Colección conciencia global




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títuloColección conciencia global
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fecha de publicación28.08.2016
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18. Obstáculos emotivos y mentales: agresividad y criticismo
Ahora examinaremos otro de los mayores obstáculos que se oponen a la realización espiritual: la tendencia a la auto-afirmación personal con sus correspondientes manifestaciones agresivas. Estas manifestaciones son muy variadas, pose­yendo unas un carácter más impulsivo y otras una naturaleza más mental. Las examinaremos conjuntamente, ya que a me­nudo los elementos emocionales y los elementos mentales se asocian y se entrelazan en nosotros de modo complejo.

Entre las manifestaciones de carácter agresivo podemos destacar el antagonismo en sus diversas formas: ira o cólera, resentimiento, reprobación, censura y criticismo.

La ira o cólera es la reacción provocada por cualquier obstáculo o amenaza a nuestra existencia o a nuestra auto-afirmación en cualquiera de los aspectos de nuestra vida. El he­cho de que se trate de una reacción 'natural' no implica que siempre sea oportuna y ni siquiera ventajosa para los fines egoístas de la autoafirmación. No es raro que conlleve un daño evidente: la ira es una pésima consejera y si no se do­mina puede conducir a excesos y a actos de violencia que, al igual que el bumerang australiano, rebotan contra aquel que los ha lanzado. Esto es algo tan patente que ni siquiera val­dría la pena insistir en ello, pero desgraciadamente, ¡en la vida a menudo nos olvidamos de las cosas más notorias y ele­mentales!

Otro efecto dañino de la ira es que literalmente produce auténticos venenos en nuestro organismo. Estos son provoca­dos por el resentimiento, que puede considerarse como una irritación crónica.

Pero considero oportuno detenerme en un aspecto de la tendencia combativa que merece una especial atención de­bido a su insidiosa y sutil naturaleza, su enorme difusión y sus efectos particularmente maléficos. Se trata del criticismo: esa tendencia —o casi podríamos decir que manía generali­zada— por censurar y desvalorizar a nuestro prójimo en toda ocasión.

Examinemos por qué tal tendencia se halla tan poderosa­mente difundida: ¿por qué tantas personas, provistas en otros aspectos de una gran calidad moral, se dedican con ardor, casi con entusiasmo, a criticar a los demás experimentando con ello un vivo placer que puede verse reflejado en todo su ser: desde el brillo de sus ojos, hasta las inflexiones de su voz o a la animación de sus gestos?

Un breve análisis psicológico nos permitirá comprender este hecho con facilidad. De hecho podemos observar cómo muchas de las tendencias fundamentales del hombre encuen­tran satisfacción en el criticismo. En primer lugar, criticar sa­tisface nuestro instinto de autoafirmación: el constatar y po­ner en evidencia las deficiencias y debilidades ajenas nos proporciona una agradable sensación de superioridad y ex­cita nuestra vanidad y presunción. En segundo lugar, ofrece un desahogo directo a nuestras energías combativas con una doble cualidad: por un lado nos proporcionan la satisfacción de una fácil victoria obtenida sin ningún tipo de peligro (puesto que el enemigo está ausente), mientras que por otro parece algo inofensivo —a veces incluso como un deber— es­capando a cualquier freno o censura interna al haber enga­ñando así a nuestra propia conciencia moral.

A ello se añade el hecho de que para muchas personas que deben someterse al dominio de otras sin oponerse, o que de­ben soportar situaciones y condiciones que les resultan desa­gradables pero contra las cuales no pueden rebelarse, el criti­cismo constituye el único modo de liberar su hostilidad y sus resentimientos reprimidos: es su única válvula de escape para disminuir sus presiones internas. Este hecho explica también por qué el criticismo se halla más desarrollado entre el sexo femenino que entre el masculino (y esta constatación no es mía). Y es que, en efecto, el hombre dispone de otros y peores medios para manifestar sus tendencias combativas, de los cuales suele hacer amplio uso.

Finalmente, el criticismo satisface —y es un hecho cu­rioso— nuestra propia tendencia de comunión con los demás, aunque bien es cierto que de forma parcial y nada edificante. Esta aparente paradoja no debe asombrarnos demasiado. Es un hecho que lo que más une y reconcilia a las personas y a los grupos es tener un enemigo común, ya sea presunto o real. Por consiguiente, no debe sorprendernos que los hom­bres se proporcionen con suma facilidad el placer de conge­niar y de entenderse con los demás a través de ¡hablar mal de sus semejantes! Pero naturalmente, en estos casos no puede decirse que se trata de una verdadera unión sino de acomo­dos temporales y superficiales, ya que están basados en la separatividad y no en la unidad; es por ello que estos vínculos negativos suelen deshacerse con facilidad. De este modo, en el ámbito del criticismo, no es raro que Tizio y Cayo hablen mal de Sempronio, que poco después Tizio y Sempronio criti­quen a Cayo, y que ello no excluya que cuando Cayo y Sem­pronio se encuentren ¡hagan lo mismo con Tizio!

La actitud psicológica del criticista sistemático, y toda su ridícula presunción, se halla perfectamente reflejada en la si­guiente anécdota inglesa: dos ancianos escoceses revisan con complacencia todas las locuras de sus conocidos. Una vez finali­zada esta nada breve tarea, uno de ellos observa a modo de con­clusión: «En resumidas cuentas, amigo mío, se puede decir que todos los hombres están locos, a excepción de nosotros dos, claro está... Aunque, bien mirado, tu también estás un poco...»

Una particular manifestación del criticismo la constituyen la burla y el escarnio. Todos los pioneros e innovadores han sido ridiculizados e incluso tachados de desequilibrados.

Sería conveniente destacar que existe una diferencia radi­cal, aunque frecuentemente no reconocida, entre la burla y el humorismo. La burla es antagónica, intransigente y casi siem­pre cruel. Por el contrario, el humorismo está dotado de indulgencia, bondad y comprensión. Este último consiste en contemplar desde lo alto, en su justa medida y proporción, las debilidades humanas. Y el verdadero humorista es aquel que, ante todo,... ¡se ríe de sí mismo!

¿Cómo podemos llegar a librarnos de nuestra tendencia al criticismo?

Existen varios medios muy eficaces:
1. Transformación y sublimación

La tendencia a la crítica puede transformarse en una sutil y sabia discriminación. Esta no es tan sólo legítima, sino tam­bién necesaria. En realidad, y al contrario de lo que sostienen algunos, no criticar no significa no reparar en las deficiencias ajenas o cerrar los ojos frente a éstas, ni mucho menos ceder pasivamente a las injustas exigencias de los demás.

Lo que distingue al criticismo de una justa y adecuada dis­criminación es la actitud interna frente al descubrimiento de los defectos ajenos: mientras que el criticista se siente compla­cido más o menos conscientemente, el que discrimina sufre con ello; no sólo no acentúa ni difunde tales defectos, sino que se siente impulsado a compadecer y a ayudar a las perso­nas imperfectas. Lejos de complacerse en su propia superiori­dad, preferiría que el otro fuese igual o superior que él, desea que aquél se corrija y actúa con este fin. Si en alguna ocasión —por amor a la verdad, por mantenerse fiel a sus propios principios o también por el bien de los demás— el que discri­mina espiritualmente se ve obligado a manifestar abierta­mente su disentimiento, debe amonestar o advertir ante una situación, o debe defender alguna causa, institución o per­sona injustamente atacadas, lo hace con fuerza y valentía, pero siempre de forma serena e impersonal.

2. Desarrollo de las cualidades opuestas

Estas cualidades pueden dividirse en dos grupos. El pri­mero abarca la bondad, la dulzura, la generosidad y el amor.

Téngase en cuenta que no estamos hablando de una pseudo-bondad pasiva, débil y sentimental, sino de la bon­dad espiritual, que es potente, dinámica e irradiante. Es un tipo de bondad como la de San Francisco de Asís, que amansó al lobo de Gubbio y a muchos 'lobos humanos'. Es la bondad de su homónimo, San Francisco de Sales, cuya dul­zura e imperturbable bondad produjeron numerosas conver­siones. El poder de la dulzura se halla magníficamente refle­jado en un agudo proverbio toscano: «Se cazan más moscas con una sola gota de miel que con cien barriles de hiel». Esto es algo tan evidente que resulta superfluo insistir más en ello. También en este caso se trata 'tan sólo' de llevarlo a la prác­tica.

El segundo grupo de cualidades está constituido por la estima, las alabanzas, la gratitud y la constante acentuación del lado bueno de las cosas, de los hombres o de las cir­cunstancias. A este tipo de apreciación normalmente se le suele llamar optimismo, pero no se trata de un optimismo ciego y superficial. Pueden verse claramente todos los as­pectos de la vida, incluso los más oscuros o negativos, pero entonces se dirigen conscientemente la atención, el interés y el aprecio hacia los positivos.

Según una cita de Alphonse Karr: «El pesimista ve la es­pina bajo la rosa, mientras que el optimista ve la rosa sobre la espina». O bien, utilizando otra imagen: «Ante un vaso de agua lleno hasta la mitad, el pesimista lo ve medio vacío mientras que para el optimista está medio lleno».

Esta actitud la expresó poéticamente Vittoria Aganoor Pompili a través del siguiente diálogo entre San Francisco y uno de sus frailes:
«San Francisco, me parece oír el triste silbar

de las serpientes bajo los arbolillos».

«Yo no escucho más que el plácido susurrar

del pinar y el himno de los pajarillos».

«San Francisco, desde el estanque y por la salvaje vía

me llega un aliento que apesta.»

«Yo sólo huelo a tomillo y a hiniesta

Y del estanque bebo salud y alegría».

«San Francisco, aquí el suelo se hunde y además,

llega la noche y estamos lejos de las celdas».

«Levanta tus ojos del fango, hombre, y verás

en los celestes huertos renacer las estrellas».
Esta cordial percepción del lado bueno y luminoso de to­das las cosas y de todos los seres, facilita y alegra la vida. Nos proporciona la luz y las fuerzas necesarias para poder librar­nos de esos sentimientos de descontento, de mal humor, de rebelión o de resentimiento contra las circunstancias, contra la vida, o incluso contra el mismo Dios, y que constituyen el as­pecto más amargo, más tormentoso, más ciego y también más mezquino de todos nuestros dolores y adversidades.

Osamos criticar a Dios y acusarlo —más o menos cons­cientemente— de insensibilidad, de dureza y de crueldad ha­cia nosotros mismos o a los demás, sin ni siquiera darnos cuenta de lo ridículo de nuestras presunciones y sin recordar cuántas veces, con la distancia del tiempo, hemos terminado por reconocer la función espiritualmente benéfica del dolor.

Es necesario que sepamos ver la acción de Dios, incluso cuando nos parece dura y adversa. Victor Hugo escribió una fina apología a este respecto:
... el caballo debe ser maniqueo.

Ahrimán le hace daño; Ormuz le hace el bien;

cada día, bajo la fusta, se siente despedazado,

siente tras él al terrible patrón invisible,

ese desconocido demonio que lo cubre de golpes;

al anochecer, ve a un ser dulce, bueno y solícito

que le da de comer y de beber,

que pone paja fresca en su negro establo,

que intenta apaciguar su dolor con calmantes

y su dura fatiga con el reposo.

Uno de ellos le persigue, pero el otro le ama.

Y el caballo se dice a sí mismo:

«Son dos»; pero son el mismo.
Muchos opinan que la estima, la alabanza o la gratitud po­seen un poder sobre las circunstancias que podríamos calificar de 'mágico': facilitan el camino, disuelven los obstáculos y atraen el bien. Sea como fuere, lo cierto es que producen una admirable transformación interna: crean en nosotros una ar­monía, una serenidad y una profunda paz «que nada puede perturbar y en la cual el alma crece como la flor sagrada sobre las aguas mansas».

Tercera Parte
La espiritualidad en la vida cotidiana

19. La espiritualidad del siglo XX
El título de este estudio quizás pueda parecer paradójico. Creo, además, que los pesimistas, los difamadores de la vida contemporánea o los profetas de la decadencia del tipo de Spengler, lo considerarán tristemente irónico.

Reconozcamos que los aspectos más llamativos y aparen­tes de esta parte de siglo ya transcurrida parecen darles la ra­zón. El panorama externo presenta caracteres claramente ma­terialistas y a menudo anti-espirituales.

De hecho, y ya desde su comienzo, se aprecia un rápido desarrollo de la técnica y una creciente valoración del bienes­tar material, así como un esfuerzo cada vez mayor encami­nado a obtenerlo. Es una época en la que predomina el culto por el dinero, cuyo prestigio y poder va en aumento, y en la que el éxito práctico y material es símbolo y prueba del valor del individuo.

La sed de riqueza y de poder, las ambiciones individuales y colectivas, los sueños de bienes materiales, las rivalidades, las incomprensiones y los miedos recíprocos entre las nacio­nes, culminaron con las dos terribles guerras mundiales.

Una vez finalizadas éstas, se sufrieron las consecuencias de una turbia posguerra: la propagación de la violencia, una desenfrenada codicia económica, la licenciosidad sexual y la búsqueda de placeres, el despilfarro de unas fáciles ganan­cias, los duros enfrentamientos dentro de todas las naciones y entre las naciones, etc.

En el aspecto cultural encontramos un desinterés por los valores y los ideales tradicionales, una inclinación cada vez mayor por la ciencia, el interés vital dirigido casi por com­pleto hacia el mundo exterior, filosofías de tipo más o menos conscientemente materialista, positivista y realista. Y en la vida individual y social, una importancia exagerada de los asuntos deportivos y el culto al cuerpo físico, a su fuerza y a su destreza. En la actualidad, ¡un boxeador puede ganar mi­llones por un combate y un partido de fútbol puede atraer a más de cien mil espectadores!

Aunque los movimientos revolucionarios y de reconstruc­ción nacional y social estuvieron animados por un soplo de idealismo, su carácter y manifestaciones también han sido materialistas, con punzantes y violentos movimientos de ma­sas que reafirman valores de carácter netamente telúrico, como son el apego a la tierra y a la raza, y que ponen en pri­mer plano los problemas de tipo político, económico y organi­zativo.

Este breve cuadro demuestra que no me hago ilusiones ni, ciertamente, idealizo este siglo. Pero la mera constatación de los fenómenos acaecidos no es suficiente; y menos aún el li­mitarse a criticarlos o a deplorarlos.

Todo estudioso y observador de la vida tiene el deber de comprender los datos que va descubriendo, y para ello es ne­cesario no limitarse a sus manifestaciones más aparentes, no considerarlos aisladamente y, sobre todo, no tomar posiciones apresuradas a favor o en contra de ellos. Es preciso no ser prejuiciosos y poner a un lado las opiniones o preferencias personales.

Si intentamos hacer todo esto con respecto al siglo XX, su semblante asume una expresión muy distinta: en sus duras y atormentadas facciones podemos descubrir una nueva alma y, en sus ojos, podemos ver brillar una nueva luz.

En primer lugar, debemos considerar el siglo XX en rela­ción con el XIX que le dio origen. Recordemos que éste, sobre todo durante los últimos decenios, a pesar de su barniz humanista y su idealismo verbal podía considerarse cualquier cosa menos espiritual. En la vida social predominaba el con­cepto burgués, y en la filosofía: el materialismo, el positi­vismo y el escepticismo. La literatura era realista, sensual, ro­mántica y decadente. Su cultura era, en general, intelectualista; y el intelectualismo no es espiritual, sino por el contrario, uno de los obstáculos más insidiosos para la espiri­tualidad. En resumen: el siglo XIX había perdido todo con­tacto con las fuerzas vivas, tanto naturales como espirituales, y estaba en un callejón sin salida.

Por este motivo, la 'revolución de las fuerzas telúricas' -según la acertada denominación de Keyserling- con su des­pertar de las fuerzas instintivas, primigenias e irracionales, pero sanas y vivas, constituyó una reacción, un retorno a los orígenes necesario para poder abandonar ese callejón sin sa­lida y salvar así la civilización de una peligrosa decadencia y descomposición.

Pero esta justificación no basta para valorar y caracterizar la espiritualidad del siglo XX. A este respecto debemos plan­tearnos una serie de preguntas muy precisas: ¿Existen, junto a los fenómenos mencionados, claros indicios de espirituali­dad? ¿Es posible espiritualizar las fuerzas telúricas desenca­denadas? ¿De qué manera?

Antes de intentar responder a estas preguntas, es necesa­rio aclarar nítidamente qué es lo que entendemos por $espíritu&. Tal y como expresaron con acierto los antiguos sabios chinos y como reafirma la nueva ciencia de la semántica, al objeto de todo estudio que pueda ser considerado de serio, de todo intercambio de ideas, de toda discusión fecunda, es ne­cesario precisar los conceptos y aclarar perfectamente el signi­ficado que se atribuye a las palabras. ¡Cuántas veces partimos solemnemente con las lanzas en ristre para combatir contra molinos de viento! ¡Cuántas veces creamos inconsciente­mente una caricatura, una imagen irreal de un adversario, de una teoría o de una idea, logrando sobre ellas una victoria tan inútil como vana!

Si hay una palabra que se preste a malentendidos, incom­prensiones o confusiones, es precisamente la palabra espíritu. Ello no debe extrañarnos, pues si surgen equívocos y errores con palabras que designan hechos o conceptos más definidos y más accesibles, más fácil aún es que surjan (y de hecho han surgido y seguirán surgiendo) con respecto a una palabra que indica una realidad tan elevada, tan difícil de captar y de experimentar, y casi imposible de formular racionalmente. Por consiguiente, es totalmente imprescindible intentar preci­sarla con la máxima claridad posible. Veamos, ante todo, qué es lo que el espíritu no es.

Se confunde frecuentemente espíritu con inteligencia, con­fusión favorecida por la ambigüedad del término francés esprit y el alemán Geist con que se designan estas dos realidades tan distintas. Otras veces la palabra espíritu se utiliza en el sentido de psique o carácter psicológico, como por ejemplo en la expresión 'espíritu de los tiempos' usada para referirse in­cluso a tiempos nada espirituales.

Para designar de forma apropiada qué es el 'espíritu', es necesario distinguir claramente lo que éste es en esencia —en su realidad última— de lo que son sus manifestaciones: las características con las que se revela ante nosotros y las formas en que lo percibimos y lo reconocemos en nosotros mismos y en los demás, así como en la naturaleza y en la historia.

En sí mismo, el Espíritu es la Realidad Suprema en su as­pecto trascendente, es decir, absoluto y desprovisto de cual­quier limitación o determinación concreta. En consecuencia, trasciende cualquier límite de tiempo o de espacio, así como cualquier tipo de vínculo material. Esta suprema y absoluta Realidad no puede ser conocida intelectualmente, porque trasciende la mente humana, no obstante puede ser postulada racionalmente, cultivada intuitivamente y, de alguna manera, experimentada místicamente.

Dicho esto, vamos a considerar lo que son las manifesta­ciones del Espíritu, que es algo que nos resulta mucho más accesible y nos atañe más directamente.

El Espíritu constituye el elemento de trascendencia, de su­perioridad, de permanencia, de potencia, de libertad, de inte­rioridad, de creatividad, de armonía y de síntesis en toda ma­nifestación, tanto individual como social. Así pues, en el hombre, es espiritual (en una u otra medida) todo aquello que le induce a trascender su exclusivismo egoísta, sus miedos, su inercia, su hedonismo; todo lo que le lleva a disciplinar, do­minar y dirigir las fuerzas descompuestas, instintivas y emotivas que se agitan en él; todo lo que le ayuda a reconocer una realidad más amplia y superior, ya sea social o ideal, y a insertarse en ella atravesando los límites de su propia perso­nalidad.

En este sentido —y en un grado u otro— son manifesta­ciones espirituales:

El valor, como superación del instinto de conservación fí­sica;

El amor y la entrega a otro ser humano, a la familia, a la patria o a la humanidad, en cuanto que superación del ego­ísmo;

El sentido de la responsabilidad;

El sentido de cooperación, de sociabilidad y de solidari­dad;

El desinterés, y más aún la entrega y el sacrificio;

La voluntad, en su verdadero sentido de principio y capa­cidad de autodominio, elección, disciplina y síntesis;

La comprensión —que supone la ampliación de nuestra esfera de conciencia con su correspondiente identificación simpática con otros seres y con otras manifestaciones de la vida universal— es, sobre todo, comprensión de esta vida universal, de su significado y de su finalidad, con el reconoci­miento de esa Voluntad y Poder inteligente, sabio y amoroso del cual proviene el universo, y que dirige y guía la evolución hacia una meta gloriosa.

No se pueden valorar por igual todas estas manifestacio­nes del espíritu; su valor es relativo al individuo o al grupo social en el que se revelan. Es por ello que mientras que pue­den representar una trascendencia, una superación o una li­beración para un individuo o una colectividad en concreto, pueden constituir sin embargo una limitación, una barrera o una postura pasiva para otros y, en consecuencia, representar algo no espiritual o directamente anti-espiritual para ellos. Esto es algo que no admite etiquetas ni juicios absolutos o es­táticos. Nos encontramos en un ámbito en el cual la vida es algo diferenciado y concreto, inserto en el tiempo, en el es­pacio y en la materia; es, por consiguiente, un ámbito de relaciones, de perspectivas, de escalas de valores, de jerarquías y de desarrollos.

Así, por ejemplo, el valor físico que hace afrontar los peligros es una expresión genuina de espiritualidad, pero es primitivo y elemental en comparación con el valor moral. El amor a la familia, que hace que el hombre abandone su egoísmo y le induce a aceptar sus deberes y responsabilidades, también es una forma de espiritualidad sumamente apreciable, pero algo limitada si la comparamos con el amor, la solidaridad o la entrega que va dirigida a una comunidad o a todo un pueblo, con sus millones de individuos, o directamente a toda la humanidad.

No obstante, y para evitar eventuales malentendidos, cabría señalar que estas esferas progresivamente más amplias de la vida espiritual no anulan ni excluyen las precedentes, sino que las apoyan. El hombre puede llegar a reconocer y realizar las distintas formas de espiritualidad tan sólo de forma gra­dualmente ascendente.

Una vez descritas las principales características de la espi­ritualidad, si bien de forma necesariamente somera y mera­mente indicativa, podemos pasar a considerar cuáles de ellas se manifiestan en el siglo XX y de qué modo.

Desde este punto de vista, más amplio y más profundo, el aspecto del siglo XX cambia considerablemente. Hay que re­conocer que el desencadenamiento de las fuerzas telúricas, acaecido tanto a lo largo de las dos guerras mundiales como durante las distintas revoluciones que las siguieron, dio oca­sión a innumerables actos de valor y de coraje, de sacrificio, de solidaridad y de altruismo individual y colectivo.

Cabe señalar que, para millones de individuos primitivos, el valor físico, el desprecio hacia el peligro, el soportar el do­lor, practicar la entereza durante el sufrimiento, la solidaridad y la entrega, fueron las formas de espiritualidad adecuadas a su nivel y a través de las cuales podían elevarse.

Es injusto, y revela además una gran falta de comprensión y por lo tanto de espiritualidad, el pretender en aquéllos que todavía no están maduros unas formas de espiritualidad para cuya expresión carecen de los medios y los órganos psicofísicos necesarios.

Es así que estas experiencias, estos actos elementales, pro­dujeron una gran aceleración en el desarrollo personal de mi­llones de individuos. Imaginemos el caso de un campesino de 1914, acostumbrado al restringido ámbito de su monótona y tosca vida, casi más vegetativa que humana, limitada a la sa­tisfacción de unos pocos instintos e intereses elementales, e iluminada únicamente por el apego a su familia. Imaginemos a este campesino sorprendido y trastornado ante los aconteci­mientos de la guerra, que es forzosamente adiestrado en las diversas actividades militares y enviado a varios frentes en contacto con compañeros y superiores, con enemigos y alia­dos, expuesto a bombardeos, a la dura vida de las trincheras, partícipe de victorias y de derrotas, obligado a la disciplina y al autodominio, enfermo o herido, llevado así a experimentar miles de novedosos aspectos de la vida... ¡Qué diferencia! ¡Qué intensificación de las experiencias y de la vida! ¡Qué apertura mental!

Pasemos a considerar las evoluciones mecánicas y técnicas de nuestra civilización. El aspecto exterior, tal y como ya he­mos señalado anteriormente, es básicamente materialista. Pero consideremos también los tesoros que son la inteligencia, la te­nacidad, la voluntad, los sufrimientos, los riesgos y los sacrifi­cios prodigados por los hombres de cara a la conquista y al dominio de la materia. Después, la elevación del nivel de vida colectiva. Finalmente, los importantes beneficios ocasionados por este dominio de la materia: la liberación del hombre de los trabajos más penosos y embrutecedores y la disminución de las horas de trabajo, con la consiguiente oportunidad para to­dos de disponer de tiempo y de energía suficientes para dedi­carse a actividades culturales, artísticas o espirituales.

Otro aspecto —que puede parecer antiespiritual pero que, por el contrario, incluye excelentes principios y representa una prometedora evolución en el sentido espiritual— que ca­racteriza al siglo XX es la preponderancia del aspecto social y colectivo sobre el individual.

También aquí las apariencias muestran su lado peor: las masas humanas son primitivas y su predominio parece ame­nazar los valores espirituales superiores. Pero aquí es necesa­rio eliminar un gran equívoco: una cosa es la masa amorfa o las multitudes incontroladas, y otra muy distinta son las co­lectividades organizadas y las nuevas formas de vida social que se van desarrollando dentro de los distintos organismos nacionales. Son dos cosas no sólo distintas, sino en cierto as­pecto también opuestas.

La muchedumbre es atomística, indiferente, regresiva y atávica, y en ella el individuo se pierde y empequeñece; puede crear la ilusión de libertad, pero en realidad está domi­nada por los demagogos.

La colectividad organizada, sin embargo, es orgánica y se encuentra articulada en grupos jerárquicos progresivamente mayores, de forma que los individuos son al mismo tiempo dirigidos y dirigentes, sub y supraordinados; aprenden a obe­decer, pero también a mandar; tienen deberes y responsabili­dades, pero también poderes precisos y efectivos.

No obstante, en esta nueva vida social se mezclan niveles muy distintos. Participan en ella numerosos individuos poco evolucionados y poco diferenciados que aportan a los nuevos grupos sociales la vieja actitud pasiva. Pero ello es inevitable; y, en cualquier caso, éstos habrían permanecido así.

Más bien hay que reconocer abiertamente el peligro de una excesiva preponderancia del elemento social y colectivo sobre el individual. Es preciso que exista un equilibrio o, me­jor aún, una 'tensión creativa' —en palabras de Keyserling— entre ambos.

Volviendo al problema de las masas humanas, es necesa­rio que los hombres evolucionen lo mejor y más rápidamente posible de las multitudes o del 'rebaño' al grupo. Se trata esencialmente de un problema que atañe a una labor de edu­cación individual y social, que es una responsabilidad y un deber preciso de los hombres y grupos espiritualmente más cultos y más despiertos.

De esta forma, nos elevamos a un nivel superior y más diferenciado de vida espiritual. Y aquí surge la cuestión de los cometidos y funciones de las élites o 'aristocracias espiritua­les', que son cometidos importantes y actualmente más ur­gentes que nunca.

Se trata de contener, dominar y disciplinar las fuerzas te­lúricas con el fin de que no irrumpan en forma de multitudes destructivas; de elevar y canalizar firmemente la espirituali­dad elemental de las masas, semi-inconsciente e impregnada de telurismo, llevándola a manifestaciones cada vez más conscientes, elevadas, puras y constructivas.

Se trata de crear un nuevo arte para el pueblo, que no de 'popularizar' en su sentido peyorativo.

Tales tareas parecen difíciles de llevar a cabo, pero debe­mos recordar la magnitud del poder plasmador y creador del espíritu. Las multitudes, por su misma pasividad, son por otra parte muy receptivas y plásticas. Carlyle y otros han de­mostrado cómo lo héroes y los genios han impregnado y han transformado mediante su influencia a todo un pueblo, una cultura o un siglo.

Por otro lado, los nuevos medios de difusión y de comuni­cación permiten una mayor facilidad, rapidez y extensión de dichas influencias. La escasez de estos seres superiores puede ser en gran parte compensada por la colaboración unánime y organizada de grupos de hombres de buena voluntad, espiri­tualmente activos y despiertos.

Además, si bien es verdad que los héroes, los sabios y los genios no se pueden fabricar en serie, mediante la búsqueda de superdotados y una educación adecuada para ellos, y —en general— con la utilización de medios educativos basados en la nueva psicología integral y en sus técnicas psicosintéticas, se puede favorecer considerablemente la activación de las grandes potencialidades latentes en el superconsciente y en el Sí Mismo.

Por lo tanto, es necesario que estos acuerdos y colabora­ciones entre los trabajadores espirituales se establezcan lo más rápida y eficazmente posible.

Pero antes de hablar de la formación de estas élites, es preciso considerar otras características de la espiritualidad del si­glo XX.

Ya en los mismos comienzos de este siglo surgieron en to­dos los sectores de la cultura vivaces movimientos de reac­ción contra las tendencias materialistas y positivistas impe­rantes durante el siglo anterior. En el ámbito de las ciencias biológicas, la interpretación mecanicista del evolucionismo darwinista fue superada por conceptos más amplios. En el de la medicina se produjo una rápida transformación: las direc­trices, puramente anatómicas y patológicas, que otorgaban una máxima importancia a los agentes patógenos externos (microbios, etc.) y a las lesiones locales, fue cediendo terreno a un concepto más dinámico de la vida orgánica, que tenía en cuenta tanto la constitución individual, como la acción de las fuerzas psicológicas y espirituales sobre el cuerpo.

Esta acción, a menudo superior, de las energías psíquicas y espirituales fue estudiada y en muchos casos demostrada de modo irrebatible por una nueva ciencia: la parapsicología. Es­tudios serios y rigurosos demostraron la existencia de fenóme­nos y de poderes para y supra-normales. Algunos científicos eminentes, como el fisiólogo Richet o los físicos Lodge y Barret, han llegado a demostrar que hay una alta probabilidad de que la psique individual sobreviva a la muerte del cuerpo.

Pero en el frente científico la ofensiva más victoriosa y de­cisiva fue quizás la de la física, que hizo literalmente desapa­recer ante los atónitos ojos de los materialistas su 'materia', es decir, aquella entidad a la que atribuían determinadas propie­dades de masa, densidad e inercia.

Los físicos no sólo han fundido la materia en energía, sino que también han demostrado que todos los fenómenos ener­géticos se verifican según complejas y precisas fórmulas ma­temáticas. Y esto significa —y así lo afirman abiertamente— que la base de todos estos fenómenos está constituida por un acto del pensamiento, ya que una fórmula matemática es esencialmente pensamiento, razón y espíritu. Así se demues­tra como verdadera y genial la intuición de la filosofía anti­gua: «Dios hace geometría».

En el ámbito filosófico, la metafísica positivista y raciona­lista fue eficazmente rebatida por los diversos movimientos idealistas, por el brote de espiritualismo y por las fuertes co­rrientes anti-intelectualistas, las cuales constituyeron la acti­tud más generalizada y típica de la nueva generación.

Una disciplina muy particular —la psicología— que está situada entre las ciencias naturales y la filosofía, ha adquirido en el siglo XX una notable y animada evolución. Sometida en un principio al positivismo, rápidamente se fue liberando para orientarse hacia un sentido más amplio y espiritual.

En el ámbito considerado más específicamente como espi­ritual y religioso, el siglo XX ha producido importantes desa­rrollos e indudables progresos. A este respecto podemos rese­ñar tres tendencias principales que con el tiempo se han ido propagando y vigorizando cada vez más.

1) La tendencia a la ampliación, a la universalidad y a la síntesis. El anti-intelectualismo también se consolidó en este campo en forma de anti-dogmatismo y de anti-formalismo.

Empieza a tener lugar un creciente reconocimiento de la relati­vidad de toda formulación doctrinal y de toda sistematización formalista, y se comprenden cada vez mejor como meramente indicativas y simbólicas. Ello no implica que sean negadas o suprimidas, sino que son colocadas en su justo lugar.

A ello ha contribuido en gran medida el mayor conoci­miento, tanto en profundidad como en extensión, de los con­ceptos espirituales de otros pueblos; sobre todo de los orien­tales y, en particular, de los hindúes. Se puede decir que con ello se inició una verdadera síntesis cultural y espiritual entre Oriente y Occidente, cuyo alcance y consecuencias pueden llegar a ser enormes: pueden llevar a que se produzca la uni­ficación, no formal o externa, sino interna y sustancial, de toda la humanidad.

2) La segunda tendencia es la interiorización y la expe­riencia espiritual directa, que se manifiesta en el creciente in­terés por la mística y por los métodos de disciplina y de con­quista interiores: concentración, meditación, iluminación, yoga, etc.

3) La tercera es la tendencia a llevar la espiritualidad a la vida cotidiana, tanto a nivel individual como social. Existen también dos factores de suma importancia:

1) Nos encaminamos hacia una espiritualidad integral (que podríamos llamar psicosíntesis espiritual) que contem­pla al hombre en su totalidad, sin compartimientos estancos, sin oposición entre el corazón y la mente, entre el alma y el cuerpo, o entre la vida interior y la vida práctica, y que se hace extensiva a la vida social.

2) Asistimos a un rápido crecimiento de la labor, búsqueda y despertar espirituales de un número cada vez mayor de personas. De ello no existen demasiadas manifestaciones apa­rentes, ya que se trata de hechos internos que muchos prefie­ren mantener ocultos, pero puedo ofrecer un testimonio real­mente significativo: el del psicólogo y psiquiatra C.G. Jung, quien en uno de sus libros —significativamente titulado El hombre moderno en busca de un alma— declara lo siguiente:
«Durante los últimos treinta años han acudido a mi con­sulta personas de todas las regiones del mundo. He curado a centenares de enfermos... De entre todos los que se encontra­ban en la segunda mitad de su vida, es decir, los mayores de treinta y cinco años, no había ni siquiera uno cuyo problema no fuese, en última instancia, hallar una visión religiosa de la vida.»
Se puede decir que la humanidad en su conjunto, se en­cuentra no sólo en medio de una crisis económica, política y social, sino también espiritual, aun a pesar de que muchos no lo reconozcan conscientemente. De hecho, muchos hombres enfermos y preocupados ignoran la causa profunda de su mal hasta que no se les ayuda a comprenderla.

Esta tarea es la más noble que se puede realizar en nues­tros tiempos y es además la mayor promesa de esperanza para el futuro.

Según los más destacados observadores, esta labor es la que realmente conducirá al nacimiento de un nuevo tipo de civilización, es decir, a la llegada de una nueva era para la hu­manidad.

Provistos de esta visión generalizada, estamos en condi­ciones de comprender cuáles son las necesidades más urgen­tes del momento actual, así como de prepararnos para actuar con decisión. Debemos enfrentarnos a la situación. El mo­mento que estamos viviendo es realmente difícil: es un perí­odo de transición.

He aquí un resumen de algunos de los presentes proble­mas y deberes.

Comprender lo que está sucediendo. Ello constituye la base indispensable.

Aceptar, soportándolos con valor y con alegría, cual­quier tipo de desastres, contrariedades e inconvenientes.

Colaborar activamente a la construcción de la nueva ci­vilización. Ser parte de los constructores.

Tal construcción, al igual que cualquier otra gran obra, no puede ser llevado a cabo por individuos aislados. De ahí la necesidad anteriormente expresada de que se creen élites o grupos de 'trabajo espiritual'. Dichos grupos deberán poseer toda una serie de nuevas características: deberán ser liberales, flexibles y universales; la unión en ellos será de carácter in­terno y estará constituida por una comprensión común, por un fervor común y por un común impulso de servir a la hu­manidad; pero tendrá que haber una total libertad de concep­tos particulares, de métodos y de campos de trabajo. Esta unión provendrá de una profunda amistad y fraternidad es­pirituales, y no de necesidades organizativas externas. La obra de estas élites consistirá sobre todo en: proporcionar di­rectrices, fomentar iniciativas, educar, iluminar y elevar en to­dos los aspectos de la vida y de las actividades humanas. Es incalculable todo lo que así podrá llegar a hacerse. De ello ha­bla también Hermann Keyserling:

«La totalidad del organismo heredado es trastornada y se descompone; el alma se entreabre de forma natural y se produce una refusión general que tan sólo aguarda el adveni­miento de la impronta espiritual que le dotará de una nueva forma. Es precisamente esta inmensa posibilidad, vislum­brada y presentida por millones de hombres, lo que en definitiva alimenta el entusiasmo, el fervor y el espíritu de sacrificio que se evidencia en las revoluciones de cualquier nación. Y ello se debe a que el hombre, aunque conscientemente crea sólo en los datos y en los valores terrenales, es en el fondo Es­píritu...

«La posibilidad que tiene el Espíritu, en este momento crucial de la historia, de dar un gigantesco paso adelante en su proceso de irrupción en el ámbito telúrico, es decidida­mente única. De ahora en adelante todo depende de la inicia­tiva espiritual, y por lo tanto personal, de los hombres.»

Si es así —y somos muchos los que estamos totalmente convencidos de ello— formulamos una ferviente llamada para que con decidido propósito todas las almas despiertas, las mentes iluminadas y los corazones generosos sean dignos de esta maravillosa oportunidad, para que pueda llegar a ins­taurarse la nueva y gloriosa Era del Espíritu.

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