Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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Creonte sale del palacio.

CREONTE: Ciudadanos, haced saber a todos que Argos ya no existe. La cuenta está saldada. De once ciudades, las que quedan en pie son las menos. Se dice de Tebas: ¡Tu suerte iguala a la de la madre que da mellizos a luz! La desgracia no te sojuzga, por el contrario, ella misma sucumbe ante tu entereza. ¡La sed de tu espada se sació al primer intento, mas no por ello dejó de beber! Tebas, tú has tendido en duro lecho al pueblo de Argos. Sin ciudad y sin tumbas yacen en los campos aquellos que te ofendieron. y tú observas el sitio que albergó sus ciudades. Sólo ves a los perros cuyos ojos brillan satisfechos. Allí se reúnen los nobles buitres. Van de cadáver en cadáver, y tan opíparo es el festín que ya no podrán levantar vuelo.

Los ANCIANOS: ¡Señor! El prodigioso cuadro que nos pintas gustará a la ciudad si viene acompañado de algo más: los carros de guerra, recorriendo las calles, trayendo a nuestros hijos. CREONTE: ¡Pronto será, amigos, pronto! Pero pensemos primero en nuestros asuntos. No vengo todavía a colgar la espada en el templo. Os he hecho llamar, a vosotros y a nadie más, por dos razones. Primero, porque sé que VOSOTROS, que no escatimáis al dios de la guerra las ruedas que su carro necesita para aplastar al enemigo, vosotros, que no reclamaréis la sangre que vuestros hijos han vertido en el campo de batalla, cuando llegue la hora de hacer las cuentas, me diréis que las bajas de Tebas no superan las que sufrió otras veces. Sé también que Tebas, salvada nuevamente, correrá, generosa como siempre, a recibir al guerrero y enjugar el sudor de su frente, sin tener en cuenta si es el sudor de la batalla, o el frío sudor del miedo, mezclado con el polvo de la huida. Por lo tanto, y estoy seguro que me aprobaréis, he dado a los restos de Etéocles, muerto por la patria, una tumba cubierta de coronas. Ordené en cambio que el cobarde Polinice que, siendo de mi sangre y de la sangre de Eréocles, fue amigo del pueblo de Argos, yazga sin sepultura, como yace ese pueblo. Como él, fue un enemigo, el mío y el de Tebas, Por ello quiero que nadie llore su suerte, y que no tenga tumba, que ninguno se apiade de su cuerpo y que sea devorado por las aves y los perros. Porque aquel que más que a la patria ama su vida, sólo merece mi desprecio. Pero el hombre que ama a su ciudad, esté vivo o muerto, gozará de mi estima. Espero que aprobaréis mis decisiones.

Los ANCIANOS: Las aprobamos.

CREONTE: Cuidad que mis órdenes se cumplan.

Los ANCIANOS: ¡Confiad esa misión a otros más jóvenes!

CREONTE: No es eso lo que os pido. Ya hay guardias apostados junto al cadáver.

Los ANCIANOS: ¿Acaso quieres que montemos guardia junto a los vivos?

CREONTE: Hay quienes no están de acuerdo con mis órdenes.

Los ANCIANOS: Nadie hay aquí tan necro que quiera morir.

CREONTE: Abiertamente no, por cierto. Pero muchos menean tanto la cabeza que terminará por caérseles. Ahora es necesario, más que nunca, limpiar la ciudad...

Entra un guardia.

GUARDIA: Señor, vengo sin aliento para darte una noticia urgente. No preguntes por qué no llegué antes. No sé si mi pie iba demasiado rápido para mi cabeza o si mi cabeza retenía al pie. ¿Adónde vas?, me preguntaba deteniéndome, ¿Tendrás aún que caminar mucho tiempo bajo el sol sin tomar aliento? Con todo, seguía avanzando.

CREONTE: ¿Por qué te cuesta tanto hablar? ¿Estás sofocado O vacilas?

GUARDIA: Nada oculto. Me pregunto por qué no he de decir lo que no he hecho, y que, por añadidura, desconozco, pues en verdad no sé quién fue el autor. Sería injusto juzgar severamente a quien ignora algo hasta tal punto.

CREONTE: ¡Cuántas precauciones tomas! Eres emisario de tu propio delito, mas diríase, al oírte, que has realizado una proeza digna de una corona de laureles.

GUARDIA: ¡Señor! Has encomendado a tu guardia una gran misión, pero las grandes misiones son una pesada carga.

CREONTE: Habla entonces, y sigue tu camino.

GUARDIA: Hablaré. Alguien sepultó al muerto. Alguien que luego escapó, cubrió su cuerpo con fino polvo, para que los buitres no pudieran divisarlo.

CREONTE: ¿Qué dices? ¿Quién ha osado?

GUARDIA: Lo ignoro. No había indicios de que se hubiera utilizado la pala o el pico. El suelo estaba liso, ningún carro había pasado por allí. Nada que permitiera señalar al culpable. No había una tumba, sólo una leve capa de polvo, como si, por miedo a tus órdenes, hubiese sido desparramado furtivamente. Tampoco había huellas de fieras ni de perros que hubiesen arrastrado el cadáver para despedazarlo. Cuando despuntó el día y descubrimos lo que había ocurrido, comenzamos a disputar terriblemente. Y fue a mí a quien la suerte designó para esta' infausta misión. Yo sé que a nadie place ser el portador de malas noticias.

Los ANCIANOS: Creonte, hijo de Meneceo, ¿y si hubiese sido obra de los dioses?

CREONTE: No aumentéis mi ira diciendo que los dioses favorecen a ese cobarde que, fríamente, permitió que fueran profanados sus templos y quemadas las ofrendas. No, hay quienes en esta ciudad no están conformes conmigo. Murmuran, y se niegan a inclinar la cerviz bajo el yugo. Son ellos, bien lo sé, quienes por medio de sobornos corrompieron a los centinelas. Porque de todas las instituciones ninguna es tan nefasta como el oro. Ciudades enteras sucumben ante su brillo. Los hombres abandonan sus hogares y son capaces de cualquier perfidia. Oyeme bien, si no me traes al culpable, al autor terrenal, vivo y atado a una tabla, confeso de su delito, te colgaré, y, con la soga al cuello, entrarás en la morada de los muertos, Así conoceréis de dónde es Iíciro sacar provecho y aprenderéis que no todo puede ser fuente de ganancias.

GUARDIA: Señor, es cierto que los hombres como yo tienen mucho que temer. Demasiados caminos pueden conducidos a la muerte. No me siento temeroso a causa del dinero. No digo que he recibido oro, no lo digo, pero si tú lo crees, prefiero dar vuelta dos veces mi bolsa, para que compruebes si hay algo en ella. Será mejor que contradecirte, porque podría despertar tu ira. Lo que temo es que, buscando al culpable, me encuentre con una cuerda en torno de mi cuello. Porque las manos encumbradas suelen tener para nosotros más cuerdas que dinero. Estoy seguro de que lo comprenderás.

CREONTE: ¿Te propones hablarme con enigmas?

GUARDIA: El muerto pertenecía a las altas esferas y ha de tener amigos en las altas esferas.

CREONTE: Pues atrápalos por el talón, si no puedes alcanzarlos más arriba. Ya sé que hay descontentos aquí como allí. Más de uno se mostrará lleno de alegría por mi victoria. Temeroso, se apresurará a cenirse los laureles, pero yo sabré reconocerlo.

Entra en el palacio.

GUARDIA: ¡Qué lugar malsano, aquel en que los poderosos luchan contra los poderosos! Yo aún estoy vivo y me asombro.

Sale.

Los ANCIANOS: Hay multitud de cosas prodigiosas, pero, de todas, la más prodigiosa es el hombre. Porque él, en aladas naves surca e! mar, cuando en invierno furioso brama el huracán, la sagrada, la inagotable tierra, él la fatiga año tras año con el arado, ayudado por las yuntas de bueyes. Acecha y vence a la alígera especie de las aves y a las bestias feroces. y a los seres que habitan en la profundidad salada de! Ponto los domina sabiamente, él, e! hombre industrioso. Con artimañas caza la presa que duerme y vaga en las colinas. Pone las bridas al noble corcel de espesas crines, unce al yugo el indómito toro, habitante de la llanura. Ha aprendido e! discurso certero y e! etéreo vuelo del pensamiento. Erige un orden y lo impone en las ciudades. Sabe defenderse contra la furia de los elementos desencadenados. Conocedor de todas las cosas, experto en pocas, a nada llega. Siempre sabe qué hacer, jamás se desorienta. Todo es posible para él, pero tiene fijado un límite. Porque quien quiere traspasarlo, se convierte en enemigo de sí mismo. Así como doblega al toro, doblega a sus semejantes, y les obliga a inclinar la cerviz, mas ellos le arrancan las entrañas. Cuando se eleva, lo logra pisoteando implacablemente a los demás. Solo, es incapaz de saciar su hambre, y, sin embargo, altos muros levanta en torno de su casa. ¡Que esos muros sean destruidos! ¡Que se abran los techos para que entre la lluvia! El hombre no tiene en cuenta lo que es realmente humano, y así, se convierte para sí mismo en un monstruo prodigioso. ¿Querrán los dioses ponerme a prueba? No puedo negar que es ella, pues la reconozco. Antígona, hija desdichada del desdichado Edipo, ¿qué ocurre? ¿Por qué te traen? ¿Has infringido acaso las leyes del Estado?

Entra el guardia trayendo a Antígona.

GUARDIA: Es ella. Ella lo hizo. La apresamos cuando sepultaba el cadáver. Pero ¿dónde está Creonte?

Los ANCIANOS: Precisamente, ahí sale de la casa.

Creonte sale del palacio.

CREONTE: ¿Por qué traes a ésta? ¿Dónde la has apresado?

GUARDIA: Fue ella quien lo enterró. Ahora lo sabes todo.

CREONTE: Tus palabras son claras, pero ¿la viste tú mismo?

GUARDIA: Sí, echaba tierra sobre el cadáver, desafiando tus órdenes. Cuando se tiene suerte, es fácil hablar con claridad.

CREONTE: Infórmame sobre los hechos.

GUARDIA: Las cosas ocurrieron así. Cuando me alejé de tu vista, tras haber' recibido rus terribles amenazas, quitamos el polvo del cadáver. Los despojos ya estaban en descomposición y despedían un fuerte hedor. Fuimos a sentamos en una colina cercana para respirar aire puro. Decidimos que aquel que se durmiera recibiría unos codazos en las costillas. De repente, sentimos como si los ojos se nos salieran de las órbitas. Un viento cálido levantó del suelo un torbellino de polvo; llenó la llanura, ocultó el valle, arrancó el follaje de los árboles y oscureció el cielo. Nos frotamos los ojos y la vimos. Gemía con voz entrecortada, como el ave que vuelve al nido y lo encuentra vacío, sin su cría. Sollozando, vio el cuerpo descubierto y volvió a cubrirlo con polvo, que tres veces derramó con su jarra de hierro. Nos precipitamos sobre ella, la sujetamos, pero no dio muestras de temor. La acusamos de lo que acababa de hacer y de lo que había hecho anteriormente. Nada negó. Estaba ante mí, amable y triste al mismo tiempo.

CREONTE: ¿Reconoces haberlo hecho o lo niegas?

ANTÍGONA: No lo niego. Reconozco que lo hice.

CREONTE: Contéstame sin rodeos: ¿sabías lo que se había promulgado en toda la ciudad respecto de este muerto?

ANTÍGONA: -Lo sabía. ¿Cómo ignorado? Tus órdenes eran claras y precisas.

CREONTE: ¿Osaste infringir mis leyes?

ANTÍGONA: Porque eran leyes 'tuyas, las leyes de un mortal. Un mortal puede infringirlas y yo, como tú, soy mortal, sólo un poco más que tú. Si muero antes de tiempo, creo incluso que saldré ganando. Para quien como yo soporta tantos males, la muerte es una ventaja. Mas si dejase sin sepultura al hijo de mi madre mi pesar no tendría límites. Morir, en cambio, no me causa pena ni temor los dioses no quieren ver sin tumba al que yace sin vida. . Si tú crees que soy una insensata porque temo su ira y no la ruya, es que, quizás, has perdido la razón.

Los ANCIANOS: Áspero renace en la hija el áspero carácter del padre. No ha aprendido a someterse a la desdicha.

CREONTE: El hierro más duro pierde su tenacidad cuando es expuesto al calor de la fragua. Es un hecho que puede verse a diario. Ella, sin embargo, se complace en violar las leyes establecidas. Más no es ésta su única osadía. Desoída la ley, se muestra satisfecha, ríe y se jacta de haberlo hecho. ¡Cuánto detesto a quien, sorprendido en un acto ilícito, lo presenta como un hecho admirable! Sin embargo, a la que me ha ofendido y es de mi sangre, no quiero condenarla así, siendo yo de su sangre. Responde a mi pregunta: lo que hiciste a escondidas, ahora ha sido descubierto. ¿Aceptarías decir -evitándote un severo castigo- que lo lamentas?

Antígona calla.

CREONTE: ¿Por qué eres tan obstinada?

ANTÍGONA: Porque creo en la eficacia del ejemplo.

CREONTE: ¿El ejemplo? Estás en mis manos.

ANTÍGONA: ¿Qué más puedes hacerme que enviarme a la muerte?

CREONTE: Nada más, tu muerte me basta.

ANTÍGONA: ¿Qué esperas entonces? De tus palabras ninguna me agrada ni me agradará jamás. Nunca seré como tú lo deseas. Otros me están agradecidos por lo que he hecho.

CREONTE: ¿Crees que hay otros que ven las cosas como tú?

ANTÍGONA: También Otros tienen ojos y están atónitos.

CREONTE: ¿No tienes vergüenza de arribuirles esa opinión?

ANTÍGONA: ¿No corresponde acaso honrar a los de su propia sangre?

CREONTE:· También es de tu sangre aquel que murió por la patria.

ANTÍGONA: Sí, de la misma sangre. Vástago de la misma estirpe.

CREONTE: Para ti, el que prefirió salvar su vida ¿vale tanto como el otro?

ANTÍGONA: No era tu esclavo y sigue siendo mi hermano.

CREONTE: No hay duda, puesto que a tus ojos ser sacrílego o no es la misma cosa.

ANTÍGONA: No es lo mismo morir por ti que morir por la patria.

CREONTE: ¿No estamos en guerra acaso?

ANTÍGONA: ¡Sí, tu guerra!

CREONTE: Por nuestra patria.

ANTÍGONA: Por la conquista de una tierra extranjera. No te bastaba reinar sobre mis hermanos en tu propia patria, en esta hermosa Tebas. No te bastaba gobernar en paz. Tuviste que llevados a la lejana Argos para dominar también allí, también sobre ellos. A uno 10 convertiste en verdugo de la pacífica Argos. Al otro le invadió el terror y ahora lo exhibes, pobre cuerpo despedazado, para aterrorizar a los nuestros.

CREONTE: A nadie que estime su propia vida le aconsejo que haga suyas estas palabras. ANTÍGONA: y yo os suplico que me ayudéis en mi aflicción: ayudándome a mí os ayudaréis a vosotros mismos. Porque el hombre sediento de poder nunca podrá apagar su sed y deberá beber cada vez más. Ayer fue mi hermano. Hoy soy yo.

CREONTE: ¿Quién te ayudará?... Estoy esperando.

Los ancianos callan.

ANTÍGONA: Calláis, entonces aceptáis. Nadie lo olvidará.

CREONTE: Ya véis que lo que quiere es dividirnos en nuestra propia casa.

ANTÍGONA: Reclamas la unión, pero vives de la discordia.

CREONTE: ¿Conque aquí vivo de la discordia y también sin duda en los campos de Argos? ANTÍGONA: Sin duda. Cuando se emplea la violencia contra otros pueblos, también se recurre a ella contra el propio.

CREONTE: Creo que con tu bondad no vacilarías en ofrecerme a los buitres. ¿No importaría entonces que Tebas, desunida, cayera en manos de un poder extranjero?

ANTÍGONA: Los que gobiernan siempre agitan la misma amenaza: que la ciudad, desunida, caerá en manos del extranjero. Nosotros inclinamos la cerviz y les ofrecemos víctimas. Es entonces cuando la ciudad, debilitada, cae en manos extranjeras y. se convierte en rico botín.

CREONTE: ¿Te atreves a decir que yo entrego la ciudad al extranjero?

ANTÍGONA: Ella misma se arroja en sus garras, al inclinar la cerviz ante ti. Porque el hombre que inclina la cerviz no ve el peligro que se cierne sobre él. ¡Sólo ve la tierra y ella, ay, lo recibirá!

CREONTE: ¡Injuria a la patria, desventurada, injuria a la tierra! .

ANTÍGONA: Te equivocas. Fatiga y dolor, eso es la tierra. Ni ella ni la casa constituyen la patria. La patria no es el lugar donde se vierte el sudor, ni la Gasa que se desmorona envuelta en llamas, ni el sitio donde el hombre inclina la cerviz. No. Eso no es lo que el hombre llama patria.

CREONTE: y a ti la patria ya no te llama su hija, ya no te reconoce. Te arroja de su seno; como a una cosa inmunda, que contamina todo, que todo lo envilece.

ANTÍGONA: ¿Quién es el que me arroja? Desde que tú gobiernas, el número de hombres que habita en la ciudad ha disminuido, y seguirá disminuyendo. ¿Por qué vienes solo? Cuando partiste, erais muchos.

CREONTE: ¿Qué pretendes insinuar?

ANTÍGONA: ¿Dónde están los mancebos y los hombres? ¿Nunca más volverán?

CREONTE: ¡Escuchad cómo miente! Todos saben que están en el campo de batalla, para destruir los últimos restos del enemigo. Por eso demoran su regreso.

ANTÍGONA: Sí, para cometer todos los crímenes. Para sembrar el terror y para que sus padres no los reconozcan cuando, finalmente, sean derribados como animales feroces.

CREONTE: ¡Ahora blasfema y ultraja a los muertos!

ANTÍGONA: Hombre estúpido, es inútil tratar de convencerte,

Los ANCIANOS: Oh, desgracia, el dolor la hace delirar. No tengas en cuenta sus palabras. CREONTE: ¿Acaso he callado alguna vez el precio de la victoria?

Los ANCIANOS: ¡Pero tú, insensata, no olvides en tu dolor la gloriosa victoria de Tebas!

CREONTE: ¡Ella no desea que el pueblo de Tebas ocupe los palacios de Argos! Preferiría ver a Tebas en ruinas.

ANTÍGONA: Sería mejor para nosotros estar en medio de las ruinas de nuestra ciudad, sería más seguro que ocupar contigo las casas del enemigo.

CREONTE: Por fin lo ha dicho, y vosotros lo habéis oído. No respeta ley alguna, como el huésped que, a punto de partir y sabiendo que nadie quiere volver a vedo, destruye con saña el lecho hospitalario.

ANTÍGONA: Sólo tomé lo que es mío, y tuve que ocultarme para hacerlo,

CREONTE: Sólo ves lo que te concierne, pero el orden divino del Estado, eso no lo ves.

ANTÍGONA: Tal vez sea divino, pero preferiría que fuera humano, Creonre, hijo de Meneceo. CREONTE: ¡Vete ya! Te has convertido en nuestra enemiga y también serás la enemiga de los que moran abajo, como ese cobarde que fue despedazado es el enemigo de ellos.

ANTÍGONA: ¡Quién sabe! Tal vez allí rijan otras leyes.

CREONTE: Aun muerto, el enemigo jamás será un amigo.

ANTÍGONA: Es verdad. Pero yo no nací para odiar, sino para amar.

CREONTE: Vé entonces a amar a los que están bajo la tierra. La gente de tu especie nada tiene que hacer aquí. .

Entra Ismena.

Los ANCIANOS: Aquí viene Ismena, la hermosa Ismena, amante de la paz. El llanto enrojece su rostro acongojado.

CREONTE: Ah, tú, que sigilosa te deslizas por la casa como una víbora. He criado a dos monstruos, dos víboras gemelas. Acércate y respóndeme: ¿participaste en el entierro? ¿O eres inocente?

ISMENA: Si mi hermana consiente, sí, soy culpable. Participé en el hecho y acepto el castigo. ANTÍGONA: No lo consiento. Ella no quiso ayudarme. Yo no la llevé conmigo.

CREONTE: ¡Decididlo entre vosotras! No voy a detenerme en nimiedades.

ISMENA: No me avergüenza la desdicha de mi hermana y le pido que acepte compartirla conmigo. ANTÍGONA: Por los que moran en las profundidades subterráneas y son testigos de nuestras acciones: no quiero a la que sólo ama de palabra. No siempre el corazón está dispuesto a rebelarse, pero tal vez lo esté para morir. No intentes, en una muerte común, compartir mi suerte. Mi muerte bastará.

ISMENA: Muy severa es mi hermana, pero te amo. Faltando tú, ¿a quién podría amar en la tierra? ANTÍGONA: Ama a Creonre. Yo os abandono.

ISMENA: ¿Te complaces acaso en hacerme sufrir?

ANTÍGONA: Quizás yo también sufro, quizás quiero reservar para mí todo el dolor.

ISMENA: Lo que te propuse sigue en pie.

ANTÍGONA: Está bien. Pero ya tomé mi decisión.

ISMENA: Falté a la lealtad que te debía. Ahora, ya nada soy para ti, ¿verdad?

ANTÍGONA: No desesperes. Tú vives. Mi alma, en cambio, está muerta. Lo único que anhelo es servir a los muertos.

CREONTE: Os digo que estas mujeres están locas, una desde hace un raro, la otra desde siempre.

ISMENA: No puedo vivir sin ella.

CREONTE:' No se hable más de ella. Ya no existe.

ISMENA: La que vas a matar es la prometida de tu hijo.

CREONTE: Hay otros campos donde se puede arar. Prepárate a morir. Pero quiero que sepas cuándo será: ¡cuando Tebas, embriagada de gozo, se disponga a celebrar, con danzas báquicas, la victoria! Llévate a estas mujeres.

El guardia sale con las mujeres y entra en la casa. Creonte ordena a su guardaespaldas entregar la espada.

UN ANCIANO (recibiendo la espada): Tú que te aprestas a celebrar la victoria, no pisotees demasiado el suelo, no lo pisotees allí donde florece: Oh, poderoso, aquel que te ha irritado, haz que te alabe.

OTRO ANCIANO (entrega a Creonte la máscara de Baco): No lo precipites tan bajo que termines perdiéndolo de vista. Porque cuando ha llegado al fondo, el que no tiene nada, nada teme. liberado de toda vergüenza, aterrorizado y terrible, el que fue abandonado y rechazado se yergue. Libre ya de sus ataduras, recuerda su antigua vida y se rebela.

Los ANCIANOS: Muchas veces, una pequeña causa basta para colmar la medida. El sueño de los hombres agotados y sin edad no dura siempre. El tiempo de la miseria ciega tiene un fin. Lentas y fugaces, las lunas suceden a las lunas y la desdicha aumenta sin cesar y se extingue la última luz que alumbraba a la última raíz de la estirpe de Edipo. Los grandes edificios, cuando se derrumban, arrastran en su caída a todo lo que les rodea. Así, cuando los furiosos vientos de Tracia encrespan las aguas tenebrosas y saladas del mar Póntico y atacan a una simple cabaña, se agitan los abismos submarinos, se levantan las arenas que el viento dispersa, y toda la costa, bajo el embate de las olas, gime y se lamenta. Aquí llega Hemón, el más joven de tus hijos. Su rostro sombrío denota el pesar de perder a la joven Antígona y de ver frustrada su boda.

Entra Hemón.

CREONTE: Hijo, según dicen algunos, vienes ante mí por amor a esa muchacha, y no es al soberano a quien quieres ver, sino al padre. Si así fuera, vienes en vano. A mi regreso de la batalla, en la que obtuvimos la victoria gracias al sacrificio de los que derramaron su sangre, encontré a ésa, y sólo a ésa, en toda la ciudad, en flagrante delito de desobediencia, renegando de .nuestra victoria, ocupada solamente en asuntos personales. ¡ y qué asuntos! .

HEMÓN: Sin embargo, ese asunto me trae y deseo que no disguste al padre la voz familiar de aquel que de él desciende cuando informe al soberano acerca de los desagradables rumores que circulan. CREONTE: Ciertamente, el que engendra hijos insolentes s610 habrá engendrado para grandes disgustos y, para sus enemigos, motivo de regocijo. Los platos amargos irritan el paladar; lo mejor es, pues, suprimirlos.

HEMÓN: Muchas son las cosas que diriges. Pero si prefieres escuchar s6lo palabras complacientes no pierdas el tiempo. ¡Como un hombre que ya no quiere manejar el timón, suelta el velamen y navega a la deriva! Ante tu solo nombre el pueblo tiembla. Si se avecinara el· más terrible temporal te informarían, a lo sumo, que sopla una leve brisa. Pero los lazos de parentesco tienen la ventaja de permitimos actuar con desinterés y sin temor. Lo que se nos adeuda más de una vez no 10 reclamamos, pero a. veces podemos oír la verdad de boca de un pariente, pues, viniendo de é~ dominamos la ira, que es mala consejera. El valiente Megareo, mi hermano, ha combatido en Argos y aún no ha vuelto. A mí me corresponde, pues, hablar. Debes saber que en la ciudad reina un profundo malestar.

CREONTE: y tú debes saber que si los míos se corrompen seré como un hombre que alimenta a sus propios enemigos. Enemigos indecisos, que no se conocen, que no logran reagruparse, y que están desunidos hasta en el descontento: éste se queja de los impuestos, aquél del servicio militar. Gracias a mi autoridad y al Poder de la espada yo los mantengo unidos y al mismo tiempo separados. Pero si hay una vacilación entre los que gobiernan, si éstos se muestran indecisos y desunidos, entonces cualquiera estará pronto para tomar las riendas que se les han escapado de la mano. Hablo, pero quiero oír al hijo, al que yo he engendrado, al que he puesto al frente de mis mejores hombres. HEMÓN: Ante todo es preciso respetar la verdad. ¿No se dice acaso: la palabra es un hierro impuro que es necesario templar en el yunque de la verdad? A aquella que quiso salvar de los perros hambrientos el cuerpo del hermano, la ciudad la aprueba. Mas no por eso deja de reprobar el proceder del muerto,

CREONTE: No es suficiente. Para mí ese es debilidad. No basta que lo que está podrido sea separado del cuerpo. No, es preciso proclamado públicamente, para que quienes se dejan corromper lo sepan de una vez por todas. Mi mano mostrará que es implacable. Tú, sin embargo, que nada sabes del asunto, propones ingenuamente: "No estés tan seguro, observa a tu alrededor, acepta lo que dicen los otros, habla su idioma." Como si el que gobierna pudiera conducir tantos cuerpos a una meta común con un oído cobarde y tembloroso.

Los ANCIANOS: Querer imponer un castigo cruel exige muchos esfuerzos.

CREONTE: Conducir el arado y levantar la tierra también exige esfuerzos.

Los ANCIANOS: Pero una orden indulgente con poco esfuerzo logra mucho.

CREONTE: Hay órdenes de todo tipo. Mas ¿quién las da? Eso es lo importante.

HEMÓN: Aunque no fuese tu hijo, diría: tú.

CREONTE: y aun si me fuera impuesto dar órdenes, lo haría nuevamente a mi modo.

HEMÓN: A tu modo, siempre que el modo sea correcto.

CREONTE: Ignorando lo que yo sé, ¿cómo podrías juzgar? ¿Eres mi amigo, sea cual fuere mi acritud?

HEMÓN: Quisiera que actuases de tal modo que pudiera ser tu amigo; que no dijeras que sólo tú tienes razón y ningún otro la tiene. Porque el hombre que cree poseer una inteligencia, una elocuencia, un talento superiores a los de todos los demás, cuando penetramos en lo más hondo de su ser, descubrimos que está totalmente vacío. Pero el hombre que no teme aprender de los otros y no se obstina en sus juicios, ése es un sabio y no tiene por qué avergonzarse. Cuando los torrentes, engrosados por las tempestades, se precipitan, los árboles que se doblegan conservan sus ramas y reverdecen bajo el calor del sol. Pero aquellos que se resisten son arrastrados por la corriente .. También, cuando sopla el viento 'huracanado, la embarcación que no quiere arriar sus velas zozobra, y termina por hundirse.

Los ANCIANOS: Cede, cuando los dioses intervienen. Aquí estamos, vacilando, nosotros que somos humanos; concédenos ese cambio y vacila con nosotros.

CREONTE: y que los caballos guíen el carro en lugar del cochero. ¿Es eso lo que queréis?

HEMÓN: Cuando husmean el hedor de la carroña que asciende del muladar, los caballos podrían encabritarse, espantados por el lugar adonde se los quiere conducir por la fuerza, y precipitarse en el barranco con carro y cochero. La amenaza que se oculta en la paz preocupa ya a la ciudad en la guerra y la llena de inquietud.

CREONTE: Ya no hay guerra. De todos modos, gracias por la información.

HEMÓN: Algunos me' han confiado;' y muchos lo sospechan, Que lo que te propones al preparar ya el festín de la victoria es la eliminación sangrienta de todos los que una vez despertaron tu cólera. CREONTE: ¿Quién te lo ha dicho? Revelándolo tendrás mucho más mérito que siendo el portavoz de aquellos que confían sus sospechas de modo harto sospechoso.

HEMÓN: Olvídalos.

Los ANCIANOS: Dicen que la' más preciada virtud de los que mandan es saber olvidar. Deja que 10 pasado siga perteneciendo al pasado.

CREONTE: Soy demasiado viejo para olvidar con facilidad. Pero, si yo te 10 pidiera, ¿no podrías olvidar a aquella por la que tanto te expones? Porque todos los que desean mi ruina murmuran que tú eres el cómplice de esa mujer, su defensor.

HEMÓN: Defiendo la justicia donde sea.

CREONTE: Sí, y donde sea fácil escapar.

HEMÓN: Me ofendes, pero no por eso dejaré de temer por ti.

CREONTE: Temes que tu lecho permanezca vacío.

HEMÓN: Esto es lo que yo llamaría una estupidez, si no proviniera de mi padre.

CREONTE: y yo diría que lo que has dicho es una insolencia, si no proviniera del esclavo de una mujer.

HEMÓN: Prefiero ser esclavo de una mujer que esclavo tuyo.

CREONTE: Por fin lo has confesado y ya no puedes retractarte.

HEMÓN: Ni pienso hacerla. Tú pretendes decir codo lo que quieres y no escuchar a nadie.

CREONTE: Así es. Ahora veré, y no te presentes más ante mi vista. L1eváos de aquí a esta ralea, y pronto.

HEMÓN: Me voy, no tiembles: ya no verás a nadie erguirse ante ti.

Hemón sale.

Los ANCIANOS: Señor, el hombre que acaba de partir, temblando de cólera, es tu hijo menor.

CREONTE: No por eso salvará de la muerte a las mujeres.

Los ANCIANOS: ¿Acaso piensas hacer morir a ambas?

CREONTE: A la que no intervino, no. Tienes razón.

Los ANCIANOS: y a la otra, ¿qué muerte le preparas?

CREONTE: Mientras los míos muevan los pies cadenciosamente al ritmo de las danzas báquicas, la culpable será conducida a la agreste quebrada donde no existe rastro de vida humana y será encerrada viva en el fondo de la roca, con el mijo y el vino que se debe a los muertos, como si ya estuviera sepultada. Así lo dispongo, para que la deshonra no caiga sobre la ciudad

Creonte sale hacia la ciudad.

Los ANCIANOS: Veo ante mí como un montón de nubes blancas. Ha llegado la hora en que la hija de Edipo, en su habitación, se prepara para su último viaje y oye, en la lejanía, a Baco. El dios llama a los suyos, y nuestra ciudad, sedienta de placeres, le responde con alegre frenesí, Grande es la victoria e irresistible Baco cuando se acerca a los hombres atormentados y les tiende el licor del olvido. Lejos arroja la ciudad el manto de luto que cosía en honor de sus hijos, y corre a embriagarse en la orgía báquica.

Los ancianos toman las máscaras de Baco.

¡Dios de los placeres carnales, dios eternamente vencedor! Tú siembras la discordia entre los que están ligados por la sangre. Nadie puede rechazarte, porque el hombre que ose hacerte frente está perdido de antemano: bajo tu influjo pierde el dominio de sí mismo, se debate bajo el yugo de la autoridad y te prepara nuevas cervices, ese hombre que ya no teme el soplo cálido de las minas de sal, ni el frágil barquichuelo sobre las olas negras y agitadas. ¡Dios de los deseos de la carne Dios siempre vencedor! Tú mezclas las diferentes razas y las sometes a una misma ley. Pero tu brazo no conoce la violencia ni está hecho para devastar la tierra. Pacífico, está unido desde los orígenes al destino de las grandes alianzas y pacíficamente te acompaña la belleza divina.

Entra Antígona, conducida por el guardián y seguida por doncellas.

UN ANCIANO: Pero ahora yo mismo pierdo la serenidad y no puedo contener el fluir de las lágrimas.

Antígona va a recibir las ofrendas fúnebres: el mijo y el vino.

ANTÍGONA: Ciudadanos de la patria, miradme emprender mi último camino y contemplar por última vez la luz del sol. ¿Es cierto que nunca 10 volveré a ver? El dios de la muerte, que a todos nos abrazará alguna vez, me conduce viva a las riberas del Aqueronte. No habrá bodas para mí, ni cantos nupciales, porque prometida soy del Aqueronte. -

Los ANCIANOS: Pero te diriges a la morada de los muertos, acompañada de loas y de gloria. No has sucumbido a la enfermedad que consume ni a la afrenta del hierro que esclaviza. Por propia voluntad, libremente, desciendes viva' al mundo de los muertos.

ANTÍGONA: ¡Ay! ¡Se burlan de mí! ¡De mí, que aún no estoy muerta, de mí, en quien aún alienta la vida! [Patria mía, y vosotros, hombres poderosos de mi ciudad! Algún día daréis testimonio de estas crueles leyes que me arrojan a una caverna bajo tierra, tumba insólita, sin que puedan llorarme aquellos a quienes amo. No seré compañera ni de las sombras ni de los' mortales, en ese lugar donde no reina ni la vida ni la muerte.

Los ANCIANOS: Cuando se desafía al poder, éste no puede ceder. Para él, el hombre que sólo obedece a su ira es un hombre corrupto.

ANTÍGONA: ¡Oh, padre mío! ¡Oh, madre infeliz! Hacia vosotros voy ahora, maldita, sin haber conocido la dicha del himeneo. ¡Oh, hermano mío, qué dulce era vivir a tu lado! Tú ya no existes. Yo vivo todavía, y voy a reunirme contigo en las tinieblas.

UN ANCIANO (pone frente a Antígona una bandeja con mijo): Dánae, encerrada tras .rejas de hierro, se vio privada de la luz del cielo, y sumida en la oscuridad debió sufrir pacientemente. Era no obstante de encumbrada estirpe, y para fecundada el divino Zeus se trocó en lluvia de oro. Ella, contando el fluir de las horas, esperaba el momento del alumbramiento.

ANTÍGONA: Penosa fue, según dicen, la muerte, en la cima del monte Sípilo, de aquella que venía de Frigia y era hija de Tántalo. Su cuerpo se volvió rugoso y cual la hiedra, abrazó a la eterna roca. Cuentan los hombres que el invierno jamás la abandona y hace brotar de sus ojos lágrimas de límpida nieve. Los dioses me preparan la misma tumba.

UN ANCIANO (coloca frente a Antígona una jarra de vino): Pero ella era de origen divino y diosa a su vez. Nosotros, en cambió, somos mortales e hijos de mortales. Es cierto que sucumbes, pero con dignidad, como mueren las víctimas divinas.

ANTÍGONA: Os lamentáis, como si ya estuviese muerta. Alzáis los ojos hacia el cielo azul y no osáis mirarme al rostro. Sin embargo, realicé un acto sagrado, para cumplir un deber sagrado

Los ANCIANOS: El hijo de Driante profería furiosas imprecaciones contra el rigor de su suerte, y fue encerrado por Dionisos en una prisión de piedra. Enloquecido y titubeando en las tinieblas, el hombre de palabra insolente aprendió a conocer al dios.

ANTÍGONA: También vosotros deberíais tener en cuenta las imprecaciones contra la suerte y tomar ejemplo, en vez de lloriquear, vosotros que estáis ciegos.

Los ANCIANOS: Junto a las rocas calcáreas, allí donde van a morir los dos mares) a la orilla del Bósforo y cerca de la ciudad, el dios de la Guerra vio cómo la lanza perforó los ojos de los dos hijos de Fineo. Oscuridad tremenda reinó luego en las órbitas de esos ojos de águila. la fuerza' del destino es infinita. Ni la riqueza, ni el espíritu guerrero, ninguna fortaleza puede eludida. ANTÍGONA: Os suplico, no habléis del destino. Yo 10 conozco. Hablad de él, del hombre que, siendo yo inocente, me condena. ¡A él preparadle un destino! ¡Ah, infortunados, no creáis que podréis evitarle! Otros cuerpos, destrozados, yacerán sin tumba, por millares, en torno de aquel que no tuvo sepultura. Vosotros que empujáis a Creonte a llevar la guerra a tierra extraña, sabed que ganará aún muchas batallas, mas la última os devorará. Vosotros clamáis por el botín, pero los carros que regresen no vendrán rebosantes sino vacíos. Pienso en lo que habréis de ver y os compadezco. ¡Oh, Tebas, patria mía! ¡Fuentes dirceas que manáis en estas suaves colinas por donde pasan los carros de la guerra! ¡Oh, praderas! Me oprime la garganta pensar en lo que os espera. Tú diste el ser a monstruos y en polvo te convertirás. Decid a los que pregunten por Antígona que la habéis visto buscar refugio en la muerte.

Antígona
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