Colección latinoamérica




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títuloColección latinoamérica
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fecha de publicación09.02.2016
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En el marco de los sucesos de 1926 en México, aunque independientemente de ellos, el 2 de mayo se produjo el primer alzamiento armado contra Emiliano Chamorro, que fracasó por la escasez de armamento de los liberales. Aunque Estados Unidos continuaba sin reconocer al faccioso, fuerzas de marines desembarcaron en Bluefields y permanecieron allí, dizque en resguardo de las propiedades norteamericanas.

Había sido enarbolada la bandera constitucionalista, a cuyo frente aparecía el ex vicepresidente Juan Bautista Sacasa, de quien Rubén Darío dijera que era una “nulidad sonriente”. Sacasa había ambulado por los pasillos del Departamento de Estado, procurando obtener apoyo para sus pretensiones presidenciales, que, en rigor de verdad, le correspondían. Al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos, pasó a residir en Guatemala, donde adquirió la costumbre de visitar casi diariamente al embajador norteamericano, cortesía que suspendió al trasladarse, después de algunos meses, a México, donde los nicara­güenses exiliados preparaban la invasión de su patria, contando para ello con la neutralidad benévola del presidente Calles.

El comandante en jefe de las fuerzas constitucionalistas era el general José María Moncada, quien desde principios del siglo jugaba alternativamente al liberalismo y al conservatismo. Había actuado junto a Emiliano Chamorro en la rebelión que culminó con el derroca­miento del presidente José Santos Zelaya, y luego fue ministro durante el gobierno de Juan José Estrada (1910-1911), que favoreció la forja de los primeros eslabones de la cadena de la intervención de Estados Unidos. Aparecía ahora de nuevo como militante del Partido Liberal, y aparentemente distanciado de Díaz, aunque según un dicho popular, eran “hermanos lacayu­nos del yanqui” y “hermanos en su amor al whisky”, y ambos hablaban fluidamente el inglés.

A principios de agosto, ya reembarcadas en Bluefields fuerzas norteamericanas, Moncada desembarcó partidas de liberales en la Costa Atlántica, venciendo sucesivamen­te en los combates de La Barra, La Cruz y Puerto Cabezas, plaza ésta que se apresuró a fortificar.

Días más tarde, el 17, se producían nuevos desembar­cos, esta vez en las costas del Pacífico, al mando de los generales Samuel Sediles, Julián Venegas, Roberto Bone y el coronel Ernesto Castro. Dos días más tarde este contingente fue desbaratado por el general chamorrista Roberto Hurtado.

Otra partida liberal, que esperaba armas en el Tamarindo, fue copada, y una tercera sufría un cruel desastre al desembarcar en las costas de Cosigüina. Sin embargo, los brotes insurreccionales se sucedían crecien­temente en distintos puntos del país y en septiembre, con el ingreso clandestino de armas procedentes de México, la rebelión alcanzó proporciones incontrolables.

Si bien Coolidge seguía sin reconocer a Chamorro, estaba perfectamente al tanto de que éste era uno de los políticos más adictos a Estados Unidos en Centroamérica. Apresado en sus propias contradicciones —el Tratado de Paz y Amistad de 1923 impedía reconocer al usurpa­dor—, y temiendo un triunfo liberal que alterara su política hegemónica en Centroamérica, máxime si se recostaba sobre el apoyo de México, resolvieron mediar en el conflicto. Al efecto invitaron, el 1 de octubre, a ambos contendientes, a una tregua de treinta días, lapso durante el cual se debía hallar una solución. Aceptada esta, se iniciaron pláticas de paz en “terreno neutral”, si así puede llamársele al crucero Denver, surto en el puerto de Corinto, sobre el Pacífico.

Las pláticas en las que participaron el encargado de negocios estadounidense, Lawrence Dennis, observado­res de Sacasa y representantes de Chamorro, finalizaron el 23 de octubre, sin que se llegara a acuerdo alguno. Dennis se vio forzado a admitir que su país no reconoce­ría a Chamorro, pero sugirió en cambio, que éste podría renunciar “patrióticamente”, para que se alcanzara una solución.

El bando conservador captó la idea y propuso el nombre de Adolfo Díaz, propuesta que los hombres de Sacasa rechazaron de plano, contraofertando el estableci­miento de un gobierno provisional, integrado por “neu­trales” aceptables para ambas partes, el que debía llamar a nuevas elecciones. Los conservadores se negaron.

El impasse creado por la falta de acuerdo y la persistencia de los brotes insurreccionales armados, decidieron finalmente a Chamorro, el 30 de octubre, a depositar el poder en manos del Primer Designado a la Presidencia, senador Sebastián Urriza, uno de sus adeptos. De nuevo Washington objetó la maniobra, calificando la designación como inconstitucional e insis­tiendo en su no reconocimiento. El impugnado Urriza optó por convocar al Congreso a sesiones extraordina­rias. Para entonces ya se sabía cuál era la salida que Coolidge y Kellogg de ningún modo objetarían, de manera que el 10 de noviembre, el cuerpo legislativo convocado ad hoc, designó presidente a Adolfo Díaz, quien al día siguiente tomó posesión de su cargo, ciertamente en conocimiento de que él no sería recusado por sus antiguos tutores.

Eso fue lo que sucedió. El Departamento de Estado, que durante casi un año se había apoyado en los Tratados de 1923 para objetar a Chamorro, no encontró nada en ellos que impidiera el reconocimiento de Díaz. Esa duplicidad fue señalada por el internacionalista mexicano Isidro Fabela:
“El gobierno de los Estados Unidos ha faltado una vez más a sus altos deberes internacionales en este continente. Después de manifestar ante el mundo entero que no reconocería más a los gobiernos surgidos de la violencia, acaba de reconocer al usurpador nicaragüense Adolfo Díaz, cuyos antecedentes políticos son abominables y cuya elección espuria y vergonzosa emana de un cuartelazo. En cambio, el presidente de México, dando un ejemplo, al propio tiempo de rectitud justiciera e independencia de criterio digno de imitarse, ha reconocido oficialmente al probo ciudadano Juan Bautista Sacasa42.”
Los tratados de “Paz y Amistad” de 1907 contenían cláusulas que al caducar, fueron reformadas en 1923, entre ellas las referentes al reconocimiento de los nuevos gobiernos centroamericanos. Se había sentado como principio indiscutible que no sería reconocido régimen alguno de facto. Sin embargo, una revolución en Hondu­ras hizo presidente a Miguel Paz Barahona y Washington no tuvo inconveniente alguno en otorgarle su reconoci­miento. La conducta del mandatario hondureño en lo referente a Nicaragua, probó con poco esfuerzo, a cambio de qué compromisos tácitos o explícitos, había obtenido el visto bueno de Estados Unidos.

Con el gobierno de facto del general Chamorro se quiso demostrar al mundo y particularmente a los países latinoamericanos, que se respetaban las cláusulas de los tratados de 1923, y en virtud de ello no se le reconoció; pero el ministro yanqui en Managua, estuvo en constantes relaciones con aquél y prestó sus buenos oficios, a fin de que se sustituyera a Chamorro por Díaz, lo que se obtuvo sin muchas complicaciones, a pesar de que los gobiernos de Guatemala y Costa Rica se negaron por un tiempo a reconocerle, basándose justamente en los pactos de Washington, que no sólo establecían que no sería reconocido el jefe de cualquier revolución, sino ninguno de los que hubieran tomado parte en el movimiento que hubiera determinado el cambio de régimen político.

Cuarenta y ocho horas antes de que ese reconoci­miento se produjera, el 15 de noviembre, apenas cuatro días después de haber asumido el mando, Díaz solicita al Departamento de Estado de la Unión, en la misma forma que en 1912, “se digne” disponer el envío de la marinería de desembarco hacia su propia patria.

Se explica, pues, que renaciera la indignación de los liberales nicaragüenses. Las hostilidades se reanudan en distintos puntos del país a partir del 30 de octubre, día en que Chamorro resigna el mando en Urriza. Los grupos rebeldes actúan en forma independiente, sin coordinación aparente, pero las zonas de operaciones a cargo de distintas columnas —la del Occidente, la del sur del Mombacho y la del Norte— cumplen objetivos indudable­mente militares. En todos los grupos armados es evidente la inferioridad bélica en que se encuentran los rebeldes, desventaja que apenas pueden suplir su patriotismo y su ardor entusiastas.

Así transcurren varias semanas de acciones indeci­sas, en cuyo curso ambos bandos se atribuyen distintos triunfos o ventajas estratégicas. Pero el 30 de noviembre, la legación yanqui en Managua era informada del desembarco del propio Sacasa en Puerto Cabezas. La legación informaba también que el barco utilizado por el jefe constitucionalista era el bergantín mexicano Albert Flooring, y que guiaba a Sacasa “el propósito ostensible de establecer un gobierno que sería apoyado y reconocido por México”. El arribo de Sacasa era oficialmente reconocido el 1 de diciembre por el almirante Latimer, quien se avenía a reconocer igualmente el caluroso recibimiento que le había tributado la población.

El cable que daba cuenta de estas incidencias informa­ba igualmente, que “el gobierno de Díaz reiteró su pedido al Departamento de Estado norteamericano de ayuda e intervención, a fin de restablecer la paz en la República”. El 2 de diciembre, en medio de sus soldados, Sacasa era proclamado presidente de Nicaragua, constituyendo a Puerto Cabezas en su capital. Se formó el gabinete, cuya cartera de guerra estaba a cargo de Moncada y se solicitó el reconocimiento de Estados Unidos y de las naciones hispanoamericanas. Kellogg nada hizo hasta que Díaz le informó que los revolucionarios habían obligado a las empresas Bragman's Bluff Lumber Co. y Standard Fruit & Steamship Co. a contribuir con 75.000 dólares a gastos rebeldes, y que “contrabandistas” mexicanos proveían de armas y municiones a Sacasa.

Sólo entonces contestó Kellogg, despachando al cruce­ro Cleveland y al destróyer Tracy hacia Nicaragua, para unirse a las fuerzas navales ya existentes. Como comple­mento, ordenó al almirante Latimer declarar zona neutral a Puerto Cabezas y sus adyacencias, lo que significaba lisa y llanamente intervenir en el conflicto, ya que la neutralización significaba la fiscalización.

Así comenzó la nueva intervención armada nortea­mericana en Nicaragua.

II
El 5, Sacasa desautoriza el supuesto apoyo del Albert Flooring, aclarando que no se trata de un vapor mexicano, sino de dos naves el Albert y el Flooring: la primera, es de bandera hondureña, y la otra de bandera inglesa, contratada en Belice por 1.300 dólares. “Los documentos de contratación están —dice— a disposición de quien quiera verlos.”

El día 8 se anuncia que el gobierno de México ha reconocido al de Sacasa. Así lo hace saber su ministro de Relaciones Exteriores, Moisés Sáenz, encargando al abogado Antonio Mediz Bolio, residente en Nicaragua, para que ejerza la respectiva representación. En Was­hington, Kellogg informa que ese reconocimiento no afecta en forma alguna las buenas relaciones que existen entre el gobierno de Estados Unidos y el régimen establecido en Nicaragua, por el gobierno del señor Adolfo Díaz. Agrega Kellogg, que se abstendrá de comentar los aspectos de la situación que puedan derivarse de esta “diferencia de puntos de vista entre Estados Unidos y México”.

En Managua se considera grave la situación. Llegan noticias de que Díaz ofrece un salvoconducto a Sacasa, para que se dirija a esa capital “a fin de discutir la situación actual”. Se insiste en que “el prestigio y los intereses de Estados Unidos se encuentran amenazados en Nicaragua con motivo de la continua guerra civil”.

Desde Washington se expresa temor “de que el reconocimiento agrave el distanciamiento entre Estados Unidos y México”, y que también se haga sentir con resultados adversos sobre los intereses estadounidenses en los países centroamericanos.

El 9 de diciembre, los informes oficiales de Washing­ton indican que el reconocimiento de Sacasa por parte de México ha estimulado el movimiento nacionalista en aquel país, haciendo aún más tensas las ya poco satisfacto­rias relaciones entre Calles y la Unión.

El día 11, el almirante Latimer anuncia que los revolucionarios han desembarcado 2.000 rifles en La Cruz, sobre el río Grande; y las compañías de vapores de las costas oriental y occidental informan que los rebeldes se niegan a reconocer a las autoridades aduaneras de Estados Unidos, representados por el recaudador de impuestos W. J. Crampton. Adolfo Díaz, por su parte, enviaba a la United Press un telegrama, a manera de manifiesto, donde expresaba:
El gobierno mexicano, movido por la misma política que siguió, cuando en agosto último equipó y despachó para Nicaragua una expedición armada, con el buque mexicano El Tropical, está equipando y organizando ahora otra expedición de proporciones mucho más formidables, para ser lanzada desde un puerto de México, contra las costas nicaragüenses del Atlántico.

Mi gobierno no tiene el propósito de solicitar la intervención de países extranjeros en los asuntos nicaragüenses. Pero el gobierno de Nicaragua confía en que el pueblo de Estados Unidos prestará su apoyo moral al de Nicaragua, en sus esfuerzos de defensa contra las intervenciones de México.
El telegrama volvía además, a invitar a los liberales a pacificar al país. Estos, por su parte, al mando de Moncada avanzaban hacia el interior, hallándose ya a la entrada de las posiciones estratégicas de Matagalpa y Jinotega. Las tropas de Díaz, que habían abandonado León, baluarte liberal, al asumir aquél la presidencia, volvieron a ocuparlo ante el temor de un alzamiento que hiciera posible la conexión con las fuerzas constitucionalistas. El abandono de los campos por los que se plegaban al ejército revolucionario, era agravado por los que lo abandonaban al ser reclutados por el ejército de Díaz. De este modo, la ausencia casi total de brazos, provocó prácticamente en Nicaragua la pérdida de la cosecha de café, principal producto de exportación nacional.

La lucha seguía entretanto en el país. Triunfos de Moncada se registran en las acciones de Matiguás y Murray, donde se logran capturar dos barcos y gran cantidad de pertrechos. Díaz trata de fortalecer su situación en Washington, y al tiempo que envía a Chamorro a Londres, manda a un tío de éste, Alejandro César, como embajador en Estados Unidos. Entretanto, México se niega a conceder “importancia oficial” a las declaraciones de Díaz, y los representantes de Sacasa hacen la pregunta pública de cuál es el motivo de invitarles a hacer la paz y a integrar su gobierno, si se les considera “bandidos bolcheviques”, como de costumbre, también The World arremete contra Díaz, con motivo del manifiesto de Díaz, publicado para impresionar al público norteamericano, que presenta puntos seriamente objetables. “Es una torpe acusación de hostilidad, lanzada contra un país vecino y que no se apoya en ninguna evidencia. Nada agradaría tanto a Díaz como tener parte en los intereses norteamericanos en Washington y turbar las relaciones con México, pero creemos que no lo logrará.”

La junta liberal nicaragüense, seccional México, publica el 13 de diciembre una acusación contra las agencias noticiosas Internacional News Service y Associated Press, a las que imputa la distribución de noticias inexactas acerca de las relaciones entre México y Estados Unidos, y la calificación de “anarquistas” a los revolucio­narios de Puerto Cabezas. Dos días después, el presidente de Costa Rica, Ricardo Jiménez Oreamuno, publica una declaración sosteniendo que Sacasa tiene títulos legíti­mos para exigir su reconocimiento como presidente de Nicaragua, a pesar de que no dispone de territorio. No obstante tan plausible declaración. Costa Rica no recono­ce a Sacasa.

III
El día 18 comienzan a circular rumores de un encarnizado encuentro sostenido entre gobiernistas y revolucionarios en Laguna de Perlas, con intervención de artillería de campaña por ambos bandos. A pesar de ello, desde Managua, Díaz niega que Sacasa cuente con material bélico de importancia y alega que él cuenta con 20 cañones pesados, una dotación de cañones de tipo mediano y mil hombres perfectamente adiestrados en las armas.

El día 23 se anuncia que el Departamento de Estado prohibió la exportación con destino a México, de diez aeroplanos adquiridos por el gobierno. El senador norteamericano Moses pide que la Comisión de Relacio­nes Exteriores examine las relaciones de la Unión con México y Nicaragua, y declara que la partida del general Chamorro, con destino a Europa, es consecuencia de un “'consejo” del Departamento de Estado. Kellogg niega tal “consejo” e informa que nada se ha resuelto sobre el pedido de municiones y envío de instructores militares solicitados por Díaz. Este, por su parte, informa al corresponsal de United Press en Managua, que el viaje a Washington de Alejandro César tiene el objeto “de expresar al gobierno de Estados Unidos el deseo de los conservadores nicaragüenses de establecer la paz y además, para solicitar una nueva intervención de Estados Unidos en Nicaragua”.

“No puedo evitar la propaganda insidiosa mexicana —agregó Díaz— que se hace diariamente por medio de broadcasting. En los mensajes que interceptamos todos los días, encontramos ataques contra los gobiernos de Estados Unidos y de Nicaragua, y con ellos se trata de indisponer la opinión pública de toda América Latina contra nosotros. Eso lo hacen porque no nos amoldamos a las ideas mexicanas.” Informó seguidamente que cin­cuenta de sus soldados habían sido “completamente deshechos” en El Puente, cerca de Chinandega, “por trescientos revolucionarios que se hallaban ocultos”.

Mientras tanto, seguía la batalla de Laguna de Perlas, ante la mirada expectante de las tropas yanquis, presentes en el lugar. El mismo día 23 por la noche, mientras Díaz se dirige a su residencia, su coche es asaltado por dos desconocidos, quienes hieren gravemente a su chofer a machetazos. Se trata de “un atentado sin precedentes en la historia de Nicaragua”, del cual Díaz sale ileso. El día 24, las fuerzas de desembarco de la Unión declaran a Puerto Cabezas zona neutral, ordenando a las tropas liberales desalojar la región o entregar sus armas. Se da al efecto plazo a Sacasa hasta el día siguiente, a las 4. Fuerzas de los cruceros Cleveland y Denver toman posiciones de combate.

El canciller revolucionario, Espinosa, hace público un mensaje: “Este abuso de fuerza contra una nación pequeña y débil, pero digna entre las naciones del mundo, ha sido realizado sin motivo ni justificación alguna, desde el momento en que ni la vida ni la propiedad de los ciudadanos norteamericanos estuvo jamás en peligro.

“Este acto constituye un atentado contra la soberanía de todo el continente americano y el gobierno del señor Sacasa, quien está en ejercicio constitucional de la presidencia, encuentra que el proceder de las tropas de Estados Unidos no se halla justificado y que encierra, además, una seria amenaza para el futuro de los pueblos de Centroamérica.”

El mensaje termina declarando que la arbitrariedad de las fuerzas de ocupación llegó al extremo de prohibir el uso del código diplomático, por lo cual esta protesta, enviada a Estados Unidos, debió hacerse en “lenguaje claro”. El Departamento de Estado confirma la noticia del desembarco de fuerzas de marinería en Puerto Cabezas, y declara que se ha adoptado dicha medida “para proteger los intereses y las vidas de los ciudadanos estadounidenses residentes en aquella localidad”. Desde Managua se informa que se inicia otra batalla en Laguna de Perlas, y que todas las comunicaciones, con excepción del servicio de correos, se encuentran interrumpidas.
La marinería procede, pues, a desarmar a las tropas de Sacasa. Las empresas explotadoras de madera en esa zona reciben instrucciones de Latimer, para que paguen los impuestos al gobierno de Díaz. La guerra de palabras se entabla de nuevo en Estados Unidos. El representante de Sacasa en Washington, señor Vaca, manifiesta: “La declaración de una zona neutral tiene como único objeto, desalentar a las tropas constitucionalistas y derrocar al gobierno constitucional. Esto se hizo durante el receso del Congreso, con la esperanza de que las cosas irían tan lejos, y se complicarían de tal modo que, cuando el Congreso se reúna nuevamente, no parecerá patriótico investigar completamente y en forma libre el asunto.”
A su vez, Zelaya, representante de Díaz, declara que con la intervención, Estados Unidos “ha hecho lo mejor que podía hacerse para llegar a la paz inmediata del país. Esa resolución será bienvenida por todos los nicaragüen­se que desean ver terminados los disturbios revolucionarios y la insidiosa intervención en los asuntos nicaragüen­ses del gobierno comunista de México”.

El almirante Latimer, en Navidad, informa al Depar­tamento de Estado lo siguiente:
“En Laguna de Perlas fueron derrotadas las fuerzas del gobierno del doctor Díaz, las que se retiraron hacia El Bluff, dejando sus muertos y heridos en el campo de batalla. El gobernador fue autorizado por el jefe de los liberales, general Moncada, para enviar un destacamento de soldados desarmados, a fin de recoger los heridos y los muertos. Por mi parte expedí una orden por la cual dispuse que si algunas de las fuerzas en lucha se viesen obligadas a penetrar en la zona neutral, sea por falta de víveres u otra emergencia, serán inmediatamente desarmadas.”
Kellogg anuncia entonces que Estados Unidos “no tiene ninguna intención de enviar fuerzas del ejército a Nicaragua y de intervenir en la guerra civil existente en ese país”. Reitera que el único paso dado fue para garantizar la protección de vidas y propiedades de sus conciudadanos en la costa oriental de Nicaragua, y que sólo había mil cien soldados en Puerto Cabezas. Acerca de la resolución de Latimer declarando zonas neutrales, manifiesta que él entiende se refiere a los contrabandos de armas de los mexicanos, “pero de ninguna manera implica la expulsión de los liberales de la ciudad que han adoptado como capital”. Otros funcionarios de la cancille­ría yanqui se manifiestan “sorprendidos” por las disposi­ciones de Latimer, y dan a entender que “tal decisión excede el límite de las instrucciones enviadas desde Washington”.

Para mayor irrisión, llega a Corinto otro barco de guerra de la Unión, el Quail, sorprendiendo su llegada por el hecho de que en esa zona no hay noticia alguna de lucha. Se informa que Latimer ordenó la censura de todos los mensajes, prohibiendo los que se telegrafíen en español o en código. Fueron detenidos igualmente en Nueva Orleans los despachos telegráficos dirigidos a los liberales. Estos piden a su agente en Washington que proteste:
“La censura norteamericana en la Costa Atlántica nos ha mantenido sin comunicación alguna desde hace tres días. Sírvase indagar el motivo de este atentado.

“Sírvase protestar ante el Departamento de Estado, manifestando que es un insulto que en nuestro territorio nacional, en donde ejercemos el control absoluto, estén abusando de esta manera las tropas norteamericanas al establecer la censura para nuestras comunicaciones. Nosotros hemos dado siempre las más amplias garantías para la propiedad extranjera y por esta razón, es injustificable el abuso cometido contra un pueblo libre al desembarcar en nuestro suelo fuerzas de marina.”
Encarado por los periodistas, Kellogg asegura que entre las instrucciones dadas al almirante Latimer no se incluía la de la censura, respecto de la cual dijo no saber nada. Uno de los portavoces de Coolidge, en la Casa Blanca, informó a su vez que las tropas de ocupación “no están molestando a los dirigentes revolucionarios en Nicaragua”; reiteró además, que lo único que se propo­nían era proteger a ciudadanos y propiedades estadouni­denses, y agregó: “Casi siempre es necesario que Estados Unidos se vea obligado a desembarcar en las zonas peligrosas durante los movimientos revolucionarios centroamericanos. Jamás las tropas de la Unión han favoreci­do a ninguno de los caudillos contendientes. Estados Unidos no modificará ni se desviará de esta política que siempre observó.”

El día 29. La Nación de Buenos Aires reproduce un cable de Associated Press, fechado en Managua:
El presidente Díaz muestra estar poseído de gran ansiedad por la situación y declaró lo siguiente: “Hace algunos días informé al embajador de Estados Unidos de que México, si así lo desea, puede derrotar fácilmente a toda las repúblicas centroamericanas y que yo no podría resistir mucho tiempo contra él. Otro cañonero mexicano, llamado Temporal, partió de México hace varios días, con más municiones de las que su gobierno tiene, y también con artillería ligera y pesada. Nosotros tenemos unos pocos cañones viejos, pero que no pueden ser comparados con las piezas modernas. Noticias de Puerto Cabezas y Río Grande dicen que las fuerzas navales desarman a las tropas indígenas y que han sido encontrados muchas armas que llevan la marca del gobierno mexicano.”

El presidente Díaz manifestó que su gobierno se halla sin fondos ni municiones.
Pero las críticas generales de todo el mundo por la intervención, parecían estar influyendo en la actitud del Departamento de Estado, para quien resultaban imprevis­tas las derivaciones ocurridas. Los funcionarios públicos se manifestaban perplejos ante las críticas y la oposición de diarios europeos y latinoamericanos, tanto como los de la propia Unión. Kellogg mismo se tomó el trabajo de visitar al senador Borah para pedirle que no llevase adelante el pedido de investigación hecho al Senado.

IV
The Evening World comentaba los sucesos en un editorial del 28 de diciembre, titulado: “La política exterior a merced del almirante Latimer”:
La vaga excusa de que los marinos fueron desembarcados y que al almirante se le han conferido poderes discrecionales para la protección de la propiedad norteamericana, sería más impresionante si no fuera por nuestra bien conocida parcialidad en favor de Díaz. El presidente Díaz sería más impresio­nante como gobernante “constitucional”, si no fuese que por sus actos admite que debe depender de las bayonetas norteamericanas para mantenerse en el poder.

Si el gobierno constitucional significa en Nicara­gua lo mismo que en Estados Unidos, Sacasa habría sido el gobernante constitucional, puesto que como vicepresidente tenía el derecho de ser el sucesor del presidente que renunció. Tanta es la necesidad de que se den explicaciones, que el senador Borah procedería sabiamente si insistiese en una explicación o en una investigación.

A ningún norteamericano que se precie de recto le satisfará el anuncio del Departamento de Estado de que las fuerzas de marinería desembarcaron en un país extranjero para intervenir en una controversia de índole política y que, habiéndose conferido “pode­res discrecionales” al almirante, el gobierno de Washington sólo espera ver qué resultados tendrán. Es imposible creer que el gobierno no esté detallada­mente informado. La supuesta denegación de las autoridades norteamericanas al ministro de Relacio­nes Exteriores de Nicaragua, del derecho de emplear una clave para los radiogramas a los representantes oficiales nicaragüenses, no hace que sea más amable el cuadro que se nos ofrece.
El senador Borah, después de su entrevista con Kellogg, declaró que en sus telegramas, el almirante Latimer negaba estar desarmando a los liberales: agregó que él se había opuesto a los desembarcos, pero ya que éstos se habían efectuado, no criticaría la ocupación a menos que “Latimer llegara a excederse en el ejercicio de sus atribuciones”. “Círculos autorizados” de Washington negaban que Wall Street tuviera nada que ver con los sucesos, ya que no tenía capitales invertidos en Nicara­gua: en cambio, esos mismos círculos derivaban el motivo en el pedido hecho por la más importante firma norteamericana en Puerto Cabezas, la Bragman's Bluff Lumber Co.

The World publicaba el 29 un editorial donde, después de ridiculizar el pretexto invocado por Kellogg para el desembarco, expresaba:

Nadie en la América del Sur ni en Europa, y sólo pocas personas en nuestro país, podrá creer en la neutralidad de Estados Unidos, conociendo la histo­ria de sus manejos en Nicaragua, desde la época del ministro Mr. Knox; pues esa historia demuestra que Nicaragua es creación del Departamento de Estado; que el manejo de las finanzas y la dirección de los asuntos internos y externos de Nicaragua, no se determinan en Managua sino en Washington y en Wall Street, y que finalmente, desde hace 15 años, Nicaragua ha sido un protectorado de Estados Unidos y parte integrante del “imperio” estadounidense, como lo es Egipto de la Gran Bretaña o Siria de las posesiones francesas.
Después de sostener que la razón del desembarco fue atacar por la retaguardia a las fuerzas de Sacasa, sostenía que el interés fundamental de la Unión en Nicaragua se vinculaba al Canal de Panamá, asunto que efectivamente no podía ser mirado con indiferencia. Luego agregaba:
La grita que se ha elevado en Europa contra la política imperialista de Estados Unidos en el Caribe, se debe a una especie de curioso reconocimiento al hecho de que después de todas las “conferencias” que dábamos a Europa, estábamos haciendo exactamente lo mismo que hacen las naciones europeas.

Nuestro imperialismo es más o menos inconscien­te, y la generalidad de los estadounidenses se ha percatado tan poco de la existencia del imperio, que casi se sorprende al darse cuenta que existe. Esta “inconsciencia” de la existencia del imperialismo tiene sus virtudes. Demorará durante cierto tiempo el avance de los imperialistas estadounidenses, por­que no podrán contar con el decidido apoyo popular para sus ambiciones. Bien a pesar suyo, Mr. Kellogg aprendió esto en México. Pero hay cierto peligro en esa inconsciencia del pueblo estadounidense, y su falta de atención es la que permite que se empleen en Centroamérica métodos que con frecuencia resultan desgraciados, como ocurrió en el caso de Haití, y que siempre perjudican el prestigio de Estados Unidos, como ha ocurrido en México.

El manejo del imperio estadounidense ha sido confiado a gente más o menos irresponsable, a oficinistas de poca importancia, a banqueros anóni­mos y a oficiales de la marina de limitadas simpatías. Como consecuencia de todo esto, el pueblo de Estados Unidos sabe poco y se da cuenta aun menos de las estupendas responsabilidades en que sin descanso se le está complicando.
Carter Field, el famoso corresponsal del New York Herald Tribune, diario partidario de Coolidge, no podía menos que reconocer, en un despacho del 27 de diciembre, que el Departamento de Estado no había respondido a la acusación de que nadie había solicitado protección para ciudadanos y propiedades norteamerica­nos en Puerto Cabezas, y que esa dependencia se había limitado únicamente a repetir su declaración, de que se habían recibido pedidos “de dicho punto, para que se enviaran marinos, sin dar a publicidad los nombres de los que hicieron el pedido”.

Era muy sugestivo el hecho de que la intervención se iniciara cuando el Congreso de la Unión entraba en receso. Otras cosas no menos sugestivas se desarrollaban en todo el mundo, índice de la forma en que se recibían las noticias de la intervención. Estados Unidos perdía a pasos agigantados toda la popularidad que le había conquistado su entrada en la Primera Guerra Mundial contra Alemania y las potencias centrales. El pretexto de la lucha contra el comunismo, tantas veces esgrimido —y no sería esa la última vez— para avasallar soberanías o para justificar atropellos e intromisiones, se usaba como escudo para contestar a las críticas. El propio secretario de la Federación Nicaragüense del Trabajo, el notoria­mente anticomunista, Salomón de la Selva, se vio precisado a enfrentar una de esas acusaciones: “Nos hemos organizado y desenvuelto —aclaró— bajo el patrocinio de la Federación Norteamericana del Trabajo y únicamente en el caso de que este gran baluarte de la democracia sea bolchevique, podríamos ser nosotros también bolcheviques. La Federación Nicaragüense del Trabajo espera un movimiento obrerista en Estados Unidos para que ejerza su influencia contra el desembar­co.”

El 30 de diciembre, después de desmentir durante cinco días que la noticia fuera cierta, el Departamento de Estado reconoce que la censura se ha venido ejerciendo en las zonas neutrales de Puerto Cabezas y Río Grande, “pero ya ha sido levantada”, y agrega que el fin de la censura fue el de “mantener la neutralidad”. Además el almirante Latimer declara que la censura en las estacio­nes radiotelegráficas fue aplicada para “detener las informaciones militares de los dos bandos opuestos”. El cable de United Press señala que el reconocimiento de la existencia de la censura, por parte de Kellogg, se hizo exactamente diez minutos después de haberse publicado que la censura no se había impuesto en Nicaragua. El mismo cable destaca que Kellogg negó que se hubiera otorgado permiso a Díaz para importar aeroplanos, “permiso que en el Departamento de Estado, se dijo hace dos días, que se había concedido”.

La Prensa, el mismo día, publica un telegrama de Nueva Orleans:
Ha sido presentada a las autoridades policiales una formal denuncia contra el presidente de Nicaragua, a pedido de quienes se están fabricando bombas de nitroglicerina para ser utilizadas contra el ejército liberal nicaragüense. La denuncia se fundamenta en el hecho de que la fabricación de esas bombas entraña un peligro para la seguridad pública. El presidente Díaz solicitó previamente, del Departamento de Estado, la autorización necesaria para efectuar el transporte de dichas bombas por medio de aeroplanos.
Sacasa declara que el desembarco de tropas se hizo sin que existiera constancia alguna de abuso de ninguna especie contra los intereses de ciudadanos extranjeros. Informa que a raíz de esa actitud, él ordenó “el desarme de las fuerzas que poseían elementos de guerra, a pesar de que estábamos venciendo a las fuerzas de Díaz, en Laguna de Perlas”. Después agregó:
“Niego categóricamente una vez más, que yo tenga compromiso de ninguna especie con gobierno alguno. El rumor lanzado de que servimos a la propaganda bolchevique es completamente inexacto. También es inexacto que los soldados mexicanos estén sirviendo en el ejército constitucional.

“Defiendo los derechos de Nicaragua, pero sin animosidad contra el gobierno de Estados Unidos, pues he sido educado en aquel país, y profeso afecto a la noble parte del pueblo estadounidense que repudia todo acto contra la justicia y la libertad.”
The World, comentaba a su vez:

El único efecto que producirán las explicaciones dadas por Coolidge y por Kellogg, explicaciones que revelan temor, será el de persuadir a todos de que el gobierno ha cometido un disparate en algo que ahora no sabe cómo terminar y que consistió en la creación de Díaz.

Si las explicaciones se tomaran a la letra, significa­rían simplemente que Coolidge está alarmado por las críticas que se han hecho en todo el mundo y que está a punto de abandonar a la facción que ha estado protegiendo. Si es eso lo que se propone hacer, el efecto que tendrá entonces toda la política adoptada será el de dejarnos sin amigos, sin honor y sin prestigio tanto entre las facciones nicaragüenses, como en el resto de la América Latina y bajo una atmósfera de desconfianza.

Si Coolidge no tiene la intención de afiliarse a uno de los bandos ahora, entonces el hecho de que empezó a hacerlo la semana pasada, se vuelve aún peor, puesto que si hay una política más peligrosa que la de la intervención, es la de una intervención parcial que se convierta luego en retirada.
Pero el disparate de que hablaba The World seguía ejercitándose contra la nación y el pueblo de Nicaragua. El año viejo de 1926 se despedía entre el fragor de la lucha armada en Nicaragua, de los pedidos de intervención de Díaz, de las protestas de los liberales norteamericanos, las vacilaciones y mentiras temerosas de Kellogg, los pedidos de intervención en México por parte de los diarios amarillistas, y en general, de los que apoyaban la política del dólar pegado al garrote, de Coolidge. Y, finalmente, entre las airadas protestas de las naciones latinoamerica­nas, que se sentían heridas al par que amenazadas por la invasión de Nicaragua.

En esas protestas los pueblos de América hispana, no menos que los de todo el mundo, hacían desear la aparición de alguien o de algo que pudiera detener las miras del Departamento de Estado.

El año siguiente se produciría la gran reacción.

CAPÍTULO IV


LA VENTA DE LA SUBLIME HERENCIA

¡Mentira! ¡Mentira! Las guerras que emprendemos

son nobles, aún la Justicia gana para nosotros

las batallas, antes de cobrar el precio.

No hemos vendido nuestra sublime herencia.

La soberbia república no se ha rebajado a robar

y a mezclarse en el mercado de la guerra...

¡Ah, no!

No hemos caído tan bajo.

Somos dignos hijos de nuestros padres: ¡Sépanlo nuestros guías!...

Os exhortamos, a vosotros, los guías,

para que no permitáis en su nobleza ni sombra de una mancha.

No comprometáis en pillajes los triunfos de su nuevo mundo.43
WILLIAM VAUGHN MOODY

Oda en Tiempo Vacilación.

I
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