Sinopsis verónica es una joven que tiene los mismos sueños y deseos que cualquier persona de su edad. Es guapa, cuenta con un buen trabajo y no le faltan pretendientes.




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títuloSinopsis verónica es una joven que tiene los mismos sueños y deseos que cualquier persona de su edad. Es guapa, cuenta con un buen trabajo y no le faltan pretendientes.
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¿Llegaría a poder escuchar hasta el fin la música que provenía de la plaza? Sería un bello recuerdo de esta vida: el atardecer, la melodía que contaba los sueños del otro lado del mundo, el cuarto templado y acogedor; el muchacho guapo y lleno de vida que había pasado, había decidido detenerse y ahora se dirigía hacia ella. Como se daba cuenta de que las pastillas ya estaban haciendo efecto, él sería, con toda seguridad, la última persona que vería.

Él sonrió. Ella retribuyó la sonrisa: no tenía nada que perder. Él la saludó con la mano; ella decidió fingir que estaba mirando otra cosa, al fin y al cabo el muchacho estaba queriendo ir demasiado lejos. Desconcertado, él continuó su camino, olvidando para siempre aquel rostro en la ventana.

Pero Veronika se quedó satisfecha de haber sido deseada una vez más. No era por ausencia de amor por lo que se estaba suicidando. No era por falta de cariño de su familia, ni problemas financieros, o por una enfermedad incurable.

Veronika había decidido morir aquella bonita tarde de Ljubljana, con músicos bolivianos tocando en la plaza, con un joven pasando frente a su ventana, y estaba contenta con lo que sus ojos veían y sus oídos escuchaban. Pero aún estaba más contenta de no tener que contemplar aquellas mismas cosas durante treinta, cuarenta o cincuenta años más, pues irían perdiendo toda su originalidad al estar inmersas en la tragedia de una vida donde todo se repite, y el día anterior es siempre igual al siguiente.

El estómago, ahora, empezaba a dar vueltas y ella se sentía muy mal. «Qué gracia; pensé que una sobredosis de tranquilizantes me haría dormir inmediatamente.» Pero lo que le sucedía era un extraño zumbido en los oídos y la sensación de vómito.

«Si vomito, no moriré.»

Decidió olvidar los cólicos, procurando concentrarse en la noche que caía con rapidez, en los bolivianos, en las personas que comenzaban a cerrar sus tiendas y salir El ruido en el oído se hacía cada vez más agudo y, por primera vez desde que había ingerido las pastillas, Veronika sintió miedo, un miedo terrible ante lo desconocido. Pero fue rápido. En seguida perdió la conciencia.

Cuando abrió los ojos, Veronika no pensó «esto debe de ser el cielo». En el cielo jamás se utilizaría una lámpara fluorescente para iluminar el ambiente, y el dolor (que apareció una fracción de segundo después) era típico de la Tierra. ¡Ah, este dolor de la Tierra! Es único, no puede ser confundido con nada.

Quiso moverse, y el dolor aumentó. Aparecieron una serie de puntos luminosos, y aún así Veronika continuó entendiendo que aquellos puntos no eran estrellas del Paraíso, sino consecuencia de su intenso sufrimiento.

—Has recuperado la conciencia —declaró una voz de mujer—. Ahora estás con los dos pies en el infierno, aprovecha.

No, no podía ser; aquella voz la estaba engañando. No era el infierno, porque sentía mucho frío, y notaba que tubos de plástico salían de su boca y de su nariz. Uno de estos tubos —el introducido por su garganta hasta el fondo— era el que le producía la sensación de ahogo.

Quiso moverse para retirarlo, pero los brazos estaban atados.

—Estoy bromeando, no es el infierno —continuó la voz—. Es peor que el infierno donde, además, yo nunca estuve. Es Villete.

A pesar del dolor y de la sensación de sofocamiento, Veronika, en una fracción de segundo, entendió lo que había pasado. Había intentado suicidarse y alguien había llegado a tiempo para salvarla. Podía haber sido una monja, una amiga que la hubiera ido a visitar sin avisar, o alguien que se acordó de entregar algo que ella ya había olvidado haber pedido. El hecho es que había sobrevivido y estaba en Villete.

Villete, el famoso y temido manicomio que existía desde 1991, año de la independencia del país. En aquella época, creyendo que la división de Yugoslavia se produciría de forma pacífica (al fin y al cabo, Eslovenia enfrentó apenas once días de guerra), un grupo de empresarios europeos consiguió licencia para instalar un hospital para enfermos mentales en un antiguo cuartel, abandonado por causa de los altos costes de mantenimiento.

Lentamente, sin embargo, las guerras comenzaron: primero fue la de Croacia; después, la de Bosnia. Los empresarios se preocuparon: el dinero para la inversión provenía de capitalistas esparcidos por diversas partes del mundo, cuyos nombres ni sabían, de modo que era imposible sentarse ante ellos, dar algunas disculpas y pedirles que tuvieran paciencia. Resolvieron el problema adoptando prácticas nada recomendables para un asilo psiquiátrico, y Villete pasó a simbolizar para la joven nación, que acababa de salir de un comunismo tolerante, lo que había de peor en el capitalismo: bastaba pagar para conseguir una plaza.

Muchas personas, cuando querían desembarazarse de algún miembro de la familia por causa de desacuerdos en torno a una herencia (o de algún comportamiento inconveniente), gastaban una fortuna y conseguían un certificado médico que permitía el internamiento de los hijos o los padres que eran fuente de problemas. Otros, para huir de deudas o justificar ciertas actitudes que podían acarrear largas estancias en prisión, pasaban algún tiempo en el asilo y salían libres de cualquier peligro de proceso judicial.

Villete, el lugar de donde nadie jamás había huido. Que mezclaba a los verdaderos locos —enviados allí por la justicia o por otros hospitales— con aquellos que eran acusados de locura, o la fingían. El resultado era una verdadera confusión, y la prensa a cada momento publicaba historias de malos tratos y abusos, aún cuando jamás tuviera permiso para entrar a ver lo que estaba sucediendo. El gobierno investigaba las denuncias, no conseguía pruebas, los accionistas amenazaban con propagar que era difícil hacer inversiones externas en el país y la institución conseguía mantenerse en pie, cada vez más fuerte.

—Mi tía se suicidó hace pocos meses —continuó la voz femenina—. Había pasado casi ocho años sin ganas de salir de su cuarto, comiendo, engordando, fumando, tomando calmantes y durmiendo la mayor parte de su tiempo. Tenía dos hijas y un marido que la amaba.

Veronika intentó mover su cabeza en dirección a la voz, pero era imposible.

—Tan sólo la vi reaccionar una sola vez: cuando el marido encontró una amante. Entonces ella armó escándalos, perdió peso, rompió vasos y durante semanas enteras no dejó dormir a los vecinos con sus gritos. Por más extraño que parezca, creo que fue su época más feliz: estaba luchando por algo, se sentía viva y capaz de reaccionar ante el desafío que se le presentaba.

«¿Y qué tengo yo que ver con todo eso? —pensaba Veronika, incapaz de decir algo—. ¡Yo no soy su tía; ni tengo marido!»

—El marido terminó dejando a la amante —prosiguió la mujer—. Mi tía, poco a poco, volvió a su pasividad habitual. Un día me telefoneó diciendo que estaba dispuesta a cambiar de vida: había dejado de fumar La misma semana, después de aumentar la cantidad de tranquilizantes a causa de la abstinencia de tabaco, avisó a todos de que estaba dispuesta a suicidarse.

Nadie le creyó. Una mañana me dejó un recado en el contestador automático, despidiéndose, y se mató con gas. Yo escuché ese mensaje varias veces: nunca había oído una voz más tranquila, más conforme con su propio destino. Decía que no era feliz ni infeliz, y que por eso no aguantaba más.

Veronika sintió compasión por aquella mujer que contaba la historia y que parecía intentar comprender la muerte de la tía. ¿Cómo juzgar, en un mundo donde se intenta sobrevivir a cualquier precio, a aquellas personas que deciden morir?

Nadie puede juzgar Sólo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento, o de la ausencia total de sentido de su vida. Veronika quería explicar eso, pero el tubo de su boca la hizo atragantarse, y la mujer vino en su auxilio.

La vio reclinada sobre su cuerpo inmovilizado, entubado, protegido en contra de su voluntad y de su libre arbitrio de destruirlo. Movió la cabeza de un lado al otro, implorando con sus ojos para que le sacaran aquel tubo y la dejasen morir en paz.

—Estás nerviosa —dijo la mujer—. no sé si estás arrepentida o si aún quieres morir, pero no me interesa. Lo que me preocupa es cumplir con mi función: si el paciente se muestra agitado, el reglamento exige que se le proporcione un sedante.

Veronika cesó de debatirse, pero la enfermera ya le estaba aplicando una inyección en el brazo. Al poco tiempo había regresado a un mundo extraño, sin sueños, donde la única cosa que recordaba era el rostro de la mujer que acababa de ver: ojos verdes, cabello castaño y un aire totalmente distante, el aire de quien hace las cosas porque tiene que hacerlas, sin preguntar jamás por qué el reglamento manda esto o aquello.
Paulo Coelho conoció la historia de Veronika tres meses después, cuando cenaba en un restaurante argelino en París con una amiga eslovena, que también se llamaba Veronika y era hija del médico responsable de Villete.

Más tarde, cuando decidió escribir un libro sobre el asunto, pensó en cambiar el nombre de Veronika, su amiga, para no confundir al lector. Pensó en llamarla Blaska, o Edwina, o Marietzja, o cualquier otro nombre esloveno, pero acabó decidiendo que mantendría los nombres reales. Cuando se refiriese a Veronika, su amiga, la llamaría «Veronika, la amiga». En cuanto a la otra Veronika, no necesitaba adjetivarla de ninguna manera puesto que sería el personaje central del libro, y las personas se cansarían de leer siempre «Veronika, la loca» o «Veronika, la que había intentado suicidarse». De cualquier manera, tanto él como Veronika, la amiga, iban a entrar en la historia apenas un pequeño trecho: éste.

Veronika, la amiga, estaba horrorizada con lo que su padre había hecho, principalmente tomando en cuenta que él era el director de una institución que quería ser respetada y trabajaba en una tesis que tenía que ser sometida al examen de una comunidad académica convencional.

—¿Sabes de dónde viene la palabra asilo? —preguntaba ella—. Viene de la Edad Media, del derecho que las personas tenían de buscar refugio en iglesias, lugares sagrados. ¡Derecho de asilo, una cosa que cualquier persona civilizada entiende! Entonces ¿cómo es que mi padre, director de un asilo, pudo actuar de esa manera con alguien?

Paulo Coelho quiso saber en detalle todo lo que había pasado, porque tenía un excelente motivo para interesarse por la historia de Veronika.

Y el motivo era el siguiente: él también había sido internado en un asilo, o manicomio, como era más conocido este tipo de hospital. Y esto había sucedido no solamente una vez, sino tres, en los años 1965, 1966 y 1967. El lugar de su internamiento fue la Casa de Salud del Doctor Eiras, en Río de Janeiro.

La causa de su internamiento era, hasta hoy, desconocida para él mismo: tal vez sus padres estuvieran confundidos por su comportamiento diferente, entre tímido y extravertido, o tal vez fuera su deseo de ser artista, algo que todos en la familia consideraban como la mejor manera de vivir en la marginalidad y morir en la miseria.

Cuando pensaba en el hecho —y hay que decir, de paso, que raramente lo hacía—, él consideraba que el auténtico demente era el médico que aceptó internarlo sin ningún motivo concreto. (Como sucede en cualquier familia, la tendencia es siempre culpar a los otros y afirmar a pies juntillas que los padres no sabían lo que estaban haciendo cuando tomaron una decisión tan drástica.)

Paulo se rió al enterarse de la extraña carta que Veronika había escrito a la prensa, protestando de que una importante revista francesa ni siquiera supiese dónde estaba Eslovenia.

—Nadie se mata por eso.

—Por esta razón, la carta no tuvo efecto alguno —repuso, molesta, Veronika, la amiga—. Ayer mismo, al registrarme en el hotel, creían que Eslovenia era una ciudad de Alemania.

Era una historia muy corriente, pensó él, ya que muchos extranjeros consideran la ciudad argentina de Buenos Aires como la capital de Brasil.

Pero, además del hecho de vivir en un país en el que los extranjeros, alegremente, venían a felicitarlo por la belleza de la capital (que estaba en el país vecino), Paulo Coelho tenía en común con Veronika el hecho que ya fue descrito aquí pero que siempre conviene recordar: también había sido internado en un sanatorio para enfermos mentales, «de donde nunca debió haber salido», como comentó cierta vez su primera mujer.

Pero salió. Y cuando dejó la Casa de Salud del Doctor Eiras por última vez, decidido a nunca más volver allá, hizo dos promesas: a) juró que escribiría sobre el asunto; b) juró esperar a que sus padres muriesen antes de hacerlo público porque no quería herirlos, ya que los dos habían pasado muchos años de sus vidas culpándose por lo que habían hecho.

Su madre murió en 1993. Pero su padre, que en 1997 había cumplido ochenta y cuatro años, a pesar de tener enfisema pulmonar sin nunca haber fumado, a pesar de alimentarse con comida congelada porque no conseguía tener una asistenta que controlara sus manías, continuaba vivo, en pleno gozo de sus facultades mentales y de su salud.

De modo que, al oír la historia de Veronika, él descubrió la manera de hablar sobre el tema sin faltar a su promesa. Aunque nunca hubiera pensado en el suicidio, conocía íntimamente el universo de un asilo: los tratamientos, las relaciones entre médicos y pacientes, el consuelo y la angustia de estar en un lugar como aquél.

Entonces dejemos a Paulo Coelho y Veronika, la amiga, salir definitivamente de este libro, y continuemos el relato.
Veronika no sabe cuánto tiempo estuvo durmiendo. Recordaba haberse despertado en algún momento, aún con los aparatos de supervivencia en su boca y su nariz, al oír una voz que le decía:

—¿Quieres que te masturbe?

Pero ahora, con los ojos bien abiertos y mirando la habitación a su alrededor, no sabía si aquello había sido real o una alucinación. Aparte de esto , no conseguía recordar nada, absolutamente nada. Le habían retirado los tubos, pero continuaba con agujas clavadas por todo el cuerpo, cables conectados en la zona del corazón y de la cabeza, y los brazos atados. Estaba desnuda, cubierta apenas por una sábana, y sentía frío, pero decidió no quejarse. El pequeño ambiente, rodeado de cortinas verdes, estaba ocupado por las máquinas de la unidad de tratamiento intensivo, la cama donde estaba acostada y una silla blanca, con una enfermera sentada entretenida en la lectura de un libro.

La mujer, esta vez, tenía ojos oscuros y cabellos castaños. Aún así, Veronika se quedó con la duda de si era la misma persona con quien había conversado horas —¿o días?— antes.

—¿Puede desatarme los brazos?

La enfermera levantó los ojos, respondió con un seco «no» y volvió al libro.

Estoy viva, pensó Veronika. Va a empezar todo otra vez. Tendré que pasar un tiempo aquí dentro, hasta que comprueben que estoy perfectamente normal. Después me darán de alta, y volveré a ver las calles de Ljubljana, su plaza redonda, los puentes, las personas que pasan por las calles yendo y volviendo del trabajo.

Como las personas siempre tienden a ayudar a las otras —sólo para sentirse mejores de lo que realmente son—, me volverán a emplear en la biblioteca. Con el tiempo, volveré a frecuentar los mismos bares y discotecas, conversaré con mis amigos sobre las injusticias y los problemas del mundo, iré al cine, pasearé por el lago.

Dado que elegí las pastillas, no he estropeado mi físico en absoluto: continúo siendo joven, bonita, inteligente, y no tendré —como nunca tuve dificultades para conseguir novio. Haré el amor con él en su casa, o en el bosque, obtendré un cierto placer, pero después del orgasmo la sensación de vacío volverá. Ya no tendremos mucho sobre lo que conversar, y tanto él como yo lo sabemos: llega el momento de darnos una disculpa mutua («es tarde» o «mañana tengo que levantarme temprano») y partiremos lo más rápidamente posible, evitando mirarnos a los ojos.
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