El poder del periodismo de intermediación a tachi radialista apasionada ciudadana radio el poder del periodismo de intermediación




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CIUDADANA

RADIO

El poder del periodismo de intermediación



A Tachi

radialista apasionada

CIUDADANA RADIO

El poder del periodismo de intermediación




(PORTADILLA)

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Estaban charlando amenamente el presidente de Estados Unidos, el primer ministro de Gran Bretaña y el presidente del gobierno español, cuando un programa informativo les interrumpió:
—¡Última hora!... ¡Estados Unidos de Norteamérica ha dejado de ser la gran potencia mundial!


Bush, indignado, se dirigió a sus invitados:
—¿Qué ha dicho ese imbécil? ¿Quién se atreve a disputarnos el primer lugar en el mundo? ¿Tú, Aznar, con tu bigotito de charlotín?
—¡Os juro, George, que España no es! —Aznar desligó responsabilidades—. ¡España sólo ambiciona... un par de pozos de petróleo en Irak!
—Entonces, ¿cuál es esa nueva superpotencia? —Bush no controlaba su desasosiego—. ¿La tuya, Blair, hijo de la Gran Bretaña?
—No, no, no... —a Tony se le heló su maquillada sonrisa—. ¿Cómo se le ocurre al presidente Bush semejante idea? Inglaterra siempre ha sido fiel a su amo... ¡Forever!
—Si no eres tú y tampoco tú —Bush frunció el entrecejo con una inusual expresión de inteligencia—, ¿entonces, quién?
Cuentan que en ese momento entró en escena el secretario Colin Powell:
—La nueva potencia mundial, señor presidente, es... la opinión pública.


Esta anécdota, inventada por el Premio Nóbel de Literatura José Saramago y leída por él mismo el 15 de febrero del 2003 al finalizar en Madrid la manifestación contra la guerra de Irak, ilustra bien lo que está pasando en el mundo de hoy. Estados Unidos ha roto la legalidad internacional, se ha burlado de Naciones Unidas, y amenaza al mundo con la hitleriana filosofía de la guerra preventiva.
Arrogante, se diría que Estados Unidos ha quedado como la única superpotencia sobre la faz de la Tierra. Pero en este cambio de siglo, apoyados por internet, se han ido convocando miles y millones de seres humanos en todas partes del mundo. Es una corriente inmensa, arrolladora, de opinión pública planetaria.1
—Nosotros somos como aquella pequeña mosca que vuelve una y otra vez a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia —declaró Saramago en la céntrica Puerta del Sol, ante una multitud incontable—. Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz.


En el mundo de hoy, no hay una, sino dos potencias: Estados Unidos y las personas que queremos la paz. Dos superpotencias: Estados Unidos que globaliza la guerra y la ciudadanía que globaliza la solidaridad.
Alguien pensó que el nuevo siglo había comenzado el 11 de septiembre del 2001. Más bien, ese episodio fue el tétrico desenlace de un siglo violento, signado por guerras atroces y agresiones militares. Sólo Estados Unidos invadió ilegalmente más de 100 países durante el siglo 20, lo que da un promedio de una intervención por año.
El nuevo siglo comenzó aquel 15 de febrero cuando las calles de Roma, de Londres, de Madrid, de centenares de ciudades en el mundo se inundaron de ciudadanos y ciudadanas enarbolando la bandera multicolor de la Paz. Nunca antes en la historia de la Humanidad se había visto una demostración semejante de fuerza y de conciencia.
Ese 15 de febrero, en Lima, los manifestantes coreamos frente a la embajada norteamericana: ¡El mundo unido jamás será vencido! La antigua consigna se ampliaba, se redefinía. Ahora reflejaba el nuevo y urgente concepto de ciudadanía global.

PRIMERA PARTE
RADIOS CIUDADANAS

Fue en Londres, durante una reunión del Consejo de Administración Internacional de AMARC,2 cuando utilizamos abiertamente el concepto de radio ciudadana.
—¿Usted quiere cambiar el nombre de nuestra organización? —se consternó la Presidenta—. Nosotros nos llamamos Asociación Mundial de Radios Comunitarias.
—Pero con la misma C de comunitarias —traté de seducir— podemos escribir ciudadanas.
—Eso de ciudadanas... —decía un directivo anglosajón— suena a citizen band, los canales de onda corta de la llamada banda ciudadana.
—Nada de eso. Nos referimos a una concepción nueva, no a un soporte técnico.
—Lo que pasa es que ustedes, los latinoamericanos, siempre andan buscando cinco pies al gato.
—Lo que pasa es que las palabras —insistí con terquedad de neoconverso— se gastan como las monedas. Se devalúan. Así ha pasado, al menos en nuestro continente, con los diferentes adjetivos empleados para caracterizar a las radios de servicio al público en este medio siglo de experiencias.
Con Sutatenza se estrenó el concepto de radio educativa. Luego, al calor de las ideas de Paulo Freire, se posicionó el de radio popular. En Bolivia, se habían desarrollado las radios sindicales, sostenidas por los trabajadores mineros. Corrieron los años y nacieron, en una matriz laica y gracias a la baratura de los equipos de FM, otras radios en el paisaje latinoamericano. En Brasil, se llamaron radios libres, subrayando que no se sometían a la mordaza de la dictadura militar. En Centroamérica, después de ser rebeldes y enmontañadas, prefirieron denominarse participativas, cansadas de tantas décadas de autoritarismo y silencio. En el Cono Sur, comenzaron a conocerse como radios comunitarias, tal vez para conjurar el anonimato de las grandes ciudades o la falta de otros referentes colectivos. No faltó un teórico listo que quiso sintetizar estos conceptos en uno solo: radios alternativas, aquellas que quieren una comunicación diferente.
Todas estas denominaciones fueron y son adecuadas, porque bajo diferentes acentos aparece el mismo compromiso de poner las ondas de radio al servicio de la gente, el desafío de democratizar la palabra para democratizar la sociedad.
Pero también es cierto que estas nobles palabras se han ido gastando. Por ejemplo, ¿qué suena en su oreja si yo le invito a escuchar un programa educativo? Seguramente, piensa en maestros y pupitres, y sospecha que se aburrirá. Y sin embargo, este espacio debería ser tan alegre y sensual como cualquier otro de simple entretenimiento. La palabra educativa es válida, si se entiende bien. Pero es muy probable que los oyentes no la capten como nosotros quisiéramos.
¿Y radio popular? Sagrada es la palabra pueblo, tanto que los antiguos filósofos hacían equivalente la voz del pueblo a la de Dios. A pesar de ello, y a la luz de los muros caídos, lo popular tiene hoy un tinte ideológico inseparable. Tiene algo más: ¿qué piensa usted si la invito a comer en un comedor popular o le regalo unos zapatos populares? Lo popular, desgraciadamente, se ha ido equiparando con lo de segunda clase, lo de mala calidad.
¿Y radio comunitaria? Construir comunidad, superar el egoísmo, ¿qué propósito más humano que éste? Comunicación y comunitario tienen la misma generosa raíz. Pero en muchos de nuestros países, comunitario se limita a lo campesino, a lo rural. Y resulta que 7 de cada 10 latinoamericanos y latinoamericanas viven hoy en ciudades. Comunitario —especialmente en las cabezas de empresarios con hambre monopólica— sugiere lo pequeño, hasta lo marginal. Por eso, las leyes de telecomunicaciones ofrecen potencias mínimas a las emisoras sin fines de lucro. Que se conformen con eso, dicen, puesto que son comunitarias.
¿Y qué pasa con lo de radios libres? Nada más adecuado por su referencia a la libertad de expresión. Pero la palabra también se exageró y hoy, en muchas mentes, sugiere anarquía y libertinaje en el dial. ¿Y alternativas? Bien comprendida, esta palabra propone romper la rutina de tantas radios convertidas en simples repetidoras de las cadenas informativas o de las casas disqueras. Pero algunas prácticas elitistas la han traducido como un modelo de comunicación distante de los gustos masivos. Conocí una emisora alternativa que programaba ópera en medio de la selva amazónica —tal vez imitando a Caruso en Manaus— por aquello de ser diferentes. Tanto se desgastó la palabra alternativa que Rafael Roncagliolo prefirió jugar con ella y hablar de radios alterativas, porque de zarandear injusticias se trata.3
¿Con qué apellido nos quedaremos, entonces? Con todos. Todos ellos muestran aspectos valiosos del quehacer radiofónico. Todas las palabras, como en un calidoscopio, ofrecen brillos complementarios. Aprovechemos todas ellas según el contexto en que trabajamos y según la oportunidad para establecer alianzas. Y añadamos una más, un adjetivo que aparece con fuerza en nuestro horizonte comunicacional: radios ciudadanas.
Argumenté todo esto en Londres. Pero de nada valió. La discusión seguía.
—Eso de Radios Ciudadanas no sirve —esgrimió una directiva suiza—. Deja fuera a los migrantes.
—No, estás confundiendo las cosas. Es un concepto inclusivo de edades, géneros, nacionalidades… Nosotros hablamos de una ciudadanía global.
—No se cambia —sentenció la Presidenta—. Nos llamamos como nos llamamos. Y sigamos con la agenda.
Ante la negativa del Consejo de Administración, en América Latina adoptamos la solución nada salomónica de seguir trabajando con los dos nombres, comunitarias y ciudadanas.4
¿Que el hábito no hace al monje ni el apellido a la radio? De acuerdo. No vamos a pelear por palabras porque, al final y al principio, lo que cuenta es la programación que ofrezca la emisora. Aunque, a veces, estrenar lenguaje estimula nuevas ideas y recarga el entusiasmo. Como cuando la persona amada, después de una noche especial, te comienza a llamar corazón mío, y te sientes renacer.
UN TRIPLE ERROR
Hablar de radios ciudadanas puede llevar a varias confusiones. La primera, pensar en radios urbanas, emisoras instaladas en ciudades. De esta manera, estaríamos excluyendo al campesinado.
Es cierto que la ciudadanía es un concepto construido en la ciudad. Pero la condición ciudadana no depende del lugar donde vivas, sea en “el interior” o en la urbe, sea en tierra firme o en alta mar. Tan ciudadanos son los campesinos como los citadinos, quienes viven en un barrio marginal o en el centro de la gran metrópolis.
Otro error frecuente es vincular ciudadanía con edad. En algunos países, te dan la cédula de identidad a los 18 años. Como ya eres mayor de edad, puedes elegir y ser elegido. Pero una ficha emplasticada no hace la ciudadanía, entre otras razones, porque mucha gente no tiene siquiera ese certificado. En Perú, fruto de la exclusión, la mitad de las mujeres rurales no dispone de DNI.
La condición ciudadana no pasa por la edad. Los niños y niñas son tan ciudadanos como los adultos. Muchas constituciones latinoamericanas ya reconocen expresamente la ciudadanía infantil. Y una radio de audiencia abierta tiene que tomar en cuenta todas las edades, desde los chiquitos hasta los adultos mayores.
La tercera y más peligrosa confusión es limitar el significado de ciudadanía a las fronteras nacionales. Si nazco en México soy ciudadana mexicana. Y si nazco en Chile, chileno. Me caso con un sueco y me hago ciudadana sueca. Me voy a vivir al Perú y como soy español saco la doble nacionalidad. Conozco un amigo que colecciona pasaportes, como postalitas. Ya tiene de cinco países.
En realidad, el concepto de ciudadanía se ha ido ensanchando a lo largo del tiempo y el espacio. Los griegos hablaban de la polis y los latinos de la cívitas. Ambos términos significan ciudad. Pero esa ciudad, más que el territorio físico donde estaban construidas las casas privadas y los edificios públicos de Atenas o de Roma, se refería a un estatus, una categoría social de la que gozaban determinadas personas, los habitantes por derecho de la ciudad.
Con la formación de los Estados modernos, este primer significado de ciudadanía se amplió. Los hombres y mujeres dejaron de ser ciudadanos de una ciudad y pasaron a ser ciudadanos de un estado-nación. Transitaron de la ciudadanía citadina a la ciudadanía nacional. Se es ciudadano de un país, no de una urbe.
De esta manera, la palabra ciudadanía se ha vuelto sinónima de nacionalidad. Estoy inscrito en un Estado, tengo un documento que lo acredita, tengo un pasaporte que lo garantiza cuando viajo o me instalo en otra nación. Las fronteras nacionales marcan los límites de la ciudadanía.5
Pero el concepto de estado-nación está hecho pedazos. ¿Qué significa pertenecer a la República Dominicana si la segunda ciudad de este país, después de Santo Domingo, es New York? En estos últimos años ha migrado a España un millón de ecuatorianos y ecuatorianas. Trabajan, comen y procrean en suelo español. ¿De qué nación son, que himno deben cantar? En estos tiempos transnacionales, Microsoft o Nestlé manejan más presupuesto y deciden más políticas que el gobierno de Guatemala o de Paraguay. En el futuro, ¿seremos ciudadanos de la Nestlé? ¿Juraremos ante la bandera virtual de Bill Gates?
La globalización ha relativizado los nacionalismos y quizás esto nos ayude a ampliar el concepto de ciudadanía. ¿Cómo se decidieron las fronteras de los actuales Estados? ¿Quién le arrebató a México la mitad de su territorio? ¿A qué nación pertenecen Texas, California, Colorado, Arizona, Utah, Nevada y el estado al que, irónicamente, siguen llamando Nuevo México? ¿Cuándo se establecieron los actuales límites del territorio panameño? ¿Por qué Bolivia se quedó sin mar? Y Puerto Rico, ¿qué soberanía tiene? Fíjate en las fronteras de los países africanos. Son líneas trazadas con escuadra en los escritorios de las naciones coloniales. Y yendo un poco más atrás, ¿no fue el Papa Alejandro VI quien marcó una raya imaginaria y dividió la América recién conquistada como quien parte un pollo, oriente para Portugal, occidente para España? Por aquella arbitrariedad, ¿nos consideraremos ciudadanos de Brasil o de los otros países de América Latina?
Es hora de cuestionar los mapas políticos, los que dibujan con distintos colores a los distintos países, y soñar una ciudadanía planetaria. Una ciudadanía que trascienda las cambiantes y tantas veces indignantes fronteras que sólo han servido para dividir a los pueblos. Hayas nacido donde hayas nacido y vivas donde vivas, eres ciudadano y ciudadana del Planeta Tierra. No le falta razón a quien escribió aquel grafiti: Desgraciado quien tiene patria. Ocupa un lugar muy pequeño en el universo.
Esta visión universalista, internacionalista, se aplica también a las emisoras. Una radio con vocación ciudadana tomará tan en cuenta a los nacionales como a los extranjeros y migrantes, a los que no son de aquí ni son de allá, como dice la canción. Lo contrario promovería un peligroso chauvinismo.
En resumen, las radios ciudadanas no se definen por el lugar donde están instalados sus equipos y sus cabinas. Ni por la edad de sus públicos. Ni por una visión nacionalista estrecha. Estas emisoras asumen un concepto amplio, revolucionario, indispensable, de ciudadanía global.


VALORES DE LA CIUDADANÍA
¿Qué es, en definitiva, la ciudadanía? La mejor definición la encontraremos en el artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos:
Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos

y, dotados como están de razón y conciencia,

deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
Veamos lo que incluye este texto que debería escribirse con letras de oro en los juzgados y en las oficinas públicas, en los cuarteles y en las iglesias, en los parques, hasta en la puerta de los dormitorios. Y también en las emisoras.
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