Colección latinoamérica




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fecha de publicación09.02.2016
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FIN DEL LIBRO I

COLECCIÓN

LATINOAMÉRICA

VIVA

AUTORES Y TEMAS

DE AMÉRICA LATINA

Director: ENRIQUE MEDINA


Gregorio

Selser


El

pequeño

ejército

loco

II

Diseño gráfico y tapa David Almirón

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723

Prohibida su reproducción total o parcial

Copyright 1984, Editorial Abril S.A.

Av. Belgrano 624, Buenos Aires

ISBN 950—10—0144—X

ÍNDICE

Capítulo IX

El canto de los hijos en marcha

Capítulo X

“No por el placer”

Capítulo XI

La aureola de gloria y desatino

Capítulo XII

Dos elecciones que nada cambian

Capítulo XIII

“La tranquilidad reina en todo el país”

Capítulo XIV

La soberanía de un pueblo no se discute
Conclusión

Luego de “Sandino, general de hombres libres” (publicado en esta colección) se hace indispensa­ble la lectura de este nuevo volumen sobre la pro­blemática centroamericana. Gregorio Selser complementa aquí el magistral dibujo de Sandino con testimonios escritos de hombres que pelearon a su lado, con cartas y otras fuentes documentales inéditas. El autor nos revela en estas páginas las in­timidades desconocidas de ese “pequeño ejército loco” de combatientes sandinistas que consumó la hazaña de confrontar sus fuerzas con el ejército más poderoso del mundo y de obligar a las tro­pas invasoras norteamericanas a abandonar el te­rritorio nicaragüense. El propósito de Selser es rescatar para la historia la figura y la gesta de un luchador que, como pocos, después de las gue­rras de independencia en nuestra Latinoamérica, simboliza el anhelo de patrias libres por las que tantos héroes sufrieron, sangraron y hasta murie­ron.

CAPÍTULO IX


EL CANTO DE LOS HIJOS EN MARCHA

Madre, si me matan,

ábreme la herida, ciérrame los ojos

y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo

y esa pobre mano por la que me matan,

pónmela en la herida por la que me muero.
ANDRÉS ELOY BLANCO

Canto de los Hijos en Marcha.

I
El 26 de diciembre de 1927, los residentes del Cabo Gracias a Dios, pidieron la “protección” de la marinería de desembarco y de un destróyer. Las noticias presenta­ban a Sandino como si hubiera descendido otra vez por el río Coco. Inmediatamente partió desde Bluefields el destróyer Tulsa. Pero Sandino no estaba allí: un día antes de fin de año, el 30, libraba en Quilalí una batalla, cuyas consecuencias llenarían semanas después las columnas de los diarios de todo el mundo.

Según informaciones de Managua, tropas norteameri­canas habían atacado a Quilalí, encontrándose con una inesperada resistencia, traducida en la muerte de cinco soldados norteamericanos, y heridos otros veintitrés. La batalla había comenzado a las 9:30 y durado hora y media, ignorándose cuáles habían sido las bajas de Sandino, debido a que éste se retiró llevándose sus muertos y heridos. El cable agregaba:
El coronel Mason Gulick, jefe de las tropas de infantería de marina de Estados Unidos informó que las fuerzas rebeldes alcanzaban a unos quinientos hombres, bien armados y con mejor preparación militar. Según Gulick, los espías habían informado al general Sandino acerca de los movimientos de las columnas, que consistían en soldados de la milicia y de infantería de desembarco, al mando del capitán Livingston. En consecuencia, se preparó el ataque, habiendo concentrado sus fuerzas durante varios meses en Quilalí, punto que consideraba inexpugnable para las fuerzas de desembarco, Gulick opina que los sandinistas se retiraron a otra plaza fuerte en El Chipote, donde se cree seguro que se dará otra batalla. Los marinos muertos fueron sepultados en Quilalí, y según anuncia el coronel Gulick, se ha iniciado una intensa batalla para obligar a las fuerzas de Sandino a abandonar Nueva Segovia. Se cree que las fueras sandinistas recibieron abastecimientos y preparación militar extranjera.
El 2 de enero de 1928, las noticias recibidas precisaban más detalles:
Managua, 2 (AP). — La mayor parte de las heridas recibidas por los marinos norteamericanos, durante el choque ocurrido el viernes pasado, fueron causa­das por la explosión de granadas de mano. Se sabe que estas granadas eran de fabricación improvisada y preparadas por los partidarios del general Sandino, con dinamita tomada de una mina norteamericana en San Albino. La región de Quilalí es muy montañosa y está cubierta de espesos matorrales. El general Sandino hizo levantar defensas a una distancia de unos 5 kilómetros al sudeste de Quilalí y colocó a sus hombres en puntos estratégicos en las alturas, que dominaban la ruta seguida por una patrulla del capitán Livingston.

Cuando los marinos norteamericanos y los componentes de la Guardia Nacional se hicieron presentes, los soldados del general Sandino empezaron a hacer fuego con fusiles, ametralladoras y cañones de pequeño calibre; también arrojaron bombas y grana­das de mano, cargadas de vidrios y clavos. Se cree que algunos espías, entre los peones de la región, que consideran a Sandino un mártir de la patria, le informaron del avance de los marinos norteamerica­nos. Estos contestaron al fuego de los rebeldes, pero se hallaban en una posición muy desventajosa, debido a la ubicación de los valles y cañones por donde atravesaban; por otra parte, debían proteger las mulas de carga que llevaban los materiales de guerra.

El coronel Gulick ha manifestado que la marcha sobre Quilalí constituía una parte del plan de ocupar el mayor número de localidades posibles, con objeto de que el general Sandino no pudiese establecer su cuartel general en alguna población. Los rebeldes lucharon desesperadamente para impedir que los marinos entraran en Quilalí, debido a la posición estratégica de la localidad.

Hubo otro encuentro entre una patrulla de norteamericanos y los partidarios del general Sandi­no. Los nicaragüenses, en número de cuatrocientos, se retiraron a las montañas después de un encarniza­do combate, en el que perdió la vida el sargento norteamericano Bruce. Los norteamericanos tuvie­ron además cinco heridos, incluyendo al teniente Reichal. Los aeroplanos que tomaron parte en el ataque, fueron ametrallados por cañones especiales contra aviones, que poseen los sandinistas. La patru­lla, que llevaba alimentos y municiones a la guarni­ción, terminó su misión después del combate. El sargento norteamericano Bruce servía como teniente en la Guardia Nacional.

Se cree que aumentará la intensidad de las operaciones cuando lleguen los refuerzos, que está enviando el gobierno de Washington. Estos refuerzos llegarán a la región donde los liberales son más activos, procedentes algunos de otras regiones de Nicaragua y otros de Estados Unidos. Reina gran ansiedad y nerviosismo en esta capital. (La Nación, 3 de enero de 1928).
Vale la pena reproducir los cables de las agencias noticiosas, que por sí mismos ilustran suficientemente la situación en aquellos días:
Washington, 2 (AP). — El Departamento de Marina recibió esta noche un despacho radiotelegráfico, procedente del cuartel general de la marinería en Telpaneca, Nicaragua, en el que se pide urgentemente material sanitario y refuerzos. El destacamento de marinería perdió dicho punto, después del combate de ayer, y ha pedido que el material sanitario sea enviado con toda premura, en aeroplano. Se asegura asimismo, que la marinería ha ocupado posiciones que mantendrá, aunque el destacamento necesita refuerzos con urgencia. (La Nación, 3 de enero de 1928.)
Managua, 2 (AP). — Las fuerzas al mando del general revolucionario Sandino, fueron atacadas hoy por los aviones de bombardeo norteamericanos. El mayor Ross A. Rowell, que dirigió el ataque aéreo, informó al coronel Gulick que varias bombas dieron el blanco y causaron numerosas bajas al enemigo. (La Nación. 3 de enero de 1928.)
Nueva York, 4 (AP). — Serán enviados a Nicaragua refuerzos de marinería, con objeto de emprender una campaña más intensa contra los revolucionarios. Aunque los funcionarios del gobierno no demuestran nerviosismo, están resueltos en lo que respecta al envío de fuerzas adicionales, de acuerdo con planes que se han contemplado desde hace mucho tiempo; se cree que serán necesarios por lo menos dos mil marinos para proseguir la lucha. Se presume que los revolucionarios han recibido instrucción militar de un soldado alemán llamado Müller, que sirvió bajo las órdenes del general Moncada. Al convenirse la suspensión de las hostilidades, Müller desapareció, aunque después se supo que se hallaba en Honduras. Se cree que ha regresado a Nicaragua, donde ha enseñado a los revolucionarios los métodos de guerra modernos. Se supone por otra parte, que los revolucionarios han recibido provisiones desde Hon­duras aunque la fuente original de los mismos no se ha podido explicar. (The New York Times, enero 4 de 1928.)
Washington, 3 (AP). — Dos batallones de infantería de marina, al mando de un general, han recibido orden de partir con rumbo a Nicaragua, con el fin de tomar parte en la campaña emprendida contra el general Sandino. Dicha orden fue impartida después que el secretario de Marina, Mr. Wilbur, conferenció con el presidente Coolidge. Hasta que lleguen esos refuer­zos, las tropas de infantería de marina, actualmente a bordo de la flota, han recibido la orden de bajar a tierra, con el fin de hacer guardia en Managua y otras ciudades y relevar a las fuerzas que serán enviadas en apoyo de la columna que combate contra Sandino... Con la llegada de la estación seca, Mr. Wilbur opina que las fuerzas de marinería están en condiciones de dominar a Sandino, mediante la incorporación de refuerzos y más escuadrillas de aeroplanos. Para este fin, se enviará un batallón de marinos, compuesto de 500 plazas, desde la estación del Atlántico, y otra fuerza análoga, desde la costa del Pacífico. (La Nación, enero 3 de 1928.)
Ese mismo día, el Departamento de Estado publicaba una declaración sobre el envío de tropas a Nicaragua, recordando que de acuerdo con los términos del arreglo Stimson, los conservadores y liberales nicaragüenses convinieron en deponer las armas, “excepto —agrega­ba— un comparativamente pequeño grupo de liberales a las órdenes del general Sandino, al que desde entonces se han agregado ciertos elementos, que han continuado haciendo depredaciones en una remota región de Nicara­gua”. Añadía el comunicado: “Esos hombres son conside­rados como bandidos comunes, no sólo por el gobierno de Nicaragua, sino por sus dos partidos políticos. El gobierno de Estados Unidos tiene la decidida intención de cooperar con las fuerzas nicaragüenses en forma efectiva, para restablecer el orden en todo aquel país y para hacer posible la realización de elecciones libres y correctas, que nos hemos encargado de vigilar.”

Por la noche se impartían órdenes de salida a cinco destroyers, sitos en Boston, en dirección a Nicaragua. La primera página de los diarios de Nueva York presentaba un raro contraste. Por una parte, publicaba detalles llenos de colorido, acerca de la recepción tributada al aviador Lindbergh en El Salvador, por la muchedumbre, y por la otra, pintaba un trágico cuadro de la guerra en Nicaragua, en el que se describía cómo los soldados de infantería de marina se habían trabado en lucha contra los rotosos del rebelde Sandino. Los despachos ponían de relieve que las tropas sandinistas habían recibido ayuda desde el exterior. Se insinuaba que “ciertas organizacio­nes extremistas” de Estados Unidos estaban contribuyen­do a la rebelión, aunque no se daban pruebas de ese aserto. Con respecto al vuelo de Lindbergh, en dirección a Managua, según el cable de la AP, podía decirse “que los altos funcionarios del gobierno experimentarán una sensa­ción de alivio cuando el coronel se encuentre en lugar seguro, después de haber pasado la zona de peligro”... ocupada por Sandino.

Como coincidencia, la tripulación del vapor Corinto, surto en el puerto del mismo nombre, se había declarado en huelga, negándose a descargar si no se les aumentaban los salarios. El vapor Venezuela, en viaje hacia Panamá, tampoco había podido descargar. El jefe de aduanas opinaba que estarían interviniendo “influencias extrañas para producir esta huelga”, como acto de solidaridad con el general Sandino. Por otra parte, los agentes del gobierno investigaban la cuestión del contrabando de armas en la costa oriental, puesto que se daba como cierto que el jefe rebelde obtenía armas y municiones “desde las repúblicas del Norte por el Cabo Gracias a Dios”. Las informaciones desde Managua a Washington describían a los soldados de Sandino usando uniformes color caki, semejantes a los de los invasores; y las provenientes de la capital de la Unión, según cable de la UP del 3 de enero, “reiteran la noticia de que las tropas que luchan contra Estados Unidos han empleado bombas de dinamita, ametralladoras, pistolas automáticas y cañones”, que según el cable, producen un sonido semejante al de los morteros de trinchera o cañones de batería de montaña”.

II
Al reanudarse el 4 de enero las sesiones del Senado de Washington, el senador demócrata por Alabama, Mr. Heflin, presentó un proyecto de resolución, pidiendo el inmediato retiro de las tropas norteamericanas que se hallaban en Nicaragua. La moción fue transferida final­mente a la Comisión de Relaciones Exteriores, presidida por Mr. Borah.

En su proyecto, Heflin sostenía que la intervención violaba la Constitución de Estados Unidos, por cuyo motivo pedía un pronunciamiento inmediato. Además, expresaba lo siguiente:
“El envío por parte de Estados Unidos de fuerzas armadas a una república vecina, con objeto de derrocar a un gobierno, resultante de la voluntad manifiesta de su pueblo, no está bien; es algo que no tiene excusa ni defensa. La acción del presidente Coolidge, al enviar una fuerza armada a Nicaragua, con el fin de proteger y defender a Díaz, el impostor y usurpador, y de mantener­lo como presidente, aunque nunca fue electo, constituye un acto de tiranía imperialista, y es un crimen cometido contra los naturales de Nicaragua, que aman suficientemente los principios del gobierno propio, para luchar y morir por ellos.”
El republicano Norris acotó a su vez: “En Nicararagua tenemos tanto derecho y tanto que ver como en Canadá. Nunca lo hemos tenido”.

Y Nye, otro senador de la misma fracción, presentó por su parte un proyecto, solicitando que el presidente Coolidge declarara que “Estados Unidos es contrario al empleo de fuerzas armadas, para proteger las inversiones de capitales norteamericanos en países extranjeros”.

En la Cámara de Representantes se reproducía el ejemplo, al coincidir diputados republicanos y demócratas en su repulsa a la política de la Casa Blanca. Así, el republicano Huddleston, por Alabama, declaraba:
“El actual gobierno ha mezclado a Estados Unidos en la cuestión con Nicaragua y está obligado a desentenderse de ese asunto, la guerra que se desarrolla en Nicaragua la hace el gobierno y no el pueblo de Estados Unidos. El gobierno ha llevado a nuestros marinos a Nicaragua, pero no con propósitos americanistas.

“Creo que estamos en guerra, y lo estamos desde hace algunos meses. Sin embargo, El Congreso, que tiene la facultad para declararla, no ha sido consultado acerca de esta situación. El presidente puede tener facultades para enviar tropas a Nicaragua, pero por cierto, eso constituye una violación de la Constitución. Se ha creado una situación peligrosa. Nunca debimos habernos metido en ella y no sé cómo podremos salir.”
Y el demócrata Sol Bloom manifestó, a su vez: “Parece que realmente estamos en guerra con el pueblo nicaragüense, y sin embargo, no recuerdo que el Congreso haya declarado la guerra; ni Coolidge, ni siquiera Kellogg, ha sugerido al Congreso el propósito de una guerra entre la Unión y Nicaragua. Algo debe estar mal en nuestras relaciones exteriores, si semejante situación es posible. La marinería recibirá refuerzos en breve, y eso probablemente signifique más derramamien­to de sangre.”

El diario The World de Nueva York, se unía a la vocinglería; en su editorial del 4 de enero decía:

Tenemos al oso asido por la cola, y nadie tiene la menor idea de cómo podemos desasirnos. De ahí que en nuestra opinión, Coolidge no puede hacer nada mejor que presentar todo el asunto a la Conferencia Panamericana de la Habana, y pedir a nuestros vecinos latinoamericanos que se plieguen a nosotros, para formular una política mejor, acerca de los países como Nicaragua. Es inútil pretender que nos enorgullecemos de ella. No es así. A nadie en este país le agrada, y nadie quiere que la marinería combata en las selvas, que la maten y que mate. Con todo, el maldito asunto continúa para disgusto de América Latina y del pueblo norteamericano. Hasta ahora hemos aceptado toda la responsabilidad y el resultado del asunto. ¿No ha llegado el momento de pedir a los Estados latinoamericanos que compartan con nosotros la responsabilidad de iniciar una nueva política?
Las enérgicas críticas de la prensa mundial molestaban no poco al Departamento de Estado, siempre muy sensible a ellas, aunque muy pocas veces dispuesto a evitar los motivos que las suscitaban. Los funcionarios se negaban a admitir que Estados Unidos se encontrara en estado de guerra contra Nicaragua ni contra partido alguno del país. Excusaban la actitud de su gobierno por el hecho de que tanto los dirigentes liberales como los conservadores habían puesto fuera de la ley a Sandino, a quien consideraban —según el corresponsal Alfred P. Reck— “un peón ignorante, transformado en bandido.” En los cuerpos de marinería le consideraban igualmente un bandido fuera de la ley, aunque luchador encarnizado, en tanto los que le conocían o simpatizaban con él, le representaban como un perfecto caballero y hombre culto, que simplemente luchaba por los derechos ultraja­dos de su patria.

El mismo corresponsal de la UP afirmaba que Sandino era un hombre de unos 35 años, de mediana estatura, robusto, “siempre perfectamente afeitado y con algunas marcas de viruela en el rostro...”. Añadía luego que el valor que había demostrado era algo que no podía discutirse, y terminaba su nota de este modo: “Un funcionario del Departamento de Estado ha declarado que esta dependencia ha resuelto continuar considerando al general Sandino como 'bandido', sin tener en cuenta cuántos hombres tenga bajo su mando, y que se adopta esa decisión porque se negó a obedecer las órdenes de su superior, el general Moncada. También ha resuelto el citado Departamento considerar al general Sandino como a un hombre fuera de la ley.”

El 4 de enero de 1928, zarpaba de Boston, con destino a Nicaragua, vía Hampton Roads, el crucero Raleigh, los destroyers McFarland, Preston, Putnam, Paulding y el transporte Ogalaba, conduciendo fuerzas de marinería para luchar contra Sandino. El mismo día, Zepeda, representante en México del presidente constitucional Sacasa, declaraba haber recibido un despacho de Sandino informándole, que ocasión de una reciente batalla librada en Telpaneca, doscientos cincuenta liberales, al mando del coronel Francisco Mendoza, habían exterminado a la guarnición de aquella localidad, compuesta de norteame­ricanos y policías nicaragüenses, con un total de ochenta hombres. Aunque la resistencia había sido valerosa, la guarnición fue liquidada, y se obtuvo un botín de cuatro ametralladoras, 150 fusiles, una gran cantidad de muni­ciones y 47 mulas, con un cargamento de uniformes y alimentos. Explicaba Zepeda, que gracias a este botín, las tropas de Sandino se habían presentado en la batalla de Quilalí con uniformes nuevos.

Las autoridades norteamericanas ocultaban sus bajas, aunque en la prensa nicaragüense, aun en la oficialista, aparecían a menudo los relatos de los combates en que habían intervenido los norteamericanos y las bajas que éstos habían sufrido. Según el citado Zepeda, las activida­des de Sandino tenían por finalidad excitar la atención del mundo sobre el hecho de que “los patriotas todavía combatían a los invasores yanquis”, para que el asunto fuera puesto sobre el tapete en la Conferencia Panameri­cana a reunirse en La Habana ese mismo mes.

III
Entretanto, en el Senado, como en la Cámara de Representantes de Washington, continuaba el debate sobre la política del gobierno, en relación con Nicaragua. Así, el senador Burton K. Wheeler presentaba una resolución, condenado “las actividades desplegadas por el gobierno de Coolidge contra Nicaragua”, calificándolas de guerra sin el consentimiento del Congreso. Pedía además, que la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado investigara acerca de las inversiones de capitales estadou­nidenses en aquel país, la forma en que se efectuaron, y además, si era o no cierto que el Poder Ejecutivo se proponía “'usurpar las prerrogativas del Congreso, al estar embarcado en una guerra, con objeto de proteger esas inversiones de capital”. En otra parte de la resolu­ción, se explicaba la deficiencia de los oficiales por la muerte de varios soldados de marinería en Nicaragua, y se aseguraba que las concesiones obtenidas por Estados Unidos en ese país, habían sido negociadas mediante métodos dudosos.

La propuesta de Wheeler fue aceptada, pero no contento con ello, el senador Heflin a su vez, arremetió contra el gobierno, acusándolo de mantener una alianza con elementos católicos y la oligarquía de Wall Street, la cual era directamente responsable —dijo— del derrama­miento de sangre en Nicaragua. Añadió que se había convertido a los soldados de la Unión en simples cobradores de la agencia prestamista de Wall Street, y que el gobierno conducía una guerra de exclusiva protección a personas que se habían hecho ricas en Nicaragua, con lo cual la Unión se había conquistado la antipatía de todas las naciones americanas.

En la Cámara de Representantes, el demócrata Huddleston manifestaba: “Un gobierno inepto nos ha colocado en una situación difícil, y ahora debemos luchar para salir de ella. En Nicaragua existe una guerra que no es del pueblo norteamericano, sino de los que están a cargo del gobierno. Mientras nuestro embajador de la paz atraviesa los aires, nuestros embajadores de la muerte luchan entre los matorrales de Nicaragua por una causa que no es la causa norteamericana. El gobierno no ha consultado a nadie en la prosecución de esta guerra, aunque la Constitución concede al Congreso la facultad exclusiva de declarar la guerra. Si hoy el presidente puede mandar marinos a Nicaragua, mañana podría mandar al ejército o a la armada para bombardear a Londres.”

Un día después, The Nation de Nueva York, publicaba una carta que no requería comentario alguno. Decía así:
“Ferguson, Missouri, enero 3 de 1928.

“Mr. Calvin Coolidge. Washington, D.C.

“Mi querido Sr. presidente:

“Según las noticias de esta fecha, procedentes de Managua, mi hijo, el sargento John F. Hempbill, murió peleando contra las tropas del general Sandino.

“Por esta muerte de mi hijo, yo no guardo rencor contra el general Sandino ni contra ninguno de sus soldados, porque creo y pienso que el 90 por ciento de nuestro pueblo siente lo mismo, que ellos están luchando ahora por su libertad, del mismo modo que nuestros antepasados lucharon por la nuestra en 1776; y que nosotros, como nación, no tenemos ningún derecho legal ni moral, para estar matando a un pueblo amante de su libertad, en una guerra de agresión.

“Lo que nosotros estamos haciendo en Nicaragua es puramente un asesinato; nuestro único propósito es mantener en el poder a un títere de presidente y actuar como cobradores de Wall Street lo cual es seguramente contrario al espíritu y a la letra de nuestra Constitución.

“Mi hijo tenía 29 años, sirvió tres años en su tercer enganche, sobrevivió al honorable servicio en la guerra mundial contra Alemania, todo esto para ser oficialmente asesinado en una vergonzosa guerra contra aquella pequeña nación.

“Mi padre sirvió durante toda nuestra guerra civil, mis dos abuelos murieron en la misma guerra, y yo me siento orgulloso de sus hazañas; de modo que esta carta no es de una pluma de un rojo o radical, sino de uno que ama la justicia.

“Tengo cuatro hijos, y si algún día fuera necesario, yo estoy dispuesto a sacrificar no sólo a mis cuatro hijos, sino mi propia vida también, en una guerra de defensa; pero no estoy dispuesto a derramar una sola gota de sangre en una guerra de agresión como la que estamos haciendo en Nicaragua.

“Usted ha perdido un hijo y conoce este pesar, y nosotros como nación, lo acompañamos a usted en su hora de tribulación. Imagínese usted, señor presidente, que su hijo hubiera caído como mi hijo cayó, siendo víctima de la avaricia de Wall Street. ¿Sentiría usted, señor presidente, que la ganancia material valía la pena de semejante sacrificio?

“Suyo, sinceramente, John S. Hempbill.
El mismo general Lejeune y muchos oficiales de la armada se mostraban inclinados a dudar de la versión, según la cual algunos desertores de las filas norteamericanas ayudaban a Sandino en la organización de sus fuerzas, pero admitían que varios marinos habían desapa­recido. Reconocían asimismo, que los oficiales de marina tenían conocimiento de que Sandino había ofrecido grandes pagas a los individuos de ese cuerpo para que desertaran y se incorporaran a sus filas. Otra versión sobre Sandino la suministraba el New York Times, el 9 de enero, al reproducir un despacho de su corresponsal en Managua y expresar: “De Sandino se dice que es bravo, arrojado y cruel, y que posee gran habilidad militar. No muestra piedad para los prisioneros, y lo anima la creencia sincera de que puede liberar a su patria de la opresión extranjera.” Seguidamente, el corresponsal reproducía el párrafo de una carta enviada por Sandino a un marino:
Les aconsejo que antes de venir a mis montañas hagan sus testamentos por anticipado, porque hay mucha liebre amarilla aquí que puede impedirles regresar a sus casas. Su Seguro Servidor, que está deseoso de mandarlos a la tumba, cubiertos de bellas flores. Patria y Libertad. — A. C. Sandino.
El mismo día, un aeroplano de la marina norteameri­cana, caía envuelto en llamas a la vista de los tiradores de Sandino. El teniente Vernon Guyman, que actuaba como piloto, y el observador que le acompañaba, lograron salvarse sin sufrir daños personales. La caída de la máquina se produjo por fallas del motor, según se informó desde Managua, cuando se hallaba sobre las alturas de Sapotillal, lugar donde escasos días antes se había producido un combate entre sandinistas y marinos. El 10 de enero, el coronel Mason Gulik, comandante de la marina de la Unión en Nicaragua, informaba que el pueblo de Somotillo, situado en las proximidades de la frontera con Honduras, se hallaba ahora en poder de los nicaragüenses afectos a Estados Unidos, después de haberse producido una situación de “alguna gravedad, debido a la deserción de cierto número de guardias nacionales”. Al conocerse la deserción de estos; se había enviado un destacamento de marinos desde Chinandega, y estas fuerzas habían anunciado la sublevación de todo el pueblo. Gulik manifestó que los guardias nacionales fueron inducidos a desertar a instancias del general hondureño Peralta, quien a su vez había sido “sugestiona­do” por Sandino.

Los diarios de todo el mundo registraban estos sucesos, mezclados en las mismas columnas que daban cuenta de los “esfuerzos” del canciller Kellogg, para lograr el desarme mundial —a cuyo efecto había redacta­do un proyecto—, que meses después se concretarían con la firma del Pacto Kellogg-Bryand. Junto a esas noticias, aparecían los anuncios de la partida de las distintas delegaciones hispanoamericanas con dirección a La Haba­na, donde se iba a celebrar la VI Conferencia Panamerica­na para debatir temas que, como de costumbre, interesa­ban sobremanera a Estados Unidos, pero que en esa oportunidad provocarían situaciones inesperadas y acti­tudes tan sorprendentes, que iban a convertir a esa reunión en la más importante y distinta de las celebradas hasta entonces.

Sumada a esas circunstancias, o quizá como su razón principal, aparecía la gesta de Sandino como telón de fondo del escenario del ágape irrisorio, donde iba a repercutir su lucha, aunque la mención de ella fuera proscrita tanto implícita como explícitamente.

Entretanto, en San Diego, California, se concentran, al igual que en Norfolk y en Charleston, refuerzos norteamericanos convocados para combatir a Sandino. Los soldados reunidos en esos tres puntos sumaban algo más de mil en total, siendo veteranos en su mayor parte.

Se calculaba que cuando arribasen a Nicaragua, sumaría algo más de cinco mil el número de soldados y marinos norteamericanos que se encontraban allí. Cinco mil hombres que, al decir del general Lejeune, dedicarían sus actividades a eliminar al caudillo “del horizonte nicara­güense, que si no fuera por él, estaría pacificado antes de las elecciones de agosto”.

IV
Acerca de Sandino se expresaba así el ex vicepresi­dente nicaragüense Sacasa, entonces radicado en Guate­mala: “Reconozco el gesto patriótico de Sandino, aunque comprendo que dado lo desproporcionado de la lucha, no puede tener la menor esperanza de triunfo.”

Sacasa había agregado a los periodistas que lo entrevistaron, el 6 de enero, que no apoyaba a Sandino ni creía que el caudillo pudiera prosperar ni robustecer su posición frente a Estados Unidos. Sacasa se mostraba decepcionado. “Yo, que soy americanista —había mani­festado— y que me eduqué en Estados Unidos, no puedo menos que deplorar la acción del gobierno norteamerica­no en mi país.” Refiriéndose incidentalmente a las publicaciones de Hearst, dijo que le sorprendía la inserción de documentos apócrifos, sobre todo de un tratado secreto que se suponía firmado por él el 15 de julio, cuando se encontraba en El Salvador. “Puedo asegurar —afirmó— que jamás he firmado ningún pacto ni compromiso con gobiernos ni compañías contra los intereses de Nicaragua, ni para obtener la ayuda moral o pecuniaria. Es verdad que me ayudaron varios países en la lucha constitucionalista, pero desinteresadamente, por la propia virtud de la justicia de la causa.”

El 10 de enero se libraba un combate entre las tropas de Sandino y las invasoras, dirigidas por el teniente Satterfield. Un aeroplano manejado por el mayor Ross Rowell había intervenido en la acción, que según el informe rendido a la superioridad, había ocasionado a los rebeldes nueve bajas. El coronel Gulik, al anunciar que gracias a ese encuentro se había ocupado sin resistencia la localidad de San Albino, agregó que “continuaría lanzan­do bombas sobre todos los nicaragüenses que peleen por expulsar a las fuerzas de Estados Unidos”.

El mismo día, en entrevista exclusiva concedida a la UP, con referencia a la situación en Nicaragua, el coronel Henry L. Stimson, autor de “La paz de Tipitapa”, expresaba entre otras cosas:
La seguridad nacional de nuestro propio país, nos ha impuesto un interés particular de guardarnos contra influencias extranjeras, en las rutas del mar Caribe y del Canal de Panamá, y en consecuencia de procurar que no hayan ni puedan producirse causas para una intervención extranjera, en los países que forman las fronteras de esas rutas. Para proteger nuestros intereses, estamos impidiendo que las nacio­nes extranjeras ejerciten aún derechos perfectamen­te reconocidos, de reclamaciones contra las repúbli­cas centroamericanas y antillanas, cuyos territorios dominan aquellas rutas, y por lo tanto, hemos contraído de hecho la obligación de procurar que los derechos de esas naciones estén debidamente protegi­dos contra la incapacidad de los gobiernos de las repúblicas americanas, para ejercer sus deberes como naciones independientes.
Con estas palabras confirmaba Stimson una de las razones, las estratégicas, que a su modo de ver justificaba el papel protector que se arrogaba Estados Unidos en todo el ámbito del Caribe. En cuanto a Sandino, Stimson manifestó:
“No lo conozco personalmente. En mi libro he transcrito apreciaciones sobre su personalidad, hechas por su ex comandante, el general Moncada, dirigente de la pasada revolución, a cuyas órdenes sirvió Sandino. De acuerdo con esas declaraciones y otras que me fueron hechas personalmente por dicho general Moncada, mi opinión es que la hoja del general Sandino demuestra la comisión de actos de bandidaje, tanto contra los conserva­dores como contra liberales; que en forma alguna puede ser considerado como un patriota que lucha por una causa justa, y finalmente, que llegó a Nicaragua después de haber comenzado la revolución, solamente con el propósito de aprovechar una oportunidad que se le presentaba, para satisfacer sus ambiciones. De acuerdo con informaciones que me han sido suministradas, Sandino ha estado ausente de Nicaragua durante años”.
Como a la sazón contaba Sandino con 32 años de edad, la aseveración de Stimson lo presentaba como si se hubiera exiliado a los 10 años y trabajado como guardal­macén en Honduras a los 11 años, precocidad digna de admiración. La afirmación de Stimson tenía tantos visos de verosimilitud como todas aquéllas que le presentaban como formando parte de las guerrillas de Pancho Villa en México, según lo hemos mencionado sin comentario en páginas anteriores, y como lo reiteraban de nuevo declaraciones del general Moncada —hechas a The World el 11 de enero—, quien afirmaba muy suelto de cuerpo, que Sandino nunca había sido “un soldado reconocido en el Ejército Liberal de Nicaragua”, para a continuación agregar:
“Sandino es un fugitivo de la justicia, que condenado por asesinato se dirigió a México, donde peleó con los villistas. Regresó después a Nicaragua, se radicó en la región de las minas de San Albino y se asoció con elementos maleantes hondureños y nicaragüenses. Sandino se plegó a la última revolución y apareció en los alrededores del río Coco para pedir víveres, pero cuando Puerto Cabezas fue declarado zona neutral, Sandino inició una campaña de guerrillas independientes y entró en las ciudades con propósitos de saqueo. Después de reunir secuaces, se dirigió hacia el país montañoso a lo largo de la frontera hondureña y ha saqueado las haciendas de amigos y enemigos por igual, para vender el botín en Honduras. Actualmente mantiene buenas comunicaciones con sus amigos de Tegucigalpa, y por conducto de ellos, con sus amigos de Nueva York, México y América Central.”
Días después, el mismo Moncada formulaba nuevas declaraciones, esta vez al New York Times, que las publicaba en su edición del 13 de enero:
La marinería norteamericana constituye la única garantía de la libertad y la prosperidad; si se la retirase, se produciría la anarquía... Los liberales estamos convencidos de que Sandino perjudica la causa del país. No quieren más derramamiento de sangre. Sandino procede bajo la influencia del fanatismo y del comunismo; odia al liberalismo. Hace poco tiempo los marinos hubieran podido vencer a Sandino, pero se ha interpuesto la estación lluviosa.

Cuando, después de la conferencia de Tipitapa, Sandino se ocultó, se dirigió hacia las inmediaciones de la frontera de Honduras, y por medio de ese país, se mantuvo en comunicación con sus partidarios y recibía ayuda. Los marinos podrían terminar con él si cerrasen la frontera, para evitar que recibiese esa ayuda.

Sandino fue el único liberal que peleó valido de tácticas bolcheviques. Cuando su gente se plegó al ejército liberal, llevaba una bandera roja con el diseño de la calavera (en otra oportunidad. Moncada dijo que la bandera era rojinegra) y de las tibias cruzadas, y el lema “Libertad o Muerte”. Sandino no dio cuartel a los prisioneros y a los no combatientes, en San Ramón. Con su propia mano dio muerte a nueve prisioneros indígenas. Se apoderó del oro de la mina de San Albino, propiedad de un británico, quien actualmente reclama un millón de pesos del tesoro nicaragüense. La mayor parte de sus fuerzas está formada por hondureños, pero es imposible decir a ciencia cierta, quién es el culpable de la ayuda que se le presta...
En un estilo juguetón, The World insistía en censurar la política de Coolidge:
...El reconocimiento por parte del Departamento de Estado, de la necesidad de reforzar las tropas norteamericanas para derrotar definitivamente al general Sandino, aporta una insospechada novedad a las informaciones oficiales acerca de Nicaragua, que reconocen la fuerza del general revolucionario tras de haber venido insistiendo en su poca importancia... Nuevos alistamientos en las fuerzas de Sandino fueron hechos públicos el 31 de octubre, y cerca de sesenta bajas, anotadas en un parte oficial del 2 de noviembre, en ocasión de otro encuentro. A pesar de tan repetidas pérdidas de gente, Sandino sobrevive aún y conserva partidarios. Y es quizás un poco prematuro insistir en dar a la publicidad optimistas comunicados, con los que tal vez buscan sus autores convencer al pueblo de Estados Unidos que la cuestión nicaragüense carece de importancia.
Y Sanín Cano, desde las columnas de El Tiempo, de Bogotá, señalaba:
América Latina no ha registrado, con la emoción dolorosa y el gesto de protesta que ya debiera haber asumido, el sacrificio frío que se está consumando en una montaña de Nicaragua, donde va a perecer con un grupo de patriotas desesperados, el joven y desde ahora legendario general Sandino, único caudillo nicaragüense cuyo amor invulnerable al país y a la libertad no se ha rendido ante una intervención saxoamericana, hecha a base de promesas y de amenazas. Del espíritu y de la carne de la raza no ha brotado el grito amargo capaz de detener el desenlace de la tragedia y del crimen. Ni siquiera las palabras insultantes con que la Secretaría de Estado de Washington ha querido calificar la personalidad del soldado irreductible, para desviar el juicio del continente y del mundo sobre esta horrenda hazaña del imperialismo, agregando la injuria a la muerte, han hecho que la conciencia latinoamericana reaccio­ne vivamente en favor de la víctima y lleve hasta el victimario su queja indignada y su reproche adolori­do. Entre el silencio oficial de los países hermanos del suyo, mientras los delegados de Hispanoamérica se dirigen a La Habana a oír las declaraciones de fraternidad, de respeto y cariño de los representan­tes de la Casa Blanca, y en tanto que los niños de las escuelas de Managua vivaban a Coolidge en la recepción del aviador Lindbergh, Sandino y sus montañeses, prometidos voluntarios de la muerte, han esperado, abrazados a su tierra, el momento de entregarle a esa madre desamparada de todos, la última ofrenda posible, la ofrenda de sus cadáveres.

No tiene, no ha tenido, no tendrá seguramente ese orgullo romántico de soldados una voz amiga entre los hombres importantes de su país, porque todos los capitanes gobiernistas y revolucionarios, están entre­gados al cultivo de la intervención extranjera, y buscan en una triste competencia, la manera de asegurarse la simpatía preferente del Norte, para conseguir en las elecciones la posesión, aunque sólo sea nominal, del poder público. Pero la orfandad de esos soldados en su propio país, no debe ser también una orfandad a todo lo largo de la raza. Es necesario que en todos los pueblos latinoamericanos donde los hombres directivos no hayan cifrado su porvenir político, su carrera, su triunfo personal en el favor que les dispense el gobierno de Washington —y entre esos pueblos nosotros contamos a Colombia—, expre­sen uniforme y claramente ante ese gobierno el concepto que les inspira el exterminio a sangre y fuego de los tenaces patriotas de Nicaragua, y la tremenda oposición que encuentra este acto de los marinos yanquis y la noble literatura del panamerica­nismo. Tal vez la presentación ante la Casa Blanca de un conjunto o de una serie de protestas oficiales latinoamericanas, lograra impedir que Sandino y los suyos fueran sacrificados y que el poder militar de Estados Unidos realizara una de las más difíciles, heroicas y felices hazañas posibles, para una potencia de primer orden.

V
El 18 de enero, eran embarcados con destino a Nicaragua tres aeroplanos Curtiss de combate, cada uno de los cuales estaba equipado con seis ametralladoras y tenía capacidad para treinta bombas. Los fabricantes explica­ron que dos de las ametralladoras podían ser manejadas por el piloto, haciendo fuego por entre la hélice, y otras dos por el observador, sentado en el asiento posterior; que los aviones desarrollaban una velocidad de 240 kilómetros por hora y podían volar a ocho metros del suelo; que las ametralladoras lanzaban 3.000 balas por minuto y que las pilotos podían arrojar 24 bombas pequeñas en el mismo lapso.

En Nicaragua, los avatares políticos conducían a Chamorro, entretanto, a coincidir aparentemente con Sandino, en la lucha contra Estados Unidos y Díaz, claro está que por muy distintos motivos. La Unión había puesto el veto a la candidatura del general que había vendido a su patria por menos de 30 dineros, y aquél se desquitaba haciendo que sus partidarios en el Congreso de Nicaragua obstaculizaran la sanción del Pacto de Tipitapa, al que Díaz pretendía dar fuerza legal, declarando Chamorro a los periodistas que Estados Unidos preparaba la elección de Moncada; éste, según lo consignó en The Nation Salomón de la Selva, puso en práctica la táctica de ofrecer a la Unión mucho más de lo que le habían dado los conservadores. Lo que parecía pues, una lucha cívica entre liberales y conservadores, era en realidad una subasta sin pudor, de la que saldría beneficiado Moncada. La Unión se beneficiaría a su vez, jactándose de que en una elección presidida por conservadores, saldría electo el candidato liberal.

Lo irrisorio era que Chamorro alegaba, recién ahora, que la Constitución prohibía la injerencia de extranjeros en las elecciones o en cualquiera otra actividad del país, después de haberse cansado gritando a todos los vientos que la intervención yanqui era necesaria para pacificar al país. Si el Congreso declaraba la ilegalidad de esa intervención, ¿cómo justificarían Coolidge y Kellogg su presencia en Nicaragua? Y si se marchaban las tropas invasoras, ¿no barrería Sandino con las pretensiones de Moncada y de cualquier otro candidato que se hubiera distinguido por su trato espurio con los invasores? ¿No supondría esto mismo la mayor de las humillaciones para el Tío Sam?

Chamorro tenía mayoría en la Cámara y podía manejarla a su antojo, presionando sobre Washington —¡él tan luego!— y maniobrando en el preciso momento en que el Departamento de Estado estaba menos deseoso de adoptar actitudes “no legales”. Obligaba él, caudillejo de una de las naciones más pequeñas del mundo, a aceptar condiciones a una de las más poderosas, al “regular” el voto de la Cámara nicaragüense y enderezarlo contra el pacto Stimson, y se daba el lujo de denunciar que el proyecto de ley aprobado por el Senado había recibido previamente el visto bueno de la Legación yanqui en Managua. Además, introducía en el proyecto de ley electoral tantas modificaciones, que hacía necesaria la reconsideración por el Senado.

La necesidad de presentar un cuadro idílico de la situación ante la Conferencia, coincidía con la de terminar las operaciones en Nueva Segovia antes de la temporada de las lluvias, que hacía imposible cualquier operación bélica. Eso explica que recrudecieran los ataques de los marinos y de la aviación norteamericanos, concentrados ahora sobre El Chipote, montaña de formación volcánica de 1.500 metros de altura, de difícil ascensión, que se había convertido en el cuartel general de Sandino. Diariamente esa posición era bombardeada por los aviones, pero el 15 de enero se registraba el bombardeo más intenso que se hubiese efectuado sobre un punto cualquiera desde el comienzo de las hostilidades. Tres días después llegaba a Managua la información de que, a raíz de ese bombardeo, había fallecido el héroe patriota. Este, en realidad, había preparado un falso sepelio de sus propios restos, para engañar a los yanquis. Desde Managua, el cuartel general pidió a San Rafael investigara la noticia; los aviadores, por su parte, informaban que “los cuervos muestran gran actividad en la zona de El Chipote” después del bombardeo, y que el camino hacia Honduras mostraba rastros de haber sido muy utilizado. A raíz de ello, el gobierno de Honduras prometió que no permitiría “que los rebeldes se concen­tren o permanezcan” en el país.

El 19 de enero, el representante por Alabama, Mr. Huddleston, acusaba en la Cámara de “hipócrita” a Coolidge, y de poner los dólares por encima de la consideración de los derechos humanos. Dijo que mien­tras Coolidge predicaba la doctrina de buena voluntad hacia América Latina, los vendedores de diarios de todo el continente voceaban: “Sesenta nicaragüenses muertos por los marinos norteamericanos.” Después agregaba:
“Los diarios del mundo se ríen de Coolidge. La prensa británica se burla de su hipocresía, y ¡oh!, cuando la pérfida Albión puede mofarse de la hipocresía de una nación, no habrá otra, por pobre que sea, que nos haga reverencias. De todos modos ¿qué estamos haciendo en Nicaragua? El público no lo sabe; me preguntan a mí y a todo el mundo, e infortunadamente, el Congreso tampoco lo sabe. Cuando el presidente dice que nos metimos en Nicaragua para proteger las vidas y los bienes norteamericanos, se vale de un eufemismo, pues quiere decir, los dólares y la deuda que ha contraído Nicaragua con los banqueros internacionales norteamericanos.”
Ese mismo día, El Universal de México publicaba una carta de Sandino, donde el jefe rebelde informaba que los aeroplanos bombardeaban sin discriminación las aldeas y las ciudades situadas en Nueva Segovia, sin cuidarse si estaban en su poder o no. A raíz de los heridos que esos ataques producían, pedía el envío de medicinas y de quinina, ya que la malaria causaba estragos entre su gente. La carta agregaba:
Nuestros heridos se mueren por falla de tratamiento médico oportuno de las heridas recibidas a consecuencia de las bombas y metralla, como también a causa de la malaria. Estoy hablando no sólo de los soldados, sino de los civiles, entre los cuales se encuentran muchas mujeres y niños, pues los aeroplanos enemigos están haciendo más daños en las poblaciones, que en nuestras trincheras. Ciudad Vieja, Guanacaste y San Albino han quedado convertidas en ruinas humeantes.
En la misma carta, Sandino comenta amargamente el mote de “bandido” que se le endilga: A Washington se le llama el padre de la patria, —decía—; lo mismo ocurre con Bolívar e Hidalgo: Yo sólo soy un bandido, según la vara con que son medidos el fuerte y el débil.

VI
The World, infatigable defensor de Nicaragua, publi­caba el 20 de enero, este despacho de su corresponsal en Washington:
En el Senado ha tenido lugar un debate muy animado acerca de la intervención de Estados Unidos en Nicaragua. Tomaron parte en la discusión los senadores demócratas Bruce y Dill. Mr. Bruce defendió enérgicamente lo que el senador Dill, por su parte, calificó de una guerra emprendida particular­mente en beneficio de los banqueros norteamerica­nos. Mr. Dill precipitó la discusión al leer ante el Senado un artículo publicado en The Nation, en el cual se acusa al Departamento de Estado de haber obligado virtualmente al gobierno conservador de Nicaragua a contratar un empréstito de un millón de dólares con banqueros neoyorquinos, y que una parte de esa suma fue destinada a comprar a los dirigentes del ejército liberal, para que depusieran las armas.

Mr. Dill agregó que el gobierno no procedería en tal forma con un país grande, por cuanto ello significaría la guerra. Agregó que el presidente Coolidge había mantenido fuerzas armadas durante casi un año sobre un territorio extranjero, sin tener autorización del Congreso. El senador Bruce hizo entonces la siguiente observación: “Cuando fuimos a Centroamérica, llevábamos con nosotros una bendi­ción”. Mr. Dill respondió: “Una bendición de plo­mos”. “Algunas veces —replicó Mr. Bruce— un plomo en el pecho de un bandido es una bendición para todo el mundo.” “Sí señor; eso es lo mismo que dijeron algunas personas en Gran Bretaña respecto de Jorge Washington, hace algún tiempo.” —contestó el señor Dill...

Era evidente que no había decaído el espíritu de justicia y democracia de muchos de los representantes del pueblo de Estados Unidos. Tampoco cesaba la lucha en las montañas nicaragüenses de Nueva Segovia, lucha cuyo eco resonaba con vigor entre las delegaciones asistentes a la VI Conferencia Panamericana, como hubo ocasión de constatarse en las declaraciones de diplomáticos latinoa­mericanos, y en las reuniones previas de las comisiones internas.

De León habían partido, con dirección a Nueva Segovia, mil soldados de infantería de desembarco, llevando artillería de montaña y todo lo necesario para sostener una campaña en regiones abruptas. Pero daba la impresión de que de nada serviría eso para enfrentar a un ejército que no ofrecía oportunidad para sostener grandes combates, ya que su multiplicidad y ubicuidad, características de la guerra de guerrillas, era la táctica más adecuada, a menos que quisiera suicidarse ese ejército en pleno, presentando combate en forma compac­ta. De la conveniencia de aquella táctica da cuenta el propio general Lejeune, que hizo un viaje de recorrido en aeroplano hasta El Chipote. El 25 de enero, antes de embarcarse hacia Estados Unidos, declaró a los periodistas:
El Chipote está hábilmente fortificado; tiene trin­cheras, pozos de zorro y emplazamientos para ametralladoras. Es evidente que las defensas de la montaña han sido dispuestas por alguna persona, que ha tenido instrucción militar. ¿Por quién? No pretendo saberlo. Los sandinistas hasta habían despejado la línea de fuego de sus cañones. El viaje de hoy me ha proporcionado la oportunidad de darme cuenta exacta de las enormes dificultades que tienen que vencer las tropas que operan en esos sitios. Estas dificultades consisten principalmente, en la distancia a que se hallan las tropas de su base, la falta de caminos, la dificultad y la demora en llevar los abastecimientos, y la naturaleza misma del terreno, que es montañoso y cubierto de matorrales espesos; no hay ninguna parte del camino que se debe recorrer, de la que pueda decirse que los soldados se hallan completamente libres de un ataque. Existen además, numerosos senderos, mediante los cuales las personas conocedoras del país pueden trasladarse de un punto al otro con rapidez... Esperamos que el derramamiento de sangre haya terminado en Nicara­gua y que la pacificación del país pueda realizarse tranquilamente. Estamos aquí para pacificar a Nica­ragua y vamos a cumplir ese propósito. No sé cuánto durará ese trabajo, ni en qué forma lo lograremos; pero espero sinceramente que no habrá más comba­tes. Nada nos agradaría tanto como que Sandino abandonara la lucha voluntariamente...
Pero por las dudas, cuatrocientos hombres habían subido hasta el abandonado cerro de El Chipote, al mando del mayor Archibald Young, y destruido las fortificacio­nes que habían merecido la admiración del general Lejeune. También por las dudas, salían de Norfolk, Virginia, hacia Nicaragua, tres aeroplanos más “de observación”, y otro más de la Marina, desde Quantico. Al mismo tiempo se daba a conocer en Nueva York, el regreso de una comisión norteamericana no oficial, “de reconciliación y arbitraje”, que había viajado a Nicaragua para entrevistarse con Sandino. El viaje había sido promovido por el American Friend Service Committee, y los delegados llevaron cartas de presentación para el jefe rebelde, proporcionadas por su hermano Sócrates, que entonces se hallaba en Estados Unidos, realizando propa­ganda en favor de Augusto. La comisión no alcanzó un fin positivo, debido a que, a raíz del combate de Quilalí, las tropas de ocupación se negaron a permitirles continuar el viaje. No obstante, habían podido entrevistarse con la esposa del caudillo. La delegación expidió finalmente esta declaración:
“Se ha dicho y publicado que Sandino es un bandido, enemigo de la ley y del orden. No le hemos visto y no podemos, por lo tanto, pronunciarnos en ningún sentido acerca de la cuestión. Pero hacemos notar, que es un hombre que combate en su patria contra soldados extranjeros. Hemos hablado con ciudadanos nicaragüenses, que opinan que lucha movido únicamente por fines patrióticos.

“Si Estados Unidos desea sostener relaciones de verdadera amistad y confianza con América Latina, lo primero que a nuestro juicio debe hacer es suspender los bombardeos y las hostilidades contra Sandino y sus partidarios, y conceder una amnistía que conduzca a una paz generosa.”
Había medios distintos de los habituales para persua­dir a Sandino para que depusiera su actitud combativa, permitiendo así a Estados Unidos presentarse en La Habana, llevando en sus espaldas las alas de los querubi­nes. Uno de esos medios trató de ponerlo en práctica el norteamericano Roy A. Johnson quien, vaya uno a saber con qué intenciones, le escribió a Sandino la siguiente carta:
“Le ruego una audiencia, que se realizará donde usted lo estime mejor. Es muy posible llegar a un arreglo conveniente para usted, y algo bueno para la tranquilidad del país. La condición para dicho arreglo la trataremos debidamente. Como usted sabrá, en América Central he luchado en revoluciones, y es posible que conozca a algunos hombres de su ejército.”
Johnson se tomó el trabajo de viajar hasta Nicaragua, donde arribó a tiempo para recibir esta respuesta de Sandino:
El contenido de su carta deja ver el deseo de tener una entrevista conmigo. Ignorando en qué se basa Ud. Para desear dicha conferencia, le acompaño una pauta, a la que deberá sujetarse, previniéndole que si viene con la intención de comprar nuestro patriotismo, imponiéndonos condiciones indecorosas deberá hacer antes su testamento, y así luego se convencerá de cómo los hijos legítimos de mi Patria defienden la soberanía de Nicaragua. En mi Ejército hay personas que le conocen demasiado, y conocen bien su desempeño en las revoluciones en que Ud. ha actuado. Me habla de un arreglo conveniente para mí y de algo para la tranquilidad de mi patria. Le hablaré con sinceridad: no ambiciono nada para mí y sólo deseo ver a Nicaragua libre y soberana, sin intervenciones extrañas en nuestros asuntos internos. Si en realidad viene bien intencionado para brindarnos una paz efecti­va, la mejor contestación que puede recibir quien lo envía es que Sandino y su Ejército habrán terminado su misión retirándose a la vida privada, cuando los invasores desocupen nuestro territorio. Patria y Libertad. A. C. Sandino.
Naturalmente, Johnson no tuvo interés alguno para entrevistarse con Sandino después de esta misiva, y tampoco de la “pauta” que la acompañaba, que era del tenor siguiente:
1º Acreditar legítimamente la nacionalidad. 2º Exhibir una credencial que justifique la delegación. 3° Compro­bar debidamente el tiempo que tenga de vivir en el país y la clase de negocio o empresa que lo haya hecho permanecer en él. Pues de otro modo no podrá conocer las causas que obligaron al pueblo a defender sus derechos. 4º Si la delegación representa al gobierno de Adolfo Díaz, de ninguna manera admitiremos conferencia alguna mientras los invasores estén hollando nuestro suelo. 5º Si el delegado no ha comprendido el artículo anterior, podrá este Cuartel General nombrar una representante de alta jerarquía militar para que reciba y oiga los deseos del solicitante, eligiendo el lugar de Las Carretas para dicha conferencia, para lo cual el delegado o los delegados deberán izar la bandera de parlamento o blanca, presentándose desarmados, no pudiendo pasar de tres personas las que deseen ser recibidas. 6º Este Cuartel General se compromete a dar amplias y efectivas garantías a las personas que se ajusten al presente documento y vengan con la mayor buena fe.

El Chipote, enero 6 de 1928. Patria y Libertad. A. C. Sandino.
El 20 de enero, ya en pleno desarrollo los trabajos de la VI Conferencia Panamericana, el contralmirante Sellers, a cargo de la escuadra norteamericana de servicio “especial” en Nicaragua, enviaba a Sandino una carta que comenzaba acreditando el grado militar de general al caudillo nacionalista. En ella, el jefe yanqui le invitaba a que “inmediatamente y por escrito, le signifi­que su voluntad de discutir los medios y condiciones de su aceptación del Arreglo Stimson”.

Sandino contestaba la carta el 3 de febrero, encabe­zándola del modo siguiente: “Señor David E. Sellers. Representante del Imperialismo en Nicaragua.” Exponía entonces las condiciones de su ejército, que eran: a) Inmediato retiro de las fuerzas invasoras del territorio nicaragüense; b) sustitución de Díaz por otro ciudadano que no fuera candidato a la presidencia, y c) supervisión de las elecciones, por representantes latinoamericanos, en lugar de la supervigilancia de la infantería de Marina yanqui.

Sandino confiaba en que los representantes de los pueblos de Hispanoamérica, sus hermanos, harían pre­sente en La Habana las reivindicaciones, por lo menos las más elementales, contenidas en su lucha. Salvo contadas excepciones, no se elevaría voz alguna condenando las trapacerías de los ejércitos de intervención de Estados Unidos, en los países antillanos y centroamericanos. Con todo, iba a estar presente en espíritu en la Conferencia, y años más tarde la Historia certificaría que su gesta no había sido vana.


CAPÍTULO X


“NO POR EL PLACER”

Así surgió Sandino, maravilla

de cívica lealtad incorruptible;

En Roma fuera el vencedor de Aníbal;

Suya es la espada de los Macabeos

que flamea entre sombras en la Biblia,

y la honda de David el pastorcito

con que al Goliat impúdico derriba;

Virgilio en él reconociera a Eneas,

el que a cuestas se echó la brasería

del santo hogar, y del troyano incendio

salvó cuanto la patria significa...
SALOMÓN DE LA SELVA

Canto a Costa Rica

I
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