Colección conciencia global




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23. Elementos espirituales de la personalidad: la belleza
Vamos a tratar ahora sobre los elementos espirituales que, como rayos de sol, descienden sobre la personalidad humana iluminando nuestra conciencia personal y constituyendo el vínculo entre nuestra personalidad humana ordinaria y el Sí Mismo o Realidad espiritual. Sus rayos descienden adop­tando colores y matices diversos, a tenor de la permeabilidad y transparencia de nuestra conciencia personal.

Ya hemos tratado anteriormente sobre el sentido moral como uno de los aspectos bajo los cuales se revela la Realidad espiritual y la consciencia personal humana. También del co­nocimiento mental, racional e intuitivo como medio de cone­xión entre la consciencia personal y la realidad espiritual del hombre.

Ahora hablaremos de un tercer elemento superior que desciende desde lo alto para iluminar, fecundar y vivificar la vida humana: el sentido de lo Bello.

Para comprender bien la naturaleza y el poder de la be­lleza, debemos recordar la concepción espiritual según la cual todo aquello que existe externamente, concretamente, singu­larmente, es manifestación, efecto y reflejo de una Realidad superior, trascendente y espiritual. Es el gran principio de la involución o emanación: de una realidad primigenia, funda­mental y absoluta, se originan por gradual diferenciación una serie de niveles de vida, de inteligencia, de sentimiento y de vida material hasta llegar a la materia inorgánica. Por consi­guiente, cualquier cualidad o atributo del mundo exterior, de la materia o de las innumerables criaturas, es sólo un reflejo más o menos pálido y velado de una cualidad o atributo de la Realidad espiritual: la Divinidad. Esto es particularmente cierto para la cualidad de lo Bello.

Que la belleza constituye la nota esencial del Supremo, de lo Divino, es un hecho que ha sido reconocido y proclamado por los más elevados pensadores, los más grandes místicos y por todos los artistas de todos los tiempos. En occidente, ha sido particularmente reafirmado por Platón, por Plotino y — dentro del ámbito cristiano— por un desconocido místico del siglo V o VI cuyas obras han sido atribuidas a Dionisio el Areopagita. «Al Infinito se le llama Belleza», afirmaba este úl­timo, que además definía a Dios como «Aquel que es esen­cialmente bello».

En consecuencia, en todo lo que ha sido creado debe en­contrarse algún vestigio, alguna huella de este atributo esen­cial del Principio Creador. Según el pseudo Areopagita, todo lo que existe conserva en el ordenamiento de sus partes algún vestigio de belleza inteligible, dado que su propia existencia deriva de lo esencialmente Bello.

Pero cuando estudiamos los efectos de la percepción de la belleza, tal y como normalmente suelen manifestarse en la humanidad, nos encontramos ante una especie de paradoja o contradicción aparente. Por un lado se evidencia que, de entre todos los atributos de lo Divino, la belleza es el más fácil de reconocer, puesto que es el que viene manifestándose desde más antiguo, el que resulta mayormente objetivado, el que se ha impreso con más fuerza en las formas concretas y materia­les, y el que impresiona más directamente los sentidos y la imaginación. Sin embargo, y por otro lado, también aparece como el más peligroso, puesto que más que ningún otro vin­cula al hombre a la materia y a la forma al suscitar en él el de­seo de placeres sensoriales de todo tipo, así como un sentido de posesión egoísta y separatista; también es el que más le ciega y le engaña envolviéndolo en los irisados velos de maya —la Gran Ilusión— y por ello es el que más lo aleja y lo se­para de Dios y de la Realidad profunda de la Verdad.

¿Cómo se explica esta paradoja? No es muy difícil. Pues siendo precisamente la belleza la cualidad divina que más se concreta, permaneciendo sensible en su manifestación en la materia, puede el hombre abusar de ella con más facilidad sin vislumbrar su elevado origen, sin reconectarla con su fuente, al punto de que surge el impulso de considerarla como una cualidad connatural a la propia materia y a sus formas con­cretas.

Pero también existe otra razón. Es la propia intensidad del poder de la belleza y la fascinación que ejerce lo que suscita en el hombre aún no purificado ni dueño de sí mismo deseos prepotentes, pasiones desordenadas y sed de posesión exclu­siva. ¿Cómo puede resolverse esta antinomia? ¿Qué podemos hacer para que el néctar de la belleza no se convierta en un veneno mortal para el hombre, sino que vuelva a ser o siga siendo aquello que debería ser y que es en esencia: el agua de la vida, el elixir de la inmortalidad? Existen dos caminos.

El primero es negativo: es el camino del reconocimiento del velo de maya o ilusión, el del riguroso desapego, el de la supresión de toda actividad de los sentidos. Es la vía que se suele denominar un tanto erróneamente ascética o, mejor aún, ascetismo. La palabra ascetismo ha asumido un signifi­cado que yo calificaría incluso de peyorativo, debido precisa­mente a ciertos excesos de los considerados ascetas; pero eti­mológicamente posee un sentido más amplio y positivo. Esta palabra griega significa simplemente ejercicio, disciplina, en­trenamiento, pero ha tomado el sentido casi de dura imposi­ción o privación. Este es el camino que siguen algunos de los orientales más estrictos —especialmente los budistas— y cier­tos ascetas místicos cristianos, como los anacoretas de la Te­baida, o ese santo —creo que era San Bernardo— que durante un viaje por Suiza cerraba los ojos para que la belleza de los lagos y de los montes no distrajesen su concentración, o aquel cura que sentía escrúpulos incluso por oler una rosa.

Es este un camino que suscita fácilmente nuestra crítica y nuestra rebelión, y que nos parece separativo, inhumano y casi blasfemo. Considerado con imparcialidad, es posible que constituya un rápido atajo, un medio violento pero poderoso para llegar hasta el Supremo, cortando radicalmente con cual­quier apego. Por otra parte, también puede constituir una fase necesaria o tal vez oportuna de desapego para aquellos que se dejan subyugar demasiado profundamente por los atractivos que afectan a su sensibilidad, o para los que se ven esclavos de sus sentidos y desean liberarse radicalmente. Pero concedido esto, se puede afirmar que se trata de un camino no desprovisto de graves inconvenientes y que en cualquier caso es válido solamente para unos pocos.

Pero existe otro camino mucho más fácil, armónico, gradual y tan elevado como pueda serlo el primero. Es el camino que nos conduce a la superación de los apegos exclusivistas y sen­soriales por las cosas bellas; y lo hace en un doble sentido: me­diante una ampliación o inclusión en sentido horizontal de to­das las formas bellas, sin preferencias exclusivistas o separatistas; y mediante una elevación o sublimación en sen­tido vertical que retrocede desde el efecto hasta la causa, desde la expresión hasta la esencia, y desde la manifestación hasta lo inmanifiesto. Platón lo describió con gran claridad y admirable concisión en su Banquete.

«Desde el amor por una bella forma es preciso alcanzar el amor por todas las bellas formas y por la belleza física en ge­neral. Y después, desde el amor por los bellos cuerpos, el amor por las bellas almas, las bellas acciones y los bellos pen­samientos.

«Durante esta ascensión a través de la belleza moral, apa­rece súbitamente una maravillosa y eterna belleza, exenta de toda corrupción y realmente bella. Esta belleza no consiste en un hermoso rostro, ni en un cuerpo, ni en un pensamiento, ni en ninguna ciencia; no se encuentra fuera de sí misma, ni en el cielo, "ni en la tierra, sino que existe eternamente en ella y por ella, en su absoluta y perfecta unidad.»

Este camino ascendente ha sido utilizado y descrito por algunos místicos cristianos, sobre todo por san Francisco (basta con recordar el Canto de las criaturas, en el cual «el Sol conlleva significados divinos»), quien lo expresa además en particularidades de lo más graciosas, como por ejemplo cuando ordenó que se cultivasen flores en el convento para que todos aquellos que las contemplasen recordaran la Eterna Dulzura. Y también por Santa Rosa de Lima, para quien el canto de un pájaro o la vista de una flor tenía el efecto inmediato de elevar su alma a Dios.

También San Francisco de Sales era un maestro en el arte de convertir cada fenómeno natural en un medio de referen­cia a Dios, siendo analogía y símbolo de la Verdad espiritual.

Precisamente este es el secreto: reconocer que las cosas ex­ternas no poseen un valor, significado y ni siquiera realidad en sí mismas, sino que tan sólo poseen un valor indicativo y representativo de la verdad y de la realidad interna, que es la cualidad espiritual. Goethe lo expresó lapidariamente al final de Fausto en lo que podríamos calificar de moraleja de ese ad­mirable poema: «Todo lo que es transitorio es tan sólo un sím­bolo».

Examinemos un poco más concretamente los diversos gra­dos de la escala platónica de la belleza y la forma de recorrer­los prácticamente para poder ascender por ella.

El primero, repito, es pasar del amor por una bella forma al amor por todas las bellas formas. Con esta ampliación en sentido horizontal se van venciendo poco a poco los apegos exclusivos y el ansia de posesión material sobre una sola forma en particular, sobre una sola criatura separada. En cierto sentido podemos calificarlo como de descubrimiento de la belleza del mundo, y puede hacerse sobre todo directa­mente con la naturaleza, aprendiendo a descubrir la infinita variedad y belleza de los fenómenos y espectáculos naturales: se trata de aprender a ver. Para ello es preciso adoptar una ac­titud desinteresada, olvidarse de la propia personalidad, del yo separado y todas sus preocupaciones egoístas; es preciso sumergirse en el objeto observado y admirarlo hasta casi fun­dirse con él y convertirse en uno solo. Es la forma más fácil de abrir una fisura, una rendija en el duro y estrecho caparazón del yo separado. Es bastante fácil porque basta un primer movimiento nuestro hacia el objeto para que la belleza intrín­seca de éste nos responda y nos atraiga; y cuanto más nos atrae, más nos aproximamos hacia ella y más descubrimos su belleza. Así, poco a poco, llegamos a salir realmente de noso­tros mismos en pos de la comunión entre objeto y sujeto, uniéndonos en esa contemplación estética que —según Schopenhauer— es liberadora al grado de ser el máximo consuelo de la sufriente humanidad.

Hay algunos objetos naturales que por poseer una belleza más evidente, más grandiosa o particularmente fascinadora nos atraen y nos ayudan especialmente. Uno de los objetos naturales que más posee este efecto benéfico es el cielo. He aquí algunas bellas expresiones pertenecientes a uno de los hombres que más y mejor han sabido apreciar la belleza del mundo: Ruskin.
«Resulta extraño lo poco que conoce la gente el cielo. Es la parte de la creación a través de la cual la naturaleza expresa con mayor evi­dencia su propósito de recrear al hombre, de hablar con su espíritu, de educarlo. Y es precisamente la parte que menos conocemos. Cual­quier persona, dondequiera que esté situada y aun a pesar de que se encuentre alejada de cualquier otra fuente de atracción o de belleza, tiene al menos esto en todo momento: el cielo. Los más admirables milagros pueden ser vistos y conocidos por pocos, nadie está desti­nado a vivir en medio de ellos continuamente; cesaría de sentirlos si los tuviese siempre ante sus ojos. Pero el cielo es para todos. El cielo resulta de lo más adecuado en todas sus ¡Tinciones de reconfortar y exaltar los corazones, de suavizarlos y liberarlos de su impureza. A veces dulce, otras caprichoso o incluso triste, nunca es idéntico du­rante dos momentos consecutivos; siempre humano en sus pasiones, siempre espiritual en su ternura, siempre divino en su infinidad y grandeza. Su apelación a todo cuanto en nosotros hay de inmortal es tan evidente como esencial es su labor de castigar y de herir cuanto hay de mortal.»
Así pues, repito, el primer grado de comunión con la natu­raleza es a través de algunos de sus 'milagros' que más nos atraen. Pero después es alcanzable una comunión más gene­ral, menos separativa, que consiste en ver cualquier elemento de belleza en todas las cosas, incluso en las más humildes y cotidianas: en una brizna de hierba, en una simple flor y tam­bién en aquello que a primera vista pudiera no parecemos bello.

Y es esta relación, esta solidaridad, esta unidad que se transparenta bajo la variedad y la multiplicidad de las cosas, lo que señala su noble origen. Hay hombres que poseen más acrecentado que los demás el don divino de poder ver esta belleza escondida.

Las cosas se vuelven como transparentes, iluminadas in­ternamente tras sutiles velos que sin embargo permiten que nuestros ojos intuyan o perciban parte del esplendor divino, que de otro modo nos cegaría.

Por lo tanto, en la contemplación de la naturaleza ya exis­ten los siguientes grados: admiración de un objeto particular­mente bello de la naturaleza; a partir de ahí, una primera sa­lida de nuestro ensimismamiento; la comunión entre el objeto y el sujeto; la percepción de la belleza de todos los objetos de la naturaleza; después, la sensación de su profunda unidad; finalmente, la revelación de la consecución de la belleza en la naturaleza.

Otra forma de descubrir la belleza es mediante el arte. La verdadera función y misión del arte es revelar la belleza oculta y la impronta divina en todas las cosas. El artista acentúa, exte­rioriza y revela esta belleza, de modo que aquellos que no saben verla por sí mismos en la naturaleza encuentran ayuda en el arte. El alma del artista, habiendo contemplado esta belleza, la expresa en una nueva belleza que ayuda a vislumbrar el sello divino. Esta es la piedra angular que permite diferenciar el pe­queño arte —el pseudo arte de la belleza exterior y artificial— del gran y verdadero arte.

Me limito a hacer esta pequeña alusión, dejando para otro momento un examen más extenso sobre este tema. No obs­tante apuntaré que esta vía horizontal, que consiste en la am­pliación, revelación y manifestación de la belleza en la natu­raleza y en el arte, también posee sus peligros y limitaciones. Uno de estos peligros es el esteticismo, que por muy refinado que sea siempre resulta un tanto hedonístico, con un tinte sensual y algo egocéntrico. La complacencia excesiva y exclu­siva en el disfrute de la contemplación estética induce a olvi­darse injustificadamente de los demás aspectos, cualidades y atributos de lo Divino, los cuales sin embargo debemos alcan­zar y vivir si queremos lograr una comprensión y una realización completa e integral. Supone además, un limitarse al as­pecto formal y externo de la belleza.

Procede ahora pasar a la gradación de la belleza interior.

Es evidente que la belleza interior depende de nuestra ac­titud. Un peldaño puede ser tanto un obstáculo como un me­dio o ayuda para salvar lo que nos impide ascender. El mérito o la culpa no están en las cosas, sino en nosotros y en nuestra disposición interior hacia ellas.

La belleza sensible, la belleza moral, la belleza de los pen­samientos elevados y armónicos, de los sentimientos nobles y generosos y de los actos heroicos ha sido descrita de forma admirable por Maurice Maeterlinck. He aquí algunas expre­siones del capítulo titulado «La belleza interior» del volumen El tesoro de los humildes, quizás la más profunda y elevada de todas sus obras:

«No hay cosa más apropiada para un alma ávida de be­lleza, ni más susceptible de embellecerla que... un bello pen­samiento encerrado en su interior, no expresado y sin em­bargo concebido, que la ilumina como una llama presta fulgor a una lámpara.»

Plotino, tras haber hablado de la belleza inteligible, con­cluye así su VIII libro de la quinta Enéada: «Somos bellos cuando nos pertenecemos a nosotros mismos y ya no lo so­mos cuando descendemos al plano de la naturaleza inferior. Somos bellos cuando nos conocemos y dejamos de serlo cuando nos ignoramos.»

No creo que se pueda expresar mejor la naturaleza y esen­cia de la belleza moral, de los bellos pensamientos, de los sen­timientos elevados, de los actos generosos dentro del ámbito de lo individual y de lo diferenciado.

Platón, en fin, señaló un tercer grado: el paso a la belleza esencial y más allá de las formas. Para dar este paso es pre­ciso el sentido de lo sublime.

El mérito de haber analizado este sentimiento corresponde a Emmanuel Kant. Mientras que ante la belleza normal la imaginación y el intelecto actúan al unísono, ante la sublime se hallan en controversia. Lo sublime no se percibe a través de los sentidos; de hecho éstos se ven impotentes para alcan­zarlo, como si fuese algo que sobrepasara infinitamente la es­fera sensible. Ante lo sublime el salvaje huye, porque no puede evitar un sentimiento de angustia cuando su percep­ción le impacta con toda su fuerza material. La emoción que despierta lo sublime es, por consiguiente, inicialmente depre­siva, pero al primitivo sentimiento de terror le sigue otro de íntima satisfacción por cuanto que lo sublime despierta en nosotros el sentimiento de nuestra propia grandeza moral. Y, así, la inicial emoción depresiva se convierte en exaltación y la angustia se torna entusiasmo.

Lo sublime presenta dos aspectos: el que podríamos de­nominar cuantitativo o matemático, que expresa el milagro de su grandeza bajo la apariencia de extensión, y el diná­mico, que aborda el milagro de su potencia. Pero al profundi­zar en el análisis aparece inserto un aspecto casi terrible, que es la majestuosidad y grandiosidad de lo Divino. Este as­pecto ha sido descrito de forma admirable por el alma pro­fundamente religiosa de Rudolf Otto, destacándolo con par­ticular relevancia en su libro Lo Sagrado, donde lo califica de numinoso.

Nos hemos referido a los dos grandes aspectos del Divino: inmanencia y trascendencia. Son ambos verdaderos y necesa­rios, pero tomados separadamente son unilaterales; es preciso integrarlos, fusionarlos. Cuando prevalece el aspecto de la in­manencia, existe el peligro de empequeñecer o rebajar la idea de lo Divino en todas sus manifestaciones. Así, en el ámbito de la estética, cuando prevalece este aspecto de expresión y de forma obtenemos la perfección agradable, afable, elegante, pero fría, de los parnasianos y de los neoclásicos. En el campo religioso nos encontramos ante el misticismo sentimental, el amor personal por Dios hecho hombre —demasiado humano. En el ámbito del pensamiento, nos encontramos ante la deifi­cación del hombre como hombre, como en algunas corrientes idealistas. Cuando, sin embargo, se acentúa de forma exclu­siva el aspecto trascendente, aparece un excesivo dualismo, casi una contraposición y una oposición artificial entre naturaleza y Dios, entre creación y Creador. Se produce así una excesiva separación entre el hombre y Dios.

Es precisa, repito, una integración, una síntesis de ambos aspectos, y para obtenerla prácticamente es necesario acen­tuar el aspecto que presente mayor carencia, tanto en noso­tros mismos como en nuestra época. Hoy en día prevalece claramente en el mundo exterior la tendencia inmanentística. Vivimos en la era de la ciencia en la cual ésta destaca, de entre todos los aspectos de lo sublime, su extensión.

El enfoque general es de extraversión, con la búsqueda de la verdad, la belleza y el poder en el mundo externo y en la naturaleza. Por consiguiente conviene actualmente acentuar el otro aspecto para llamarnos la atención a nosotros mismos y al resto de la humanidad sobre el sentido de lo trascen­dente, abriéndonos a sentir y hacer sentir el estremecimiento del misterio ante lo infinito.

También para este fin recomiendo la lectura de El tesoro de ¡os humildes, de Maeterlinck. El capítulo del silencio nos ayu­dará a desprendernos y desapegarnos de esta pequeña vida frenética y extrovertida en la que casi todos estamos implica­dos y que tanto nos arrastra. Un renovado y adecuado sen­tido de la trascendencia conduce directamente a la gran Reali­dad, al permitirnos intuir esa belleza que subyace bajo toda forma y que tan insuperablemente describió Platón: la Belleza eterna, que existe eternamente en sí misma en absoluta y per­fecta unidad.
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