Los riesgos de China: cierta duda razonable (y algunas “incongruencias”) ¿Puede existir un libre mercado de planificación central? ¿Y un socialismo de mercado?






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- Los riesgos de China: cierta duda razonable (y algunas “incongruencias”) ¿Puede existir un libre mercado de planificación central? ¿Y un socialismo de mercado?

“Iniciamos ahora una era en la que China hará que el liderazgo que ha ejercido EEUU desde 1950 hasta 2009 se quede cada vez más obsoleto. Sus hijos y mis nietos vivirán en esta época nueva y llena de desafíos. Veremos a China alcanzar a Japón y superarlo como la segunda economía con un mayor PIB total tras Estados Unidos.

Luego, a menos que el liderazgo monopartidista de China salte por los aires, seguramente llegará el día en que el PIB total real de China supere al de EEUU. Una lástima. Pero ésa es la expectativa realista”... - Paul A. Samuelson - Comienzo de una nueva era mundial (El País - 29/11/09) - Q.E.P.D.

Perdone Maestro pero, con todo respeto, me permito plantear cierta “duda razonable”…



La otra cara de la “locomotora”
En el futuro “imperio” chino hay mucho sufrimiento que no figura en las estadísticas. El fenómeno “low cost” no saldrá gratis. Puede resultar un “milagro” con muchos “pecados”. Más delirios que grandezas…

Para empezar, podría decir que la dirigencia china -con la “cínica” complicidad internacional- ha fracasado -por acción u omisión- en cumplir con lo que considero mayores desafíos morales de nuestro tiempo. En mi humilde opinión, no puede haber compromiso por parte de los políticos al abordar el problema de los derechos humanos o del cambio climático. Nada puede hacer perder el sentido de la urgencia.

Esto es análogo al asunto de la esclavitud que afrontó Abraham Lincoln o el nazismo que afrontó Winston Churchill. Sobre ese tipo de cosas no puede haber compromiso. Uno no puede decir, vamos a reducir la esclavitud, busquemos un compromiso de reducirla al 50 o el 40%. No se puede confiar al I Ching el futuro de la humanidad.

A lo largo de la historia China ha sido importante por diversas razones y circunstancias. Hoy China importa por su candente actualidad como paradigma mundial

“China es el tercer país del mundo en extensión y el más poblado: la quinta parte de la población mundial vive en ella. Como India y la antigua Unión Soviética, es un “país-mundo” que contiene muchas realidades y no puede describirse con una sola pincelada. Al mismo tiempo, China es mucho más homogénea y menos plural que los dos citados. Los chinos Han representan más del 90% de su población. Salvo en las regiones periféricas de Xinjiang, Tibet y Mongolia, y el rosario de unas 50 pequeñas minorías, el mundo chino presenta una unidad, cultural, idiomática y demográfica, mucho más firme. Su cultura es antigua y compleja. Es un bosque en el que resulta fácil perderse. Hasta hace poco, se consideraba que la matriz de China fue el curso medio-bajo del Río Amarillo. Hoy se habla del Río Amarillo como “principal centro” de un proceso que tuvo otras fuentes en el Yangtzé, e incluso en Sichuan”... La actualidad de China (La Vanguardia - 13/3/08 - Por Rafael Poch)

La República Popular es un estado Han y se comporta como tal. No es una seudo federación, como India, y carece de Repúblicas Nacionales como la URSS y la Federación Rusa (sólo “regiones autónomas”). La actitud china hacia los pueblos vecinos ha sido aceptarlos benevolentemente en su superior civilización, siempre que hubiera disposición a convertirse en chinos. En ausencia de esa disposición, la diferencia tendía a verse como algo negativo. En la China actual, hay dos grandes y claros problemas nacionales, los de tibetanos y uigures, que crean fuertes tensiones.

A lo largo de la historia, China ha sido importante por diversas razones y circunstancias, pero hoy China es importante por su actualidad, una actualidad histórica. Me refiero al hecho de que China es hoy el país que más claramente expresa y contiene dilemas y problemas planetarios. China es la vanguardia del mundo en desarrollo, la sociedad que mejor expresa los anhelos e intentos de la mayoría pobre del planeta por dejar de serlo, y un referente crucial para la mayoría (en desarrollo) de la población mundial porque, aparentemente, lo está consiguiendo.

La actualidad de China es difícil de comprender para quien observe el mundo desde la imagen dominante que Occidente tiene de sí mismo. Desde esa provincia mental, China puede reducirse a un gran y espectacular “crecimiento” mantenido desde que el país optó por fórmulas de mercado, hace más de un cuarto de siglo. La principal consecuencia de ese fenómeno es la leyenda de la “próxima superpotencia” y el comentario, tan grabado en la conciencia europea y particularmente popular en la España actual, de que, “los chinos se nos van a comer”.

Para los europeos es tentador proyectar su propia historia en China, pero el actual resurgir de este país no es una revancha juvenil, sino un regreso al estatuto secular que tuvo, hasta finales del siglo XVIII. Y hasta donde alcanza la vista, esa “futura superpotencia amenazante” va a seguir siendo un país en desarrollo en crisis plagado de problemas.

Hasta el 2043, la población china seguirá creciendo hasta alcanzar la catástrofe de 1550 millones, al límite de lo que los especialistas dicen que los recursos básicos disponibles podrían soportar. Aumentarán los problemas vinculados a recursos y medio ambiente, pero también disminuirá su “energía vital”: para el 2050 el 27% de su población tendrá más de sesenta años. Entre tanto, deberá lidiar con una desigualdad, social y territorial, muy preocupante. Para el 2020 la población laboral de China superará los 900 millones, 300 millones más que el total de la población laboral de todos los países desarrollados. Generar empleo para esa masa, en pleno trance urbanizador, será uno de los grandes desafíos.

En educación, los chinos reciben como media menos de ocho años, el nivel de los americanos de hace un siglo, y menos de un 5% tiene educación superior, cuatro veces menos que en Europa. Con el 20% de la población mundial, China responde sólo del 1% del gasto mundial en educación. En sanidad y seguridad social: el 80% de los recursos se concentran en las ciudades. Se estima que la mitad de la población china no puede permitirse asistencia médica en caso de enfermedad. Sólo el 25% de la población urbana y el 10% de la rural disponen de algún tipo de seguro médico. 300 millones no tienen acceso a agua potable, y hay 120 millones de casos de hepatitis B.

El sistema político chino, un despotismo benevolente, deberá resolver una complicada reforma que disuelva el actual monopolio de poder, base de la actual estabilidad, e institucionalice alguna fórmula más pluralista. Pero sólo el 20% de la población china goza hoy de ese nivel de vida a partir del cual en Occidente (y en Japón, en Corea del Sur y en Taiwán, mucho más recientemente) se pudieron afirmar las llamadas democracias. Unido a la extrema debilidad de la sociedad civil, y al carácter chino, frecuentemente inmaduro en lo individual, todo eso da poderosos argumentos a la prudencia y el gradualismo. Ni su experiencia histórica ni su realidad interna sugieren agresivas aventuras exteriores imperiales.

Los datos son conocidos: somos más de 6.000 millones y seremos más de 9.000 millones a mediados de siglo, acercándonos a lo que se espera sea el “pico demográfico” y límite máximo de capacidad de carga del planeta. Sufrimos una crisis de civilización que se deriva de la relación entre esos dos aspectos de creciente población y desaforado consumo de recursos agotables. Un tercer aspecto, la nueva socialización y disponibilidad de las tecnologías de destrucción masiva, complica el recurso a la guerra, mediante el cual los humanos resolvíamos ese tipo de problemas a lo largo de la historia. Cuando la capacidad técnica de autodestrucción ya puede acabar con toda vida en el planeta, la desigualdad global y el imperialismo se hacen peligrosos. Como sugirió Einstein en los cincuenta, sin cambio de valores -y sin una nueva economía capaz de hacer unas cuentas realistas- no hay salida de esta crisis.

La actualidad de China tiene que ver directamente con esto. Todos los problemas de la crisis mundial están contenidos en ella. Su relación entre población y recursos es la más crítica. Los éxitos chinos de los últimos 30 años se han realizado sobre modelos en crisis, lo que contiene sospechas de que hay muchos desastres contenidos en ellos. La extraordinaria transformación que experimenta la China contemporánea tiene algo de esquizofrénico: aúna industrialización y desindustrialización, conjuga el desarrollismo con su crítica, el “enriquecerse es glorioso” con la preocupación por la armonía y la disolución de valores, y le obliga a experimentar con sus principales estrategias de modernización. La conciencia de que todo se puede torcer súbitamente es muy viva entre los dirigentes chinos, que perciben y definen su sistema como algo profundamente imperfecto y abierto al cambio (nada que ver con la URSS anterior a Gorbachov). Lo más esencial de la estrategia china de modernización, la urbanización (el mayor proceso de urbanización de la historia) y la apertura a la economía global, es objeto de debate.

En ningún lugar del mundo el modelo de desarrollo está más determinado por el dilema energético. La expansión desarrollista china evidencia la inviabilidad de la economía mundial inventada por Occidente. China tiene la proporción de tierra cultivable per cápita más crítica del mundo: menos de la mitad de la media mundial, ocho veces menos que en Estados Unidos y la mitad que en India. Con solo el 6% de la tierra cultivable del mundo, da de comer al 22% de la población mundial. Sus equilibrios son críticos e ilustran un dilema planetario. Ahí es donde aparece el otro gran dato de la actualidad de China: su demostrada capacidad de sobrevivir.

Sobre esa unidad y homogeneidad de China se inscribió la tradición civilizatoria, cultural y política, más longeva del planeta. Comparada con la de Occidente, la tradición china resalta por la ausencia de grandes rupturas y su continuidad. La continuidad civilizatoria y política de China, con sus altos y bajos, dispersiones y unificaciones, es única. La actual República Popular, es heredera de una tradición política continua de dos mil años y de una civilización de cuatro mil. Es como si en nuestros días existiera el imperio romano como entidad política, o como si el Egipto faraónico hubiera mantenido su identidad cultural. Y el ideólogo mas “formativo” de esa tradición, Confucio (551-479 A. de C.), es un coetáneo de Sócrates y Heródoto que en aquellos tiempos ya llamaba a respetar el orden superior de las antiguas tradiciones...

Una nación tan antigua y única en su demostrada capacidad de sobrevivir, que hoy resume y contiene, como ninguna, los dilemas existenciales de toda la humanidad, ¿puede ser observada con vehemencia y sin respeto?; ¿debe ser objeto de arrogante aleccionamiento, o sujeto de intercambio y observación?

“Asaltando la fortaleza” (“muralla” adentro)

China es hoy el gran mito. Pero también lo fue Japón en los ochenta. Y se esfumó.

Se desplomó por razones no económicas. China también puede toparse con dificultades sistémicas. Aunque está siendo gobernada de forma razonable y con sentido del largo plazo, no deja de ser una economía de mercado con un sistema político centralizado, un caso único. Pero aguanta.

China es el país que más contamina del mundo. En 2007, último dato disponible, emitió 1.800 millones de toneladas de CO2. El segundo y el tercer lugar lo ocupan EEUU, con 1.585 millones, y la UE con 1.036.

China ya no figura en la lista de países donde más se violan los derechos humanos, y que cada año elabora el Departamento de Estado de los Estados Unidos. (“EEUU borra a China de la lista de países que violan los derechos humanos” - ABC - 12/3/08)

¿Es China tan democrática como para que Obama haya establecido una nueva bipolaridad mundial en su último viaje al gran país asiático? (noviembre de 2009).

La reforma política es urgente en China, la supervivencia del Partido Comunista, del sistema y de toda su gran obra de modernización de medio siglo, dependen de ello, pero debe ser gradual y cuidadosa. Hacía muchos años que la autorizada voz de los expertos de la Escuela Superior del Partido, adjunta al Comité Central, el principal “think tank” del país, del que el actual Presidente, Hu Jintao, fue director (1993-2002), no se dejaba oír con un programa completo de reforma política. (El “gran plan quinquenal” de la democracia china - La Vanguardia - 13/3/08)

Un informe de 366 páginas, que propone una hoja de ruta para la democratización, incluido un calendario en tres etapas, hasta el año 2040, para su realización, ha sido su obra. Se llama, “Asaltando la fortaleza; informe sobre la investigación de la reforma del sistema político en China, tras el XVII Congreso”. Entre sus autores, profesores de la Escuela como Wang Changjiang, de quien se conocen sus ideas sobre la compatibilidad de la democracia con un sistema de partido único, y Zhou Tianyong. Y con un prefacio del mismo Li Junru, el vicepresidente de la Escuela, dedicada a la formación de cuadros dirigentes.

Aunque en un discurso pronunciado en abril de 2006, en la Universidad de Yale, el Presidente Hu Jintao había manifestado: “Ausencia de democracia significa ausencia de modernización”, la cosa no había ido mucho más allá de las declaraciones, de algunas medidas administrativas en el interior del Partido, y de tímidas iniciativas para dar un poco más papel a la Asamblea Nacional Popular.

“La reforma política”, dice ahora el informe de la Escuela Superior del Partido, “es el camino inevitable para la estabilidad a largo plazo del Partido y del país” (…) “si dejamos de aplicarla a tiempo, nuestra reforma económica se colapsará en última instancia”.

Subrayada su importancia, el informe establece también lo que son las condiciones básicas del éxito y los límites de una reforma política. En primer lugar, se trata de preservar el Partido Comunista; “la reforma política sólo puede realizarse si está dirigida, organizada y movilizada por el Partido Comunista Chino, que con 73 millones de afiliados, más de uno entre cada veinte chinos, es el mayor”. “Una introducción rápida del sistema multipartidista, con pérdida de control del ejército y completa libertad de prensa, supondría desorden, divisiones e inestabilidad para el país”.

La complejidad de la situación china requiere del liderazgo de un partido fuerte y poderoso, y, en cualquier caso, el límite de todo el proceso debe ser la preservación de la estabilidad; “la estabilidad es de capital importancia para la modernización de China, la reforma política debe realizarse dentro de ciertos límites, de lo contrario ocasionaría inestabilidad política”, afirma. Los tres límites básicos son; “el Partido tiene que controlar al ejército”, “el Partido debe dirigir y controlar a los cuadros” y “el Partido debe controlar la prensa”.

Sobre la libertad de prensa, el libro la presenta como, “una tendencia inevitable del desarrollo”, pero advierte; “debemos ser muy cautos y sinceros sobre qué función debe desempeñar (…), mal enfocada, significaría el desorden de la opinión pública y, por consiguiente, sería adversa a la transformación”. Al mismo tiempo, los autores consideran un problema la situación actual, en la que, “los medios de comunicación están subordinados al Partido y a los órganos del estado”.

“Debemos respetar la autonomía de la prensa e introducir una ley de prensa que regule su comportamiento, prohibiendo al mismo tiempo la interferencia ilegal del Partido y de los departamentos del estado en su trabajo”, dice. “Hay que dar pleno juego al papel supervisor de los medios, hay que fortalecer la objetividad y repercusión de los medios, cambiando su contenido”. Actualmente, observa, está excesivamente centrado en la crónica oficial de dirigentes y logros, pero hay que ir, “hacia una cobertura más amplia de temas concernientes a la vida de la gente, a la denuncia de prácticas ilegales en el interior del partido y del gobierno, y a la expresión de diferentes opiniones en política”… (el desarrollo del plan quinquenal de la democracia continúa más adelante).

Toda una declaración de intenciones (escaza de compromisos y sin establecer un cronograma cierto): primero el tiempo económico, después el tiempo social y finalmente el tiempo político. Por ahora (y una “larga marcha” por delante), consumo “patriótico” y anestesia “epidural”.

¿Cómo se puede “acertar” en el ejercicio del “arte del bien común”, cuando todavía se está (y por un largo plazo) con la manipulación de las mentes?

Entre las razones “de Estado” que Washington podría tener para ser indulgente con China destaca la creciente importancia de las exportaciones norteamericanas a este país -algo que no se puede desdeñar en el actual escenario de recesión- pero sobre todo la colaboración de Pekín en los acuerdos para desnuclearizar Corea del Norte, otro viejo compañero en la lista negra.

Estos “funámbulos” de la “tierra plana” (¿pragmáticos?) no aciertan ni cuando rectifican. Cuesta encontrar un ejemplo, incluyendo los casos literarios, en que haya mayor contraste entre la solemnidad de las proclamaciones y la ridiculez de los actos.

Los capitalistas “filisteos” quieren hacer participar a China (si no lo han logrado ya) de la modalidad más prominente de corrupción legal que ha socavado las grandes corporaciones occidentales y derribado la economía global. Les guste o no (a los mercaderes y cambistas “fracasados”) el sistema sencillamente no puede ser arreglado. Deshagámonos de él y estaremos todos mejor.

Las fallas del actual sistema -y los “global players” que viven de él- son dolorosamente obvias. Pese a que a estos ejecutivos les gusta considerarse líderes, en lo que se refiere a sus prácticas operativas (que resultaron meramente especulativas), muchos de estos no han demostrado nada de liderazgo. Por el contrario, han actuado como jugadores de azar, excepto cuando los juegos en los que participan están completamente inclinados a su favor.

En primer lugar, juegan con el dinero de otras personas, tanto el de los accionistas como los sustentos de sus empleados y la sostenibilidad de sus instituciones.

En segundo lugar, reciben dinero no tanto cuando ganan como cuando parece que están ganando, porque el precio de las acciones de su compañía ha subido y sus primas se han activado. En dicho juego, uno se asegura de tener las mejores cartas sobre la mesa mientras mantiene el resto escondido en la mano.

En tercer lugar, también ganan dinero cuando pierden, lo que se conoce como “paracaídas de oro” (paquetes de compensación por despido). ¡Menudos jugadores de apuestas! En cuarto lugar, algunos incluso ganan sólo por recibir naipes. Por ejemplo, cuando reciben una bonificación especial tras negociar una fusión, antes de que se sepa si funcionará. La mayoría de las fusiones no funcionan.

Y por último, además de todo esto, existen presidentes ejecutivos que ganan dinero solamente por no abandonar la mesa. Este pequeño truco es conocido como “bonificación por retención”, recibir dinero por ¡seguir jugando!

El modelo “desesperado” que Occidente quiere exportar a Asia se puede resumir de la siguiente forma: “consumimos en exceso por placer, y así seguiremos haciéndolo sin solución de continuidad. Forma parte de nuestra naturaleza psicológica y, cómo no, de nuestra educación y de la sociedad en la que vivimos, cuyo concepto de felicidad pasa por los bienes materiales”. Lo que ocurre es que esa tendencia ha llegado hoy a extremos altamente preocupantes: “a veces nos comportamos como una sociedad muerta de hambre que ingiere de todo de manera desmedida: tecnología, moda, comida, relaciones, espacios, información, espectáculos, recursos. Y, además, a gran velocidad, de un modo acrítico y en grandes cantidades. Al igual que una persona que padeciese bulimia, que no puede resistir su impulso al atracón, nuestro comportamiento colectivo se afana en vaciar las estanterías de las grandes superficies para encontrar aquello que, de una vez por todas, nos haga sentir bien”. Pero eso no revela más que la fragilidad de una sociedad “que trata de compensar sus angustias vitales a través de la ingesta y compra masiva de cualquier producto. Nos comportamos como bebés ansiosos que tratan de aferrarse al chupete o al biberón”.

Sin que dejen de asumir el papel de prestamistas de último recurso (lo de “último”, es rigurosamente cierto), el Occidente des-capitalizado quiere (necesita urgentemente) que Asia adopte un comportamiento consumista de nuevo rico, que fue, justamente, lo que provocó (por pérdida de valores, y no sólo económicos) la quiebra del modelo de progreso occidental. Ni siquiera aquellos que han desarrollado una epidermis paquidérmica, podrán negar que ésta resulte, una “receta asquerosa”.

Preguntas de ayer… secándose al sol (escritas desordenadamente, al hilo del vivir)

¿Por qué se tolera el “chantaje” cambiario?

¿Por qué se admite el “dumping” laboral (social), sanitario (de seguridad), ambiental (de control)?… (y sigue la lista).

¿Por qué se libera a China de sus “responsabilidades globales”, cuando es el (próximo) segundo país en importancia económica del mundo?

¿Por qué se soporta que en China los derechos humanos universales “no estén disponibles” para todas las personas y todas las minorías?

¿Por qué se intenta “desesperadamente” que los Guerreros de Xaim se transformen en Ricitos de Oro (tan bien que estaban “quitecitos”)?

¿Por qué quieren incitar a China a practicar el mismo “esquema Ponzi” que provocó el colapso financiero de Occidente?

¿Por qué se empuja a China a la adicción al “consumismo compulsivo”?

¿Por qué se induce a China a practicar el “capitalismo feroz”?

¿Por qué se seduce a China a participar de la “economía de casino”?

Alguno de estos “fundamentalistas” de la financierización, se ha puesto a pensar sobre los riesgos globales que podría acarrear una falla sistémica importante en “la máquina autorregulada en perfecto equilibrio” (sic) en un país con 1.300 millones de habitantes, “impidiendo que los recursos de una comunidad sean distribuidos… de forma eficiente” (sic)… “Citius, altius, fortius”, es sólo un lema del Pekín olímpico.

Alguno de estos “talibanes” del libre mercado, se ha puesto a pensar ¿de dónde saldrá el “segundo planeta” necesario para abastecer de materias primas y recibir los “detritus” del nuevo ejército en la reserva del consumismo feroz?... O en su defecto ¿estará Occidente dispuesto a reducir su huella ecológica (50% o más) para dejar espacio a los postergados del mundo?... No hay un planeta B. Con “citius, altius, fortius”, no se resuelve.

Recetas asquerosas: Pragmatismo por socialismo: “A mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones” (Deng Xiaoping) - Enriquecerse es glorioso - La tierra es plana - El mundo es infinito - La cultura del exceso (con más inconveniencia que descaro) - Llamar mercado a lo que sólo es un bazar especulativo…

O soy muy ignorante o testarudo o desconfiado (en mi caso, las tres cosas), o en esto hay algo que no cuadra. No se puede vivir como si no hubiera mañana.

La demorada “agonía” de EEUU (y su privatizada democracia modelo “Washington S.A.”), no puede ser suplida por el “irresponsable” surgimiento de China (y su régimen autocrático modelo “socialismo de mercado”).

En las próximas páginas intentaré abordar ciertos aspectos sobre los Derechos Humanos, el Medio Ambiente, la Economía y la Geoestrategia que, al menos, permiten mantener cierta “duda razonable” sobre la feliz resolución del “sudoku” chino. En vuestras manos queda (estimados y pacientes lectores), dar o quitar razones a mis especulaciones intelectuales…

Se abre el telón…
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