1. 1 La antropometría






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ERGONOMÍA,
ANTROPOMETRÍA E INDETERMINACIÓN


(ERGONOMICS,
ANTHROPOMETRY AND INDETERMINATION)


Antonio Bustamante, arquitecto, ergónomo

Los datos antropométricos que se utilizan en la práctica común de la Ergonomía no siempre tienen la fiabilidad que se les supone. Una parte de esta poca fiabilidad se debe a las condiciones físicas del objeto a medir (el hombre) y a la dificultad de medir un gran número de personas, pero otra parte es consecuencia de las condiciones psicológicas del sujeto observado. Este trabajo pretende llamar la atención sobre las indeterminaciones debidas al estado emocional del protagonista de una observación: la persona observada.
Palabras clave: Antropometría, indeterminación, protagonista, observación.


Antonio Bustamante, architect/ergonomist
Data on anthropometry that are used in the everyday practice of Ergonomics are not always as reliable as one supposes them to be. Part of this lack of reliability is due to the difficulty of measuring a great number of persons, and another part is due to the psychological conditions of the observed subject. This work highlights a certain indetermination induced by the emotional state of the subject of an observation.
Key words: Anthropometry, indetermination, subject, observation.

LA ANTROPOMETRIA

1.1 La antropometría


La Antropometría es el tratado de las proporciones y medidas del cuerpo humano.

Podemos entender la Biomecánica como una mecánica aplicada al estudio de los seres vivos; la Mecánica puede dividirse en dos ramas: Estática y Dinámica. Para estudiar la biomecánica de la postura sedente del hombre en reposo, utilizaremos la Bioestática; para analizar las acciones que recibe la muñeca de un tenista al lanzar la pelota, utilizaremos la Biodinámica; en ambos casos habremos de basarnos en la Antropometría.

La Ergonomía es una disciplina que pretende adaptar el medio habitable, al habitante. Las medidas de este serán, pues, de mucho interés para el ergónomo, que deberá conocer lo mejor posible las hechuras de su cliente para asegurarle la buena forma de los objetos que conforman el medio, objetos que podrían ser inconvenientes a causa de su configuración, tamaño o proporciones. También serán de interés las características biomecánicas del habitante y su capacidad de resistir cargas sin perjudicarse.

El cuerpo humano es una masa blanda y elástica, armada de elementos duros muy rígidos: es, pues, muy difícil establecer sus medidas con la exactitud del relojero que trabaja con piezas rígidas y poco deformables. Los cuerpos sólidos y rígidos varían sus dimensiones con la temperatura y el grado de humedad, pero si estas permanecen constantes o varían muy poco, suelen medir casi lo mismo por la mañana que al anochecer; el cuerpo humano no: mengua desde que se levanta por la mañana hasta que se acuesta por la noche. Así que no es posible medir a la gente con las exigencias de exactitud que gastan otros profesionales que trabajan sobre objetos de dimensiones más constantes que las del cuerpo humano. Veamos qué precisión es necesaria para medir la imagen de un cuerpo humano hecha de piedra:

El grado de finura que se precisa para medir una estatua de la Grecia clásica y reproducirla en el periodo neoclásico podemos encontrarlo en la “Encyclopédie ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers” de Diderot y d'Alembert
elaborada entre 1751 y1780. En ella se define como unidad de medida del cuerpo pétreo de la escultura, la longitud de su nariz, y así, el Hércules Farnesio mide 28 narices del propio Hércules.1

La nariz consta de 12 “partes” y una parte puede dividirse en dos mitades, en tres tercios o en cuatro cuartos de parte. Uno de los apolos de Fidias, por ejemplo, mide 7 cabezas, 3 narices y 6 partes.

Para un sujeto cuya nariz mida 6 cm, su cabeza 4 narices (24 cm) y su cuerpo 7 cabezas (168 cm), la “parte” medirá medio centímetro y el cuarto de parte 1, 25 milímetros. De manera que la unidad mínima que propugna esta enciclopedia para medir figuras humanas de piedra es del orden de 1,25 mm. Esto podría inducirnos a pensar que si nos proponemos medir el cuerpo humano, debemos hacerlo con error menor de –aproximadamente- 1mm, y eso estaría muy bien si fuéramos de piedra, pero siendo como somos, no tiene sentido hablar de milímetros cuando la diferencia de talla entre la mañana y la noche puede llegar a medirse en centímetros. Esto es válido para la Ergonomía “de bulto redondo” que trata relaciones dimensionales hombre-objeto; si consideramos que las prótesis que implanta un cirujano para corregir un “genu varo” son una práctica ergonómica, ahí el tamaño de la pieza sí que precisa exactitud de joyero, pero las medidas del paciente antes y después de la operación seguirán siendo de “bulto redondo”.

Observemos que lo que propone la enciclopedia no son medidas sino proporciones y que estas también son objeto de la Antropometría, de tal manera que al ergónomo le interesan tanto unas como otras, pues no todos los individuos que tienen alguna medida muy semejante (como la talla), tienen necesariamente también muy semejantes sus proporciones, y a dos personas de igual talla no tiene que convenirles necesariamente una misma configuración de trabajo sedente: una puede tener las piernas más largas que la otra, y el tronco más corto.



Fig.1

1.2 Orígenes de la Antropometría

Al buscar los orígenes de la Antropometría, siempre se empieza por Vitruvio; quizás sea a causa del “Hombre de Vitruvio”: ese sujeto melenudo que dibujó Leonardo, con cuatro brazos y cuatro piernas, inscrito en un cuadrado y en un círculo y que está hecho tomando como modelo lo que Vitruvio escribió en el Tercero de sus diez Libros sobre Arquitectura. Acaso sea ese tratado la primera traza –escrita en latín el año 15 de nuestra era- que encontremos en nuestra cultura occidental sobre las medidas y proporciones del cuerpo humano, pero aunque no nos queden textos anteriores, no podemos dudar de lo mucho que griegos, egipcios y caldeos debían saber sobre las medidas del hombre, a la vista de las esculturas que hicieron.

El que Vitruvio hablara de “medidas recíprocas” entre el hombre y los objetos arquitectónicos que este creara, nos induce a reconocer a este arquitecto como al proto-ergónomo de Occidente. En efecto, lo que propugna la Ergonomía es que el objeto debe estar hecho para el usuario y que este no debe deformarse ni autoagredirse para adaptarse al objeto. Al construir un edificio inspirándose en las proporciones del cuerpo del usuario, Vitruvio está poniendo en práctica el espíritu de la Ergonomía dicinueve siglos antes de que se acuñe la palabra “ergonomía”. Pero las proporciones “humanoides” de los elementos arquitectónicos no habían sido un invento de la cultura romana a la que perteneció Vitruvio: venían de la arquitectura griega, y el hecho de que el Partenón lo construyera un artista que hacía de arquitecto, de escultor y –probablemente- de pintor, basando su inspiración en las proporciones del cuerpo humano, nos habla claramente de la vocación “ergonómica” que tuvo la cultura griega antigua en lo tocante a la fabricación de objetos de gran tamaño. Así que Vitruvio, más que proto-ergónomo nos aparece como un gran teórico de la arquitectura del objeto industrial de la época del Imperio Romano, que asimiló la tradición helenística y supo comunicar su enorme oficio con textos y dibujos: el talante ergonómico que nos transmite el romano, venía de Grecia y aún de más atrás. Veamos:

Si comparamos un hacha prehistórica de silex tallado con el mismo tipo de instrumento, de una Prehistoria más reciente, pulimentado, salta a la vista que es menos grave coger la piedra pulimentada y trastear con ella, que hacerlo con el canto tallado, que nos herirá la mano por cortadura: con el tiempo, un mismo utensilio se adapta mejor al usuario humano. Esto es una prueba de que el talante ergonómico es tan antiguo como el hombre. Y podemos extender este proceder al reino animal, pues cuando vemos lo bien hecho que está un nido para las necesidades de sus usuarios, hemos de admitir que el ave constructora tiene unos conocimientos de “pajarometría” que le permiten lograr lo que Vitruvio predicaba para la raza humana: la armonía geométrica del usuario con el medio que habita.

El espíritu de la Ergonomía se encuentra, pues, en el mundo animal y también para el ergónomo la Naturaleza es una fuente de inspiración fecunda.

El interés por teorizar sobre las medidas y proporciones del cuerpo humano debió decaer durante la Edad Media, a juzgar por la poca preocupación que por el realismo muestran la pintura y escultura de esta época en Europa. El Renacimiento, al buscar de nuevo las fuentes de la cultura de la Antigüedad Clásica, vuelve a encontrarse con la necesidad de lo que se llamaría por primera vez “antropometría” en 1659, en Alemania. Pero antes de inventar tan sintético nombre: “antropometría”, hubo quien se ocupó de teorizar sobre las “proporciones humanas”, como Alberto Durero (1471-1528), que publicó cuatro libros al respecto.

Leonardo da Vinci (1452-1519), con su « Hombre de Vitruvio » ha dejado un icono que, a pesar de lo que lo desgasta continuamente la cultura del consumo, es una obra de arte de enorme interés para la historia de la Ciencia, pues la geometría que encierra ese hombre vitruviano con el ombligo y el sexo en los centros del círculo y del cuadrado que describiera Vitruvio casi quince siglos antes que Leonardo los dibujara, nos dan una idea del estado de esa ciencia –la Geometría- hacia el 1.500 en Italia.

Todos los pintores y escultores del Renacimiento realizaron, como Leonardo, estudios de caras, manos, brazos y cuerpos en posturas diversas, que les sirvieron para preparar sus pinturas, realizando así lo que podríamos llamar estudios antropométricos con finalidad artística; algunos, como Miguel Angel y el propio Leonardo, dibujaron miembros diseccionados de cadáveres, aprendiendo así Anatomía y yendo más allá de la representación del cuerpo humano, a la comprensión de su biomecánica. En estos años, Europa recuperó muchos de los saberes que tuvo la Antigüedad clásica y que se perdieron durante la Alta Edad Media para ir reencontrándolos lentamente hasta llegar al gran cambio que representó la Modernidad: el final del Medioevo. El dominio de la representación del cuerpo humano fue una de las habilidades recobradas.

El descubrimiento de pueblos de otras razas, en culturas lejanas de la China o de las Américas, hizo despertar el interés por lo que más tarde llamaría Linneo (1707-1778) la Antropología Racial. Ya Marco Polo (1254-1324) excitaba a sus contemporáneos venecianos con la simple descripción de las gentes que había visto y de sus costumbres y no es sorprendente que, quinientos años después, el siglo de las luces dedicara una disciplina científica a las particularidades de las distintas razas humanas.

Pero la cuantificación de de conceptos abstractos, como la talla de una población, o el intento de catalogar los rasgos antropomórficos de los criminales, no apareció hasta el siglo XIX2; de ello es un ejemplo el belga Adolphe Quetelet (1796-1874), que introdujo instrumentos matemáticos en el estudio de la Biología; citemos como ejemplo su definición del concepto “obesidad” de acuerdo con una fórmula aritmética –o índice de Quetelet- que relacionaba el peso y la altura de la persona de la siguiente forma:

Índice de Quetelet= = (peso en kilos ) / (altura en metros)2

Si el Índice de Quetelet de un sujeto es mayor que 30, se le clasifica de obeso.

Es interesante el interés por cuantificar un concepto tan amorfo como es la obesidad; a este interés por evaluar objetivamente lo que podría ser estimado subjetivamente, se debe el uso de la curva de Gaus que Quetelet introdujo como instrumento matemático de evaluación de fenómenos que sólo pueden ser entendidos desde conceptos estadísticos.



Fig 2
Antes de que Marcel Duchamp pintara en 1912 su “Desnudo bajando por la escalera”, en 1880 Muybridge en USA y Marey en Francia habían realizado fotografIas de cuerpos desnudos en movimiento, en los mismos años en que el “padre” de la “Organización Científica del Trabajo”, Taylor, se interesaba por el movimiento con miras a optimizar el rendimiento de la persona que trabaja. Para Taylor la Antropometría iba unida a la Biomecánica: su fascinación por las medidas del trabajador estaba focalizado por el rendimiento de este en su tarea. A partir de aquí creció el interés por la eficacia de los movimientos de los trabajadores y, en 1912 los esposos Gilbreth realizaron estudios sobre el desplazamiento del cuerpo del trabajador, basados en las imágenes fotográficas tomadas durante la acción de ejecutar el quehacer de una operación determinada.

Los problemas de índole militar en la interacción hombre-máquina que se presentaron en las dos guerras mundiales produjeron un avance en el estudio de la ocupación del cuerpo humano en el interior de artefactos de guerra, así como en el del manejo de mandos y señales en los vehículos utilizados por los ejércitos. Las tablas antropométricas realizadas entre la población de soldados con fines que podríamos llamar de “ergonomía militar” partían de unas muestras suficientemente amplias y homogéneas y debían ser, por ello, muy fiables: al final de la segunda guerra mundial ya se hablaba de “Human Engineering”, concepto que deberíamos traducir por “Ingeniería de los factores humanos” o, simplemente, por “Ergonomía”. Y dentro de la práctica de esta “Ergonomía”, veamos en qué pueda sernos útil la Antropometría tradicional en la práctica rutinaria del diseño de puestos de trabajo, de ocio, de reposo, de oración… de cualquier configuración, en fin, que tenga como protagonista al ser humano.

El adjetivo de “tradicional” que se añade a la Antropometría de la que vamos a hablar obedece a que se entiende que los rayos X, las resonancias magnéticas y otros métodos recientes y sofisticados, de conocimiento del cuerpo humano, también son Antropometría, pero no son procedentes para la casi totalidad de los análisis hombre- objeto que podamos llevar a cabo. Estos se realizarán casi siempre, a partir de nuestras propias mediciones o de las tablas antropométricas de que dispongamos, y creo que vale la pena reflexionar sobre la fiabilidad de estas y sobre el grado de indeterminación que conllevan las observaciones que nos conducen al establecimiento y uso de tablas antropométricas. Pero antes debo llamar la atención sobre el intento “vitruviano” de relacionar hombre y objeto, que realizó el arquitecto Le Corbusier a mediados del siglo XX.
1.3 El Modulor de Le Corbusier, que ignora la Ergonomía, no es una Antropometría

La ignorancia que de la Ergonomía tuvieron los maestros del Movimiento Moderno de la Arquitectura y Artes Plásticas y, en particular Le Corbusier, contrasta con su pasión por lo nuevo, las máquinas y lo minimalista. En el portal de Internet de la “Académie de Nancy-Metz”, alaban al arquitecto suizo en estos términos:

“(Le Corbusier) …pensaba que el hombre debe adaptarse a la Arquitectura, y no a la inversa.” (http://www.ac-nancy-metz.fr/). No se puede decir nada más anti-ergonómico.

Como ya hicieran los clásicos, Le Corbusier trata de poner en relación las medidas del hombre con las de los objetos construidos; para ello parte de un hombre que midiera 183 cm y que tuviera el ombligo a 113 cm sobre el nivel del suelo; al levantar la mano, este sujeto virtual debería tener la punta del dedeo medio 226 cm por encima del nivel del suelo. A través de una serie de operaciones muy bellas desde el punto de vista aritmético y plástico, deduce unas series de medidas que le sirven para poner orden en los proyectos de construcción, pero que desde el punto de vista de la Ergonomía no sirven para nada. Para el Modulor, el usuario es esa sombra que ha de encajar en la red de medidas hechas a imagen del sujeto virtual que inventa Le Corbusier, y así vemos, en la tercera casilla de la imagen, al hombretón de 183 cm obligado a escribir en una mesa de 70 cm de alto. Las lumbalgias que estas medidas han de proporcionarle al pobre hombre son evidentes. Para sentar al usuario no debemos forzarlo a cuadricularse para entrar en los números de una serie que viene de la Aritmética y no de la Anatomía o la Biomecánica.

Consideremos, pues, este invento del ruidoso Le Corbusier como algo que, si bien quizá pueda ser un buen ejercicio para los alumnos de Arquitectura, es nefasto para la cultura postural del resto de la gente.


Fig 3

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