Colección latinoamérica






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COLECCIÓN

LATINOAMÉRICA

VIVA

AUTORES Y TEMAS

DE AMÉRICA LATINA



Director: ENRIQUE MEDINA

El pequeño ejército loco I

Diseño gráfico y tapa: David Almirón

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

Queda hecho el depósito que marca la ley 11723

Prohibida la reproducción total o parcial.

® 1984 Editorial Abril S.A.

Av. Belgrano 624, Buenos Aires.
ISBN 950-10-0144-X

Luego de “Sandino, general de hombres libres” (publicado en esta colección) se hace indispensa­ble la lectura de este nuevo volumen sobre la pro­blemática centroamericana. Gregorio Selser complementa aquí el magistral dibujo de Sandino con testimonios escritos de hombres que pelearon a su lado, con cartas y otras fuentes documentales inéditas. El autor nos revela en estas páginas las in­timidades desconocidas de ese “pequeño ejército loco” de combatientes sandinistas que consumó la hazaña de confrontar sus fuerzas con el ejército más poderoso del mundo y de obligar a las tro­pas invasoras norteamericanas a abandonar el te­rritorio nicaragüense. El propósito de Selser es rescatar para la historia la figura y la gesta de un luchador que, como pocos, después de las gue­rras de independencia en nuestra Latinoamérica, simboliza el anhelo de patrias libres por las que tantos héroes sufrieron, sangraron y hasta murie­ron.

Gregorio

Selser

El

pequeño

ejército

loco

I


DEL PRÓLOGO A LA ARENGA


ÍNDICE

Introducción

Capítulo I

La enseñanza de la democracia a palos

Capítulo II

Las infamias inmemoriales

Capítulo III

Los bárbaros portentosos

Capítulo IV

La venta de la sublime herencia

Capítulo V

La marea de los cascos invasores

Capítulo VI

La hoja de tallo que se hizo espada

Capítulo VII

Morir como rebeldes y no vivir como esclavos

Capítulo VIII

¿Revolucionarios o bandidos?

El panamericanismo de la mentira es el oficial y el practicado por cierta prensa, agencias de noticias, radio, televisión y cine, Pero hay ese otro panamericanismo del silencio que consiste en callar ante las ruindades, desma­nes y agresiones de los Estados Unidos de Norte América con las repúblicas hispanoamericanas.

Pasada la invasión de Guatemala e instalado en mí país por la United Fruit Company, como Presidente de la Re­pública el títere que se llamó Carlos Castillo Armas, con el apoyo del Departamento de Estado, la complicidad de los gobiernos de Nicaragua y Honduras y el temor de los otros gobiernos, volvían a sus países los periodistas que habían despachado a toda prisa hacia Centroamérica, los periódicos y agencias noticiosas de Europa, que creían que en Guatemala se repetiría lo de Corea.

Tuve oportunidad de conversar con algunos de ellos en San Salvador, capital de la República de El Salvador.

Debo recordar que por entonces me visitó el gran escri­tor francés Emanuel Robles. El autor de la famosa obra teatral “Monserrat” se hallaba en México, pero se des­plazó hacia Guatemala, deseoso de conocer de cerca lo que pasaba en mi país. Luego me visitó en San Salvador. Casi al mismo tiempo que el periodista y joven escritor francés Armand Gatti, cuya pluma fue ganada desde en­tonces para la causa del pueblo guatemalteco. Pero lo que quiero recordar es la visita de un periodista italiano de uno de los grandes diarios de Roma, el cual me confe­só que volvía horrorizado de lo que los yanquis habían hecho en Guatemala.

Si es así, le contesté, los lectores de su diario recibi­rán de su pluma una información verídica y sabrán la ver­dad de lo sucedido. Y como si lo estuviera viendo lo re­cuerdo. Se tomó la solapa de su traje de franela gris entre el pulgar y el índice, como palpándose la costura, jugó por un momento sus dedos de arriba abajo y luego, parsi­moniosamente, me contestó: “No creo que se pueda de­cir nada. A los Estados Unidos les disgustaría que se pu­blicara lo que han hecho en Guatemala y mejor es callar, pues son cosas que ya no tienen remedio”.

Y lo que este periodista me dijo, empezó a cumplirse. Muchos de los periódicos y publicaciones adictos al prin­cipio a la causa de Guatemala, empezaron a callar, a no comentar, a guardarse de hablar ante la más flagrante violación del derecho internacional americano en los úl­timos tiempos. Otro tanto ocurrió con los hombres res­ponsables de nuestro Continente, con muy honrosas ex­cepciones. Queriéndolo o no, estaban en el juego del pa­namericanismo del silencio…

Este hecho concreto servirá para medir la importancia que tiene la obra que realiza en la Argentina, el escritor Gregorio Selser. Es un voluntario de la causa hispanoa­mericana, un francotirador con la cartuchera cargada de datos y el corazón cargado de sueños. Se completan en él lo de la zarza ardiente y la minucia de la hormiga que a cuestas va arrastrando el dato hasta la página, después de buscarlo cuidadosamente, de compulsarlo y de saber a ciencia cierta que es verídico, la información que ha de servir para configurar un hecho, la fecha que hará precisa una violación a nuestra soberanía, a nuestro territorio, a nuestra economía, por parte de los piratas con bandera.

Gregorio Selser es, por sobre todas las cosas, un traba­jador intelectual honesto, sumamente honesto, y si algún pero cabría poner a su labor, sería la de ocultarse dema­siado tras los materiales de que dispone para la composi­ción de cada uno de sus valerosos libros. En esta forma, ajustándose a la verdad de la documentación de que dis­ponía, le vimos emprender hace años, la preparación de una obra que se agotó en seguida “Sandino, General de Hombres Libres”. En colecciones de diarios, en bibliote­cas, en cartas a los amigos que vivían en la zona del Cari­be, en todas partes, buscó Selser cuanto se había dicho en aquellos tiempos de la gloriosa gesta de Las Segovias. La dignidad de su empresa exigía una amplia base de antecedentes históricos, geográficos, políticos y sociales para sustentar en firme pedestal, la figura del héroe. Y esto lo consiguió con creces. Mas, como ocurre a menudo con los auténticos investigadores, que jamás están satisfechos de sus resultados, Selser siguió su búsqueda alrededor de la gesta de Sandino y por otra parte, publicado su libro, ac­tualizada, contra la conjura panamericana del silencio, la obra de aquel invicto caudillo, empezaron a llegar a sus manos muchos nuevos documentos, muchos nuevos da­tos.
El nombre de Sandino, vuelve a desplegarse como una bandera en medio de la angustia de los pueblos, la desorientación de los dirigentes sin ojos hacia el pasado y la complicidad de cuantos entre nosotros se equivocan a sa­biendas o por encargo. Vuelve a flamear en el extremo de la pluma de un hombre libre —Gregorio Selser— y qué mástil más enhiesto y más alto, el nombre de Sandino, vi­vo, excelso y reivindicador. Después de las batallas libra­das en Las Segovias, de su Nicaragua entrañable, torna Sandino a luchar contra el panamericanismo del silencio, batalla que ahora hay que ganar y que ganaremos con es­critores como Selser. Todo el que calle en la actualidad es cómplice del avasallamiento de nuestros países económicamente pobres y moralmente maltrechos. Nadie debe callar. Nadie puede callar.

¡Americanos todos, americanos de México, de Centroamérica, de las Antillas, de Sudamérica, no contribu­yáis con vuestro silencio al crimen de agresión económica y militar, cuando es necesario a los intereses de los gran­des consorcios, como en el caso de Guatemala, contra los pueblos de nuestro continente!

¡Tomad la bandera de Sandino! ¡Haced de cada libro, de cada periódico, de cada papel escrito, de cada radio, de cada canal de televisión, de cada pantalla cinemato­gráfica, una voz que clame contra el silencio que se nos quiere imponer! ¡Hablad!

¡Hablad en las plazas, en las universidades, en todas partes, de ese General de América, que se llamó Augusto César Sandino! Gregorio Selser pone en vuestras manos, en esta nueva edición, ampliamente enriquecida con do­cumentos inéditos, el pequeño guijarro que llevaba Da­vid.

Usadlo contra el panamericanismo del silencio, y que resuenen nuevas voces de juventudes alertas en las atala­yas, pues la lucha de Sandino continúa.
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS
Buenos Aires, noviembre de 1958

El autor agradece al

Dr. Alfredo I. Palacios

y al

Ing. Gabriel del Mazo

por haberle facilitado la utili­zación

de sus archivos y docu­mentación,

además de sus úti­les consejos,

todo lo cual contribuyó a hacer

posible este libro.

INTRODUCCIÓN

No nos juzgues. Bolívar, antes del día último

porque creemos en la comunión de los hombres

que comulgan con el pueblo: sólo el pueblo

hace libres a los hombres: proclamamos

guerra a muerte y sin perdón a los tiranos.

creemos en la resurrección de los héroes

y en la vida perdurable de los que como tú,

Libertador, no mueren, cierran los ojos y se quedan velando.
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS1
A fines de 1926, la marinería de desembarco nortea­mericana pisó suelo de la pequeña república de Nicara­gua.

Lo hizo en son de guerra, no obstante los argumentos pacifistas que hizo públicos el Departamento de Estado para justificar esa intervención en un país históricamente independiente y jurídicamente soberano.

Esas tropas, que permanecieron allí muchos años, con los mismos o parecidos argumentos, habían interveni­do igualmente en Haití —donde se quedaron hasta 1934—, en Cuba, merced a la anuencia que le acordaba la Enmienda Platt, en Santo Domingo, Honduras. Guatema­la y en la misma Nicaragua, desde 1909.

Del mismo modo en México, país que vio bombardeadas por mar ciudades como Veracruz, asoladas sus tierras por el ejército punitivo del general Pershing y avivadas sus luchas intestinas surgidas a la caída de Porfirio Díaz, merced a los gestores petroleros norteamericanos e ingleses.

Estados Unidos siempre tenía a mano toda suerte de argumentos morales para esgrimir ante el mundo y para cubrir su propia conciencia, como justificativos de su actitud, que para cualquier espíritu lógico era simplemente un asalto brutal a mano armada, una burla cruel a los sentimientos de justicia y un vulgar escarnio de los principios del derecho internacional.

En cuanto a los motivos reales que inspiraban sus tropelías, unos eran de índole estratégica, los más puramente mercantiles. Entre estos últimos se destacó, por su importancia, el factor petróleo, el mismo que había provocado el baño de sangre en que se debatía México y que hiciera exclamar a su presidente Plutarco Elías Calles: “¡Ojalá México no hubiera tenido jamás petró­leo!”.

Y fue justamente debido al petróleo, sobre todo y ante todo, que la Unión norteamericana hizo pie en Nicaragua, en cuyo territorio, por rara paradoja, no se sabía que existiesen yacimientos de hidrocarburos.

Hemos subtitulado a este ensayo Operación México-Nicaragua, porque la patria de Rubén Darío fue un elemento accidental en el tablero de ajedrez donde disputaban el juego la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell, aunque luego los azares históricos la convirtieron en la pieza fundamental y única: el objetivo real perseguido —al menos para la torpe diplomacia de Frank Billings Kellogg— era el de presionar y doblegar a México.

En 1917, el presidente Venustiano Carranza había sancionado la Constitución de Querétaro, cuyas cláusulas tendían, en su artículo 27, a poner coto a los abusos y arbitrariedades de las empresas extranjeras, sobre todo las estadounidenses. Si Woodrow Wilson no intervino entonces, fue porque el estallido de la Primera Guerra Mundial acaparó toda su atención.

El sucesor de Carranza, Álvaro Obregón, evitó a toda costa dar pretexto alguno al Departamento de Estado para intervenir en México. Complicaciones internas, cuidado­samente atizadas desde el Norte, le imponían afianzar, previa a toda otra consideración, el frente de la Revolución, y la Constitución de 1917 no se impuso en todos sus articulados por elementales razones de supervivencia.

Pero el mandatario siguiente, Plutarco Elías Calles, consideró que el país estaba suficientemente maduro para dar nuevos pasos adelante, y anunció la puesta en vigor del artículo 27.

Bastó el anuncio para que desapareciese el statu quo con el Departamento de Estado. Su secretario Kellogg, reconvino a Calles, como si en lugar de ser éste el presidente de una nación soberana, fuera el conductor de su automóvil. La prensa de Hearst enderezó sus baterías contra quien osaba así desafiar a Estados Unidos. México y Calles se confundían por igual en los ataques de los diarios amarillos más virulentos del mundo. La amenaza de intervención parecía concretarse a cada momento y era demandada de mil diferentes modos por las entidades industriales, en el Senado y en la Cámara de Representan­tes estadounidenses. Si no se realizaba aún, se debía a la carencia de un pretexto diplomático plausible.

Calles se sentía fuerte, y al principio resistió. La oposición interna parecía prácticamente barrida y no se vislumbraban nuevos militares, del tipo de los Peláez, a sueldo de las empresas petroleras, dispuestos a tentar la aventura cuartelera. Había, eso sí, fuertes y graves problemas por resolver, entre ellos la cuestión agraria y la activa oposición “cristera”, pero la inmensa mayoría del pueblo mexicano apoyaba los postulados nacionalistas del gobierno.

La línea política mexicana respecto del Partido Liberal en Nicaragua llevó, además, a Calles, a apoyar todo movimiento revolucionario contrario al gobernante títere de Nicaragua y a amparar a los refugiados políticos expulsados de ese país. Y cuando el volumen oposicionista permitió abrigar la esperanza de que una invasión armada de los exiliados, en combinación con los elementos internos, permitiría derribar a Adolfo Díaz —el emplea­do en turno del Departamento de Estado en ejercicio de la presidencia de Nicaragua—, Calles les suministró arma­mentos para intentar la operación y permitió que los soldados se reclutaran en territorio mexicano2.

El Departamento de Estado conocía esos preparativos porque —¡incongruencias de la historia!— su informante era el propio aspirante a reemplazar a Díaz, el liberal Juan Bautista Sacasa, quien creyendo contar con las simpatías de Washington, le tenía al corriente de sus propósitos tanto como del próximo asalto a la ciudadadela de Bluefields, sobre la costa atlántica de Nicaragua.

Esta era la oportunidad que esperaban el presidente Coolidge y el secretario de Estado Kellogg.

Era la ocasión anhelada para hundir al detestado régimen “comunista” de Calles; el régimen que se atrevía a subdividir los latifundios para entregar las tierras a los campesinos; el régimen que desafiaba a las grandes potencias reconociendo a Rusia: el régimen que elevaba las tasas que en concepto de regalía debían pagar las empresas petroleras, a las que obligaba a ajustarse a las nuevas disposiciones legales que iban a restringir su poderío, poniendo en vigor el reglamento del artículo 27 de la Constitución.

¿Qué mejor medio para hundir a Calles que solivian­tar la opinión interna mexicana mediante la amenaza de intervención? ¿Por qué no utilizar el pretexto de la presunta intervención de Calles en un país de Centroamérica, cercano al Canal de Panamá, clave estratégica de la defensa de Estados Unidos?

¿Qué otro medio más factible que urdir una trama conciliando las reservas puritanas de Coolidge, sus constantes invocaciones a la Libertad y a la Justicia, con las necesidades del Estado norteamericano de preservar al Nuevo Mundo del peligro “Comunista” y de paso obtener la salvaguardia de los sacrosantos intereses de los ciudadanos de la Unión, tan desamparados ellos y tan necesitados de protección?

Esa trama, su desarrollo y conclusión, son el objeto de esta obra. El lector atento podrá apreciar cuántas analogías existen entre los hechos a relatarse y posterio­res sucesos ocurridos en muchas partes del mundo y, sobre todo con los métodos utilizados para doblegar y rendir a Guatemala en 1954 y a Chile en 1973.

La Operación México-Nicaragua sufrió un curso inesperado, ante la aparición de un factor poco menos que desconocido —honrosa salvedad, la del haitiano Charlemagne Peralte— en la historia de la penetración de Estados Unidos en Hispanoamérica. Fue la inesperada y sorprendente resistencia armada de un grupo de hombres prácticamente indigentes, ayunos de verdadero poderío bélico, pero que con su acción quijotesca lograron lo que se consideraba imposible: mantener a raya al ejército más poderoso de la tierra, humillarlo y finalmente derrotarlo, ya que no otra cosa que derrota fue la salida de las tropas norteamericanas de Nicaragua, sin haber podido apresar ni destruir a Sandino, el General de Hombres Libres.

En virtud de esa resistencia, lo que era accidental se convirtió en preponderante, y lo que debía ser principal devino en transitorio, pues Calles logró aplacar el furor de Estados Unidos y obtener su benevolencia, ya que no su simpatía, mucho antes de que concluyera la misión del Guerrillero de Las Segovias. Y así resultó que cuando ni Calles era ya presidente ni existían sombras de discordia entre la Unión norteamericana y México, aún aparecía en los diarios de todo el mundo el nombre de Sandino y se citaba a Nicaragua como zona de guerra. Hay otro fenómeno digno de destacarse. Los diarios más importantes de toda América, con una conciencia histórica que hubiéramos deseado para los sucesos de Guatemala en 1951, estuvieron casi sin excepción del buen lado de la causa. Consultar sus colecciones es asistir al curioso resultado de comprobar que, a diferencia de lo que hoy día ocurre casi sin excepción, esos diarios eran sanamen­te nacionalistas, respondían a los sentimientos populares y bregaban por las aspiraciones de cada país, combatiendo con perfecto conocimiento de causa y mejor literatura los lentos avances del imperialismo norteamericano, al que no se guardaban de mencionar con todas sus letras.

Fue así que estuvieron de parte de Sandino y de su causa y analizaron con fría lógica y pasión extrema los desbordamientos de la intervención en Nicaragua. Y conste que no eran sólo los diarios hispanoamericanos los que observaban esa actitud. Lo que en éstos era razonable —entonces, no ahora— que ocurriera, parecía raro en los periódicos de Estados Unidos, que por simple razón de solidaridad nacional, debían estar apoyando la política de su presidente, y sin embargo, no era así. Coolidge fue mucho más castigado por la prensa liberal e izquierdista de su patria que por la extranjera, así como por las organizaciones obreras, estudiantiles, culturales y acadé­micas. Y así como por estas, también por los senadores y diputados progresistas, fueran republicanos o demócra­tas, por los escritores, casi sin excepción, los periodistas de más fuste, como Walter Lippmann —el de entonces—. H. L. Mencken, Lincoln Steffens y Heywood Broun —los de siempre.

Emociona releer esas muestras de identificación por encima de todas las fronteras e ideologías, que en determinado momento unificaron las causas de Sacco y Vanzetti con la de Sandino y que, cuando aquéllos fueron electrocutados, continuaron sosteniendo al que en otras tierras y de un modo diverso y pensamiento distinto, simbolizaba la misma rebeldía que condujera al patíbulo a los infortunados anarquistas italianos.

La batalla de entonces probó una vez más que la entraña de los pueblos está hecha de la misma pasta. Argentinos y norteamericanos, por no citar sino un ejemplo, estuvieron hermanados a través de sus grupos más conscientes, de un modo como nunca antes había ocurrido. Y esa internacional de pueblos, por sobre y a pesar de los gobiernos, se repitió hasta el cansancio. Calles y plazas de todo el continente supieron del fervor que no era de una raza o religión o clase, sino de una emoción justiciera y libertaria que se traducía en su grito común: “¡Viva Sandino! ¡Fuera los yanquis de Nicaragua!' ¡Abajo Coolidge!”.

Cuando escribimos nuestra primera obra sobre el General de Hombres Libres, tropezamos con la inevitable falta de documentación que precisara aspectos confusos de la vida y la gesta del héroe.

Gentes amigas, entre ellas hombres que pelearon a su lado desde un primer momento o que se consideran a la distancia soldados de su misma causa, nos hicieron llegar esos documentos, entre ellos cartas inéditas valiosísimas para el mejor conocimiento de Sandino: otros nos han referido hechos no consignados hasta ahora, nos mencio­naron fuentes de información o repararon errores u omisiones. Esa prueba de que la memoria del guerrillero no ha muerto, unida a la buena acogida que se dispensara a nuestro trabajo anterior y a la excitativa de compañeros de ideales, nos indujeron a publicar este libro.

Quien haya leído Sandino, General de Hombres Libres, ganará con la lectura de El Pequeño Ejército Loco una mayor comprensión de la gesta del guerrillero de América. Para el que asome su curiosidad a estas páginas, confiamos no le resulten demasiado abrumadoras las citas y menciones de periódicos y libros, cuya justificación es consecuencia de la necesidad de demostrar la importancia que tuvo en el mundo, en cierto momento, el gesto de un desconocido obrero y campesino que se hizo héroe cuando no le quedó otra alternativa, salvo la de morirse de vergüenza.

Pretendemos igualmente, probar cómo funcionó la solidaridad humana para el bien, la justicia y la causa de la liberación de un pueblo invadido por tropas extranje­ras, más allá de las fronteras y de las creencias e ideologías particulares, y deseamos revivir para los lectores de hoy aquel estado mental y espiritual que perduró mientras Sandino mantuvo enhiesta la bandera de la rebelión. Fue una época de vergüenza y escarnio para nuestra América, generada por la rapacería de esa otra América que nos aflige, nos oprime, nos veja. Pero al propio tiempo fueron años de agitación febril, de esclarecimiento permanente de conciencias, de denuncia incesante, en el marco de una adhesión y solidaridad mundiales a una causa que muchos pueblos hicieron suya, y que sólo la distancia y el aislamiento geográficos impidieron que se expresara de un modo mucho más contundente y decisivo.

A fuer de cronistas, nuestra intención fue la de aportar documentos, textos y testimonios de época, perdidos entre la maraña de publicaciones generalmente poco accesibles al público en general, con el fin de rescatarlos de la interesada oscuridad a la que quedaron relegados a partir del asesinato del Héroe de Las Segovias, no tanto porque en su mayor parte fueron requisados e incinerados por su asesino, sino porque en los casos en que se publicaron en Estados Unidos y otros países del continente, el transcurrir de los años obró a modo de pesada losa sobre su recuerdo y vigencia.

De ahí que hayamos dado preferencia a los testimo­nios escritos, permitiéndonos alguna que otra licencia de interpretación y el elemental derecho de selección y presentación de los textos, con la certidumbre de que por lo general hablan por sí solos sin necesidad de lazarillos. Tal es su fuerza y su contundencia.

Y si puede dar la impresión de que el autor se exime de comentar, juzgar y sentenciar con sus propias palabras, dejando que la masa documental hable por sí misma, créasele si afirma que no hay falsa modestia ni intento de ocultamiento personal en el estilo elegido para la elaboración de esta obra. Ardua tarea fue la de acopiar tanto material disperso y las definiciones político-ideológi­cas están implícitas en la labor artesanal de recopilador, cuya mayor satisfacción consistirá en saber que, de algún modo, logró rescatar para la historia textos que iluminan la figura y la gesta de un hombre que, como pocos, después de las guerras por la Independencia de Hispanoa­mérica, simbolizó el mismo espíritu y análogo anhelo de patrias libres por las que aquéllos sufrieron, sangraron y hasta murieron.

Sandino pertenece a esa estirpe.

CAPÍTULO I


LA ENSEÑANZA DE LA

DEMOCRACIA... A PALOS

Pandilla ruin que se afana

en hacer preciosidades,

que allá por esas ciudades

podrán ser de conveniencia,

pero que acá. Vuecelencia,

son puras barbaridades.

…………………………………………….

A esto le llaman progreso

los salvajes hablantines,

mientras los pobres rosines

agachamos el pescuezo,

sin manotiarles ni un peso,

ni hacerles ningún reproche

al verlos que a troche y moche

nos desprecian y arruinan,

y después que nos trajinan

pasean holgaos en coche.
HILARIO ASCASUBI

Aniceto El Gallo.

I
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