Colección conciencia global




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El estudio del superconsciente

1. El despertar y el desarrollo de la conciencia espiritual
El modo superficial y poco definido con que la palabra «espiritual» ha sido y es frecuentemente usada, ha generado mucha confusión e incomprensión. Nosotros queremos evi­tar intencionadamente una definición y preferimos un mé­todo más científico: comenzar por los hechos y la experiencia, e interpretar después lo que se haya observado y experimen­tado. Al mismo tiempo, el significado concreto con que se uti­liza aquí la palabra «espiritual» quedará aclarado a lo largo del presente capítulo.

El hecho fundamental del cual vamos a ocuparnos aquí es la experiencia y la conciencia espiritual, que podemos expresar de la siguiente forma: Desde los tiempos más remotos han existido seres humanos que han afirmado haber experimen­tado estados de conciencia que diferían enormemente —por su calidad, intensidad o efecto— de aquellos que normal­mente proyectan su propia luz o su propia sombra al abrigo del conocimiento humano.

Pero estas personas hacen otra afirmación mucho más am­plia: Sostienen que tales estados de conciencia son el resul­tado de entrar, de forma voluntaria o involuntaria, en con­tacto con un plano o una esfera de la Realidad que está «por encima» o «más allá» de aquellos generalmente considerados como «reales».

A esta esfera de la Realidad se la suele denominar trascen­dente. Pero nosotros no utilizaremos este término, que su­giere algo abstracto y remoto. Quien ha tenido este tipo de percepciones, siquiera fugazmente, asegura que éstas se sien­ten como la cosa más real, duradera y sustancial del mundo de todos los días, como la verdadera raíz y esencia del ser, como una «vida más abundante».

La abundancia de testimonios sobre tales contactos con una Realidad superior más plena y elevada, puede dejarnos sin respiración. Provienen de personas de todos los tiempos y de todos los países y, entre otras, de aquellas que constituyen la flor y nata de la humanidad.

Por ello, las tentativas que se han hecho de negar tales ex­periencias, las afirmaciones de que son meras ilusiones o todo lo más sublimaciones de los instintos sexuales, son totalmente arbitrarias y demuestran la ausencia de un verdadero espíritu científico. William James, cuyo libro The Varieties of Religious Experience (1) es un modelo de examen imparcial y científico de este tema, ha demostrado vigorosamente la realidad y el valor del reino transcendente:

Me parece que los límites extremos de nuestro ser penetran en una dimensión de la existencia totalmente distinta al mundo sen­sible y comprensible, como es habitualmente concebido; ya sea una región mística o una región sobrenatural, o como queramos lla­marla.

Desde el momento en que nuestros impulsos ideales tienen ori­gen en esta región (y muchos de ellos lo tienen, porque hallamos que nos poseen de un modo que no puede ser expresado con palabras), nosotros también pertenecemos a ella, incluso más íntimamente que al mundo visible, porque pertenecemos más íntimamente a donde­quiera que nuestros ideales pertenecen. Sin embargo, la invisible re­gión en cuestión no es meramente ideal, ya que produce efectos en este mundo. Cuando penetramos en ella, se produce efectivamente una transformación en el plano de nuestra personalidad completa, nos convertimos en hombres nuevos, y de ello resulta un modo de comportarse en el mundo natural en correspondencia con nuestro cambio regenerador. Pero aquello que produce efectos dentro de otra realidad también debe ser llamado realidad. Por ello, no siento que tengamos ninguna excusa filosófica para llamar «irreal» al mundo místico o invisible.

La importancia de este reino superior de experiencia y de reali­dad no debe ser infravalorada, y la sola posibilidad de su existencia debería estimular a los científicos a dedicar a su investigación una parte de su energía, tiempo y celo en proporción a su valor humano.
(1) Variedades de la experiencia religiosa, Ed. 62, 1986. (N. del T.)
La declaración de James tiene la cualidad de que es sus­ceptible de ser aceptada por parte de cualquier individuo li­bre, y de animarlo a adoptarla como una base digna de con­fianza para una investigación ulterior. Siendo ésta la situación, ¿cuál debería ser nuestra actitud hacia este reino superior? El sentido común considera que deberíamos tenerlo en cuenta con la misma seriedad con que nos apresuraríamos a considerar la afirmación de que un grupo de exploradores ha descubierto —por ejemplo— que un cierto territorio es rico en petróleo, o en metales o piedras preciosas. Ignorar tal afirmación sería una locura, porque correríamos el riesgo de privarnos de la oportunidad de adquirir nuevas e inmensas fuentes de riqueza. Pero una afluencia desorganizada hacia esa región, sin las armas, los utensilios o el equipo adecuado, expondría sin duda a los que se aventuraran por ella al peli­gro de los animales feroces o a las duras condiciones climáti­cas del lugar. En el mejor de los casos, es probable que tales tentativas desconsideradas tuviesen probabilidades de éxito tan sólo después de haber superado grandes peligros y difi­cultades, y vieran su recompensa limitada a una cantidad su­perficial de los tesoros que hubiesen podido conseguir los ex­ploradores más prudentes, más hábiles y mejor preparados.

Naturalmente, la razón y la experiencia aconsejan un acer­camiento razonable al problema:

1. El estudio concienzudo de toda la documentación po­sible sobre el nuevo territorio.

2. La organización de una expedición adecuada y equi­parla de la mejor forma posible.

Sigamos por ello este mismo método, y examinemos y comparemos qué es lo que dicen los exploradores de este poco conocido «territorio» al que nos referimos.

Ya desde el inicio nos encontramos con una dificultad sus­tancial: los términos con que se describen el hecho central y el punto de acuerdo ya comentados difieren según el punto de vista de cada uno de los observadores. Es decir: cada uno de ellos ha revestido la misma historia con palabras que presen­tan importantes discrepancias; su experiencia ha suscitado en ellos distintas reacciones emotivas que han interpretado de formas diferentes y, en ocasiones, son parcialmente contradic­torias. Utilizando la apropiada expresión de James: «Cada in­dividuo mezcla con la experiencia original una serie de es­tructuras personales inexactas a las que está fuertemente apegado, tanto mental como emocionalmente». Esta diversi­dad es la causa de que se originen las confusiones, los falsos conceptos y las dudas que envuelven a este tema.

Pero la existencia de tales diferencias no es sorprendente y no debe invalidar la realidad fundamental de la experien­cia. Son algo perfectamente natural, y hasta cierto punto inevitable, por dos importantes razones: la primera es que ninguna esfera de la realidad es algo homogéneo y simple, sino un «mundo» real, múltiple, variado y lleno de vida. Poco es de extrañar, entonces, que los muchos aspectos de aquella Realidad hayan producido interpretaciones diver­sas sobre lo que ha sido observado. La segunda razón puede ser atribuida a la gran diferencia de constitución psicofísica, desarrollo mental y preparación histórica y cul­tural de los observadores, por lo cual un mismo aspecto de la Realidad es experimentado, interpretado y narrado de las formas más diversas.

La primera conclusión que podemos extraer de cuanto ha sido dicho es que la conciencia espiritual no debe quedar li­mitada en modo alguno por creencias religiosas o místicas, ni a un cierto tipo de experiencias, ni ser identificada con és­tas. Es importante hacer tales distinciones en virtud de las muchas incomprensiones y de los numerosos conflictos, y de la confusión y del asombro que resultan en su ausencia. Ac­tualmente, hay un número creciente de individuos que se en­cuentran en la desesperada y acuciante necesidad, aunque a menudo inconsciente, de buscar cualquier cosa que les re­sulte más satisfactoria y más real que la vida «normal» que conocen. Muchos poseen una mente perspicaz y una vi­sión realista, pero no logran encontrar aquello que necesitan dentro de la religión tradicional. En algunos de ellos surge una violenta oposición; en otros, simple indiferencia. Los credos, las teologías, los ritos o ceremonias, y el recurso a un Dios personal o a la iglesia pertenecen, por lo que a ellos con­cierne, a una edad pasada; casi a un mundo diferente.

Por deplorable que pueda parecer, ello es un hecho inne­gable y resulta evidente en el comportamiento de la genera­ciones más jóvenes. Estas desean descubrir las cosas por sí mismas, experimentar todos los aspectos de la vida y aceptar tan sólo aquello que se le presenta de forma objetiva, demos­trable y comprensible; en otras palabras: de manera cientí­fica, en el mejor sentido del término.

2. El superconsciente
Dentro del estudio de la constitución psíquica del ser hu­mano, ha llegado el momento de examinar la parte superior del inconsciente: el superconsciente y el Sí Mismo espiritual. Ante todo es necesario afirmar la realidad del supercons­ciente, porque ésta todavía no suele ser reconocida —sobre todo en el campo de la ciencia y de la psicología— y para mu­chos sigue siendo una tierra desconocida (más adelante vere­mos porqué). Pero la realidad del superconsciente no tiene necesidad de ser demostrada; es una experiencia, y cuando to­mamos conciencia de ello constituye lo que Bergson ha deno­minado con gran acierto «datos de la conciencia», los cuales son en sí mismos la propia evidencia y la propia prueba. Es una experiencia directa, como lo es un color, un sueño o un sentimiento. Nadie puede ni tiene necesidad de «demostrar» la sensación del rojo o del verde, de la alegría o del dolor; para quien los experimenta, son una realidad psicológica.

A este respecto procede evitar un posible malentendido y aclarar una duda: ¿cómo se puede hablar de experiencia o de conocimiento de algo que está más allá o por encima de la conciencia? La respuesta es fácil y es la misma que se puede aplicar a cualquier otro aspecto o nivel del inconsciente: po­demos experimentar conscientemente elementos, actividades o contenidos psíquicos que existen habitualmente fuera de nuestra conciencia cuando éstos, en ciertos momentos o con­diciones, entran en el campo de la conciencia.

Existe un continuo intercambio, una «osmosis» entre la conciencia y el inconsciente. En un momento dado lo que era superconsciente se vuelve consciente, permanece así du­rante un espacio de tiempo más o menos largo y después vuelve a ser superconsciente. Me gustaría recordar a este respecto que «superconsciente», «inconsciente» y «consciente» son adjetivos, es decir, condiciones temporales del he­cho psíquico.

La entrada del superconsciente en la conciencia puede te­ner lugar de dos formas: la primera y más usual se puede lla­mar «descendente», y consiste en la irrupción de elementos superconscientes dentro del campo de la conciencia en forma de intuiciones, iluminaciones repentinas o inspiraciones. Con frecuencia suelen ser espontáneas e inesperadas, pero a veces también pueden responder a una llamada o invocación, tanto consciente como inconsciente. La segunda forma se podría llamar «ascendente», y sucede cuando nuestro centro de con­ciencia se eleva desde el yo auto consciente a niveles superio­res a los ordinarios, hasta alcanzar la esfera del supercons­ciente.

Los testimonios sobre las experiencias del supercons­ciente son innumerables y proceden de todos los tiempos y lugares; son experiencias antiguas y modernas, orientales y occidentales. Pueden ser de varios tipos, pero ante todo están las que corresponden al campo religioso y en particular las experiencias místicas, aunque también debemos tener en cuenta que éstas no son las únicas puesto que hay otras expe­riencias superconscientes que poseen características no reli­giosas. Si las experiencias superconscientes son un hecho, na­turalmente deben ser susceptibles de investigación científica, como cualquier otro tipo de hechos. Y ciertamente, esta in­vestigación ya se ha iniciado, aunque tiene poco desarrollo en comparación con la enorme importancia y valor humano y espiritual del superconsciente. Mientras que existen milla­res y millares de psicólogos en todo el mundo que estudian los restantes aspectos de la naturaleza humana (¡sobre todo los inferiores!), son muy pocos los que se ocupan del super­consciente.

¿Cuáles son las causas de este extraño hecho? En primer lugar el materialismo fundamental del ser humano. Especial­mente el hombre occidental, con su materialismo teórico y práctico, se encuentra como hipnotizado tanto por las sensa­ciones procedentes del mundo exterior como por las de su propio cuerpo. Es fundamentalmente extrovertido, tiende a actuar hacia el exterior, y el mundo interior, en todos sus as­pectos, le da miedo y no se encuentra a gusto en él. Por ello, tiende a evadirse, a huir de todo aquello que le conduce ha­cia el interior o a enfrentarse consigo mismo. Otro de los mo­tivos es el miedo a ser anormal o a ser considerado como tal. Quienes viven algunas de estas experiencias superconscien­tes temen perder la cabe —sobre todo cuando se trata de irrupciones repentinas, inesperadas o distintas a las de la vul­gar y restringida normalidad cotidiana— o tienen miedo de que puedan ser morbosas o anormales; cuando lo cierto es que, por el contrario, son supernorma les. Finalmente, en el campo científico el mayor obstáculo es el obstinado prejuicio de que estas experiencias no son objeto de la ciencia. Siendo la psicología una ciencia joven, se ha apoyado —o mejor di­cho, ha permanecido— ligada a la metodología de las ciencias naturales, lo cual no le conviene en absoluto porque ello la sumerge en un «mar de confusiones», Para evitarlo, la psico­logía tiene, en cambio, el derecho y el deber de utilizar méto­dos igualmente serios y científicos, pero adecuados a su natu­raleza.

Sin embargo, ha existido un grupo de valientes pioneros que osaron aventurarse en el campo del superconsciente y que intentaron estudiado científicamente. El primero de ellos fue el gran psicólogo americano William James, que en una serie de conferencias —reunidas posteriormente en la obra Varieties of Religious Experience llevó a cabo un agudo examen de las experiencias religiosas; con simpatía y aprecio, pero de forma imparcial y objetiva. Esto todavía resulta mucho más valioso, dado que James reconoce no haber tenido él mismo estas experiencias, por lo que debió de realizar un enorme es­fuerzo científico para poder estudiarlas a través de otros.

Las conferencias de James tuvieron lugar hacia finales del siglo pasado. Poco después, un médico americano, el doctor Bucke, tras haber tenido una experiencia imprevista y repen­tina de iluminación espiritual que le impresionó profunda­mente, comenzó a estudiar los testimonios de lo que él denominaba «Conciencia Cósmica» —que es, por otra parte, un término muy discutible. Bucke recopiló y comentó muchas experiencias de todos los tiempos, y dio una interpretación en el libro Cosmic Consciousness, publicado en 1901.

Otro médico, Winslow Hall, también recopiló testimonios de iluminaciones cuyo valor residía en el hecho de que se tra­taba de men of the street, es decir, de «personas cualquiera» que no poseían ninguna otra característica superior, pero que sin embargo habían tenido experiencias de carácter super-consciente muy notables.

Entre los psicólogos modernos podemos citar a Jung, se­gún el cual existen elementos que poseen un carácter supe­rior, superpersonal, en lo que él denomina «inconsciente co­lectivo». Al sociólogo Sorokin, que dedicó un capítulo de su libro The Powers and the Ways of Altruistic Love al superconsciente. A Frankl, neurólogo de Viena, que admite plenamente la existencia de experiencias superconscientes. Al psiquiatra Urban de Innsbruck, que habla de la «psicología de lo alto». Finalmente, una amplia investigación sobre el superconsciente fue llevada a cabo por un psicólogo americano, A. Maslow, profesor de la Universidad de Brandéis, que expuso los resultados en su libro «Towards a Psichology of Being» (Hacia una psicología del ser). (1) El llama «ser» al conjunto de experiencias que nosotros llamamos superconscientes, porque una de sus características es la de dar un sentido de «ser plenamente», de intensidad de existir y de vivir. Maslow recopiló una serie de datos importantes a través de entrevis­tas personales en las que usaba un cuestionario.
(1) Publicado un castellano con el título El Hombre Autorrealizado, Ed. Kairós. (N del T.)
Esto nos lleva a hablar del método de investigación cientí­fica del superconsciente. En primer lugar, es preciso recopilar la documentación ya existente —biografías, autobiografías, epistolarios, etc.— de todas las épocas, y reunir datos actua­les mediante entrevistas personales con cuestionarios. La se­gunda fase de la investigación la constituye el examen, clasificación, interpretación y valoración de los datos recopilados. La tercera fase, que es la más interesante, es la «experimen­tal», y consiste en la utilización de los métodos psicológicos adecuados para facilitar el descenso de los elementos super­conscientes al campo de la conciencia, o bien para promover el ascenso del centro de conciencia a las luminosas regiones superiores.

A través de los datos adquiridos hasta ahora en la investi­gación del superconsciente, nosotros hemos catalogado y des­crito trece características que poseen ya sea los niveles supe­riores, ya sea los estados de conciencia que se producen cuando aquéllos entran en el campo de la conciencia.

La primera es un sentido de profundidad: en varios testimo­nios se habla de llegar hasta la raíz, hasta la base del propio ser; de dejar la superficie ordinaria de la conciencia o llegar hasta el fondo de uno mismo. Otra, es un sentido de interiori­zación, un proceder de lo externo hacia lo interno, de la perife­ria al centro de nuestro ser. La tercera es de elevación, de as­censo; de «subir» a un nivel más alto.

El simbolismo de escalar una montaña, de llegar hasta su cima, se halla a menudo presente en los testimonios, y está re­lacionado con el sendero, con la vía a recorrer, que es la cuarta característica. La quinta es la expansión, la ampliación —a veces vertiginosa— de la conciencia; los límites restringidos del yo separado son trascendidos, anulados momentáneamente, y se tiene la sensación de participar de una conciencia más vasta. La sexta es el des-arrollo, la activación, la sensación de eliminar lo velado, lo «arrollado», y por consiguiente, de «florecer» o «emerger». La séptima es la potenciación, como si una energía más fuerte y más dinámica operara en nosotros, y se experi­menta esa plenitud e intensidad de ser y de existir ya seña­lada.

Otra característica frecuente es la sensación de despertar. En muchos testimonios se pueden encontrar expresiones como las siguientes: «He despertado a una realidad supe­rior-', "He salido de las tinieblas de los sentidos», «He pasado del estado de sueño de la vida ordinaria a un estado de vigilia
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