Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974




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¿Qué es la educación?

Juan. E. Bolzán

Editorial Guadalupe, Buenos Aires, 1974.

INDICE


Prólogo…………..…………………………………………………………………
Capítulo I

El ser del hombre ………….…………………………………………………….
Capitulo II

La cosmovisión básica………………….…………………………………………
Capítulo III

La educación, ¿proceso o resultado?..........................................................
Capítulo IV

El concepto de la educación……………………………………………………..
Capítulo V

El proceso de la educación………………………...…………………………..
Capítulo VI

Educación y trascendencia……………………………………………………..
Conclusión………………………………………………………………………… …

NOTA BIBLIOGRAFICA: los capítulos III,IV,V han sido publicados previamente en la revista Educadores (año 1972) y se reproducen aquí con ligeras variantes.

PROLOGO
Quien no cata los fines, fará los

comiencos errados.”

(JUAN MANUEL, Libro de los enxiemplos

del Conde Lucanor et de Patronio.)
Los fines y los medios de la educación norteamericana se fundan justamente en la filosofía social de la democracia más que en la abstracción metafísica de la ‘gran tradición filosófica’. En otros términos, entre las dificultades actuales de la educación en los Estados Unidos figuran cuestiones tales como si el gobierno debería o no proveer una ayuda federal masiva a las escuelas públicas y privadas, en vez del estéril debate acerca del ‘fin último de la educación’; la cuestión de cómo se pueden remediar, en la instrucción, las desigualdades locales o regionales […] en vez del examen, totalmente estéril, de si la ecuación ‘pertenece’ a la Iglesia o a la sociedad, a los padres o al niño; la cuestión de cuáles son las consecuencias que para la democracia acarrea la segregación […], en vez del problema teológico de cómo debería reflejarse en la educación la segregación de la ‘verdadera naturaleza’ del nombre, en mono por un lado y en ángel por otro […]. Los que hemos nombrado en primer término figuran entre los problemas inmediatos de la educación norteamericana, mientras que las zarandeadas abstracciones acerca del bien y del mal, de la verdad y del error, o de la realidad y la apariencia, que por importantes que puedan ser, quedan al margen de los problemas verdaderamente importantes.” 1

En fin, cada uno hace lo que puede. Pero este texto, que bien podría haber sido, mutatis mutandis, la proclama original del Ministro de Educación de Atila, constituye un buen ejemplo de inversión de la tabla de valores en educación y no de su acontecer fáctico ni de estructura alguna de enseñanza. En primer lugar, honestidad intelectual frente al lector; en segundo término, porque el autor considera ya más que suficiente el número de improvisados maestros que creen un deber llevar y traer planes de enseñanza en función de una recurrida experiencia puramente práctica – en el mejor de los casos – o de un ululante espíritu de novedad – el cambio por el cambo-, haciendo del enseñado una simple materia prima a manipular según las circunstancias lo hagan más práctico.

A todo ello conduce el olvido de que la educación es capítulo de la antropología filosófica; y por consiguiente el especialista –que por serlo ve restringido y no ampliado su campo del saber- debe tomar de la filosofía los lineamientos maestros a respetar en su acción inmediata.

Sólo así podrá lograrse la tan maltraída reforma de la educación; urgentísima tarea, sin dudas.

J.E.B.
Capítulo I
EL SER DEL HOMBRE
Los doctores están en desacuerdo,

como corresponde a los doctores.”

(G. K. CHESTERTON, Chesterton,

Maestro de ceremonias)
Si en algún asunto es absolutamente necesario partir de un claro y decisivo compromiso, ello ocurre sin duda alguna cuando se trata del hombre y de todo aquello que inmediata y fundamentalmente a él se refiere, tal como ocurre con el tema educación.

En tanto es ésta patrimonio exclusivo del hombre y asunto de tanta trascendencia que por ella y gracias a ella se juega aquél la felicidad y porvenir –lo cual no es poco decir, en verdad- se hace necesario establecer ya claramente en el punto de partida un definido concepto de persona humana, sin vacilaciones al menos en su caracterización fundamental. Sin esto todo será como quería Galileo para una ciencia sin matemática, “un vano agitarse en un oscuro laberinto”. Que es lo que a menudo está ocurriendo en educación, donde parece ya obligado referirse al ser del hombre bajo rimbombantes conceptos pseudos filosófico-poéticos que al final nada dicen sino de cierta galanura en la expresión y de un lenguaje que, dinamista como lo es en el contexto de una dinámica sociedad donde el hacer priva, al menos psicológicamente, sobre el ser, halla ya una predisposición a su aceptación y aún a su supravaloración: es la batalla ganada por el impresionismo lingüístico sobre la simple verdad. Saint-Exupery lo había comprendido cabalmente cuando exclamaba: “¿Qué hay que hacer? Esto. O lo contrario. O cualquier cosa. No hay ningún determinismo del porvenir. ¿Qué hay que ser? He aquél la cuestión esencial, pues sólo el Espíritu fertiliza la inteligencia”. 1

¡Quién puede negar que es el hombre un hacerse, un ente dúctil, capaz de adaptarse material y espiritualmente a las más inesperadas condiciones! Como quería Ortega, el hombre “es un programa como tal”. 2 Sí, pero siempre que no se pierda de vista que toda su actividad es actividad de alguien que es activo; cargando ser aquí con la realidad sustantiva de quien siendo foco de actividad, es primordialmente foco. En general y para todo ente vale que el ser es y es activo, indisolublemente; y si no se ha de estatizar el ser, tampoco se lo debe diluir en la pura dinamicidad, carente de sentido: es como pretender cabalgar sin caballo, lo cual sólo adquiere consisten en una imaginativa mentalidad infantil (y aún así, recurriendo a un sustituto).

El ser, en pro de su propia perfección, en un autodespliegue que naciendo de su propio modo de ser se produce gracias a los demás seres, actúa, se manifiesta, es dinamismo. Pero ello mismo calma por una realidad hecha en cierta medida, hasta cierto punto. El dinamismo no es separable de quien es dinámico; y sólo asta el extremo en que ser es, es así de dinámico.

Claro que está que el ser se presenta primariamente según su dinamismo, siendo éste nuestro modo corriente de acceso a toda realidad natural; pero arguye de un cierto primitivismo reducir a ello toda su realidad. Y por cuanto no existe un dinamismo “suelto” como manifestación de nada ni manufacturero de algo, es claro que el ser nos debe ser dado cual existente y dinámico. Cuando se acepta como necesario punto de partida para toda ciencia que el modo de obrar se sigue del modo de ser, se está diciendo precisamente eso: que se trata de un hacer, que desde este hacer se puede llegar al ser, y que se ha de calificar a este ser por su modo de presentarse: un perro es un perro porque se manifiesta como perro si se manifestara totalmente cual un caballo, sería un caballo.

Pues bien, eso es exactamente lo que acontece con el hombre: nos es dado ya con su o peculiar de ser, y desde su dinamismo nos hacemos cargo, posteriormente, de aquella peculiaridad entitativa. Pero, ¿cuál es ella?

No vamos a desarrollar aquí el capítulo fundamental de la antropología, lo cual estaría fuera de lugar; pero sí nos referiremos a la unidad inescindible del ser del hombre, que está muy en el suyo.

Porque, en efecto, se habla tanto del hombre como un compuesto de alma y cuerpo que importa mucho aclarar el sentido de tal proposición. Especialmente los autores ingleses y norteamericanos siguen escribiendo muy preocupados por el célebre “min-body problem”, con soluciones dualistas que pesar de abundar en razones y ejemplos los más contemporáneos, no han trascendido esencialmente las posiciones clásicas de Platón o Descartes. Y aún aquéllos que defienden la absoluta unicidad de cuerpo y alma suelen caer, sea por inadvertencia, sea a través de una distinción que presto se les escapa de las manos, en el dualismo; resultado este último comprensible cuando la complejidad del tema pide, como facilitación, dicha distinción (no separación).

¿Qué es, pues, el hombre? O, por mejor decir al caso:¿Qué es la persona humana?

Clásicamente se ha repetido la definición de Boecio: “Una substancia individual de natura racional”. Expresión que en su proverbial laconismo latino expresa muy bien, si la entiende correctamente, la unidad de ser que queremos destacar ahora: la persona es un ser substancial, un “esto” existente en sí mismo y no como parte o modificación de “otro”; es sujeto primero de atribución, no predicable de otro como no sea por modo de relación. Y es de natura racional: su modo de manifestarse distintivamente es racional, señala una espiritualidad en sentido estricto, un inmaterialismo que por mucho que asombre frente al indudable cuerpo que se tiene delante, ha de ser real porque realmente produce acciones espirituales (y el modo de obrar se sigue del modo de ser).

Su modo de ser es doblemente unitario en su dinamismo corpóreo-espiritual, pues tanto “hacia fuera” su espíritu necesariamente aparece a través de su cuerpo material, cuanto ese espíritu necesariamente capta lo exterior –“hacia adentro”- gracias a su cuerpo. Es la experiencia misma la que obliga a admitir la continuidad entre cuerpo y alma; experiencia introspectiva en primer lugar, porque necesariamente nos vemos captando una verdad a través de los sentidos, y a través de ellos expresamos exteriormente el razonamiento, el verbo interior, que manifiesta al “otro” –“otro” igualmente dotado- nuestra opinión.

Y si hay continuidad entre partes distinguible, el ser así constituido –la persona- tiene unidad de ser.

Pero repárese en la importancia de esta conclusión: si la persona tiene unidad de ser, no puede jamás tratársela naturalmente como separable en cuerpo y alma. De aquí que sea prudente hablar, bajo estas condiciones, la espiritualidad y de la corporeidad o materialidad del hombre, que de su cuerpo y de su alma. Insistimos en que esto no quiere decir que no se pueda distinguir entre lo que se hace con su cuerpo y lo que se hace con su espíritu a través de su cuerpo. Sólo intentamos advertir que en ningún caos existe separación completa y unilateral: es necesario decir, y aún cuando la experiencia alcance la sutileza suficiente como para captarlo, que es la misma unidad de la persona la que obliga aceptar que nada se hará con su cuerpo que no repercuta de algún modo en su alma. Y aún este lenguaje es engañoso, porque “repercutir” es percutir en otro, apareciendo así subrepticiamente cuerpo y alma cual dos realidad separadas. No: todo cuanto hace el hombre y todo cuanto se hace con el hombre, es de o para el hombre como unidad.

Tal es esta unidad que sin alma no sólo no hay cuerpo humano, sino ni aun simplemente cuerpo, porque el alma es quien da unidad de ser y de ser humano a ese asombroso conjunto de moléculas complejas que de sí no tiene unidad alguna, que de sí –tal cual ocurren la muerte- tiende a la corrupción. Tal vez resulte chocante decirlo, pero rigurosidad de conceptos un cadáver no es un cadáver pues sólo aparentemente y por poco tiempo tiene cierto aspecto unitario. Tal cual lo decía el viejo Aristóteles: “Un dedo muerto sólo es dedo equívocamente”. 3 Más técnicamente dicho: el alma es la causa formal del el cual hombre, las moléculas químicas la causa material; el resultado es el ser del hombre, la persona. Esta existe porque sólo la forma (alma) ha logrado unificar bajo un mismo y único modo de ser a la materia, pero permitiéndole ésta a su vez poder ejercer aquella acción que le es esencial; el existente que llega a ser es ambas, indisolublemente.

Por ello que el alma puede definirse como el coprincipio formal intrínseco último gracias al cual vivimos:

coprincipio, vale decir que es principio o causa junto con y no aisladamente;

formal, o coprincipio cuya finalidad consiste en dar el acto de ser lo que la cosa es, específicamente (el alma no es, propiamente hablando, causa eficiente);

intrínseco, perteneciendo constitutivamente al ser de que se trate; no es así un mero agregado accidental, sino un constitutivo de la esencia.

último, pues es acto primero en la constitución del ser, pero último en la vía analítica, pues en esta vía son las potencias operativas las que inmediatamente se presentan ya que a su través se ejercen las acciones vitales;

gracias al cual, no, pues no es propiamente el alma quien vive, sino el todo que es la persona: ésta existe materialmente gracias al cuerpo, formalmente gracias al alma;

vivimos, existimos según toda la amplitud del modo de ser humano (vegetativo-sensitivo-racional).

De aquí que el hombre sea… hombre. Su cuerpo es humano por el alma; su alma es humana por el cuerpo. Toda otra expresión que se refiera al cuerpo y al alma es siempre peligrosa y puede resultar engañosa. Decimos que puede resultar así, no que necesariamente lo es; porque de todos modos en aquella unitaria realidad de ser y obrar es posible y correcto –lo hemos dicho ya- distinguir cierta especie de actividad que, en tanto intrínsecamente independiente de la materia, conduce a que el ala, si bien de facto existente aquí y ahora en esta persona, no puede corromperse con la muerte de la misma y debe post-existir de algún modo.

Esta necesidad plantea ya toda una suerte de problemas metafísicos y teológicos sobre los cuales no insistiremos ahora, sin que por ello queramos significar que no son importantes; por el contrario, es precisamente por su importancia capital por lo que estimamos más decoroso no despacharlos sumariamente en las pocas líneas que aquí cabrían. Bástenos decir que el tema plantea, aún sólo en su aspecto metafísico, la problemática de la trascendencia de la persona y obliga entonces a volver un poco sobre los pasos y considerarla a no sólo en su unidad, sino también en su inmortalidad. Para decirlo brevemente: Es necesario referirse a esta persona como de paso –homo viator-, con todo el cuidado que merecen camino y destino. Tema que retomaremos en el último capítulo.
PERSONA Y EDUCACIÓN
Desde la vertiente de la práctica, aquella insistida unidad del ser de la persona ha sido reconocida constantemente, explícita o implícitamente, en la medicina, la cual, teniendo tanto que ver con el cuerpo, se ha visto, en pos de la tradición galénica bien entendida, transformada en psicosomática, curando enfermos y no enfermedades. Como, por otra parte, siempre lo han venido haciendo los viejos “médicos de familia”. Este psicosomatismo viene de viejo y no sólo se expresa domésticamente en aquellas frases tan llenas de sentido cuanto de verdad, según las cuales uno “se hace mala sangre” o “le sale una úlcera”, cuando se siente fuertemente afectado espiritualmente, sino que hasta es posible hallar en un teólogo medieval frase tan sorprendente para la época como ésta: “Un pensamiento es conocido a veces no sólo por algún efecto externo, sino también por la alteración de las facciones, y los médicos pueden conocer algunas afecciones del alma por el pulso”2.

Cual ejemplo más directamente conectado con nuestra temática, pensamos en la clásica “educación física” la cual, a pesar de las apariencias, nunca es exclusivamente física, puesto que estrictamente ningún ejercicio es individual ( deportes, conjuntos rítmicos) ni simplemente corpóreo: existe siempre también en esta educación física un psicosomatismo sin el cual no es educación.3

Es siempre a esa unitaria persona, que constantemente clama su desafiante “Aquí estoy” a las generaciones maduras, a quien se ha de educar, se ha de tomar tal cual nos es dada, con todo el, respeto que merecen su trascendencia y su inanidad, y conducirla como en temor y temblor frente a tanta responsabilidad; a encaminarla para que pueda cumplir más fácilmente con su destino, único entre las creaturas.

Y por cuanto dentro de su aspecto peculiar, es su espiritualidad quien se destaca como causa, es a su alma a quien se dirigirá primordialmente la educación, y a su través – y sólo así- como en correcta supeditación, a su cuerpo.

Ha de apuntarse, pues, a las potencias del alma, a su modo de ser y posibilidades de desarrollo para adaptar entonces los “programas” de educación. Esas potencias son fundamentalmente dos: inteligencia y voluntad; poder de saber y de obrar según las cosas sabidas.

Verdad y libertad se constituyen así en las dos polaridades que, reales como son y alcanzables por el hombre, no le deben ser negadas en base a un agnosticismo y un determinismo falsos y, por ello mismo, agobiantes y acabantes en la náusea sartreana.

Que la inteligencia esté hecha para la verdad, así, sin tapujos, es una verdad que no puede negarse sin estricta contradicción, pues si se sostuviera que la inteligencia no es capaz de alcanzarla, y este enunciado pretende ser verdadero, ¿Cómo se lo alcanzó?

Por ello, la educación debe consistir fundamentalmente en proponer verdades y demostraciones a la aceptación del educando, quien libremente debe asentirlas al fin o no habrá educación. Ejercicio de la libertad que debe también enseñarse en función de la verdad y no cual simple “modo práctico” de comportamiento, por ejemplo, y según vayan las circunstancias. El evangélico “La verdad os hará libres” tiene perfecto calce también en un contexto natural; porque la libertad psicológica de decisión, ese conformismo interno a veces doloroso pero siempre, en última instancia, liberante, no se logra sino por la aceptación íntima de una conducta regida por valores de verdad. Y cuando se habla de decisión internamente libre se habla de felicidad en su sentido cabal.

No caben dudas de la existencia de influencias exteriores que acaban condicionando tanto la elección hic et nunc (aquí y ahora) y, más poderosamente en general, la ejecución de esa decisión; pero hay una diferencia extrema entre el bienestar momentáneo que puede procurar una decisión “oportunista” y la cabal satisfacción –que puede surgir bastante después- de una elección por razones eternas.

La verdad que se hace interna y la libertad que aflora desde el interior, ellas justifican la existencia del hombre, su educación y la actividad educativa de los mayores. Quienes tienen que serlo no tanto por la edad sino específicamente por la sabiduría encarnada tácticamente en la prudencia, pues “no hacen venerable la vejez los muchos días ni los muchos años, sino que la prudencia en el varón suple las canas”.4

De aquí que el proceso educativo sea esencialmente muy siempre, pero de hecho sumamente complicado. ¿Cómo se explica esto? Sencillamente porque la verdad que se halla en las cosas –el hombre incluso- es tan amplia, y el dinamismo emanante de lo que las cosas son, tan diverso, que se le ofrecen al hombre infinitas perspectivas de saber y de obrar; y la educación consiste esencialmente en conocer lo verdadero y querer lo bueno. Simplemente.




Capítulo II
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