Aula. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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parte con el guardián.

Los ANCIANOS: Volvió la espalda y salió con paso firme, como si fuese ella quien conducía al guardián. Cruzó la plaza, en la que ya se levantaban las férreas columnas de la victoria. Apretó el paso, y desapareció. Pero ella también había probado el pan cocido en los hornos oscuros. Tranquila y segura permanecía a la sombra de las torres que encerraban desgracia, sin una protesta, hasta el día en que la sangre volvió a derramarse en el hogar de Lábdaco. Manos ensangrentadas repartieron la muerte entre los suyos y éstos no la recibían sino que la arrancaban. ¡Sólo después la hallamos, temblando de cólera, consagrada al bien! El frío glacial la despertó. Pero hasta tanto no se agotó el último resto de paciencia y no se hubo consumado el último crimen, la hija de Edipo el ciego no arrancó de sus ojos la venda corroída por el tiempo para contemplar el abismo. Ahora Tebas, también ciega, danza y se embriaga con el licor de la victoria, ese licor preparado con cientos de hierbas, en las tinieblas. Aquí llega Tiresias, el adivino ciego. ¿Vendrá a traernos noticias alarmantes? ¿Que la discordia reina en la ciudad, y está a punto de estallar la rebelión?

Entra Tiresias, llevado de la mano por un niño y seguido de Creonte.

TIRESIAS: Despacio, hijo, despacio, camina sin seguir el ritmo de la danza. Tú- eres el guía. Más el que guía no debe seguir a Baco. Quien levanta el pie demasiado alto no puede evitar la caída. No vayas a chocar tampoco contra las columnas de la victoria. ¡La ciudad grita victoria, la ciudad está llena de locos! El ciego sigue al que ve, mas al que no ve le sigue alguien más ciego aún.

CREONTE (que lo ha seguido haciéndole burla): ¿Qué pasa, qué murmuras, viejo decrépito, respecto de la guerra?

TIRESIAS: Digo que tú, loco, danzas antes de la victoria.

CREONTE: Viejo obstinado, tú ves 10 que no existe, pero las columnas erigidas a tu alrededor, ésas no las ves.

TIRESIAS: No las veo. Y nada perturba mi razón. Por ello vengo, amigos míos. Porque a las hojas verdes del laurel tampoco las reconozco hasta que, secas, crujen llevadas por el viento. O bien cuando las muerdo y siento un gusto amargo, y digo: es el laurel.

CREONTE: Las fiestas no te placen. Cada vez que celebramos alguna nos hablas de cosas horrendas.

TIRESIAS: Es que he visto cosas horrendas. Escuchad cuáles son los presagios sobre la suerte de Tebas, ebria de una victoria prematura, y ensordecida por el inmenso clamor de las rondas báquicas. Estaba yo sentado en el sitio donde se reúnen las aves ando, de repente, resonó en el aire un rumor terrible. Atacándose con sus garras, las aves rapaces se desgarraban entre sí, Atemorizado, corrí hacia los altares y los hice encender a toda prisa. No hubo uno solo que diera una llama alta y clara. Sólo se elevaba un humo que olía a grasa rancia y la carne de los muslos chirriaba dejando los huesos al descubierto.

Los ANCIANOS: ¡Mal presagio en día de victoria!

TIRESlAS: He aquí el sentido funesto de esos desórdenes incomprensibles. Tú, Creonte, eres el culpable del mal que aqueja a la ciudad. Porque los altares y los hogares fueron profanados por los perros y las aves de rapiña, que se saciaron con el cadáver del hijo de Edipo. Por ello ya no se oye a una sola ave cuyo grito sea un presagio de felicidad. Todas han comido la grasa de un hombre muerto. ¡Semejante humo no es grato a los dioses! ¡Inclínate ante el muerto, ante el que ya no existe!

CREONTE: ¡Tus pájaros, anciano, vuelan según tu conveniencia! Lo sé. También volaron para mí y tal como me convenía. No soy del todo lego en el negocio y en el arte de la adivinación: no soy avaro. Llena tus cofres con el ámbar de Cerdeña y el oro de la India, mas has de saber que no haré sepultar a ese cobarde, y que no temo las amenazas del cielo. Bien sé que ningún hombre tiene poder sobre los dioses. Pero también sé que los mortales, aun los más poderosos, pueden sufrir una muerte miserable, cuando de sus bocas salen palabras indignas para obtener una ventaja.

TIRESIAS: Soy demasiado viejo para interesarme en lo poco de vida que me testa.

CREONTE: Nadie es tan viejo que no desee envejecer un poco más.

TIRESIAS: Lo sé. Y sé aún algo más.

Los ANCIANOS: Habla, Tiresias. Señor, escuchemos al adivino.

CREONTE: Habla, dí lo que quieras, pero déjate de regatear. Los adivinos aman el oro.

TIRESIAS: He oído decir que los tiranos suelen ofrecerlo.

CREONTE: Cuando se es ciego, se muerde la moneda y se dice: es de buena ley.

TIRESIAS: Guárdate tu oro, porque en la guerra nadie sabe qué podrá salvar: u oro, sus hijos, su poder...

CREONTE: la guerra ha terminado.

TIRESIAS: ¿De verdad? ¿Puedo hacerte una pregunta? a que, como tú dices, nada sé; tengo que preguntar. Afirmas que no puedo ver el futuro. Me vuelvo, pues, hacia el pasado y el presente. Es ésta, al final y al cabo, una manera de mostrar mi habilidad de adivino, aunque en verdad lo que yo veo es 10 que cualquier niño puede ver. Las columnas de la victoria son muy delgadas, muy poco bronce contienen. Yo digo: ¿Es porque se fabrican aún muchas espadas? Se cosen pieles para el ejército. Yo digo: ¿Se 10 prepara para pasar un nuevo otoño? Se pone a secar pescado: ¿es que debemos esperar una campaña de invierno?

Los ANCIANOS: Eso era antes de la victoria. Suponemos que todos esos preparativos se han detenido, que los carros del botín llegarán de Argos cargados de bronce y de pescado.

TIRESIAS: Hay guardias a montones; nadie sabe si lo que custodian es mucho o poco. En tu casa, en vez de perdonar, como es habitual después de un negocio afortunado, reina un gran desacuerdo. Se dice que Hemón, tu hijo, se marchó trastornado de tu casa porque ordenaste que arrojaran a Antígona, su prometida, al fondo de una roca. Lo ordenaste porque ella quería sepultar a Polinice, a quien diste muerte cuando se rebeló contra ti, porque tu guerra le arrebató a su hermano Etéocles, Cruelmente, te has enredado en tu crueldad. Como el oro no me ha estupidizado por completo, te hago una segunda pregunta: ¿Por qué eres tan cruel, Creonte, hijo de Meneceo? Vaya ayudarte a responder: ¿Es quizás porque te falta bronce para tu guerra? ¿Qué hecho cometiste, qué locura o maldad, que ahora te obliga a seguir cometiendo maldades y actos insensatos?

CREONTE: ¡Canalla! ¡Juegas un doble juego!

TIRESIAS: Como tu manera de decir las cosas. ¡Peor sería decirlas a medias! Ya tengo la respuesta y esta respuesta tiene doble sentido: quiero decir que nada se me ha contestado. Sumo cero más cero y digo: cuando las cosas van mal se pide a gritos un gran hombre. Éste acude y se produce la ruina. La guerra ya no puede detenerse y va de mal en péor, El pillaje lleva al pillaje, el rigor incita al rigor, el exceso exige el exceso,. y finalmente no queda nada. Yo he mirado hacia atrás y a mi alrededor. Vosotros mirad hacia adelante y temblad. Guíame, hijo mío.

Sale Tiresias, guiado por el no.

Los ANCIANOS: Señor, si mis cabellos no hubiesen sido blancos, lo serían ahora. Ese hombre ha dicho cosas terribles, pero más terribles son las que ha callado.

CREONTE: Entonces, ¿por qué preocuparse por lo que no se dijo?

Los ANCIANOS: Creonte, hijo de Meneceo, ¿cuándo regresarán los varones a esta ciudad desprovista de hombres? Creonte, hijo de Meneceo, ¿cómo va la guerra en la que estás empeñado?

CREONTE: Ya que ese hombre, insidiosamente, sacó a relucir la cuestión, os digo: la guerra a la que la aviesa Argos nos ha arrastrado, no ha concluido ni anda bien. Cuando proclamé la paz, poco faltaba para concluir. Lo poco que faltaba, faltaba por la traición de Polinice. Pero él y la que lo lloraba han sido castigados.

Los ANCIANOS: Tampoco eso ha concluido. Porque se ha alejado de ti aquel que guiaba lo mejor de tu ejército, Hemón, el menor de tus hijos.

CREONTE: Ya no lo necesito. Que permanezca lejos de mi vista y de la vuestra aquel que me abandonó por una mezquina historia de alcoba, Aún combate para mí mi hijo Megareo, arrojando sobre las temblorosas murallas de Argos, en incontenibles ataques, a la juventud tebana,

Los ANCIANOS: No es inagotable esa juventud. Creonte, hijo de Meneceo, siempre te hemos seguido, El orden reinaba en la ciudad, Nos protejías de los enemigos que nos atacaban en nuestra propia casa, de esa gente rapaz que nada posee y que sólo sirve para hacer la guerra y redujiste a silencio a todos esos charlatanes que sólo saben gritar y llenarse el estómago, que viven de la discordia y que, en la plaza del mercado, gritan porque se les paga o porque no se les paga. Hoy vuelven a vociferar y lo que dicen es inquietante. Hijo de Meneceo, ¿no has emprendido una acción demasiado arriesgada?

CREONTE: Cuando me puse en marcha contra Argos, ¿quién me 'envió? Por vuestra indicación, el metal de la espada fue a buscar el metal de la montaña. Porque Argos es rica en metal.

Los ANCIANOS: y también en espadas, según parece. Más de una vez escuchamos informes alarmantes, pero los desechamos porque confiábamos en ti. Nada tomamos en cuenta, nos tapamos los oídos por miedo a tener que temblar y cerramos los ojos cada vez que apretabas las riendas con más fuerza. Una vez más, es necesario, será la última, decías, una batalla más. Pero ahora comienzas a regatear con nosotros igual que con el enemigo. Tu crueldad te hace llevar una doble guerra. CREONTE: ¡La vuestra!

Los ANCIANOS: ¡La tuya!

CREONTE: Cuando Argos haya sido vencida, volverá a ser la vuestra, ¿no? ¡Basta! Los discursos de la rebelde os desquiciaron y habéis tomado partido por ella.

Los ANCIANOS: La hermana tenía sin duda el derecho de sepultar al hermano.

CREONTE: El comandante tenía sin duda el derecho de castigar al traidor.

Los ANCIANOS: Invocar un derecho contra otro con la intención de oprimir nos arrojará al abismo. CREONTE: La guerra crea un nuevo derecho.

Los ANCIANOS: Pero vive del antiguo y si no se le da el alimento que necesita, se devora a sí misma.

CREONTE: ¡OS hartáis de carne, pero el sangriento delantal del carnicero os repugna! Os he dado madera de sándalo para vuestras casas, y en ellas no penetraba el ruido de las espadas. Esa madera viene de Argos! Hasta ahora nadie me ha devuelto las bandejas de bronce que he traído de allí, pero inclinados sobre ellas, os enfurecéis. Criticáis mis crueldades y os quejáis de mi dureza. Estoy acostumbrado a una cólera mucho mayor cuando no llega el botín.

Los ANCIANOS: ¿Hasta cuándo Tebas estará privada de sus hombres?

CREONTE: Hasta que sus hombres conquisten a la rica Argos.'

Los ANCIANOS: Llámalos, desventurado, antes que perezcan todos.

CREONTE: ¿Con las manos vacías? ¡Esa orden tendréis que confirmarla bajo juramento!

Los ANCIANOS: ¡Con las manos vacías, o sin manos, llama a todos los que aún viven!

CREONTE: Ciertamente, no bien Argos haya caído, los llamaré. Mi primogénito, Megareo, os los traerá. Mas tened cuidado de que las puertas no sean demasiado bajas y que no convengan solamente a los hombres pequeños. Porque esos hombres de gran talla serían capaces de echar abajo con sus espaldas el portón de un palacio aquí, la puerta de la cámara del tesoro allá. ¡Podría ser que la alegría de veras fuera tan grande que, al estrecharas las manos, os destrozaran las muñecas y os arrancaran los brazos! y cuando en su ímpetu os estrechen contra sus corazas, ¡tened cuidado de que no os rompan las costillas! Porque en ese día de gozo veréis más espadas desnudas que en los días infaustos de abatimiento y desesperación. Más de un vencedor titubeante ha sido coronado con cadenas y ha danzado con rodillas que flaqueaban.

Los ANCIANOS: Miserable! ¿Nos amenazas con nuestros propios hombres? ¿Quieres acaso arrojados contra nosotros?

CREONTE: Hablaré de ello con mi hijo Megareo.

Entra un mensajero que viene del campo de batalla.

MENSAJERO: ¡Señor! Prepárate para recibir un golpe terrible. Soy mensajero de infaustas nuevas. ¡Detén los festejos! ¡Demasiado pronto creíste en la victoria! Tu ejército ha sido derrotado por Argos y huye en desbandada. Tu hijo Megareo ya no existe. Destrozado, yace en suelo argiano. Tras haber castigado a Polinice y ahorcado públicamente a muchos guerreros que desaprobaban tu proceder, volviste a Tebas. Inmediatamente, Megareo, tu primogénito, lanzó a sus hombres de nuevo contra el -enemigo sin darles tiempo para reponerse de sus pérdidas y de su fatiga; apenas podían alzar contra el pueblo de Argos las armas aún empapadas en sangre tebana, Muchos hombres volvían el rostro hacia Megareo, quien deseando inspirarles más temor que el enemigo, los azuzaba quizás con demasiada rudeza. Sin embargo, la suerte favoreció al principio a los nuestros. Basta empuñar nuevamente la espada para tomarle gusto a la lucha, y la sangre, sea la propia o la ajena, siempre tiene el mismo olor, un olor que sube a la cabeza y embriaga. Lo que no logra la valentía, lo logra el temor. Pero también importan el terreno, los pertrechos y los alimentos. El pueblo de Argos, señor, recurrió a mil astucias. Combatieron las mujeres y ayudaron los niños. Desde lo alto de los techos comidos por el fuego, las ollas, en las que desde hada mucho tiempo no se había cocido alimento alguno, caían sobre nosotros, llenas de agua hirviendo. Las casas que aún se mantenían intactas eran incendiadas, como si nadie pensara habitadas algún día. Muebles y utensilios se convirtieron en armas y pertrechos. Y tu hijo seguía empujándonos hacia el centro de la ciudad, pero la ciudad, devastada, se convirtió en tumba. Todo estaba envuelto en llamas y la humareda nos cegaba. Huyendo del fuego y buscando al enemigo, chocamos tebanos contra tebanos y nadie podría decir qué mano abatió a tu hijo. La flor de Tebas, lo mejor de sus fuerzas, todo fue aniquilado. Tebas misma no podrá resistir mucho tiempo. Por todos los caminos llega el pueblo de Argos, con sus hombres y sus carros. Yo los vi. Y el que los ha visto puede estar feliz de ser arrebatado por la muerte.

El mensajero muere.

Los ANCIANOS: ¡Ay de nosotros!

CREONTE: ¡Megareo! ¡Hijo mío!

Los ANCIANOS: No pierdas el tiempo con lamentos. ¡Reúne a la guardia!

CREONTE: ¡Reúne a la nada! ¡Con un colador!

Los ANCIANOS: Tebas festeja embriagada la victoria en tanto que el enemigo se acerca empuñando sus armas, Para engañarnos nos entregaste tu espada. Acuérdate de tu otro hijo. Llama ahora al más joven!

CREONTE: ¡Sí! ¡Hemón, mi hijo menor! ¡Ven en nuestra ayuda, que todo se desmorona! Olvida lo que dije.

Cuando tenía todo el poder en mis manos no era dueño de mis pensamientos.

Los ANCIANOS: Corre a la prisión de piedra y suelta a la que cubrió el cadáver. ¡Deja a Antígona en libertad!

CREONTE: Si lo hago, ¿me apoyaréis? No exigisteis nada, pero habéis aceptado todo. También vosotros estáis comprometidos.

Los ANCIANOS: ¡Vé!

CREONTE: ¡Hachas! ¡Hachas!

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