Ciencia, Tecnología y Sociedad






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títuloCiencia, Tecnología y Sociedad
fecha de publicación02.01.2016
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Ciencia, Tecnología y Sociedad

TRABAJO PRÁCTICO Nº 1

Hechos que influyeron en el surgimiento de CTS.

Primer satélite enviado al espacio: Sputnik 1

Profesora: Belén Acevedo

Integrantes: Bartoloni, Paolo Matías

Batalla, Javier

Fernández, Melissa Luján

Luque, Gabriel

Maidana, Maria Eugenia

Valdéz, Gisela

Zampallone, Daniel

Primer satélite enviado al espacio: SPUTNIK 1

El 4 de octubre de 1957 comienza la Era Espacial con el lanzamiento exitoso del primer satélite artificial de la historia, el Sputnik I, primero de varios satélites lanzados por la Unión Soviética en su programa Sputnik. Fue lanzado desde Kazajistán, antes parte de la URSS. Su nombre, en ruso, significa “compañero de viaje”.

El Sputnik I alcanzaba a duras penas el tamaño de un balón de básquetbol pesando 84 kilos y con 60 centímetros de diámetro, alcanzando orbitar una elíptica alrededor de nuestro planeta en 98 minutos. Estaba equipado con instrumentos de telemetría básicos y dos transmisores de radio todo alimentado por baterías químicas. Usaba cuatro largas y finas antenas que parecían largos bigotes de 2,4 a 2,9 m de longitud.

Obtuvo información acerca de la densidad de las capas altas de la atmósfera y la propagación de las ondas de radio en la ionosfera. Unos meses después, el 4 de enero de 1958, se incineró durante su reentrada.

Contexto histórico y social:

Luego de poco más de quince años de finalizada la segunda guerra mundial existían dos potencias que luchaban por la hegemonía del mundo: Estados Unidos y la Unión Soviética. Dicha lucha implicaba aspectos políticos, económicos, culturales, deportivos y militares. Precisamente, luego del desarrollo de las bombas atómicas el poseer un satélite artificial implicaba tener la posibilidad de lanzamientos de misiles aire - tierra desde satélites artificiales, el Sputnik I creó en los países occidentales el temor creciente de una guerra nuclear sin escalas desde el cielo.

En 1952, cinco años antes de que el mundo supiera de la existencia del Sputnik I, el Consejo Internacional de uniones científicas estableció  el Año Internacional Geofísico (IGY en inglés) desde el 1 de Julio de 1957 al 31 de Diciembre de 1958, debido a que los científicos conocían que la actividad solar en esas fechas tendría un pico. Debido a esto el consejo emite en Octubre de 1954 un llamado a los países del mundo estableciendo la necesidad de la construcción de satélites artificiales para realizar un mapeo de la superficie terrestre. Pero en Octubre de 1957 la Unión Soviética sorprende al mundo con la noticia del lanzamiento en órbita terrestre del Sputnik I, los ojos del mundo se tornan entonces a la ciudad de Moscú desde donde se informa al mundo de la sorprendente rapidez con la que los soviéticos lograron tal proeza, desde el cosmódromo de Baikonur.

En Norteamérica los ciudadanos estadounidenses empiezan a pasar por una paranoia misilística, la posibilidad de que los rusos puedan enviar misiles desde satélites o puedan incluso desarrollar misiles tierra - tierra que viajen desde Moscú o desde la Siberia a las principales ciudades norteamericanas provoca la airada protesta de los norteamericanos. Y no es para menos, demostrando al mundo su desarrollo tecnológico los soviéticos envían nuevamente al espacio un segundo satélite artificial: el Sputnik II lanzado el 3 de Noviembre de 1957 con una sorpresa aún mayor y hasta ese instante sin precedentes: el Sputnik II llevaba a bordo un ser vivo; una perra llamada Laika.

Consecuencias y repercusiones mundiales:

El lanzamiento de este primer satélite provocó en Estados Unidos la llamada “Crisis de Satélites” al entender que la URSS les había dejado atrás en la exploración del espacio. Por lo que en enero del año siguiente, 3 meses después del lanzamiento del Sputnik I los Estados Unidos de Norteamérica lanzan con éxito el Explorer I.

El lanzamiento del Sputnik I ocasionó también de manera indirecta la creación de la Administración Nacional Aeronáutica y Espacial (NASA en inglés). así como de otros departamentos y oficinas especiales para el desarrollo espacial, tal como DARPA una agencia del Departamento de Defensa de los Estados Unidos responsable del desarrollo de nuevas tecnologías para uso militar, y de la que surgieron, década después, los fundamentos de ARPANET, red que dio origen a Internet.

Todo esto provocó una importante crisis política (“la crisis del Sputnik”), que terminaría dando lugar a un desarrollo tecnológico sin precedentes.

Sin duda, el fruto más trascendente de aquella proeza que abrió las puertas a al Era Espacial, lo tenemos en la malla electrónica que han ido tejiendo centenares de satélites alrededor del planeta. De esta imprescindible infraestructura celestial dependemos cada vez que disfrutamos de un partido de fútbol jugado en otro país, o navegamos por la Red o utilizamos el GPS o hablamos a otro continente por el móvil o compramos con la tarjeta de crédito en el extranjero. Gracias a ellos podemos conocer por anticipado los huracanes, investigar los agujeros negros y el origen del cosmos, informarnos de la sequía y coordinar los esfuerzos humanitarios en situaciones de catástrofes.

Pero además de este gran desarrollo tecnológico, también se hicieron evidentes las consecuencias a nivel educativo que tuvo este gran acontecimiento. Empezando con reformas educativas que se extendieron desde EE.UU hacia el mundo.

David Hawkins, un profesor que había participado en el Proyecto Manhattan de Oppenheimer, resaltaba el énfasis que la educación en EEUU ponía sobre los aspectos prácticos de la ciencia, olvidándose de la investigación y el desarrollo. El temor a que la Unión Soviética superase a los EEUU en la carrera espacial dio lugar a un importante esfuerzo económico del Gobierno americano para proporcionar fondos para la reforma de la educación pública en todos los niveles. Fruto de todo esto sería la aprobación en 1958 por parte del Congreso de EEUU de la “National Defense Education Act” (NDEA) (Acta educativa de la Defensa Nacional), que buscaba contrarrestar la importancia del sistema escolar soviético y poner el foco en la educación de jóvenes en las áreas de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas. Se trataba de asegurar la seguridad de la Nación a través del “desarrollo en profundidad de los recursos mentales y destrezas técnicas de sus hombres y mujeres jóvenes”.

Una crisis como fue la desencadenada por el lanzamiento del primer artefacto espacial terminó convirtiéndose en una oportunidad para la innovación. El importante esfuerzo realizado por el gobierno de los EEUU daría sus frutos en los años siguientes, provocando importantes cambios socioeconómicos y colocando los cimientos para futuros desarrollos tecnológicos y avances científicos. Desde el punto de vista pedagógico, la reforma se basó fundamentalmente en las ideas del biólogo suizo Jean Piaget, quien sostenía que el niño debe construir el conocimiento, así como los trabajos del norteamericano David Ausubel y Robert Gagné. Estos y otros especialistas en psicología cognitiva proponían estructurar el currículo en torno al alumno, de manera de incentivar su creatividad, independencia y habilidad para resolver problemas.

Esta ola de renovación de enseñanza de las ciencias pronto se extendió a Iberoamérica y llegó a la Argentina. En 1969, se realizó una reforma en ese campo, parte de un plan renovador más global, que tuvo su mayor efecto en el área curricular de la biología. Otro aspecto de la reforma fue dar al trabajo de laboratorio el carácter de componente importante en el aprendizaje de las ciencias. En la década de 1980 la enseñanza de las ciencias se caracterizó por enfatizar las tareas de investigación

Impacto social y ecológico:

Muchos de los inventos que surgieron como elementos imprescindibles para el desarrollo de la astronáutica, forman hoy parte de la vida cotidiana. Así sucede con las computadoras, la fibra óptica, o simplemente con el teflón que reviste neveras y refrigeradores y ha posibilitado hacer sartenes donde freír sin que la comida se pegue. No faltan tampoco elementos más especializados, como lentes de contacto, cristales polarizados o las comidas instantáneas; sin olvidar la cremallera, que hoy adorna la mayoría de los vestuarios, y el cual recibió un impulso decisivo con los trajes de los cosmonautas.

Uno de los temas más preocupantes en el desarrollo espacial es la abundante basura espacial que circunda el planeta , pues desde 1957 a la fecha se han realizado más de 4 800 lanzamientos, los cuales han dado lugar a más de 25 000 objetos catalogados, de los cuales aproximadamente un tercio todavía está en órbita.

Esto implica que sobre nuestras cabezas «vuelan» unas 4 500 toneladas de metal, que van desde minúsculos fragmentos de pocos milímetros, hasta de varios metros. Todos constituyen una amenaza para naves espaciales y satélites, los cuales han tenido que ser blindados para evitar los nocivos impactos, lo que ha encarecido su construcción.

Ejemplos de lo nocivo de estos desperdicios:

  • En 1981, por citar un caso, todo indica que el satélite Kosmos 1275 se destruyó en una colisión; mientras que en julio de 1996 el minisatélite militar francés CERISE cambió de órbita bruscamente tras ser impactado por un fragmento fuera de control de un cohete Ariane que había estallado diez años antes.

  • Tampoco han faltado amenazas serias contra los cosmonautas, como la del 15 de septiembre de 1997, cuando los miembros de la Mir tuvieron que refugiarse en el vehículo de seguridad Soyuz, a la espera del paso anunciado de un satélite norteamericano por las inmediaciones de la estación espacial.

  • Incluso la misma Tierra está amenazada directamente, como lo evidencia el ejemplo del Skylab, que entró sin control en la atmósfera en julio de 1979, dispersando unas 20 toneladas de residuos por el Océano Índico y Australia; o en marzo de 1997, cuando un depósito de cohete Delta, de 225 kilogramos de peso, se estrelló a 50 metros de una granja de Texas.

  • Desde 1958 se sabe de al menos 62 casos de fragmentos de basura espacial que han llegado a chocar contra el planeta; mientras existe una preocupación latente por los más de 1 300 kilogramos de material radioactivo que permanecen en órbita repartidos en unos 50 satélites.





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