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Mayada

Hija de Irak

Jean Sasson

Traducción de

Verónica Canales Medina




Título original: Mayada, Daughter of Iraq
Primera edición: marzo, 2004
© 2003, The Sasson Corporation

Publicado por acuerdo con Dutton, una división de

Penguin Group (USA) Inc.

© 2004, Random House Mondadori, S. A.

Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2004, Verónica Canales Medina, por la traducción
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografia y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 84-01-33519-1

Depósito legal: B. 8.788 - 2004

Fotocomposición: Fotocomp/4, S. A.
Impreso en A & M Gràfic, S. L.

Santa Perpètua de Mogoda (Barcelona)

L 3 3 5 1 9 1

Samira
y a todas las mujeres
en la sombra de la celda 52

ÍNDICE

NOTA DE LA AUTORA 7

Conocer a Mayada 7

ÁRBOL GENEALÓGICO
DE LA FAMILIA DE MAYADA 16

MAPA DE IRAK 18

MAPA DE IRAK Y PAÍSES LIMÍTROFES 19

PLANO DE LA PRISIÓN 20

1 21

Las mujeres en la sombra
de la celda 52 21

2 40

Las cuatro puertas negras 40

3 58

Yido Sati 58

4 70

Sadam Husein 70

5 86

La esposa de Sadam
"la señora" Sanida 86

6 105

Ali el químico y el velo 105

7 130

Tortura 130

8 146

El doctor Fadil
y la familia de Mayada 146

9 169

El gorjeo de la qabaj 169

10 187

Querida Samira 187

APÉNDICE I 196

EXTRACTO DEL DISCURSO EN LA CÁMARA DE LOS COMUNES DEL HONORABLE PARLAMENTARIO WINSTON CHURCHILL EL 14 DE JUNIO DE 1921 196

APÉNDICE II 199

JEFES DE ESTADO IRAQUÍES
DESDE LA CREACIÓN DE IRAK EN 1921 199

ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS DE IRAK 200

GLOSARIO 206

NOTA DE LA AUTORA


Conocer a Mayada

Los lugares lejanos siempre me han atraído. Por eso, cuando se me presentó la oportunidad de viajar a una de las partes más exóticas y peligrosas del mundo, acepté el desafío.

En 1978 era una mujer joven cuando dejé Estados Unidos para trabajar en el hospital Rey Faisal en Riyadh, donde permanecí hasta 1990. Durante los doce años que viví en Arabia Saudí, creé un sólido círculo de amistades con mujeres saudíes. Gracias a esas amistades empecé a entender qué suponía ser mujer en una sociedad dominada por los hombres, con pocos recursos y sin protección ante actos de violencia y crueldad individualizadas.

Desde ese primer viaje he recorrido Oriente Próximo en toda su extensión: Líbano, Egipto, Jordania, Siria, Israel, Palestina, los Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kuwait. Dondequiera que fuera hablaba con mujeres y niños. Visitaba hospitales y orfanatos. Asistía a fiestas. Al pensar ahora en mi éxito a la hora de conocer a los habitantes locales, creo que se debía a que ellos estaban tan interesados en mí como yo en ellos.

Mi única frustración fue que las numerosas tierras de Oriente Próximo que visité estaban plagadas de desgracias; aunque al margen de la visible pobreza, las personas que conocí siempre tenían un gesto de hospitalidad y abrían con alegría las puertas de su casa y de su corazón a una viajera estadounidense.

Tras la guerra del Golfo de 1991, Oriente Próximo al completo se sumió en una turbulencia aún mayor, pero en especial Irak. Desde la guerra, estaba interesada en los iraquíes, tenía curiosidad por un pueblo que había vivido entre guerras y bloqueos provocados por su propio presidente, Sadam Husein. Alentada por mi interés, decidí visitar Irak en el verano de 1998.

Como autora de un libro donde se critica a Sadam, sabía que jamás conseguiría un visado de un funcionario del gobierno, así que escribí directamente al presidente iraquí y le envié un ejemplar de mi libro The Rape of Kuwait. En la carta contaba a Sadam que no había estado de acuerdo con su idea de invadir Kuwait, pero que me interesaba el bienestar de los iraquíes de a pie que vivían con los bloqueos. Quería ver con mis propios ojos cómo se las arreglaba el pueblo iraquí.

Tres semanas más tarde recibí una llamada telefónica de Bagdad en la que me informaron de que mi visado sería concedido a través de la Misión de Naciones Unidas en Nueva York.

Hice las maletas con víveres de guerra —latas de conserva, linternas y velas— y partí hacia Bagdad el lunes 20 de julio de 1998. Debido a los bloqueos impuestos por Naciones Unidas, los aviones no podían volar hasta Irak, así que tendría que empezar mi viaje desde un país vecino. Dada la distancia hasta Bagdad desde otras grandes ciudades de la zona y los disturbios que todavía plagaban las regiones del norte y el sur de Irak, Jordania parecía el lugar perfecto para iniciar mi recorrido.

La nación de Jordania fue fundada por Gran Bretaña tras la Primera Guerra Mundial, durante la reforma del debilitado Imperio otomano. Hoy en día, Jordania ocupa una superficie de unos 96.000 kilómetros cuadrados (apenas la superficie de Indiana) y es el hogar de cuatro millones de personas, que son en su mayoría palestinos. El diminuto país hace las veces de autopista entre Siria y Arabia Saudí, y conecta la ciudad siria de Damasco y la ciudad santa saudí de Medina, y de una forma bastante parecida hacía las veces de punto de encuentro en las rutas de las caravanas de la antigüedad.

Siete horas después de embarcar en Londres en el vuelo 6707 de las Reales Aerolíneas Jordanas, llegué al Aeropuerto Internacional de la Reina Ali, a cuarenta y cinco minutos en coche de la capital, Ammán.

La desvencijada zona de equipajes del aeropuerto me recordó que muchos consideran Jordania como algo más que un lugar donde esperar la siguiente conexión aérea. Aun así, Jordania es una tierra de interesantes contrastes; desde Aqaba, la cuna de las extraordinarias aventuras de T. E. Lawrence, pasando por la meseta de grava del desierto sirio-árabe, donde las tribus beduinas han llevado a pastar desde hace siglos a sus ganados, hasta la legendaria Petra de las tumbas nabateas, de un color entre rosado y rojizo, donde una tribu nómada excavó ornamentados edificios y sepulturas en la roca dura.

Observé la multitud que esperaba y no tardé en localizar a un hombre árabe de mediana edad con unos gastados pantalones de color beis y camisa azul, que llevaba un enorme letrero blanco con mi nombre escrito con letras azules. Permanecí sentada en la parte trasera de su más que destartalada ranchera Peugeot 504 durante los cuarenta y cinco minutos de camino hasta el hotel Inter-Continental de Ammán y, tras un rato de conversación de cortesía, volví a recostarme en el asiento y me quedé callada mirando por la ventanilla.

Llegó el crepúsculo y las plantas del desierto local proyectaron sus delgadas sombras sobre el cielo de color rosa peonía. Tal como acostumbran, muchos jordanos se habían dirigido con sus coches a las afueras de la ciudad, donde extendían multicolores alfombras orientales sobre pequeños montículos de tierra para sus picnics nocturnos. Brillaban docenas de diminutas hogueras que hacían resaltar las sombrías siluetas de las mujeres que asaban pollos en las brasas. Pequeñas lumbres destellaban mientras los hombres árabes gesticulaban y daban énfasis a sus palabras con sus cigarrillos encendidos, y las escuetas sombras iban a toda prisa de aquí para allá mientras los niños jugaban sobre la arena infinita. Bajé la ventanilla del coche y oí el chisporroteo de las hogueras mezclarse con las voces quedas de las reuniones familiares, y por un momento fugaz deseé pertenecer a una de esas familias.

Ammán es una interesante ciudad asentada entre siete montañas. No tardamos en llegar al Inter-Continental, que está en el centro del barrio diplomático situado en lo alto de una de esas montañas. Había escogido el hotel sin otro motivo que el de suponer que se trataba de un sitio seguro, con buena comida, donde podía comprar víveres y organizar el trayecto por tierra de 1.046 kilómetros hasta Bagdad.

Esa primera noche dormí a pierna suelta. A la mañana siguiente, después de hacer varias llamadas de teléfono, llegó al Inter-Continental el propietario jordano de la agencia de viajes Al-Rahal en un Mercedes blanco. La tarifa que ofrecía por un viaje de ida y vuelta de Ammán a Bagdad era de 400 dólares estadounidenses, la mitad abonados antes de salir de Ammán y el resto antes de salir de Bagdad. Le pagué los primeros 200 dólares y me dijeron que esperase la llegada de un vehículo de cuatro ruedas a las cinco y media de la mañana siguiente. Un hombre jordano llamado Basem sería mi chófer.

Las personas con las que me encontré ese día se quedaban bastante sorprendidas cuando se enteraban de que iba a viajar sola a Irak. Tenían sobradas razones para estar preocupadas. El verano de 1998 fue una época de enormes tensiones entre el presidente iraquí, Sadam Husein, y el jefe de los inspectores de armas de las Naciones Unidas, Richard Butler. El señor Butler era un personaje insistente, un hombre decidido a descubrir y destruir las armas iraquíes, un hombre que se había ganado el apodo de Perro Loco Butler, acuñado por el mismísimo Sadam Husein. El presidente iraquí se mostraba igual de implacable e inquebrantable en su lucha por preservar su tan deseado y protegido armamento, por supuesto, y las noticias occidentales dejaron ver que Richard Butler estaba a todas luces exasperado por la falta de cooperación de los funcionarios iraquíes. Todos los habitantes de la zona temían que algo desagradable fuera a ocurrir entre el agresivo dictador al este y el enemigo empecinado al oeste. Ante la perspectiva de la creciente tensión y la animosidad en aumento de Sadam, eran pocos los miembros de los medios de comunicación estadounidenses que se plantearan siquiera viajar a Irak ese verano, y los que sí lo hacían solían viajar de incógnito, por lo general, con la excusa de trabajar para organizaciones humanitarias.

Sin embargo, yo siempre he sido amiga de la aventura y pensaba que era mejor viajar sola. Así que con gran anticipación salí de Ammán a la hora convenida; sentía aflorar con intensidad la sensación de aventura.

No tardamos en dejar atrás Ammán, y pasamos por el barrio de Zarqa antes de llegar al oasis de Al-Azraq, conocido por su carretera llena de baches y desniveles. El estrecho camino, abarrotado de enormes camiones y autobuses, hizo que se me encogiera el corazón de miedo. Se me secó la boca por la aprensión cuando me di cuenta del gran número de buses destartalados y carcasas de camiones que había en el recorrido; parecían gigantescas bestias que habían sido víctimas de muertes agónicas.

Durante largas horas, Basem y yo viajamos por tierras de una monotonía tan infinita que daban la impresión de haber sido barridas por fuertes vientos. Viajábamos a cuatro kilómetros por hora, aunque parecía imposible escapar de la capa marrón de tierra polvorienta, de los pequeños árboles retorcidos y de las plantas espinosas.

El terreno era agreste, aunque al final y con brusquedad cambió de forma y color para dejar paso a rocas de lava negra que se esparcían bajo el sol de mediodía. Por desgracia, pronto volvimos a entrar en un terreno monótono de llanuras inhóspitas y arenosas, y sin ninguna característica destacable.

A medida que pasaba la mañana, nos acercábamos más a la frontera iraquí. Desde la época de la antigua Mesopotamia, el país conocido en la actualidad como Irak había desempeñado un papel crucial en toda la región, y como resultado había sido invadido y conquistado en numerosas ocasiones. Desde Mongolia hasta el Imperio otomano y el británico, fueron muchas las potencias extranjeras que habían intentado hacer suyas la belleza y comodidades de Mesopotamia. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, los británicos crearon la moderna nación de Irak, obligando a los kurdos, suníes y chiíes a unirse con naturalidad en un solo grupo.

Tras cruzar la frontera y pasar sin problemas por la aduana iraquí, el corazón me empezó a latir con fuerza por la emoción. Poco después asomó el ancestral río Éufrates. Pasamos por la región llamada Al-Anbar, una zona dominada por suníes iraquíes, en su gran mayoría de la tribu dulaimi. Este pueblo era muy partidario de Sadam Husein. Incluso después del sinsentido de la guerra del Golfo de 1991, Sadam recibió una bienvenida tan calurosa en la zona que reaccionó de una forma inesperada para un hombre lleno de impulsos paranoicos: vació el cargador de su revólver disparando al aire, lo que lo dejaba indefenso.

Al final, después de siete horas de viaje, la suave cadena montañosa de Bagdad apareció en lontananza, con las copas de las palmeras y los tejados que se erguían sobre la llanura. Contemplé en silencio las casas marrones que, tras lo inhóspito del desierto, adoptaron la dimensión de una gran civilización. Pequeñas mezquitas con altísimas cúpulas se desgranaban en el horizonte. Casas con balcones y patios asomaban seductoras por las pequeñas encrucijadas. Aquí y allá veía flores de un violeta descarnado o blanco prístino que crecían de forma caótica, luchando por ascender a la sombra de una palmera.

Las esquinas estaban llenas de peatones que se abrían paso por las concurridas calles de la ciudad. Por desgracia, las antiguas y silenciosas vías de Bagdad se habían vuelto caóticas, con viejos coches de ruedas gastadas avanzando con parsimonia a la zaga de renqueantes autobuses que escupían humo negro. Me constaba que las guerras y los bloqueos provocados por el gobierno iraquí habían aislado a los iraquíes del resto del mundo, así que la visión de un pueblo de rostros sombríos vestidos con ropas ajadas no fue una sorpresa. Cuando parábamos en los semáforos en rojo, analizaba las caras, consciente de que estaba en medio de una nación de personas que habían vivido una existencia en condiciones de un dramatismo inimaginable. Cualquier hombre o mujer que rondase mis mismos cincuenta años habría sido testigo de rebeliones y revoluciones, de la coronación de reyes, de numerosos golpes de Estado, de hallazgos de petróleo, de la promesa de grandes riquezas nacionales, riquezas maltrechas por las brutales guerras, una represiva policía estatal y agobiantes bloqueos.

Con la luz mortecina escuché la voz del muecín llamar a los musulmanes a la oración del ocaso. Alcé la vista y vi una pequeña ciudadela que miraba a la calle. La voz grave y musical se elevaba desde lo alto de la ciudadela mientras el sol se iba poniendo poco a poco. Basem giró en el hotel Al-Rashid. Había llegado sana y salva.

Irak era un fascinante estudio de contrastes. Aunque reprimido, el pueblo iraquí era sorprendentemente abierto y amigable. El personal del hotel Al-Rashid se mostraba siempre correcto, me enseñaban fotos de sus familiares y me cubrían de pequeños regalos que sabía que apenas podían pagar. El personal del Ministerio de Información me invitó a una de sus casas, donde comí su comida y conocí a sus amigos. Los guardias del exterior del ministerio me acompañaron hasta el coche para contarme historias sobre sus familias. Las madres y los padres de los niños que morían de leucemia en un hospital de la zona compartían conmigo pequeños tentempiés cuando visitaba las salas infantiles. Mi nuevo chófer, contratado gracias al gerente del Al-Rashid, no aceptó ningún otro empleo durante mi estancia y se quedaba sentado durante cuatro horas en el vestíbulo si yo no necesitaba nada. Y después de que tres hombres desconocidos tocaran a mi puerta la primera noche de mi estancia, la dirección del hotel me proporcionó un guardia que vigilaba mi cuarto las veinticuatro horas.

Sin embargo, la parte más maravillosa del viaje aún estaba por llegar. Dos días después de mi llegada a Bagdad, conocí a la única e inolvidable Mayada al-Askari, una mujer con la que tengo una relación más íntima que con una hermana.

La buena suerte de conocer a Mayada se debió a mi decisión de que una mujer, y no un hombre, fuera mi traductora mientras visitaba Bagdad. Tras mi primer día en la ciudad, me pregunté por qué ningún miembro del Ministerio de Información me había hecho una visita; había leído mucho sobre su intrusismo con los invitados extranjeros. El segundo día ya estaba impaciente y pedí a mi chófer que me llevase al ministerio, donde planeaba pedir un traductor. Me dijeron que un hombre llamado Shakir al-Dulaimi dirigía el Centro de Prensa del ministerio.

Entré al despacho de Shakir e hice la broma de que había oído que los extranjeros eran seguidos por gorilas iraquíes, pero que al parecer nadie se había enterado de que yo estaba en la ciudad. ¿Es que no era lo suficientemente importante como para tener un gorila? A Shakir le hizo gracia y me dijo que, si yo quería, haría que un hombre iraquí me acompañase.

Como estaba interesada ante todo en los temas relacionados con las mujeres árabes, y sabiendo, gracias a mis años de vida en Oriente Próximo, que ninguna mujer árabe hablaría con espontaneidad delante de un hombre árabe, le dije a Shakir que tendría que declinar su amable ofrecimiento. Insistí en que solo aceptaría una traductora. Tras discutir un poco, Shakir levantó las manos al aire y se encogió de hombros, señal árabe de derrota amistosa, y accedió a mi petición. (Más adelante supe que la política oficial del gobierno era contratar solo traductores hombres.)

Regresé al despacho de Shakir a la mañana siguiente, donde conocí a una mujer iraquí ataviada con modestia con un vestido que le llegaba hasta los tobillos, y la cara enmarcada por un velo negro.

Su estatura era normal y estaba un poco rellenita; tenía la cara blanca y mejillas sonrosadas, y un brillo de expectación en sus ojos de color verde claro. Nos estudiamos mutuamente. Ella miraba a Shakir y luego me miraba a mí.

La mujer parecía amable, y yo sonreí llena de esperanza, con el deseo de que fuera mi guía durante el resto de mi estancia en Irak.

Respondió a mi sonrisa con otra tentativa.

—Jean, esta es tu mujer —anunció Shakir, mirándome.

—Me llamo Mayada al-Askari —dijo ella con una voz agradable y ligero acento iraquí. Más adelante me contó que hacía muchos años que el ministerio no la contrataba, que los hombres que se encargaban de ello llamaban casi de forma exclusiva a traductores hombres. Me sentí contenta, y creo que ella también, por haber declinado con tozudez la oferta inicial de Shakir.

Mayada y yo no tardamos en hacernos amigas. Enseguida me di cuenta de que hablaba inglés con fluidez y de que tenía un maravilloso sentido del humor. Era divorciada y tenía una hija de quince años llamada Fay y también un hijo de doce años, Ali. Mayada compartía mi pasión por los animales; era la orgullosa dueña de dos gatos domésticos, uno de los cuales acababa de dar a luz.

Durante las semanas siguientes descubrí que Mayada era una de las hijas de la antigua Mesopotamia, conocida por el mundo moderno como Irak. Se sentía orgullosa de su país por una buena razón: durante gran parte de su historia, Mesopotamia fue un glorioso paraíso de la antigüedad. La cultura produjo pintores, poetas y estudiosos, y algunos mandatarios de sus albores fueron poderosos creadores dedicados a la literatura y las buenas acciones, y fueron los primeros en establecer las leyes y la libertad en el mundo.

Aunque muchos reformadores mesopotámicos lucharon por mejorar el destino de los ciudadanos de la nación, estos juiciosos mandatarios solían ser víctimas de violentos derrocamientos perpetrados por tiranos que sumieron al país en la violencia durante años. Mucho antes del gobierno de Sadam Husein, estallaron continuos conflictos en la tierra de Mayada. Bendecida con dos ríos importantes en una región conocida por sus desiertos, una situación geográfica envidiable que era puente entre ajetreados centros comerciales, y grandes riquezas, Mesopotamia era un objetivo codiciado. Desde los antiguos sumerios hasta los mongoles pasando por el gran Tamerlán hasta los persas y los otomanos, el país fue repetidas veces conquistado y perdido.

Para entender a la familia de Mayada, es necesario saber algo del Imperio otomano, que gobernó en todo Oriente Próximo de 1517 a 1917, y en Irak desde 1532 hasta 1917. Este vasto imperio incluía Asia Menor, Egipto, parte del norte de África e incluso una franja del sudeste de Europa. En todas las regiones que conquistaban, los otomanos designaban a una serie de aliados de ideas afines para el gobierno. Los sultanes del Imperio otomano eran musulmanes suníes, así que solían nombrar miembros de la secta suní para ocupar cargos de autoridad. Esto otorgaba a los suníes, que constituían un grupo minoritario, poder sobre todos los iraquíes, incluida la mayoría chií. Así, los gobernantes otomanos prepararon el terreno para que hubiera un patrón de tensiones étnicas permanentes en el país de Mayada. No obstante, mientras los otomanos ejercían el poder, estas tensiones hervían a fuego lento bajo la superficie, en lugar de estallar en el caos. En cuanto el Imperio otomano hubo caído, explotaron enconadas hostilidades, y esas mismas fuerzas inestables siguen vivas en el país.

El Imperio otomano fue derrocado tras la Primera Guerra Mundial; la decisión del sultán de aliarse con las fuerzas alemanas durante la guerra supuso su sentencia de muerte. Con la caída de los otomanos, los árabes albergaron grandes esperanzas —habían soportado la violación de los derechos humanos durante siglos de mandato otomano— de poder crear naciones libres y vivir con dignidad. Por desgracia, su tormento no acabó con la desaparición de los otomanos porque los británicos y los franceses ya habían situado a sus ejércitos para llenar el vacío. Los árabes descubrieron para su sorpresa que sus conquistadores europeos se creían los dueños por derecho de todos los recursos de la región, más que los árabes. De esta forma, el ciclo de desposeimiento siguió sin romperse. Los británicos se sentían más cómodos con los guardias suníes, y por eso la minoría suní siguió teniendo más poder que la mayoría chií.

Estos enormes giros de la fortuna del Imperio otomano no tardaron en condicionar la vida de los abuelos y padres de Mayada, porque su linaje se remontaba a los mismísimos palacios otomanos.

Tanto los abuelos paternos como los maternos de Mayada habían sido respetables ciudadanos del vasto imperio y fueron víctimas de la desintegración del mandato otomano posterior a la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. Y en la esperanza de la creación de prósperas y libres naciones árabes, ambos abuelos también estuvieron implicados en la formación y el gobierno de los nuevos estados árabes de Siria e Irak.

El abuelo paterno de Mayada, el bajá Yafar al-Askari, era un hombre extraordinario que fue comandante del Ejército Regular Árabe y luchó junto a T. E. Lawrence y el príncipe Faisal para derrocar al Imperio otomano. El abuelo materno de Mayada, Sati al-Husri, era admirado en todo el mundo árabe como genio y padre del nacionalismo árabe, y fue uno de los primeros estudiosos en sugerir un gobierno independiente para los países árabes.

Al igual que sus padres y abuelos, Mayada era musulmana suní de nacimiento. La secta suní es la mayoritaria de la fe islámica de todo el mundo, aunque es una secta minoritaria en numerosos países árabes, incluido Irak. La madre de Mayada, Salwa al-Husri, era hija de Sati al-Husri, mientras que el padre de Mayada, Nizar al-Askari, era hijo del famoso guerrero y funcionario del gobierno Yafar al-Askari.

El hogar de la familia de Mayada era una popular «casa política», y eran frecuentes las visitas y llamadas de personajes relacionados con el mundo de la política. Puesto que fue una amada hija y nieta, su familia le sirvió de guía por una senda de aprendizaje y privilegios; se suponía que se convertiría en médico o pintora y que tendría una vida llena de acontecimientos culturales.

Sin embargo, los conflictos políticos suelen alterar todos los planes proyectados con esmero. En 1968, cuando el Partido Baaz subió al poder, la mayoría de los intelectuales huyeron a los países vecinos, pero el padre de Mayada se estaba muriendo de cáncer y recibía tratamiento en un hospital local. La familia de Mayada decidió quedarse en Bagdad.

Pese al mandato de Sadam Husein, que se volvía más tiránico con el paso de los años, Mayada seguía viviendo en Irak. Creció en Irak. Ejercía su carrera de periodista en Irak. Se casó en Irak. Tuvo dos niños en Irak. Sobrevivió a la guerra de Irán-Irak. Sobrevivió a la guerra del Golfo. Sobrevivió a los bloqueos. Mayada sufrió casi todas las fases de la turbulenta historia moderna de su país. Pese a los padecimientos, siempre creyó que podía seguir viviendo en Irak, la tierra que había amado desde niña.

En una ocasión estábamos visitando la sala infantil de un hospital de Bagdad. Me sentí tan sobrecogida por la miseria de esos niños que agarraban con desgana los juguetes especiales que les había regalado que tuve que luchar para no dejarme llevar por las emociones. Justo cuando estaba a punto de romper a llorar, sentí la mano reconfortante de Mayada en el hombro. La apenaba ser testigo de mi tristeza. A continuación entró una enfermera en la sala y sin preparar a los niños para las agujas, empezó a pincharlos. Al ver a tantos niños gritando, me sentí desesperada por parar sus llantos y empecé a bailar y a cantar, con la esperanza de que dejaran de pensar en los dolorosos pinchazos. Mi alocado comportamiento arrancó un par de tímidas sonrisas de los pequeños y carcajadas atronadoras de sus padres, puesto que no tengo ningún talento ni para bailar ni para cantar.

Mayada me pidió que saliésemos del hospital. Me sorprendí cuando empezó a confesarme lo mucho que odiaba a Sadam Husein, y que su único sueño era vivir para ver el fin de su mandato. Me dijo lo que todos sabíamos ya, que él era el máximo responsable de la miseria de aquellos niños. El dictador no solo había empezado las guerras que provocaron los bloqueos, dijo Mayada, sino que además Sadam estaba tan ansioso por culpar a los bloqueos de la mortalidad infantil que se sabía que retenía los medicamentos de los hospitales; por ejemplo, podía permitir que solo se administrase un medicamento para los pacientes con leucemia que necesitaban sin duda dos o tres medicinas diferentes para combatir ciertos cánceres. También era sabido que Sadam exhibía por las calles féretros infantiles, para poner al mundo en contra de Estados Unidos.

Por miedo a que alguna persona leal a Sadam pudiera oírnos, le pedía que se tranquilizase, pero nada de lo que dijera pudo detener su diatriba.

Había visto con mis propios ojos que Sadam Husein había convertido Irak en una gran jaula. Parecía que todos los iraquíes estuvieran esperando ser detenidos y torturados por alguna infracción imaginada por el Estado, pero el gobierno de Sadam parecía permanente, y tenía pocas esperanzas de que los iraquíes se liberasen pronto. Cuando pregunté a Mayada por qué no se iba a Jordania y vivía allí con su madre, Mayada se justificó por la lealtad hacia su país —pero de ninguna manera hacia Sadam Husein— al explicarme que debía vivir en la tierra donde estaba la tumba de su padre. Como iraquí, pertenecía a Irak, al margen del peligro.

Mi visita a Bagdad fue breve, y tras unas pocas semanas Mayada y yo tuvimos que despedirnos.

El día que dejé Bagdad fue triste, aunque desde nuestro primer encuentro, Mayada y yo supimos que seríamos amigas de por vida. En cuanto hube regresado a Estados Unidos, nos adaptamos con toda facilidad a nuestra amistad a larga distancia. Nos escribíamos cartas y nos llamábamos, con lo que nos poníamos en contacto todas las semanas.

Un año después de conocernos, Mayada desapareció. Nadie respondía a las llamadas. No recibía contestación a mis cartas. Sin embargo, cuando ya empezaba a desesperarme, ella me llamó. Estaba en su casa de Bagdad, y me contó que había estado «a la sombra», que había estado en prisión. Sabía muy bien que no podía hacer preguntas, y solo cuando huyó a Jordania pude conocer la historia completa de la detención, las torturas y la huida.

Cuando la detuvieron, una cadena de acontecimientos puso en marcha este libro. En 1999, Mayada huyó de Irak. En 2000, su hija Fay huyó de ese mismo país. En 2001, Nueva York y Washington sufrieron un ataque terrorista. Ese mismo año, el presidente George Bush envió las tropas estadounidenses a acabar de raíz con las facciones terroristas. En 2002, Bush decidió que los iraquíes ya habían sufrido bastante con el gobierno de Sadam Husein, y a principios de 2003, las fuerzas de la coalición derrocaron al dictador. Ese año, Mayada decidió que quería que el mundo supiese la verdad sobre la vida iraquí, la verdad contada por alguien que había visto el país desde todos los ángulos, desde los palacios de Sadam hasta las cámaras de tortura. Después de hablar durante semanas de la posibilidad de este libro, Mayada me pidió que escribiera la historia de su vida, y yo accedí.

Durante la creación de esta obra he conocido y querido a muchos miembros de la familia de Mayada. Esos grandes hombres y mujeres que desempeñaron papeles vitales en la creación del moderno Irak. Aunque esas maravillosas personas que vivieron antes que ella ya han desaparecido, me siento aliviada por el hecho de que la historia moderna de Irak se encuentra en los genes de Mayada al-Askari, y a través de esta notable mujer, la verdadera realidad de la vida moderna iraquí se propagará a través de los tiempos.
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