio.

OTELO.- ¡Fuego y azufre!

DESDÉMONA.- Mi Señor...

OTELO.-¿ Estáis en vuestro juicio?

DESDÉMONA.- ¡Cómo! ¿Se ha enojado?

LUDOVICO.- Puede que le haya excitado la carta, pues creo que se le llama a Venecia y se le manda que delegue su gobierno en Cassio.

DESDÉMONA.- Me alegro de ello, os lo aseguro.

OTELO.- ¿De veras?

DESDÉMONA.- Mi señor...

OTELO.- Celebro al veros loca.

DESDÉMONA.- ¿Cómo, amado Otelo?

OTELO.- ¡Diablea! (La golpea.)

DESDÉMONA.- No he merecido esto.

LUDOVICO.- Mi señor, nadie creería esto en Venecia, aun cuando yo jurara que lo había visto. Es demasiado. Dadle una reparación; llora.

OTELO.-¡Oh, diablesa, diablesa! Si la tierra pudiera fecundarse con lágrimas de mujer, cada gota que viertes se convertiría en un cocodrilo. ¡Fuera de mi vista!

DESDÉMONA.- No permaneceré para ofenderos. (Yéndose.)

LUDOVICO.- Dama obediente, en verdad. Suplico a vuestra señoría que la llame.

OTELO.- ¡Señora!...

DESDÉMONA.- Mi señor...

OTELO.- ¿Qué deseáis con ella, caballero?

LUDOVICO.- ¿Quién, yo, señor?

OTELO.- Sí; habéis deseado que la hiciera volver. Señor, puede tornar, y retornar, y, sin embargo, marchar adelante, y volver todavía; y puede llorar, señor, ¡llorar!; y es obediente, como decís..., ¡obediente!.... ¡muy obediente!.... Continuad con vuestras lágrimas... En lo que respecta a este despacho, señor... ¡Oh, emoción bien fingida!... Recibo la orden de regresar.. Marchaos; enviaré por vos en seguida...

Señor, obedeceré el mandato y volveré a Venecia... ¡Fuera de aquí, andando! (Sale Desdémona.) Cassioocupará mi puesto. Con esto... señor, os ruego que me acompañéis a cenar esta noche. ¡Sed bien venido a

Chipre, señor! - ¿Cabrones y monos? (Sale.)

LUDOVICO.- ¿Es éste el noble moro a quien nuestro Senado proclama por voto unánime capaz de cuanto sea posible? ¿Es ésta la naturaleza en quien no hacen mella las pasiones? ¿Cuya sólida virtud no podían rozar ni herir la bala del accidente ni el dardo de la ocasión?

IAGO.- Está muy cambiado.

LUDOVICO.- ¿Tiene los sentidos cabales? ¿No está su cerebro en delirio?

IAGO.- Es lo que es. No debo permitirme el aliento de una censura. Lo que podría ser -si pudiera serlonolo es... ¡Pluguiera al cielo que lo fuese!

LUDOVICO.- ¡Cómo! ¡Pegar a su mujer!

IAGO.- A fe mía, eso no estuvo bien. Sin embargo, quisiera tener la seguridad de que ese golpe no sea el más violento.

LUDOVICO.- ¿Es su costumbre, o es que ese despacho obró sobre su sangre, y por primera vez inoculó en él tal demasía?

IAGO.- ¡Ay, ay! No es honrado en mí decir lo que he visto y conocido. Vos le observaréis, y sus maneras

de obrar os instruirán tan bien, que puedo ahorrar mis palabras. Seguidle y notaréis cómo va a continuar.

LUDOVICO.- Me pesa haberme engañado sobre él. (Salen.)
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   47

similar:

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconLengua y literatura – 3º AÑo polimodal
«el otro, ¿es siempre un extraño? ¿Es siempre un posible enemigo? ¿Acaso no puedo aprender de las diferencias que otros proponen?...

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconQUÍmica 1 curso er año

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconAula añO: 2013 area: Ciencias Naturales

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconLiteratura. Curso: 2do. Año Profesores

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconInstrucción premilitar curso: quinto añO

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconCronograma del curso de química de 5to AÑo a y b

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconTaller de técnicas analíticas. Curso: 5º año turno

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconCronograma del curso de química de 4to AÑo b

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconCronograma del curso de química de 3er AÑo a y b

Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1 iconAÑo escolar 2015-2016 horario de aula: 5º grado "A" educación primaria


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com