Colección conciencia global




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títuloColección conciencia global
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16. El miedo a sufrir: reflexiones sobre el dolor
Uno de los mayores obstáculos que se oponen a nuestro desarrollo espiritual es el miedo a sufrir.

Este nos hace retroceder ante las dificultades y nos impide luchar, cortándonos las alas y paralizando nuestros más gene­rosos impulsos. Pero también hace algo peor: con frecuencia nos induce a abandonar nuestros deberes, a faltar a nuestros compromisos internos o externos y nos hace pecar de omi­sión, lo cual no es a veces menos grave que caer en el exceso.

Por consiguiente, es imprescindible para todo hombre que aspire a recorrer la vía del espíritu el proponerse superar este obstáculo, venciendo o al menos atenuando su miedo a sufrir.

Pero, para conseguir vencer este miedo fundamental y tan arraigado en nosotros, hay que conocer la verdadera natura­leza, el significado y la función del sufrimiento. Es necesario aprender cuál es el mejor comportamiento que podemos adoptar frente a éste, pero sobre todo también debemos aprender cómo transformarlo para que llegue a ser una ver­dadera fuente de bien espiritual.

La primera lección que debemos aprender con respecto al dolor es una lección de consciencia y de sabiduría. De hecho, mientras sigamos considerando el sufrimiento como un mal, como algo injusto, cruel, o como mínimo incomprensible, no seremos capaces de dominar el arte que se requiere para aco­gerlo, transformarlo y convertirlo en algo positivo.

En el pasado, muchos se conformaban con explicaciones dogmáticas o renunciaban a comprenderlo, amparándose en Dios; a algunos todavía les basta con ello. Pero, actualmente, la mayoría de los hombres no pueden ni quieren permanecer dentro de estos límites, y quieren conocer, comprender y llegar al menos hasta donde su razón humana y su intuición es­piritual se lo permita.

A esta insuprimible exigencia del hombre moderno, y para su hambre interior, los grandes conceptos espirituales ofrecen un sano y vital alimento que le proporciona una total satisfacción, tal y como puede atestiguar por experiencia quien en ellos ha encontrado la luz, la fuerza y la paz.

Dichos conceptos son bien conocidos, por lo que tan sólo acentuaremos la luz con la que alumbran el problema del do­lor.

La humanidad se encuentra ahora en el arco ascendente de su evolución. Tras haber descendido hasta lo más pro­fundo de la materia, ahora está subiendo lenta y fatigosa­mente hacia el espíritu, hacia su patria eterna.

El hombre, tras haber alcanzado el máximo de la separatividad, de la auto limitación y del egocentrismo, ahora debe ir ampliando gradualmente los confines de su propio yo perso­nal restableciendo la comunicación armónica con sus seme­jantes, con el universo y con lo Supremo.

Cuando el hombre empieza a sentir esta íntima necesidad y este deber, se inicia en él una ardua e intensa lucha: el im­pulso y la tendencia a la ampliación y a la expansión chocan contra las rígidas y duras barreras de la separatividad y del egoísmo.

El alma se siente entonces como un pájaro enjaulado: pri­sionera de una estrecha celda; en consecuencia, se debate y sufre.

Este es el estadio crítico y doloroso que precede necesaria­mente a la liberación —o, mejor dicho, a una primera libera­ción— del alma.

En el actual período de despertar espiritual, muchas per­sonas se encuentran atravesando precisamente esta fase. A la luz de esta exposición sintética, la cual nos demuestra que el sufrimiento es algo necesario e inevitable para nuestro pro­ceso de evolución, podremos comprender más profunda­mente y aceptar con más facilidad los distintos significados particulares y las diferentes funciones específicas del dolor.

En primer lugar, podemos darnos cuenta de que el sufri­miento constituye una expiación ligada a la inevitable ley de causa y efecto.

Pero dicha expiación no constituye la única función del sufrimiento, ni es tampoco la más importante o esencial. El sufrimiento ayuda poderosa y directamente al ascenso y libe­ración del alma: la purifica, quemando con su benéfico fuego muchas de las escorias terrenas; y la esculpe, liberando del bloque de materia informe al dios que estaba encerrado. Como dice la bella expresión: «Los dioses se forman a golpe de martillo».

Así pues, el sufrimiento templa y refuerza, desarrollando en nosotros este difícil y admirable poder de resistencia inte­rior que es condición indispensable para el desarrollo espiri­tual. Muchas personas no se dan cuenta que el espíritu es algo tremendamente poderoso y que carecemos todavía de la suficiente fuerza y resistencia para acogerlo y soportarlo. Am­bas cosas se desarrollan sobre todo mediante el dolor.

Además, el sufrimiento desarrolla y hace madurar todos los aspectos de nuestra conciencia, especialmente los más profundos y sutiles. El dolor obliga a que desviemos la aten­ción del fantasmagórico mundo exterior, nos libera del apego hacia él y nos hace profundizar en nosotros mismos; nos hace más conscientes y nos incita a buscar consejo, luz y paz en nuestro interior y en el espíritu que anida en cada uno de no­sotros. En resumen, el dolor nos despierta y hace que nos re­velemos ante nosotros mismos.

Nuestro dolor, en fin, nos permite comprender mejor y compartir el dolor de los demás, lo cual nos hace más sabios y dispuestos a prestar ayuda a los que nos rodean. Como dice el hermoso verso virgiliano: «Non ignara mali, miseris succurrere disco» (no ignorando el mal, aprendo a socorrer a los in­felices).

Sin embargo, llegados a este punto se podría objetar: ¿por qué, entonces, el dolor produce tan a menudo el efecto con­trario? ¿Por qué a veces nos irrita, nos exaspera y nos empuja al mal, al odio y a la violencia?

Que esto es así, y ello con lamentable frecuencia, es inne­gable; pero no debe considerarse como un efecto necesario y fatal del dolor. Una observación psicológica mucho más pro­funda demuestra claramente que la mayoría de las veces es­tos efectos se deben a la actitud de oposición que solemos adoptar ante los acontecimientos dolorosos.

Descubriremos que este es un hecho importantísimo, so­bre el cual debemos concentrar nuestra atención: las conse­cuencias del sufrimiento y su cualidad dependen más que nada de la actitud que asumimos frente a él, de cómo lo reci­bimos interiormente y de nuestras reacciones externas. San Pablo ya expresó sintéticamente esta verdad en la hermosa frase: «Hay dolores que ensalzan y dolores que abisman».

Por ello vamos a examinar a continuación las diversas ac­titudes que podemos asumir ante el dolor y las consecuencias que de ellas se derivan.

Si nos sentimos impotentes ante el dolor —que es lo que sucede con frecuencia— nos rebelamos contra él y el resul­tado es una exacerbación del dolor, un nuevo dolor que se añade al primitivo dolor formándose un círculo vicioso que da lugar a errores, culpas, obcecación, desesperación, violen­cia, etc.

Con las pruebas se sufre menos, al evitarse algunas de las consecuencias negativas externas, pero seguimos conser­vando las internas: como el abatimiento, la depresión o la ari­dez; de este modo de ellas no se aprenden buenas lecciones, sino meramente a soportar y a aguantar.

La aceptación del dolor presupone, por el contrario, esa consciencia de la que hemos hablado anteriormente o un acto de fe: fe en Dios y en la bondad de la vida; pero para ser efi­caz debe ser una fe viva y activa.

Es aceptando inteligentemente el dolor como se aprende de sus múltiples lecciones; se coopera, y ello reconforta y abre­via considerablemente el sufrimiento. Además, no es raro que suceda un hecho sorprendente: apenas bien aprendida la lec­ción, la causa del sufrimiento desaparece.

En todos y cada uno de los casos, tras la aceptación del dolor sobreviene una maravillosa serenidad, una gran fuerza moral y una profunda paz.

En ciertos casos se puede llegar a una tan plena compren­sión de la función y del valor del sufrimiento, a una acepta­ción tan voluntariosa, que se experimenta un sentimiento de alegría incluso en medio del mayor sufrimiento.

Santa Teresa —que habla de su experiencia personal al respecto en su biografía— califica de misterio a este hecho.

Pero, a la luz de estas concepciones, tal aparente misterio tiene una clara explicación.

Sabemos, de hecho, que el hombre no es algo simple, sino que está compuesto de una multiplicidad psicológica. Existen en nosotros diversos niveles, por lo cual es perfectamente fac­tible que mientras que el nivel emotivo —por ejemplo— su­fre, otro nivel más elevado pueda estar gozando.

Es posible, entonces, que en algunos casos el gozo y la ale­gría inherentes a la aceptación espiritual puedan prevalecer hasta el punto de superar el dolor y de hacerlo desaparecer directamente de la conciencia.

Estos datos, aunque demasiado sucintos e incompletos de­bido a la vastedad del tema y a su complejidad, pueden al menos ayudar a comprender la profunda justificación del do­lor en la vida de los hombres y su necesaria función evolu­tiva, así como a sentir la elevada y preciosa tarea a la que po­demos ofrecerlo y consagrarlo.

17. Obstáculos al desarrollo espiritual: los apegos
Durante nuestro examen de las dificultades y los obstácu­los que dificultan y hacen más dolorosa la ascensión del hom­bre hacia las cumbres de la consciencia espiritual, hemos des­tacado al miedo, el cual puede asimilarse a una parálisis que inmoviliza el pie del caminante y lo deja sin fuerzas y sin áni­mos para proseguir su camino.

Ahora hablaremos de los múltiples apegos —a las perso­nas, a las cosas y a las formas de vivir— que podrían ser com­parados con pesadas bolas de plomo atadas a los pies del ca­minante y que le impiden proseguir su marcha, o a un muro que le obstaculiza el paso y que a veces le obliga incluso a re­troceder.

El hombre que Va viviendo', que se deja arrastrar por la corriente y jamás se detiene a estudiarse a sí mismo, no se da cuenta —al menos hasta que no surge algún elemento grave— de lo esclavo que es y de lo atado que está. Pero cuando intenta iniciar el ascenso, abandonando su morada habitual y los trillados caminos de la llanura, pronto se da cuenta de lo numerosas y tenaces que son los apegos que lo mantienen prisionero.

Estos apegos son de dos clases:

Apegos activos: instintos, pasiones, deseos y afectos que nos atan a otras personas o a cosas, y que absorben ener­gía, que exigen tiempo, cuidados y consideración, y que dis­traen de múltiples formas nuestra atención de la elevada meta a la que aspiramos.

Apegos pasivos: son menos evidentes, pero no menos reales y obstaculizantes. Son la inercia, la pereza física y mo­ral, la 'pesadez', que inmoviliza por lo bajo; cualquier tipo de rutina, de hábitos, de tradición, de costumbres, de 'moldes' en los que nos refugiamos para obviar nuestro ascenso.

Desde el punto de vista espiritual y de los verdaderos va­lores, todo apego apasionado y exclusivo o cualquier tipo de inercia moral se basa en una falsa apreciación y en una visión equivocada. Ello denota una ausencia de perspectiva, una concepción parcial y deforme de la realidad, una violación de las leyes de la armonía y del gran principio jerárquico por los cuales la Divinidad, la Realidad, el Bien, que es el Valor Su­premo, deberían ocupar el primer puesto en nuestras mentes y en nuestros corazones y convertirse en la meta más elevada de nuestra voluntad.

Desde otro punto de vista, se puede decir que todo apego constituye un error que se opone a las leyes de la vida, ya que lo que aquéllos pretenden es la vana y desesperada empresa de cerrar, fijar y congelar una parte de la vida, desarraigán­dola del resto, mientras que la vida es una unidad solidaria que, como una inmensa corriente en continuo fluir, constituye una manifestación dinámica en continua transformación. De­bido a ello, sucede que lo que en un momento dado era una ayuda, un estímulo o una condición favorable a la expansión, con el tiempo llega a convertirse en un obstáculo, una atadura o una rémora.

Esto es lo que origina, por ejemplo, el drama del amor ma­terno, cuando la madre no tiene la sabiduría necesaria para transformar la calidad y las manifestaciones de su propio amor, adecuándolas gradualmente al desarrollo de la perso­nalidad de sus hijos.

De ello se deriva un importante hecho: que los apegos son un obstáculo a la realización espiritual no sólo cuando son del tipo inferior o negativo, sino también cuando se pueden cali­ficar de 'buenos'. Son estos últimos, además, los más insidio­sos y tenaces precisamente porque tienen una aparente 'justi­ficación'.

Entender bien todo esto, y liberarse con ello de las ilusio­nes y de la ceguera, es de gran ayuda: es el primer y necesario paso. Pero, por sí solo, no es suficiente. Solamente señala el inicio de la lucha y de la tarea a emprender para la liberación interior.

Pero aunque hayamos comprendido bien todo esto y desee­mos librarnos de ellos, los apegos siguen manteniendo una obstinada resistencia en nosotros. Rabindranath Tagore lo supo expresar bastante bien en uno de los poemas del Gitanjali:
Tenaces son las cadenas, y el corazón me duele

con sólo intentar romperlas.

Sólo la libertad quiero, pero de aguardarla me avergüenzo.

Cierto estoy de que hay en Ti inapreciables riquezas,

de que eres Tú mi mejor amiga, pero no tengo el valor

de desprenderme del oropel que obstruye mi morada.

Como de un lienzo de cenizas y de muerte estoy recubierto,

un lienzo que detesto, pero que aprieto en mi pecho.

Muchas son mis deudas, grandes mis carencias,

secreta y agobiante mi vergüenza; mas cuando voy a rogar

por lo que es mi más preciado bien, tiemblo ante el temor

de que mi plegaria sea escuchada.
Veamos ahora los distintos métodos por los que se pro­duce el desapego:
1. Método del 'desgarro'

A menudo la vida nos lo impone, desarraigándonos de un modo u otro de las personas o cosas de las cuales estamos apegados. Es la forma más rápida y radical, pero también la más dolorosa ya que puede suscitar graves reacciones. Pero tras un período de tempestad emotiva, durante el cual poca ayuda se puede prestar, la persona supera por sí misma esta etapa y sale de ella más madura y reforzada.
2. Método de la transmutación

De esta forma se transforman los apegos por medio de la sublimación de las energías emotivas que los determinaban, y mediante la ampliación y la substitución de los objetos hacia los cuales se dirigía. Es la forma más gradual y armónica, y al final conduce a los mismos resultados.

Este camino es más o menos fácil en función de las carac­terísticas de cada individuo, las cuales son —desde este punto de vista— de lo más variadas.-.Las energías emociona­les son, en algunas personas, plásticas, ágilmente mutables, tal vez incluso demasiado influenciables; en otras, por el con­trario —y usando una metáfora material— podríamos decir que son más bien densas, viscosas, tenaces, y son, por consi­guiente, muy difíciles de transformar o de desplazar.

Veamos ahora cómo se puede aplicar este método al más típico e importante de los apegos: aquél que llamamos 'amor'.

Con la palabra 'amor' se designan cosas tan distintas como: el amor sensual e instintivo; los diversos tipos de amor pasional y sentimental; el amor místico y el espiritual; etc.

Este tema requiere un amplio estudio, y más adelante nos extenderemos más sobre él (en el capítulo titulado Transmuta­ción y sublimación de las energías afectivas), pero por ahora nos limitaremos a hacer unas cuantas observaciones.

La transmutación más importante y que se presenta con más frecuencia es la sublimación del amor pasional y emotivo en amor espiritual. Veamos cuáles son las diferencias que hay entre ellos.

El amor pasional es posesivo, exigente, acaparador, exclu­sivo y celoso. El amor espiritual es generoso, resplandeciente. Quien ama espiritualmente, permanece libre y da libertad.

Las características del amor espiritual son:

a) Amor a la Divinidad, al Supremo, sobre todas las demás cosas y criaturas. Pues, al ser el Bien Supremo, requiere y me­rece ocupar el primer puesto. Este es el verdadero significado de la expresión simbólica «Dios es celoso», que tan a menudo se ha prestado a errores de interpretación. No obstante, el amor hacia la Divinidad, o como se prefiera llamar al Ser o a la Esencia Universal (El Supremo Valor, la Mente Cósmica, la Su­prema Realidad, etc.) puede tener distintos grados de eleva­ción y de pureza.

Así, en un primer momento, se suele amar a Dios por la dulzura interior que ello nos proporciona, por la gracia que vierte sobre nosotros o por los beneficios que esperamos reci­bir de El. Posteriormente, y a través de sucesivas y penosas purificaciones, llegamos a amarlo de una forma cada vez más desinteresada, más generosa y elevada. Este estadio de rela­ción amorosa con Dios ha sido expresado de forma admirable y con un profundo análisis psicológico por Santa Teresa y San Juan de la Cruz en sus diversas obras; también podemos per­cibirlo, aunque de forma más concisa, en el siguiente poema de Rabindranath Tagore:
Muchos son mis deseos y lastimoso mi grito, pero Tú siempre me has salvado con duros rechazos; y de esta gran misericordia se ha ido tejiendo mi vida.

Día a día, Tú me honras con esos grandes y sencillos dones que me otorgaste sin haberlos pedido — este cielo y la luz, este cuerpo y la vida de la mente — y me mantienes a salvo del peligro de un exceso de deseos.

Unas veces me demoro perezosamente; otras, me despierto y me apresuro en busca de la meta; pero Tú, despiadado, te ocultas de mi vista.

Día a día, a base de continuos rechazos, me haces digno de ser inter­namente aceptado, y me salvas de los peligros de un amor débil e in­cierto.
b) Amor a todo y a todos en Dios. Es decir, con referencia a Dios y como manifestación de Dios; como almas que, a la par que nosotros, buscan el camino para retornar a Dios.

Amor espiritual, diferenciado según su objeto. El amor espiritual no es algo frío, abstracto o indiferenciado. Es, por el contrario, algo cálido y vivo que asume diversas cualida­des específicas en función de la diferente naturaleza de los seres hacia los que se dirige y, por consiguiente, de las distin­tas relaciones de afecto y de sentimiento que tenemos con ellos.

La ampliación de la esfera de nuestras relaciones afectivas —con un apego consiguiente menor, limitado y reducido a una sola relación u objeto— se ve muy favorecida por las nuevas características que va asumiendo la vida moderna. La ex­pansión e intensificación de las relaciones humanas, a conse­cuencia de los más rápidos y simples medios de comunica­ción, y los nuevos modos de vida que éstos comportan, favorecen múltiples tipos de camaradería y cooperación, y co­rrigen oportunamente la tendencia al exclusivismo y al apego excesivo.

Lo mismo puede decirse referente a la substitución de los objetos sobre los cuales vertemos la mayor parte de nuestras energías afectivas: esos tesoros del sentimiento que constituyen el penoso embarras de richesses de muchas almas, sobre todo de las femeninas. La variada y creciente mole de actividades so­ciales ofrece numerosas ocasiones para explayar benéficamente los sentimientos que la vida no ha permitido dotar de un vín­culo directo y personal.

También está la sustitución de los sujetos humanos por su­jetos espirituales, tal y como R. W. Emerson reflejó con esta breve pero eficaz frase: «Cuando los semidioses se van, vie­nen los Dioses».
3. Método de la desdramatización y el humor

Muchas personas están excesivamente apegadas porque suelen tomarse la vida, las situaciones o las personas con ex­cesiva seriedad. Estas personas tienden a tomárselo todo por lo trágico. Para liberarse de ello deberían cultivar una actitud más suelta, más serena y más impersonal.

Se trata de aprender a observar la comedia humana desde arriba, sin participar en ella demasiado emocionalmente, como si la vida del mundo fuera una mera representación tea­tral en la cual cada uno tiene su propio papel. Debemos inter­pretar nuestra parte de la mejor forma posible, pero sin llegar a identificarnos del todo con el personaje.

Una de las concepciones hindúes más profundos y genia­les es la 'danza cósmica' de Siva, deidad que representa uno de los tres aspectos del Supremo. Podemos resumirla del si­guiente modo:
La danza de Siva tiene un triple significado: primero está la imagen de su juego rítmico, que simboliza el movimiento del Cosmos; des­pués el objetivo de esta danza, que es liberar a las innumerables al­mas humanas de la esclavitud de las ilusiones; expresa, finalmente, que el lugar de la danza —el Centro del Universo— está en nuestro corazón.
Esta misma concepción está bella y sugestivamente expre­sado por Hermann Keyserling, en el capítulo que se titula precisamente «Divina Comedia» de sus Méditations Sud-Américaines.

Observando y viviendo la vida de esta forma tan elevada y con esta libertad, nos damos cuenta de que si bien ésta tiene sus lados serios, duros y dolorosos, también posee vertientes alegres, amenas y luminosas, así como toda una serie de as­pectos cómicos y graciosos. Estos constituyen el justo y nece­sario contrapeso y equilibrio de aquellos. El arte de vivir con­siste en saber alternar oportunamente los distintos elementos y actitudes; hacerlo así está en nuestras manos en mucha ma­yor medida de lo que creemos.

Un arma valiosísima para este fin es el humorismo, cuya vertiente mejor y más elevada —lejos de ser una vulgar comi­cidad superficial— está llena de sentimiento. Este tipo de hu­mor implica comprensión, simpatía y compasión desintere­sada.
4. Método de la independencia interior y de la autonomía espiritual

Muchos de nuestros apegos son fruto de una sensación de dependencia hacia los demás, a la necesidad (real o ficticia) de apoyo y ayuda. Muchos creen —y lo temen— que no sa­ben valerse por sí mismos y están seguros de perderse si no se apoyan o se amparan en los demás.

Para librarse de este tipo de apegos, que nos limitan y es­clavizan, es necesario tener fe en las poderosas energías laten­tes en el alma humana, y presentes en todos nosotros. Es pre­ciso reafirmar nuestra verdadera naturaleza espiritual haciendo una llamada a nuestro verdadero ser, a nuestro Yo superior y espiritual. Esto es lo que es estar en comunión con la Suprema Realidad Espiritual, y en ella encontraremos toda la luz, toda la fuerza y toda la ayuda que necesitemos.

Para terminar, debemos darnos cuenta de que librarse de los apegos no requiere una tarea negativa, ni implica una mu­tilación o algún tipo de pérdida.

Tal y como dijo un sabio oriental: «Poco a poco aprende­réis a desapegaros, y descubriréis que podéis amar a aquellos que os son queridos de una forma mucho más profunda y constructiva'

Lograr desapegarse significa haber conquistado la más elevada de todas las libertades; tal vez, incluso, la única y ver­dadera libertad: la libertad de los hijos de Dios.

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