Sinopsis verónica es una joven que tiene los mismos sueños y deseos que cualquier persona de su edad. Es guapa, cuenta con un buen trabajo y no le faltan pretendientes.




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títuloSinopsis verónica es una joven que tiene los mismos sueños y deseos que cualquier persona de su edad. Es guapa, cuenta con un buen trabajo y no le faltan pretendientes.
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fecha de publicación20.08.2016
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Yo vuelvo a mi cuarto alquilado en el convento. Intento leer un libro, enciendo el televisor para ver los mismos programas de siempre, coloco el despertador para despertarme exactamente a la misma hora que el día anterior, repito mecánicamente las tareas que me son confiadas en la biblioteca. Como el sándwich en el jardín frente al teatro sentada en el mismo banco, junto con otras personas que también escogen los mismos bancos para almorzar, que tienen la misma mirada vacía, pero fingen estar ocupadas con cosas importantísimas.

Después vuelvo al trabajo, escucho algunos comentarios sobre quién está saliendo con quién, quién está sufriendo tal cosa, cómo tal persona lloró por culpa del marido, y me quedo con la sensación de que soy bonita, tengo empleo y consigo el amante que quiero. Después regreso a los bares hacia el fin del día y después todo vuelve a empezar.

Mi madre (que debe de estar preocupadísima por mi intento de suicidio) se recuperará del susto y continuará preguntándome qué voy a hacer de mi vida, porque no soy igual a las otras personas, ya que, al fin y al cabo, las cosas no son tan complicadas como yo pienso que son. «Fíjate en mí, por ejemplo, que llevo años casada con tu padre y procuré darte la mejor educación y los mejores ejemplos posibles.»

Un día me canso de oírle repetir siempre lo mismo y, para contentarla, me caso con un hombre a quien yo misma me impongo amar Ambos terminaremos encontrando una manera de soñar ; juntos con nuestro futuro, la casa de campo, los i hijos, el futuro de nuestros hijos. Haremos mucho el amor el primer año, menos el segundo, a partir del tercero quizás pensaremos en el sexo una vez cada quince días y transformaremos ese pensamiento en acción apenas una vez al mes. Y, peor que eso, apenas hablaremos. Yo me esforzaré por aceptar la situación, y me preguntaré en qué he fallado, ya que no consigo interesarlo, no me presta la menor atención y vive hablando de sus amigos como si fuesen realmente su mundo.

Cuando el matrimonio esté apenas sostenido por un hilo, me quedaré embarazada. Tendremos un hijo, pasaremos algún tiempo más próximos uno del otro y pronto la situación volverá a ser como antes.

Entonces empezaré a engordar como la tía de la enfermera de ayer, o de días atrás, no sé bien. Y empezaré a hacer régimen, sistemáticamente derrotada cada día, cada semana, por el peso que insiste en aumentar a pesar de todo el control. A estas alturas, tomaré algunas drogas mágicas para no caer en la depresión y tendré algunos hijos en noches de amor que pasan demasiado de prisa. Diré a todos que los hijos son la razón de mi vida, pero, en verdad, ellos exigen mi vida como razón.

La gente nos considerará siempre una pareja feliz y nadie sabrá lo que existe de soledad, de amargura, de renuncia, detrás de toda esa apariencia de felicidad.

Hasta que un día, cuando mi marido tenga su primera amante, yo tal vez protagonice un escándalo como la tía de la enfermera, o piense nuevamente en suicidarme. Pero entonces ya seré vieja y cobarde, con dos o tres hijos que necesitan mi ayuda, y debo educarlos, colocarlos en el mundo, antes de ser capaz de abandonar todo. Yo no me suicidaré: haré un escándalo, amenazaré con irme con los niños. Él, como todos los hombres, retrocederá, dirá que me ama y que aquello no volverá a repetirse. Nunca se le pasará por la cabeza que, si yo resolviese realmente irme, la única elección posible sería la casa de mis padres, y quedarme allí el resto de la vida teniendo que escuchar todos los días a mi madre lamentándose porque perdí una oportunidad única de ser feliz, que él era un excelente marido a pesar de sus pequeños defectos y que mis hijos sufrirán mucho por causa de la separación.

Dos o tres años después, otra mujer aparecerá en su vida. Yo lo descubriré (porque lo veré o porque alguien me lo contará), pero esta vez fingiré ignorarlo. Gasté toda mi energía luchando contra la amante anterior, no sobró nada, es mejor aceptar la vida tal como es en realidad y no como yo la imaginaba. Mi madre tenía razón.

El seguirá siendo amable conmigo, yo continuaré mi trabajo en la biblioteca, con mis sándwiches en la plaza del teatro, mis libros que nunca consigo terminar de leer, los programas de televisión que continuarán siendo los mismos de aquí a diez, veinte o cincuenta años.

Sólo que comeré los sándwiches con sentimiento de culpa, porque estoy engordando; y ya no iré a bares, porque tengo un marido que me espera en casa para cuidar a los hijos.

A partir de ahí, todo se reduce a esperar a que los chicos crezcan y pensar todos los días en el suicidio, sin valor para llevarlo a cabo. Un buen día, llego a la conclusión de que la vida es así, de que es inútil rebelarse, de que nada cambiará. Y me conformo.

Veronika concluyó su monólogo interior, y se hizo a sí misma una promesa: no saldría de Villete con vida. Era mejor acabar con todo ahora, mientras aún tuviera valor y salud para morir.

Se durmió y despertó varias veces, notando que el número de aparatos a su alrededor disminuía, el calor de su cuerpo aumentaba y las enfermeras cambiaban de rostro, pero siempre había alguien al lado de ella. Las cortinas verdes dejaban pasar el sonido de alguien llorando, gemidos de dolor, o voces que susurraban cosas en tono calmo y profesional. De vez en cuando se oía el zumbido distante de un aparato, y ella escuchaba pasos apresurados en el corredor En esos momentos las voces perdían su tono profesional y tranquilo y pasaban a ser tensas, dando órdenes rápidas.

En uno de sus momentos de lucidez, una enfermera le preguntó:

—¿No quiere saber su estado?

—Ya sé cuál es —respondió Veronika—. Y no es el que está viendo en mi cuerpo; es el que está sucediendo en mi alma.

La enfermera aún intentó conversar un poco, pero Veronika fingió que dormía.

Por primera vez, cuando abrió los ojos se dio cuenta de que había cambiado de lugar: estaba en lo que parecía ser una gran enfermería. La aguja de un frasco de suero aún continuaba clavada en su brazo, pero todos los otros cables y agujas habían sido retirados.

Un médico alto, cuya tradicional ropa blanca contrastaba con los cabellos y el bigote artificialmente teñidos de negro, se encontraba de pie, frente a su cama. A su lado, un joven practicante sostenía una carpeta y tomaba notas.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó Veronika, notando que hablaba con cierta dificultad, sin conseguir pronunciar bien las palabras.

—Dos semanas en esta habitación después de cinco días en la unidad de emergencia —replicó el mayor de los hombres—. Y dé gracias a Dios por estar aún aquí. El más joven pareció sorprendido, como si esta última frase no estuviese en consonancia con la ; realidad. Veronika, de inmediato, notó su reacción y su instinto se alertó: ¿había estado más tiempo? ¿Aún corría algún riesgo? Empezó a prestar atención a cada gesto, a cada movimiento de ambos; sabía que era inútil hacer preguntas, ellos jamás le dirían la verdad, pero, si era lista, podría entender lo que estaba sucediendo.

—Díganos su nombre, dirección, estado civil y fecha de nacimiento —continuó el hombre mayor—. Veronika sabía su nombre, su estado civil y su fecha de nacimiento, pero advirtió que había espacios en blanco en su memoria: no conseguía acordarse bien de su dirección.

El médico colocó una linterna ante sus ojos y los examinó prolongadamente, en silencio. El más joven hizo lo mismo. Los dos intercambiaron miradas que no significaban absolutamente nada.

—¿Usted dijo a la enfermera de noche que no sabíamos ver su alma? —preguntó el más joven. Veronika no se acordaba. Tenía dificultades para saber bien quién era y qué estaba haciendo allí.

—Usted ha sido constantemente inducida al sueño a través de calmantes, y eso puede afectar un poco su memoria. Por favor, intente responder a todo lo que le preguntamos.

Y los médicos empezaron un cuestionario absurdo, queriendo saber cuáles eran los periódicos más importantes de Ljubljana, quién era el poeta cuya estatua está en la plaza principal (¡ah, de eso ella no se olvidaría nunca, todo esloveno tiene la imagen de Preseren grabada en su alma!), el color de cabello de su madre, el nombre de los amigos del trabajo, los libros más solicitados en la biblioteca.

Al principio, Veronika pensó en no responder; su memoria continuaba confusa. Pero, a medida que el cuestionario avanzaba, ella iba reconstruyendo lo que había olvidado. En determinado momento se acordó de que en esos instantes se hallaba internada en un manicomio, y los locos no tienen ninguna obligación de ser coherentes; pero, para su propio bien, y para mantener a los médicos cerca a fin de ver si conseguía descubrir algo más respecto a su estado, ella comenzó a hacer un esfuerzo mental. A medida que citaba los nombres y hechos, no sólo recuperaba su memoria, sino también su personalidad, sus deseos, su manera de ver la vida. La idea del suicidio, que aquella mañana parecía enterrada bajo varias oleadas de sedantes, volvía nuevamente a aflorar.

—Está bien —dijo el médico mayor al final del cuestionario.

—¿Cuánto tiempo me tendré que quedar aún aquí?

El más joven bajó la mirada, y ella sintió que todo quedaba suspendido en el aire, como si, a partir de la respuesta a aquella pregunta, fuera a quedar escrita una nueva historia de su vida, que nadie más conseguiría modificar.

—Puede decírselo —comentó el mayor—. Muchos otros pacientes ya oyeron los rumores y ella acabará sabiéndolo de todos modos; es imposible tener secretos en este lugar.

—Bien, fue usted quien determinó su propio destino —suspiró el joven, midiendo cada palabra—, así que debe saber las consecuencias de su acto: durante el coma provocado por los narcóticos, su corazón quedó irremediablemente afectado. Se produjo una necrosis en el ventrículo...

—Simplifique —dijo el médico mayor—. Vaya directo a lo que interesa.

—Su corazón quedó irremediablemente afectado. Y dejará de latir en breve.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Veronika, alarmada.

—El hecho de que el corazón deje de latir significa tan sólo una cosa: muerte física. No sé cuáles son sus creencias religiosas, pero...

—¿Y dentro de cuánto tiempo se parará? —le interrumpió Veronika.

—Unos cinco días. Una semana como máximo. Veronika se dio cuenta de que, por detrás de la apariencia y del comportamiento profesional, tras el aire de preocupación, aquel joven estaba sintiendo un inmenso placer al dar la noticia. Como si ella mereciese el castigo y sirviera de ejemplo a los otros.

En el curso de su vida, Veronika había advertido que un gran número de personas que ella conocía comentaban los horrores de la vida ajena como si estuviesen muy preocupadas por ayudar, pero en verdad se regocijaban con el sufrimiento de los otros, porque esto les hacía creer que eran felices, que la vida había sido generosa con ellas. La joven detestaba a este tipo de gente: no daría a aquel muchacho ninguna oportunidad de aprovecharse de su estado para ocultar sus propias frustraciones.

Mantuvo sus ojos fijos en los de él. —Entonces yo no fallé.

—No —fue la respuesta.

Pero la complacencia del joven en dar noticias trágicas había desaparecido.

No obstante, durante la noche, Veronika comenzó a sentir miedo. Una cosa era la acción rápida de los comprimidos, otra era quedarse esperando la muerte durante cinco días, una semana, después de haber vivido ya todo lo posible.

La joven había pasado su vida esperando siempre algo: que el padre volviera del trabajo, la carta del enamorado que no llegaba, los exámenes de fin de año, el tren, el autobús, la llamada telefónica, el día de fiesta, el fin de las vacaciones. Ahora tenía que esperar la muerte, que venía con fecha marcada.

«Esto sólo me podía pasar a mí. Normalmente las personas se mueren exactamente el día en que creen que van a morir»

Tenía que salir de allí y conseguir nuevas pastillas. Si no lo lograba, y la única solución era lanzarse desde lo alto de un edificio de Ljubljana, lo haría. Había intentado evitar a sus padres otro sufrimiento, pero ahora no había más remedio.

Miró a su alrededor Todas las camas estaban ocupadas, las personas dormían, algunas roncaban ruidosamente. Las ventanas tenían rejas. Al final del dormitorio había una pequeña luz encendida, que llenaba el ambiente de sombras extrañas y permitía que el lugar estuviera constantemente vigilado. Cerca de la luz, una mujer leía un libro.

«Estas enfermeras deben de ser muy cultas. Viven leyendo.»

La cama de Veronika era la más alejada de la puerta —entre ella y la enfermera había casi veinte camas—. Se levantó con dificultad porque, si era verdad lo que había dicho el médico, llevaba casi tres semanas sin caminar La enfermera levantó los ojos y vio a la joven que se aproximaba cargando su frasco de suero.

—Quiero ir al lavabo —susurró Veronika, temerosa de despertar a las otras internas.

La mujer, con un gesto desganado, señaló a una puerta. La mente de Veronika trabajaba rápidamente, buscando en todas partes una salida, una brecha, una manera de escapar de aquel lugar «Tiene que ser en seguida, mientras piensan que aún estoy frágil, incapaz de reaccionar»

Miró cuidadosamente a su alrededor El cuarto de baño era un cubículo sin puerta. Si quería salir de allí, tendría que sujetar a la vigilante y dominarla para conseguir la llave, pero estaba demasiado débil para hacer eso.

—¿Esto es una prisión? —preguntó a la vigilante, que había abandonado la lectura y ahora seguía todos sus movimientos.

—No. Es un manicomio.

—Yo no estoy loca.

La mujer rió.

—Es exactamente lo que todos dicen aquí.

—Está bien. Entonces soy una loca. ¿Qué es un loco?

La mujer dijo a Veronika que no debía quedarse mucho tiempo de pie y la envió de vuelta a su cama.

—¿Qué es un loco? —insistió Veronika.

—Pregúnteselo al médico mañana. Y váyase a dormir o tendré que aplicarle un calmante.

Veronika obedeció. En el camino de vuelta, escuchó a alguien susurrar desde una de las camas:

—¿No sabes lo que es un loco?

Por un instante pensó en no responder: no quería hacer amigos, establecer círculos sociales, conseguir aliados para una gran sublevación en masa.

Tenía sólo una idea fija: la muerte. En el caso de que le resultara imposible huir, 'se las arreglaría para suicidarse allí mismo, lo antes posible.

Pero la mujer repitió la misma pregunta que ella había hecho a la vigilante:

—¿No sabes lo que es un loco

—¿Quién eres?

—Mi nombre es Zedka. Ve hasta tu cama. Después, cuando la vigilante piense que ya estás acostada, arrástrate por el suelo hasta aquí.

Veronika regresó a su lugar y esperó a que la vigilante volviera a concentrarse en el libro. ¿Qué era un loco? No tenía la menor idea, porque esa palabra se utilizaba de una manera completamente anárquica: decían, por ejemplo, que ciertos deportistas estaban locos por desear superar récords. O que los artistas eran locos porque vivían de una manera insegura, inesperada, diferente de todos los Normales». Por otro lado, Veronika ya había visto a mucha gente andando por las calles de Ljubljana, mal abrigada durante el invierno, predicando el fin del mundo y empujando carritos de supermercado llenos de bolsas y trapos.

No tenía sueño. Según el médico, había dormido casi una semana, demasiado tiempo para quien estaba habituado a una vida sin grandes emociones pero con horarios rígidos de descanso. ¿Qué era un loco? Quizás fuera mejor preguntárselo a uno de ellos.

Veronika se agachó, retiró la aguja clavada en su brazo y se fue hasta donde estaba Zedka, intentando no hacer caso a su estómago, que empezaba a dar vueltas; no sabía si. el mareo era el resultado de su corazón debilitado o del esfuerzo que estaba haciendo.

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