Colección conciencia global




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14. La ciencia de la purificación aplicada
Consideramos que la purificación es, con toda justicia, una ciencia. Realmente este es un tema muy amplio, puesto que abarca varios aspectos y distintos campos de aplicación, así como las numerosas técnicas adaptadas a cada uno de ellos. Para hablar adecuadamente sobre el tema se requeriría de un grueso tratado; pero un rápido examen, a modo de resumen, también puede resultar de lo más útil para preparar y crear una actitud interior adecuada para una meditación dinámica.

En realidad, si en nuestro interior hemos vuelto la mirada hacia la luz, ya hemos empezado a recorrer el sendero que conduce de la esclavitud a la libertad, y por lo tanto ya hemos aplicado en alguna medida, ya sea de forma más o menos consciente, la ciencia de la purificación. Por ello, aunque el re­paso general que sigue contenga ideas que pueden resultar familiares para muchos de los lectores, su objeto es también servir de recordatorio de los distintos deberes que ésta com­porta y ser un incentivo para utilizar aquellos medios que pueden ayudar a la realización del gran plano evolutivo. La purificación puede y debe ser aplicada a todos los niveles de la manifestación.
1. Purificación física

El primer paso consiste en la purificación del cuerpo fí­sico. Los medios son muy conocidos: utilización del agua; aire puro; exposiciones al sol; dieta sencilla, equilibrada y siempre adaptada a la propia constitución; evitar el tabaco, el alcohol, las drogas, etc. Esta práctica es únicamente prelimi­nar y tiene por objeto hacer más fáciles y seguras las sucesivas exigencias de la purificación. No obstante, si se le con­cede una excesiva importancia puede llegar a obstaculizar las demás prácticas, que son mucho más importantes.
2. Purificación emocional

A este nivel, resulta urgentemente necesaria una amplia aplicación de la purificación. Se puede decir que los sufri­mientos, las enfermedades y los problemas que aquejan a la humanidad tienen su principal origen en los deseos egoístas y en la búsqueda de la satisfacción personal. Esto es algo que el Buddha indicó, y lo formuló claramente en sus cuatro No­bles Verdades para indicar las causas del sufrimiento y para demostrar el camino de la liberación.

Todos los hombres son empujados —incluso podríamos decir que poseídos— por algún tipo de deseo o también por deseos de diferente género, desde los relativos a los placeres sensuales hasta las aspiraciones más idealistas. El deseo es la raíz común de tres causas de apegos y de esclavitud: la atrac­ción de la materia, los múltiples tipos de ofuscamiento emo­tivo y las ilusiones mentales. Todos ellos se encaminan o se combinan para crear un apego fundamental que es el que nos ata a la personalidad: la identificación con la personalidad que camufla al propio y verdadero yo.
3. Purificación de la imaginación

Siempre se ha reconocido el poder que tiene la imagina­ción para condicionar la vida interna y el comportamiento ex­terno del hombre, y ello tanto en Oriente como en Occidente. Pero modernamente se le ha atribuido una importancia cre­ciente y su investigación y utilización se han intensificado, y también demasiado a menudo se ha explotado, en amplia es­cala. Su poder se basa en el elemento motor inherente a cada idea y a cada imagen. La imagen actúa como una fuerza esti­mulante de la actividad mental y del surgimiento de emocio­nes y de sentimientos. En psicoterapia siempre ha sido utilizada como un eficaz medio terapéutico, y en el campo de la educación ya se empieza a utilizar, aunque mucho menos de lo que se podría.

Por su parte, los hombres de negocios ya se han dado cuenta de la gran importancia de la imaginación y la están ex­plotando a gran escala para sus propios fines, utilizándola para apelar a sus instintos y a sus necesidades fundamentales que, por lo demás, son las inferiores. Ciertamente, el arte y las técnicas publicitarias están mucho más desarrolladas que aquellas que se usan para perseguir fines más dignos. Ello ha producido un refuerzo artificioso de los estímulos encamina­dos a obtener placer junto con el deseo de poseer una gran cantidad de objetos inútiles. De ello se derivan los problemas de la sociedad de consumo y, por reacción, la creciente rebe­lión contra ella, particularmente por parte de los jóvenes.

Pero aparte de este tipo de utilización de la imagen, existe otro todavía más pernicioso que encuentra su propia expre­sión en la literatura y en las producciones teatrales o cinema­tográficas, que explota la fascinación morbosa que provocan la violencia, la crueldad, el horror y las imágenes sexuales do­tadas a menudo de perversión.

Grande, e incluso podríamos decir que enorme, es el po­der malsano de sugestión que ejerce este género de imagina­ción, y ya no sólo sobre el público en general, sino también sobre los que ocupan posiciones de autoridad y que demues­tran una sorprendente falta de conocimiento sobre los des­tructivos resultados producidos por estas influencias. No exa­geramos en absoluto al asegurar que se trata de un veneno colectivo, de un «smog psíquico» más nocivo todavía que el químico.

Este consentimiento apatía generalizados hacen posible la sistemática y cínica explotación de tal veneno por parte de aquellos que contribuyen a su producción y difusión con fi­nes meramente lucrativos. Los editores, los directores teatra­les o los productores de cine todavía tienen la osadía de de­fender y de justificar este tipo de «pasatiempos» con el pretexto de su proclamado «valor artístico», así como en nombre de la libertad de expresión. Un ejemplo límite de este deplorable estado de cosas es la película El exorcista, que ha suscitado una verdadera psicosis colectiva. ¡Parece increíble que a pesar de los efectos morbosos que produce se siga per­mitiendo su proyección!

Los métodos y las técnicas para realizar la purificación son muy numerosos. Algunos son de aplicación generalizada; otros son más específicos y se dirigen a tipos particulares de impurezas.

La eliminación de las ilusiones mentales hace necesaria una clara comprensión de la doble naturaleza de la mente.
1. La mente analítica

Dada su propia actividad, sobre todo si resulta estimulada por las impresiones, los impulsos, los deseos o las emociones, provoca un constante y a menudo febril torbellino de pensa­mientos y de conceptos erróneos, casi siempre de carácter egocéntrico.
2. La mente superior sintética

Esta proporciona una visión muy clara y acertada de aquello hacia lo que se dirige. Además de esta capacidad de percepción directa, también tiene la facultad de reconocer e interpretar rectamente las intuiciones que aparecen en el ám­bito de la conciencia. Este es el verdadero significado y come­tido de la discriminación. Pero a fin de poder cumplir con esta función, el campo de la conciencia debe ser purificado, vaciándolo de los contenidos que normalmente lo ocupan y le impiden la libre utilización de la mente superior y de la intui­ción. De ahí que sea una necesidad preliminar la meditación reflexiva, que tan sólo acepta las actividades mentales que sir­ven al propósito final de la conciencia. Después de esto es precisa la práctica y la consecución del «silencio mental», que elimina todos los obstáculos del canal que une a la mente con las funciones cognoscitivas superiores de la intuición y de la iluminación. A escala más amplia, esto significa la elimina­ción de todas las impurezas del canal que une el yo personal con el transpersonal. En realidad, significa la purificación de toda la personalidad, así como una desidentificación cons­ciente de ella mediante el cultivo de una «divina indiferencia» a sus pretensiones, produciéndose en consecuencia una pro­gresiva identificación con el Sí Mismo.

El hecho de alcanzar un cierto grado de purificación indi­vidual permite cooperar en la gran obra de purificación grupal y planetaria. Esto es algo que también debe de verificarse a todos los niveles. En el físico, el primer deber es el de purifi­car la materia de toda la contaminación producida por la hu­manidad con fines egoístas.

La atención que en la actualidad despierta la ecología nos de­muestra el creciente reconocimiento de la importancia de este deber; pero ello se encuentra tan sólo en estado inicial y debe re­correrse todavía un largo camino hasta que las devastaciones lle­vadas a cabo por el hombre puedan ser reparadas.

Una obra ulterior implica aquello que podríamos denomi­nar como «redención de la materia»; es decir, su refinamiento y su transmutación. Esto supone la redención por .parte de la humanidad de los innumerables seres que componen los tres reinos inferiores: animal, vegetal y mineral. A nivel emocio­nal, la purificación exige la dispersión de las miasmas y de los venenos que actualmente constituyen el principal contenido de este plano. En primer lugar, esto podría llevarse a cabo mediante la eliminación de las «obnubilaciones» de grupo.

La purificación del mundo mental exige la disolución y la destrucción de los viejos conceptos y dogmas, de las falsas, unilaterales y fanáticas ideologías que las mentes de los hom­bres fabricaron en el pasado y que, aún ahora, todavía se si­guen creando (la disolución de las ilusiones).
CUADRO DE MEDITACIONES PARA LA PURIFICACIÓN

I. Preparación:

1. Relajamiento físico

Apaciguamiento emocional

Silencio mental.

II. Consagración:

«Se me ha concedido ser tan puro como para abrazar el mundo sin desear retenerlo».

III. Elevación:

«Con las alas de la aspiración, proyecto el centro de la conciencia personal hacia el Sí Mismo».

IV. Afirmación:

Aserción de la propia identidad esencial con el Sí Mismo, «más puro que la nieve».

V. Proclamación:

Proclamación de la propia voluntad de pureza por parte de la personalidad compenetrada por el Sí Mismo.

VI. Meditaciones con los medios de purificación:

1. Purificación por el agua:

Pensamiento-semilla: Reflexionar sobre el agua como símbolo de pureza, de sanación y de universalidad. Visualizar una cascada de agua que desciende desde lo alto, arrastrando toda clase de impurezas y de obstáculos (lodo, piedras, etc.).

Pensar en una gran corriente de vida y de luz que desciende desde el reino transpersonal y limpia la personalidad enteramente de todas las impurezas.

2. Purificación por el fuego:

Reflexionar sobre el fuego como destructor de impurezas y de obstáculos. Visualizar:

a) Un gran fuego que quema un gran cúmulo de renuencias y rechazos.

b) Un terreno ardiente sobre el cual se consume los arbus­tos. Imaginar un torrente de fuego que desciende del Sí Mismo y purifica todos los vehículos de la personalidad.

15. Obstáculos al desarrollo espiritual: el miedo
Quien se dispone a recorrer, o ya está recorriendo, la vía del espíritu debe superar obstáculos de tres órdenes: menta­les, emocionales y volitivos. Vamos a examinar a continua­ción los obstáculos emocionales, que suelen ser los más fre­cuentes. No es raro, además, que los obstáculos mentales o intelectuales —como las dudas o el escepticismo— sean pro­vocados o acentuados por los emocionales o por los volitivos, siendo aquellos las mamparas o pretextos tras los cuales se ocultan los miedos y reticencias de los que ni siquiera somos conscientes.

De entre los diferentes obstáculos emocionales, hablare­mos sobre todo del miedo. El miedo es realmente la emoción más difusa, pero todos somos o hemos sido víctimas del miedo en un grado u otro. Además, puede alcanzar una gran intensidad y a conllevar efectos deletéreos.

Creo que se puede afirmar que del miedo se derivan la mayor parte de los males y de los sufrimientos que afligen a la humanidad. El miedo no tiene medida ni límites: ¡se puede tener miedo de todo! Es una variable que adopta innumera­bles formas. Muchos son los males que hacen sufrir a los hombres, ¡pero todavía mucho mayores son las desgracias, los accidentes o los cataclismos que no han llegado a suceder ni ocurrirán jamás! Sin embargo, hacen sufrir a aquellos que los temen tanto o más que si fuesen reales, ya que en su ate­rrorizada imaginación éstos son vividos y sufridos innumera­bles veces.

Pero el miedo no sólo produce sufrimientos internos. Es también un pésimo consejero que con frecuencia nos hace co­meter acciones perjudiciales, tanto para nosotros como para los demás, y nos induce a adoptar actitudes crueles y violentas. ¿Quién podría decir la cantidad de luchas y guerras que el miedo a originado? Es por ello que tiene un profundo sen­tido la aguda observación de Montaigne: Il n'est qu'une chose que nous devons craindre et c'est... la peur! (Sólo hay una cosa a la que debamos temer y es ... ¡el miedo!).

Verdaderamente hay personas que llegan a tener miedo ¡incluso del miedo mismo!

Siendo así que el miedo es un veneno que intoxica la vida del hombre, que de otro modo podría ser tan bella, gozosa y creativa, vale la pena movilizar nuestras fuerzas y facilitar el cambio que nos permita librarnos de esa «espina clavada en nuestra carne», según la eficaz expresión de San Pablo.

Podríamos decir que existen cinco tipos principales de miedos que son el fundamento de los cinco instintos básicos.

El primero es el instinto de conservación, que tiene como raíz el miedo a la muerte.

El segundo es el impulso sexual, que surge del miedo a la soledad y de la sensación de estar incompletos.

El tercero es el instinto gregario, y también él tiene su ori­gen en el miedo que experimenta el sujeto al sentirse un divi­dido, débil e inseguro individuo separado, lo que le induce a buscar apoyo y seguridad en sus asociaciones con los demás. El cuarto es la tendencia a la autoafirmación. Esto podría parecer el polo opuesto del miedo, pero un análisis más pro­fundo muestra que al menos una de sus raíces es el miedo a no ser apreciados, reconocidos o valorados en lo que merece­mos (¡o creemos merecer!) y, por consiguiente, de no disponer sobre los demás de todo el poder que desearíamos.

El quinto es la tendencia a indagar, la sed de saber susci­tada por el miedo a lo desconocido y al misterio.

Debemos reconocer que estos instintos han impulsado y espoleado al hombre a muchas actividades útiles e incluso ne­cesarias, y que por consiguiente el miedo que está en su raíz ha tenido y puede seguir teniendo una función benéfica. Pero, frente a ello, ¡cuánto daño hace! A este respecto, se puede de­cir aquello que dijo Alessandro Manzoni sobre el amor: «¡Nos hiere al menos 600 veces más de las necesarias!»

Nombraré apenas (porque requerirían de un tratado en sí mismas) las formas morbosas del miedo. Estas son: la ansie­dad, la angustia, la fobia y los miedos colectivos.

¿Cómo podemos librarnos del miedo? Existen dos grupos de medios —los medios psicológicos y los medios espiritua­les— los cuales actúan a distinto nivel por lo que es aconseja­ble que se utilicen conjuntamente. Los más eficaces son, natu­ralmente, los segundos; pero también los primeros son útiles, y son además de aplicación más sencilla y por ello más opor­tuna en ciertos casos y a la espera de saber utilizar bien los se­gundos.
1. Métodos psicológicos

I. Uso de la mente — Reflexión — Persuasión.

La relación entre la mente y las emociones varía en fun­ción de los diferentes niveles de desarrollo psicológico:

a) La mente se halla sometida a las emociones.

b) La mente se halla desvinculada de éstas, pero es incapaz de modificarlas de forma eficaz.

c) Dominio y transmutación de las emociones por parte de la mente.
II Psicoanálisis. La exploración del inconsciente. Hallar las raíces del miedo y llevarlas a la luz de la conciencia.

III Desvío y sustitución por medio de:

a) Actividades físicas y deportivas.

b) Dirigir la imaginación hacia otros puntos.

c) Utilizar el humor. Esto puede resultar muy eficaz: El novelista Talbot Mundy consiguió salvar su vida gracias al recuerdo de una escena cómica, el cual le li­beró del miedo que le paralizaba durante una situación muy peligrosa.

d) Cultivar emociones positivas y dinámicas: valor, alegría, etc.

IV. Ejercicios psicagógicos.

a) Sugestiones y afirmaciones.

b) Entrenamiento mediante la imaginación: intentar vivir con anterioridad el acontecimiento temido (examen, oposiciones, etc.); repetirlo en la imaginación hasta que el miedo haya desaparecido.
2. Métodos espirituales

Cualquier miedo está basado en la ignorancia o en el error, y puede ser vencido fácilmente por la luz de la verdad y me­diante la realización espiritual.

Examinemos las diferentes tendencias:

1. Instinto de conservación, miedo a la muerte. Bajo el punto de vista espiritual, la muerte no existe. Cuando abandonamos el cuerpo físico pasamos a una vida mejor, mucho más libre y hermosa.

2 y 3. Miedo a la soledad y al aislamiento. Se supera:

a) Mediante la comunión con Dios, con la Vida y con el Sí Mismo inmortal.

b) Con el amor espiritual, el compañerismo y la vida de grupo. (Aunque parezca una paradoja, cuanto menos se teme el aislamiento y menos se necesita o se exige el amor y la compañía de los demás, más solicitado y amado se es). Esforcémonos por comprender y re­ conocer que el aislamiento no es más que una ilusión. Seamos en todo momento partícipes de la Vida universal, en presencia y en unión con lo Supremo.

4 Miedo al fracaso, sentimientos de inferioridad y de ahí, una excesiva y separativa tendencia a la autoafirmación. Esta se elimina por medio del reconocimiento de nues­tros poderes latentes y de nuestra naturaleza espiritual.

5. Miedo de lo desconocido y del futuro. Este se supera:

a) Mediante la reflexión de que los males que tememos, a menudo ni siquiera llegan a presentarse (¡mas bien son otros los que se presentan!).

b) Con la fe de que no se nos presentan pruebas superiores a nuestra resistencia. Las dificultades suscitan las energías necesarias para superarlas.

c) Con el desarrollo de la consciencia y de la sabiduría. La ciencia ha eliminado muchos miedos supersti­ciosos: cuanto más se sabe, menos se teme; pero la verdadera consciencia espiritual es la intuición íntima y directa, es la ilu­minación, la identificación con la verdad y con la vida, que son esencialmente una única realidad.

Con esta identificación se superan las limitaciones de la conciencia separada. Cada comprensión de una nueva verdad produce una ampliación de la conciencia junto con una sensación de gozosa expansión y de liberación.
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