Colección conciencia global




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títuloColección conciencia global
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fecha de publicación28.08.2016
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22. Marta y María: vida activa, vida meditativa
Mientras estaban en camino, Él (Jesús) entró en un pueblo y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana que se llamaba María y que se sentó a los pies de Jesús para escuchar sus palabras. Pero Marta, que estaba muy ocupada sirviendo la mesa, se acercó a Jesús y le dijo: «¿Señor, no te importa que mi hermana me haya dejado sola y no me esté ayudando?» ¿Por qué no le dices que me ayude?» Pero Jesús le contestó: «Marta, Marta, tú te afanas y te in­quietas por muchas cosas, pero sólo una cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte y no le será arrebatada».

(Lucas, 10, 38-42)
Al Evangelio se le ha llamado 'el libro no leído'. Cierta­mente es un libro generalmente no comprendido y, sobre todo, no seguido. Si los sublimes preceptos en él contenidos fueran correctamente entendidos y verdaderamente practica­dos, la vida de los hombres presentaría un aspecto muy dis­tinto.

Dentro del actual despertar de las aspiraciones espiritua­les —aspiraciones ardientes y sinceras, pero todavía algo con­fusas, tambaleantes e inciertas en torno a cuáles son las mejo­res vías a seguir y qué metas concretas cabe proponerse— a menudo se suele plantear la pregunta de si el Evangelio puede saciar de modo satisfactorio las exigencias de las almas modernas, o bien si éstas necesitan alimentarse de distintas fuentes. Mientras que por un lado hay quien defiende un sen­cillo y verdadero retorno al evangelio como única medicina para las enfermedades religiosas, morales y sociales que nos afligen, por otro están aquellos que se preguntan sin rodeos (utilizando una expresión de la que hacen voluntario uso y abuso algunos filósofos contemporáneos) si acaso los Evange­lios no estarán ya algo desfasados.

Que los valores ético-espirituales afirmados y ejemplifica­dos en los Evangelios poseen un carácter universal y eterno, que éstos responden a las exigencias íntimas y perennes del alma humana y que, por consiguiente, no pueden estar desfa­sados, me parece algo tan evidente como para no necesitar demostración alguna. Merece en cambio un más atento y am­plio examen la cuestión de si el Evangelio puede responder todas las demandas del hombre moderno y si puede llegar a apagar toda el hambre y la sed de su alma.

Muchos son los que consideran oportuna, e incluso nece­saria, una integración del Evangelio con otros elementos del conocimiento y la acción espiritual —elementos que en parte se encuentran en las experiencias de antiguas y lejanas civili­zaciones, en las enseñanzas de otras concepciones filosóficas y religiosas, y son en parte portadores de novísimas evolucio­nes y conquistas del alma moderna. Con tal integración qui­zás se pudiera llegar a crear una gran síntesis de una riqueza y una universalidad todavía no alcanzada en la historia. Pero no es mi propósito tratar aquí esta cuestión.

Simplemente la he señalado tanto para proponerla a la más profunda y actual meditación de todos aquellos que se ocupan de los problemas del espíritu, como también para te­ner ocasión de realzar que incluso aquellos que consideran necesaria la mencionada integración sienten profundamente la necesidad de acercarse a los evangelios con el alma pura, interpretándolos a la luz de nuestros nuevos conocimientos para descubrir las aplicaciones a los problemas actuales y, so­bre todo, para intentar realizar de forma cada vez menos im­perfecta sus elevados principios en la vida cotidiana.

El episodio que hemos escogido contiene una enseñanza que, de entre todas las contenidas en el Evangelio, quizás sea la menos comprendida, valorada y seguida en la vida mo­derna; y es por ello que merece un estudio más atento y cui­dadoso que puede aportar más beneficios que las otras.

Para poder llegar a comprender mejor el profundo signifi­cado de la amonestación de Jesús, detengámonos un mo­mento y recordemos de nuevo la escena que tuvo lugar en la casa de Betania. La llegada inesperada de Jesús produjo cier­tamente una fuerte impresión en el ánimo de las dos herma­nas, pero la forma en la que una y otra reaccionaron psicoló­gicamente ante dicho acontecimiento fue muy diferente. Ambas sintieron brotar en sí mismas el vivo deseo de rendir homenaje al huésped, ¡pero de qué forma tan distinta lo hicie­ron!

Marta, con su mentalidad burguesa, se preocupó de de­mostrarle su propia devoción y sus atenciones preparando una espléndida comida y poniendo en la mesa lo mejor de todo cuanto poseían. De esta forma ella honraba el cuerpo y la personalidad externa de Jesús.

Por el contrario, María, con su actitud interior y espontá­nea, honró el Espíritu de Jesús, y mientras que en apariencia no hacía ni daba nada sino que tan sólo escuchaba extasiada las palabras llenas de luz que brotaban de sus labios, en reali­dad le estaba ofreciendo lo que para él era la cosa más grata y preciosa, quizás la única que deseaba ardientemente y que tan sólo de los humanos podía recibir: la comprensión de su divino mensaje y la total dedicación al ideal del cual él era la encarnación viviente.

¡Cuántas veces su corazón rebosante de amor debió de ha­ber sangrado, chocando contra los duros y cerrados corazo­nes de los hombres! ¡Cuántas veces debió de haber sufrido su alma por el escepticismo, la sequedad, la torpeza y la maldad de las personas; y no sólo por la de los escribas y de los fari­seos, sino —y lo que todavía resulta más doloroso— también por la de aquellos que le eran más queridos, que estaban más próximos a él y que se consideraban sus discípulos!

La tan frecuente equivocada comprensión de sus palabras, su sueño durante la agonía de Getsemaní, las tres negaciones de Pedro, por no hablar de la traición de Judas, son pruebas evidentes de la gran distancia existente entre Jesús y el resto de la humanidad; distancia cuyo conocimiento constituyó el aspecto más íntimo y oculto, pero acaso el más penoso de su pasión.

Por consiguiente, ¡cuánto debió de haberse regocijado el sensible corazón de Jesús al experimentar la dulzura de la comprensión y la íntima comunión del alma que le donaba María en su recogimiento inmóvil, en su estático silencio! Sin embargo, Jesús notaba que aunque la buena de Marta lo hon­raba como mejor sabía y podía, y apreciando su prosaico ho­menaje, se dispuso a saborear la espléndida comida que la di­ligente ama de casa le había estado preparando. El la dejaba hacer y no la obligó a seguir sus discursos, ni a escuchar man­samente aquello que no habría sabido comprender.

Pero Marta no poseía la discreción de Jesús. Le gustaba hacer las cosas a su manera y quería obligar a su hermana a que hiciera lo mismo que estaba haciendo ella; e incluso, aun­que de forma indirecta, intentó dirigir un reproche a Jesús porque ni él mismo indujo a María a seguir su ejemplo: «¿Se­ñor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir la mesa? ¿Por qué no le dices que me ayude?».

Esta muestra de agresividad por parte de la excesiva­mente enérgica y absorbente ama de casa obligó a Jesús a abandonar su condescendiente reserva y a amonestarla con suaves palabras, pero severas y eficaces, llenas de un pro­fundo y universal significado: «Marta, Marta: tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas, pero tan sólo una cosa es ne­cesaria. María ha escogido la mejor parte y no le será arreba­tada».

¿Qué nos dicen actualmente las amonestaciones de Jesús? En mi opinión se pueden aplicar de muy variadas y funda­mentales maneras, pero para llevarlas a la práctica es ante todo imprescindible que nos demos clara cuenta de la verda­dera naturaleza y de las distintas modalidades de lo que no­sotros llamamos acción.

Por regla general, Marta y María siempre han sido consi­deradas como los símbolos de la acción y de la no acción. Esta interpretación es correcta si entendemos la acción en el ordi­nario y restringido sentido de actividad externa, pero en reali­dad no pone en adecuada relevancia la íntima naturaleza de sus contrapuestas funciones y por consiguiente ha dado lugar a equívocas y erróneas deducciones prácticas. En realidad, el problema de la acción es mucho más difícil y complejo de lo que pueda parecer a primera vista. Bien lo sabían los antiguos sabios de la india, que trataron con profundidad este pro­blema vital. Dice el desconocido autor del Bhagavad-Gita, el gran poema filosófico-religioso contenido en el Mahabharata:

«¿Qué es la acción y qué es la no acción? Sobre este punto incluso los Sabios están perplejos... Difícil de entender es la naturaleza de la acción. Sabio entre los hombres y devoto en el cumplimiento de toda acción es aquel que sabe ver la no acción en la acción y la acción en la no acción.»

Veamos cuál es el significado de esta aparente paradoja. Los criterios por los cuales el hombre ordinario juzga aquello que se refiere a la acción son totalmente externos, cuantitativos y mecánicos. Según él, un hombre de acción es aquel que pro­duce efectos tangibles y visibles, que gana mucho dinero, que construye grandes edificios o que manda a muchos hombres.

En cambio la meditación y la contemplación son para él si­nónimo de sueños vanos, de inercia, de esterilidad. Como en los versos de Carducci, considera al meditabundo y al mís­tico, al igual que al poeta, como:
.. un 'pierdedías'

que vaga por los alrededores

dándose de cabeza con las esquinas,

con la nariz siempre al viento;

sus ojos desvarían

tras ángeles y golondrinas.
Esta convicción se halla muy extendida, lo cual hace que sea necesario aclarar su fundamento erróneo. Quien examine atentamente y sin dejarse engañar por las apariencias la ver­dadera naturaleza de la así considerada 'actividad' que im­pera hoy en día, se dará cuenta fácilmente de que se trata en gran parte de oropel, y no de oro: atareamiento, estrépito, consumismo, agitación... activismo, en fin, y no verdadera ac­ción. En cambio son características esenciales de ésta, tal y como nos demuestra la naturaleza, la armonía, la organicidad, el ritmo y, sobre todo, la fecundidad.

Pero por desgracia, ¡cuántas de nuestras actividades care­cen de todas estas características! ¡Cuan a menudo represen­tan meramente una vana apariencia y una estéril dispersión de fuerzas! ¡Qué parecidas son a la cal que, como afirma Tagore con gran ingenio, «levanta polvo, pero no fertiliza la tie­rra»!

El hombre de negocios, que ya rico sigue llevando una vida afanosa con el fin de acumular más riquezas de las que no sólo no hará un uso noble y fecundo, sino que ni siquiera dispondrá de tiempo para disfrutarlas; el político, que preo­cupado por la ambición se esfuerza sin tregua para ascender sobre los efímeros pedestales de los cargos públicos, urdiendo mil intrigas sin rehuir ninguna bajeza; la dama frívola que ja­deante va de un té a una recepción, de una comida a un tea­tro, siempre preocupada por su maquillaje y por sus joyas, para contar con los fútiles triunfos de su vanidad. ¿Acaso to­das estas personas son realmente activas? ¿Acaso no se pare­cen sus vanos e incansables ajetreos en pos de la restringida búsqueda de sus mezquinas preocupaciones a la ridícula obs­tinación con la que algunos perros dan vueltas alrededor de sí mismos intentando atraparse la cola?

Y todavía peor: existen actividades decididamente noci­vas, de carácter destructivo; como los actos que ofenden el carácter sagrado de la vida, tanto por parte de aquellos que mutilan el cuerpo como de aquellos que hieren y pervierten las almas; y toda la triste gama de culpas y delitos, tanto los reconocidos y condenados por la ley como los que escapan al castigo humano, aunque no al imperio infalible de la ley mo­ral.

En todas estas manifestaciones, repito, el hombre no es re­almente activo. Lo que sucede en estos casos es que se deja en­volver pasivamente por los instintos y por las pasiones, ilu­sionar por los espejismos, y empujar por las sugestiones y los hábitos.

Particularmente fuerte y frecuente es la influencia que ejerce sobre nosotros la sugestión, tanto individual como co­lectiva. A menudo, mientras creemos estar actuando independientemente, en lugar de ello y sin que nos demos cuenta, es­tamos siendo arrastrados por una corriente externa. A este respecto relataré una breve anécdota, ocurrida realmente, que constituye un claro ejemplo del poder de imitación del in­consciente.

Un amigo mío, que acababa de llegar a Nueva York y que no tenía nada que hacer, salió del hotel en el que se hospe­daba con el propósito de pasearse tranquilamente por la ciu­dad. Pero, pasados unos minutos se percató de que estaba an­dando a toda prisa y que casi jadeaba. Sorprendido aminoró la marcha, pero poco después se dio cuenta que de nuevo vol­vía a estar andando ¡a toda prisa! A su alrededor todo el mundo caminaba muy de prisa y él había recibido de forma irresistible la tácita pero imperiosa sugestión de su ejemplo.

En cambio, bajo la apariencia de la no acción, en el cora­zón del silencio, suele ocultarse la verdadera actividad del ser profundo. Al igual que en la naturaleza exterior, también en la vida del hombre todo acto creativo, todo inicio y arranque original, todo impulso vital se produce en la oscuridad, en la quietud, en la aparente inmovilidad. Las semillas germinan en las tinieblas, recubiertas de una doble capa de oscura tierra y de blanca nieve; los manantiales de agua brotan con más fuerza y más pureza cuanto más oculta en las vísceras de la tierra se encuentra la vena que los alimenta. Igualmente en el hombre, la íntima labor por medio de la cual él se hace a sí mismo y desarrolla sus propias facultades, la fatigosa elabo­ración y asimilación de los materiales de experiencia recogi­dos en la vida externa, el duro trabajo que precede a toda fe­cunda cosecha, cualquier acto, en suma, verdaderamente productivo y creativo se desarrolla en el recogimiento, en el silencio y en las regiones internas del alma.

El hombre moderno, cuya atención está siempre pendiente del exterior, continuamente distraído por la fantasmagoría de las apariencias, no puede sospechar siquiera la realidad, la concreción, la riqueza de ese mundo interior, el poder de las fuerzas que se agitan en él o la importancia de los aconteci­mientos que allí se desarrollan. Lejos de ser el mundo de la inercia y de los sueños, el mundo interno es el mundo de las causas eficientes de las que toda manifestación visible y ex­terna es sólo el resultado y el efecto.

Existe, en verdad, en el mundo interno la región de los sueños vanos, de las agotadoras nostalgias, de los quejosos la­mentos, de los sentimentalismos morbosos; la región de la crí­tica estéril, de las dudas miedosas, de la floja pereza, de la vergonzosa inercia. Pero este no es el verdadero mundo inte­rior; es una zona intermedia, donde se refugian los débiles, los áridos, los viles y todos aquellos que no saben o no quie­ren afrontar valerosamente ni las dificultades de la vida mo­derna ni las no menos importantes de la verdadera vida inte­rior. Esta, al igual que la otra, también requiere un duro aprendizaje, una gran esfuerzo y un verdadero espíritu de superación.

En el amplio mundo del alma existen radiantes cimas de contemplación espiritual, en las que todo esfuerzo desaparece y en las que el hombre puede abandonarse totalmente a la ac­ción del Espíritu. Pero para alcanzar estas alturas es necesario recorrer un largo y fatigoso camino; para conseguir el estado en el cual es posible la pura contemplación es preciso un tra­bajo asiduo y metódico de purificación, de ascensión y de ascesis.

Para intentar explicar con mayor claridad las diferentes re­laciones que entrelazan la actividad externa con la actividad interna, examinaremos brevemente los dos tipos opuestos de anomalías y de desvíos que se dan en el campo de la acción, así como los métodos para corregirlos. Una de estas anoma­lías la constituye la impulsividad; la otra, la abulia.

Los impulsivos, los violentos, los inquietos son aquellos en los que el poder central de la inhibición no alcanza a dis­ciplinar y a dominar convenientemente las fuerzas instinti­vas y pasionales, ya sea por su excesiva intensidad, ya sea por la debilidad intrínseca del sujeto. Por ello, éstos se sien­ten impulsados a emprender muchas cosas, pero rara vez suelen terminarlas; o bien se abandonan a la comisión de ac­tos de carácter agresivo y destructivo. Son aquellos que, como se ha dicho antes, levantan polvo pero no crean nada realmente vital.

Resulta evidente que para estas personas impulsivas la más elevada y real de todas las acciones debería consistir en una aparente no-acción, en un continuo y severo dominio de los impulsos, en toda una serie de actos voluntarios para dis­ciplinar las energías descompuestas, para obligarlas a armo­nizarse, para purificarlas y elevarlas hasta que hayan conse­guido manifestarse exteriormente en obras constructivas. Este es un claro ejemplo de cómo una disminución en las activida­des externas puede ser indicativa de una intensa acción inte­rior.

Si examinamos a los abúlicos, a los débiles, a aquellos que no se sienten con ánimos y son incapaces de actuar, llegare­mos a las mismas conclusiones. De hecho resulta inútil empu­jar a un abúlico a actuar. Si supiese hacerlo ya no sería un abúlico. Para incitar a un abúlico a actuar, o para curar su abulia, es necesario descubrir las causas profundas y elimi­narlas. Estas causas suelen ser mucho más variadas y comple­jas de lo que podamos pensar y requieren un amplio estudio, pero para nuestro actual objetivo bastará con mencionar algu­nas de las más importantes:

Por lo general la abulia no se debe a una verdadera debili­dad, sino a la acción inhibidora de intensas impresiones y de experiencias que se remontan quizás a la infancia, y de las cuales normalmente la persona no suele conservar ningún re­cuerdo; o también pueden deberse a la pugna entre dos fuer­tes tendencias —conscientes o inconscientes— que al ser de polos opuestos pero de intensidad casi igual, consumen las energías psíquicas en una lucha estéril y sin solución. En otros casos, la abulia también puede deberse a un exceso de sensibilidad y de plasticidad, por cuya causa el individuo su­fre constantemente las innumerables y contradictorias in­fluencias del ambiente y se convierte en una especie de veleta que gira hacia donde le empuja el viento. Finalmente, en otros casos la abulia es el resultado de una exagerada activi­dad intelectual de tipo crítico y analítico que reseca las fuentes activas y vivientes de la energía profunda. En cualquiera de estos casos la desaparición de la abulia y la adquisición de un poder normal de acción requieren de una larga y compleja labor de asentamiento, de reconstrucción y de refuerzo inte­rior que hasta que no se haya llevado a cabo no proporcio­nará manifestaciones visibles, pero que es una verdadera ac­ción y fuente de todas las demás actividades futuras.

Lo que es cierto en los casos más extremos de personas impulsivas o abúlicas es por demás también cierto para todos los hombres: para todos nosotros. Con excesiva frecuencia ol­vidamos que no es la cantidad de obras lo que tiene valor, sino la calidad de la acción, y que de cara a los demás —y para su propio bien— nuestro primer y más urgente deber es empezar por mejorarnos a nosotros mismos.

«Toda alma que se eleva, eleva al mundo», afirmó una mística moderna, Elisabetta Leseur. Toda pasión dominada, todo error enmendado, significa un peligro menos para to­dos; cualquier destello de sabiduría que brille en nuestro inte­rior, cualquier nueva fuerza moral desarrollada o cualquier sentimiento superior constituyen, ya de por sí, un beneficio para toda la humanidad.

Estos tesoros espirituales tienden a propagarse por sí mis­mos de mil formas distintas, sin ningún esfuerzo consciente por nuestra parte y aunque lo desconozcamos, manifestán­dose en cada palabra y en cada acción con una irradiación in­visible pero poderosa. En cambio, Sin embargo, normalmente pasamos por alto este deber fundamental y, sin ni siquiera dudarlo, asumimos con despreocupación, impaciencia y pre­sunción la ardua tarea de mejorar... a los demás. En cuanto disponemos de una pequeña moneda, nos apresuramos a convertirnos en benefactores y filántropos, sin pensar en la pequeñez de nuestro donativo ni en las deudas internas que aún tenemos que pagar, olvidando que «quien está dema­siado absorto en hacer el bien, no tiene tiempo para ser bueno», según el agudo y sutil aforismo de Tagore.

De hecho, si examinamos con toda sinceridad los motivos que nos impulsan a afanarnos para ayudar a los demás, a menudo nos daremos cuenta de que éstos no son tan puros ni tan elevados o desinteresados como pudieran parecer. Entre esa brillante aleación, y mezclados con el oro, podemos des­cubrir los bajos metales de la presunción, de la vanidad y del proselitismo, así como un elemento mucho más sutil y oculto: el deseo de tranquilizar nuestra conciencia y disponer' de un pretexto para no tener que emprender el fatigoso deber de la purificación interior.

Pero aun cuando no existen estos móviles interiores, in­cluso cuando los motivos son realmente puros, se puede co­meter este mismo error, ya sea por debilidad, por condescen­dencia, por ignorancia o por una concepción demasiado mezquina o superficial del deber.

Maurice Maeterlink, con una imagen realmente sugestiva, aconseja: «Evitemos actuar como aquel farero que distribuía entre los pobres de la chozas vecinas el aceite de que se ali­mentaba la llama con la que debía alumbrar los océanos. En su centro, toda alma es guardiana de un faro más o menos ne­cesario. La más humilde de las madres que se deja entristecer, absorber o anonadar por sus restringidos deberes de madre, da así su aceite a los pobres y sus hijos sufrirán toda su vida por el hecho de que el alma de su madre no fue tan clara como hubiera podido serlo. La fuerza inmaterial que reluce en nuestros corazones debe ante todo brillar por sí misma, ya que sólo así podrá llegar a brillar también para los demás. Por cuanto que es pequeña vuestra luz, jamás regaléis el aceite que la alimenta, sino la llama que la corona».

Si consideramos atentamente la vida de aquellos que más han beneficiado a la humanidad, proporcionando alivio y consuelo no sólo a los cuerpos sino también a las almas, en­contraremos que su apostolado siempre estuvo precedido por largos períodos de recogimiento y de aparente inactividad, los cuales en realidad suscitaban y concentraban potente­mente las energías espirituales que debía después irrumpir y difundirse de forma irresistible, ex plenitudine contemplationis, según la hermosa expresión de Santo Tomás, produciendo maravillosos efectos.

La vida de Jesús nos ofrece un claro ejemplo de ello. El he­cho de que no se haya transmitido nada de cuanto aconteció en su vida desde los doce hasta los treinta años resulta de lo más significativo. Se han barajado distintas hipótesis para lle­nar este hueco: se ha mencionado un período de instrucción o de iniciación en la escuela secreta de los Esenios; se ha pen­sado en viajes por otras regiones o en contactos con otras co­rrientes de conocimiento espiritual. Sean ciertas o no dichas hipótesis, el hecho es que durante dieciocho años Jesús se mantuvo alejado de la vida ordinaria de los hombres, y que de una u otra forma, sólo o en comunidad, desarrolló una si­lenciosa labor de preparación interior cuyos efectos se mani­festarían después de forma visible entre los hombres durante tan sólo tres años, pero con tal fuerza que aún hoy, y a pesar de haber trascurrido ya más de veinte siglos, todavía siguen vigentes. La mayoría de los más grandes místicos siguieron también este mismo camino. Así, por ejemplo, santa Catalina de Siena vivió durante algunos años retirada del mundo en un angosta habitación de la casa paterna. Pero, cuando salió de ella, recorrió incansablemente las tierras de Italia y de Francia, amonestando y plegando a su voluntad de buenos principios a los papas, componiendo odios tenaces y desper­tando a innumerables almas.

Pero, el reconocimiento, el examen de conciencia, la medi­tación, la plegaria, la contemplación y, en resumen, todos los elementos esenciales de transformación interior, no constitu­yen tan sólo la preparación indispensable para la acción ex­terna, sino que son sus continuos y necesarios inspiradores y animadores, su perenne alimento.

También hallamos una clara confirmación de esta gran ley en la vida de Jesús. A este respecto, las alusiones que se en­cuentran en los Evangelios son sumamente explícitas: «Tras haber dispersado a la muchedumbre —cuenta Mateo—. Jesús se retiró al monte para rezar.» Y Marcos nos dice: «Por la ma­ñana, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó y se diri­gió hacia un lugar solitario y allí se puso a rezar.» Lucas nos confirma y nos precisa que Jesús, antes de realizar los más importantes actos de su vida, solía retirarse a rezar durante mucho tiempo. Así, antes de escoger entre sus discípulos a los doce apóstoles y de pronunciar el Sermón de la Montaña, «El se encaminó al monte para rezar y pasó la noche en oración con Dios'. Y la noche de Getsemaní, se sirvió nuevamente de la plegaria, de la íntima comunión con el Padre, para lograr la fuerza sobrehumana que le permitió encaminarse libre y conscientemente al encuentro del holocausto y lo sostuvo du­rante las largas horas de la Pasión. El mismo método han se­guido posteriormente sus más grandes 'imitadores': los após­toles más activos, desde San Pablo hasta Santa Teresa y desde San Francisco de Sales hasta San Vicente de Paul.

Que tales estrechas relaciones de integración y de alter­nancia entre la vida interna y la vida externa poseen un carác­ter universal, constituyendo una condición necesaria para una armónica y benéfica existencia humana, es algo que se ve confirmado por el hecho de que ya habían sido descubiertas y ejercitadas incluso en múltiples civilizaciones alejadas de la nuestra. Bastaría la forma precisa con la cual es planteado y resuelto el problema de la acción en el Bhagavad-Gita para de­mostrar que los antiguos sabios hindúes llegaron a las mis­mas conclusiones que los santos cristianos. También hallamos un elevado ejemplo y una confirmación práctica en la vida del más grande de todos los hindúes, Gautama Buddha, quien luego que la revelación del dolor universal le hubo im­pulsado a abandonar la casa paterna para ir en busca de la verdad liberadora, se dedicó infatigablemente y durante lar­gos años a la vida interior. Tras diversas tentativas infructuo­sas, tras haber probado inútilmente los métodos del asce­tismo, Buddha halló en la elevación puramente interior, en el método del logro y del desarrollo de unos estados cada vez más elevados de meditación y de contemplación, la Luz su­prema. Y en el subsiguiente apostolado, desarrollado durante medio siglo, recorriendo toda la India y convirtiendo a millo­nes de hombres, enseñó y aconsejó con particular insistencia la práctica de estas actividades internas.

Es únicamente en nuestra moderna civilización donde tales principios son despreciados e ignorados. Sólo entre noso­tros Marta es exaltada y considerada como ejemplo, mientras que María es ignorada y desvalorizada. Espero, sin embargo, haber conseguido demostrar lo equivocada que resulta esta actitud, la cantidad de consecuencias perniciosas que con­lleva y cómo muchas de las más graves deficiencias y una gran mayoría de los males de la vida contemporánea provie­nen de esta causa.

Todo es rítmico, tanto en la naturaleza exterior como en la interior y, así, tal y como existe el verano y el invierno, el día y la noche, o la vigilia y el sueño, en cada vida ordenada y ar­mónica tendría que haber también una alternancia periódica entre el recogimiento y la acción externa. No es necesario que este ritmo posea la rigidez o puntualidad de los ciclos que de­terminan los fenómenos naturales: pueden adaptarse oportu­namente y con flexibilidad a las diferentes condiciones y exi­gencias prácticas de la compleja vida humana; y es practicable por quien quiera verdaderamente hacerlo. Recor­demos la sabia distribución del tiempo practicada en el pa­sado: todos los días había dos momentos de recogimiento — por la mañana, para la meditación y la preparación para las actividades prácticas, y por la noche, para el examen interior-; todas las semanas, tras seis días dedicados prevalentemente a César, un día dedicado a Dios; y todos los años un prolon­gado retiro, como mínimo, durante el cual se intentaba desa­rrollar una labor de perfeccionamiento interno mucho más ín­tima y eficaz.

Hasta aquí, creo, no es difícil que hayamos obtenido el consenso de todas las mentalidades abiertas y de todas las al­mas nobles que aspiren al bien. Pero ahora debemos enfrentar una cuestión sobre la que no resultará tan fácil conseguir un acuerdo. Se trata de la forma de considerar y de valorar a los contemplativos puros, a aquellos que una vez abandonada la vida común de los hombres no vuelven ya al 'mundo', sino que permanecen en los claustros o en las ermitas. Quizás pueda parecer que están violando esa ley del equilibrio rít­mico entre la vida exterior y la interior anteriormente citada, e incluso surgir la sospecha de que se trata de exageraciones o degeneraciones del misticismo. Se puede pensar que estos contemplativos no saben conservar la justa medida, que son unos débiles, unos náufragos o unos desertores de la vida. Que en algunos casos ello pueda ser verdad, al menos en parte, creo que es algo que debemos imparcialmente admitir; pero, una vez hecha esta reserva, se puede afirmar que los grandes místicos, los verdaderos contemplativos, tienen una función real y efectiva en la vida de la humanidad; que, antes bien, son sin embargo activos cuando se aprestan a realizar los más elevados fines de su vocación, siendo capaces de de­sarrollar un tipo de actividad que requiere la más intensa y continuada concentración de las energías psíquicas, el más directo dominio de la materia por parte del espíritu, el cual puede producir efectos benéficos, amplios y potentes.

Tan radicada está la actitud extrovertida y materialista de la civilización moderna que incluso aquellos que se procla­man espiritualistas a menudo no aprecian o no comprenden esta particular forma alternativa de actividad humana. En el propio seno de la iglesia, en estos tiempos modernos, la vida contemplativa está teniendo cada vez un menor número de seguidores. Sin embargo, existen pruebas claras, y seguras de la eficacia de las fuerzas espirituales que son irradiadas por esas almas superiores encendidas por el fuego de la contem­plación. Tales pruebas, que escapan a las miradas superficia­les y a las mentes prejuiciosas, se manifiestan claramente ante una consideración atenta e imparcial. Los numerosos y coinci­dentes testimonios que de este poder encontramos en la his­toria de todo pueblo no pueden ni deben ser ignorados.

La irradiación que proviene de silenciosas plegarias, las extrañas curaciones, las conversiones a distancia, el influjo de una persona recogida en oración percibido por aquellos hacia quienes iban conscientemente dirigidas —que a veces incluye la sensación de la presencia real de la persona misma— son hechos que pueden maravillarnos, pero que no deben ser ne­gados a priori en base a prejuicios doctrinales o a aventuradas sentencias de imposibilidad.

Más que nunca resulta ilícito hacerlo ahora, cuando la cien­cia de la materia, con sus novísimos descubrimientos y supe­rándose a sí misma rápidamente, está logrando pruebas váli­das que confirman las concepciones espirituales. Los casos de telepatía, de telequinesia o de ideoplastia que actualmente al­gunos hombres de ciencia han demostrado sin género de du­das demuestran que las fuerzas psíquicas pueden actuar más allá de los límites del organismo físico y que. pueden plasmar y hacer vibrar la materia directamente a distancia. Tras la de­mostración de la existencia de estos poderes ¿quién tiene el derecho de trazar nuevos límites? ¿Con qué argumentos se puede negar la eficacia de los actos espirituales de los contem­plativos y de los místicos?

También por otras vías podemos tener confirmación de su eficacia. Diariamente vemos cuánto más poderosa es la activi­dad mental que la sola actividad muscular para modificar el mundo exterior. El esfuerzo mental temporal necesario para in­ventar una máquina y dirigir su construcción proporciona un medio para ahorrar cantidades incalculables de energías mus­culares, y además se producen efectos que con ninguna suma de esfuerzos musculares se podrían obtener. Ahora bien, mu­chos hechos y consideraciones inducen a admitir que una rela­ción similar existe entre la energía mental y la espiritual; que ésta es tanto más potente que aquélla, cuanto aquélla es más potente que la fuerza física. Por éstas y otras razones que se po­drían aducir, opino que ya no se puede dudar más de la eficacia de la irradiación espiritual directa y que incluso debería recono­cérsele una intensidad incalculable. Esta auténtica revelación descubre una visión desbordante sobre los poderes latentes de bien que hay en el alma humana y sobre el propio modo en que se expresa la acción divina, y proporciona una concepción de la vida y del mundo bien distinto del que impera actualmente. Esta concepción todavía no ha sido acogida generalmente y la vida contemplativa raramente es practicada con seriedad por parte de los propios espiritualistas modernos. No faltan, sin embargo, también voces modernas que proclaman el valor y la excelencia de la acción oculta de los contemplativos.

La poderosa irradiación espiritual de los contemplativos es por lo tanto la forma más pura y elevada de acción, la que más se aproxima al modus operandi de la Divinidad. Es, en re­sumen, la apoteosis de María. Pero precisamente por ser así de elevada y casi sobrehumana, es una actividad excepcional que trasciende las posibilidades del hombre ordinario y a la que tan sólo deben dedicarse de pleno aquellos que posean esta vocación y se sientan poseedores de toda la fuerza in­terna que se precisa para poder expresarla. Para los demás es aplicable la recomendación de Dante: «conviene seguir otro viaje». Y para reconfortarlos —y una vez reconocidos el valor y la superioridad esencial de María— podemos pasar ahora a elogiar también a Marta, a la Marta arrepentida, que ha com­prendido la amonestación de Jesús, que se ha reconciliado con María y que prosigue humilde y voluntariosamente su útil obra.

Múltiples son las ventajas de la actividad externa, cuando no sobrepasa sus justos límites y está iluminada por la luz del espíritu. Aparte de su utilidad directa, tal actividad consti­tuye —sobre todo para los jóvenes— una forma de desfogar las energías desbordantes, un fecundo campo de experiencia, una palestra donde son puestas a prueba las virtudes forma­das a base de disciplina interna, y una fragua en la que el acero de la voluntad se templa cada vez con mayor y reno­vada firmeza. Pero todavía hay más: el significado espiritual y los efectos internos de cualquier acción dependen esencial­mente del móvil profundo que la ha inspirado. Este es real­mente el alma. Este sencillo y evidente principio, pero a me­nudo demasiado olvidado, nos indica una gran posibilidad. Si emprendemos una acción, aunque sea la más humilde o la más material, con el ánimo exento de cualquier propósito per­sonal, si la ofrecemos como puro acto de amor al servicio de Dios y de los hombres, estamos cumpliendo un acto espiri­tual. Esta es la gran compensación, el gran consuelo de todos aquellos que sedientos de recogimiento y de paz deben sufrir las duras exigencias de la vida práctica y de los imprescindi­bles deberes familiares y sociales, y se ven forzados a llevar una vida llena de esfuerzos y de duro trabajo. Cuando se des­cubre que la actitud interna puede infundir en todo acto un significado espiritual, que cualquier circunstancia de la vida externa puede ser utilizada como ocasión para ejercitar las virtudes internas y, en resumen, que cada gesto puede llegar a ser un rito, la vida experimenta entonces una transforma­ción, y de mezquina, árida y desagradable deviene, como por milagro, en rica, fecunda y gozosa.

Siguiendo esta vía se puede ascender, grado a grado, hasta una cima no menos elevada y luminosa que la de la contem­plación, y se puede alcanzar un estado en el cual la acción ex­terna no impide la vida interior del alma y ésta no distrae de aquélla, sino que la sostiene, la guía y la fortalece. En este es­tado el hombre posee casi una doble conciencia en la cual se expresa más plenamente su esencial unidad espiritual, donde es al mismo tiempo actor y espectador: simultáneamente dis­fruta del gozo que proporcionan la obra fecunda y la libre vi­sión espiritual. Esta elevada conquista ha sido conocida, bus­cada y divulgada tanto en Oriente como en Occidente.

Este elevado ideal es particularmente adecuado para la vida moderna, porque no impone limitaciones a nuestras acti­vidades externas, ni nos obliga a abandonar nuestros cometi­dos o a pasar por alto ningún deber. La transformación que requiere es totalmente interna. Es arduo conseguirlo, pero los grandes espíritus del pasado son testimonio de que es posible hacerlo y nos invitan a perseguir tan elevada meta. Desde esta luminosa cumbre descienden las vibraciones de una ad­mirable armonía: es la unión de dos cualidades purísimas, es el abrazo espiritual de Marta y de María.
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