Al llevar a cabo una breve revisión historiográfica, notamos que parece olvidarse, por parte de algunos autores, que el nuestro era un país atrasado, con altos




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Revisión historiográfica
Al llevar a cabo una breve revisión historiográfica, notamos que parece olvidarse, por parte de algunos autores, que el nuestro era un país atrasado, con altos niveles de inversión extranjera en la industria, el comercio, la minería, el petróleo y los servicios, con un campo costeable para el inversionista y para las economías desarrolladas, pero desastroso para el país, con una elevada concentración del ingreso, y sobre todo, profundamente dependiente del exterior, el cual además, mal necesitaba una revolución agraria para resolver ningún problema.

Igualmente, en muchos casos, parece ignorarse el papel que desempeñaron las grandes potencias, pues por lo menos para ellas representaba un reto la nueva situación después de la derrota del huertismo en 1914, no es el caso del Maestro Katz, quién asegura que

“Contrariamente a las expectativas del gobierno de Wilson, la derrota de Huerta y la victoria de los revolucionarios aumentaron en vez de reducir los problemas que los Estados Unidos enfrentaban en México. Durante este período hubo un acontecimiento que influyó en forma decisiva...la primera guerra mundial en Europa. El esfuerzo bélico y el auge económico norteamericano estimulado por la producción de armamentos, aumentaron enormemente la importancia de las materias primas mexicanas”
Argumentos que lo llevan a la conclusión de que “Para explotar plenamente los recursos mexicanos se requería que hubiera en México paz y un gobierno pronorteamericano...‘la ley y el orden’ en México...y la mejor manera de lograrlo parecía ser apoyando a uno de los bandos en lucha...buscando un gobierno de coalición...Al principio...apoyó a Villa’ y más adelante los E. U. ‘entregaron la ciudad a las tropas de Carranza” (sic) pues se asegura que E. U. “tenía sus esperanzas puestas en un arreglo entre los diversos movimientos...amenazando imponer por la fuerza...la formación de un gobierno mexicano bajo auspicios norteamericanos”1

Así mismo Frederich Katz afirma, con razón, que el conflicto que enfrentó a las fuerzas de la Convención Revolucionaria, encabezada por Villa y Zapata, contra los ejércitos de la facción constitucionalista cuyos dirigentes principales eran Carranza y Obregón, “es tal vez el tema más debatido y polémico así en la historia como en la historiografía de la revolución mexicana”2, lo que nos da pie para asegurar que la discusión acerca del carácter de las fuerzas que se enfrentaron después de concluida la lucha contra el huertismo no está finiquitada, disponiéndonos a presentar distintos puntos de vista de diversos autores que nos permitan aproximarnos al tema.

Un autor clásico de la Convención, Robert E. Quirk, no vacila al afirmar que resulta obvia la intervención norteamericana en nuestros asuntos, al asentar que el reconocimiento a cualquiera de los contendientes dependería de que el gobierno mexicano fuera elegido popularmente, de tal manera que “quizá el presidente Wilson contribuyó a la caída de Huerta más que ninguna otra persona.”3

En otro trabajo, Katz nos acerca de esta discusión, al indicar que “Si bien la mayoría de los investigadores concuerdan con respecto a la naturaleza del conflicto entre Zapata y Carranza, la causa del rompimiento entre Villa y Carranza es uno de los problemas más discutidos”. Para él existen tres interpretaciones radicalmente opuestas:

“Dos de estas interpretaciones consideran el conflicto esencialmente como una lucha de clases, mientras que la tercera lo ve tan sólo como una lucha por el poder entre caudillos rivales, de las que tanto abundan en la historia latinoamericana...Una de ellas considera...que Villa había repartido la tierra de las haciendas entre los campesinos y provocado con ello la animosidad del ala más conservadora del movimiento revolucionario...la segunda considera precisamente lo contrario, a saber, que Villa, y no Carranza, representaba a la reacción...Villa no realizó ningún reparto de tierras y otorgó puestos importantes a conservadores como Angeles y Maytorena...y que aquél mantuvo relaciones más estrechas con los Estados Unidos que Carranza”
Amaya, por su parte reconoce que la Convención “constituyó un esfuerzo patriótico para unificar a las facciones revolucionarias antagónicas”, pero también considera que “el ensayo fue pobremente planeado y llevado a la práctica con deplorable torpeza, por lo que estaba condenado de antemano al más rotundo fracaso…y ya en proceso revisionista lo primero que resalta es la impropiedad del nombre generalizado de Convención de Aguascalientes, habida cuenta de que en los 19 meses (sic) que dicho organismo actuó, sólo uno radicó en esa capital provinciana”.4

Este mismo autor juzga que de acuerdo con esta posición, “Carranza - hacendado, ex senador porfirista, ex militante del reyismo y hombre chapado a la antigua - consideraba que la Revolución debería fijarse metas exclusivamente políticas; en tanto que Villa, hombre de extracción humilde, anhelaba una verdadera revolución social. Se trajo a cuento – nos dice Amaya - que el Plan de Guadalupe no incluía ninguna de las demandas económicas y sociales más urgentes del pueblo mexicano; que durante todo el tiempo que don Venustiano fue Senador jamás presentó ningún proyecto de ley que favoreciera al proletariado; y que, como Gobernador del estado de Coahuila, tampoco expidió decreto alguno en ese sentido” pero contra argumenta “…tampoco Villa se había percatado de los anhelos populares: no había pedido que se incluyeran demandas sociales en el Plan de Guadalupe”.5 Afirmación que supone que Villa por omisión, estaba de acuerdo con dicho Plan, que como veremos, era algo muy lejano a la realidad.

Profundizando en estas reflexiones, diremos que en relación a la actitud de Carranza y concretamente al Plan de Guadalupe y al ejército “constitucionalista” que de ahí emerge, no son pocas las contradicciones que se muestran a simple vista: En el Plan se llama a restablecer la legalidad supuestamente quebrantada por el golpe de Estado de Huerta, sin tomar en cuenta que si en algo se fijó el dictador fue en cubrir las formalidades legales del caso para llevar a cabo su nombramiento como Presidente Constitucional, por lo cual su puesto como presidente se lo debía a la propia Constitución, misma que decía Carranza venia a restituir.

Ahora que si lo que Carranza pretendía era el restablecimiento de la Constitución – razón por la cual creemos llamó “Constitucionalista” a su ejército - la Constitución vigente era la de 1857, la cual no contemplaba la figura de “Encargado del Poder Ejecutivo”, cargo que Carranza asume sin sonrojo, pero además dicha ley fundamental, tampoco autorizaba a ningún Gobernador de algún Estado a asumir tal cargo, por lo cual Carranza se convierte, tal vez sin desearlo, en un transgresor del orden constitucional. Pero si a eso le añadimos que el Plan de Guadalupe no contiene ninguna demanda ni social, ni política, ni económica, ni popular, tenemos que era un Plan estrictamente personalista.

Este asunto, para quien defiende la posición carrancista, se resuelve de manera muy simple. Por ejemplo Quirk sin empacho asegura que Carranza “nunca cambió su papel y título de Primer Jefe por el de Presidente interino o provisional. Prefirió la informalidad extra o preconstitucional de decretar leyes y reformas sin gabinete, sin congreso, sin tribunales de justicia.” porque, según el autor, don Venustiano “Creyó que era una forma especialmente adecuada para tratar con Huerta y los ‘criminales’ que lo apoyaban”6, misma fórmula “especialmente adecuada” que, como veremos mas adelante, utilizó para enfrentar posteriormente a Villa, a Zapata y a la misma Convención.

El problema de fondo, no es tanto que si Carranza violaba los preceptos legales que decía defender, pues a final de cuentas se trataba de una lucha armada en donde lo estrictamente legal pasa a un segundo plano. Lo criticable en este caso es la lógica que envuelve la conducta de quienes dicen una cosa para hacer otra. Buscar una justificación legal para levantarse en armas es un despropósito y despojado de su carácter legal, el movimiento del Plan de Guadalupe queda como un planteamiento personalista.

Continuando con la discusión acerca del carácter de los bandos enfrentados a partir de 1914, Roque González Garza, uno de los colaboradores más cercanos de Villa, sin recovecos puritanos o legalistas pero con un enorme candor, expresó su convicción de que las diferencias de opinión en torno a la cuestión de las haciendas expropiadas “fueron decisivas...Una segunda diferencia...es que sólo en las regiones administradas por Villa una parte importante de los ingresos producidos por las haciendas expropiadas llegó hasta las clases más pobres de la población. Las eficaces medidas sociales de Villa para abaratar los precios de la carne en Chihuahua y para apoyar a los mineros y madereros desocupados, y su intento...de otorgar créditos a los grupos más pobres del campesinado”7 marcan la diferencia con Carranza.

Con respecto a la tercera interpretación identificada por Katz, éste dice que en el fondo no existía más que una lucha personalista entre ambos, sin embargo habría una cuarta interpretación, la que considera que el movimiento convencionista (que reunió en Aguascalientes a carrancistas, villistas y zapatistas) influyó grandemente al constituyente de 1916-17, por lo que a final de cuentas los objetivos que perseguían todos ellos eran similares y solamente existía una serie de malos entendidos8 y las diferencias serían solo aparentes, como que en realidad no existían.

Katz ilustra esta posición cuando señala que “para muchos observadores contemporáneos este conflicto, que produjo el mayor baño de sangre de todo el período revolucionario, fue también el episodio más vacío de sentido. Luchaban entre sí dos facciones revolucionarias que proclamaban objetivos similares. Ambos se habían opuesto a la dictadura de Huerta y ambos defendían la democracia para México”9 tal es el caso del Maestro Luis González, quién afirma que los ideales de la Convención “siguieron vivos; serían retomados por el Congreso de Querétaro que los incorporaría, en parte, en la Constitución que aún nos rige...Con todo, la de aquí dejó una obra perdurable de buenas ideas: autonomía municipal, destrucción de latifundios y mejores condiciones de trabajo”10, es decir, esta cuarta posición parte de la idea de que las diferencias entre unos y otros eran casi inexistentes, razonamiento que no tiene sustento si atendemos a la enorme movilización de tropas, de armas y municiones empleadas sólo para que prevaleciera un punto de vista por sobre el otro.

A la opinión del Maestro Luis González hay que sumar la de don José de Jesús Medellín, quién además sostiene: “Precisar los fines y alcances de la revolución y elaborar su programa, eran las tareas capitales de la Convención, que fue en su tiempo, el organismo más autorizado de la revolución. La Historia sólo recogió de ellas los caracteres anecdóticos, épicos o espectaculares y olvidó durante mucho tiempo su producción ideológica y sus intentos programáticos, los que permanecieron prácticamente desconocidos”, para concluir que en ella, se estructuran las ideas, “que a pesar de la derrota de las facciones campesinas, que sustentan un criterio radical en materia agraria, van a servir de base a la Constitución de 1917”11

Alan Knight rechaza tanto la noción de que la disputa entre Villa y Carranza era un conflicto de personalidades “como la idea de que se trataba de una lucha de clases”12, punto de vista que desde luego no comparte Gabino Martínez para quién “La derrota del ejército villista fue la derrota de los revolucionarios duranguenses. Las tropas carrancistas mostraban más odio en contra de los villistas que contra los huertistas. El pueblo de Cuencamé fue semidestruido por las tropas del general Francisco Murguía.”13

Es necesario establecer que existen también conjeturas poco plausibles acerca del distanciamiento entre carrancistas y convencionistas al triunfo sobre el huertismo, que van desde que “Villa se disgustó por el despido forzado de su amigo Eusebio Calzado como director de los ferrocarriles, renuncia que fue predicha en el New York Herald con 48 horas de anticipación...Mientras que en Chihuahua Villa discute su posible retiro del Ejército, mejor que traerle a México el desastre de que se precipite una lucha con Carranza.”14, hasta que “se ha dicho mucho que el rompimiento de Villa con Carranza obedeció a una vulgar pugna por el poder” aclarándose que “Naturalmente tanta bajeza, de ser cierta, es sólo a Villa a quien se le atribuye” afirmándose que “...lo real fue una continua pugna por limitar el poder de Villa y, sobre todo, por limitar el alcance de las demandas villistas (‘nada había entre aquel hombre y yo’ decía Villa, en un fragmento aparecido en R. Puente)”15

Este tipo de juicios, que poco contribuyen al análisis, se presentan aún en historiadores de cierto renombre, como es el caso del historiador norteamericano Charles Cumberland, quien asegura que una de las cosas que Villa tenía contra Carranza era que durante su reunión en Chihuahua “Carranza le dio una conferencia sobre legislación”16 o como la del mismo Quirk, quien apunta que cuando Carranza arengaba a los oyentes con vanas promesas de reformas sociales, decía Francisco Villa “que no iba a perder el tiempo y que no haría ronda con chocolateros como Carranza”17

En una contribución que intentaría explicar las contradicciones entre ambos grupos atendiendo al origen de clase de los combatientes que formaron cada uno de los ejércitos que se encontraban enfrentados, Bertha Ulloa comenta que los adeptos de Villa “salieron en gran parte de La Laguna...artesanos, obreros, pequeños comerciantes, empleados humildes, rancheros, mineros, peones, arrieros, buhoneros, desempleados, bandidos...”18 (sic) En cuanto a Zapata, la misma autora nos dice que éste “Había sido aparcero, pequeño propietario, tratante de ganado y presidente municipal de Anenecuilco...Los contingentes zapatistas...estuvieron integrados por comuneros, peones de haciendas, arrieros, zapateros, pequeños agricultores y rancheros.”19 Por lo que respecta a los carrancistas, la misma autora expone que, en general, los dirigentes carrancistas pertenecieron “a la clase media, predominando abogados, ingenieros, profesores, periodistas y médicos, hubo también terratenientes, hombres acaudalados, aristócratas pueblerinos y ganaderos, así como ferrocarrileros, obreros, campesinos, aparceros, pequeños propietarios, contadores, molineros, estudiantes, estibadores, sombrereros, amanuenses, un boticario, y un comisario de policía”.20

Sin embargo esta caracterización resulta insuficiente, en tanto no dejan de repetirse las profesiones y actividades entre uno y otro bando, ni se establece una proporción de combatientes por actividad. Además, tampoco llega a relacionarse la extracción de clase con los planteamientos y la acción de los mismos, lo que nos permitiría desentrañar cuales eran los intereses de clase que estaban en la discusión, respecto a la explicación de los conflictos en razón de las diferencias de clase para poder ubicar la razón de los éxitos y fracasos de cada uno de los grupos.21

También tenemos que por ejemplo, para Robert Quirk, Carranza era “impecablemente honrado y tenía una conciencia insufrible de su propia rectitud” asegurando que era “...la mediocridad burguesa personificada”22. Martín Luis Guzmán por el contrario sostiene que:

“la esencia del fenómeno carrancista ha de buscarse, más que en cualquier otra cosa, en una voluntaria confusión entre lo propio y lo ajeno: confusión no para dar, sino para tomar. Sin este rasgo, peculiarmente suyo, el carrancismo resultaría un hecho político casi inexplicable. Sin eso no se entenderían como sucesos de carácter histórico - diversos de lo meramente individual - los actos privados de muchos personajes adictos a la persona de don Venustiano Carranza, ni los momentos más culminantes de la política de aquellos días, y los que pronto siguieron: el saqueo oficial de los bancos, el escándalo del papel moneda de Veracruz, la creación del
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