Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán






descargar 159.84 Kb.
títuloEdición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán
página1/6
fecha de publicación07.04.2016
tamaño159.84 Kb.
tipoDocumentos
med.se-todo.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6

Errico Malatesta


ENTRE CAMPESINOS
Errico Malatesta
Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán.

Seguimos la impresión realizada por Tierra y Libertad, en 1936.
-Pepe.- ¡Hola! ¿Tú por aquí? Hace mucho que habría querido hablarte, y estoy contento por haberte encontrado. Jorge, ¡cuánto me das que pensar! Cuando estabas en el pueblo eras un buen muchacho, el mejor de los jóvenes de tu edad. ¡Oh, si viviese tu padre!

-Jorge.- Pepe, ¿por qué me hablas así?. ¿Qué es lo que he hecho para merecer esos reproches? ¿y por qué habría debido estar mi padre descontento de mí?.

-Pepe.- No te ofendas de mis palabras, Jorge; soy viejo y hablo por tu bien. Y, además, era tan amigo del viejo Andrés, que al verte por un mal camino me desagrada como si fueses mi hijo, tanto más cuanto que pienso en las esperanzas que tu padre ponía en tí, y en los sacrificios que ha hecho para dejarte un nombre sin mancha.

-Jorge.- ¿Pero qué es lo que dices, Pepe? ¿No soy quizá un trabajador honesto? No he hecho nunca mal a nadie, al contrario, y disculpa que lo diga, he hecho siempre el poco bien que he podido; ¿por qué habría de avergonzarse mi padre de mí? Hago todo lo posible por instruirme y mejorarme; trato, con mis compañeros, de remediar los males que me afligen a mí, que te afligen a tí y que afligen a todos, por tanto, querido Pepe, ¿en qué he merecido esos reproches?.

-Pepe.- ¡Ah!, ¡ah!, así te quería. Sé bien que trabajas, que ayudas al prójimo, que eres un muchacho honrado; lo dicen todos en el pueblo. Pero mientras tanto has estado preso más de una vez; dicen que los gendarmes te vigilan, y que solamente por estar contigo en la calle, se pasan malos ratos... Quién sabe si yo mismo no me comprometeré ahora..., pero te quiero mucho y te hablo a pesar de todo. Vamos, Jorge, escucha el consejo de un viejo: deja que hagan política los señores, ya que ellos no tienen nada que hacer; piensa en trabajar y en hacer el bien. Así vivirás tranquilo y en gracia con dios; de lo contrario perderás el alma y el cuerpo. Óyeme, deja a los malos compañeros, porque, como se sabe, son ellos los que desvían a los pobres muchachos.

-Jorge.- Pepe, créeme, mis compañeros son todos jóvenes de bien; el pan que llevan a la boca les cuesta lágrimas y sudor. Deja que los patrones hablen mal de ellos, pues quisieran chuparnos hasta la última gota de sangre, y luego dicen que somos una canalla si nos permitimos aunque no sea más que murmurar, y gente de presidio si procuramos mejorar nuestra posición y sustraernos a su tiranía. Yo y mis compañeros hemos estado en la cárcel, es verdad, pero hemos estado allí por la causa justa; volveremos todavía y quizá nos ocurra algo peor, pero será por el bien de todos, será por destruir tanta injusticia y tanta miseria; y vosotros, que habéis trabajado toda la vida y habéis sufrido también el hambre, y que cuando no podáis trabajar más tal vez tendréis que ir a morir a un hospital, no deberíais uniros con los señores y con el gobierno para caer contra quien trata de mejorar la condición de la gente pobre.

-Pepe.- Hijo mío, sé bien que el mundo va mal, pero querer arreglarlo es como querer enderezar las patas a los perros. Tomémoslo como viene y roguemos a dios que no nos falte por lo menos el puchero. Siempre hubo ricos y pobres y nosotros, que hemos nacido para trabajar, debemos trabajar y contentarnos con lo que dios nos manda; si no perderemos la paz y la honra.

-Jorge.- ¡Vuelta con la honra! Los señores que nos lo han quitado todo, después que nos han obligado a trabajar como bestias para ganar un pedazo de pan, mientras ellos con nuestros sudores viven sin hacer nada bueno, en la riqueza y en la crápula, dicen luego que nosotros, para ser hombres honrados, debemos soportar voluntariamente nuestra posición y verlos engordar a nuestras espaldas sin quejamos siquiera. Si en cambio nos recordamos de que también nosotros somos seres humanos, y que el que trabaja tiene derecho a comer, entonces somos malos; los gendarmes nos llevan a la cárcel y los curas por añadidura nos mandan al infierno.

Escúchame, Pepe, tú que eres un trabajador y no has chupado nunca la sangre del semejante. Los verdaderos bandidos, las gentes sin honor son los que viven de prepotencia, los que se han apoderado de todo lo que hay bajo el sol y los que a fuerza de padecimientos han reducido al pueblo a la situación de un rebaño de ovejas que se deja esquilar y matar tranquilamente. ¿Y vosotros os ponéis con los amos para caer contra nosotros? No basta que tengan de su parte el gobierno, el cual es formado por señores y para los señores, no puede menos que apoyarlos: es preciso, por tanto, que nuestros mismos hermanos, los trabajadores, los pobres, se pongan en contra nuestra porque queremos que tengan pan y libertad.

¡Oh! Si la miseria, la ignorancia forzosa, el hábito contraído en siglos de esclavitud, no explicasen este hecho doloroso, diría que no tienen honor y dignidad aquellos pobres que apuntalan a los opresores de la humanidad, y nosotros, que ponemos en peligro este mísero pedazo de pan y este fragmento de libertad, para llegar al punto en que todos estemos bien.

-Pepe.- Sí, sí, todo eso está bien; pero sin el temor de dios no se hace nada bueno; he oído hablar a aquél santo varón que es nuestro párroco, el cual dice que tú y tus compañeros sois una banda de excomulgados; he oído decir al señor Antonio, que ha estudiado y lee siempre los periódicos, que sois o bien locos o bien bandidos, que quisierais comer y beber sin hacer nada, y que en lugar de hacer el bien de los trabajadores, impedís a los amos arreglar las cosas lo mejor que se puede.

-Jorge.- Pepe, si queremos razonar, dejemos en paz a dios y a los santos; porque, como ves, el nombre de dios sirve de pretexto y medio para todos los que quieren engañar y oprimir a sus semejantes. Los reyes dicen que dios les ha dado el derecho a reinar, y cuando dos reyes se disputan un país, los dos pretenden ser enviados de dios. Luego dios da siempre la razón al que tiene más soldados y mejores armas. El propietario, el usurero, el especulador, todos hablan de dios; y representantes de dios se dicen el sacerdote católico, el protestante, el hebreo, el turco, y en nombre de dios se hacen la guerra, y tratan cada cual de llevar el agua para su molino. Del pobre no se encarga nadie. Al oírles parece que dios se lo ha dado todo a ellos, y que a nosotros nos habría condenado a la miseria y al trabajo. El paraíso es para ellos en este mundo y en el otro; para nosotros existe el infierno en esta tierra, y el paraíso solamente en el mundo del más allá si hemos sido esclavos sumisos... y si queda puesto.

Oye, Pepe, en asuntos, de conciencia yo no quiero entrar y cada cual es libre de pensar lo que quiera. Por mi cuenta, no creo en dios ni en las historias que nos cuentan los curas, porque quien las cuenta tiene un interés poco excesivo en ellas; y porque existen muchas religiones cuyos sacerdotes pretenden ser los que dicen la verdad, no dando pruebas. También yo podría inventar un mundo de fábulas y decir que el que no me crea y no me obedezca será condenado al fuego eterno. Me trataréis de impostor; pero si tomase a un niño y le dijese siempre lo mismo sin que nadie le dijera jamás lo contrario, al llegar a grande creería en mí, lo mismo que vosotros creéis en el párroco. Pero, en resumen, eres libre de creer lo que te parezca, pero no vengas a contarme que dios quiere que trabajes y sufras hambre, que tus hijos crezcan débiles y enfermizos por falta de pan y cuidados, y que tus hijas deban estar expuestas a convertirse un día en queridas del perfumado patroncito, porque entonces diré que ese dios es un asesino.

Si dios existe, no ha dicho a nadie lo que quiere. Pensemos, por consiguiente, en hacer en este mundo el bien nuestro y el de los demás; si hubiese un dios en el otro mundo y fuese justo, nos encontraremos siempre mejor si hemos combatido por hacer el bien, que si hemos hecho sufrir o hemos permitido que otros hiciesen sufrir a los hombres, los cuales, según el párroco, son todos criaturas de dios y hermanos nuestros.

Y por otra parte, créeme: hoy que eres pobre, dios te condena a las privaciones; si mañana consiguieras de un modo cualquiera, incluso con la acción más censurable, reunir mucho dinero, adquirirías de inmediato el derecho a no trabajar, a pasear en coche, a maltratar a los campesinos, a atentar contra el honor de las pobres muchachas... y dios dejaría hacer como deja hacer a tu amo.

-Pepe.- ¡La virgen! Desde que aprendiste a leer y a escribir y te tratas con la gente de la ciudad has reunido tanta habilidad para hablar que enredarías a un abogado, y si he de decirlo francamente, has dicho cosas que me han dejado una cierta comezón... ¡Imagínate!

Mi Rosina, que ha crecido, tiene un joven pretendiente que la quiere mucho; pero tú comprendes, somos gente pobre; habría necesidad de una cama, de un poco de ropa, y algún dinero para abrirle un tallercito, pues él es cerrajero, y si pudiera librarse de estar bajo el patrón que le hace trabajar por una miseria, podría sacar adelante la familia que formará. El amo podría adelantarme algo, que yo le repondría poco a poco. Pues bien, ¿lo crees?, cuando le hablé respondió, riendo a carcajadas, que esas son obras de caridad de que se ocupa su hijo; y el hijo del amo, en efecto, ha ido a vernos, ha visto a Rosina, le acarició sus mejillas y dijo que justamente tenía listo un ajuar que había hecho para otra y que Rosina debía ir personalmente a recibirlo. Y en sus ojos brillaron ciertos deseos que casi me hacen cometer una barbaridad... ¡Oh!, si mi Rosina... pero dejemos estos pensamientos.

Soy viejo y sé que este es un mundo infame; pero esta no es una razón para hacer también de pillos. En pocas palabras: ¿es verdad o no que queréis quitar los bienes a quien los posee?

-Jorge.- Bravo, así te quiero. Cuando queráis saber algo que interesa a los pobres, no lo preguntéis jamás a los amos, los cuales no os dirán nunca la verdad, porque nadie habla contra sí mismo. Y si queréis saber lo que quieren los anarquistas, preguntádmelo a mí y a mis compañeros, no al párroco, o al, señor Antonio. Y cuando el cura habla de estas cosas, preguntadle por qué vosotros que trabajáis coméis un pobre puchero, cuando lo hay, y él, que pasa todo el día sin hacer nada, con un dedo dentro de un libro cerrado, come buenos manjares y capones junto a su... sobrina; preguntadle por qué se las pasa siempre con los amos y sólo viene hacia vosotros cuando tiene que pedir algo; preguntadle por qué da razón siempre a los amos y a los gendarmes, y por qué, en lugar de quitar a los pobres el pan de la boca con el pretexto de rogar por las almas de los muertos, no se pone a trabajar para ayudar un poco a los vivos, en vez de vivir a expensas de los demás. Y al señor Antonio, dado que es un joven robusto, que ha estudiado, y que pasa su tiempo jugando en el café y haciendo enredos en el municipio, decidle que, antes de hablar de nosotros, sería bueno que dejase de hacer de vagabundo y que aprendiese un poco lo que es el trabajo y lo que es la miseria.

-Pepe.- Sobre esto tienes todas las razones, pero volvamos a nuestro pensamiento. ¿Es verdad o no que queréis apoderaros de los bienes ajenos?

-Jorge.- No es verdad; nosotros no queremos quitar nada a nadie; pero queremos que el pueblo tome los bienes de los señores, los bienes a quien los tiene, para ponerlos en común para todos. Al hacer esto el pueblo no quitaría nada a los demás, sino que entraría simplemente en posesión de lo que es suyo.

-Pepe.- ¿Cómo es eso? ¿Es que son nuestros los bienes de los amos?

-Jorge.- Ciertamente: son bienes nuestros, son bienes de todos. ¿Quién ha dado esas riquezas, a los señores? ¿Cómo han hecho para ganárselas? ¿Qué derecho tenían a posesionarse de ellas y qué derecho tienen a conservarlas?

-Pepe.- Sé las han dejado sus antepasados.

-Jorge.- ¿Y quién las dio a sus antepasados? ¡Cómo! Algunos hombres más fuertes y más afortunados se posesionaron de todo lo que existe, obligaron a los otros a trabajar para ellos y, no contentos con vivir ellos en el ocio, oprimiendo y condenando al hambre a la gran masa de sus contemporáneos, dejaron a sus hijos y a los hijos de sus hijos las riquezas que habían usurpado, condenando a toda la humanidad futura a ser esclava de sus descendientes, los cuales, enflaquecidos por el ocio y por el hecho de poder hacer todo lo que quieren sin dar cuenta a nadie, si no lo tuviesen todo a mano, y quisieran ahora arrancárnoslo por la fuerza como hicieron sus padres, nos causarían verdaderamente piedad. ¿Y a ti te parece justo todo esto?

-Pepe.- Si se tomaron los bienes por la fuerza, entonces no. Pero los señores dicen que sus riquezas son el fruto del trabajo, y no me parece que esté bien el quitar a uno lo que ha producido con sus esfuerzos.

-Jorge.- ¡Eso es, siempre la misma historia! Los que no trabajan y no han trabajado nunca, hablan siempre en nombre del trabajo. Ahora, ¿cómo se produce y quién ha producido la tierra, los metales, el carbón, las piedras y otras cosas semejantes? Estas cosas, las haya hecho dios o existan por obra espontánea de la naturaleza, lo cierto es que todos, al venir al mundo, las hemos encontrado; por tanto deberían servir para todos. ¡Qué dirías si los amos se quisieran apoderar del aire para aprovecharlo ellos y darnos a nosotros sólo una pequeña parte y de la más maloliente, haciéndola pagar con sacrificios y sudores? La única diferencia entre la tierra y el aire es que han hallado para la tierra el modo de apoderarse de ella y dividirla entre ellos, y para el aire no; pues si encontrasen el medio, harían con el aire lo que han hecho con la tierra.

-Pepe.- Es verdad; esta me parece una razón justa; la tierra y todo lo que no ha hecho nadie, deberían ser de todos... Pero no todas las cosas se han encontrado bellas y listas.

-Jorge.- Ciertamente, hay muchísimas cosas que han sido producidas por el trabajo del hombre, la tierra misma no tendría sino poco valor de no haber sido desmontada y abonada por la obra humana. Y bien, esas cosas deberían por justicia pertenecer a quien las ha producido. ¿Por qué milagro se encuentran precisamente en manos de aquellos que no hacen nada y que no han hecho nunca nada?

-Pepe.- Pero los amos dicen que sus antepasados han trabajado y ahorrado.

-Jorge.- Y deberían decir, en cambio, que sus antepasados han hecho trabajar a los demás sin pagarles, lo mismo que se hace ahora. La historia nos enseña que las condiciones del trabajador han sido siempre miserables y que, lo mismo que ahora, el que ha trabajado sin explotar a otros, no sólo no ha podido hacer nunca economías, sino que no ha tenido siquiera bastante para aplacar el hambre. Observa los ejemplos que tienes ante los ojos: todo lo que producen los trabajadores, de mano en mano, ¿no va quizá a manos de los patrones que se contentan con mirar?

Hoy uno compra por poco dinero una parcela inculta y pantanosa; pone allí hombres a quienes apenas da lo necesario para que no se mueran de hambre de golpe, y queda en el ocio de la ciudad. Después de algunos años aquel pedazo inútil de tierra se ha convertido en un jardín y vale cien veces más de lo que valía al comienzo. Los hijos del amo, que heredarán ese tesoro, dirán que disfrutan por los sudores de su padre y los hijos de los que han trabajado y sufrido realmente continuarán trabajando y sufriendo. ¿Qué te parece?

-Pepe.- Pero si verdaderamente, como tú dices, el mundo ha marchado siempre como ahora, no hace falta decirlo, a los amos no les correspondería absolutamente nada.

-Jorge.- Pues bien, quiero suponer todo a favor de los amos. Dejemos sentado que los propietarios fuesen todos hijos de gente que ha trabajado y ahorrado y los trabajadores hijos todos de hombres holgazanes y malgastadores. Ten presente que es un absurdo lo que digo, pero sin embargo, aunque las cosas estuviesen así, ¿habría por eso tal vez mayor justicia en la actual organización social? Si tú trabajas y yo hago de vagabundo, es justo que sea castigado por mi holgazanería; pero no es justo por esto que mis hijos, que podrán ser buenos trabajadores, tengan que reventar de cansancio y morir de hambre para mantener a tus hijos en el ocio y en la abundancia.
  1   2   3   4   5   6

similar:

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán icon“druidas bajo la luna” Edición revisada y ampliada por el autor (Versión...

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconEl presente trabajo es una versión revisada y ampliada del que fuera...

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconEdición Digital reproducida con autorización del autor

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconBibliografía básica: Historia general de la Pedagogía17ava Edición....

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconBibliografía básica: Historia general de la Pedagogía17ava Edición....

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconVegetarianismo puro autor: ildefonso cobo jiménez deposito Legal...

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconEste es el listado de Libros de Varieduca. Con el comando Control...

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconLos Esenios en el Tibet el Abad en el monasterio tibetano

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconLiteratura Revisada

Edición revisada por el autor, Traducción de Diego Abad de Santillán iconProceso de aprobación para la producción de partes 4ª edición Diferencias versus la 3ª edición


Medicina





Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com