La revolucion ecologica de nuestro tiempo






descargar 118.94 Kb.
títuloLa revolucion ecologica de nuestro tiempo
página1/4
fecha de publicación17.01.2016
tamaño118.94 Kb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4



LA REVOLUCION ECOLOGICA DE NUESTRO TIEMPO


Fernando Mires
El año 1992, el entonces senador norteamericano, y actual Vicepresi­dente de los Estados Unidos, Al Gore, publicó un libro titulado Earth in the Balance: Ecology and Human Spirit. Ese libro ha llegado a ser un hit editorial, y sin duda, será para arqueólogos de futuros milenios (suponiendo que la especie humana sobreviva a algunos pronósticos contenidos en ese mismo libro) un documento histórico quizás más deci­sivo que Los Límites del Crecimiento publicado el año 1972 por El Club de Roma, o que el Fin de la Historia de Fukujama. Con deliberada exageración, podría afirmarse que representa una especie de Peres­troika de Occidente.

Sin negar los indudables méritos literarios, filosóficos, e incluso cien­tíficos del texto señalado, es evidente que gran parte de su importancia histórica reside en el propio autor. Pues, que un Vicepresidente de USA -que no es precisamente el país más ecológico de la tierra- escriba un libro acerca de las relaciones entre la naturaleza y el espí­ritu humano, es algo que hay que tomar en serio. Este es un hecho que delata, en cierto modo, como un determinado tipo de articulación discursiva ha alcanzado un lugar hegemónico. El pensamiento ecologista después de ser, cuando no vilependiado, ignorado, parece, definitiva­mente, haber llegado a las más altas esferas de la política, del mismo modo como cuando el cristianismo hizo su entrada triunfal después de haber habitado largo tiempo en las catacumbas, hasta alcanzar a los propios personeros del Estado.
Un palimpsesto de nuestro tiempo
No estoy muy seguro si en la futura historiografía relativa a nuestra "Antigüedad" a Al Gore le estará reservado el rol de Teodosio o Constantino. Si estoy, en cambio, seguro, que la articulación discursiva con­densada en los estilos de pensamiento ecológicos parece, efectivamente, hacer su entrada triunfal en los salones del Estado. Al Gore lo demuestra, y de una manera contundente. Lejos están los tiempos en que la palabra ecología sólo la conocían algunos biólogos. Después de larguísimas discusiones, las tesis que plantean como condición esencial de la sobrevivencia humana, la defensa de la naturaleza, han pasado a ser códigos indispensables del pensar político. Hasta el político más in­dustrialista se siente obligado hoy, a incluir en algún punto de su programa conceptos como medio ambiente, ecología, o simplemente natu­raleza. Una política que no recurra a la ecología parece ser tan impensable, como una que en el pasado no hubiese hecho recurren­cia a la economía.

Pero no son sólo las cavilaciones eco-filosóficas de Al Gore las que marcan un quiebre teórico en los discursos políticos, sino el hecho de que éstas alcanzan en su libro una dimensión programática expresada en lo que él llama un Plan Marshall para salvar al planeta, tarea que a su juicio nos incluye a todos en tanto ciudadanos de la misma tierra. Por primera vez, y ésta parece ser una opinión cada vez más pre-domi­nante, la humanidad se enfrenta a una tarea común, la que implica, para ser realizada, una verdadera revolución que abarca todos los ni­veles de la existencia (Gore, 1994, p. 20). Pero no se trata a su juicio de un proyecto puramente organizativo a ser realizado por determinados Esta­dos -aunque efectivamente Al Gore compromete como principales eje­cutores de la revolución ecológica global a los países más industria­lizados, y dentro de ellos, en primer lugar a USA dado la responsabili­dad que le incumbe en la destrucción ecológica (Op. cit., p. 318)- sino que tam­bién en el alma de cada individuo, pues, es ahí donde se ha anidado la lógica que ha hecho posible que, sobre otros principios éticos y políti­cos, se haya impuesto el de la destructibilidad. La destructibilidad frente a la naturaleza sería en este sentido una expresión más de una destructibilidad inter-social, y, no por último, inter humana. La revolu­ción que él propone no es por lo tanto sólo ecológica, sino una re­volución integral que se expresaría ecológicamente. La ecología sería pues, en el discurso de Al Gore uno de los más decisivos puntos en la transformación radical de las lógicas de acción que hasta entonces vienen rigiendo el curso de la historia humana.

Las bases de la teoría político-ecológica de Al Gore son antropológicas. Según su opinión, las relaciones agresivas que mantenemos con el medio ambiente son presentadas como producto de un desequilibrio existencial entre el ser humano y el contorno natural. A su vez, ese desequilibrio, opera como consecuencia de una disociación entre las personas y la naturaleza. Esa disociación al producir relaciones de desequi­librio con el medio ambiente, al ser interiorizada, se traduce en una disociación espiritual o psíquica. "Por eso estoy convencido" -escribe- "que la restauración del equilibrio ecológico de la Tierra de­pende de algo más que de nuestra capacidad para restablecer una equivalencia entre la enorme avidez de la civilización en búsqueda de recursos, y el frágil equilibrio de la Tierra; eso depende además de nuestra capacidad para restablecer el equilibrio entre nosotros mismos y la civilización. Por último debemos reencontrar el equilibrio en noso­tros mismos entre lo que somos y lo que hacemos" (Op. cit., pp. 24 25).

Precisamente apelando a algunas tesis psicológicas relativas a las lla­madas "familias disfuncionales", que son las que no se encuentran en condiciones de formar a sus miembros de acuerdo a las pautas de la normatividad social imperante, Al Gore entiende a la sociedad moderna también como disfuncional, pues ésta no se encuentra en condiciones de integrar a sus miembros, ya que esta misma civilización se basa en una realidad escindida (naturaleza/ sociedad). La desvinculación producida entre seres humanos y contorno natural, determina un comportamiento agresivo respecto a todo lo que provenga o tenga que ver con el mundo natural. Una de las formas más notorias de esa agresividad es el consumo desenfrenado. A través de los productos que consumimos, transformamos a la realidad natural en un objeto pasivo, al que posee­mos mediante la violencia ejercida en el mercado. La naturaleza es re­ducida así al papel de simple recurso, al servicio de nuestras ambicio­nes, deseos y lujurias. En consecuencia, la civilización moderna, para Al Gore, está psíquicamente enferma y por eso mismo, muchos de sus miembros ni siquiera captan la profundidad de la enfermedad que los acosa. "Como los miembros de una familia disfuncional que se anestesian emocionalmente frente al dolor, que de todas maneras sienten, nuestra civilización disfuncional ha desarrollado una anestesia, que nos pre­serva del dolor de nuestra disociación respecto a la Tierra" (Op. cit., p. 237). De este modo, ésta es la conclusión que puede ser extraída de las tesis antropológicas de Al Gore, experimentamos una suerte de triple separa­ción. Entre nosotros y la naturaleza, entre nosotros y la sociedad, y dentro de nosotros mismos (Op. cit., p. 255).

Hecho tal diagnóstico, Gore propone la terapia correspondiente: restaurar las relaciones de equilibrio, mediante la superación de la escisión producida entre los seres huma­nos respecto a su ambiente. La ecología se transforma en un medio que hace posible esta integración; el camino que permite resolver la disfuncionalidad vital de nuestra civilización.

Equilibrio e integración
El planteamiento de Al Gore es fascinante, como lo es el de muchos místicos -y él lo es desde un punto de vista ecologista-. Por lo mismo, parece ser inevitable que en algunos momentos caiga en la tentación de absolutizar algunas premisas. Por lo menos dos conceptos muy caros a Al Gore se encuentran para él fuera de toda discusión. Uno es el de equilibrio; el otro es el de la reintegración.

La idea de que es necesario restablecer un equilibrio al interior de los llamados eco-sistemas es uno de los puntos centrales del ideario ecologista, entendiendo por ecologismo aquella tendencia política que hace de la ecología una matriz fundamental. De acuerdo a ese tipo de ecologismo, existe un equilibrio objetivo que es necesario restaurar. Hay que convenir en que la noción de equilibrio es bastante subjetiva. (Mires, 1990, p. 36). En efecto, lo que parece a veces básico como condición de equilibrio, no lo es necesaria­mente para todos los elementos que conforman esa supuesta condición. Nuestro concepto de equilibrio natural no es el mismo que el que ima­ginarían las ratas, si es que tuvieran imaginación. Si nuestros hogares se llenaran de ratas (horrorosa visión), es porque las ratas han en­contrado en ellos condiciones de equilibrio que les permiten reprodu­cirse. De la misma manera, la idea de que existen ecosistemas que se rigen por un orden natural absoluto, y que es necesario preservar desde un punto de vista ecológico debe ser rechazada. No existe un ecosistema ideal, absoluto u objetivo. Un ecosistema es lo que nosotros queremos que sea un ecosistema. Pues un sistema es, antes que nada, una invención humana. Antes de que los seres humanos hu­bieran inventado la noción de sistema, no existían los sistemas. Por lo tanto, un ecosistema (en cuyo interior existan condiciones equilibradas) es no sólo un concepto subjetivo, sino que además antropocéntrico. Eso por lo demás no tiene ninguna connotación negativa. Pero sí señala que aquello que está en juego no es la idea de restaurar un sistema de equilibrios objetivos, sino el problema, mucho más complejo, y por cierto, más político, relativo a cuales son las condiciones de equilibrio que deseamos o necesitamos. Si un fanático automovilista, para quien el auto es lo más importante de su vida, tiene argumentos suficientes para demostrarnos que el auto es objetivamente aún más importante que las vidas humanas que se perderán como consecuencia de las emisiones de CO2 habrá obtenido un notable triunfo político. Pero como hay al­gunos, desgraciadamente no suficientes, que pensamos que es necesario salvar vidas humanas limitando las emisiones de CO2, tendremos que argumentar a favor de "nuestro" ecosistema, para lograr "nuestro" triunfo político. Pues una región desertica es también un ecosistema, y por lo demás muy equilibrado (ya que sus elementos in­teractivos son mucho menos que en un ecosistema boscoso). Si alguien quiere vivir en un ecosistema desértico, o rodeado de ratas y cuca­rachas, enfermo de cáncer a la piel, bebiendo agua envenenada, y con­servar su automóvil, es su opción. Los ecosistemas y los equilibrios que predominen no resultarán de la restauración de un equilibrio natu­ral, sino de una elección, que a su vez resultará de colisiones ar­gumentativas y, no siempre por último, de decisiones políticas.

El segundo motivo central de Al Gore, es el de una supuesta reinte­gración del ser humano en el orden de la naturaleza. Por lo demás, una idea muy antigua. El concepto de reintegración natural tiene incluso un origen religioso. En algún momento el ser humano cometió un pecado imperdonable, y fue expulsado del Paraíso. Desde entonces vaga errando buscando el paraíso perdido. En algún momento, dice a su vez Al Gore -utilizando el lenguaje mesiánico, tan propio a la política nor­teamericana- el ser humano se separó de la naturaleza, y hoy ha lle­gado el momento de reintegrarse a ella, salvando a la naturaleza, y por tanto, a nosotros mismos, de la catástrofe final (Gore, 1994, p. 217). Muchas revoluciones, no hay que olvidar, se hicieron en nombre de la integra­ción del ser humano en un orden natural supuestamente violado por los opresores. El derecho natural que aún mantiene cierta vigencia en al­gunas Constituciones, parte precisamente de la premisa de que hay un orden natural previo con el cual es necesario vivir en consonancia. El romanticismo europeo, a su vez, frente a las relaciones de producción industrial que amenazaba a tantos habitantes del mundo feudal, levantó también como lema, el regreso a la naturaleza. La "utopía del regreso" es el punto central de la filosofía de Fichte que tuvo mucha influencia en el pensamiento del joven Marx. La teoría marxista de la enajenación supone, en efecto, que como consecuencia del predominio de las relacio­nes de producción capitalista, el ser humano, como productor de sus condiciones de vida, ya no se pertenece a sí mismo. Está alienado; enajenado; ¿respecto a qué? es la pregunta. Respecto a sí mismo, es la respuesta; esto es, respecto a su propia naturaleza, la que se encuen­tra en contradicción con el orden social. Subvertir al orden social es la condición de regreso al orden natural. No es casualidad que Marx hu­biera visto en el Comunismo la posibilidad de la recuperación del ser humano como ser social y natural al mismo tiempo ya que "...la sociedad es la unidad completa del ser humano con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del ser hu­mano, y el humanismo consumado de la naturaleza" (MEW, E1, p. 516). La idea del regreso o de reintegración al orden natural fue defendida posteriormente por movimientos ecologistas euro­peos (Bahro, 1987, p. 268). Hoy, el Vicepresidente de USA retoma esa idea, y no con menos fuerza que anteriores naturalismos.

Supongamos por un momento que exista un orden natural. ¿Quién sabe cómo es? Es necesario recordar, en este punto, que en nombre de un orden natural objetivo, el catolicismo medieval, y hoy en día algunas fracciones islámicas, de­cretaron como pecados o delitos contra-natura las energías más vitales del ser humano. No olvidemos que en nombre de una supuesta na­turaleza humana, los hombres mantuvimos durante siglos a las mujeres encerradas en las cocinas, alejadas de las profesiones y de la política. En nombre de la naturaleza se han cometido crímenes horribles. Hay que evitar, por lo tanto, que profetas y políticos, aunque sean perso­nas tan democráticas como Al Gore, se arroguen el derecho a hablar en nombre de un orden natural.

Es evidente, por cierto, que el ser humano mantiene muchas relaciones equívocas con su ambiente externo, y que el principio de destructivi­dad es todavía dominante en nuestra cultura. Pero ese ser humano destructivo sigue siendo parte de la naturaleza, esto es, actúa no desde su exterior, sino desde su propio interior, como un ser que es también natural. Y si actúa desde dentro, es obvio, no puede haber reintegración posible. Lo que sí es posible, es establecer una relación distinta con lo llamado "natural" (interno y externo). De lo que se trata, en buenas cuentas, es superar la noción de que existe una disociación con la naturaleza. No se trata pues de lograr una reintegración objetiva, sino de lo contra­rio, desalojar del alma la idea de que estamos "afuera". La sola creencia de que existe el "afuera" y el "adentro" o lleva a suponer que somos algo "superior" a la naturaleza y por lo tanto es nuestro derecho reducirla a la condición de "recurso", o que somos algo así como parásitos, cuyo objetivo es destruirla (por eso hasta el SIDA ha sido perversamente interpretado como un medio del que se sirve la naturaleza para defenderse de la especie humana).
La desnaturalización de la razón
El error que lleva a deducir la condición antropológica como externa al "orden natural" se deduce de la observación correcta de que en efecto, parece que con el "homo sapiens" la naturaleza se dio un ele­mento que hasta antes de nuestra llegada no tenía: la autorreflexión, o lo que es parecido: la capacidad de pensarse a sí misma. Esta capacidad portada por la especie humana, la de elaborar teorías, maravilló tanto a sus portadores, que los llevó en algún momento a imaginarse que existía independiente a su condición natural. Este fue el momento durante los tiempos modernos, cuando algunos iluminados llevaron su capa­cidad de razonar hasta el punto en que fue posible razonar sobre la razón. Para realizar esa complicada operación, fue necesario sepa­rar artificialmente a lo racional de lo que supuestamente no lo era, paso que a su vez llevó a un momento paradójicamente muy irracional: cosificar a la razón. Este fue el momento del racionalismo. Bacon, Newton, Decartes, y tantos otros, fueron cirujanos que creyeron extirpar a la razón de la naturaleza, y por lo mismo, de nuestros cuer­pos. Disociada artificialmente la razón de las cosas, no tardaría en con­vertirse, artificialmente, en un antagonismo frente a lo natural. La des­naturalización de la razón llevaría a la desracionalización de la natura­leza.

La razón cosificada, o lo que es parecido: desnaturalizada, llevó inevitablemente a su sobre-naturalización, que es lo mismo que decir, a su endiosamiento. Por esas razones se ha insistido acerca de la necesidad de realizar un proceso de segunda secularización  que a diferencia de la primera que fundó una cientifi­cidad en base a la religión de la razón (resultado de su desnaturaliza­ción), paradójicamente, en contra de la religión- desacralice a la propia razón, desmontando el supuesto antagonismo que se da entre lo racional y lo natural (Mires, 1990; 1991; y 1994). Eso pasa a su vez por un cuestionamiento radical de los principios constitutivos de la cientificidad moderna basados en determi­naciones indeterminables organizadas en supuestas leyes objetivas, que no son sino la proyección de una conciencia no plenamente secular.

Basta simplemente observar como el racionalismo ha juzgado a lo su­puestamente no-racional para darse cuenta cuan necesario es compro­meterse en un proceso de segunda secularización. En nombre de la ra­cionalidad basada en el progreso, la civilización o el desarrollo, ha sido destruida la naturaleza hasta haber llegado a la situación que hoy estamos viviendo: al de los límites objetivos de sobrevivencia de la hu­manidad.

Todo lo que, de acuerdo a relaciones de poder pasaba a determinarse como no racional, o natural, ha podido ser explotado, saqueado o destruido. Ya la esclavitud griega estaba racionalizada sobre la base de supuestos derechos naturales. Las mujeres, durante milenios, fueron homologadas con la naturaleza no racional, principio sobre el cual se fundó la civilización patriarcal hasta nuestros días. El racionalismo mo­derno, a su vez, no hizo más que interiorizar normas culturales que ya estaban dadas, creyendo subvertirlas. Lo que para el espíritu medieval era lo "pecaminoso", pasó a ser en el espíritu moderno lo "irracional". A través de la naturalización de nuestra exterioridad, y en nombre de una razón sobrenatural, obteníamos la absolución para destruir nuestra propia realidad. El "reino vegetal" y el "reino animal" estaban fuera de "nuestro reino". "Nuestro reino" convertido en imperio, ocupó y destruyó a los otros reinos. Hoy quedan de esos reinos derrotados sólo algunas ruinas que testimonian pálidamente la grandeza que alguna vez alcanzaron. Los más expresivos sobrevivientes, aquellos que hemos con­siderado necesarios para nuestra alimentación, los animales, agolpados en campos de concentración, sin saber lo que es la luz del día, industrializados, o convertidos en "seres domésticos" (sobre quie­nes se proyectan sentimientos que ya es "irracional" expresar entre nosotros) nos contemplan -como escribió una vez Doris Lessing- con sus ojos húmedos, como preguntándonos, por qué les hemos hecho tanto mal. De acuerdo a la ideología racionalista, el hecho de que no tuvieran una razón parecida a la nuestra ha sido motivo suficiente para asesi­narlos. Por cierto, al igual que muchos seres humanos, los llamados animales no resuelven problemas algebraícos, pero es difícil negar que carecen de sentimientos, que saben jugar, amar, construir nidos con una precisión que puede envidiar cualquier ingeniero, y viajar miles de kilómetros sin perder nunca la orientación. Eso es instinto, afirmamos, sospechando que tal no es más que una palabra inventada para designar a todas las formas de inteligencia que suponemos puramente naturales (ya que se da por sentado que nuestra razón es sobre-na­tural). Por lo menos, los llamados despectivamente "pueblos primitivos" entendían inteligentemente a la ejecución de un animal como un acto de sacrificio o de inmolación. Hoy devoramos a nuestros hermanos de la creación sin hacernos el más mínimo reproche. La desracionalización de lo natural lo justifica todo.

A fin de destruir lo natural, declaramos igualmente la guerra a la naturaleza no racionalista que habitaba dentro de nosotros. Lo instin­tivo o lo animal, fue convertido por la religión en pecado. Por el racio­nalismo fue convertido en "inferior". La antropología y la etnología mo­derna, calificaron a muchos pueblos como "naturales", poniéndose al servicio de un colonialismo, mental primero, militar después. De la misma manera, reprimimos en nuestras almas los sentimientos "inferiores" o "animales". Impotencia, frigidez, perversiones, son sólo testimonios mí­nimos de la declaración de guerra hecha por la razón a la naturaleza. Esa guerra, en tanto la razón no es sobre ni no-natural, ha terminado siendo una guerra en contra de la propia razón. Las clínicas psiquiá­tricas están pobladas de víctimas de esa guerra. Las calles de nuestras ciudades también. Tiene razón Al Gore. La civilización misma se ha vuelto disfuncional, que es parecido a decir, enferma.

Que la razón sea uno de los instrumentos autorreflexivos que se ha dado la naturaleza del cual la especie humana es portadora, es una buena noticia, pues si la razón conduce al exterminio de la naturaleza, querría decir que la naturaleza es suicida, algo que es difícil creer. Luego, existen motivos para pensar que esa misma razón, en tanto es natural, se encuentra en condiciones de salvar a la naturaleza y con ello, a su especie portadora: nosotros. Pues, autorreflexión quiere decir, pensarse a sí mismo. Si la razón es autorreflexiva, significa que se encuentra en condición de aprender de sus errores. Esta es a fin de cuentas una de las mejores propiedades de la inteligencia humana: la de cometer errores, ya que si no los cometiera, no podría superarse a sí misma, y por tanto, no habría reflexión, luego, ninguna racionalidad. Sólo quien comete errores puede pensar racionalmente.

La entrada de la ecología en el pensamiento político ofrece sin dudas la posibilidad de enmendar el error que nos hizo suponer que la razón vivía fuera de lo natural. Corregido este error, la recuperación de la naturaleza pasa necesariamente por la recuperación de la razón en contra de un racionalismo que en su esencia era la negación de toda racionalidad. Sólo la razón salvará a la razón.
  1   2   3   4

similar:

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconCómo hacer la Revolución Democrática, Moral, Municipal, Cultural-Educativa,...

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconTiempo de conflictos. Guerra y revolución (1914-1918)

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconLas otras biblias de nuestro tiempo

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconLas otras biblias de nuestro tiempo

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconLa historia economico-ecologica
«combinación», o quizás existen contradicciones excesivamente fuertes entre la perspectiva ecológica y la perspectiva económica?

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconEl tabaco adictivo y nocivo para la salud; todo el tiempo nos informan...

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconEs la nueva revolución. Un movimiento que triunfa en el mundo encabezado...

La revolucion ecologica de nuestro tiempo icon¿Somos lo que comemos? Las plantas se han convertido en uno de los...

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconExiste una gran cantidad de trabajo relacionado con el tiempo y en...

La revolucion ecologica de nuestro tiempo iconTodo mi pasado de la Laboral apareció de pronto en mi mente al leer...


Medicina





Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com