Colección conciencia global




descargar 0.93 Mb.
títuloColección conciencia global
página19/21
fecha de publicación28.08.2016
tamaño0.93 Mb.
tipoLección
med.se-todo.com > Derecho > Lección
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   21

24. Elementos espirituales de la personalidad: el amor
En nuestro examen de los 'rayos espirituales' que descien­den sobre la personalidad, hemos hablado de la belleza. Ahora hablaremos de otro elemento importantísimo: el amor.

El amor es uno de los aspectos de la vida más extendido, constituyendo el sentimiento y la actividad más universales. Sin embargo quizás sea uno de los más incomprendidos, el que más confusiones provoca y por el que se cometen los más graves errores. Por consiguiente, y para poder amar mejor, re­sulta muy útil e incluso necesario comprender lo que es real­mente el amor.

Las confusiones y los errores existentes no deben extra­ñarnos demasiado si tenemos en cuenta que el amor posee un origen, una naturaleza y unas funciones cósmicas, que a me­nudo se vive como algo arrollador que domina y abruma al individuo, y que posee manifestaciones interiores y exteriores muy diversas y aparentemente contradictorias: existe un amor físico y un amor espiritual; un amor que desea, que atrae y que absorbe, que limita y que somete, y un amor que amplifica y que libera; también existe un amor en el que el in­dividuo parece perderse y otro en el que parece reencon­trarse. Para poder aportar algo más de claridad y de orden a esta confusión y a estos contrastes es necesario incluir el amor dentro de la gran concepción espiritual de la vida a la que ya hemos aludido anteriormente. Solamente así lograremos acla­rar, al menos en parte, todo este misterio. Recordemos a gran­des rasgos las líneas maestras de esta concepción espiritual, para poder relacionarla con el tema que ahora nos ocupa.

Existe una unidad originaria y no diferenciada: lo Abso­luto, Trascendente e Inmanifiesto. De ella procede la manifes­tación y diferenciación que pueden considerarse como proyección, emanación y auto-objetivación del Supremo. Este gran proceso cósmico posee varios grados. El primero es el de la dualidad: el uno se convierte en dos. Se produce entonces la primera diferenciación fundamental: espíritu y materia, as­pecto subjetivo y aspecto objetivo, energía y resistencia, acti­vidad y pasividad, polo positivo y polo negativo, aspecto masculino y aspecto femenino. Hasta ahora, sólo se trata del aspecto objetivo de la materia, de algo indiferenciado, no de la materia ya diferenciada tal y como nosotros la conocemos. Es la fase primordial a la que podemos llamar relación de dualidad.

Estos dos grandes aspectos del ser no permanecen escindi­dos ni indiferentes el uno del otro, sino que interactúan pro­duciendo acciones y reacciones, y el efecto de esta atracción vital es la creación y manifestación del universo tal y como nosotros lo conocemos, ya concreto y formalizado. Este no se forma en un solo instante, sino que existen sucesivas diferen­ciaciones en el seno de la creación. Se produce primero la ob­jetivación de los planos, con niveles de vida cada vez más concretos y materiales, y estados de conciencia más y más li­mitados. Y dentro de cada nivel se producen sucesivas e in­numerables diferenciaciones hasta llegar al estado actual de máxima división, escisión y dispersión entre todo lo creado.

Esta, diría yo, es la estructura o el marco en el que noso­tros podemos incluir y comprender el amor. Dentro de este actual estado de división, de escisión y de dura separación, en las criaturas existe de varias formas y en diversos grados un oscuro y alejado recuerdo de la unidad primitiva, un vaga sensación del origen común y una inconsciente pero pode­rosa nostalgia por regresar a él. Toda criatura, todo ser ais­lado, se siente incompleto, insuficiente, insatisfecho; busca algo, sin saber qué es, sin encontrar la paz. Busca equivocán­dose, sufriendo continuas desilusiones, pero sin poder hacer otra cosa más que seguir buscando, empujado por un apre­mio que no le da un momento de descanso y por una sed que no se extingue. Y no puede ser de otra forma, porque este im­pulso, este anhelo, es la expresión de la gran ley evolutiva.

Esto nos revela el secreto de la naturaleza y de la función del amor. Este deseo de complementarse, de unirse, de fusio­narse con algo o con alguien distinto de uno mismo es preci­samente la esencia misma del amor. Y esta unión, esta fusión creativa y productiva, da origen a cualquier otra cosa. El Uno —el Espíritu— más el dos —la materia— dan origen al tres: o sea, a la manifestación diferenciada. De esta forma, de la unión de lo positivo con lo negativo surge algo distinto y di­ferenciado, en consonancia con la naturaleza de los elemen­tos que se hayan unido. Traduciéndolo a un lenguaje cientí­fico, se puede decir que el universo está basado sobre el principio de la polaridad, según una ley de atracción y una serie de actos de reproducción. Estos principios y leyes bási­cos los encontramos en todas las manifestaciones del amor, aun cuando a primera vista éstas puedan parecemos tan dis­tintas y contradictorias.

Podemos hallar estos principios incluso en la materia inorgánica. Dentro del átomo existen la carga positiva del nú­cleo y la carga negativa de los electrones, cuyo conjunto esta­blece la vida y la cualidad específica del átomo. También po­demos encontrarlos en la electricidad en general, en la que la carga positiva y la carga negativa, al unirse, producen la chispa que proporciona luz y calor. En los elementos quími­cos, el amor, la ley de atracción y de unión, se manifiesta como afinidad química: entre los ácidos y las bases, por ejem­plo, cuya reacción da lugar a las sales.

En el aspecto biológico encontramos que en la vida orgá­nica vegetal y animal se produce la atracción y fusión de las células. En los organismos más elementales —los unicelula­res— se funden dos organismos dando lugar a otras células. En los organismos superiores —los pluricelulares— existen individuos diferenciados, masculinos y femeninos, por me­dio de los cuales tiene lugar la reproducción sexual.

Ahora bien: el aspecto subjetivo y psicológico de esta función sexual es una poderosa atracción física, el instinto suscitado por las impresiones de los sentidos. El hombre, en lo que se refiere a este aspecto, participa de la vida de las sensaciones, pero en él existen otros niveles en los que tam­bién se manifiesta el amor. Está el nivel emotivo, en el que aquél adquiere el aspecto de atracción emotiva y sentimen­tal, de necesidad de un complemento psíquico de distintos niveles, desde la pasión posesiva más elemental hasta los sentimientos más elevados de comunión de las almas. Tam­bién existe el nivel intelectual, en el que tienen lugar comu­niones de índole intelectual, en el que se producen intercam­bios de ideas que dan lugar a un enriquecimiento recíproco. Y, finalmente, también existe el nivel espiritual, en el que en­tran en juego otros elementos de los que hablaremos más adelante.

Hasta ahora hemos señalado los casos más sencillos del amor, de la tendencia a la unión, de la ley de la atracción, es de­cir, de la relación y complementación entre dos elementos o se­res de polos o de sexos opuestos. Pero existen extensiones, complicaciones y refinamientos de esta manifestación. Ante todo, los casos en los que no existe una polaridad rígida y esta­ble, como la eléctrica y como el sexo físico, sino una función al­terna. Así, por ejemplo, en el ámbito de los sentimientos y del intelecto, un mismo individuo puede ser alternativamente ne­gativo y positivo, activo y pasivo, emisor y receptivo. Existe una mayor plasticidad, una mayor libertad de acción y, por consiguiente, también de selección.

Una segunda complicación y un distinto desarrollo del amor tienen lugar cuando existe una complementación, una fusión de más elementos e individuos, y no tan sólo de dos. Esto sucede ya en el mundo de la materia. Por ejemplo: hay combinaciones químicas complicadas en las que entran en juego tres o más elementos. Casi todos los compuestos orgá­nicos son de esta naturaleza: moléculas complejas formadas por carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y otros elemen­tos. En el ámbito biológico se encuentran las células como ele­mento primordial, después los grupos de células, y los gru­pos de grupos de células que forman los órganos, hasta llegar al conjunto coherente y adecuadamente interconectado de grupos de órganos que forman una unidad viviente, desempeñando sus funciones con armonía, con solidaridad e in­cluso se podría decir que con amor.

Análogamente podemos encontrar en el mundo humano diferentes agrupaciones que en su conjunto son creadas y están unificadas por fuertes vínculos afectivos. La primera de estas agrupaciones que podríamos considerar como una célula humana es la familia. Resulta evidente que en mu­chos casos la familia constituye una verdadera unidad pro­pia, constituyendo un pequeño grupo casi independiente del resto y que se mantiene unido por fuertes vínculos de un mismo amor, de unos mismos ideales, de unas mismas ten­dencias. Otra agrupación es la comunidad. La palabra co­munidad significa unión, es decir, la unificación de distintos elementos. Así pues, existen agrupaciones y comunidades políticas, religiosas, sociales e incluso intelectuales. Algunos centenares de individuos repartidos por todo el mundo, como por ejemplo los astrónomos, forman una comunidad bien diferenciada y que habla un lenguaje en parte incom­prensible para los demás. También esta es una forma de unión y de amor.

En todos estos grupos podemos encontrar las mismas ca­racterísticas fundamentales del amor ya mencionadas: senti­mientos afectivos, sentido de unión y de complementación, y una actividad y productividad común y grupal mucho mayor e incluso quizás también distinta de la que puede realizar un individuo aislado. Pero ello no es suficiente explicación. Ape­nas estamos en la mitad de nuestro examen.

Todas estas relaciones de polaridad y de unión que he­mos considerado hasta ahora se desarrollan en el mismo plano; son ampliaciones horizontales o superficiales, por así decir. Las diferentes afinidades químicas tienen lugar en el ámbito químico; la comunión afectiva humana, en el afec­tivo; y la compenetración intelectual, en el intelectual. Pero también hay otras relaciones y complementaciones que po­dríamos calificar de verticales, y que son además las más esenciales. Las complementaciones horizontales son insufi­cientes, ya que tan sólo pueden llegar a crear un vínculo parcial y temporal. La sed más profunda no resulta satisfe­cha con ellas, y ahí radica el drama del amor pasional o del amor humano en general. En el amor físico, en el simple amor pasional, existe una continua insatisfacción. Muchos poetas y escritores han sabido reflejar lo que sucede en el alma de dos seres que se aman: una sed por lo eterno e infi­nito, y una profunda aspiración por detener ese momento y conseguir que ese pequeño amor humano se convierta en algo perfecto y completo. Por sí mismas estas aspiraciones son inalcanzables e imposibles de realizar, y por este motivo de ellas se deriva un profundo dolor y el consiguiente deseo de anularlo, de detenerlo eternamente, que puede conducir incluso hasta el suicidio.

Esto sucede a causa de los motivos arriba señalados; es de­cir: debido a que se percibe la unidad originaria. Tal unidad tiene su origen precisamente en un plano distinto al horizon­tal, en un lugar superior y trascendente, lo cual se advierte primero con sorpresa y se mal interpreta, pero después se re­vela cada vez con más claridad. Es la aspiración hacia el Espí­ritu, el amor hacia la Divinidad como Realidad Suprema, como unión de todo y de todos. Esta aspiración, esta inquie­tud, es amor; un amor expresado de forma lapidaria por San Agustín: «¡Mi corazón no halla sosiego hasta que no reposa en Ti!». Pero, repito, al igual que la revelación de esta aspira­ción es lenta y gradual, así también las manifestaciones son graduales y distintas. El proceso consta de una serie de etapas con características muy distintas.

Antes de poder amar y sentir a la Divinidad en su esencia, en su inconcebible grandiosidad, el hombre aprende poco a poco a amar las manifestaciones veladas, concretas e indivi­dualizadas, cada vez más amplias. De esta forma, empieza por dirigir su amor en sentido vertical, hacia lo alto, hacia el Espíritu, amando a los seres humanos superiores a él, ideali­zados, en los que se manifiesta a niveles más o menos nota­bles algo de divino y espiritual. Son los héroes de la humani­dad, los genios, los santos; los hombres divinos, como Buddha y como Cristo. Estos son como un punto de apoyo para el hombre que todavía no es capaz de alcanzar lo Su­premo y lo Universal.

Otro aspecto, otro paso más hacia el amor por el Supremo y el amor hacia el Espíritu en nosotros mismos, es el de la as­piración, que es la atracción que experimenta la personalidad hacia la individualidad, hacia el centro espiritual, hacia el Sí Mismo.

Viene después el amor hacia Dios. Este amor puede adop­tar dos formas que no se excluyen entre sí. Existe el amor ha­cia Dios, concebido éste como una personalidad —una perso­nalidad sublime— pero siempre como elemento de diferenciación y de manifestación; y también hay otro amor mucho más místico entre el alma y Dios, en el que el alma po­see un aspecto y una actitud 'negativa', en la que hay reflejos análogos a los del amor humano. Precisamente, los místicos hablan de una noche mística y de una unión mística. También aquí encontramos las mismas características del amor: deseos de complementación, de unión y, después, de proyección. Porque estas almas místicas no se conforman con gozar pasi­vamente del sentimiento de amor divino, sino que se sienten empujadas a actuar en el seno de la humanidad para llevar este amor a todos los hombres.

Después, también existe un amor hacia todo lo creado, ha­cia la naturaleza y hacia los hombres, que posee un carácter espiritual por cuanto que no se trata de amor hacia una cria­tura en particular o por un hombre en concreto, sino que es un amor universal basado en el principio de unidad de todas las criaturas.

Espero haber demostrado cómo esta visión de conjunto explica la unidad del amor y la gran diversidad de sus mani­festaciones, entre los distintos seres y en los diferentes niveles de vida; pero sobre todo en el hombre, ya que éste es un ser muy complejo que abarca desde las reacciones físicas y quí­micas de su cuerpo, hasta la posibilidad de conciencia espiri­tual y comunión con el Supremo. Por consiguiente, en el hombre coexisten y se entremezclan todas las diferentes ma­nifestaciones del amor.

Es muy importante observar además que estos distintos niveles no permanecen aislados, sino que se producen conti­nuas acciones reacciones entre ellos y, por consiguiente, la ac­tividad de un nivel puede influir o ser influida por otro. Es fá­cilmente comprensible que estas interacciones sean fuente de confusiones, de incomprensiones y de errores, aunque tam­bién de grandes oportunidades de transformación, de regene­ración y de sublimación, teniendo consecuencias prácticas para nuestra elevación y para nuestro desarrollo.

25. Elementos espirituales de la personalidad: la alegría
Otro hermoso reflejo, otro vivificante rayo que desciende a través del sol del Espíritu para iluminar y vivificar la perso­nalidad humana, es la alegría. El origen espiritual de la ale­gría viene confirmado por el hecho de que una de las caracte­rísticas esenciales del Espíritu es la beatitud.

En verdad que el Supremo, que es omnipotencia, sabidu­ría y amor, que es la suma de toda perfección, no puede po­seer ningún nexo de deficiencia, de inconsciencia, de sufri­miento o de deseo. No puede ser concebido de otro modo más que totalmente satisfecho y en perfecta beatitud. A este respecto, todas las corrientes espirituales, tanto en Oriente como en Occidente, se muestran de acuerdo. Para los hin­dúes, los tres aspectos fundamentales del Espíritu son: Sat Chit Ananda, es decir, Ser, Conciencia y Beatitud.

Otros textos, como el Upanishad, hablan de Atman Shivam Advaitam, es decir, Paz, Beatitud y Unidad. Según la concepción cristiana, el atributo de Dios más frecuentemente proclamado y celebrado es el de la gloria, y la gloria implica beatitud. Esta beatitud consciente está repleta de amor y fue alabada por Dante al final del Paraíso:
Oh Luz Eterna que sólo en Ti resides

sola Te entiendes; y por Ti entendida

y de Ti entendedora, Te amas y sonríes.
Esta divina beatitud, manifestándose en nuestra indivi­dualidad espiritual, en nuestro Yo Superior, asume un carác­ter de puro regocijo, y después, descendiendo poco a poco por los diferentes niveles de la personalidad, se atenúa, se re­fracta y se mezcla con otros elementos. Se producen así las alegrías y las satisfacciones humanas de diverso género, grado y valor, hasta que al llegar al cuerpo se manifiesta como bienestar físico y placer producto de las impresiones de los sentidos y de la satisfacción de las necesidades e instintos naturales.

Por desgracia, el hombre, debido a su egoísmo, su avidez y su sentido de posesión, ha contaminado la pureza y la natu­raleza original de la alegría y del placer y ha creado gran can­tidad de excesos, de perversiones y de inarmonías que son fuente de enfermedades y de dolor. Es él quien a menudo seca su propia fuente de alegría elevada y noble, del más puro regocijo, dedicándose a la búsqueda de la satisfacción y de la felicidad en los placeres más fáciles y accesibles, persi­guiendo sin tregua y sin medida la satisfacción de los senti­dos y de las ambiciones en las conquistas y las victorias mate­riales.

Pero así no se consigue hallar una satisfacción perma­nente, sino un placer transitorio, mutable, inseguro e imper­fecto al que a menudo acompaña una sensación de disgusto, o bien resulta ser una satisfacción mezquina e ilusoria.

La verdadera naturaleza superior del hombre puede ser momentáneamente adormecida y paralizada, pero no des­truida. Siendo indestructible, dada su naturaleza y esencia, ésta se debate en su encierro proporcionando a quien la ol­vida o la niega sentimientos de incomodidad y de inquietud que van tornándose en un sutil pero insistente tormento. El hombre intenta acallarlo volcándose hacia el exterior y deján­dose envolver por un torbellino de frenética actividad... aun­que en vano. Entonces empieza el retorno, el ascenso, al prin­cipio fatigoso y lleno de obstáculos pero continuamente reconfortado por una alegría cada vez más elevada e intensa. Y precisamente, en esos momentos, es cuando el hombre em­pieza a sustituir los placeres físicos por el regocijo espiritual.

El regocijo espiritual posee una serie de características propias que lo diferencian claramente del resto de los place­res. Este se halla permeado de paz, de seguridad, de una total satisfacción de la que carecen los placeres tumultuosos o cualquier otro tipo de embriaguez. A los placeres y a las satis­facciones egoístas suele seguirles un sentimiento de disgusto y de atonía; el regocijo espiritual no provoca tales reacciones, sino que es sumamente vivificante e incluso vigoriza el cuerpo.

Además, mientras que los placeres egoístas tienden a se­pararnos de los demás, a llevarnos al olvido de todo empeña­dos y absortos en saborear nuestras pequeñas satisfacciones personales —o bien constituyen un 'egoísmo a dúo', la natu­raleza del verdadero regocijo es expansiva, nos hace mejores y más compasivos y nos inspira el ardiente deseo de hacer participar también a los demás de nuestra propia alegría.

Otra característica del regocijo espiritual es que puede co­existir con el dolor. A primera vista esto puede parecemos paradójico, pero tiene fácil explicación si consideramos la na­turaleza humana y su constitución interna. Ya he mencio­nado que somos un organismo sumamente complejo, consti­tuido por múltiples elementos de diversa naturaleza; pero incluso simplificando al máximo, encontramos en el hombre dos ámbitos: personalidad e individualidad. Se puede cons­tatar que incluso en aquellas personas que se encuentran en una fase de desarrollo intermedia —en la cual la conciencia espiritual está despierta, aunque todavía persistan muchos elementos de la personalidad ordinaria— se plasma más o menos acentuada esta dualidad en el sentir y el reaccionar. Por ello es fácilmente comprensible que pueda suceder —y de hecho no es raro que suceda— que mientras que la perso­nalidad sufre humanamente, la individualidad —el alma— se regocija en la luz del espíritu. Esta coexistencia de dolor y alegría ha sido muy bien expresada por Soeur Blanche de la Charité, según el cual: «No es lo mismo sufrir que ser des­graciado».

Ahora trataremos del valor educativo de la alegría. Algu­nos conceptos religiosos algo rígidos y separativos han sobre-valorado injustamente el dolor. Considerar la alegría como algo sospechoso o negativo es un error espiritual que ha cau­sado graves daños, ya que ha inducido a muchos hombres alejarse de la religión y de la espiritualidad al ser presentadas éstas de forma tan poco atractiva. Es preciso, en cambio, ha­cer todo lo contrario, aunque sin prescindir del aspecto de se­riedad y austeridad de la elevación espiritual: acentuar el as­pecto alegre y ampliamente compensatorio que la espiritualidad proporciona y señalar cómo cada satisfacción que se quiera o se deba abandonar se ve sobradamente re­compensada por una alegría más elevada, más hermosa y más luminosa. Es este un modo muy distinto de concebir la espiritualidad que además resulta más atractivo para aquel que está dando sus primeros pasos.

Pero el regocijo espiritual no es tan sólo bueno, lícito y ele­vado, sino que es también un verdadero deber. La mejor 'pro­paganda' y la mejor manera de divulgar la espiritualidad es mostrarnos alegres, serenos y satisfechos. La humanidad, atormentada por el miedo y por las continuas dudas, busca la alegría y se siente atraída irresistiblemente hacia aquellos que en su propia vida y con la propia irradiación demuestran ha­ber alcanzado un estado de tranquilidad, de armonía y de sa­tisfacción. Tras haber constatado los resultados positivos, tras haber reconocido a través de un ejemplo viviente el valor de la vida espiritual, el hombre se siente dispuesto a pagar el precio necesario; precio que después se demuestra irrisorio ante el gran tesoro que conquistamos para toda la eternidad. Por consiguiente, la alegría es un deber.

En su Convivio, Dante escribe: «La virtud debe ser alegre, y en ningún caso triste. Donde el don no es alegre, ya sea al dar o al recibir, no hay disposición perfecta ni virtud».

Y San Francisco: «No conviene que los servidores de Dios aparezcan tristes y con semblante oscuro».

No es fácil ser alegre. Veamos, entonces, cuáles son los principales obstáculos y cuáles los mejores remedios. Los pri­meros están constituidos por el dolor, por las adversidades —que parecen ser una constante en nuestras vidas— y qui­zás también por un cierto apego hacia el sufrimiento. Si exa­minamos estos obstáculos con toda sinceridad e imparciali­dad, reconoceremos que lo que más nos hace sufrir es nuestra propia actitud, nuestra forma de reaccionar ante las circuns­tancias y ante los hechos, ya que una de las principales causas del sufrimiento suele ser nuestra propia rebelión. Es evidente que la rebelión no evita el dolor. Además, a menudo nos irritamos fácilmente y nos comportamos de forma mezquina ante los pequeños inconvenientes y desengaños que nos de­para la vida.

Otra de las cosas que obstaculizan la alegría (y que ade­más depende de nosotros) es el de ser tan exigentes. Al ser siempre tan exigentes con los demás, así como con respecto a las circunstancias que nos rodean, no podemos menos que sentirnos defraudados ante los resultados, lo cual nos pro­voca continuas quejas, lamentaciones y enfados. Otro aspecto más es el de tomarnos las cosas demasiado en serio, el sentir de forma exagerada el aspecto trágico de la vida y, relacio­nado con lo anterior, el tomarnos a nosotros mismos dema­siado en serio. Finalmente, también nuestro apego a un cierto tipo de satisfacciones o a alguna satisfacción en concreto, por lo que el dolor caracteriza todo aquello que nos falta. El deno­minador común de todos estos obstáculos es el egoísmo, y su resultado es una malsana compasión hacia nosotros mismos. Sin embargo, y si mostramos una buena predisposición, estos obstáculos pueden ser fácilmente eliminados. La rebelión puede ser substituida por la aceptación, la mezquindad y la exigencia, por la generosidad, la paciencia y la serenidad. De la generosidad brota un sentimiento de dignidad y nosotros deberíamos tener la dignidad de no dejarnos exasperar por las pequeñas contrariedades. La aceptación y la generosidad nos inducen a alabar la vida y a sentir gratitud por todos los aspectos que ella tiene de bueno, aun cuando se hallen entre­mezclados con aquellos más adversos y más penosos; aqué­llos son los que hacen que la flor de la alegría pueda llegar a abrirse y a desarrollarse.

El dar demasiada importancia a los acontecimientos y los sentimientos trágicos pueden ser fácilmente eliminados adop­tando la actitud opuesta: tomándonos un poco a broma. De­bemos contemplar nuestra propia personalidad desde 'afuera' y observar lo cómicas que pueden llegar a ser sus re­acciones y contorsiones, estableciendo un justo sentido de las proporciones y de los valores; después de practicarlo sobre nosotros podemos hacerlo también con los demás... siempre benévolamente.

Vamos a contemplar ahora el cultivo directo de la alegría.

El regocijo espiritual es una nueva prueba de la concep­ción espiritual de la vida, de la cual ponemos nuestra máxima atención y el mayor acento en la gloriosa meta que otorga fi­nalidad y sentido a la vida misma. Y el sentido de esta glo­riosa meta, de esta vida mucho más real y elevada, es la ale­gría: la mayor e inagotable fuente de alegría.

San Pablo dijo: «Por ello os digo que los sufrimientos ac­tuales no pueden compararse siquiera con la gloria que habrá de manifestarse ante nosotros».

Y san Francisco: «Tan grande es el bien que espero, que cualquier pena me resulta un deleite».

Otras fuentes de alegría son: la naturaleza, siempre dis­puesta a ayudarnos, siempre accesible a todos; el arte, que en cierto sentido perfecciona la naturaleza, puesto que el hombre le añade un elemento de espiritualidad (naturalmente, me re­fiero a los verdaderos artistas, a aquellos que han despertado su verdadera naturaleza espiritual); y el ejemplo de otros hombres. Es verdaderamente incalculable la creativa y suges­tiva eficacia del ejemplo viviente. Por ello, cuando no se tiene la suerte de llegar a experimentar o a estar en contacto con ta­les ejemplos de espiritualidad y de regocijo, podemos ayudar­nos de los testimonios de todos aquellos que sí la han tenido y acudir también a la lectura de libros apropiados.

Otras fuentes de alegría son la comuniones espirituales en el amor y la amistad. Ya hemos hablado del amor, pero no menos importante es la alegría de la amistad cuando se basa en una comunión desinteresada, ferviente y vital.

Y en fin, otra continua fuente de alegría, cuando sabemos descubrirla, es el trabajo y la actividad. Dado que éste, de una u otra forma, nos acapara bastantes horas al día, es fácil com­prender lo importante que es llegar a trabajar serena y tranquilamente. Aunque se trate de una ocupación ingrata o pe­nosa, podremos encontrar alguna ocasión de alegría espiri­tual motivada por nuestros propios deseos de superación. Quien además tenga la fortuna de poder desarrollar una acti­vidad agradable o acorde con su propia naturaleza, tendrá mayor facilidad para trabajar con alegría y mayor obligación de conseguirlo.

«Llenad de alegría todas vuestras ocupaciones.» «A través de todo tu trabajo mortal, tu alma debe cantar divinamente.»

«Emprende cualquier tarea con cara sonriente: parecerá que tu trabajo se haga solo y la satisfacción renovará tu sonrisa.»

Una buena disposición matutina es la que nos aconseja M. B. Eddy: «Al abrir los ojos por la mañana, haced que vues­tro pensamiento se eleve por encima de la discordia del yo y de la materia hasta el Padre eternamente presente.

«Saludad la mañana con la radiante alegría de la gratitud por cualquiera de las tareas que debáis emprender, conside­rando que cada una de ellas es una nueva y jovial ocasión de colaborar con la ilimitada fuerza divina, sirviendo a los hijos de Dios con corazón voluntarioso; trabajando por amor y amando trabajar, devotos y dispuestos a recibir el bien infi­nito y siempre presente. Escuchad la voz del Padre y con un canto de agradecimiento seguid el camino que os indica la Mente Divina. La gratitud teñirá de oro todas las cosas y di­réis: 'Es cierto, el Señor estaba aquí y yo no lo sabía'. Esta es la casa de Dios, la puerta del Cielo.»

El darse a los demás y el servir a la humanidad es una de las mayores fuentes de alegría. El primer beneficio que nos procura es hacer que nos olvidemos de nosotros mismos per­mitiéndonos salir de ese 'caparazón de acero' que es nuestra personalidad. La justa satisfacción que conlleva hacer el bien a nuestro alrededor es enorme y nadie nos la puede arrebatar. Pero la forma más directa de alcanzar la alegría espiritual es mediante el recogimiento y la meditación, que pueden lle­var hasta la contemplación, la comunión y la identificación con el Supremo, que es el mayor estado de gloria y beatitud.

No sabría una forma mejor de concluir este capítulo que citando dos tercetos de Dante conocidos por todos, pero que deberíamos repetirnos cotidianamente:
Oh regocijo, oh inefable alegría;

oh vida interna de amor y de paz;

oh segura riqueza que no precisa de codicia.
Luz intelectual, plena de amor;

amor por el verdadero bien, pleno de gozo;

gozo que trasciende todo dolor.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   21

similar:

Colección conciencia global iconColección Conciencia

Colección conciencia global iconPsicopatología de la conciencia

Colección conciencia global iconÉtica y Conciencia Quirúrgica

Colección conciencia global iconConciencia ambiental y reciclaje de pet

Colección conciencia global iconIrresponsabilidad por pérdida de conciencia

Colección conciencia global icon9. Competencia, formación y toma de conciencia

Colección conciencia global iconRuptura con la psicología de la conciencia y el método de la introspección

Colección conciencia global iconInvestigación de las células madre Acerca de la conciencia

Colección conciencia global iconCompetencia global

Colección conciencia global iconQue es calentamiento global


Medicina



Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
med.se-todo.com