Colección latinoamérica






descargar 1.86 Mb.
títuloColección latinoamérica
página2/26
fecha de publicación09.02.2016
tamaño1.86 Mb.
tipoLección
med.se-todo.com > Derecho > Lección
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   26

Al comenzar la segunda mitad del siglo XIX, la explotación del petróleo fue simultáneamente iniciada en Estados Unidos y Rumania. En la Unión, John Rockefeller, un modesto comerciante de Cleveland, en alianza espuria con los ferrocarriles, logra posesionarse del medio de dominar la nueva riqueza: el transporte y la distribución. Es una lucha en la que no se pide ni se da cuartel. Hacia 1882 Rockefeller crea la Standard Oil Trust, la empresa más poderosa de su tiempo. Pero sus métodos de corrupción y rapiña le han creado infinidad de enemigos. Los pequeños productores independientes, sus primeras víctimas, son sus acusadores más vehemen­tes. El gobierno de la Unión se ve precisado a intervenir. Se aprueba la ley Sherman contra los trusts, pero sus disposiciones son burladas una y otra vez.

Ni el mismo Theodore Roosevelt puede gran cosa contra la empresa que ahora se llama Standard Oil Company. Compra a senadores y diputados, como años después comprará a ministros y enlodará a presidentes de la nación. Cuando dos empleados infieles sacan copias fotográficas de cartas pertenecientes a John D. Archbold, vicepresidente de la Standard Oil Company y las venden a William Randolph Hearst, el representante máximo de la prensa amarilla, no saben que su infidelidad proporcio­nará a Hearst un poder que ni siquiera la campaña pro-intervención en Cuba le había dado.

Marcus Hanna —el senador que decidió con su intervención la suerte de Panamá—, Benson Foraker, Bill Penrose, Bailey y Quay, senadores por el Partido Republicano, aparentemente todopoderosos, son meros títeres de Rockefeller a través de Archbold, cuyas cartas puestas al descubierto, prueban que la Standard Oil no sólo intervenía en la política interna del país sino hasta en las relaciones internacionales.

El imperio del petróleo es ya mucho más poderoso que las naciones enteras. La invención del automóvil significa una inusitada ampliación de las posibilidades de los derivados del petróleo, que también comienza a ser utilizado como combustible en las calderas de los barcos. Pero la omnipotencia de Rockefeller se encuentra repentinamente con una valla impensada, que tiene por nombre Royal Dutch Shell.

Henry Deterding, merced al apoyo del Intelligence Service y del almirantazgo británico, demuestra que un buen cerebro puede hacer caer tantos imperios y tronos como lo podría un buen ejército, sin necesidad de que trascienda al público el soborno de senadores, diputados y ministros. Cuando Rockefeller reacciona, ya es tarde. Deterding, con un capital inicial de 8 millones de francos, derrota a quien posee 1.500 millones.

Entabla la guerra de precios entre los dos colosos. Rockefeller da poco menos que regalada la nafta en China; para resarcirse, aumenta los precios en Estados Unidos. Entonces Deterding llega con sus buques-cisternas a Nueva York y, aliado con los enemigos de la Standard, crea, con capitales norteamericanos, sociedades allí donde puede hacerlo. Resultado: el petróleo inglés se vende en la unión más barato que el propio norteamericano. Causa: el costo de producción de los yacimientos asiáticos de Deterding es muy inferior al costo de producción de los yacimientos de la Unión.

La táctica y la estrategia de Deterding vencen a la brutalidad de Rockefeller. La Royal Dutch Shell se hace dueña de yacimientos prácticamente en toda California y apoya a los demócratas contra los republicanos, que siempre defienden a la Standard Oil. Cuando la empresa inglesa llega a extraer del suelo norteamericano el 13 por ciento de su producción total de petróleo, Walter Leagle, sucesor de Rockefeller en la jefatura de la Standard, manifiesta compungido que los ingleses “trataban delibe­radamente de agotar los yacimientos petrolíferos de Estados Unidos”.

No está muy desencaminado en su presunción, pero nada puede hacer para contrarrestar la situación, puesto que no cuenta con el apoyo de su gobierno, y en cambio la Royal Dutch Shell tiene toda la ayuda de la Corona. Esto se hace patente cuando el entonces primer lord del almirantazgo, Winston Churchill, declara en la Cámara de los Comunes, en 1913: “El propósito final de nuestra política es hacer del almirantazgo el propietario y el productor independiente de cuanto petróleo necesite. A este efecto, debemos en primer lugar constituir en el país mismo una reserva de petróleo lo bastante fuerte para cubrir nuestras necesidades en tiempos de guerra y suprimir las oscilaciones de los precios en tiempos de paz. En segundo lugar, es necesario que estemos en condicio­nes para poder dominar, en todo momento, el mercado de petróleo y por último, en la medida de lo posible, debemos llegar al control de las mismas fuentes petrolíferas.”

Sólo años después de finalizada la Primera Guerra Mundial, la política de Estados Unidos comienza a empalmar con los intereses del gran consorcio petrolero. En el “ínterin”, que abarca las dos presidencias de Wilson, la Standard Oil lucha como una gran potencia contra la otra gran potencia inglesa.

Con exceso de suficiencia los norteamericanos creye­ron sus yacimientos inagotables. Cuando cayeron en la cuenta de que no lo eran, el espíritu previsor inglés había viajado con la bota de siete leguas, adelantándose en todo el mundo en el dominio de los yacimientos. Y lo que habían realizado en California lo reiteran en México, Honduras, Colombia y Venezuela. En esta última. Juan Vicente Gómez llega a gobernar más de treinta años, sostenido por el constante flujo de los barriles de petróleo que la isla de Curaçao transforma y exporta. Otro autócrata que dominó no menor tiempo a su patria, cae en razón de que no estaba perfectamente decidido sobre a quién correspondería, de los dos primos colosos, el dominio de los yacimientos de petróleo: a su caída, Porfirio Díaz no logra darse cuenta de que es ese fluido el que lo arroja de México y el que envolverá al país durante casi veinte años de revoluciones continuas3.

El petróleo causa también preocupación a los Aliados. La guerra promueve un gran desarrollo en las industrias y éstas se alimentan con petróleo, igual que los ejércitos que intervienen en la contienda. Las batallas de Marne y Verdún no se pierden gracias al petróleo.

El ministro lord Curzon, pocos días después del armisticio, expresó su agradecimiento diciendo: “... los Aliados han sido llevados a la victoria empujados sobre olas de petróleo. Todos los productos del petróleo, el aceite combustible, la nafta para la aviación, la nafta motriz, el aceite para engrases, han participado en proporciones semejantes en la guerra. Sin petróleo, ¿cómo hubiese sido posible asegurar los movimientos de la flota, organizar el transporte de nuestra tropa y la fabricación de ciertos explosivos?”

Y Henry Berenger, comisario general de petróleo en Francia, también en la misma época, reconocía: “El petróleo fue la verdadera sangre de la victoria... Esta victoria, más gigantesca que la de Samotracia, será denominada por los siglos de los siglos, la victoria del petróleo... Los gritos de angustia de esta guerra larga y mortífera han sido: ¡More oil, ever more oil! (¡Más petróleo, siempre más petróleo!).”4

Así, a la vera de la gran contienda, se desarrolló otra en pequeña escala entre los dos imperios colosales del petróleo. Las revoluciones que a partir del armisticio se suceden en todas partes del mundo, tienen evidente vinculación con los yacimientos de oro negro. Las fuerzas de Koltchak, Wrangel, Denikin y otros generales blancos que tratan de aplastar la revolución soviética, son pagadas por Deterding. Las de Kemal Pachá Ataturk, que luchan contra los griegos y les arrojan del Asia, cuentan con el apoyo de la Standard.

El presidente Wilson no lo ignora, aunque poco puede hacer para evitarlo. Cuando se efectúan investiga­ciones en la posguerra, acerca del papel que tuvieron en ellas los grandes consorcios, las revelaciones son desoladoras y amargan los últimos años de la existencia de quien, en verdad, creía en la posibilidad de un mundo mejor y luchó por él a su manera.

II
Woodrow Wilson había ejercido sin éxito la abogacía hasta que se doctoró en la Johns Hopkins University y se dedicó a la carrera del profesorado. En 1890 obtuvo una cátedra de Ciencia Política en Princeton, universidad de la que fue elegido rector en 1902. Era hijo de un pastor presbiteriano del sur, y abrazó esa misma fe presbiteriana que quiso aplicar en su política y su diplomacia. Bemis le describe, ya presidente, colocando siempre la Biblia y su reloj en su mesa de noche y leyendo cada día el Libro. “Ninguna administración de los tiempos modernos —di­cen Morison y Commager— ha sido inaugurada con tanta pasión por la rectitud y la justicia”5. Para esos historiado­res, Wilson, aristócrata por nacimiento, conservador por su ambiente familiar, hamiltoniano por su educación, llegó a ser el más grande líder popular desde Lincoln y un demócrata que supo articular los ideales de la democracia jeffersoniana, con las condiciones de los nuevos tiempos”. Pero Wilson carecía del tacto corriente y amaba a la humanidad en abstracto más bien que al pueblo en particular, agregan, añadiendo que desde Jefferson, ningún otro presidente había sido capaz de poner semejante bagaje intelectual al servicio público. Wilson había nacido —empero— “con una arrogancia intelectual que le inclinaba a fiarse sobre todo de su propio juicio, y heredó una filosofía calvinista que ponía un halo de necesidad moral a la conveniencia...”6

Wilson no dedicó párrafo alguno, en su discurso de apertura, a Hispanoamérica, a la que para nada había tenido en cuenta durante su campaña electoral. Al igual que la mayoría de los mandatarios norteamericanos, muy poco interés le merecían los pueblos de más allá del río Bravo, pero un síntoma inquietante era que en el programa del Partido Demócrata, en las elecciones de 1912, que le ungieron presidente, figurara en términos enérgicos la promesa de “proteger” adecuadamente a los ciudadanos norteamericanos residentes en el extranjero. Esto apuntaba, sobre todo, a México, que desde el año anterior se debatía en revoluciones provocadas por los intereses petroleros en pugna de Inglaterra y Estados Unidos. La contienda entre ambos, representados respec­tivamente por la Mexican Eagle y la Controlled Oilfields, y por la Standard Oil, iba a tener su exteriorización a raíz de la revolución de 1911, que dio por tierra con Porfirio Díaz.

Porfirio Díaz había sido tan dictador como José Santos Zelaya en Nicaragua. Ambos fueron defenestrados mediante la intervención, solapada en un caso y directa en otro, del Departamento de Estado de Washington. Zelaya había tenido el poco tino de enzarzarse en litigios con ciertas compañías. Díaz tuvo la desgracia de indisponerse con el grupo Rockefeller. Cuando se descubrió petróleo en Tampico, entendió que era de buena política contrape­sar la influencia de la Standard Oil acordando concesio­nes de explotación a su rival inglesa. Eso causó su perdición.

Son muy conmovedores los conceptos sobre la democracia vertidos a raudales por Madero. Pero los hechos son siempre más crueles que los ideales y en lo que a Latinoamérica se refiere, siempre se burlan de las buenas intenciones con que se realizan las revoluciones. Ningún derecho nos asiste para dudar de los buenos deseos de Madero, pero, ¡con cuánta frecuencia los bienintencionados son para los pueblos mayores plagas que los que no se cuidan siquiera de disimular sus apetitos de mando!

Uno de los libros que mejor reflejan ese período de la historia mexicana es el de los norteamericanos Nearing y Freeman, La diplomacia del dólar. Allí constan las declaraciones de uno de los magnates yanquis del petróleo, Edward Doheny, que explican suficientemente la actitud del presidente Taft:

Existen alrededor de cincuenta o cien compañías norteamericanas grandes y pequeñas, que tienen dere­chos sobre presuntos terrenos petrolíferos en México... Este campo petrolífero... es la fuente a la cual debe recurrir Estados Unidos para abastecerse de petróleo... México no es solamente una fuente de petróleo en grandes cantidades sino que tiene las mayores reservas conocidas y desarrolladas...7

Producida la revolución de Madero, Doheny no tendría empacho en reconocer ante el Comité de Relacio­nes Exteriores del Senado, que el gobierno de Taft “consintió” a las compañías petroleras norteamericanas el pago de “'mensualidades” a los revolucionarios.

En las últimas semanas del gobierno de Taft, el presidente Francisco I. Madero se muestra impotente para enfrentar a la vieja guardia militar del porfiriato, cuyas ambiciones encuentran un campo propicio en la pugna petrolera de Estados Unidos y Gran Bretaña, confundiéndose tan estrechamente que no se sabe cuándo un general defiende a México, cuándo a Rockefeller o cuándo a lord Cowdray. El cuartelazo de la Ciudadela culmina con la renuncia y prisión de Madero. Poco tiempo después, Victoriano Huerta, el nuevo mandatario, le hace aplicar la “ley fuga”. Madero aparece muerto en las circunstancias en que pretendía “huir”. El 19 de febrero de 1913, Huerta se proclama presidente y es reconocido por Gran Bretaña, China, Japón y Guatemala. Estados Unidos y los restantes países de Hispanoamérica no lo hacen.

En todos los entretelones de la situación, aparece mezclado el embajador norteamericano Henry Lan Wilson, quien actúa como verdadero amo. Bemis refiere al respecto: “... Wilson había mostrado poca simpatía por el reformador Madero cuando se vio claro que éste no era bastante fuerte para conservar el orden y proteger a los ciudadanos extranjeros y sus propiedades. Como decano del cuerpo diplomático, pero actuando bajo su propia responsabilidad, había reunido a sus colegas que acepta­ron una moción aconsejando a Madero que dimitiera. El embajador sirvió de consejero íntimo de Huerta durante la 'crisis', con tanta intimidad, que el secretario Knox tuvo que aconsejarle circunspección'...”8

III
Woodrow Wilson, sucesor de William H. Taft, entendía que Huerta favorecía a los ingleses. Nearing y Freeman sostienen que tanto aquél como su secretario de Estado, Bryan, estaban convencidos de ello, a tal punto que esa suposición originaría en breve tiempo “una complicada actitud de intriga política, estrangulación financiera, elocuencia moral, y finalmente intervención armada, con el propósito fundamental de eliminar a Huerta de la política mexicana”. Esto, a despecho del discurso que el nuevo presidente de la Unión había pronunciado el 11 de marzo de 1913 —a la semana siguiente de asumir su cargo— en el que, entre otras cosas, dijo:
Uno de los principales fines de mi gobierno será cultivar la amistad y merecer la confianza de nuestras repúblicas hermanas de Centro y Sudamérica y fomentar de todas las maneras adecuadas y honorables los intereses que son comunes a los pueblos de los dos continentes. Deseo ardientemente la cooperación y el entendimiento más cordial entre los pueblos y los dirigentes de América [...].

Estados Unidos no tiene nada que buscar en Centroamérica o Sudamérica salvo los intereses permanentes de los pueblos de los dos continentes, la seguridad de los gobiernos que tienen como fin el bienestar del pueblo y no la protección de ningún grupo especial de intereses, y el desarrollo de relaciones personales y comerciales entre los dos continentes, que redunden en beneficio de ambos y que no interfieran en los derechos y libertades de ninguno de ellos. En estos principios puede leerse tanto de la futura política de este gobierno como es necesario predecir ahora y quizá me sea permitido, a la luz de esos principios, extender, con tanta confianza como buena fe, a los gobiernos de todas las repúblicas de América, la mano de una amistad sincera y desinteresada y empeñar mi propio nombre y el honor de mis colegas en toda iniciativa de paz y amistad que pueda descubrir un futuro dichoso.
Como prueba de sus buenas intenciones, Wilson destituye al embajador estadounidense en México, culpa­ble de intimidad excesiva con Huerta, a quien había aludido tan severamente en el discurso precedente. Aunque no nos asiste el derecho de suponer que el idealismo que pregonaba servía presumiblemente de cobertura a los intereses petroleros, las sabias cuan hermosas intenciones de Wilson se ajustaban, en los hechos, a lo que casualmente convenía a esos mismos intereses. Porque ¿qué otra cosa cabe pensar después de leer estas líneas de Morison y Commager?:
La situación (en México) amenazaba también con enturbiar las buenas relaciones anglonorteamerica­nas, pues el gobierno de Estados Unidos tenía motivos para creer que el embajador británico en México, partidario decidido de Huerta, representaba a los intereses petroleros británicos tanto como a la Foreign Office. Las relaciones entre Estados Unidos y Gran Bretaña eran en aquellos momentos tirantes a causa del acuerdo del Congreso, eximiendo a la navegación norteamericana del pago de derechos en el Canal de Panamá, en contravención con el texto del tratado Hay-Paunefote. El coronel House se entrevis­tó con sir Edward Grey, en julio de 1913, para hablar de esos asuntos. En una serie de conversaciones privadas e informales celebradas en Washington, el presidente se manifestó dispuesto a presionar al Congreso para que abrogara aquella medida vejato­ria, a cambio de que la Foreign Office británica dejara de sostener a Huerta. El convenio, celebrado en silencio, al margen del Departamento de Estado y de la embajada británica, fue cumplido... y desde entonces la Foreign Office británica siguió la inspira­ción norteamericana en los asuntos de México9.

Bemis sostiene, sin embargo, que el apoyo británico a Huerta no desapareció del todo. Sólo así se explicaría que Huerta desoyera las insinuaciones de John Lind, el enviado especial de Wilson, en el sentido de que renunciara, y que la misma actitud sostuviera cuando una delegación diplomática encabezada por el embajador inglés cumplió ante él la misión semejante a la que el embajador Wilson desempeñó ante Madero.

En vista de esto, John Lind —según Bemis— decidió instar al presidente Wilson a que fomentara la guerra civil en México, como recurso para librarse de Huerta. El procedimiento sería semejante al utilizado por Taft y Knox para “librarse” de Zelaya, en Nicaragua: se debía conceder el apoyo de Estados Unidos a las fuerzas constitucionalistas que operaban en el norte al mando de Carranza y Villa, abrir la frontera a la exportación de municiones para sus ejércitos, instituir un bloqueo naval con el fin de impedir a Huerta obtener esos suministros de allende los mares; y, si esto no bastaba, recomendaba la intervención armada por Estados Unidos con objeto de imponer por la fuerza un gobierno autónomo, la paz y la libertad en México, a la manera como se había hecho en Cuba10.

El 27 de agosto de 1913, Wilson declara ante el Congreso: “México se ha colocado, al fin. en una posición que todo el mundo observa [...] El futuro reserva mucho a México, así como a los demás Estados de América Central, pero estas primicias sólo puede aprovecharlas si está preparado y libre para recibirlas y gozarlas honora­blemente [...] México tiene frente a sí un grande y envidiable porvenir, si escoge el camino de un honrado gobierno constitucional...”

Las veladas alusiones de Wilson parecían no preocu­par a Huerta, quien por algún oculto motivo debía de sentirse muy seguro como para desafiar el veto del presidente vecino. Así, sin mucha alharaca, se prepara­ron unas elecciones al uso consuetudinario hispanoameri­cano, de cuyas resultas, apareció ungido presidente constitucional, el 26 de octubre de 1913.

Wilson, que había reconocido al general Benavides cuando éste se encaramó al poder en Perú merced a una revolución, invocó ahora los “principios” democráticos para no hacer lo propio con Huerta. La dualidad de criterio fue ratificada por el secretario de Estado Bryan, quien notificó a su servicio diplomático en Hispanoaméri­ca que debía hacer saber a los respectivos gobiernos “que su deber inmediato es requerir el retiro de Huerta del gobierno mexicano, y que el gobierno de Estados Unidos debe proceder a emplear aquellos procedimientos que se consideren necesarios para obtener ese resulta­do”.

Un día después de la ascensión constitucional de Huerta, Wilson pronuncia en Mobile, Alabama, ante el Congreso Comercial del Sur, uno de sus discursos más famosos. Leamos algunos de sus párrafos:
[...] En materia de empréstitos han tenido que someterse (los países hispanoamericanos) a condicio­nes mucho más gravosas que cualquier otro país de la tierra. El interés que se les ha exigido no se le ha impuesto a ningún otro, dando como razón que el riesgo que se corre con ellos es más grande. Por otra parte las garantías obtenidas destruían toda probabi­lidad de riesgo —¡admirable sistema para aquéllos que estipulan las condiciones!

Nada me regocija tanto como el pensar que esos países se han de librar bien pronto de tales condicio­nes: y deberíamos nosotros ser los primeros en tomar parte en ayudarles en esta emancipación. Confío en que algunos de los caballeros aquí presen­tes han tenido ya ocasión de ser testigos de que el Departamento de Estado ha tratado de ayudarles en este sentido, recientemente. En lo sucesivo, sus relaciones con nosotros se estrecharán más y más cada día, debido a circunstancias de que deseo hablaros con moderación y, espero también, sin indiscreción.

Debemos declararnos sus amigos y campeones en términos de igualdad y de honor. La amistad no puede existir en términos que no sean los de la igualdad. La amistad no puede existir nunca más que en términos de honor. Debemos mostrarnos, manifestarnos sus amigos, interpretando sus intereses, ya sea que se ajusten o no a nuestros propios intereses. Es muy peligroso determinar la política extranjera de una nación en términos de intereses materiales. Esto, además de injusto para aquéllos con quienes estamos tratando, es degradante ante nuestros mismos ojos [...]

[...] Quiero aprovechar esta ocasión para decir que Estados Unidos no volverá nunca a tratar de adquirir por las armas ni un solo pie cuadrado de territorio. Esta nación se dedicará a demostrar que sabe hacer uso decoroso y fructífero del territorio que ya posee, y debe considerar como uno de los deberes que impone la amistad, el ver que en ninguna parte se subordine la libertad humana y la oportunidad nacional a los intereses materiales [...]11
No obstante el excelso idealismo que rebosa este discurso del 27 de octubre de 1913, los hechos desmentirán las palabras. La amenaza de intervención armada en México está en vías de concretarse: el profesor Wilson, quería a toda costa impartir la democracia a Hispanoamé­rica. Nearing y Freeman reproducen sin malicia una conversación de sir William Tyrell, comerciante inglés, y el primer mandatario de la Unión:

“La conversación entre sir William y el presidente Wilson provocó una declaración sobre política latinoame­ricana, que no se encuentra en ninguno de los documen­tos oficiales. «Al regresar a Inglaterra —dijo el inglés al final de la entrevista— me pedirán que explique la política mexicana suya. ¿Puede usted decirme cuál es?» El presidente lo miró fijamente, y dijo con su más enérgica actitud: «Voy a enseñar a las repúblicas americanas a elegir hombres buenos»...12»

La educación cívica que impartirá Wilson pertenece a las páginas más trágicas de la historia de México y de Centroamérica. El 24 de noviembre de 1913, Bryan instruye a su cuerpo diplomático:
“La actual política del gobierno de Estados Unidos es aislar por completo al general Huerta, aislarlo de toda simpatía y ayuda extranjera y del crédito en su país, ya sea moral o material, y así obligarlo a salir. Espera y cree que dicho aislamiento logrará este fin y esperará los resultados sin enojo ni impaciencia. Si el general Huerta no se retira por la fuerza de las circunstancias, Estados Unidos considerará de su deber hacer uso de medios menos pacíficos para expulsarlo.”
Una propuesta de Gran Bretaña para mediar entre ambas partes es rechazada. La cloaca que es la “doctrina” Monroe vuelve a heder. El Departamento de Estado abre sus compuertas para alegar, en su nombre, que Estados Unidos “no solamente dictaría a México quién no debía de ser su presidente, sino que también dictaría quién había de serlo, y que no participaría con ninguna potencia europea en esta regulación de los negocios de México.”

La prensa de Hearst dispone sus baterías y da la señal de ataque. Senadores como Albert B. Fall exigen la intervención armada, la que encuentra un pretexto plausible el 9 de abril de 1914.

IV
Ese día, sin previo aviso ni permiso de las autoridades locales, marinos norteamericanos desembarcan en Tampico, México, con la tranquilidad con que lo harían en Nueva York. Pertenecen a la tripulación del barco de guerra Dolphin y tienen presuntamente una misión pacífica. Como Tampico es zona militar, un oficial mexicano, que no entiende de sutilezas, dispone que sean detenidos: al enterarse el general Zaragoza, comandante de la plaza, ordena su inmediata libertad y pide excusas al almirante Mayo, jefe de la flota estacionada en esa zona. Este no las acepta. Telegrafía a Washington que en vista de la publicidad del suceso, he pedido formal satisfacción, el castigo del oficial que mandaba el pelotón mexicano y un saludo a la bandera norteamericana dentro de las 21 horas a contar de las 10 p.m. del jueves”.

Veinte buques de guerra se arriman a Tampico y se sabe que dieciocho mil hombres están listos para desem­barcar. Huerta, asesino y déspota, conserva una elemen­tal noción de orgullo patriótico y resiste la imposición, rechazando la afrenta que se pretende inferir a su patria.

Ofrece el arbitraje del Tribunal Internacional de La Haya. Washington lo rechaza. Pretende ahora que México salude con veintiún cañonazos a la bandera del Tío Sam. Huerta pone la condición de que un acorazado norteamericano retribuya el saludo; como desconfía de que los yanquis no lo devuelvan solicita un protocolo diplomático “declarando que al hacer el saludo con la batería mexicana, sería contestado, de acuerdo con el uso internacional, por el acorazado norteamericano”. Para Wilson tal promesa equivalía al reconocimiento implícito de Huerta y rechaza la variante propuesta.

La tensión estalla al término de ese mes: un marino norteamericano, del acorazado Minnesota, es arrestado en Veracruz a raíz de una riña con un cartero mexicano. Después de declarar en la comisaría, es puesto en libertad sin más.

El nuevo incidente despierta la ira de Wilson, quien de inmediato pide al Congreso de la Unión permiso para utilizar la flota del Atlántico contra “Victoriano Huerta, presidente en México”. Obtenido éste, previo bombardeo, tropas yanquis desembarcan en Veracruz y ocupan el correo, la aduana y la estación ferroviaria, a pesar de la valiente oposición de los mexicanos, que cuentan entre sus filas doscientos muertos —entre hombres, mujeres y niños— contra diecisiete de los invasores. La ciudad pasa a ser gobernada por el general Funston. Entonces ocurre lo inesperado: el principal adversario de Huerta, el general Venustiano Carranza, que hasta ese momento era ostensiblemente apoyado por Wilson, notifica a éste el 22 de abril que “aunque los actos individuales de Victoriano Huerta nunca serían suficientes para envolver a la nación mexicana en una desastrosa guerra con Estados Unidos, la invasión de nuestro territorio y la permanencia de las fuerzas de ustedes en el puerto de Veracruz, violando los derechos que constituyen nuestra existencia como enti­dad soberana e independiente, podrían de veras arras­trarnos a una guerra desigual. Interpreto los sentimien­tos de la gran mayoría del pueblo mexicano, tan celoso de sus derechos y tan respetuoso de los derechos extranje­ros, y los invito solemnemente a suspender los actos de hostilidad que ya han comenzado, a ordenar a sus fuerzas que evacuen todos los lugares que ocupan en el puerto de Veracruz, y a presentar al gobierno constitucionalista la demanda de Estados Unidos relativa a los actos que recientemente se cometieron en el puerto de Tampico”.

La coincidencia patriótica de Carranza y Huerta echaba por tierra las teorías del profesor Wilson. Tres días después, el 25 de abril, Argentina, Brasil y Chile aceptan sacarle a la Unión las castañas del fuego, ofreciendo su mediación en el conflicto. Fue la única oportunidad en que funcionó el grupo A.B.C. y lo hizo favoreciendo los designios de Wilson. La subsiguiente Conferencia de Niagara Falls fue una maniobra que anticipó la salida honorable de Huerta, quien renunció el 15 de julio, y la posterior desocupación de Veracruz.

El 21 de agosto Carranza asumía la presidencia de México. El capricho del puritano Wilson se veía por fin satisfecho con la caída de Huerta y sus escrúpulos democráticos ampliamente acallados. Signo de dualidad mental es la observación de Bemis13:
Por extraño que parezca, en vista de sus diversas intervenciones en México, la República Dominicana, Haití y Nicaragua, y su intervención, mayor que todas, en la guerra europea de 1917, Wilson se consideraba como un no-intervencionista. Pero sus intervenciones diplomáticas le llevaron a enérgicas intervenciones destinadas, según creía él, a salvar los gobiernos constitucionales en el Nuevo Mundo, conservando sus formas en México y en otros países, con el fin último de crear a la democracia un mundo seguro. La ocupación de Veracruz fue un paso que le desagradó infinitamente y quería abandonar dicha ciudad tan pronto como pudiera, pero, obrando de una manera muy característica, se había puesto en una situación tal que no podía retirarse hasta que hubiera derribado a Huerta, sin dañar el prestigio de su país y embrollar sus propios fines morales.
Wilson trataba de enseñar la democracia a palos, con la misma devota unción con que Calvino quemaba herejes ¡para salvar sus almas!

El 23 de noviembre de 1914, la marinería yanqui evacuaba Veracruz. La semilla de discordia que fomentara la Unión en México daba ya sus frutos: Carranza, Villa y Zapata eran los caudillos mayores, tan herederos de la situación suscitada por Porfirio Díaz como de la política de Taft y de Wilson. Y como una prueba de la seriedad con que procedía Wilson, léanse éstas sus palabras pronunciadas en su mensaje anual al Congreso de la Unión, el 7 de diciembre de 1910:
[...] Queda aún por ver si con nuestra conducta hemos beneficiado a México. En sus propias manos se hallan sus destinos. Pero al menos hemos probado que no queremos sacar ventaja de su desconcierto ni intentamos imponerle un orden ni un gobierno de nuestra propia elección. Áspera e intratable cosa es a veces la libertad, a la cual no pueden fijarse límites elegidos por unos pocos hombres [...].

[...] Aguardamos llenos de esperanza el renacer de la perturbada República que de tanto tiene que purgarse y que tan pocas simpatías tiene en el exterior [...]. Auxiliaremos, le prestaremos el concurso de nuestra amistad a México, pero no la compeleremos, y nuestra conducta respecto de ella deberá ser prueba suficiente ante toda América de que no buscamos la tutoría política ni el predominio egoísta [...]”.14
El préstamo del concurso de la amistad norteameri­cana a México tuvo ocasión de manifestarse cuando, de resultas de la prohibición de exportar armas al sur del río Bravo, salvo las destinadas al presidente Carranza. Villa se consideró defraudado en su amistad con la Unión y decidió vengarse enarbolando el estandarte antiyanqui de Huerta. Para mayor contundencia, a principios de 1916, sus soldados dieron muerte a dieciséis jóvenes ingenieros norteamericanos que, confiados en la promesa de protec­ción de Carranza, habían bajado de un tren en Santa Isabel.

La consecuencia fue que el 7 de marzo de 1916, el Congreso de Washington aprobó una resolución dispo­niendo la intervención armada en México, si resultaba necesaria para la protección de los ciudadanos de la Unión. Como respuesta, dos días después la caballería de Pancho Villa entraba en la fronteriza población de Columbus a sangre y fuego, asesinando a diecisiete ciudadanos norteamericanos más. Tiempo después, reite­raba sus incursiones en Glenn Springs y Baquillas, Texas, matando a tres soldados y a un civil y secuestrando a otros dos. El momento era grave. Las incursiones de Villa constituían un reto a la Unión no menos que una amenaza constante contra el régimen de Carranza.

Wilson, que antes había mimado al guerrillero, decidió dictar orden de prisión contra Francisco Villa “residente en México”, lo que fue una reincidencia de su orden contra Huerta. Autorizó igualmente al general John Pershing —el después comandante de las tropas de la Unión en Europa— a cruzar la frontera de México en persecución del “bandolero”. Carranza protestó contra la invasión, pero nada hizo por rechazarla. A lo sumo, se negó a cooperar en la búsqueda del guerrillero, que parecía haberse esfumado.

Las tropas norteamericanas permanecieron en Méxi­co hasta el 5 de febrero de 1917, fecha en que se las retiró vista la inminencia de la ruptura de relaciones con Alemania. Quedaban para el recuerdo los choques entre ellas y las tropas de Carranza en Parral y Carrizal, que estuvieron a un paso de producir la guerra.

Como lo indica Bemis, Wilson no quería tener una mano “atada a la espalda” en momentos en que necesitaba todas sus fuerzas para dedicarlas a Europa; además, estimaba contraproducente la intervención en México del “presbiteriano del Potomac”, producto del “idealismo y la inexperiencia”. Agrega ese historiador que Wilson “abrió por completo las compuertas de una revolución que afligió y asoló al pueblo indeciblemente”; que cientos de ciudadanos norteamericanos perdieron la vida en los actos de violencia que se sucedieron; que la mayor parte de los sobrevivientes abandonó México, sus hogares y sus bienes; que en las décadas siguientes se perdieron cientos de millones de capital norteamericano legítimamente invertido en el país; y, por último, que durante mucho tiempo después, ni el sufrido pueblo de México ni sus sucesivos gobiernos fueron amigos sinceros de Estados Unidos15.

V

No fue únicamente en México donde el profesor Wilson sentó cátedra de democracia. Intervino en Santo Domingo y logro que en elecciones “supervigiladas” triunfara el candidato de su preferencia. También allí se equivoco de tal modo, que en 1916 no encontró otra opción que la empleada por Taft en Nicaragua: hacerla ocupar por sus tropas hasta 1924. Las consecuencias de esa intervención fueron padecidas por los dominicanos durante más de cuatro décadas, en forma de tiranía feroz por el autócrata Trujillo.

La ocupación de Haití fue también ordenada por Wilson en el verano de 1915, siempre en defensa de la “democracia”. Ya había sido ocupada en 1913, pero por un breve periodo. En esta nueva ocupación se aprecia mejor el espíritu libertador de Wilson: cuando se concluye el Tratado del 16 de septiembre de 1915 — verdadero sepelio de la soberanía haitiana, lo llama Barcia Trelles—, el representante yanqui anula una concesión petrolífera otorgada por el gobierno de Puerto Príncipe, ratificada por el parlamento, y para la cual el concesionario, ciudadano inglés, había depositado ya la caución legal.

Después del descuartizamiento del presidente Vilbrun Guillaume Sam a manos del pueblo, Haití se transformó, como Cuba, en un protectorado norteameri­cano, situación humillante de la que fue rescatada en 1934, veinte años después, por el presidente Franklin D. Roosevelt. El Departamento de Estado cuidó, con la misma ternura que tuvo con respecto de Santo Domingo, Nicaragua, Cuba y Honduras, de que las aduanas y las finanzas haitianas estuvieran en manos de “expertos financieros” norteamericanos.

No sería justo cargar en la cuenta de Wilson las maniobras intervencionistas de los intereses petroleros. Por lo contrario, en honor a la verdad, cabe destacar que gracias a su espíritu idealista, las cosas, con ser graves, no lo fueron tanto como lo hubieran sido si en lugar de él gobernara entonces, por ejemplo, un Theodore Roose­velt, un Taft o un Nixon. Además, era notoria la oposición de Wilson a esos intereses y famosa su declaración, al asumir por primera vez su cargo, de que combatiría a los intereses monopolistas, intención que apuntaba a la Standard Oil, sobre todo. Pero, como tendremos ocasión de comprobar más adelante, el poder de las compañías se superponía al del propio gobierno de la Unión, secundado por toda la prensa amarilla, dentro de la que se destacaban los diarios de McCormick, como el Chicago Tribune, o todos los de Hearst, en virtud de que dichos personajes tenían propiedades petroleras y agrarias en México. Por eso, no cabe dudar de la sinceridad de Wilson cuando, el 7 de junio de 1918, pronunció un discurso ante un grupo de periodistas mexicanos, donde figuraban párrafos que parecían un sarcasmo:
Mi política, la política de mi administración respec­to de México, se ha basado siempre en este principio: que la solución de los asuntos internos de México no es de nuestra incumbencia; que no tenemos derecho a inmiscuirnos o a imponer nuestra voluntad, en ningún caso, en sus asuntos internos [...] cuando enviamos fuerzas a México, nuestro sincero deseo no era otro que ayudar a ese país a librase de un hombre que en aquel entonces hacía imposible el arreglo de vuestras dificultades. Ningún otro propósito nos animaba al enviar nuestras fuerzas, y yo abrigaba la esperanza de que ayudando de ese modo y retirándo­las inmediatamente después, podría dar una prueba substancial de la sinceridad de las garantías que he dado a vuestro gobierno por conducto del presidente Carranza [...].

[...] Si se me permite expresarme en términos que son tan usuales en este país, lo que dijimos fue esto: “Nosotros vamos a ser tu hermano mayor, quieras o no quieras”. No preguntamos si era de vuestro agrado el que nos constituyéramos en vuestro hermano. Nos contentamos con decir que íbamos a serlo. Ahora bien, todo eso estaba perfectamente en cuanto a protegeros de una agresión de parte de las naciones del otro continente; pero en ello no había nada que os protegiera de nuestra propia agresión; y muchas veces he tenido ocasión de ver la desconfian­za que hay en algunos representantes de los países de Centro y Sudamérica, de que este papel de protecto­res que nos hemos adjudicado, pudiera ser en nuestro propio beneficio e interés, y no en interés de nuestros vecinos. Por lo tanto, me dije: “Muy bien, hagamos un convenio que ofrezca garantías de nuestra parte. Démonos mutuamente una garantía, que será firmada por todos, de independencia política e integridad territorial. Estipulemos que si algunos de nosotros, inclusive Estados Unidos, violara la independencia política o la integridad territorial de cualquiera de los otros, todos los demás se unirán en su contra [...]”16.
Después de leer estos párrafos, es comprensible que Bemis sostenga que Wilson fue, en verdad, el hombre que inspiró la nueva política latinoamericana de Estados Unidos, realizada por sus sucesores y bautizada por F. D. Roosevelt con el apelativo de “política de buena vecin­dad”. Esto, a despecho de que los sucesores de Wilson, anteriores a Roosevelt, Harding, Coolidge y Hoover, siguieron enseñando en el Caribe la democracia a palos, con el mismo fervor místico con que lo hicieran sus maestros Theodore Roosevelt, Taft y Wilson; y terminan­do porque el mismo Flagg Bemis, a continuación y sin reparar en el despropósito en que incurre, expresa: “Pero antes era necesario liquidar el imperialismo protector que habían desarrollado Wilson y sus anteceso­res republicanos”. Con todo, basta estudiar a fondo las políticas latinoamericanas de Wilson y de Franklin D. Roosevelt para reparar en que, si bien sus objetivos fueron como siempre la sujeción de Hispanoamérica a la órbita del Tío Sam, los métodos utilizados por ambos estuvieron separados por la distancia que podría haber de polo a polo.

VI
La política de Wilson en Hispanoamérica, llevada a tumbos, no era incoherente. Ligada estaba en su origen como en sus móviles a la que se desenvolvía respecto de Europa y Asia. La pugna interimperial de Estados Unidos con Gran Bretaña adquirió otra fisonomía al terminar la Primera Guerra Mundial; aquéllos habían decidido con su intervención postrera el resultado de la contienda; ésta pagaba la ayuda de sus primos con la pérdida de su preeminencia mundial. La Unión emergió de la contienda como la gran acreedora del mundo. Diez años después tenía cinco dólares invertidos al sur del río Bravo y en el Caribe, por cada cuatro colocados en Europa, totalizando unos 5 mil millones de dólares contra mil millones antes del estallido de la contienda. Esto, sin contar las inversiones en Jamaica y Puerto Rico. En 1912, la cantidad invertida era de 1.248 millones en todo el continente. En dieciséis años, como se ve, el crecimiento era de un 300 por ciento. Pero había zonas donde ese promedio era mayor: Cuba, por ejemplo, al pasar de 220 a 1.100 millones, representaba un 536 por ciento. América del Sur, al pasar de 179 a 1.964 millones en el mismo lapso, significaba un aumento del 1.000 por ciento.

Según el Departamento de Comercio de Washington, la Unión poseía en total, en América Latina, la misma cifra de intereses que Gran Bretaña: 5.200 millones de dólares, en tanto que las otras naciones inversionistas poseían un monto total de 2.200 millones en conjunto. Como empresas inversionistas aparecían a la cabeza la Betlehem Steel Company, con explotación de minas en Cuba y Chile; la Standard Oil, con concesiones petroleras en Colombia. Venezuela y Argentina; y la United Fruit, con explotaciones forestal y frutícola en Centroamérica.

En otro lugar17, hemos dado abundante información sobre el modo en que Estados Unidos entendía la “protección” y “salvaguarda” de vidas y bienes de norteamericanos al sur de sus fronteras. Igualmente hemos indicado que, con no ser tan cuantiosos los intereses económicos cuya defensa se pretextaba para intervenir en Nicaragua, el verdadero motivo lo consti­tuía su necesidad de contar en Centroamérica con un punto estratégico relevante para la supervisión de la región, independiente del que ya poseía en Panamá.

La sumisión de los presidentes Díaz y Chamorro permitió a Wilson obtener bases en el golfo de Fonseca, en plena guerra, no obstante la protesta de las naciones centroamericanas afectadas por esa concesión. El Congre­go de la Unión, que bajo Taft se había negado a ratificar el tratado Knox-Castrillo, no tuvo empacho en aprobar meses más tarde el tratado Bryan-Chamorro, cuyas cláusulas oprobiosas siguen mereciendo duros calificati­vos de parle de historiadores hispanoamericanos tanto como de los de Estados Unidos.

Chamorro obtuvo el premio de la presidencia de Nicaragua a continuación del mandato de Díaz. Ya no era el exultante Bryan el secretario de Estado. Menos brillante, su sucesor Robert Lansing era, con todo, igualmente perseverante en la obtención de las miras del ministerio a su cargo. Los tres millones de dólares que aparentemente pagó Estados Unidos por la opción para construir un canal por Nicaragua, fueron cobrados, por ­los banqueros neoyorquinos. Esos millones fueron “reci­bidos” en la segunda mitad de 1917, ya en guerra la Unión contra Alemania.

El puritano Wilson ejercía su segunda presidencia, cuando el 20 de octubre de 1917. Nicaragua firmó cuatro contratos con sus acreedores.

Estos contratos se prepararon estando también en guerra Nicaragua contra Alemania. En efecto, habiendo Wilson adoptado esa medida el 6 de abril de 1917, ¿cómo iba a dejar de hacerlo —como lo hizo el 8 de mayo— su vasallo Chamorro? Fue justamente esa coyuntura la que ayudó mucho a Nicaragua a levantar sus maltrechas finanzas, pero no en la medida necesaria para alcanzar su total independencia económica. Los banqueros velaban, a través de sus peritos financieros, de tal modo que en Estados Unidos, Nicaragua alcanzó la triste fama de ser designada The Brown Brother Republic, “la República de los Hermanos Brown”, merced al innegable dominio que la firma bancaria ejercía sobre las finanzas y la economía nicaragüenses.

Cuando Wilson dejó su cargo, no mejoraron las cosas para la patria de Rubén Darío.

CAPÍTULO II


LAS INFAMIAS INMEMORIALES

¡Oh, Maestros, Señores, Gobernantes en todas las tierras!

¿Es ésta la colaboración que dais a Dios,

Esta Cosa monstruosa, torcida y de alma extinguida?

¿Cómo podrán enderezar nunca esta forma

Dándole de nuevo el sentido de la inmortalidad,

Reviviendo en él la música y el ensueño,

Haciendo el bien por las inmemoriales infamias,

Pérfidos errores, irremediables calamidades?
¡Oh, Maestros, Señores y Gobernantes en todas las Tierras!

¿En qué forma puede contar el Futuro con este hombre?

¿Cómo contestar su primitiva pregunta en esta hora?

¿Cuando los vientos de rebelión en el mundo pasen sobre todas las playas?
EDWIN MARKHAM

The Man with The Hoe18.

I
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   26

similar:

Colección latinoamérica iconTransacciones petroleras internacionales en latinoamerica”

Colección latinoamérica iconHistoria de la criminología en latinoamérica / history of the criminology in latin-america

Colección latinoamérica iconLatinoamérica Es La Región Más Involucrada En Redes Sociales a Nivel Global

Colección latinoamérica iconCelebracion dia del quimico farmaceutico por paises en latinoamerica

Colección latinoamérica iconLa educación en Latinoamérica ha venido evolucionando dentro de varios...

Colección latinoamérica iconHa fomentado exitosamente el documental desde las Televisiones Públicas...

Colección latinoamérica iconEnfoque curricular basado en competencias, bajo la perspectiva teórica...

Colección latinoamérica iconColección de la mácula

Colección latinoamérica iconColección general

Colección latinoamérica iconColección Conciencia


Medicina





Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com