Estaba sola. La familia se encontraba en Roma, y Marta, el ama de llaves, había aprovechado la oportuni­dad para ir a visitar a unos amigos, después de advertir­le a Kelly de que cerrara bien la casa por la noche, ya que habían tenido lugar una serie de robos en la zona




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títuloEstaba sola. La familia se encontraba en Roma, y Marta, el ama de llaves, había aprovechado la oportuni­dad para ir a visitar a unos amigos, después de advertir­le a Kelly de que cerrara bien la casa por la noche, ya que habían tenido lugar una serie de robos en la zona
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SOLO NOSOTROS
JACQUELINE BAIRD

Capítulo 1.
KELLY McKenzie suspiró de satisfacción. Estaba tendida boca arriba en el césped que descendía con suavidad hacia el borde del lago Garda;. Era finales de agosto, el sol brillaba y la vida era fantástica. Se puso boca abajo, y miró en dirección a la casa, una gloriosa y antigua estructura de piedra situada a unos cincuenta metros del agua. Una terraza se extendía por todo su ancho, y en un extremo había unos matorrales cuyas hojas estaban moviéndose, a pesar de que no ha­cía viento. ¡Qué extraño!

Entonces lo vio. Entrecerró los ojos azules. Era la figura de un hombre oculta a medias por los matorra­les; tenía una mano en la balaustrada y estaba inclina­do, tratando de mirar por una ventana. En su otra mano llevaba una barra de hierro. A Kelly el corazón le dio un vuelco. Parecía un tipo peligroso.

Los músculos de su cuerpo se llenaron de tensión. Lo vio erguirse, de espaldas a ella. Llevaba puesto un chaleco blanco y unas bermudas caqui manchadas de aceite. Era alto, más de un metro ochenta, de hombros anchos y caderas estrechas, y tenía piernas largas que eran puro músculo y fibra al moverse.

Un hombre que se movía con actitud furtiva hacia los escalones de la terraza y la entrada de los ventana­les de atrás...

«Mantén la calma», se dijo, «puedes manejar esto». Tres meses atrás, al encontrarse con una antigua amiga del colegio, Judy Bertoni, en Bomemouth, que le ofre­ció un trabajo como niñera de su hijo con la familia en Italia durante diez semanas, Kelly había saltado de ale­gría ante la oportunidad de pasar el verano bajo el sol, antes de asumir su puesto de investigadora química en un laboratorio del Estado en Dorset en octubre.

En su momento le había parecido una gran idea, pero en ese instante, enfrentada a lo que parecía un in­truso muy siniestro, ya no estaba tan segura...

Estaba sola. La familia se encontraba en Roma, y Marta, el ama de llaves, había aprovechado la oportuni­dad para ir a visitar a unos amigos, después de advertir­le a Kelly de que cerrara bien la casa por la noche, ya que habían tenido lugar una serie de robos en la zona.

Kelly contuvo el impulso de levantarse y salir co­rriendo y permaneció en silencio contemplando la figu­ra del hombre llegar hasta el primer escalón. La barra de hierro que llevaba en la mano lo decía todo. Era evi­dente que tenía intención de irrumpir en la casa.

Se dijo que las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas, y en el colegio y en la universi­dad había sido una buena gimnasta, aparte de ser dos años seguidos campeona de kickboxing. Mientras la atención del intruso se hallaba centrada en los ventana­les de la casa, mentalmente ella se preparó para el combate. Despacio y en silencio se puso de pie, mientras la adrenalina bombeaba por sus venas.

Entonces, con un alarido que ponía los pelos de punta, giró en el aire como un remolino y con unas pa­tadas precisas el ladrón quedó tumbado de espaldas y Kelly tuvo la barra de hierro en la mano y un pie en el cuello del hombre.

Gianfranco Maldini se había dado la vuelta sorpren­dido por el ruido, luego había tenido la imagen fugaz de un pelo rubio platino y de una forma muy femenina que volaba hacia él, momento en que el aire abandonó sus pulmones.

No podía creérselo... Una joven lo había tumbado literalmente. Nunca en sus treinta y un años una mujer le había hecho eso a «él». A punto de moverse, con­templó la larga y bonita pierna y se quedó quieto. La testosterona dominó al sentido común.

«Dio, si es preciosa». Sus ojos oscuros la recorrie­ron en Un escrutinio lento e intenso. Desde la cabeza, cuyo pelo rubio tenía recogido en una coleta, pasando por la perfecta simetría de las facciones, los ojos salva­jes, la boca sensual que suplicaba ser besada, hasta los pechos altos y firmes que tensaban la camisa de algo­dón que se había atado bajo esos lujuriosos montes. Una extensión de piel pálida y suave revelaba su dimi­nuta cintura y el hoyuelo de su ombligo, que los pantaloncitos ridículamente cortos no podían esconder.

Por primera vez en años, Gianfranco se quedó ano­nadado; sintió que se ponía duro al instante, algo que hacía años que tampoco le sucedía. Pero esa mujer era de una belleza deslumbrante, vibrante de vida, y la imagen de verla volar por el aire con tanta gracia era lo más espectacular que había presenciado en mucho tiempo. No tenía idea de lo que hacía en la casa de Car­lo Bertoni, pero podría llegar a ser muy divertido averi­guarlo. Hacía tres años que no disfrutaba de unas vaca­ciones y últimamente en su vida había faltado una diversión sana. Con una llamada a su oficina podría sa­car algunos días libres. Nueva York podía esperar. Con arrogancia inconsciente, decidió que iba a perseguir a esa mujer.

Estaría mejor si no tuviera el pie en su cuello, pero no tenía prisa por levantarse. La vista era espectacular. Se hallaba de pie con los pies separados, con una pier­na inclinada a la altura de la rodilla para mantener el pie sobre su cuello y el otro junto a su hombro. Los pantaloncitos no cubrían todo lo que deberían, y realizó el fascinante descubrimiento de que era una rubia natu­ral; sonrió al preguntarse si ella sabía todo lo que reve­laba.

Kelly alzó la barra metálica en la mano y al fin pudo echarle un buen vistazo al ladrón. Un tupido pelo negro caía en suaves ondulaciones sobre una frente an­cha, y unas cejas negras perfectamente enarcadas en­marcaban unos ojos profundos y castaños. Solo una li­gera desviación en lo que otrora debió de ser una nariz recta le impedía exhibir una belleza clásica. «Es un hombre perversamente atractivo», pensó cuando él sonrió con gesto lento y sexy y mostró unos dientes brillantes y blancos.

Kelly estuvo a punto de gemir en voz alta. Se preguntó por qué el hombre más atractivo que había visto en su vida tenía que ser un ladrón.

Amigo, sé que has venido a cometer un atraco.

¡Qué! —exclamó Gianfranco. Ya era bastante hu­millante que lo hubiera sorprendido y derribado, pero que lo acusara de ser un ladrón era excesivo para un hombre de su orgullo y arrogancia. En ese instante juró que la haría pagar por el insulto.

No te hagas el inocente conmigo... no te servirá de nada —soltó con determinación—. Pero estoy dis­puesta a darte una oportunidad. No has llegado a robar nada, de modo que dejaré que te vayas, si prometes no volver más.

El hombre movió la cabeza sorprendido. Si la joven lo consideraba de verdad un delincuente, era extraordi­nariamente ingenua si creía que un verdadero ladrón se marcharía.

¿Eso ha sido un no? —exigió Kelly al verlo mo­ver la cabeza—. Porque la alternativa es que te golpee en la cabeza con esta barra de hierro y que llame a la policía.

No... sí—tartamudeó Gianfranco, olvidado por completo su sentido del humor al verla blandir la maldita barra de hierro sobre su cabeza. Estaba loca y él había perdido demasiado tiempo en el suelo admirando la vista.

Kelly, que creía tener el control de la situación, vio que con una velocidad que desafiaba la gravedad, sus posiciones se invirtieron. Su cabeza golpeó el suelo y durante un momento vio las estrellas, y cuando su vi­sión se despejó, se hallaba inmovilizada en el suelo. Tenía las manos sujetas encima de la cabeza por una sólida mano masculina y un cuerpo grande a medias sobre ella, con una larga y musculosa pierna cruzada sobre sus extremidades finas.

¡Suéltame, bruto! —gritó y comenzó a debatirse, pero en vano. Él era mucho más grande y fuerte. Le bastó con apretarle más las muñecas mientras con la mano libre la tomaba del mentón y le mantenía la cabe­za sujeta al tiempo que la observaba enojado.

¿Y por qué habría de hacerlo? —preguntó él con tono burlón—. Si soy el villano que imaginas, ¿de ver­dad piensas que voy a permitir que te marches?

Kelly no pensaba, empezaba a dominarla el pánico. La barra de hierro que le había arrebatado ya no se veía por ninguna parte, y el torso de él era como hierro so­bre su pecho. En un último y desesperado intento por quitárselo de encima, intentó levantar la rodilla contra el muslo del hombre y abrió la boca para gritar.

A punto estuvo de tener éxito, pero una boca dura le aplastó la suya y ahogó el grito en su garganta. Fue un beso de poder absoluto, que le empujó los labios por encima de los dientes hasta que ella creyó que la haría sangrar. «Si quería asustarme, lo ha conseguido», pen­só aturdida.

Entonces, sutilmente, el beso cambió. La boca se tomó suave y se movió una y otra vez sobre la exube­rante plenitud de los labios de Kelly, y, para su ver­güenza, ella sintió que sucumbía despacio al intenso placer sensual que despertaba el beso. Involuntaria­mente entreabrió los labios en un suspiro suave y des­valida aceptó la invasión de la lengua de él.

La mano de Gianfranco descendió de la barbilla hasta curvarse alrededor de la plenitud de un pecho, y el tiempo se detuvo. El calor se desplegó por cada vena del cuerpo de Kelly. Seducida por el contacto de la mano, por el calor del beso y por la fragancia masculi­na que irradiaba, se fundió contra él. Nunca antes le ha­bía sucedido que la excitación sexual le abrumara la mente y el cuerpo.

Cuando al fin él interrumpió el beso y alzó la cabe­za, ella lo observó con brumoso desconcierto, querien­do saber por qué había parado. La mano se apartó del pecho y la miró con ojos negros por la furia. Kelly sin­tió la dura prueba de su excitación contra el vientre y de pronto recuperó el sentido. Se preguntó a qué lo in­vitaba con la impotente rendición a su beso.

Gianfranco, con la parte de cerebro que aún le fun­cionaba, se preguntó qué diablos hacía al besar a esa inglesa loca en el jardín de la casa de sus amigos a plena luz del día.

Por favor, suéltame —suplicó Kelly. De algún modo, el hombre había insertado una pierna larga entre las de ella, y el calor y el peso de él ya no eran excitan­tes, sino sexualmente amenazadores. Era un absoluto desconocido y un ladrón, por no decir quizá algo peor, a juzgar por el estado en que se hallaba su cuerpo—. Para ya —gritó, luchando por retener la calma—. Po­drías ir años a la cárcel por violación.

Santa María —unos ojos incrédulos contempla­ron la cara hermosa de la mujer que tenía debajo. Lo habían acusado de muchas cosas en su vida, pero jamás de violador—. ¿Estás completamente loca? —susurró con desprecio.

No —el beso la había aturdido momentáneamen­te, pero sabía lo que tenía que hacer. El hombre estaba enfadado y era peligroso, tenía que seguirle la corriente hasta que surgiera la oportunidad de huir.

¿Quién demonios eres y qué haces aquí? —exi­gió Gianfranco. «Aparte de volverme loco», pensó con ironía. Miró en los ojos más azules que había visto jamás y comprobó que ella estaba asustada de verdad, aunque se esforzaba por ocultarlo. Creía las tonterías que acababa de soltar.

Me llamo Kelly McKenzie y he venido a trabajar aquí durante el verano como niñera del hijo de los pro­pietarios —si conseguía que no dejara de hablar, ten­dría una mayor oportunidad de escapar—. Nadie me oyó gritar, de modo que si me sueltas ahora, te prometo que no te denunciaré.

Basta. Ya es suficiente —esa farsa había ido de­masiado lejos—. Bueno, Kelly McKenzie, no voy a ha­certe daño; jamás he forzado a una mujer en mi vida y no pienso empezar contigo. ¿Lo has entendido? —ella estudió el rostro atractivo y quiso creerle—. Y ahora voy a soltarte, nos vamos a sentar y a discutir este error como dos seres humanos racionales. ¿De acuerdo?

Kelly asintió, con cada músculo del cuerpo tenso ante la posibilidad de huir. Al instante, él le soltó las muñecas y se sentó, pero antes de que ella pudiera si­quiera moverse, había pasado un brazo fuerte por sus hombros esbeltos para pegarla con fuerza contra él.

Tampoco soy un ladrón —continuó con ecuani­midad—. Así que siéntate y escucha.

No tenía muchas alternativas, atrapada en la jaula de aquellos poderosos brazos. Pero desvanecida la amenaza inminente de una violación, empezó a recupe­rar su temperamento habitualmente animado.

¿De modo que tienes por costumbre vagar por los jardines de otras personas con una barra de hierro? — enarcó una ceja delicada. Para su sorpresa, el otro comenzó a reírse entre dientes, un sonido ronco y bajo que le aceleró los latidos.

Ah, Kelly, ahora lo entiendo. Conozco a Carlo Bertoni. Le pedí prestada la barra de hierro para arre­glar una rueda del tráiler del barco que tiene en la dársena. He venido a devolvérsela.

Ella nunca había mencionado el nombre de su jefe y ese hombre lo conocía, y también sabía que el señor Bertoni tenía una embarcación. A punto estuvo de gemir en voz alta. Una explicación tan sencilla, pero ella había pensado en lo peor. Su propio padre siempre le había dicho que tenía demasiada imaginación. En esa ocasión se había superado.

La puerta de seguridad estaba abierta, así que llamé —continuó él—, y cuando nadie respondió, ro­deé la casa con la intención de dejar la barra en la terraza. No quería llevármela de vuelta conmigo, por­que he de realizar otra visita al otro lado del lago, en Bardolino. Eso fue hasta ver a esa mujer salvaje volar hacia mí como una malabarista circense para acusar­me de ladrón.

¡Oh, Dios mío! Lo siento —alzó unos ojos alivia­dos hacia él—. Así que no eres un ladrón, sino un ma­rino y trabajas en el puerto en la ciudad.

Los labios de Gianfranco se elevaron en las comisu­ras en una sonrisa fugaz; nunca en la vida había conoci­do a una mujer con semejante capacidad para sacar con­clusiones rápidas. Tuvo ganas de corregirla, pero al mirar su rostro inocente y el nacimiento de esos pechos, recordó su anterior decisión de divertirse. Además, aún le escocía que lo hubiera derribado con tanta facilidad.

Sí, navego, y he estado toda la mañana trabajan­do en un barco —no mintió, pero tampoco le dijo la verdad.

Imagino que con tanto turista, es la época más ajetreada del año en el lago Garda. Además está la re­gata de la semana próxima... tengo entendido que los participantes vienen de todas partes del mundo —su jefe iba a participar en la regata de veinticuatro horas—. Supongo que esa es la causa de que hables tan buen in­glés —Kelly sabía que había empezado a divagar, pero se sentía aliviada de que no fuera un criminal y sí una persona corriente como ella. Al haber perdido el miedo, experimentó el súbito impulso de relajarse en la curva de su brazo.

Es posible —convino con una sonrisa, los ojos le brillaron al encontrarse con los azules de ella—. Pero permite que me presente. Soy Gianfranco...

Encantada, signor Franco —los nervios y el pul­so desbocado hicieron que extendiera la mano con una sonrisa tentativa que iluminó su adorable rostro—. ¿Puedo llamarte Gian?

Gianni. Prefiero Gianni —la ayudó a ponerse de pie—. Espero que se hayan acabado los malentendidos, Kelly. Somos amigos... como decís los ingleses, sellé­moslo con un apretón de manos.

Con gesto formal se estrecharon las manos, pero ella vio unas luces en sus ojos y rió entre dientes. La fuerza del apretón, los leves callos que pudo sentir contra su palma suave, sin duda del trabajo manual que realizaba, la convencieron de que decía la verdad.

No puedo creer que te considerara un ladrón — soltó con voz insegura, que se detuvo cuando él la pegó a la extensión de su cuerpo.

Un beso para sellar nuestra amistad —bajó la ca­beza oscura para reclamar la boca de Kelly en un beso prolongado y tierno.
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