Colección conciencia global




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títuloColección conciencia global
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fecha de publicación28.08.2016
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13. La purificación del alma
Ahora vamos a tratar sobre la labor de purificación que hay que emprender para transformar los elementos inferiores y unificar nuestro ser. Para iniciar este tema, tomaré a Dante Alighieri como referencia.

Todo el mundo conoce la Divina Comedia, pero pocos com­prenden sus más íntimos y profundos significados. Así, mientras todos la estudian y la admiran como la más su­blime obra literaria escrita en lengua italiana, pocos llegan a apreciarla como un verdadero «poema sagrado», como una maravillosa descripción y guía de la vida interior y del desa­rrollo espiritual.

Esta, al igual que todos los escritos o todas las palabras que intentan expresar lo inexpresable, es alegórica y simbó­lica, y sus símbolos son complejos y múltiples. Ello implica que posee diversos significados según sea el nivel de su lec­tura. Para descubrir cada uno de estos significados será pre­ciso poseer la «clave» correspondiente.

Tal y como todos sabemos, la Divina Comedia posee un sig­nificado histórico y político y, para comprenderlo bien, es pre­ciso poseer esta «clave», es decir: conocer las condiciones po­líticas de Italia y de Europa durante la época de Dante, conocer sus propias opiniones e ideales políticos, así como los acontecimientos que marcaron su vida.

Lo mismo puede aplicarse para el significado espiritual y esotérico de los símbolos dantescos. Es imprescindible poseer la «clave» para poder cruzar el umbral de las apariencias y descubrir la gran verdad simbólica. Nosotros intentaremos hacerlo así, al objeto de nuestro tema. A este respecto, la parte más significativa se halla al principio del divino poema.

Dante, «hacia la mitad del camino de su vida», se encuentra, sin saber cómo, en un «bosque salvaje, árido y frondoso». Pero, incluso en éste, encuentra el bien. De hecho, vagando por ese bosque, llega hasta el pie de un cerro; entonces, mira hacia arriba y se da cuenta de que éste se halla iluminado por el sol.

En esta sencilla alegoría se halla simbolizado, en breve sín­tesis, todo cuanto respecta a la primera fase del desarrollo es­piritual.

Este frondoso bosque no sólo representa la vida viciosa del hombre ordinario, tal como suelen afirmar sus diversos comentadores, sino también y especialmente ese peculiar es­tado de desazón, de agudo sufrimiento y de oscuridad inte­rior que suele preceder al despertar del alma. A este estadio corresponde, mucho más que al de la vida del hombre ordi­nario, lo que Dante nos refiere sobre el bosque: que se veía in­vadido por el miedo tan sólo con recordarlo, y que «tan amargo era, que sólo un poco más era la muerte». Al poco lo confirma todavía mejor. De hecho, el descubrimiento del ce­rro iluminado por el sol y la elevación de la vista indican cla­ramente el momento decisivo del despertar del alma. Se apa­cigua entonces su temor en el remanso del corazón y tras un ligero descanso, comienza a ascender por la ladera del cerro. Ello simboliza claramente la fase que sigue al despertar, de la que hablaremos ahora.

Aquel que ha experimentado un primer resplandor de la radiante luz del espíritu; aquel que ha degustado, aunque sólo fuere por un instante, la gran paz y la perfecta beatitud del «despertar», siente cómo en su propia alma surge la intensa as­piración de recibir cada vez más luz y de permanecer para siempre en este estado sereno y beatífico. Por consiguiente, in­tenta seguir escalando la deslumbrante cima y, movido por el entusiasmo de la primera revelación, cree poder seguir avan­zando recto y seguro. Pero, ¡ay de él!, pronto empiezan las difi­cultades y los peligros. De modo que, «casi al comienzo de la cuesta», dice Dante, se encuentra con una fiera que le obstacu­liza el paso continuamente:
No se apartaba de mi vista

y me impedía el paso a tal grado,

que muchas veces me sentí tentado a retroceder.
Esta primera fiera, la «ligera y rapidísima pantera», sim­boliza especialmente la atracción y las tentaciones de los sen­tidos.

En el momento de la iluminación, con su gozosa exalta­ción, el hombre no siente tales atracciones; pareciera como si toda ilusión se hubiese desvanecido, como si todo vínculo te­rrenal hubiera sido despedazado. Pero no es así: el alma, con dolorosa sorpresa, se da cuenta de que su naturaleza inferior —que tan sólo había sido paralizada y adormecida momen­táneamente, pero no vencida— rápidamente se despierta y se rebela con violencia, plantándose ante el hombre y obstaculi­zando su camino.

Sin embargo el alma iluminada no se deja vencer por la atracción de los sentidos, sino que sostenida por sus aspira­ciones, elevada y estimulada por distintas señales e indicacio­nes y por ayudas interiores y externas, espera triunfar.

Dante lo expresa así en sus versos:
Y me daban motivos para confiar

en conseguir la piel manchada de aquella fiera

aquella hora y estación tan dulces.
Pero muy pronto nuevos y más graves obstáculos se pre­sentan ante el hombre, suscitándole nuevas y más profundas aprensiones.
Pero no podía superar el terror

de la visión de un león que apareció.
El león simboliza uno de nuestros más terribles enemigos internos: el orgullo espiritual, que con tanta facilidad invade al hombre cuando éste descubre en sí mismo una nueva fuerza y un nuevo poder y logra vislumbrar la maravillosa posibilidad de desarrollo que se abre ante sí. Pero con ello de­sarrolla ese sentido de separación que es la verdadera antíte­sis de la espiritualidad, y levanta en consecuencia una gran barrera en su propio camino.

Pero esto no es todo: al león se une rápidamente la loba, «emblema de toda codicia». Ella representa el principio mismo de la separatividad y del egoísmo, que son el verda­dero origen de toda codicia y de lo que los orientales llaman «tumba»: la ambición de vivir, la raíz de los deseos del alma individual.

Por ello no debe sorprender el hecho de que la loba no sólo obstaculice el camino ascendente de Dante, como las otras dos fieras, sino que además vaya a su encuentro y le re­chace allí «donde calla el sol». Cuando se encuentra frente a este gran peligro se le aparece Virgilio, al que invoca humil­demente pidiéndole ayuda.

Así, el hombre, después de haber constatado con dolorosa experiencia la dificultad de la vida, tras haber sufrido su pri­mer amargo desengaño, pierde su osadía y presunción, y re­conoce su propia debilidad e impotencia. Adquiere entonces la verdadera humildad, que por fin le permite poder ser ayu­dado. Y, en cuanto lo ha logrado, la ayuda llega.

Esta es la gran y consoladora ley de la vida y del espíritu, que a menudo olvidamos en los momentos de duda y de de­sánimo, pero que siempre deberíamos recordar: la ayuda su­perior está siempre dispuesta y nunca nos es negada; noso­tros somos los únicos obstáculos que la mantienen apartada. Lo que ocurre es que no sabemos o no queremos creerlo así.

Pero, ¿en qué consiste verdaderamente esta ayuda? Y, ¿de dónde proviene?

Veamos quién es Virgilio.

De él se suele decir que personifica la razón. Tal explica­ción no es errónea, pero resulta insuficiente sin un adecuado comentario que aclare la verdadera naturaleza y las verdade­ras funciones del principio simbolizado por Virgilio. Este principio se podría definir exactamente como la «discrimina­ción espiritual» que los hindúes llaman Viveka, que es el po­der que posee la razón humana (cuando no está empañada, o no se ha desviado, por las pasiones y los sentimientos perso­nales) para reconocer el buen camino a seguir, y para guiar a la personalidad por este camino, animándola y ayudándola a evitar todo peligro.

Pero, ¿quién mueve e inspira este poder? La respuesta que nos ofrece Dante es tan profunda que merece un amplio comentario. El primer impulso de ayuda proviene de la ex­celsa esfera del Paraíso, a través de una generosa mujer que se apiada de Dante. Ella simboliza el misterioso principio di­vino de la compasión, el cual pone en acción la gracia, la luz del alma, que Dante personifica en Lucía; la gracia, a su vez, suscita la sabiduría divina representada por Beatriz:
Beatriz, verdadera alabanza de Dios,

¿socorrerás a aquel que te amó tanto

que por ti de la esfera de vulgaridad salió?
Esto nos demuestra que Dante había aspirado a obtener la sabiduría divina con tal intensidad que el alma le había im­pulsado a recorrer resuelta y seriamente la vía del espíritu, y ello hace que pueda recibir la ayuda superior. Pero la sabidu­ría divina todavía no se le manifiesta directamente a él: El hombre, todavía impuro y no regenerado, enredado todavía en el denso velo de la materia, no puede contemplar directa­mente la suprema verdad. Por ello Beatriz le envía a Virgilio, suscitando e inspirando así el poder del conocimiento innato en el hombre normal. Este poder de conocimiento y de dis­criminación es el que deberá conducir al alma durante la pri­mera parte de su peregrinación, por el largo y doloroso ca­mino de purificación y de expiación a través de los reinos de su naturaleza inferior.

Pero antes de describir las distintas etapas de esta peregri­nación, antes de indicar los métodos de purificación moral, debemos detenernos a discutir e intentar resolver una impor­tante cuestión de prejuicios.

Existen varias escuelas que de hecho afirman —algunas explícita y abiertamente, otras más veladamente y más en la práctica que en la teoría— que la purificación moral no es ne­cesaria, que se pueden tener grandes revelaciones sin necesi­dad de pasar por esta ingrata y penosa tarea. Estas doctrinas ciertamente resultan muy cómodas a nuestro egoísmo y a nuestra pereza, y resultan igualmente peligrosas a causa de su seductora apariencia. Así pues, debemos aclarar bien las ideas sobre este punto, ya que los argumentos adoptados por estas escuelas —que podríamos llamar «inmoralistas»— son de lo más engañosos y podrían llegar a ilusionar a las mentes incautas e inexpertas.

El bien y el mal son relativos, afirman los inmoralistas; un mismo hecho puede ser bueno en un caso y malo en otro. El Espíritu está por encima de estas distinciones humanas; para él todo es lo mismo, él lo justifica todo.

La moral, afirman todavía más explícitamente, es un pro­ducto social que está constituida por toda una serie de nor­mas tradicionales que los hombres comunes aceptan sin criti­car; pero, el iniciado, el superhombre, puede liberarse de estas molestias; él ha alcanzado tales logros que le está permi­tido hacer todo aquello que los otros no pueden o no se atre­ven hacer, y puede utilizar medios que le están prohibidos al común de los mortales.

Pero el que no se deja deslumbrar por estas halagadoras afirmaciones, puede descubrir fácilmente su falsedad funda­mental.

En primer lugar, estos sofismas son consecuencia de con­fundir los grandes principios morales de carácter universal con las particulares e imperfectas aplicaciones que de ellos ha he­cho el hombre en diferentes épocas y lugares. Las normas mo­rales concretas, los códigos morales y de urbanidad, cierta­mente son relativos y quizás incluso contradictorios, pero ello no disminuye un ápice la validez de las grandes leyes de la moral, que son tan seguras y rigurosas como las de la natura­leza física. Pues, tanto en un caso como en el otro, de lo que se trata en el fondo es de la manifestación de la gran Ley de la Causalidad, la Ley del Karma. Gracias a ella, no sólo deriva todo efecto necesariamente de su causa, sino que además se halla implícito en ella misma.

De esta forma, al hombre que comete una mala acción no se le castiga porque haya infringido una ley humana, ni por­que haya ofendido a un Dios personal; no es castigado, en fin, por haber cometido una mala acción, sino directamente por parte de esa misma mala acción. El primer efecto, y también el más importante, de una acción es aquel que se aplica de in­mediato sobre el ánimo de quien la ha cometido: una buena acción eleva y ennoblece casi automáticamente a aquél que la ha llevado a cabo, mientras que una mala acción degrada a su autor. Esta es una rigurosa ley de la que resultan evidentes su justicia y su necesidad, y no existen sofismas ni funambulismos argumentistas que puedan ponerla en duda.

En cuanto al otro argumento adoptado por los inmoralis­tas, no hay duda de que está basado en una confusión de ideas. Es cierto que el Espíritu puro —lo Absoluto, lo no ma­nifiesto— en esencia no posee atributos y por lo tanto se en­cuentra por encima del bien y del mal; pero con el primer palpito de la manifestación cósmica, del Uno eterno deviene el dos, apareciendo así la polaridad, la infinita serie de opues­tos, y entre ellos el bien y el mal. Ahora bien, ¿quién puede afirmar ser realmente puro Espíritu y, por consiguiente, en­contrarse por sobre el bien y el mal? Cualquiera puede com­prender lo absurdo de tal presunción.

Bien distintas son las enseñanzas que, concordantemente, imparten todas las escuelas de Oriente y de Occidente que tienden a desarrollar la verdadera y pura espiritualidad. Ellas afirman que toda pasión y deseo egoísta nos hace esclavos de las fuerzas y entidades inferiores, como una bola de plomo atada al pie de aquel que quiere ascender. Nos enseñan tam­bién que cualquier manifestación de egoísmo, incluso la más larvada y sutil, es separativa por naturaleza, mientras que el desarrollo espiritual consiste en la gradual y sucesiva supera­ción de toda separatividad, en la armonización de los distin­tos elementos antitéticos en síntesis superiores, como prepa­ración necesaria para una unión consciente con el Principio universal, y para la realización de la unidad en todos los pla­nos y en todos los aspectos.

También se puede llegar a la misma conclusión exami­nando esta cuestión desde el punto de vista de los poderes que comportan de modo natural las distintas fases del pro­greso espiritual. Grandes son las dificultades, los peligros y las responsabilidades que conllevan la obtención y la utiliza­ción de estos poderes. Deberemos aprender a dominar y a uti­lizar de una forma sabia y benéfica las grandes fuerzas del universo (macrocosmos). Pero, ¿cómo podremos aspirar a ello si aún seguimos siendo esclavos de las pequeñas fuerzas del «microcosmos» y de las mezquinas pasiones de nuestra pe­queña personalidad?

En conclusión: la obediencia a los principios morales, lejos de limitar y retrasar inútilmente nuestro progreso, es lo único que nos hace verdaderamente libres, mientras que toda inmo­ralidad, amoralidad o supermoralidad, aunque se hallen en­cubiertas por una aparente libertad, nos vuelven en realidad tanto más esclavos cuanto más engañados e ignorantes de nuestras cadenas.

Son innumerables las severas advertencias en este sentido por parte de aquellos que han logrado alcanzar las excelsas cumbres hacia las que nosotros volvemos la mirada, y que es­tán llenas de aguda nostalgia y ardiente aspiración por los que todavía aguardan en el fondo del valle. Desde Buddha hasta Jesús, y desde los sabios y desconocidos autores del Upanishad hasta los grandes místicos cristianos, toda alma iluminada asegura que ha obtenido la victoria a través de la purificación de la personalidad y mediante la eliminación del egoísmo.

De todo ello se desprende que quien avanza por la vía del espíritu, no sólo debe observar los grandes principios éticos de la humanidad, sino que también debe poseer una moral mucho más pura, más severa y más consciente que la del hombre común y ordinario.

Al aumentar los conocimientos referentes a las leyes de los planos superiores, se asumen nuevas responsabilidades y de­beres. Por ejemplo: aquél que ha aprendido que los pensa­mientos, los sentimientos y las afirmaciones de la voluntad no son abstracciones, sino fuerzas vivas y poderosas realida­des de los planos sutiles que son en verdad nuestras propias creaciones, es más responsable al utilizar estas fuerzas inter­nas que aquél que ignora todo esto; y los errores y las culpas a nivel de pensamiento o de intención son para él algo tan grave como los cometidos exteriormente.

Por ello resulta de lo más cierto aquello que dijo el autor de La imitación de Cristo: «Quanto plus et melius, tanto gravius judicaverit nisi sanctius vixeris» (Cuanto más y mejor seas, más severamente serás juzgado si no vives santamente).

Espero haber desarrollado este punto con la suficiente cla­ridad. Tan sólo añadiré que la cuestión ética constituye el punto de referencia más seguro para sopesar los distintos mo­vimientos, las diferentes escuelas o las diversas tendencias; y no sólo para valorar las afirmaciones teóricas, que a veces pa­recen muy edificantes, sino también y sobre todo las aplica­ciones prácticas y los resultados efectivos, recordando siem­pre la gran verdad: «El árbol se conoce por sus frutos».

Esta necesidad imperiosa de purificarse moralmente cons­tituye la clave para comprender el verdadero motivo de ese largo peregrinar por los mundos internos que constituye la trama de la poesía dantesca.

Virgilio —la razón y el poder de discriminación espiritual innatos en el hombre— ha reconocido que el alma, todavía impura, no puede afrontar ni vencer por sí misma a las fieras y ascender directamente a la iluminada cumbre; por ello, ante el requerimiento de ayuda por parte de Dante, responde:
Te conviene seguir otro camino,

......................

si quieres librarte de este lugar salvaje.
Y le propone caminar junto a él, para recorrer el abismo de las tinieblas y de la expiación y poder ascender después por la montaña de la purificación. Virgilio le promete que des­pués de ello le será concedido ascender, con la ayuda de un guía más elevado, a las ansiadas esferas de la Luz.

Entonces, y sin dudarlo más, Dante se encamina resuelta­mente detrás de su sabio guía.
Cual las flores, que por la nocturna escarcha

están cerradas y vencidas, mas cuando el sol las ilumina

se abren y yerguen sobre su tallo,
así ocurrió con mi desfallecido ánimo,

y me inundó el corazón tan vivo ardor,

que exclamé franca y resueltamente:
¡Oh tu, piadoso, que me has socorrido;

y tu, atento, que tan presto obedeciste

las veraces palabras que te ha dirigido!
Con anhelo mi corazón has dispuesto

al hilo de estas palabras tuyas,

que capaz soy de retornar a mi primer propósito.
Vamos, pues. Y que una sola voluntad nos dirija:

Tu eres mi guía, mi señor y mi maestro.

Así le hablé, y en cuanto empezó a andar,
Penetramos por la profunda y agreste vía.
En estos dos primeros Cantos del Divino Poema, Dante re­presenta el alma humana al inicio de la vida espiritual. Repre­senta lo que somos todos y cada uno de nosotros, y lo que a todos nosotros nos es dado si realmente lo deseamos: recorrer el mismo camino que él recorre, seguirlo a través de las dife­rentes etapas de su peregrinación, y ascender con él hasta las sublimes esferas de la Luz y del Amor.
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