Colección conciencia global




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títuloColección conciencia global
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superior». Al respecto, recordemos que a Siddharta Gautama, fundador del Budismo, se le conoce por el calificativo de Buddha, que significa «Despierto» o «Perfecto Iluminado».

También suele ser muy frecuente la sensación de ilumina­ción, en la que una nueva luz no terrena transfigura el mundo externo dotándole de una nueva belleza, e ilumina el mundo interno, «arrojando luz» sobre los problemas y disipando las dudas: es la luz intuitiva de una conciencia superior. Por re­gla general, esta sensación se ve acompañada de un senti­miento de gozo, de alegría, que llega incluso a estados de beati­tud. Y junto con ello —o independientemente— tiene lugar un sentimiento de renovación o regeneración, como si tuviera lugar el «nacimiento» de un nuevo ser dentro de nosotros. Después aparece la duodécima característica, que es una sen­sación como de resurrección, de regresar a un estado anterior perdido y olvidado. Y finalmente, una sensación de liberación, de libertad interna.

Este conjunto de características se corresponde en gran parte con los testimonios recopilados e investigados por Maslow, el cual señala catorce características —o «valores de la conciencia del ser», usando su terminología— que son: senti­miento de plenitud, de integración, de totalidad; sentimiento de perfección, de estar completo, de vitalidad, de intensidad, de vida; sentimiento de riqueza pero al mismo tiempo de sen­cillez; sentido de la belleza, conciencia de la bondad, ausen­cia de esfuerzo, espontaneidad, alegría, jocosidad, «humor»; sentimiento de verdad, de realidad de la experiencia, en el sentido de que la experiencia revela algo verdadero, más ver­dadero aún que lo que puede llegar a conocer la conciencia ordinaria. Finalmente, un sentimiento de independencia, de libertad interior, es decir, de no tener necesidad de apoyarse en los demás: autosuficiencia, en un sentido superior y espiri­tual.

Maslow afirma con propiedad que todas estas manifesta­ciones se interpenetran y se relacionan entre sí: «Más que for­mar parte del ser, son aspectos de éste».

Todo esto hace surgir el deseo de pasar por este tipo de experiencias, tan hermosas y fascinantes, y de buscar la forma de favorecerlas o provocarlas. Sin embargo, debo dar ahora una pincelada más oscura y decir que estas experiencias tam­bién pueden resultar inconvenientes y peligrosas. Estos in­convenientes pueden aparecer debido a una errónea com­prensión y valoración de la experiencia o bien a causa de su propia intensidad. La valoración errónea consiste, tal como ya se ha señalado anteriormente, en considerarla como algo ex­traño, anormal; como un signo de desequilibrio mental. Pero aparte de esta falsa interpretación, la irrupción de elementos Hiperconscientes —sobre todo, si es repentina y muy in­tensa— disturba el equilibrio preexistente (más o menos real) de la personalidad ordinaria y puede producir reacciones de desorientación o de excitación excesiva. También pueden te­nor lugar incidentes y disturbios cuando se produce su desa­rrollo, es decir, en el ascenso hacia los niveles superiores. No es este momento para extenderme más sobre ello, pero he tra­tado ampliamente este tema en el ensayo «El desarrollo espi­ritual y los disturbios neuro-psíquicos». (2)

Por otro lado, las ventajas y el valor de estas experien­cias son muy superiores a los disturbios que en un princi­pio pudieran llegar a causar, pues ayudan de forma eficaz a resolver o a solucionar todos los problemas humanos, individuales y sociales. Lo hacen encuadrándolos en una reali­dad más amplia, reduciéndolos a su justa proporción, per­mitiendo valorarlos de forma distinta y mucho más justa. De tal modo que los problemas, o ya no nos preocupan mas y se evaporan, o bien aparecen bajo una luz superior de manera que la solución se nos presenta clara y concisa. Veamos algunos ejemplos:
(2) Este ensayo forma parte del capítulo 10 del presente volumen. (N. del E.)
Una de las mayores causas del sufrimiento y de los erro­res en la conducta es el miedo, ya sea en forma de angustia individual o de ese miedo colectivo que empuja a un pueblo a la guerra. Ahora bien, la experiencia de la realidad super-consciente anula el miedo, ya que la consciencia de la plenitud y permanencia de la vida es incompatible con cualquier sentimiento de temor. Otra de las causas de los errores y de los males es la combatividad, que se basa en la separatividad, en la agresividad y en los sentimientos de hostilidad y de odio. Pero en la serena atmósfera del superconsciente estos impulsos y sentimientos no pueden existir. Quien ha vivido tal ampliación de la conciencia, tal participación, tal sentimiento de unidad con todos los seres, no tiene deseos de seguir combatiendo con los demás. Algo así sería total­mente absurdo, ya que sería como luchar ¡contra uno mismo! De esta forma, los problemas más graves y angus­tiosos son resueltos, eliminados, con el desarrollo, la amplia­ción o el ascenso de la consciencia al nivel de una Realidad superior.
1. Inconsciente inferior

2. Inconsciente medio

3. Inconsciente superior o Superconsciente

4. Campo de la conciencia

5. El Yo consciente

6. El Yo o Sí Mismo Superior

7. Inconsciente colectivo
Antes de dar por finalizado este examen o sumario, es ne­cesario aclarar la diferencia entre el superconsciente y el Sí Mismo espiritual (ver el gráfico adjunto, donde se esquematiza la constitución psicológica del ser humano). Si esta dis­tinción no es muy evidente es debido a que los contenidos del -superconsciente —sobre todo en su nivel más elevado— se hallan muy próximos al Sí Mismo Superior y por consi­guiente, participan en alguna medida de su cualidad. Pero existe una diferencia fundamental: en el superconsciente hay elementos o «contenidos» de diverso género —activos, dinámicos, variables— que participan de la corriente de la vida psíquica en su conjunto. Por el contrario, el Sí Mismo es in­móvil, estable, inmutable; por consiguiente, distinto de aquél.

Es oportuno tener presente tal diferencia; y también que este sentido de permanencia y de estabilidad es transmitido —aunque de forma atenuada y velada— por el Sí Mismo es­piritual a su reflejo, el Yo consciente y personal. Esto es lo que nos dota de sentido de permanencia y de identidad personal a pesar de todos los cambios, de la sucesión de los estados de ánimo y de los diferentes contenidos de la conciencia. Pues si bien nos identificamos con distintos «personajes», diversas sub-personalidades y diferentes emociones que sucesiva­mente van ocupando el campo de la conciencia, en el fondo cada cual sabe que es siempre él mismo. Cuando alguien dice: "Ya no me reconozco», al experimentar un importante cambio en su vida, en realidad está diciendo: «Aquello con lo que antes me identificaba ha desaparecido y ahora me identi­fico con otra cosa». Propiamente, el decir: «ya no me reco­nozco» implica, paradójicamente, la existencia de un oscuro y latente sentido de continuidad sostenida. De no ser así, tam­poco podría existir la sensación de no reconocernos, que es el resultado de comparar, de enfrentar el estado de conciencia anterior con el actual. Por ello, el carácter esencial de la auto-conciencia es la continuidad, la permanencia. No obstante, la continuidad del Yo consciente es solamente un pálido reflejo de la perenne e inmortal esencia del Yo espiritual: el Sí Mismo.

En el diagrama, el Sí Mismo está situado en el extremo superior de la periferia de la personalidad, participando de interior —en relación de continuidad con el superconsciente— y del exterior. Con ello se indica su doble naturaleza: individual y universal al mismo tiempo. Esto puede parecer paradójico, incluso incomprensible para la mente o la con­ciencia personal, pero es un estado de conciencia que puede ser —y de hecho lo es— experimentado y vivido en ciertos momentos de elevación en los que uno «sale» de los límites del conocimiento ordinario. En ellos se experimenta una sen­sación de ampliación y expansión sin límites junto con una alegría y felicidad inmensas, algo que es esencialmente inefa­ble e imposible de expresar con palabras.

Aquí se inicia el contacto con el Misterio, con la Realidad Suprema. De ello no puedo hablar; está más allá de los confi­nes de la psicología y de la ciencia en general. Pero la psicosíntesis puede ayudar a aproximarnos a este umbral, lo cual va es mucho.

3. Alpinismo psicológico
Hemos dicho que existen dos modos distintos, y en cierto sentido opuestos, de exploración del superconsciente. El modo más frecuente es el que denominamos descendente, que consiste en la afluencia o irrupción de elementos superiores en el campo de la conciencia. Este modo se podría considerar como una forma de telepatía —telepatía vertical, concreta­mente— porque entre el Yo consciente y el Sí Mismo hay una considerable distancia. Estas afluencias se manifiestan en forma de intuición, de inspiración, de creaciones geniales o de inclinación hacia las acciones humanitarias y heroicas. Tam­bién se producen fenómenos específicamente parapsicológicos, algunos de los cuales inducirían a admitir que a través de los tres niveles del inconsciente llegan hasta la conciencia in­fluencias e impulsos de origen extraindividual.

El otro tipo de relaciones y de contactos que podemos es­tablecer con el superconsciente es el ascendente. Este consiste en la elevación del yo consciente —y, por lo tanto, del área de la conciencia— a niveles más altos, hasta penetrar en esa zona que normalmente permanece ignorada porque está por en­cima del nivel ordinario de nuestro conocimiento. Esto se ha­lla claramente indicado en nuestro esquema (ver pág. 41)

La zona del centro representa el nivel y el área donde nor­malmente se ubica el conocimiento, con el yo consciente en el centro. Cuando se produce el ascenso interno, todo se trastoca v el yo se abre al nivel del superconsciente. De este modo el área de la conciencia llega a incluir el contenido del super­consciente aproximándose cada vez más al Sí Mismo espiri­tual.

Vamos a examinar ahora con detenimiento este segundo modo.

He denominado «alpinismo psicológico» a este ascenso. Esta designación no es tan sólo una comparación más o me­nos sugerente, sino que indica una analogía substancial y una estrecha relación simbólica. Para su descripción me baso, en­tre otros, en algunos apuntes de un hábil matemático y no menos valiente alpinista: el profesor Ettore Carruccio.

Una primera analogía concierne a los diversos móviles que pueden inducir e incitar al ascenso, tanto a nivel físico como a nivel interno. «A veces —escribe Carruccio— la pa­sión alpinística asume una forma tal que guarda relación con el concepto del superhombre, en el sentido de Nietzsche. Esta forma nace de una exasperada afirmación del poder indivi­dual, mediante la superación de extremas dificultades no exentas de graves peligros». Análogamente, el impulso por abandonar los niveles habituales de la vida psíquica puede consistir en una búsqueda y en una afirmación de superiori­dad que nacen del deseo de desarrollar unas facultades me­diante las cuales dominar a los demás: es la «voluntad de poder» nietzschiana, la codicia por adquirir poderes «mági­cos» o superiores a los normales. Se trata de un móvil pura­mente egoísta, aunque a veces pueda ocultarse bajo aparien­cias pseudo espirituales.

Otro móvil común a ambos alpinismos es el de evadirse de la vida ordinaria o de la realidad común, considerada y sentida como mezquina, triste, aburrida y, en definitiva, insatisfactoria de un modo u otro. Es una reacción frecuente a las constricciones y a la vulgaridad de la vida moderna, sobre todo en las grandes ciudades.

Un tercer móvil es la fascinación que ejerce directamente lo desconocido o lo extraordinario. Se trata de ese misterio que siempre ha impulsado al hombre a la conquista, a la ex­ploración o al conocimiento de lo nuevo, de aquello que está más allá, en pos de la vivencia de unas experiencias distintas a las habituales. Este móvil —este impulso imperioso y a ve­ces irresistible— lo personificó Hornero en la figura de Ulises, dedicando toda la Odisea a desarrollar este tema. Moderna­mente se manifiesta en la búsqueda de experiencias extraordinarias, empleándose cualquier medio —ciertas drogas, por ejemplo— para lograrlas. Es preciso tener en cuenta este mó­vil para comprender muchas de las cosas que suceden actual­mente.

Un cuarto móvil es la atracción y fascinación por la aven­tura, por las dificultades, por el riesgo en sí mismo, indepen­dientemente de los resultados y de las compensaciones. Exis­ten algunos casos evidentes, como el del navegante solitario que atraviesa los océanos en una frágil barca. Esto es lo que sucede precisamente en el alpinismo denominado «acadé­mico», que consiste en la búsqueda y en las tentativas de re­correr nuevos caminos, los más difíciles, para llegar a la cima de una montaña que se podría alcanzar por vías menos peli­grosas.

Este móvil se asocia a veces con el precedente y ello ex­plica que tantos jóvenes hagan caso omiso de las advertencias \, sin embargo, disminuyan sus manifestaciones de riesgo cuando disminuyen las constricciones y prohibiciones exter­nas. Es muy importante llegar a reconocer este hecho, porque demuestra que en el trabajo de prevención y tratamiento de toxicómanos es preciso recurrir a otros métodos, a otros mo­delos psicológicos. No digo que el mero hecho de no indicar el riesgo y el perjuicio de aquello que hacen bastará para di­suadir a los toxicómanos, pero no debemos aferramos a ello.

Un quinto móvil, a menudo muy poderoso, es la atracción o la fascinación por lo que es realmente superior, por aquello que posee un valor más alto de naturaleza genuinamente es­piritual. No debe ser confundido este móvil con los preceden­tes, aunque no es de extrañar que en algunos aspectos pueda ser asociado con ellos. «Bajo este aspecto —escribe el profesor Carruccio— el alpinismo puede contemplarse como una rama de la ascética y en relación con el sentimiento religioso en sus distintas manifestaciones desde la antigüedad hasta nuestros tiempos». Evocando una congregación de alpinistas, Guido Rey escribió con espíritu poético: «Las cumbres a nuestro al­rededor son los altares donde se van a cumplir los misteriosos ritos, terribles a veces, lejos de la vista de otros hombres, pues así es como se lleva a cabo el rito más terrible y el más santo».

Esta afirmación es muy significativa. Explica el motivo de la intensa atracción y la fascinación que siempre han susci­tado las montañas y el carácter sagrado que todas las razas y pueblos les han atribuido, así como el estado de entusiasmo, de euforia y de elevación interna experimentado por los alpi­nistas.

He aquí algunas expresiones significativas, extraídas de «Ad summum per quadratum», (1) un óptimo estudio de Edouard Monod-Herzen sobre este tema: «El guía Joseph Pession, al entrar en el refugio superior del Cervino, me dijo: «llegando aquí se abandonan todas las miserias terrenas...; ahora entramos en un mundo totalmente nuevo». Y uno de los porteadores, al llegar a la cima, dijo que oía la voz de los ángeles y que ahora ya podía morir contento»».

El pintor Alberto Gross, según explicaba su hijo Cario, ex­perimentó durante setenta años un amor apasionado por el Cervino, transformado en una especie de sentimiento místico. "Esto mismo —afirma Monot-Herzen— es idénticamente aplicable a Cario Gross y a Guido Rey, como se aprecia en el libro que conjuntamente escribieron sobre el Cervino, e in­cluso también a mí mismo, que en cincuenta años he reali­zado diecinueve ascensiones al Cervino encontrando en cada una de ellas un nuevo significado y un nuevo encanto».
(1) Publicado en la revista Action et pensée, en diciembre de 1956. Por cuadrado se entiende la base de una pirámide, que es un símbolo geométrico ascendente.
Es sabido que los indios consideraban la cumbre del Himalaya cerno la morada de los Dioses y que los griegos ubicaban a sus divinidades sobre el monte Olimpo. El gran pintor japo­nés Hokusai pintó más de cien veces el sagrado Fuji, conside­rado como el templo de la divinidad denominada «La Prin­cesa de la Flor-Florecida», que alude a la rosa y a su floración. En uno de los cuadros de Hokusai se ve la cumbre del Fuji bri­llando al sol, mientras que en una de sus laderas arrecia el temporal. Otros testimonios son los templos que se encuentran sobre los montes, la revelación de Moisés sobre el monte Sinaí, y la transfiguración de Cristo sobre el monte Tabor y su de la montaña.

Pero examinemos más de cerca y con mayor precisión las analogías entre las diferentes fases de la ascensión externa e in­terna. Antes de cualquier tipo de ascensión se precisa una ade­cuada preparación. Para un alpinista consiste en el entrena­miento de sus músculos en un llano, ya sea haciendo gimnasia o utilizando cualquier otro medio que le permita estar en forma es evidente que antes de partir es imprescindible estar lo sufi­cientemente preparado en el llano, ya que sería absurdo intentar una ascensión mientras todavía resulte fatigoso hacer marcha o gimnasia. Esto es obvio, sin embargo no siempre se tiene en cuenta cuando se trata de una ascensión psico-espiritual, la cual se intenta a menudo sin haber llevado a cabo ningún tipo de preparación.

En la Psicosíntesis siempre insistimos en que para que tenga lugar una adecuada psicosíntesis personal, es preciso que se dominen y utilicen las energías y las funciones norma­les del hombre antes de empezar a desarrollar las superiores, es decir, antes de salir a explorar el superconsciente. Cuando no es así, pueden llegar a producirse graves desequilibrios psíquicos.

Pero la preparación física o psicológica no es suficiente; también es preciso un conocimiento teórico de la zona por la que nos vamos a aventurar. En el caso de las montañas, y con la excepción de aquéllas que se escalan por primera vez, exis­ten mapas topográficos con informaciones y descripciones que aportan los que han estado anteriormente. Esto se corres­ponde en el ámbito psicológico con los conocimientos ya ad­quiridos en relación al superconsciente por medio de los es­critos de aquellos que han tenido experiencias de los niveles superiores. Pero todavía resultan mucho más útiles las infor­maciones personales de aquellos que han explorado esas al­turas: ellos son los genuinos instructores espirituales; y digo genuinos», porque muchos de los que así se proclaman no lo son.

Con esta doble preparación, podemos enfrentarnos a la as­censión. Es una ascensión, no un «vuelo»; por consiguiente, posee varias fases y etapas. Existen dos descripciones, ambas muy instructivas y aclaratorias, de esta ascensión gradual. Una de ellas es la subida de Dante al monte del Purgatorio, que es el tema del segundo canto de la Divina Comedia. Obser­vado bajo un punto de vista psicosintético y analógico, aún ahora puede seguir proporcionándonos muchas indicaciones útiles y siempre actuales porque, en gran parte, tanto los obs­táculos como las dificultades de superación siguen siendo los mismos.

La otra es la subida al monte Carmelo, descrita en un grueso volumen de San Juan de la Cruz. Esta posee un carácter específicamente ascético y místico, pero también en ella hay al­gunos tesoros del conocimiento psicológico y de las instruccio­nes que, traducidas al lenguaje moderno y exceptuando algu­nos rasgos específicos de la época, pueden resultar muy instructivas. Daré solamente un ejemplo: San Juan de la Cruz describe minuciosamente los estados de aridez y de frialdad de la «noche oscura» que aparecen tras las primeras experien­cias gozosas, cálidas y plenas de sentimiento. Tales estados se corresponden con el frío y la espesa niebla que, llegado a un cierto punto de la ascensión y antes de alcanzar la soleada cima, ha de afrontar el alpinista.

Este simbolismo de la montaña y del ascenso ha sido utili­zado en algunos métodos psicoterapéuticos. Carl Happich, profesor de clínica médica de Darmstadt, al emplear activa­mente la psicoterapia presentaba tres situaciones simbólicas a las que llamaba Meditación del prado, de la montaña y de la capilla.

Este método de ascensión interna mediante la ascensión imaginaria a una montaña ha sido utilizado, entre otros, por Desoille en su técnica del «réve éveillé», y después ha sido desarrollado y modificado con el nombre de «Imagerie mentale» y «Oneiro-thérapie» por el doctor Virel.

La importancia de los símbolos como espejo y camino de la realidad espiritual se indica en el siguiente esquema:

Yo consciente

Centro unificador externo

Yo Superior o Ser Transpersonal: El Centro Espiritual

En este esquema vemos que existe un centro externo que puede actuar como espejo del Ser espiritual. A veces, resulta más fácil percibir el Sí Mismo espiritual a través de su reflejo en un centro externo que mediante la ascensión directa. Este centro puede constituirlo el propio terapeuta, como modelo ideal, pero también un símbolo, como el de la montaña. Exis­ten varias categorías de símbolos y entre ellos hay diversos símbolos análogos al de la ascensión que pueden ser utiliza­dos con este objeto.

En la Psicosíntesis, utilizamos ejercicios de este género. Uno de ellos es la anteriormente citada ascensión al monte del Purgatorio. La Divina Comedia puede ser considerada como el poema de la psicosíntesis, porque describe sus tres grandes estadios: primero, la bajada al Infierno, que es la fase psicoanalítica, el descenso al abismo del inconsciente inferior; luego la subida al Purgatorio, que representa la evolución in­terior; después la ascensión al Paraíso, que indica siempre los más altos estadios de la realización espiritual.

Otro grupo de símbolos se utilizan en el ejercicio basado en la leyenda del Grial, que he descrito en mi libro Principi e metodi della psicosintesis terapéutica (pág. 171-173).

Estos símbolos no sólo poseen una eficacia terapéutica, sino que también sirven —incluso más eficazmente todavía— para conquistar las luminosas cumbres del superconsciente, es decir, para descubrir todas sus maravillas y utilizar sus te­soros.

Al igual que existen diferentes vías para escalar una mon­taña, también hay diversas «vías internas», adaptadas a los diferentes temperamentos y tipos psicológicos, para subir por las laderas del superconsciente y entrar en contacto con el Sí Mismo espiritual. Se puede seguir la vía mística, la vía del amor, la vía estética expresada por Platón en su famosa escala de la belleza, la vía meditativa, etc.

Vamos a examinar a continuación la vía meditativa, que es la que está más directamente vinculada al campo de la Psico­síntesis.

La primera fase de esta vía, que se corresponde en cierto sentido con la preparación arriba mencionada, es la del reco­gimiento, la concentración desde la periferia hasta el centro, la desidentificación, es decir, la liberación de los contenidos ordinarios del campo de la conciencia. Normalmente, nuestra conciencia suele estar bastante dispersa en algunos de sus puntos, mientras que en otros recibe continuos mensajes o «informaciones» sobre los distintos niveles del inconsciente y del mundo exterior. Por consiguiente, antes que nada es ne­cesario «reentrar en uno mismo», es decir, retirar la conciencia al yo consciente, ubicado en el centro del área consciente al nivel normal.

Es preciso que haya silencio; y no precisamente externo, sino interno. A este respecto citaré la ingeniosa respuesta de un Instructor ante la queja de uno de sus discípulos: «Yo cie­rro los ojos, no pongo atención en el exterior, me tapo los oí­dos para no escuchar ninguna palabra o ruido, pero a pesar de todo no consigo realización alguna» El instructor le res­pondió: "Intenta mantener la boca cerrada y busca el silencio
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